El domingo, 9 de agosto de 2026

 

XIX DOMINGO ORDINARIO, 9 de agosto de 2026

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

“La guerra es un infierno”.  Todos hemos escuchado este lamento.  Pero parece que no se cree mucho.  Si fuera creído, no habría tantas películas glorificando la guerra.  No habría tantos juguetes para niños destacando el equipo de batalla.  Tal vez no habría tantos jóvenes buscando una carrera militar. 

Sin embargo, la frase “la guerra es un infierno” cobra sentido cuando reconocemos el infierno como la peor de todas las situaciones. Es tan horrible que muchas veces los soldados que han participado en combate no quieren hablar de lo que han vivido. No obstante, a veces podemos vislumbrar sus condiciones: las imágenes no solo de sangre, sino también de órganos desgarrados y expuestos; el hedor no solo de la ropa usada durante días en condiciones climáticas extremas, sino también de vómito y carne putrefacta; los sonidos no solo de bombas explotando, sino de sirenas a todo volumen y hombres que gritan.

Comenzamos esta reflexión con referencia a la guerra porqué Elías en la primera lectura acaba de venir de un tipo de guerra.  Ha habido combate religioso en Israel.  Elías mismo hace pocos días degolló 450 profetas del dios pagano Baal.  Tuvo que huir a Horeb, la montaña del Señor, en el sur para evitar la venganza de Jezabel, la reina de Israel.  Ella, una foránea devota al Baal prometió a tomar la vida de Elías por su audacia. El profeta busca refugio en una cueva de la montaña cuando le viene la palabra de Dios.  Dice al Señor que los israelitas siguiendo a la reina Jezabel han pasado a la espada a todos los profetas del Señor de modo que solo él siga vivo. Dios responde que le salga de la cueva y se ponga en la montaña.  Él va a pasar por allí.

Pasa un huracán del tipo en que Dios se reveló a Job.  Sin embargo, en este caso la tormenta no produce ninguna revelación divina.  Entonces, un terremoto del tipo que precedió la entrega de los Diez Mandamientos a Moisés sacude la tierra.  Pero, una vez más Dios no se revela.  Finalmente, Elías escucha “el murmullo de una brisa suave” por lo cual Dios descubre su voluntad.

Con una voz suave Dios más seguido se manifiesta como un amador de la paz.  Sí puede venir con la furia, pero prefiere venir con la ternura.  Está cerca para apoyar a los débiles y alentar a los desanimados. Es lo que pasa también en el evangelio hoy.  Los discípulos están volviendo en barca al otro lado del Mar de Galilea.  Dejaron a Jesús en la montaña para rezar solo.  Es noche, el símbolo del malo.  Las olas sacuden la barca echándole agua y poniendo en peligro la vida de los discípulos.  Los discípulos se aterrorizan por completo cuando ven lo que parece ser un fantasma caminando sobre el agua. Jesús les pacifica: “’Tranquilícense y no teman – dice -- soy yo’”.

Al igual que los cristianos del primer siglo, hoy podemos encontrar consuelo en la dulce voz del Señor. En la Iglesia primitiva, los cristianos sufrían persecución externa y discordia interna. Los apóstoles les enseñaron, con esta historia, cómo Jesús permaneció cerca y les habló con voz suave. Hoy, nos enfrentamos a la creciente violencia y la indiferencia hacia la religión. Y siempre está presente la amenaza de la guerra. Pero Jesús permanece con nosotros. “’Tranquilícense y no teman – nos dice en los evangelios y por nuestros compañeros en la Iglesia -- soy yo’”.

El domingo, 2 de agosto de 2026

XVIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)

No es por nada que Jesús quiere irse solo con las noticias del asesinato de Juan Baustista. Eran conocidos aun antes de sus nacimientos.  Se dice que por un tiempo Jesús era discípulo de Juan.  Es ciertamente verdad que fue bautizado por el gran profeta del río Jordán.  Solo porque Juan era hombre devoto a Dios, Jesús querría reflexionar sobre el significado de su muerte. 

El Evangelio no revela los pensamientos de Jesús en el “lugar apartado”, pero ¿cómo no podría considerar que también él tenga el mismo azar sanguinario? Casi todos seres humanos han tenido tales momentos preguntándose de su propio deceso después de escuchar de una muerte inesperada.  Hace solo seis años el mundo entero fue absorbido con la posibilidad de la muerte repentina.  Covid-19 tomaba las vidas de millones personas de todas razas, religiones, y clases.  “¿Qué pasaré yo si me toca el virus?” nos preguntábamos. Al igual que Juan, Jesús no dudó en decir la verdad al poder. Sin duda, se dio cuenta de que podría tener un final similar.

Sin embargo, lo que es notable en el evangelio hoy es que Jesús no demora en su rumiación.  En poco tiempo está curando a los enfermos que le sigue acudiendo.  Tal vez por su reflexión sobre la muerte Jesús se da cuenta de que la gente busca más de la sanación del cuerpo.  Hacen falta un remedio para sus almas.

Vivimos en un mundo con miles de millones de otras personas.  Además, desde que los hombres lo han habitado por miles y miles de años, han existido muchos más seres humanos.  Como si no fuera bastante, en los cielos hay un sinnúmero de estrellas con planetas posiblemente habitados. ¿Cómo no pensaríamos que seamos como nada, de no más valor que unos granos de arena en el desierto o gotas de agua en el mar?  Nos preguntamos que dentro de poco seríamos olvidados más rápido que sonidos en la noche.

Como remedio a estos pensamientos turbantes Jesús quiere que todo el mundo conozca la preocupación de Dios para él o ella.  Para el gran número de personas ante él ahora Jesús tiene en cuenta un banquete que mostrará la solicitud de su Padre.  Ellos pudieran comprar comida para sostenimiento en los caseríos, pero no les nutriría por mucho tiempo.  En lugar de la sobrevivencia Jesús quiere proveerles la sobreabundancia del pan proclamado por el profeta del exilio babilónico en la primera lectura de hoy.  Este visionario anónimo, que los eruditos llaman “segundo Isaías”, sembró semillas de esperanza entre un pueblo desanimado.

Cinco siglos antes de Cristo los judíos exiliados en Babilonia languidecían.  Habían perdido su patria, sus casas, y probablemente más de algunos parientes y amigos.  Ahora después de cincuenta años de captividad, escuchan el siervo de Dios hablar de la oferta de “platillos sustanciosos”.  No es un almacén cargado de víveres sino un suministro de dones espirituales con que un pueblo justo podría prosperar.

Jesús en el lugar despoblado manda a la gente que tomen sus puestos.  Entonces toma los alimentos a mano (apenas cinco panes y dos pescados) mira al cielo, pronuncia una bendición, parte el pan y se les da a los discípulos para repartir.  Si estas acciones nos recuerdan de la Eucaristía, estamos pensando con Mateo, el evangelista.  Los cinco panes y dos pescados, bendecidos y partidos, representan los componentes de la Última Cena, donde originó la Eucaristía. 

Por eso, cada vez participamos en la misa, nos nutrimos con la superabundancia de Dios.  Sabemos que el pan se ha transformado en lo que Jesús lo pronunció en la Cena: su Cuerpo.  Entregado, crucificado, y resucitado de entre los muertos, su Cuerpo les aseguró a sus compañeros en esa dichosa comida la superabundancia de la vida.  Al recibirlo dignamente, nos regala a nosotros también la superabundancia que no se acaba ni con la muerte.

El domingo, 26 de julio de 2026

 XVII DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)

Tres escenarios de infortunio. Primero, tu esposo ha accidentado.  Lo ha dejado herido y el único coche de la casa destruido.  Sientes profundamente angustiada.  Segundo escenario, tu esposa tiene Alzheimer.  La has puesto en un asilo.  La facilidad es de alta calidad, pero a ella no le gusta.  Cada vez que la visita, llora pidiendo que la regreses a casa. Es tan triste la situación que no ya no quieres ir a verla. Tercer escenario, tu hijo mayor se ha hecho rebelde.  Por mucho tiempo ha dejado asistir en la misa dominical con la familia y recientemente ha dejado el colegio.  Pero lo que te has hecho tremendamente preocupado es que ayer encontraste una pistola en su recamara.

Estos casos no son tan raros que no puedan pasar a cualquier de nosotros.  Nos causarían revisar la vida para ver si hemos hecho alguna cosa para merecer tal situación deprimente.  Además, comenzamos a dudar la existencia a Dios o, por lo menos, su bondad. Realmente, no sabemos que pensar y mucho menos que hacer.

Entonces recordamos la historia de la conversión de San Agustín.  Un día cuando caminaba en su jardín reflexionando sobre su vida desordenada, oyó la voz de un niño.  Le dijo, “Toma y lee”.  Agustín encontró su Biblia, la abrió y topó la página de la Carta a los Romanos que dice, “… basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne (Rom 13,13-14). La experiencia confirmó su decisión de hacerse cristiano.

En nuestros predicamentos sería oportuno recordar otro versículo de la misma Carta a los Romanos.  Se encuentra en la segunda lectura de la misa hoy.  Dice: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él según su designio salvador” (8,28).  Las palabras disipan nuestra ansiedad.  Sabemos que podemos manejar la situación difícil porque Dios está con nosotros. Su presencia nos hace confiados que nada puede superarnos mientras nos apoya.  Todo estará “bien”.  Ahora sabemos lo que Jesús quiere decir en el evangelio cuando habla del “Reino de Dios”. Dice que vale más que la perla más fina porque nos asegura del amor de Dios para siempre.  Al mantener una amistad con Dios, podemos enfrentar cualquiera dificultad con la calma.  Pues, ¿quién puede arrebatarnos de sus manos?

Hay varios versículos bíblicos que no solo nos llaman la atención sino también la memoria.  Uno es Juan 3,16: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Otro es de los mandamientos de Jesús de amor: “’… tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo (mandamiento) es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Marcos 12,29-31).  Romanos 8,28 es otro versículo que nunca debemos olvidar: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios …”


El domingo, 19 de julio de 2026

 XVI DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)

Hace un año una tormenta hizo crecer las aguas del río Guadalupe en el medio de Texas casi quince metros en cuarentaicinco minutos. La inundación se cobró la vida de 119 personas, entre ellas veinticinco niñas asistiendo en un campamento de verano a la orilla del río. Ahora entre demandas y acusaciones de descuido, sin dudas los parientes de las víctimas preguntan: “¿Por qué Dios permite tales desastres?” La primera lectura y el evangelio de la misa hoy intentan dar respuestas a esta interrogante, que a menudo se llama “el problema del mal”.

La primera lectura del Libro de la Sabiduría afirma la justicia de Dios. Dice que es justo porque tiene el poder. Puede recompensar o castigar a los hombres según sus hechos. El pasaje nos asegura que el malo no va a vencer al final. La justicia de Dios va a derrotarlo mientras recompensa al inocente al final de las cosas.

Sin embargo, el Libro de la Sabiduría no explica por qué Dios permite que el malo arruine las vidas de algunos hasta quitar la vida de niños. Iván Karamazov es personaje de una famosa novela rusa que es consumido por el problema del mal. Él dice memorablemente que mientras Dios no responde adecuadamente a por qué permite el mal a los inocentes, le devolverá su entrada al cielo. Es decir, como Dios permite que los niños sufran, no quiere tener nada que ver con Él, ni siquiera tomar un asiento en el cielo que su Bautismo le promete. Para algunos al decir que los inocentes están destinados al cielo y los malvados al infierno no justifica el dolor, a veces horrífico, en la vida actual.

En el evangelio Jesús utiliza una parábola para explicar el problema del mal. Dice que, al igual que no se puede cortar la cizaña de un campo sin dañar el trigo, tampoco se puede eliminar todo el mal sin perjudicar a algunas buenas personas. Pero al tiempo de la cosecha la diferencia entre la cizaña y el trigo se hará clara. Entonces se puede cortar y encender la cizaña primero para que solo el trigo sea recogido en el granjero.

Una vez más, solo al final será la justicia con los inocentes apremiados y los malvados castigado.

La fe tiene otra respuesta al problema del malo. Enfoca en la historia de Jesucristo. Después de hacer muchos actos de servicio, se entregó a sí mismo a las autoridades. Aunque era completamente inocente, sufrió el suplicio de la crucifixión. Murió como el peor de criminales, pero dentro de poco Dios lo resucitó de entre los muertos y lo colocó a su derecha para siempre. Ahora nos ofrece su trayectoria como respuesta definitiva a nuestra inquietud sobre el malo. Nos dice todo estará bien. Tenemos no solo una promesa sino también la historia de Jesús como comprobación.

Deberíamos admitir que no existe respuesta completamente satisfactoria al problema del mal. El malo es un misterio más allá que alcanza la mente humana. Sin embargo, queda la esperanza del gran ajuste al final de los tiempos cuando Jesús vendrá para juzgar a todos. Por su resurrección de entre los muertos Jesús nos dio una vislumbre del resultado para los inocentes.

Entretanto podemos hacer obras de misericordia. Estas obras servirán no solo para aliviar un poco la miseria de los dolientes sino también atestiguan a Jesús. Por tomar tiempo para consolar a los afligidos y ayudar a los débiles imitamos a nuestro Señor Jesucristo. Además, estaremos mostrando nuestra convicción de que él vendrá para corregir todas las injusticias de la historia.

El domingo, 12 de julio de 2026

 

XV DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Este pasaje del Evangelio es a la vez familiar y difícil de comprender. Lo hemos escuchado innumerables veces y sabemos que los distintos tipos de tierra representan distintos tipos de personas. Estas imágenes son tan impactantes que muchos prestan poca atención a la segunda parte del pasaje. Allí, Jesús indica que algunos no comprenden la parábola porque ya han rechazado el mensaje fundamental de su predicación. Analicemos nuevamente la parábola antes de intentar comprender cómo algunas personas rechazan el mensaje de Jesús.

Sabemos que la Parábola del Sembrador aparece en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. También se encuentra, en una versión abreviada pero más poderosa, en el Evangelio de Juan. Poco antes de su Pasión, Jesús dice: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12:24). En Mateo, Marcos y Lucas, la tierra debe estar libre de obstáculos para que el grano dé fruto. En Juan, el énfasis está en que el grano muera en la tierra para que tenga una cosecha abundante.

En los cuatro evangelios, el grano representa la palabra de Dios. Sin embargo, «la palabra» en Mateo, Marcos y Lucas tiene un referente diferente al de Juan. Los tres primeros evangelios presentan la «palabra de Dios» como el mensaje de Dios proclamado y escuchado, tal como lo describe el profeta en la primera lectura de hoy. Isaías dice que la palabra que sale de la boca de Dios siempre cumple su propósito. Siempre trae salvación al pueblo de Dios. En el Evangelio de Juan, sin embargo, la «palabra de Dios» es Jesús mismo, quien muere en la cruz para redimir a la humanidad del pecado y la muerte.

En Mateo, Marcos y Lucas, Jesús explica el significado de la parábola. La semilla que cae en el camino no puede dar fruto porque las aves la devoran antes de que germine. Es como las personas entrometidas que no se centran en la palabra de Dios, sino que se dejan llevar por las trivialidades de la vida. El terreno rocoso no da fruto porque es duro y poco profundo. Representa a quienes inicialmente desean servir a Dios, pero luego se desaniman cuando llegan las pruebas de la muerte, la duplicidad y las dificultades. El terreno espinoso tampoco da fruto porque las espinas ahogan las plantas jóvenes. Representa a quienes permiten que el poder, el prestigio y el placer sofoquen la inspiración de Dios en sus corazones. Para dar fruto abundante, debemos liberarnos de todo lo que nos impide priorizar el amor a Dios y al prójimo.

Ahora consideremos la parte desafiante del Evangelio de hoy. Jesús dice que habla en parábolas porque hay personas que tienen ojos pero no ven, y oídos pero no oyen ni entienden. Estas son las personas que han rechazado su mensaje fundamental de «arrepiéntanse y crean». Sus corazones se resisten a amar a los demás y a perdonar a quienes los han ofendido. Para ellos, las parábolas no son más que acertijos sin sentido.

El Papa Francisco solía observar que existe una diferencia crucial entre pecadores y corruptos. Decía que hay esperanza de que los pecadores se arrepientan, pero los corruptos se han endurecido tanto que ya no reconocen su necesidad de conversión. Este grupo incluye, sin duda, a asesinos y proxenetas, pero también puede incluir a personas tan rígidas que, aunque asisten a misa, no quieren oír hablar de misericordia ni de amor.

Todos deberíamos preguntarnos si tenemos tendencias como las de este último grupo. Si descubrimos que nuestros corazones se han endurecido para amar a los demás, si nos encontramos cada vez más ensimismados, entonces debemos arrepentirnos sin demora. El Señor nunca deja de amarnos. Siempre está dispuesto a ablandar nuestros corazones, a ayudarnos a amar a los demás y a capacitarnos para dar abundante fruto para su Reino.

El domingo, 5 de julio de 2026

XIV DOMINGO ORDINARIO
(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

De todos los símbolos de los Estados Unidos, ninguno llama tanto la atención como la Estatua de la Libertad. Esta imagen colosal fue un regalo de Francia, originalmente destinado a conmemorar el centenario de la República en 1876. Se colocó en una pequeña isla cerca del puerto de Nueva York para que los inmigrantes procedentes de Europa pudieran verla al llegar al país.

En estos días, cuando celebramos el 250.º aniversario de la nación, la Estatua de la Libertad se erige como un homenaje a los ideales de los Estados Unidos. Desde sus comienzos, este país ha ofrecido libertad, justicia y oportunidades a millones de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. Les ha brindado la posibilidad de participar en una sociedad regida por la ley y no por los privilegios.

En el pedestal de la estatua está inscrito un poema que expresa el espíritu del país. Una de sus frases es conocida por estudiantes en toda la nación: «Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas hacinadas que anhelan respirar en libertad…». El poema fue escrito por una mujer judía que trabajaba con los inmigrantes. Sus palabras despertaban en los pobres y maltratados la esperanza de una vida mejor. Esa frase guarda una notable semejanza con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio».

Por supuesto, la invitación de Jesús es mucho más que una oferta de asilo político o de prosperidad material. Es, más bien, un llamado a la paz y a la felicidad eterna mediante una relación íntima con él. La confianza en Jesús nos libera de la ansiedad que consume a tantos que buscan en el dinero, el prestigio o el placer la meta suprema de su vida. Aunque estas cosas no son malas en sí mismas, no pueden ofrecer la vida en plenitud que Cristo nos ganó. Más aún, cuando se persiguen sin medida, pueden conducir a la ruina.

Jesús nos concede esa vida en plenitud cuando aceptamos su yugo suave. Ese yugo, la barra que nos une a él, son sus enseñanzas. A veces nos desafían, como cuando insiste en que debemos perdonar a quienes nos ofenden. Pero no debemos olvidar que Jesús se junta con nosotros para ayudarnos a llevar la carga. Su amistad nos consuela y su fuerza hace más ligero el peso.

No sería del correcto decir que los Estados Unidos son una nación cristiana. Sin embargo, el país ha incorporado muchos valores inspirados por el cristianismo, como la igualdad, la libertad y la acogida del pobre y del refugiado. En este fin de semana, todos los habitantes de esta nación debemos dar gracias a Dios por esos principios. Al mismo tiempo, pidámosle que Estados Unidos continúe viviéndolos y practicándolos. Han sido una fuente importante de su fortaleza y de su grandeza. Y, al hacerlo, que Dios siga bendiciendo a esta nación.

  

El domingo, 28 de junio de 2026

 

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Con la celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado la herencia de la vida eterna.

Hoy la Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.

Sin embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad norteamericana. Durante el período colonial, existían leyes que prohibían la práctica pública de la fe católica y el derecho al voto a los católicos. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.

Esta última acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a nuestro país? ¡Claro que sí!

Por lo general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir, el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal.  Entretanto el amor a Dios está vinculado con nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos justos y honestos de la sociedad temporal.

Hay otra razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto. Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del gobierno civil.

Desgraciadamente, tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores. Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.

Forma parte de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».

Terminémonos con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró: «Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».