XII DOMINGO ORDINARIO
(Jeremías
20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)
Una vez más
el evangelio hoy imparte una lección básica para el crecimiento en la vida
espiritual. El pasaje se toma del “discurso
apostólico” de Jesús, uno de las cinco lecciones que junto con las narrativas
que los acompañan constituyen el cuerpo del Evangelio de Mateo. Se puede pensar en ello como instrucciones preliminares
del gran envío de los apóstoles al final de la obra.
Como el
papa San Juan Pablo II solía decir a todos católicos, Jesús avisa a sus apóstoles:
“’No tengan miedo’”. ¿Miedo de qué? En los primeros tres siglos de la Iglesia las
vidas de los cristianos estuvieron en peligro debido a sus creencias y
prácticas. Este tipo de persecución
todavía existe en China, varios países musulmanes y algunas partes de la África. Pero es raro en las naciones occidentales.
Sin
embargo, existe entre nosotros otro tipo de miedo. Muchos temen ser menospreciados o
considerados como fuera de sí y no “cool” si viven la fe como nos enseña el Catecismo.
Eso es, si insistimos al asistir en la misa dominical aunque tenemos que
manejar veinte millas o si salimos de un cine que muestra la desnudez. Puede que algunos se burlen de nosotros ahora. Pero no debería sorprendernos que dentro de
veinte años seamos recordados por habernos entregado a una causa tan noble como
la conspiración de la caridad que es la Iglesia Católica.
Jesús no
dice que todo tipo de miedo sea innecesario.
De hecho, recomienda miedo de aquel que “puede arrojarnos al lugar de castigo el alma y
el cuerpo’”. Desgraciadamente, no menciona
a quién se refiere. ¿Quién puede
arrojarnos al infierno? Algunos
comentaristas bíblicos han dicho que Jesús tiene en mente a Dios, su Padre. Otros opinan que quiere decir el diablo. ¿Pero no es cierto que los dos – Dios y el
diablo – son formidables y merecen el temor?
Pensamos en
el diablo más como persona que puede seducirnos a la perdición que quien podría
arrojarnos allá. Sin embargo, el efecto
sería igual: la perdida perpetua de la felicidad. A propósito, si no aceptamos los términos como
“diablo” y “Satanás”, podemos cambiarlos a “la maldad” o “la red del mal”. Lo que queremos decir es que nuestras tendencias
naturales hacia bienes como el placer, el poder, y el prestigio pueden hacerse
inordenados de modo que nos sofoquen.
Eso es, pueden apagarnos el deseo de tener relaciones justas con Dios y
prójimo.
Ciertamente
Dios puede arrojarnos al infierno, pero ¿lo haría? Tal vez no en el sentido de forzarnos fuera
de su cuidado. Sin embargo, nos ha
creado con el libre albedrío para ser hombres y mujeres responsables. Además, nos ha enviado su propio Hijo para quebrar
las ligas al pecado y alumbrar los caminos a la justicia. Si deseamos rechazar todas estas ventajas, Dios
no nos impedirá a separarnos de Él.
Sí debemos temer
a Dios, particularmente cuando nos falta la madurez. Pero una vez que crecemos en la sabiduría, el
temor se convierte en el amor como una oruga en mariposa. Reconocemos que
nuestra felicidad queda con Él y no con los elogios de compañeros de copa. Por esta razón la Palabra de Dios estipula que
el temor de Dios es solo “el principio de la sabiduría”. Somos verdaderamente
sabios cuando nos adherimos a Dios como un niño a su padre en el medio de una multitud
en un partido de fútbol.
Desde que
hemos mencionado el futbol, podemos concluir con un comentario sobre la Copa
Mundial. En años previos la competición
fue asociada con mucho placer ilícito. Obviamente
los participantes en las actividades inordenadas eran personas inmaduras a
pesar de ser millonarios. Necesitaban el
temor de Dios para ponerse en el camino recto.
Pero los fanáticos que también son amigos de Dios siempre lo agradecen
por haber creado atletas con tanta destreza de un Lionel Messi o un Kylian
Mbappé. Para ellos el futbol es un pasatiempo
emocionante, pero no tan importante que la misa dominical. Les da aún más razón
para glorificar a Dios por todo lo que ha hecho.