El domingo, 5 de abril de 2026

 

Domingo de Pascua: La Resurrección del Señor, Misa del día
(Hechos 10:37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)

¿Quién es “el otro discípulo” que cree en la resurrección de Jesús antes que nadie? Los investigadores bíblicos no se ponen de acuerdo sobre su identidad. Durante siglos, la opinión común era que “el discípulo amado”, como se le llama, es Juan, el hijo de Zebedeo. Pero ahora algunos estudiosos se preguntan por qué no se menciona su nombre, siendo uno de los discípulos más prominentes en los otros evangelios.

Algunos expertos hoy en día han dado una respuesta interesante a esta pregunta. Dicen que es Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Recordamos que el evangelio afirma que Jesús amaba a Lázaro junto con sus hermanas. Sin embargo, parece extraño que el evangelista lo llame por su nombre en la historia de su resurrección y luego solo lo designe como “el otro discípulo” o “el discípulo a quien Jesús amaba” en el resto del evangelio.

Uno de los comentaristas bíblicos más perspicaces del siglo pasado ofreció otra solución al problema. Dijo que el otro discípulo, a quien Jesús ama, es realmente un discípulo, pero no uno de los Doce apóstoles. Este estudioso escribió que el Discípulo Amado no tenía la prominencia en la Iglesia primitiva que tenían Pedro y Juan. Sin embargo, dejó su testimonio a la comunidad cristiana que produjo el Evangelio según san Juan.

Pensamos que el Discípulo Amado llega al sepulcro de Jesús antes que Pedro porque es más joven. Pero el evangelio nunca lo describe como joven. ¿No es posible que llegue primero por su gran amor a Jesús? Este amor se manifiesta en su cercanía al Señor en la Última Cena.

Se dice que el amor es ciego. Puede ser así en el amor romántico. Los enamorados románticos a menudo pasan por alto los defectos del otro para satisfacer su deseo ardiente. Sin embargo, el amor que vale más —el amor que busca el bien del otro sin esperar nada a cambio— no es ciego. Al contrario, este amor, con el que Dios nos ama, ve en el ser amado virtudes que no todos pueden ver.

Roberto y Priscila Colby estuvieron casados por casi cincuenta años cuando Priscila desarrolló Alzheimer. Roberto tuvo que cuidarla, una tarea que llevó a cabo con esmero. Decía entonces que amaba a Priscila más que el día de su boda. Atribuía a Priscila la buena formación de sus tres hijos. Contaba que, cuando la más joven comenzó a meterse en problemas, Priscila percibió que la raíz de sus dificultades era la compañía que tenía. Entonces le prohibió salir con ese grupo de amigas. Como es natural, la chica le guardó rencor a su madre, pero con el tiempo obtuvo un doctorado y trabajó en una prestigiosa universidad de investigación.

El Discípulo Amado valora a Jesús con este mismo amor. Reconoce a Jesús como el mejor de todos los hombres y, en verdad, como el Hijo de Dios. Está dispuesto a sacrificarse por el Señor por ser el único discípulo varón que permanece junto a las mujeres al pie de la cruz. Por este gran amor, no duda cuando ve el sepulcro vacío y los lienzos doblados.  Más bien, cree que Jesús ha resucitado como Él decía. No necesita verlo resucitado para creer como María Magdalena y Pedro.

Este amor que no busca premios ha sido infundido en nuestros corazones por el Bautismo. Creemos que el Señor Jesús ha resucitado sin haberlo visto. No permitamos que nuestro amor por Jesús se quede solo en una creencia. Más bien, sacrifiquémonos por los demás, para que otros crean y tengan la vida eterna.

El domingo, 29 de marzo

 Domingo de Ramos “De la Pasión del Señor”

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14–27:66)

Se dice que la crucifixión de Jesús es la escena más representada en el arte. Ciertamente está bien grabada en la mente de los cristianos. Desafortunadamente, tendemos a recordar los acontecimientos de la Pasión como si aparecieran en los cuatro evangelios. Pero esta concepción no es correcta. Los eventos de un evangelio no necesariamente se encuentran en los demás. Por ejemplo, no hay ninguna mención del azote ni de la coronación de espinas en el Evangelio de Lucas. Este hecho no debe disminuir nuestra fe en el Evangelio. La crucifixión fue una experiencia tan profunda para los apóstoles que ninguna interpretación pudo expresar completamente su significado.

Ya que hoy leemos la Pasión según san Mateo, enfoquémonos en cuatro eventos que únicamente este evangelio nos relata. Nuestro propósito será comprender mejor la muerte de Jesús según la perspectiva de Mateo.

Cuando Jesús llega a Getsemaní, se aparta para orar a solas. Mateo dice que “se postró rostro en tierra”. Está en angustia. Se siente indefenso ante las fuerzas combinadas de los líderes judíos y del Imperio romano en su contra. Como abrumado, pide a su Padre que, si es posible, aparte de él esa prueba. Vemos a Jesús como hombre enfrentándose a una situación traumática. Y, al mismo tiempo, tenemos una vislumbre de su divinidad confiando en la voluntad de su Padre.

Después de que el sanedrín lo condena a muerte, Mateo interrumpe la historia de Jesús para contar lo que le sucede a Judas. Sintiendo vergüenza por su traición, Judas se arrepiente de su crimen e intenta devolver su dinero de recompensa a los sumos sacerdotes. Luego va y se ahorca. Judas no es el único que lamenta haber tratado mal a Jesús. Simón Pedro, quien una vez lo proclamó como “el Hijo de Dios”, niega conocerlo. También se arrepiente de su pecado, pero en lugar de desesperarse, llora amargamente. Todos nosotros ofendemos a Jesús de una manera u otra. Cuando nos damos cuenta de nuestro pecado, ¿a cuál discípulo queremos imitar? ¿Al que se desesperó o al que lloró?

El juicio romano de Jesús se recuerda en Mateo por dos acciones: la esposa de Pilato relatando su sueño acerca de Jesús y el intento de Pilato lavarse las manos de su sangre. La mujer da otro testimonio divino de la inocencia de Jesús, ya que en el Evangelio de Mateo Dios suele comunicarse a través de sueños. Pilato intenta hacer lo imposible: no puede entregar a Jesús para ser crucificado y, al mismo tiempo, mantenerse inocente de la muerte de un justo. Debemos reconocer que no podemos justificar una acción mala con gestos que aparentan ser buenos.

Junto con el Evangelio de Marcos, Mateo presenta la muerte de Jesús como un momento de profundo abandono. Dios permite que su Hijo experimente el aislamiento total. Aunque sigue creyendo en Dios, Jesús muere sin consuelo humano ni alivio inmediato. Es una muerte que parecería propia de un criminal despiadado. Sin embargo, Mateo, Marcos y Lucas también dan testimonio de los efectos positivos de su muerte. Relatan que el velo del templo se rasga en dos, lo que significa que el sacrificio de Cristo ha reemplazado los sacrificios del templo para el perdón de los pecados. También mencionan que un centurión pagano reconoce la inocencia de Jesús.

Sin embargo, solo Mateo narra un terremoto que abre las tumbas de los justos. La sacudida es tan fuerte que algunos muertos vuelven a la vida. Más que un evento histórico, este hecho conecta la muerte de Jesús con la victoria sobre la muerte. Es la manera de Mateo de decir que la muerte de Jesús produce frutos inmediatos.

Cada una de las narraciones de la Pasión es profundamente significativa. Ninguna es solo un reporte de hechos. Todas nos ofrecen una comprensión única y profunda del misterio de la muerte del Hijo de Dios. Este año hemos tenido la oportunidad de contemplar este misterio según Mateo. No es una historia bonita, pero por medio de su sufrimiento hemos sido justificados.

El domingo, 22 de marzo de 2026

 

V Domingo de Cuaresma
(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

El Evangelio según San Juan es una obra maestra literaria. Narra una historia cautivadora, pero, más importante aún, revela el significado del Evangelio mediante recursos literarios. Antes de hablar de uno de estos recursos en el Evangelio, puede ser útil dar un ejemplo.

Todos conocen la historia de Pinocho. Es el muñeco cuya nariz crecía cada vez que decía una mentira. La nariz que crece funciona en la historia como un símbolo, un tipo de recurso literario. En este caso, el símbolo revela cómo la mentira deforma el carácter de la persona.

El evangelista Juan dice que Jesús realizó muchos “signos” durante su ministerio. Para él, los milagros de Jesús son signos, pero no exactamente en el mismo sentido que en los otros evangelistas. Para Mateo, Marcos y Lucas, las curaciones de Jesús son hechos poderosos que indican que Él viene de Dios. Juan tiene un concepto más profundo del signo. Para Juan, los signos son símbolos que revelan no solo que Jesús viene de Dios, sino también diferentes aspectos de quién es Él.

Al comienzo de su Evangelio, Juan escribe sobre la “Palabra” que “estaba junto a Dios” y que “era Dios”. Los signos ayudan a revelar quién es esta Palabra.

Juan relata siete signos, aunque al final de su Evangelio indica que Jesús realizó muchos más. El primer signo es cuando Jesús convierte las seis tinajas de agua en vino excelente en las bodas de Caná. Allí se revela a Jesús como aquel que reemplaza los ritos del Antiguo Testamento con el culto nuevo que se realiza a través de Él.

El Evangelio de hoy relata el último signo antes de su muerte: la resurrección de Lázaro. En este signo Jesús se revela como el Hijo de Dios vivo, con poder sobre la muerte.

En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo llama a la muerte “el último enemigo” de Jesucristo. Con esto quiere decir que la muerte no solo es el enemigo final, sino también el más grande. La muerte nos separa de nuestros seres queridos. Nos hace sentir el peso y la vergüenza de nuestros pecados. Representa lo desconocido, donde podríamos perdernos para siempre. Finalmente, como fin de la existencia terrena, la muerte parece negar nuestro valor. Por eso pocas personas desean una vida corta; todos queremos vivir lo más posible.

Para evitar la muerte, algunos tratan de vivir de manera muy saludable. Siguen dietas bajas en grasa y hacen ejercicio diariamente. Otros, de manera menos realista, piensan que podrán vencer la muerte con la tecnología. Algunos incluso planean congelar sus cuerpos cuando la muerte esté cerca, con la esperanza de ser revividos cuando se descubra la cura para su enfermedad.

La historia de Lázaro en el Evangelio de hoy nos muestra otro remedio para la muerte. Es menos complicado que las dietas o el ejercicio, e infinitamente más seguro que la tecnología.

Jesús, el Hijo de Dios con poder sobre la muerte, es amigo de Lázaro. Cuando recibe la noticia de que está gravemente enfermo, finalmente viene y lo llama a salir del sepulcro. Nosotros también queremos entablar amistad con Jesús, para que venga a resucitarnos cuando muramos.

¿Y cómo lo hacemos?  En primer lugar, profesando nuestra fe en Jesús, como lo hace Marta en el Evangelio. Jesús le dice a su amiga: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”.

También es necesario que, movidos por el Espíritu que recibimos en el Bautismo, practiquemos obras de caridad. El Evangelio de Mateo cita a Jesús diciendo que quienes den de comer a los hambrientos y visiten a los enfermos serán recompensados con el Reino de su Padre.

El Padre Cecil era un monje benedictino bondadoso y sabio. Cuando tenía alrededor de setenta años, le diagnosticaron cáncer en el cerebro. Sabiendo que la muerte estaba cerca, alguien le preguntó si tenía miedo.  “No”, respondió el sacerdote. “He aconsejado a muchos que Dios está esperándolos para recibirlos. ¿Cómo podría yo temer mi propia muerte?”

Como el Padre Cecil, cuando llegue nuestro momento, confiemos en Jesús y muramos en paz.

 

El domingo, 15 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA
(1 Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

El Evangelio de San Juan está lleno de drama. Varias veces en el relato Jesús se encuentra con otras personas para guiarlas hacia su Padre. El domingo pasado escuchamos de su encuentro exitoso con la samaritana. Pero no siempre tiene éxito. Cuando encuentra a Pilato el día de su crucifixión, al gobernador le interesan sus palabras, pero al final lo rechaza por conveniencia política.

Hoy escuchamos del encuentro de Jesús con el hombre nacido ciego. Es un drama de primera categoría. De hecho, a menudo se considera uno de los relatos mejor construidos de todo el evangelio.  Este encuentro se destaca por su argumento bien desarrollado. Con sus giros y vueltas vemos al hombre crecer gradualmente en la fe en Jesús. Al mismo tiempo, los fariseos van perdiendo poco a poco la fe en él. La pérdida es trágica porque priva a los fariseos de la vida eterna.

La lectura comienza con Jesús curando al hombre nacido ciego, untándole barro en los ojos.  La curación provoca tanta discusión entre los vecinos que le preguntan al hombre si realmente es el mismo que era ciego y cómo fue sanado. El hombre responde que sí, que era ciego, y que fue curado por “el hombre que se llama Jesús”.

Asombrados por lo que dice, los vecinos llevan al hombre ante los fariseos para verificar su relato. Después de investigar, los fariseos quedan divididos: algunos dicen que sí, que se trata de una curación legítima, es decir, realizada por Dios; otros la dudan. Cuando le preguntan al hombre cómo recibió la vista, él vuelve a decir que fue Jesús quien lo curó, pero esta vez añade que Jesús es un profeta.

Entonces los fariseos llaman a los padres del hombre para preguntarles si realmente es su hijo y cómo es que ahora ve. Ellos lo reconocen como su hijo, pero por miedo a los fariseos dicen que no saben cómo fue curado. Les recomiendan que se lo pregunten directamente a él.

Cuando lo interrogan por segunda vez, los fariseos ya no tienen dudas acerca de Jesús. Todos están de acuerdo en decir que Jesús “es un pecador”, y expulsan al hombre por decir lo contrario.

No es casualidad que Jesús encuentre nuevamente al hombre nacido ciego pero ahora con vista perfecta. Es el Buen Pastor que cuida a sus ovejas maltratadas. Cuando lo ve, le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, eso es aquel que recibe de Dios autoridad para juzgar al mundo. Al principio el hombre duda, porque no sabe a quién se refiere Jesús. Pero una vez que Jesús se identifica como el Hijo del Hombre, el hombre se postra ante él en adoración.

Mientras tanto, los fariseos observan todo. Le preguntan a Jesús si ellos están ciegos. Jesús les responde que, aunque tienen vista, no ven la verdad. Caminan en tinieblas espirituales que les impiden reconocer lo que es verdaderamente bueno.

Al principio de este drama Jesús se llama a sí mismo “la luz del mundo”. Como toda luz, él crea sombras. Los personajes del relato tienen que decidir si quieren vivir en la luz, reconociendo a Jesús como Señor, o en las tinieblas, negando su señorío.  El hombre nacido ciego elige la luz de Cristo, mientras que los fariseos optan por las sombras al rechazar su autoridad.

Toda persona humana tiene que definirse de la misma manera. ¿Soy persona de la luz de Jesucristo, viviendo según cada palabra que sale de su boca? ¿O soy persona de las sombras que sigue a los principales “influencers” del mundo del entretenimiento, los deportes o el internet?  Por nuestro bien y por el bien de los demás, Jesús quiere que vivamos en su luz.

El domingo, 8 de marzo de 2026

III DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

El evangelio de hoy destaca el encuentro entre Jesús y la famosa “mujer del pozo”. Es tan importante para el catecumenado que puede leerse cada año en el tercer domingo de Cuaresma. Describe una dinámica de la vida espiritual: cómo Jesús, el Buen Pastor, busca a la oveja perdida para darle la vida eterna.

Jesús está solo mientras espera a la mujer samaritana junto al pozo. Quiere hablar con ella sobre su vida. Cuando ella llega, Jesús no demora en iniciar la conversación. Pero no comienza haciendo referencia al pecado. Más bien le dice: "Dame de beber". Es una petición razonable al mediodía en una tierra seca. Para ella, sin embargo, es un comentario inesperado. Pues ella es mujer, desconocida y de una nación rival; es decir, el tipo de persona con quien los judíos decentes no hablaban directamente. Sin embargo, lo que le preocupa a Jesús no son sus datos sociológicos sino su alma.

El hecho de que la mujer venga sola indica su aislamiento. Probablemente las otras mujeres se alejan de ella porque vive en pecado. Pero no es una mujer torpe. Responde a Jesús con seguridad a Jesús que no es costumbre que un judío pida algo a una samaritana. Entonces Jesús cambia el nivel de la conversación. La lleva de lo físico a lo espiritual al ofrecerle "agua viva". Le explica que el agua viva no solo satisface la sed para siempre, sino que también trae la vida eterna. Pero ella, sea porque no puede imaginar la gracia del agua bautismal o porque se burla de Jesús, le pide esa agua para no tener que volver al pozo cada día.

Ahora Jesús se dirige al pecado de la mujer. Le revela que ha estado casada varias veces y que en ese momento vive en unión libre. Incómoda al hablar de su vida personal, ella trata de cambiar el tema hacia la religión. Dice que samaritanos y judíos tienen diferentes lugares para dar culto a Dios. Entonces Jesús le ofrece el medio para superar esas diferencias y dar a Dios culto "en espíritu y en verdad". Esta expresión debería entenderse como el Espíritu de la Verdad, es decir, el Espíritu Santo. Jesús le está ofreciendo el Espíritu Santo, que es la fuente de la gracia.

La gracia del Espíritu Santo es para la vida espiritual lo que el agua es para la vida natural. Así como el agua elimina las toxinas del cuerpo, la gracia perdona los pecados. Así como el agua facilita el transporte de nutrientes a los miembros del cuerpo, la gracia anima a todo el cuerpo para dar alabanza a Dios. Y así como el agua regula la temperatura para asegurar los procesos corporales, la gracia modera las pasiones para que la persona busque a Dios.

Cuando la mujer dice que el Mesías traerá el culto perfecto, Jesús se identifica como tal. Ella lo acepta. Deja su cántaro porque ya no se preocupa por el agua natural, puesto que ha recibido de Jesús el agua sobrenatural. Y, como buena discípula, va a contarlo a todos.

Todos nosotros somos como la samaritana, y no solo porque pecamos. Somos como ella también porque tratamos de satisfacer nuestros deseos más profundos con cosas materiales. Sin embargo, como Dios nos ha hecho para sí mismo, no podemos satisfacer esos deseos con Mercedes, champaña o vacaciones en Europa. Nuestros deseos más profundos son el conocimiento de ser verdaderamente amados, la conciencia de haber hecho el bien y la seguridad de ser salvados. Para realizar todo esto necesitamos la gracia del Espíritu Santo. La gracia brota en las aguas del Bautismo y crece para ayudarnos a afrontar los desafíos de la vida mediante los otros sacramentos. La gracia nos anima, nos fortalece y nos dirige hacia Dios. ¿Conoces algo más valioso en la vida que la gracia del Espíritu Santo?

 

El domingo, 1 de marzo de 2026

 

II Domingo de Cuaresma
(Génesis 12:1-4; II Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9)

Llegamos al segundo domingo de la Cuaresma. Cada año, en este día, escuchamos en el evangelio el relato de la Transfiguración de Jesús en la montaña. Hay tres versiones de este acontecimiento: una en Mateo, otra en Marcos y otra en Lucas, pero no difieren mucho entre sí. Hoy oímos la versión según san Mateo. Se distingue por no decir que Pedro no sabe lo que dice cuando sugiere que se construyan tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías.

Quizás nos preguntamos: «¿Por qué los evangelistas incluyen este relato tan peculiar en sus escritos?» Usualmente se dan tres motives. Primero, la historia confirma la declaración de Pedro de que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Segundo, ayudará a los discípulos a soportar la angustia de ver a Jesús crucificado. Finalmente, da una pista a los creyentes sobre su destino. Como Cristo, ellos también brillarán en la gloria. Vamos a enfocarnos hoy en este tercer motivo: la transformación paralela del cristiano como Cristo glorificado.

Comencemos con la primera lectura. Muestra a Abram siendo instruido por el Señor a dejar su país, su parentela y la casa de su padre para ir a una tierra extranjera. Solo mediante estos sacrificios costosos puede llegar a brillar como el padre de muchas naciones. Es cierto que la gracia del Espíritu Santo, que hace brillar en la gloria a los cristianos, es un don. Sin embargo, requiere sacrificios para recibirla y conservarla, como en el caso de Abram. Muchos se preparan, a veces durante años, en las clases de sacramentos que comunican la gracia transformadora. Los sacrificios se multiplican al vivir en el mundo, donde las tentaciones abundan. Tienen que rechazar la seducción del placer, del poder y del prestigio si quieren resplandecer en la gloria.

En la segunda lectura, Pablo pide a su discípulo Timoteo que se una a él en el sufrimiento por el evangelio. Quiere su ayuda en la obra exigente de llevar el evangelio al mundo. Los primeros cristianos recibieron la gracia gratuitamente, pero anunciarla costó mucho a los apóstoles. Si los seguidores del evangelio brillarán como el rostro de Jesús en la montaña, aquellos que lo anuncian resplandecerán aún más. No es por nada que los santos aparecen con aureolas en el arte. Nuestras caras también tendrán el brillo de los santos si conversamos con los demás acerca de la Buena Nueva.

El evangelio con la historia de la Transfiguración nos deja una profunda lección sobre la vida espiritual. Hacia el final del relato, los tres discípulos experimentan una teofanía: Dios Padre les habla desde una nube. Su mensaje es casi igual al del Bautismo de Jesús, pero esta vez añade la exhortación de que escuchen a Jesús. Como es de esperar en una teofanía, los discípulos caen rostro en tierra llenos de temor. Entonces el toque de Jesús los calma.

La vida espiritual exige que sintamos temor en la presencia de Dios. Él es tremendo y asombroso, más poderoso que un volcán o que una estrella en su nacimiento. Sin embargo, por la seguridad que nos da Jesús, sabemos que Dios es nuestro Padre. Una vez que nos damos cuenta de esta verdad y sometemos nuestra voluntad a la suya, nuestro temor se transforma en el deseo de no perder nunca su amor.

Hemos cumplido una cuarta parte de esta temporada de Cuaresma. Deberíamos haber establecido ya un patrón de ayuno, oración y caridad, de modo que no sintamos aprensión ante estas prácticas. Sigamos adelante ahora con la esperanza de ser más fuertes por nuestros sacrificios, más entregados a anunciar el evangelio a los demás y más enamorados de Dios, nuestro Padre.

El domingo, 22 de febrero de 2026

 

I DOMINGO DE CUARESMA
(Génesis 2:7-9; 3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11)

Hemos comenzado el largo camino de la Cuaresma. Para ayudarnos a aprovechar estos cuarenta días, la Iglesia nos ofrece algunas de las lecturas más profundas de toda la Biblia. Las conocemos bien, pero siempre vale la pena volver a ellas.

Se ha dicho que la historia de Adán y Eva describe el primer pecado. Esto es cierto, pero también describe todo pecado humano. En la raíz de los pecados humanos está el orgullo de los primeros seres humanos. Siempre pecamos cuando consideramos nuestra voluntad más importante que la voluntad de Dios. En esta historia, la serpiente tienta a la mujer con la promesa de que, si comen del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, serán como Dios. Al rechazar la prohibición divina de comer de ese árbol, ambos comen del fruto. Cada vez que pecamos, hacemos lo mismo: rechazamos la voluntad de Dios para satisfacer nuestros propios deseos.

Decimos “nosotros”, pero no debemos incluir a Jesucristo en esta afirmación. Aunque Jesús tiene naturaleza humana, nunca antepuso su voluntad a la de Dios Padre. En el evangelio de hoy lo vemos vencer el orgullo en cada una de las tres tentaciones que Satanás le presenta.

En la primera, Jesús está en el desierto sufriendo un hambre intensa. Satanás quiere que satisfaga su deseo convirtiendo piedras en pan. Sin embargo, Jesús reconoce que hacer eso no agradaría a su Padre. Decide que no vale la pena saciar su hambre si eso implica desobedecer a Dios, y rechaza la tentación. Podemos ponernos en las sandalias de Jesús. Si, después de haber trabajado toda la mañana del domingo sin asistir a la misa, ¿estaríamos dispuestos a ir a la misa de la tarde en lugar de satisfacer inmediatamente nuestro apetito?

Luego, Satanás intenta poner a prueba la relación de Jesús con su Padre. Le propone realizar un acto temerario para ver si Dios lo salvará de la muerte a pesar de su imprudencia. Jesús no tiene dificultad en rechazar este desafío, porque sabe que el amor de Dios por él y por todos es infinito. Pero, más allá del amor paternal, Jesús sabe que debe hacer las cosas a la manera de Dios y no a la suya. Podemos preguntarnos: ante una dificultad, ¿estamos dispuestos a afrontarla a la manera de Dios? ¿O insistimos en hacer las cosas a nuestra manera, pensando que Dios nos perdonará después?

Finalmente, Jesús es tentado con el poder sobre el mundo. Es fácil imaginar cómo esta tentación apela al orgullo. Solo tendría que someterse a Satanás para obtenerlo todo. Pero Jesús percibe el engaño. Además de que Satanás es el padre de mentiras, Jesús no vino a servirse a sí mismo, y mucho menos al diablo. Vino al mundo únicamente para servir a su Padre.

En la segunda lectura, san Pablo habla de “la gracia sobreabundante que nos hace justos”. Es la gracia que brota de Jesucristo. Él venció dos veces el orgullo de los primeros seres humanos que trajo la muerte a todos. Primero, superó toda tentación al pecado en el desierto. Luego, venció definitivamente el orgullo humano en el Calvario. Para beneficiarnos de esta gracia sobreabundante debemos vivir en relación con él. Aquí, en la Eucaristía, nos ofrece su Cuerpo y su Sangre como fortaleza. No nos abandona cuando salimos a enfrentar los desafíos de la vida.  Al contrario, camina con nosotros para que nada nos haga tropezar. Con él a nuestro lado, caminamos sobre el orgullo y pasamos de la muerte a la vida eterna con Dios.

El domingo, 15 de febrero de 2026

 

VI DOMINGO ORDINARIO

(Sirácides 15:16-21; I Corintios 2,6-10; Mateo 5:17-37)

La sabiduría del mundo. ¿No es esto lo que nuestro tío Juanito mencionaba como necesario para una vida buena? Nos esbozó algunos de sus principios: es bueno ayudar al prójimo, pero es aún mejor ser visto ayudándolo. También, lo más importante no es lo que sabes, sino a quién conoces.

En la segunda lectura de hoy, de su Primera Carta a los Corintios, san Pablo también discurre sobre la sabiduría del mundo. No la critica tanto cuanto afirma que no vale lo mismo que la sabiduría divina. En verdad, en algunos aspectos la sabiduría humana puede ayudarnos a transitar la vida con cierta facilidad. Por ejemplo, propone que estudiemos cuando seamos jóvenes para no tener que trabajar tan duro cuando seamos adultos. Nada radical en esto.  Otro dicho de la sabiduría mundana, ciertamente más controversial, es: ser amado es bueno, pero es mejor ser temido. Los dictadores practican este trozo de sabiduría del mundo.

El problema principal que tiene Pablo con la sabiduría del mundo es que no puede salvarnos del pecado y de la muerte. Al contrario, según san Pablo, siguiendo solo los consejos de los sabios del mundo vamos a terminar muertos para siempre. Por eso exhorta a los corintios a que busquen la sabiduría de Dios. ¿Dónde se la encuentra? Pablo dice que no está más lejos ni es más difícil de alcanzar que entregarnos a Cristo crucificado.

En la lectura del domingo pasado, Pablo mencionó cómo él mismo se entregó a la cruz de Cristo cuando vino a predicar a Corinto. Dijo: “Cuando llegué a la ciudad de ustedes para anunciarles el Evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles sino de Jesucristo crucificado”. Pablo no habló de un guerrero indestructible ni de un campeón atlético, lo cual puede ganar la lealtad de las masas.  Más bien habló de un hombre que dio su vida por los demás. De alguna manera, esta predicación ganó las mentes y los corazones de muchos oyentes.

Predicar a Jesucristo crucificado califica como sabiduría de Dios porque favorece a los pobres y humildes, y no a los poderosos. Jesús murió a manos de los poderosos para salvar a las multitudes del pecado y de la muerte. También es sabiduría divina porque actúa misteriosamente: no atrae a la gente con una exhibición de poder, sino con una historia de amor universal. Sin duda, Pablo predicó la resurrección del Señor junto con su aparente derrota total en la cruz. Pero la aceptación de esta historia fue obra del Espíritu Santo, no del encanto de la promesa, pues los corintios eran gente de ciudad, poco tolerante con los cuentos fantásticos del campo.

En el evangelio, Jesús reta a sus discípulos a poner en práctica la sabiduría de Dios. Dice que no basta con no matar, sino que tampoco deben enojarse con un hermano. De esta manera, todo el mundo sabrá que son de Dios. Asimismo, no solo no deben cometer adulterio, sino que tampoco deben “mirar con malos deseos a una mujer”. Así la gente se dará cuenta de que está activa la gracia de Dios, y no simplemente la disciplina humana. Finalmente, Jesús dice que sus discípulos no deben jurar, sino que deben “decir sí cuando es sí, y no cuando es no”. (Entendemos esta prohibición como una condena de juramentos innecesarios, casuales o engañosos). Sus discípulos no están llamados a impresionar a la gente con palabras extensas, sino a dar testimonio de la sencilla verdad de la cruz y resurección de Jesucristo.

En unos días comenzaremos el tiempo de Cuaresma. Es una oportunidad para que practiquemos la sabiduría de Dios. Que nuestros sacrificios y nuestra oración no sean modos de impresionar a unos y a otros. Al contrario, que sean testimonio de nuestro amor a Dios y al prójimo.

 

El domingo, 8 de febrero de 2026

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Isaías 58:7-10; 1 Corintios 2:1-5; Mateo 5:13-16)

Como el domingo pasado, el evangelio de hoy está tomado del Sermón del Monte. Los discípulos se han acercado a Jesús para escuchar sus enseñanzas. Él comenzó proclamando “dichosos” o “bienaventurados” a quienes viven la justicia de Dios. En el pasaje que escuchamos hoy, Jesús utiliza dos imágenes para describir el papel de sus discípulos en el mundo.

Pero ¿quiénes son los discípulos de Jesús? Quizá algunos piensan que son solamente los Doce Apóstoles. No puede ser así, pero, porque además de Simón Pedro y sus compañeros, el evangelio habla de un número relativamente grande de seguidores de Jesús. Fue de entre ellos que Jesús escogió a su círculo más cercano de confidentes. La palabra “discípulo” proviene del latín discipulus, que significa “aprendiz” o “estudiante”. El papa Francisco llamó a todos los cristianos “discípulos misioneros”. No fue solo un cumplido piadoso, sino un llamado concreto a los bautizados. Más que rezar pasivamente en los bancos, todos los cristianos deberían aprender acerca de Cristo para poder hablar de Él a los demás.

Existe una comunidad protestante que se autodenomina "Discípulos de Cristo". Se consideran la vanguardia de un movimiento para unificar un mundo fragmentado. Su espíritu, así como su nombre, sin duda habrían complacido al expapa. Desafortunadamente, sus creencias y disciplina no se ajustan totalmente a la tradición católica.

Primero, Jesús llama a sus discípulos “la sal de la tierra”. La sal tiene muchos usos, desde preservar el pescado hasta derretir el hielo. No solo es útil, sino también barata. Mahatma Gandhi, el líder hindú, llamaba a la sal “el condimento de los pobres”. Probablemente Jesús tiene en mente este uso cuando declara que sus discípulos son como la sal.

La sal se adhiere a los almidones, verduras y carnes para mejorar sus sabores. De manera semejante, los cristianos están llamados a penetrar la sociedad para hacerla mejor. La Carta a Diogneto es un documento del siglo II, escrito para defender las costumbres cristianas frente a sus muchos críticos. Dice la carta: “Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los hijos que conciben. Comparten la mesa, pero no el lecho”. Con el tiempo, las costumbres cristianas de no abortar a los bebés y de reservar la intimidad sexual para el matrimonio fueron adoptadas por la mayoría de las naciones.

Sin embargo, en tiempos recientes hemos sido testigos de una erosión de estos valores. Ahora aun grupos de cristianos han aceptado la promiscuidad sexual y el aborto. Se podría decir que para esos grupos “la sal se ha vuelto insípida”. En lugar de mostrar al mundo la virtud, esos cristianos han adoptado los vicios del mundo.

Aún más común y beneficiosa que la sal es la luz. La luz hace posible convertir el agua y el dióxido de carbono en alimento mediante la fotosíntesis, proceso que además libera oxígeno a la atmósfera. Sin alimento para comer ni oxígeno para respirar, ni la vida humana ni casi ninguna otra forma de vida podría existir.

Nosotros, discípulos de Cristo, actuamos como luz cuando compartimos con el mundo las enseñanzas de Cristo. Ellas sirven como guía que ilumina el camino hacia la paz. Esto se logra más por el ejemplo que por las palabras, aunque ambos modos de enseñanza son necesarios. En este mismo Sermón del Monte, Jesús enseña: “Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (5,23-24).  Cuando los enemigos se reconcilian, la sociedad se vuelve más unida y justa.

Jesús nos exhorta a dejar que nuestra luz brille como “una ciudad construida en lo alto de un monte”. ¿De qué sirve una luz en el monte si no guía al viajero de regreso a casa? Nosotros, discípulos de Cristo, estamos en el mundo para ayudar a todos a llegar a su verdadera casa con el Señor. Lamentablemente, no todos actúan como si quisieran llegar allí. No importa. Según Jesús, estamos aquí para iluminar el camino hacia esa casa para todos.


El domingo, 1 de febrero de 2026

 

IV DOMINGO ORDINARIO, 1 de febrero de 2026

(Sofonías 2,3.3,12-13; I Corintios 1,26-31; Mateo 5, 1-12ª)

El evangelio de hoy relata el comienzo del discurso más famoso de la historia.  Como obra de retórica y como esquema de una vida que vale, el Sermón del Monte no tiene igual.  Su comienzo tiene fama por sí mismo.  Las bienaventuranzas nos dan el retrato del discípulo perfecto cuyo destino es no otro que el Reino de Dios. Se considera Jesús sabio por poner en primer lugar el premio – el Reino de Dios – antes de mencionar los sacrificios asociados. 

La lectura empieza con Jesús tomando asiento en un monte.  El monte representa el panteón de los dioses entre quienes Jesús, el “Hijo de Dios”, tiene espacio.  Se ponen sus discípulos cerca de él y detrás de ellos, la muchedumbre. Jesús proclama, “Dichosos…” o “Felices”, a nueve géneros de personas.  Cada uno de estos grupos merece la vida eterna por haber realizado la justicia del Reino. 

El primer género mencionado es “los pobres de espíritu”.  Ellos viven pendientes de Dios en la vida y en la muerte, no de sus propios recursos ni de la ayuda de los hombres.  No son perezosos y mucho menos presuntuosos.  Solo reconocen que el objetivo de la vida queda en Dios, no en cosas materiales.  A menudo se encuentra esta característica en los económicamente pobres, pero aun los ricos pueden confiar sus vidas a Dios.  Santa Brígida de Suecia y Santa Isabel de Hungría fueron reinas de naciones que tan pronto como pudieran compartieron sus riquezas con los indigentes.

“Los que lloran” lloran por sus propios pecados o por el modo de que el mal ha arraigado en el mundo.  Con lágrimas en sus ojos Santo Domingo gritaba: “¿Qué pasará con los pecadores?”  Por supuesto, los que lloran solo imitan a Jesús llorando en la entrada de Jerusalén (Lc 19,41).  De hecho, Jesús es el modelo para cada una de las bienaventuranzas.

“Los sufridos” no insisten en sus propias agendas sino aceptan los designios inescrutables de Dios.  Bobby Jones era uno de los mejores golfistas de la historia.  Cuando se puso tan enfermo que no pudiera competir más, le preguntaron si resentía lo que le pasó.  No, dijo, “… en el golf como en la vida, hay que jugar la pelota donde se queda”.  Jesús promete que los sufridos “heredarán la tierra”.  Pero no tiene en cuenta ningún terreno mundano sino el Reino de Dios.

En su lista de bienaventuranzas el Evangelio de Lucas hace relieve en la privación física mientras Mateo expande el alcance de la privación.  La cuarta bienaventuranza sirve como ejemplo.  Lucas tiene a Jesús diciendo: “¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre …!” Los biblistas comentan que probablemente Jesús habló así con estilo de los profetas hebreos.  Pero Mateo tiene en cuenta el mensaje de la trayectoria entera de la vida de Jesús: cómo sirvió y cómo murió.  Por eso lo recuerda diciendo: “’Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia’”.  Los dichosos de Mateo tiene un hambre y sed espiritual para vivir siempre en conforme con la voluntad de Dios.  En los evangelios Jesús nunca transgreda la Ley.  Hasta la muerte siguió los directivos del Padre.  Eric Liddell era un atleta de Escocia competiendo en las olimpiadas de 1924.  Cuando se fijaron las pruebas para los 100 metros lisos en domingo, Liddell se negó a participar. Consideró que correr en domingo violaba el Tercer Mandamiento.  Con una vida orientada así, Liddell logró en el fin la satisfacción de los deseos más altos de su corazón.  Murió como mártir misionero en China durante la Segunda Guerra Mundial.

En sus enfrentamientos con los fariseos, Jesús les advierte: ustedes “pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!” (23,23). La misericordia siempre exigirá del individuo más que el simple cumplimiento de las minucias de la ley.  A los discípulos de Cristo no les falta mostrarla.  Son ellos que el Señor elegirá cuando venga al último día.  Los misericordiosos incluyen miembros de otras religiones. En las regiones de África afectadas por los terroristas de Boko Haram, las familias musulmanas han escondido a cristianos en sus casas, arriesgándose a sufrir represalias mortales.

Cuando el profeta Samuel visitó a Belén para ungir rey a un hijo de Jesé, no eligió e ninguna de sus siete hijos mayores.  Eran guapos y fuertes, pero el Señor le dijo al profeta que él no se fija en las apariencias como los hombres sino ve el corazón.  Cuando David llegó a Samuel, lo ungió rey.  Dios quiere que los hombres y mujeres tengan corazones limpios de deseos animales.  A aquellas personas con corazón inclinado a la bondad y la compasión, les permitirá ver a él cara a cara en la vida eterna.

El Señor Bill Tomes era un hombre de negocios de Chicago.  En el medio de su carrera, se quitó el traje y corbata para vestirse en un hábito religioso de mezclilla azul.  Comenzó a trabajar entre las pandillas de su ciudad.  Cuando se enteraba de una pelea entre las pandillas, se ponía en medio de los dos lados hasta que cesaran disparando.  Es el tipo de persona que Jesús tiene en cuenta cuando dice: “Dichosos los que trabajan por la paz”.

Las últimas dos bienaventuranzas son realmente solo una.  Jesús pronuncia “dichosos” a aquellos que sufren la persecución para ser santos como él.  No se logra la santidad simplemente por orar en el banco.  Se comprende también de una vida dedicada a los demás.  Jesús añade que esta lucha para ser santo es en su raíz una búsqueda para él:  “’Dichosos serán ustedes cuando los injurien … por causa mía’”. Cuando lo encontremos, tendremos reservado “un premio grande en los cielos”.

El domingo, 25 de enero de 2026

 

III DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 8:23b–9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)

El evangelio de hoy ha sido uno de los favoritos de la Iglesia desde hace mucho tiempo.  Ofrece un modelo dramático del llamado vocacional. A la sencilla invitación de Jesús, Pedro y sus compañeros dejan todo para seguirlo.

La lectura comienza con una nota de urgencia. Jesús toma la bandera de su precursor Juan, que acaba de encarcelarse. Predica las mismas palabras de Juan, pero invierte su orden de palabras. Donde Juan proclamaba: “El Reino de los cielos está cerca, conviértanse…”, Jesús pone primero la exigencia: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Así instruye a sus oyentes sobre la necesidad absoluta de poner primero en sus vidas la voluntad de Dios. Las necesidades y deseos del yo no son tan importantes como la justicia de Dios.

Estamos habituados a pensar en nosotros mismos como “número uno”. Pero dichosos los niños cuyos padres les dicen: “Hagan siempre lo que es justo”. Desgraciadamente, muchos niños crecen escuchando instrucciones que los llevan a pensar primero en su propio beneficio. El resultado es una sociedad en la que todos reclaman sus derechos sin considerar su responsabilidad de garantizar los derechos de los demás. Cuando otra persona no nos da el cambio correcto, nos apresuramos a corregirla; pero cuando se equivoca y nos da más de lo debido, somos reacios a decírselo.

Los pescadores del evangelio no muestran esta tendencia egoísta. Más bien, tan pronto que escuchan el llamado de Jesús, responden con rapidez y entrega total. Simón Pedro y Andrés abandonan sus redes —su medio de vida— para seguirlo. Santiago y Juan dejan incluso a su propio padre.

Al cambiar el objeto de su corazón para seguir a Jesús, Jesús transforma también sus vidas. Ya no serán simplemente “pescadores”; él los hará “pescadores de hombres”. Esta transformación no se limita a los santos del pasado ni a los sacerdotes de hoy. Ocurre también en la vida de muchos laicos. Un hombre reclutaba a estudiantes para colegios. Sin embargo, después de completar su formación como ministro laical, comenzó a identificarse a sí mismo más como ministro que reclutador. Todos conocemos hombres y mujeres exitosos en su carrera, pero se distingue aún más por su caridad cristiana.

Cuando decidimos seguir a Jesús, experimentamos la gracia como una fuerza dinámica que nos impulsa a hacer el bien y a resistir el mal. Sin embargo, siempre encontraremos retos que pueden hacernos tropezar y, a veces, caer en el pecado. Los sacerdotes pueden enamorarse; los laicos también pueden sentirse atraídos románticamente por otra persona. O pueden ser las drogas o el alcohol los que provoquen la caída de nuestra persona. De una u otra manera, nos desviamos de nuestro discipulado. Aún Pedro perdió el entusiasmo de su compromiso inicial.  Negó a Jesús tres veces por miedo cuando el Señor fue arrestado.

Sin embargo, el Señor lo llamó de nuevo. Después de pedirle que declarara su amor tres veces, le confió el cuidado de su rebaño. Así como Jesús actuó con Pedro, actuará también con nosotros. Si le pedimos perdón, Jesús nos perdonará y nos llamará de nuevo, no por su bien, sino por el nuestro.

La vida es un camino largo y lleno de tropiezos. Muy probablemente fallaremos a nuestro compromiso inicial con el Señor. Sin embargo, como dice san Pablo a Timoteo: “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13). El Señor siempre estará ofreciéndonos una nueva oportunidad para responder a su llamado.

El domingo, 18 de enero de 2026

 

II DOMINGO ORDINARIO, 18 de enero de 2026
(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)

Aunque la Navidad es un tiempo alegre, la Iglesia no permite que sea de “pura alegría”. Coloca la fiesta de san Esteban, el primer mártir, inmediatamente después del 25 de diciembre. Al hacerlo, la Iglesia sigue el rumbo de los evangelios. En los relatos de la infancia de Jesús, tanto san Mateo como san Lucas dejan entrever su muerte. San Mateo narra el martirio de los Santos Inocentes, asesinados mientras Herodes buscaba matar a Jesús. En san Lucas, el anciano Simeón se refiere a Jesús como un “signo de contradicción”. Es una descripción enigmática. Significa que Jesús será rechazado y odiado por los pecadores a quienes vino a salvar.

Esta yuxtaposición de alegría y dolor continúa también hoy. Concluimos el tiempo navideño hace ocho días con la celebración del Bautismo del Señor. Y ahora, en el primer domingo después, escuchamos una nota de tristeza. Juan el Bautista, señalando a Jesús, lo llama “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. A primera vista parece una imagen serena, pero en realidad tiene una implicación espantosa: el Cordero quitará el pecado cuando su sangre sea derramada como ofrenda de sacrificio.

Como en las misas de Adviento y del Tiempo de Navidad, el evangelio de hoy cumple la profecía de la primera lectura. Esta lectura proviene de uno de los cuatro “Cantos del Siervo Doliente”. Estos poemas dan testimonio de una figura misteriosa —el Siervo Doliente— que aparece en la segunda parte del libro del profeta Isaías. El canto proclamado hoy revela la misión del Siervo, mientras que los otros cantos describen la manera en que la llevará a cabo.

Según este canto, Dios ha elegido al Siervo para cumplir dos objetivos: restaurar a las doce tribus de Israel y llevar la salvación al mundo entero. A la luz de la historia de Jesús, los primeros cristianos no podían sino verlo como el cumplimiento de esta profecía. Jesús no solo instituyó el nuevo Israel con sus doce apóstoles, sino que también los mandó a difundir el evangelio hasta los confines del mundo. Igualmente significativo es que cumplió su misión conforme a las predicciones de los Cantos. Consoló a los pobres y murió por todos los hombres y mujeres, sin protestas ni quejas.

El papa san Juan Pablo II nos ha ayudado a comprender la grandeza de las obras de Jesús. Escribió que Dios crea a la persona humana como un don de amor. En otras palabras, nuestras vidas son regalos de Dios, dados a nosotros por amor. Al hablar de “amor”, entendemos la disposición de buscar el bien del otro.  Como cada uno de nosotros es un don, nos realizamos plenamente como personas humanas cuando nos entregamos a los demás por amor. Jesús hace posible esta entrega mediante el sacrificio de su nacimiento, de su vida y de su muerte. Nació en Belén como un don de Dios; vivió enseñándonos los caminos del Reino de Dios; y finalmente entregó su vida en el Calvario por la salvación del mundo del pecado. En este proceso, Jesús no solo modeló lo que significa el sacrificio de uno mismo por los demás, sino que también venció al espíritu del mal que nos impide imitarlo.

Sin embargo, vivimos en un ambiente que en gran medida ha ignorado el amor de Cristo. Muchos hoy en día no conocen a Jesús. Viven no como dones para los demás, sino para la exaltación de sí mismos. Cada año, menos adultos desean comprometerse con otra persona en el matrimonio. ¿Por qué? Porque temen el sacrificio que implica. Los jóvenes evitan tener hijos por la misma razón. No comprenden que el verdadero gozo solo surge de este tipo de sacrificio. Tal vez encuentren placer en relaciones superficiales y en gastos excesivos centrados en sí mismos, pero al final probablemente se preguntarán si la vida no ofrece algo más.

Acabamos de iniciar el Tiempo Ordinario. Este es el período en el que aprendemos cómo Jesús vivió su vida como un don. Sin embargo, el tiempo será interrumpido por la Cuaresma y la Pascua.  Entonces nos enteraremos el costo de imitarlo y por qué vale la pena pagarlo.

El domingo, 11 de enero de 2026

 Fiesta del Bautismo del Señor

(Isaías 42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17)

En el Evangelio de San Mateo el Bautismo de Jesús revela al mundo que él es el Hijo de Dios.  El evangelista no resalta tanto el agua del río sino la voz del cielo.  La historia llega a su clímax cuando el Padre proclama: “’Éste es mi Hijo muy amado…’” En este momento todos presentes la gente saben el recurso que Dios ha escogido para salvar el mundo.

Estas palabras tienen resonancia en la primera lectura.  Se toman de la segunda parte del Libro del profeta Isaías.  Los exilios de Jerusalén han vivido en Babilonia por décadas cuando Dios dice “basta”.  Reconoce que han sufrido suficientemente a ser purificados de sus crímenes. Escoge a su siervo para ejecutar su plan de salvar su pueblo.  Describe el siervo en términos semejantes de lo que se dirá de Jesús en el Evangelio. Tiene sus “complacencias” y le ha puesto su “espíritu”.

Los biblistas han tenido dificultad identificar quien sea este siervo.  Dicen algunos que es la persona colectiva del pueblo Israel.  Pero los “Cánticos del Siervo Doliente” no compaginan bien con una persona colectiva.  En resumen, estos pasajes de la segunda parte de Isaías dan un retrato más de un individuo.  Dicen, por ejemplo: “Y ahora dice el SEÑOR, que desde el seno materno me formó para que fuera yo su siervo” (Isaías 49,5). Entonces ¿quién es el siervo?  ¿Tal vez uno de los profetas como Jeremías que sufrió tanto en Jerusalén antes de que fue llevado a Babilonia?

El Evangelio provee una respuesta más satisfactoria.  El siervo es Jesús de Nazaret. Vemos su sufrimiento claramente durante la Semana Santo cuando se lean los cuatro "Cánticos".  Sin embargo, para aceptar esta respuesta hay que engrandecer las dimensiones de la historia.  El siervo no viene para salvar solo a los exiliados de Israel sino el mundo entero.  Su entrega a sí mismo redimirá a todos hombres y mujeres para que caminen con la cabeza en alto en la justicia.

Nosotros encontramos a Jesucristo sobre todo en los sacramentos.  Consideren este.  En el Bautismo, nos santifica el ser.  En la Penitencia y la Unción de Enfermos nos sana al alma. En la Confirmación y especialmente en la Eucaristía nos nutre y fortalece.  Y en el Matrimonio y el Orden nos prepara para cumplir nuestro destino.

El énfasis de este tiempo navideño ha sido siempre en el don de Dios.  Sobre todo, nos ha regalado a Su propio hijo como nuestro redentor.  Llevando a cabo esta misión, Jesús muestra el amor de Dios para nosotros.  Ahora podemos recompensar a su iniciativa de amor.  Como San Pablo exhorta a la comunidad de cristianos en Roma, podemos que vestirnos con Cristo.  Eso es, podemos socorrer a los demás, no solo nuestros familiares sino también los necesitados en otras partes.

Una iglesia cristiana insiste en que cada uno de sus miembros tenga un "viaje interior" y otro "exterior".  El "viaje interior" consiste en la meditación Escritural y la oración.  El "viaje exterior" comprende un servicio comunitario.  Puede ser el visitar a los enfermos o llevar comidas a los ancianos.  Tanto como es preciso que siempre oremos, es meritorio que prestemos la mano en el socorro.

Mientras celebramos el Bautismo del Señor, apenas nos podemos olvidar nuestros propios Bautismos.  Como Jesús en el Evangelio, hemos sido ungidos con el Espíritu Santo.  Jesús dará complacencias a Dios por alumbrar nuestro camino a Él.  En retorno, que alumbremos los caminos de los demás a Él por nuestro servicio humilde.