Fiesta del Bautismo del Señor
(Isaías
42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17)
En el
Evangelio de San Mateo el Bautismo de Jesús revela al mundo que él es el Hijo
de Dios. El evangelista no resalta tanto
el agua del río sino la voz del cielo.
La historia llega a su clímax cuando el Padre proclama: “’Éste es mi
Hijo muy amado…’” En este momento todos presentes la gente saben el recurso que
Dios ha escogido para salvar el mundo.
Estas
palabras tienen resonancia en la primera lectura. Se toman de la segunda parte del Libro del
profeta Isaías. Los exilios de Jerusalén
han vivido en Babilonia por décadas cuando Dios dice “basta”. Reconoce que han sufrido suficientemente a
ser purificados de sus crímenes. Escoge a su siervo para ejecutar su plan de
salvar su pueblo. Describe el siervo en
términos semejantes de lo que se dirá de Jesús en el Evangelio. Tiene sus
“complacencias” y le ha puesto su “espíritu”.
Los
biblistas han tenido dificultad identificar quien sea este siervo. Dicen algunos que es la persona colectiva del
pueblo Israel. Pero los “Cánticos del
Siervo Doliente” no compaginan bien con una persona colectiva. En resumen, estos pasajes de la segunda parte
de Isaías dan un retrato más de un individuo.
Dicen, por ejemplo: “Y ahora dice el SEÑOR, que desde el seno materno me
formó para que fuera yo su siervo” (Isaías 49,5). Entonces ¿quién es el
siervo? ¿Tal vez uno de los profetas
como Jeremías que sufrió tanto en Jerusalén antes de que fue llevado a
Babilonia?
El
Evangelio provee una respuesta más satisfactoria. El siervo es Jesús de Nazaret. Vemos su
sufrimiento claramente durante la Semana Santo cuando se lean los cuatro
"Cánticos". Sin embargo, para
aceptar esta respuesta hay que engrandecer las dimensiones de la historia. El siervo no viene para salvar solo a los
exiliados de Israel sino el mundo entero.
Su entrega a sí mismo redimirá a todos hombres y mujeres de la isla del
pecado para que caminen con la cabeza en alto en la justicia.
Nosotros
encontramos a Jesucristo sobre todo en los sacramentos. Consideren este. En el Bautismo, nos santifica el ser. En la Penitencia y la Unción de Enfermos nos
sana al alma. En la Confirmación y especialmente en la Eucaristía nos nutre y fortalece. Y en el Matrimonio y el Orden nos prepara para
cumplir nuestro destino.
El énfasis
de este tiempo navideño ha sido siempre en el don de Dios. Sobre todo, nos ha regalado a Su propio hijo
como nuestro redentor. Llevando a cabo
esta misión, Jesús muestra el amor de Dios para nosotros. Ahora podemos recompensar a su iniciativa de
amor. Como San Pablo exhorta a la
comunidad de cristianos en Roma, podemos que vestirnos con Cristo. Eso es, podemos socorrer a los demás, no solo
nuestros familiares sino también los necesitados en otras partes.
Una iglesia
cristiana insiste en que cada uno de sus miembros tenga un "viaje
interior" y otro "exterior".
El "viaje interior" consiste en la meditación Escritural y la
oración. El "viaje exterior"
comprende un servicio comunitario. Puede
ser el visitar a los enfermos o llevar comidas a los ancianos. Tanto como es preciso que siempre oremos, es
meritorio que prestemos la mano en el socorro.
Mientras
celebramos el Bautismo del Señor, apenas nos podemos olvidar nuestros propios
Bautismos. Como Jesús en el Evangelio,
hemos sido ungidos con el Espíritu Santo.
Jesús dará complacencias a Dios por alumbrar nuestro camino a Él. En retorno, que alumbremos los caminos de los
demás a Él por nuestro servicio humilde.