El domingo, 9 de agosto de 2020


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

Se esperaba que los fieles regresaran a la misa después del confinamiento.  Por supuesto, algunos lo hicieron.  Pero no tantos somo los obispos imaginaban.  La gente no llena ni una cuarta parte de los templos.  Mucho menos crean la necesidad de añadir misas como se estaba esperado.  Puede ser que la gente se sienta muy temerosa con el virus.  Pero también es posible que la a muchos les falta una fe viva en la Eucaristía.  Ahora que no es obligatorio asistir la misa, no lo vienen.  De todos modos, en el evangelio hoy Jesús similarmente ve en Pedro una falta de fe.

Con este relato el evangelista Mateo no solo relata un acontecimiento en la vida de Jesús.  También está contando la experiencia de la Iglesia después su muerte.  Que miremos las palabras que usa Mateo para contar su historia.  "La barca" siempre ha sido símbolo de la Iglesia mientras "la noche" es signo primordial del mal.  "Las olas" sacudiendo la barca es una manera de describir la muerte amenazando las vidas cristianas. Sabemos que los cristianos particularmente en los primeros tres siglos eran constantemente perseguidos.  Mateo nos retrata su situación con este pasaje.

Jesús viene a socorrer a sus discípulos.  Es instructivo cómo él se identifica a sí mismo.  Dice: “Soy yo” como Dios se identifica a sí cuando va a rescatar al pueblo Israel.  Como el Evangelio de San Juan, el Evangelio de San Mateo muestra a Jesús como Dios.

Pedro lo reconoce así.  “'Señor'” – dice – “'mándame ir a ti caminando sobre el agua'”.  Cuando lo llama, Pedro se emprende a caminar sobre las olas.  Entonces se hace temeroso y comienza a hundir.  Su fe no es perfecta.  Jesús lo llama, “’Hombre de poca fe’”.  Es una fe que falta la valentía, que no quiere sufrir, que cree solo cuando no cuesta mucho.

En nuestro tiempo la “poca fe” es distinta.  Mucha gente a pesar de que son bautizados tiene poca creencia en la Eucaristía y otros principios de la fe.  Están distraídos por los bienes que nos rodean.  Tienen la ciencia para extender sus vidas hasta noventa aun cien años.  No piensan mucho en Dios, el Creador, ni en Jesucristo, que nos revela Su voluntad.

Tenemos que preguntar: “¿Quién dio origen a todos los bienes de que nos aprovechamos?”  Otra pregunta indicada es: “¿Qué es la voz muy dentro de nosotros que nos dice cuando hacemos lo bueno y cuando pecamos?”  En la primera lectura Elías encuentra a Dios en “el murmullo de una brisa”.  Nosotros lo encontramos en el murmullo de nuestra conciencia.

Como siempre, Dios nos salva de la precariedad.  Parece que la vida sin Dios lleva al deshacer.  Muchos matrimonios basados en la comodidad no pueden aguantar el estrés de los altibajos de la vida.  Como sociedad, la Unión Soviético se cayó encima mientras soltaba su lema que Dios no existe.  En la segunda lectura San Pablo lamenta el rehúso del pueblo judío a aceptar a Jesús como Señor.  Muchos padres hoy en día se sienten igual para ver a sus hijos alejarse de Dios.

Hay cuento sobre los muchos beneficios de un árbol.  El árbol da su rama para que los niños puedan columpiarse.  Da su fruto como comida y sus hojas como sombra.  Al final de su vida da su tronco como leña y madera para mueble.  De una manera es igual con Dios.  Él nos proporciona todo para hacer la vida valiosa.  Ciertamente es digno de nuestras gracias y alabanzas.

El domingo, 2 de agosto de 2020


DÉCIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)


El presbítero Domingo de Guzmán era joven compañero de Diego, el obispo de Osma en España.  Los dos pasaron muchos años viajando juntos, particularmente en el sur de Francia.  Allá el catarismo, una secta que creía que el diablo creó el orden material, tenía gran seguimiento.  Los dos clérigos esperaban convencer a los cátaros de la bondad de la creación por una predicación alumbrada.  De repente el obispo Diego murió.  Domingo estaba intensamente turbado.  Sentía que tuvo que renovar solo la predicación para salvar a los cátaros de modos de pensar inhumanos.  Domingo recuperó sus fuerzas para lanzar a la Orden de los Predicadores.  El evangelio hoy recuerda una historia semejante.

San Lucas describe a Juan Bautista como pariente de Jesús.  A lo mejor su relación era más significante que esto.  Juan bautizó a Jesús.  Es muy posible que Jesús hubiera seguido a Juan como su discípulo por un rato.  De todos modos, evidentemente Jesús se pone muy triste con las noticias del asesinato de Juan.  Dice el evangelio hoy que cuando se entera del acontecimiento, Jesús se dirige a un lugar “apartado y solitario”.  Tal vez pensaba sobre su vida y la posibilidad de su muerte prematura como la de Juan.  Se ha dicho que tenemos que aceptar nuestra muerte antes de que podamos ser libres de vivir.  Es decir, con el reconocimiento de nuestra muerte, no desgastaremos tiempo en cosas frívolas, sino nos dedicaremos a las cosas que nos importan lo más.  Lo que le importa a Jesús lo más es el reino de Dios, su Padre.

La experiencia de la pandemia debería habernos llevado a la misma percepción.  Incluso si no hemos conocido a nadie que haya muerto a causa del virus, las referencias continuas a la muerte nos han estremecido.  “¿Qué pasaría si fuera a morir yo?” nos preguntamos.  Seguimos con otros interrogantes: “¿He realizado algo que vale?” y “¿Qué querría hacer?”

Ciertamente no queremos pensar en nosotros como haber vivido solamente para nosotros mismos. Nuestros padres y catequistas nos han enseñado a preocuparnos de los demás.  ¿Somos hermanos, amigos, prójimos dignos del nombre cristiano?  Jesús nos muestra cómo ser un cristiano en la lectura hoy.  Cuando la gente le enfrenta con sus necesidades, no demora para compadecerse de ella.  En primer lugar, Jesús cumple con su necesidad más evidente.  Cura a los enfermos.

Entonces Jesús se percata de una necesidad más profunda.  Se parece como el hambre para pan, pero es una necesidad espiritual, no material.  Jesús sabe que les falta el sustento espiritual para llegar al reino de Dios.  Es el conocimiento que Dios los ama como sus hijos e hijas.  En la primera lectura el profeta ofrece este conocimiento a los refugiados judíos en Babilonia.  Dice que Dios está proporcionándoles no solo el pan sino también la libertad para volver a Judea.  Este conocimiento se pone aún más concreto en la segunda lectura.  San Pablo nos asegura que nada – ni siquiera la muerte – vence el amor de Cristo para nosotros.

Recibimos este amor particularmente por medio de la Eucaristía.  Es pan básico (solo harina y agua) transformado en el cuerpo verdadero del Señor.  Tomándolo, nosotros no lo asimilamos en nosotros como hacemos con comida ordinaria.  Al contrario, nos asimila en ello para que vivamos más libres, felices, y preocupados por los demás.  En el evangelio Jesús anticipa la última cena donde nos proporciona la Eucaristía definitivamente.  Él toma el pan, mira al cielo bendiciendo a Dios el Creador, y lo reparte a sus discípulos.  Ellos siguen distribuyéndolo a todo el mundo.

Muchos están temerosos de la muerte causado por el virus Corona-19.   Se preocupan de contraerlo en el trabajo y de sus hijos contrayéndolo en la escuela.  Ciertamente la vigilancia sigue necesaria.  Es solo prudente que mantengamos la distancia indicada de uno a otro y llevemos máscaras como recomiendan nuestros funcionarios de salud.  Pero es aún más indicada la confianza en el amor de Dios para cada uno de nosotros.  Este amor nos permite a libres, felices, y preocupados por los demás. Incluso si morimos este amor no disminuye.  Más bien, se transforma en una acogida entre los santos.   

El domingo, 26 de julio de 2020


EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)


Hagia Sophia es nombre de una estructura religiosa magnífica en Estambul, Turquía.  Fue construida como una iglesia dedicada a Cristo en el sexto siglo.  Pero cuando los musulmanes tomaron la ciudad en el siglo quince la convirtieron en una mezquita.  Entonces en el siglo veinte el presidente secularista del país lo hizo un museo.  Probablemente quería pacificar los reclamos para el edificio de las diferentes religiones.  Se ha aparecido en las noticias de nuevo porque el presidente actual acaba de reconvertirla en una mezquita. 

Hagia Sophia significa la “santa sabiduría” en griego.  Entonces, ¿cómo puede ser que una iglesia dedicada a Cristo tiene el nombre “santa sabiduría”?  La respuesta no es complicada. Para los ortodoxos este nombre siempre refiere a Jesucristo.  Los orientales piensan de Jesús como la Santa Sabiduría como nosotros en el Occidente pensamos de él como el Verbo Encarnado. 

En la Primera Carta a los Corintios San Pablo llama a Jesucristo “la sabiduría de Dios” (1,24). Quiere enfatizar que, siguiendo a él, los cristianos pueden llegar a la salvación.  Por eso, la sabiduría de Dios vale más que la filosofía de Platón y Aristóteles, más aún que la Ley de los judíos.  Pero Jesús no habla de la sabiduría en el evangelio sino del Reino de Dios.  Para Jesús el Reino vale más que cualquiera otra cosa.

Jesús dice que encontrar el Reino es como un campesino descubriendo un tesoro en el campo o un comerciante hallando una perla fina.  Es decir, encontrando el Reino cumple los deseos más profundos de ambos los pobres y los ricos.  En el tiempo de Jesús los ricos solían enterrar sus riquezas en el campo para esconderlos de los ladrones.  A veces murieron sin clamando sus tesoros.  Si un campesino labrando el campo encontró el tesoro escondido por casualidad, haría todo posible obtener el campo.  Fue igual con el comerciante que encontró una perla fina en la pesca.  La perla entonces era más valiosa, según algunos, que el oro.  El comerciante haría todo posible para comprar la perla de los pescadores.  Jesús nos dice que como el campesino valora el tesoro escondido y el comerciante valora la perla fina, deberíamos valorar nosotros el reino de Dios.

Como San Pablo nosotros encontramos el reino de Dios precisamente en Jesucristo.  Él es nuestro hermano que hace la vida rica.  Nos enseña como vivir con la nobleza aunque no tenemos más que la comida para el día hoy.  Nos reta cuando pensamos en nosotros como mejores que otras personas porque somos americanos, educados u por otra superficialidad.  Y Jesús nos consuela en los tiempos difíciles con la promesa de la vida eterna a sus fieles.  En la primera lectura Salomón pide la sabiduría para gobernar su reino vasto.  Su oración se asemeja a nuestra para conocer a Jesús mejor.  Con Jesús podemos gobernar a nosotros mismos y a nuestras familias para que nos paremos íntegros en un mundo bien decaído.

¿Qué nos aconsejaría a hacer la Santa Sabiduría en el caso de la Hagia Sophia de Estambul?  Siendo Cristo no nos dirigiría a hacer guerra para clamarla. Más bien, nos recomendaría que expresemos nuestra desilusión con el cambio.  Entonces, nos diría a dialogar con los turcos para que un día se restaure a un lugar para todas las religiones.  No es un tesoro para ser escondido de otras religiones.  Más bien, es como una perla fina para ser apreciada por el mundo entero.


El domingo, 19 de julio de 2020


EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)


Hace quince años todo el mundo conoció el nombre, Teresita Schiavo.  Esta mujer estaba famosa por la controversia causada por su condición física.  No podía hablar ni comer, mucho menos caminar. De hecho, no daba ningún signo evidente de consciencia de sí o del ambiente.  Cuando su esposo pidió que le quitaran el tubo de alimentación, el gobierno lo rehusó para que se mantuviera viva.  Pero, se puede describir la condición de Teresita como mala porque somos creados para prosperar usando todas nuestras facultades. 

En el evangelio hoy Jesús trata del tema difícil del mal.  Personas humanas siempre cuestionan: “¿Por qué existe el mal?” En el caso de Teresita Schiavo, “¿Por qué ella tiene que sufrir la pérdida de la mente?”  Usualmente se usa la parábola del trigo y de la cizaña para justificar la presencia de hombres malos. Nos ayuda entender por qué se permiten los malvados vivir entre los buenos.  Sin embargo, la parábola nos proporciona la perspectiva de Jesús hacia otros tipos de maldad.  Con ella tenemos el razonamiento para abolir la pena de muerte, para no excomulgar a los políticos, y para aceptar las precautelas limitando nuestro movimiento durante la pandemia.

En el Sermón del Monte Jesús nos proporciona el principio: “’…no hagan resistencia al hombre malo’”.  Quiere que toleremos la maldad al menos en cuanto no hace daño a los inocentes.  La parábola del trigo y la cizaña ilustra cómo se pone este principio en práctica.  Sembrar la cizaña es obra del maligno.  El amo de la tierra no permite que se arranque la cizaña porque inevitablemente se sacan plantas de trigo junto con ella.  Prefiere esperar hasta la cosecha cuando se puede eliminar la cizaña sin dañar el trigo.  En otras palabras, Jesús quiere que Dios juzgue quien es bueno y quien es malo al final de los tiempos.

¿Qué tiene que ver con Teresita Schaivo esta parábola?  En el final la corte permitió que le quitaran la alimentación y murió.  Es justo decir que, según el principio de Jesús, no deberían haber puesto fin a su vida.  Más bien, deberían haber aguantado lo malo de su condición hasta que muriera naturalmente.  Es semejante con la pena de muerte.  Hoy en día se puede proteger al pueblo de los criminales violentos por encarcelarlos.  No hay necesidad de tomar sus vidas.  Se debería darles la oportunidad de arrepentirse en la prisión.  Asimismo, hay algunos que insisten que sean excomulgados los políticos católicos que siguen votando en favor del aborto y del matrimonio gay.  Pero la mayoría de los obispos piensan que es mejor darles oportunidad de cambiar sus posturas. Un ejemplo más, algunos se oponen al restriñimiento del movimiento durante la pandemia porque viola la libertad.  Sin embargo, pienso que diría Jesús que es mejor aguantar lo malo del confinamiento, al menos por un rato.  Pues, el gobierno tiene la responsabilidad de proteger la mayoría del virus.

Naturalmente nos cuesta vivir con la maldad.  Las familias de las personas que han perdido la mente tienen que hacer grandes sacrificios para atenderlas.  Muchos mayores están sufriendo durante la pandemia por no haber visto a sus nietos por meses.  En tales situaciones no estamos seguros qué hacer.  Tenemos que confiar en el Espíritu Santo.  Como dice San Pablo en la segunda lectura: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”.  Él intercede ante Dios Padre por nuestro bien pidiendo lo que no es evidente a nosotros mismos. 

Una vez un joven se jactaba a Santo Tomás Moro de cómo quitaría todas leyes para agarrar al diablo en sus manos.  El santo le respondió: “Y cuando el diablo se voltee para enfrentarte, ¿qué tendrás para protegerte si has quitado las leyes?”  Es semejante con la parábola del trigo y la cizaña.  Para no perder lo bueno Jesús nos enseña que tenemos que aguantar algo malo por un tiempo.  No tenemos que preocuparnos.  Al final de los tiempos Dios castigará a los malos y premiará a los buenos.

El domingo, 12 de julio de 2020


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)


“Palabras son baratas”, dicen algunos.  No son necesariamente cínicos, sólo personas de la experiencia.  Todos nos hemos encontrado con mentirosos y estafadores que ocupan palabras para engañar.  Pero no es que todos hablen falsamente.  Esperamos palabras de verdad de nuestros médicos y maestros.  Podemos contar con Dios sobre todo para decirnos la verdad.

Dios nos habla primero en la naturaleza.  Podemos leer su amor para nosotros en la grandeza de las montañas y la belleza de las flores.  Observando el propósito de las tendencias naturales, podemos discernir las leyes de Dios.  Más directamente, Dios nos habla a través de la Escritura.  La primera lectura hace hincapié en el poder de la palabra de Dios dicho por los profetas.  Nunca falla de cumplir su fin.  Los judíos estaban sufriendo la humillación en Babilonia cuando Dios dijo “basta”.  Entonces se les permitió a volver a su país para comenzar de nuevo como una nación.

Dios habla su palabra más definitiva con su Hijo, Jesucristo.  Él vino al mundo para revelar el amor del Padre a toda persona humana.  Su revelación no se manifiesta solamente por palabras sino también con acciones.  Sus curas manifiestan la voluntad de Dios que todos vivan en una naturaleza renovada del desorden mencionado en la segunda lectura.  Sin embargo, la acción preeminente del amor fue su pasión y muerte en la cruz.

El evangelio habla de las semillas esparcidas en todas partes.  No hay ninguna parte del campo que no reciba los granos.  La parábola indica cómo que el evangelio llevando la historia del sacrificio del Hijo de Dios por el mundo se dispersa por todas partes.  Todos tipos de gentes lo oyen y lo responden según su propia disposición.  La parábola describe cuatro disposiciones de personas como condiciones de la tierra: la orilla del camino, la tierra poca profunda, la tierra con espinos, y la tierra fértil.  Vale la pena reflexionar sobre cada una de estas condiciones con atención en lo que querría decir hoy en día.

Algunas personas no quieren salir de la calle.  Piensan en la vida como una gran competencia para sacar el más placer posible.  Sus palabras son a menudo falsas y se enfocan en sexo crudo.  No pueden entender el amor gratuito de Dios que quiere incluirnos en su familia.  Como dirá Jesús, estas personas han sido llevadas por el diablo. 

Otro tipo de persona escucha con interés la palabra de Dios.  Se percatan con la promesa de la vida eterna, y se dicen a sí mismos que van a seguir al Señor Jesús.  Desgraciadamente no tienen la consistencia para cumplir el plan.  Son como tierra poca profunda.  Pasan día tras día en frente a la televisión o digitando sus teléfonos.  Dicen “mañana, voy a comenzar”, y el día siguiente repiten la misma cosa.

La gente del tercer grupo también responde favorablemente a la historia de Jesús en el principio.  Quieren seguirlo, pero quieren seguir también cosas que a menudo corren al rumbo contrario. Al nombrar sólo tres hay el poder, el prestigio, y la plata.  No malos en sí mismo, estas atracciones pueden ahogar a la persona de modo que se olvide de los valores más fundamentales como la justicia y el bien común.  Varios candidatos políticos hoy en día parecen caracterizar este planteamiento.  Dicen que son católicos, pero no dejan de apoyar el aborto y el matrimonio gay. 

La “tierra buena” describe la gente que aman a todos los hombres tanto como a Dios.  Son personas que reconocen su pobreza sin Dios y su riqueza con Él.   No les hace caso el gasto de tiempo, energía, y dinero en el servicio a los demás por la gloria de Dios.  Son personas que se acogen a los pobres como sus amigos.  Como Jesús mismo quieren sembrar semillas de paz y amor entre la gente.

En lugar de pensar en nosotros mismos como un tipo de tierra, es mejor considerarnos como un campo.  Nuestro campo tiene todos los cuatro tipos de tierra mencionados en la parábola.  Somos en parte camino, en parte tierra poca profunda, en parte tierra con espinos, y en parte tierra buena.  Nuestra tarea en la vida es labrar el campo para que toda la tierra rinda productos.  Tenemos que cubrir el camino con tierra por evitar lo grosero que estropea el alma.  Tenemos que añadir tierra a la parte de poca profundidad por cumplir las promesas que hacemos a Dios y a los demás.  Y tenemos que arrancar los espinos de cosas frívolas de nuestras vidas. Entonces vamos a estar apoyando a nuestros compañeros, dando gloria a Dios, y conservando la esperanza de la vida eterna para nosotros mismos.

El domingo, 5 de julio de 2020


EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

En un drama televisor una maestra es despedida de su empleo en una escuela católica.  Ella ha violado lo política de la escuela por haber procurado la fertilización in vitro.  Eso es, ella y su esposo habían contratado con un laboratorio para producir un embrión usando su ova y esperma. 

La Iglesia ha enseñado que este proceso va en contra de la dignidad humana.  Sin embargo, muchos aplaudan el proceso como dar socorro a las parejas infértiles.  Piensan que la Iglesia católica es injusta con sus muchas reglas.  Según esta gente no es correcto prohibir a los divorciados recibir la Santa Comunión.  Ni es bueno obligar a los fieles asistir en la misa cada domingo y abstenerse de la carne los viernes de la Cuaresma.  Ven a los obispos semejantes a los fariseos en el evangelio siempre echando fardos pesados sobre las espaldas de los pobres.

En el evangelio hoy Jesús ofrece el consuelo a los pobres.  Dice que los aliviará de la carga de los fariseos.  Les pide que asuman su yugo que es suave.  Su yugo es su manera de vivir como un hijo amado de Dios Padre.  Implica atención a sus mandamientos, que son aún más retadores de aquellos de los fariseos.  Podemos pensar en los mandamientos del Sermón del Monte como, por ejemplos, “amen a sus enemigos” y “quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.  Pero la diferencia entre el yugo de Jesús y el fardo de los fariseos es que el yugo de Jesús es basado en una nueva disposición interior.  Sus discípulos son renovados con la conciencia conforme a Dios que les ama muchísimo.  Entretanto, el fardo de los fariseos es una lista extendida de obligaciones impuestas exteriormente.  Con estas muchas exigencias la persona se siente apurada y poco apreciada.

San Pablo nos señala lo que es asumir el yugo de Jesús en la segunda lectura. Dice que la gente de Cristo no vive conforme al desorden egoísta sino conforme al Espíritu.  Vivir conforme al desorden egoísta es querer que toda cosa complazca el yo.  Viviendo conforme al Espíritu apoyamos a uno a otro en la humildad.  Aquellos que viven conforme al desorden debería darse cuenta que cualquiera ventaja que tenga termina con la muerte.  Aquellos que viven conforme al Espíritu no sólo conocen la alegría del Espíritu en la vida cotidiana sino también miran adelante a la vida eterna.

Tenemos que volver a la cuestión de las muchas reglas en la Iglesia católica.  Estas reglas no son trucos burocráticos de los obispos para someter a la gente.  Más bien son leyes prescritas por Dios en la naturaleza y la Revelación.  Vivir en conforme con ellas trae la paz de mente por no ofender a Dios, nuestro  Padre amoroso.  También, ello produce la harmonía de cuadrarse con la naturaleza.  Tal vez una analogía nos servirá bien aquí.  Vivir en conforme con los mandamientos de Dios es acomodarse con el calor del verano por llevar ropa ligera.  Ciertamente esto es preferible que construir un sistema de acondicionadores de aire para que se pueda llevar la ropa elegante del invierno.  Esto es vivir conforme al desorden egoísta.

El papa San Juan Pablo II decía que la primera obligación de cada cristiano es permitir que Dios le ame.  Esto es la disposición de Jesús.  Esto es vivir conforme al Espíritu de alegría y la dignidad humana.  Esto es el yugo suave de Jesús que quiere que tomemos.

El domingo, 28 de junio de 2020


EL TREDÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)


En una película, basada en la vida verdadera, un muchacho está viviendo en la calle.  No puede volver a la casa de su mamá porque ella es drogadicta.  El muchacho tiene habilidad atlética pero parece que ello va a desperdiciarse.  Entonces encuentra una familia que le ofrece hogar, y su vida cambia.  Se inscribe en una escuela privada donde se destaca como jugador de futbol.  En tiempo se hace la estrella de su equipo universitario y recibe contrato para jugar profesionalmente.  En la segunda lectura San Pablo describe una trayectoria semejante para todo cristiano.

Pablo describe el efecto del bautismo en nosotros.  El sacramento nos incorpora en la muerte y la resurrección de Cristo como si fueran una familia nueva.  Nos volvemos de ser pecadores a ser como santos.  Es tener una vida nueva con Jesucristo como nuestro patrón.  Él nos enseña, nos capacita, y nos acompaña a la felicidad eterna. 

La familia de Jesús no reemplaza la familia natural pero la transciende. Por eso, Jesús exige en el evangelio hoy que sus discípulos amen a él más que a sus padres y madres, más que aun a sus hijos.  No es muy difícil pensar en casos en los cuales la persona deja a sus padres en favor de Jesús.  Nos recordamos cómo San Francisco de Asís se desvistió en público para renunciar los modos de su padre, el comerciante de tela.  Pero ¿cómo se muestra el amor para Jesús más que para un hijo o hija?

Puede ser que la hija de ustedes quiere casarse fuera de la iglesia.  Se ha enamorado con un divorciado y vienen a ustedes para pedir su bendición.  También quieren que financien la boda.  Les da gran dolor a ustedes no sólo porque ella va a estar viviendo en pecado sino también porque va a dar mal ejemplo a sus hermanos.  ¿Qué deberían ustedes hacer en este caso?  ¿Deberían ustedes no asistir en la ceremonia?

Ojalá que no digan que no importa si casan por la iglesia o no.  Sólo el matrimonio sacramental recibe el apoyo de la gracia del Espíritu Santo.  Sólo el matrimonio sacramental puede dar testimonio al amor de Cristo para la Iglesia.  Además Jesús ha prohibido el divorcio de modo que si se junta con un divorciado, esté cometiendo adulterio.

Sería una traición del amor a Cristo apoyar el matrimonio.  No deberían pagar por la fiesta ni entregar a la joven a su novio.  ¿Podrían ustedes asistir en la ceremonia?  No, porque sería reconocimiento de un matrimonio que no creen verdaderamente existe.  Tal vez puedan asistir en la fiesta después para saludar a los huéspedes.  Si lo hacen, deberían expresar su desaprobación del asunto.

Sin embargo, no querrían romper su relación con su hija.  Querrían asegurarla de su amor aunque tienen que decir cómo aman a Cristo sobre todo.  También querrían tratar al hombre con respeto.  Sería difícil para la pareja aceptar su decisión, pero ustedes esperan que en tiempo vean la sabiduría de su postura.  Sería su menester también rezar particularmente que ella un día regrese a los sacramentos.

A veces parece tan duro ser cristiano que nos preguntemos si vale la pena.  Por supuesto que sí.  No es sólo porque tenemos la vida eterna como nuestro destino.  También, incorporados en su familia, conocemos el amor de Cristo todos los días de nuestra vida. 

El domingo, 21 de junio de 2020


EL DUODÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)


El diácono estaba en conflicto con el sacerdote de su parroquia.  Le escribió un email deplorando la falta de mencionar el racismo en la misa el domingo anterior.  Ciertamente al menos una súplica por las victimas del racismo estaba indicada.  Pues todo el país estaba en revuelto sobre la brutalidad de parte de un policía blanco hacia un negro.  El sacerdote respondió que no quería causar división en la congregación.  Uno se pregunta lo que diría Jesús sobre este motivo para mantener la paz.

En el evangelio Jesús dice a sus apóstoles que pregonen desde las azoteas lo que él les ha enseñado.  No quiere que sean tímidos sino abiertos.  Aun si les cuesta la vida, quiere que proclamen sus enseñanzas.  Advierte que sería mejor perder la vida por causa del evangelio que perder el alma para conservar el cuerpo.  Entonces tenemos que preguntar: ¿qué ha enseñado Jesús sobre el racismo?

No mucho, al menos en este Evangelio según San Mateo.  Sin embargo, podemos recorrer el Sermón del Monte buscando huellas de su planteamiento sobre el tratamiento de otros tipos de personas.  En el principio del Sermón, Jesús declara “dichosos” aquellos “de corazón humilde”.  Estos son personas que no promueven su propio bien o el bien de sus compañeros sino buscan el bien de todos.  La humildad era la disposición de San Martín de Porres.  Él sirvió a todos.  No pasó por alto las necesidades de los negros enfermos de su ciudad mientras atendía a los frailes españoles de su convento. 

En la segunda parte del Sermón Jesús reta a sus discípulos: “’Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen’”.  Desgraciadamente a veces los blancos y los negros ven a uno a otro como enemigos.  Hablan de “nosotros” y “ellos” como si vivieran en otros países.  Jesús querría que todos se refrenen de este tipo de discriminación.  Exhortaría el amor fraternal entre las razas. Como dijo otro Martín, el doctor Martin Luther King: “’Tengo el sueño de que un día… los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos podrán sentarse juntos en la mesa de la hermandad’”.

En la última parte del Sermón del Monte Jesús entrega una serie de proverbios.  Uno de estos es particularmente pertinente aquí.  Dice: “’No juzguen a otros, para que Dios no juzgue a ustedes’”.  En lugar de rechazar a personas de otras razas, Jesús promovería la tolerancia y la comprensión de ellas.  Nos aconsejaría que tengamos cuidado de no descartar a otra persona como “no inteligente” o “no capaz” porque viene de una familia pobre o quebrada.  El padre de Clarence Thomas, el único juez negro de la Corte Suprema, abandonó su familia.  Entonces su abuelo crió al juez Thomas para ser persona cumplida.

Los negros han sido oprimidos por siglos.  Ahora están luchando para mantener la dignidad humana.  Porque constituyen parte de nuestra comunidad, valen el apoyo de todos.  Ciertamente el Señor Jesús no los despediría como no despidió a la samaritana o la cananea en el evangelio.  Cuando tengamos la oportunidad de conversar con personas negras, descubrimos valores comunes, a menudo el amor para Jesús.  Sin duda vale reconocer su angustia cuando el racismo se levanta su cabeza fea.

Durante el imperio romano fue un crimen evangelizar.  Cerca del año 200 los cristianos podían dar culto al Señor pero estaban prohibidos de contar de él con los demás.  Si la ley prohibiera tal tipo de hablar hoy en día, ¿habría evidencia para condenarnos?  Que esperemos que sí.  Que proclamemos desde las azoteas que seamos opuestos a la discriminación racial porque somos discípulos de Jesús.  Que proclamemos que seamos opuestos a la discriminación.

El domingo, 14 de junio de 2020


LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3.14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)


La fiesta de Corpus Christi tiene como propósito la meditación sobre el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo.  Eso es, celebramos la fiesta para profundizar nuestro aprecio de la Eucaristía.  Por dos meses ustedes no podían recibir el sacramento debido al confinamiento.  Tuvieron que hacer la comunión espiritual.  En un sentido estaban cumpliendo el propósito de Corpus Christi. ¿Cómo fue la experiencia?  A lo mejor, no fue tan satisfactoria como recibiendo la hostia en la misa.  Vale la pena reflexionar sobre los elementos de la fiesta de Corpus Christi para mejorar la experiencia de la comunión.  Sea la comunión espiritual o la comunión sacramental, deberíamos querer recibirla con mayor aprecio.

El primer elemento de Corpus Christi es la misa.  El sacerdote en persona de Cristo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.  Se hace presente Jesucristo en forma sacramental.  Entonces venimos al altar para recibirlo.  La maravilla es que la comida y la bebida sacramental no se convierten tanto en nuestros cuerpos.  Más bien, la comida y bebida sacramental transforman a nosotros en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.  Por eso, San Pablo pregunta a los corintios en la segunda lectura: “…el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo?”  Claro que hace. Ciertamente somos unidos a Cristo también por la oración y el sacrificio, pero  no tan íntimamente.  Las madres reprenderán a sus hijos que si siguen comiendo pizza, van a verse como una pizza.  Es una broma.  Pero es cierto que tanto más recibamos la Santa Comunión dignamente, tanto más nos convertimos en el Cuerpo de Cristo.

Después de la misa de Corpus Christi formamos una procesión, al menos era así en este país hace setenta años y sigue así en varios países latinos.  La procesión forma el segundo elemento de la fiesta.  Con el sacerdote llevando el pan consagrado, caminamos por el vecindario.  Es una bendición gratuita para toda la comunidad.  Tal vez se ve aun una policía hincándose cuando pasa la procesión.  La procesión imita la marcha de los israelitas en la primera lectura.  Ellos  recorren por el desierto cuarenta años para que se formaran en el Pueblo de Dios.  Así es con  nosotros caminando con el Santísimo Sacramento.  Nos empezamos de reconocer al uno al otro no sólo como conciudadanos sino como miembros de la misma familia de Dios.

La característica más prominente de la primera lectura es el maná.  Dios deja este alimento extraño para dar de comer a Su pueblo.  Se encuentra en el suelo del desierto como el rocío en el césped en la madrugada.  Pero no semejante al rocío el maná tiene una base sustancial.  Se puede secarlo y molerlo para preparar pastelitos.  Nos parece como la hostia usada en la misa.  La hostia no parece nutritiva para nada.  Sin embargo, transformada en el Cuerpo de Cristo, se hace en la fuente de la vida eterna.

Tenemos oportunidad para contemplar la vida eterna cuando entramos de nuevo en el templo.  La veneración del Santísimo comprende el elemento final de Corpus Christi.  Por la veneración nos percatamos de lo que Jesús significa en el evangelio hoy cuando dice: “’El que come de este pan vivirá para siempre’”.   Es la vida del Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  Consiste en el gozo de estar con aquellos que amamos y que nos aman en nuestras vidas.  Será un compartir perfecto porque no habrá las preocupaciones y los defectos personales que amargan la vida ahora. 

Una vez una película terminó con todos los personajes congregados en la iglesia tomando la comunión.  Todos estaban allí: los héroes y los tunantes, los blancos y los negros, los ricos y el ciego, llevando sonrisas.  Eran reconciliados por la gracia de Cristo.  Era sólo la visión del director del cielo, la vida "para siempre”.  No sabemos en realidad cómo es la vida eterna.  San Pablo dice que “…ninguna mente ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman” (I Corintios 2,9).  Sin embargo, se puede decir con confianza que vale la pena esforzarse para lograrlo.

El domingo, 7 de junio de 2020

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)


Hoy celebramos a Dios.  Queremos conocerlo mejor.  De una manera no debería ser difícil.  Pues según los teólogos, Dios es el más simple de seres.  Como espiritual, Dios no tiene partes.  También, dicen los teólogos que su existencia es su esencia.  ¿Qué?  No nos preocupemos de esto; no es necesario que entendamos esta charla filosófica.  Hemos dicho que Dios es simple, pero también es misterio.  De hecho, es tan profundo misterio que no lo podamos comprender.  Por eso, vamos a satisfacernos con lo que dice de sí mismo en las Escrituras.

Por diferentes Escrituras Dios se ha revelado como una Trinidad de personas.  Es Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  En el Antiguo Testamento aprendimos especialmente sobre Dios Padre.  Se necesita clarificar una cosa aquí. Dios en el Antiguo Testamento no es vengativo como han dicho algunos predicadores del pasado.  Sí se preocupa por la justicia, particularmente por la justicia hacia los pobres.  Pero como en la parábola del Hijo Pródigo, Dios se revela a sí mismo como misericordioso en el Antiguo Testamento.  Dice Él en la primera lectura hoy: “’Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel’”.  Y así es.  Rescató a Su pueblo de la esclavitud en Egipto y nos rescata del pecado.

Algunos quieren hablar con Dios Padre como hablan con un vecino.  Esto no es malo, pero creo que tal conversación es más apropiada con Jesucristo, el Hijo de Dios.  En la primera lectura Moisés se postra en tierra cuando Dios pasa por él.  Deberíamos nosotros considerarlo con tanta reverencia que nunca diéramos por sentado sus bendiciones. 

El evangelio menciona al Hijo como el que Dios Padre envió para salvar al mundo.  En un sentido sabemos más del Hijo que el Padre y el Espíritu Santo porque se hizo hombre como nosotros.  Ciertamente Jesús se reía y lloraba como nosotros.  Amaba también pero de ninguna manera era su amor egoísta.  No amó a sus amigos para sacar placer o para aprovecharse económicamente.  No, amó a sus amigos y ama a nosotros por lo bueno que somos.  Quiere ayudarnos realizar nuestro destino eterno.  Tampoco era su amor "amor-lite".  Mostró el extenso de su amor cuando colgó en la cruz.  Sólo tan gran amor podía derrotar el poder del maligno.

Se ha descrito el Espíritu Santo como el amor entre Dios Padre y Dios Hijo.  La segunda lectura muestra esta verdad de una manera llamativa.  El pasaje consiste de los últimos versículos de la Segunda Carta a los Corintios.  San Pablo está recordando a la gente cómo deberían tratar a uno a otro. Desgraciadamente, la traducción que usamos en la misa no es exacta.  Dice que los cristianos deberían saludar a uno a otro con “el saludo de paz”.  Sin embargo, la palabra griega significa más que un “hola” o un apretón de manos.  Más bien, significa ósculo que es un beso piadoso.  Se han dicho que el Espíritu Santo es como tal beso entre el Padre y el Hijo.  El ósculo del amor divino toca a nosotros también.  Nos levanta de modo que veamos la bondad de todo hombre y mujer y los amemos como a nosotros mismos. 

Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Son tres en número de personas pero uno en todo lo demás. Son uno en la voluntad para ayudarnos alcanzar nuestro destino eterno.  Son uno en el intelecto que sabe todos nuestros modos egoístas sin ponerse vengativo.  Sobre todo, son uno en el amor que le movió para hacerse nuestro vecino. 

El domingo, 31 de mayo de 2020


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)


Supongo que es igual en la mayoría de los idiomas.  Cuando se habla de babel, la gente piensa en la confusión, aun la tontería.  El Génesis describe el origen de la palabra.  Una vez el mundo entero hablaba el mismo lenguaje.  Entonces los hombres de la ciudad llamada Babel conspiraron a construir una torre para que lleguen al cielo.  Pensaban que el logro los hiciera famosos.  Dios bajó del cielo para ver lo que estaban haciendo.  Cuando observó la torre, confundió el lenguaje de los hombres de modo que tuvieran que dejar el proyecto.  No se dice específicamente, pero se puede pensar que Dios sembró la confusión en los hombres por el amor.  Supo que iban a lastimarse si habrían continuado.  De todos modos en la historia de Pentecostés vemos el proceso en revés.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles cuenta de la venida del Espíritu Santo a los discípulos. Desciende con el ruido de miles de aves aleteando sobre un espacio.  Entonces aparece sobre los discípulos en forma de lenguas de fuego.  El Espíritu está capacitando a los discípulos a proclamar al mundo el amor de Dios en Jesucristo.  La maravilla es que todos los extranjeros presentes entienden a los proclamadores en sus propios idiomas.  Es como si el hombre ha aprovechado el poder del fuego por la segunda vez.

En la segunda lectura San Pablo cuenta del resultado de la venida del Espíritu.  La gente forma la Iglesia, que él llama “el Cuerpo de Cristo” en el mundo presente.  Los hombres y mujeres vienen de diferentes naciones, razas, y clases sociales.  No importan sus orígenes sino su bautismo.  Todos han sido inundados con el mismo Espíritu del amor.  Ya ellos también pueden salir al mundo para anunciar el amor de Dios.  Sin embargo, no será misión individual sino comunal.  Algunos salen en el camino.  Otros rezan por su éxito.  Todavía otros trabajan para apoyar el proyecto.

El evangelio subraya un tema céntrico de la misión. Con el don del Espíritu Jesús otorga a sus discípulos la autoridad para perdonar pecados.  Sin el perdón el amor sería como algodón de azúcar; eso es, toda dulzura y poca substancia.  Porque el perdón nos exige a dejar atrás el odio y el rencor, nos cuesta mucho.  El Señor está diciendo que cuando perdonamos, Dios nos apoya.  Ciertamente el entendimiento tradicional que la Iglesia ha dado este pasaje tiene valor.  Los obispos y sacerdotes reciben el poder de liberar a los pecadores de sus deudas.  Pero vale aceptar la frase también como la voluntad de Dios que perdonemos al uno y otro.

Vemos la necesidad de perdonar en los sucesos recientes.  La pandemia ha mostrado la fragilidad del mundo.  Aun las naciones más avanzadas no podían proteger a sus poblaciones del virus.  Miramos como un portaaviones estadounidense estuvo casi discapacitado por el virus entre su tripulación.  Deberíamos entender el virus como una advertencia de Dios al mundo.  Quiere que detengamos la búsqueda insistente para elevar el yo con más poder, plata, y placer.  En lugar de edificar el yo, Dios quiere que todos los pueblos se hagan más como una gran comunidad.  Eso es, que veamos a uno y otro más como compañeros que amenazas.  Con todas las enemistades que existen, para cumplir esta tarea tenemos que ser dispuesto a perdonar.

La pandemia nos ha enseñado mucho.  Los científicos saben más del originen y la contención de los virus.  Los gobiernos han aprendido cómo controlar una crisis.  La gente está más consciente del saneamiento.  Todo este conocimiento ha tenido un costo muy alto.  Pero valdría la pena si se añade una enseñanza más.  Valdría si al final el mundo se hace dispuesto a perdonar los pecados del uno y otro.

El domingo, 24 de mayo de 2020


LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

Parece que el evangelio de la misa hoy no cuenta de la Ascensión.  Para la mayoría de la gente el evangelio sólo habla de una aparición de Jesús resucitado.  Sin embargo, deberíamos notar una frase indicando que Jesús ya ha ascendido al cielo.  Cuando Jesús dice: “’Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra’”, significa que ya ha ido al Padre.  Es el Padre que le ha otorgado "todo poder".  Esto es el significado mayor de esta fiesta de la Ascensión.  No celebramos la ida de Jesús al cielo tanto como su empoderamiento para ayudarnos. 

El evangelista Mateo hace hincapié en la plenitud que rodea a Jesús ahora.  No sólo tiene "todo poder" para ganar al mundo por su Padre.  También ha preparado todo lo demás. Jesús está enviando a sus apóstoles a todas las naciones, para enseñar toda su doctrina, con su asistencia todos los días.  Es como todas las preparaciones para un nuevo edificio se han llevado a cabo.  El plan se ha diseñado.  Los materiales se han comprado.  Los trabajadores se han empleado.  Se queda sólo la construcción.  Con Jesús apoyando a los ingenieros, no se espera mucha dificultad.

La lectura de la Carta a los Efesios sugiere cómo Jesús tiene la iglesia para llevar a cabo la campaña.  Dotada con el Espíritu Santo, la iglesia forma el cuerpo de Cristo que saldrá al mundo entero.  No será campaña de guerra sino de paz.  Cristo conquistará al mundo por dar amparo a los desamparados, educación a los niños, y hospitales para los enfermos. 

La lectura de los Hechos de los Apóstoles hoy describe el evento de la Ascensión como lo entiende San Lucas.  Los apóstoles vienen a lugar como siempre preocupándose de cosas no relevantes.  Pues todavía no han recibido el Espíritu Santo. Preguntan a Jesús: “’¿Señor, ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?’”  Pero  Jesús les deja instrucciones semejantes a las que oímos en el evangelio.  Les dice: “’…(ustedes) serán mis testigos…hasta los últimos rincones del mundo’”.  Como si quisieran subrayar la importancia de su misión, los ángeles los regañan cuando siguen mirándose al cielo.  Ya no es tiempo para preguntarse de los puestos de poder.  Ni es tiempo para maravillarse sobre los paraderos de Jesús.  Más bien es tiempo de prepararse para la venida del Espíritu con la oración.

Asimismo todos nosotros deberíamos prepararnos a tomar papel en la campaña de Jesucristo.  A lo mejor no vamos a ir a tierras extranjeras.  Sin embargo, hay muchas obras misioneras para nosotros dentro de la comunidad.  Algunos de nosotros pueden hacerse ministros extraordinarios de la Santa Comunión o cumplir otro cargo en la parroquia.  Es posible que nuestra misión sea limitada a nuestra propia casa cuidando a un pariente enfermo.  Quizás algunos participen en organizaciones públicas trayendo el amor cristiano al movimiento medioambiente o a los Scouts.  El propósito aquí es decir que nuestro aporte cristiano tiene que ir más allá que la oración dominical.  Tenemos que llevar a cabo la misión con que Jesús encarga a sus discípulos en el evangelio.  Tenemos que mostrar a todos el amor de Dios con nuestras obras buenas y ejemplos justos.

Todos nosotros hemos escuchado un sermón acerca del Cristo sin brazos y piernas.  En una versión se encontró esta imagen en un desván.  Apareció extraño a la gente.  Se preguntaron: ¿dónde están los miembros de Jesús?  Entonces el predicador responde: nosotros somos los brazos y las piernas de Jesús.  Él nos necesita para llevar a cabo su misión en el mundo.

El domingo, 17 de mayo de 2020


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)


En los últimos dos meses el mundo entero se ha conocido con Zoom.  Este programa de computadora facilita encuentros con personas que no están presentes.  Ha sido particularmente útil durante el confinamiento.  Los negocios, las escuelas, aun los amigos queriendo festejar se lo han aprovechado de ello.  Zoom representa sólo el modo más corriente para experimentar la presencia en ausencia.

La gente desde siempre ha tenido modos para traer a mente la presencia de personas ausentes.  Las cartas todavía transmiten los pensamientos de amigos separados.  Los soldados han llevado recuerdos de sus familias a las frentes de batalla con fotos. Llamadas telefónicas han cerrado las distancias entre conocidos por casi un siglo.  En el evangelio hoy Jesús promete estar presente a sus discípulos una vez que los deje.  Indica  dos formas particulares que empleará para consolarlos cuando se vaya.

Jesús ha congregado a sus discípulos para cenar.  Él sabe que la hora ha llegado para sacrificarse por toda humanidad.  Quiere despedirse de aquellos que lo han acompañado por mucho tiempo.  Cuando comparte que tiene que dejarlos, sus discípulos se hacen turbados.  Tienen preguntas: “’¿Cómo sabemos el camino?’” y demandas: “’’Enséñanos al Padre’”.  Realmente no entienden lo que está pasando.  Sólo se sienten ansiosos con la partida  inminente de su líder.  Es semejante a la ansiedad que muchos se sienten ahora.

La persistencia de nuevos casos de Covid-19 ha hecho a nosotros ansiosos.  No sabemos si sería mejor seguir quedándonos en casa o reanudar las actividades normales.  Nos preguntamos si es prudente permitir que se abran los restaurantes y si es el tiempo indicado para celebrar las misas públicas.  No queremos poner en peligro ni a nosotros mismos ni a otras personas.  Pero tampoco queremos perder nuestros empleos o el ingreso para pagar las cuentas amontonando.

La ansiedad es nada nueva.  Los psicólogos dicen que en los últimos años los jóvenes se han angustiado sobre sus preocupaciones.  Demasiado atentos a los medios sociales los jóvenes se comparan a sí mismos siempre con los demás.  Se preguntan si son tan guapos, inteligentes, y capaces de ganar la plata como otras personas.  De verdad, miembros de todos grupos sociales tienen sus inseguridades.  Los mayores se preguntan si van a tener la salud ambas física y mental en la vejez.  Los ancianos a menudo no sienten seguros si existe la vida después de la muerte.  Aun los niños están más ansiosos que nunca.  Con tanta publicidad que ha recibido el calentamiento global, se preguntan si el mundo será habitable en cincuenta años.

En medio de estas preocupaciones escuchamos las palabras consoladoras de Jesús.  Nos aseguran que no vamos a ser dejados desamparados.  En primer lugar él va a enviar el Espíritu Santo para ayudarnos.  El Espíritu habita en nosotros como un GPS en un coche siempre manteniéndonos en el rumbo de nuestro destino.  También Jesús promete que él mismo volverá para acompañarnos en las pruebas.  Se cumple esta promesa con los sacramentos.  Cuando somos bautizados, es Jesús que nos recibe en la iglesia, su cuerpo.  Él nos ampara de las seducciones – drogas, sexo ilícito, ideas pretenciosas de nuestra propia grandeza -- que a menudo hacen tropezar a la gente.  Cuando el sacerdote nos unge con el olio de los enfermos, es Jesús que nos fortalece.  Él hace posible que enfrentemos aun la muerte con la paz. 

Una vez un niño tenía dificultad de dormir.  Estaba aterrorizado de la muerte porque la hermana de un amigo acabó de morir de leucemia.  Fue a la recamara de su madre y le contó de su miedo.  La madre lo invitó a pasar la noche en su cama.  Ella le dijo que todo será bien porque Dios nos ama.  Esto es el mensaje del evangelio hoy.  No tenemos que quedarnos ansiosos.  Dios nos ama.  Él manda a Jesús para acompañarnos.  Todo será bien.

El domingo, 10 de mayo de 2020


EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

En el Evangelio según San Juan Jesús se describe a sí mismo con imágenes llamativas.  Dice: “’Yo soy la luz del mundo’”; “’yo soy el pan de vida’”; y “’yo soy el buen pastor’”.  Estos términos sacuden la imaginación de modo que pensemos en Jesús como más que un hombre.  Nos hacen pensar en Jesús como un ser que toca cada dimensión de nuestra existencia.  Es la luz que ilumina nuestra mente, el pan que aumenta nuestra fuerza, el pastor que guía nuestro destino. En el evangelio hoy Jesús nos da no sólo una imagen para contemplar sino tres.  Jesús dice: “’Yo soy el camino, la verdad y la vida’”.  ¿Cómo es Jesús “el camino”? ¿Qué quiere decir que es “la verdad” y “la vida”?

En el Evangelio de San Mateo Jesús dice que el camino a la salvación es estrecho y recorrido por pocos.  Tiene en mente un modo de vivir que exige el compromiso de un marino estadounidense en entrenamiento.   Tal vez por esta razón se llamaba la comunidad de discípulos en los Hechos de los Apóstoles “el camino”.  Son personas que se han dedicado a sí mismos totalmente a los modos de Jesús.  Por llamar a sí mismo “el camino”, Jesús indica que él es la ruta a Dios Padre.  Como continua, “’…nadie va al Padre si no es por mí’”.  Se puede seguir este camino sólo con su acompañamiento. Lo encontramos en los sacramentos.  En el Sacramento de la Reconciliación nos endereza nuestros modos chuecos.  En la Eucaristía fortalece nuestros espíritus debilitados para cumplir el viaje.

Jesús es el camino porque es la verdad.  En su juicio ante Pilato, el gobernador pregunta a Jesús, “’¿Qué es la verdad?’”  Esta pregunta es profundamente irónica porque Pilato está mirando la verdad en la cara cuando se dirige a Jesús.  Se puede considerar a Jesús como la verdad en dos sentidos.  Primero, Jesús es la verdad porque revela a Dios Padre al mundo.  Nos enseña su amor para todo ser humano y también lo que espera de nosotros.  Segundo, es la verdad porque él mismo es Dios, la fuente de toda verdad.  Por eso, cuando los investigadores encuentren un remedio para el virus Corona-19, vamos a decir, “Gracias a Dios”.  Sí, los investigadores habrán hecho un trabajo duro y merecerán nuestra gratitud.  Pero sabemos intuitivamente que detrás de sus esfuerzos queda Dios como el origen de toda realidad.

Cuando Jesús habla de “la vida”, tiene en cuenta más que la vida biológica.  Para Jesús, “la vida” es “la vida en abundancia”.  Es la vida de Dios: el amor, la paz, y el gozo.  Es la vida que nos enseña los santos como el papa Juan XXIII.  Este hombre de Dios no permitía que las preocupaciones del papado quitaran su sonrisa.  Por este segundo tipo de vida honramos a nuestras madres hoy.  Sí, nos han dado la vida biológica. Pero si fuera sólo eso que nos han proporcionado, no valdrán nuestro agradecimiento perpetuo.  Una mención como una contribuidora a nuestras vidas, sí.  Pero nuestro amor profundo busca una base en aportes más completos. Celebramos a nuestras madres hoy especialmente porque nos han mostrado el amor de Dios.  En nuestro miedo, nos susurraron palabras de apoyo.  En nuestros comportamientos malos, nos corrigieron.  Sobre todo, en nuestras necesidades se sacrificaron a sí mismas para proveer por nosotros. 

La pelicana es imagen que se han usado para Jesús pero puede ser aplicada también a nuestras madres.  Según una leyenda la pelicana da de comer a sus polluelos su propia sangre.  Por esta razón la parte inferior de su pico se apoya en su pecho.  Es del color rojo porque, según la leyenda, está picando su propia sangre para alimentar a sus proles. Es como Jesús dándonos de beber su propia sangre en la Eucaristía.  Es como nuestras madres sacrificándose a sí mismas continuamente por nosotros.  En esta misa damos gracias a Dios Padre por Jesús.  Este es sólo lo que deberíamos hacer.  Que no nos falte hacer una oración también por nuestras madres.