El domingo, 19 de abril de 2026

 

III DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 2:14, 22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

Cada año, en este tercer domingo de Pascua, escuchamos el relato de una aparición de Jesús resucitado. Hoy se nos narra su aparición a los discípulos en el camino a Emaús. Quisiera aprovechar esta oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza de la resurrección de Jesús y también de la nuestra, cuando Él vuelva al final de los tiempos. La resurrección es uno de los principios centrales de la fe cristiana. Sin embargo, no es tan fácil de entender como a menudo se piensa.

Para facilitar una comprensión correcta, es necesario aclarar algunas ideas falsas sobre la resurrección. Para muchos hoy en día, la resurrección de Jesús es un mito que pretende decir que Jesús vive en el corazón de sus discípulos. Los mitos son relatos sin base histórica cuyo propósito es expresar una verdad humana. La historia de la Torre de Babel, por ejemplo, es un mito que intenta explicar por qué existen tantos idiomas en el mundo. Este no es el caso del relato de la resurrección de Jesús. Sus bases históricas están bien establecidas: Jesús fue crucificado por orden de Poncio Pilato, gobernador de la provincia de Judea, cuando Caifás era sumo sacerdote de los judíos. Su resurrección tuvo lugar al tercer día después de este acontecimiento.

Según otra idea equivocada, el Jesús resucitado sería un fantasma que algunos pudieron ver por un tiempo. Sería algo parecido al profeta Samuel, a quien Saúl evocó para obtener información sobre sus enemigos. Esta idea no concuerda con la experiencia de los discípulos, quienes ven que el Señor resucitado tiene un cuerpo y puede comer con ellos.

Una tercera idea falsa imagina a Jesús resucitado como Lázaro, de quien se nos habló en el evangelio hace algunas semanas. Pero este concepto tampoco coincide con lo que dicen los evangelios. El cuerpo de Jesús resucitado ha sido transformado: puede atravesar puertas cerradas y aparecer y desaparecer de repente.

Hay varias características comunes en las apariciones que nos ayudan a comprender su naturaleza. Jesús puede ser visto, pero no es fácilmente reconocido. Los discípulos en el camino a Emaús no lo reconocen al principio. Cuando se aparece a Pablo en el camino a Damasco, se manifiesta como una luz. Como hemos dicho, su cuerpo ha sido transformado y ya no está sujeto a las limitaciones de antes.

Otra característica del Cristo resucitado es que se comunica con aquellos a quienes se aparece. Su mensaje puede ser exigente, como cuando reprocha a sus discípulos por no haber creído a las mujeres, según el final largo del evangelio de Marcos. Pero con mayor frecuencia los saluda con la palabra “paz”. Esta palabra, en hebreo, es shalom, y significa mucho más que “hola” o “buenos días”; expresa un deseo de plenitud: “todo esté bien contigo”. Luego, Jesús los envía a la misión de proclamar la Buena Nueva en todas partes.

También Jesús comparte la comida con aquellos a quienes se aparece. En el evangelio de hoy, los discípulos lo reconocen al partir el pan, en un gesto que recuerda la Eucaristía. Parece que continúa su costumbre, anterior a su muerte, de compartir la mesa como una forma de manifestar su cercanía y su amor.

De todo esto podemos decir que la resurrección representa un nuevo nivel o modo de existencia humana. En cierto sentido, es como un salto cualitativo, semejante al que ocurrió cuando los primates evolucionaron hasta convertirse en seres humanos. El Resucitado tiene un cuerpo transformado, y su amor ya no está limitado como lo estaba antes. Durante su vida terrena, su amor estaba limitado por el hecho de no poder llegar a todas las personas. Ahora, en su estado resucitado, no solo alcanza a todos, sino que puede acoger en sí mismo a todos los hombres y mujeres. Así se establece una nueva comunión con Dios y entre nosotros.

Nuestro amor está limitado de maneras más profundas que el de Jesús. No podemos amar sin cierto grado de interés propio. Esto no es necesariamente malo, pero puede volverse problemático cuando buscamos solo nuestra propia satisfacción y no el bien del otro. Esto nos limita en el amor que deseamos dar. Sin embargo, con la resurrección, nuestros cuerpos serán transformados de tal manera que el amor para el cual fuimos creados ya no será simplemente el del deseo ni siquiera solo el de la amistad. Más bien, nuestro amor tendrá el carácter plenamente desinteresado que distingue el amor de Jesús por sus discípulos. Podremos amar a todos de manera universal, desinteresada y con una alegría como nunca antes.

El domingo, 12 de abril de 2026

 

II DOMINGO DE PASCUA – DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA, 12 de abril de 2026

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:1-9)

El Evangelio llama a Tomás “el Gemelo”. No se sabe por qué ni de quién sería su contraparte. Puede ser que sea nuestro gemelo, en la medida en que, como él, nosotros también hemos albergado dudas en la fe. Por eso, quisiéramos dirigirle las siguientes interrogaciones.

Tomás, ¿por qué no crees a tus compañeros cuando dicen que Jesús ha resucitado? ¿Acaso no insinuó él su pasión, muerte y resurrección varias veces en tu presencia? Cuando habló del Buen Pastor, ¿no indicó que daría su vida por sus ovejas (Juan 10,11)? ¿No dijo también que tenía el poder no solo para dar la vida, sino para recobrarla (10,18)? ¿Y no habló a ti y a los demás de que sería levantado en alto sobre la tierra para atraer a todos hacia Él (12,32)?

Sobre todo, ¿no recuerdas lo que pasó en el sepulcro de Lázaro? Cuando Jesús pidió que removieran la piedra que cubría la tumba y Marta se preocupó por el mal olor, pues llevaba cuatro días muerto, ¿no viste al difunto salir caminando?

¿Por qué quieres ser como los saduceos, que intentaron hacer tropezar a Jesús con la historia ridícula de la mujer que tuvo siete maridos, porque no creían en la resurrección? ¿No te molestas ponerte con muchos del siglo XXI, que dudan de todo y, al hacerlo, van perdiendo los valores necesarios para sostener una vida estable y plena?

Recuerda la historia de Abrahán, que dejó su país, su comunidad y la casa de su padre por fe en la palabra de Dios. ¿No fue Dios fiel a su promesa con este patriarca? Acuérdate también de Jeremías y de otros profetas, que sufrieron desgracia y castigo por anunciar la palabra de Dios como verdadera e inviolable. ¿Piensas que predicaron en vano?

Mira también hacia el futuro. Observa cómo los discípulos viven en perfecta armonía, como narran los Hechos de los Apóstoles. ¿No es este fruto de la resurrección de Jesús y del descenso del Espíritu Santo? Nota también lo que ocurrió años después, cuando Pedro exhorta a los cristianos a mantenerse firmes en la esperanza aun en medio del sufrimiento. ¿No te convence esto de la centralidad de la fe en la resurrección?

Sí, es cierto que la fe exige sacrificio, sobre todo cuando vivimos entre personas que no buscan la justicia de Dios, sino la satisfacción material. Nos sentimos extraños, como si nos faltara algo esencial, hasta que descubrimos la verdadera fuente de la satisfacción. No proviene de sensaciones pasajeras, sino de la conciencia de vivir conforme a la voluntad de Dios.

No, Tomás, no dudes más. Acepta la presencia de Jesús que está ante ti. No está solo en el cuerpo humano con el que caminó sobre la tierra. Está también en los pobres que viven según los mandamientos del amor. Está en los sacramentos que nos ofrecen su perdón, su fortaleza y su gracia. Y está en los ordenados y las religiosas que representan la Iglesia. No siempre son perfectos, pero nos enseñan los caminos y mandamientos del Señor.

Más aún, deja de insistir en ver la señal de los clavos en sus manos y en meter tu dedo en su costado. Sé modelo para todos nosotros cuando nuestra fe se debilite. Ayúdanos a decir contigo, con plena confianza ante el Señor Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”

 

El domingo, 5 de abril de 2026

 

Domingo de Pascua: La Resurrección del Señor, Misa del día
(Hechos 10:37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)

¿Quién es “el otro discípulo” que cree en la resurrección de Jesús antes que nadie? Los investigadores bíblicos no se ponen de acuerdo sobre su identidad. Durante siglos, la opinión común era que “el discípulo amado”, como se le llama, es Juan, el hijo de Zebedeo. Pero ahora algunos estudiosos se preguntan por qué no se menciona su nombre, siendo uno de los discípulos más prominentes en los otros evangelios.

Algunos expertos hoy en día han dado una respuesta interesante a esta pregunta. Dicen que es Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Recordamos que el evangelio afirma que Jesús amaba a Lázaro junto con sus hermanas. Sin embargo, parece extraño que el evangelista lo llame por su nombre en la historia de su resurrección y luego solo lo designe como “el otro discípulo” o “el discípulo a quien Jesús amaba” en el resto del evangelio.

Uno de los comentaristas bíblicos más perspicaces del siglo pasado ofreció otra solución al problema. Dijo que el otro discípulo, a quien Jesús ama, es realmente un discípulo, pero no uno de los Doce apóstoles. Este estudioso escribió que el Discípulo Amado no tenía la prominencia en la Iglesia primitiva que tenían Pedro y Juan. Sin embargo, dejó su testimonio a la comunidad cristiana que produjo el Evangelio según san Juan.

Pensamos que el Discípulo Amado llega al sepulcro de Jesús antes que Pedro porque es más joven. Pero el evangelio nunca lo describe como joven. ¿No es posible que llegue primero por su gran amor a Jesús? Este amor se manifiesta en su cercanía al Señor en la Última Cena.

Se dice que el amor es ciego. Puede ser así en el amor romántico. Los enamorados románticos a menudo pasan por alto los defectos del otro para satisfacer su deseo ardiente. Sin embargo, el amor que vale más —el amor que busca el bien del otro sin esperar nada a cambio— no es ciego. Al contrario, este amor, con el que Dios nos ama, ve en el ser amado virtudes que no todos pueden ver.

Roberto y Priscila Colby estuvieron casados por casi cincuenta años cuando Priscila desarrolló Alzheimer. Roberto tuvo que cuidarla, una tarea que llevó a cabo con esmero. Decía entonces que amaba a Priscila más que el día de su boda. Atribuía a Priscila la buena formación de sus tres hijos. Contaba que, cuando la más joven comenzó a meterse en problemas, Priscila percibió que la raíz de sus dificultades era la compañía que tenía. Entonces le prohibió salir con ese grupo de amigas. Como es natural, la chica le guardó rencor a su madre, pero con el tiempo obtuvo un doctorado y trabajó en una prestigiosa universidad de investigación.

El Discípulo Amado valora a Jesús con este mismo amor. Reconoce a Jesús como el mejor de todos los hombres y, en verdad, como el Hijo de Dios. Está dispuesto a sacrificarse por el Señor por ser el único discípulo varón que permanece junto a las mujeres al pie de la cruz. Por este gran amor, no duda cuando ve el sepulcro vacío y los lienzos doblados.  Más bien, cree que Jesús ha resucitado como Él decía. No necesita verlo resucitado para creer como María Magdalena y Pedro.

Este amor que no busca premios ha sido infundido en nuestros corazones por el Bautismo. Creemos que el Señor Jesús ha resucitado sin haberlo visto. No permitamos que nuestro amor por Jesús se quede solo en una creencia. Más bien, sacrifiquémonos por los demás, para que otros crean y tengan la vida eterna.

El domingo, 29 de marzo

 Domingo de Ramos “De la Pasión del Señor”

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14–27:66)

Se dice que la crucifixión de Jesús es la escena más representada en el arte. Ciertamente está bien grabada en la mente de los cristianos. Desafortunadamente, tendemos a recordar los acontecimientos de la Pasión como si aparecieran en los cuatro evangelios. Pero esta concepción no es correcta. Los eventos de un evangelio no necesariamente se encuentran en los demás. Por ejemplo, no hay ninguna mención del azote ni de la coronación de espinas en el Evangelio de Lucas. Este hecho no debe disminuir nuestra fe en el Evangelio. La crucifixión fue una experiencia tan profunda para los apóstoles que ninguna interpretación pudo expresar completamente su significado.

Ya que hoy leemos la Pasión según san Mateo, enfoquémonos en cuatro eventos que únicamente este evangelio nos relata. Nuestro propósito será comprender mejor la muerte de Jesús según la perspectiva de Mateo.

Cuando Jesús llega a Getsemaní, se aparta para orar a solas. Mateo dice que “se postró rostro en tierra”. Está en angustia. Se siente indefenso ante las fuerzas combinadas de los líderes judíos y del Imperio romano en su contra. Como abrumado, pide a su Padre que, si es posible, aparte de él esa prueba. Vemos a Jesús como hombre enfrentándose a una situación traumática. Y, al mismo tiempo, tenemos una vislumbre de su divinidad confiando en la voluntad de su Padre.

Después de que el sanedrín lo condena a muerte, Mateo interrumpe la historia de Jesús para contar lo que le sucede a Judas. Sintiendo vergüenza por su traición, Judas se arrepiente de su crimen e intenta devolver su dinero de recompensa a los sumos sacerdotes. Luego va y se ahorca. Judas no es el único que lamenta haber tratado mal a Jesús. Simón Pedro, quien una vez lo proclamó como “el Hijo de Dios”, niega conocerlo. También se arrepiente de su pecado, pero en lugar de desesperarse, llora amargamente. Todos nosotros ofendemos a Jesús de una manera u otra. Cuando nos damos cuenta de nuestro pecado, ¿a cuál discípulo queremos imitar? ¿Al que se desesperó o al que lloró?

El juicio romano de Jesús se recuerda en Mateo por dos acciones: la esposa de Pilato relatando su sueño acerca de Jesús y el intento de Pilato lavarse las manos de su sangre. La mujer da otro testimonio divino de la inocencia de Jesús, ya que en el Evangelio de Mateo Dios suele comunicarse a través de sueños. Pilato intenta hacer lo imposible: no puede entregar a Jesús para ser crucificado y, al mismo tiempo, mantenerse inocente de la muerte de un justo. Debemos reconocer que no podemos justificar una acción mala con gestos que aparentan ser buenos.

Junto con el Evangelio de Marcos, Mateo presenta la muerte de Jesús como un momento de profundo abandono. Dios permite que su Hijo experimente el aislamiento total. Aunque sigue creyendo en Dios, Jesús muere sin consuelo humano ni alivio inmediato. Es una muerte que parecería propia de un criminal despiadado. Sin embargo, Mateo, Marcos y Lucas también dan testimonio de los efectos positivos de su muerte. Relatan que el velo del templo se rasga en dos, lo que significa que el sacrificio de Cristo ha reemplazado los sacrificios del templo para el perdón de los pecados. También mencionan que un centurión pagano reconoce la inocencia de Jesús.

Sin embargo, solo Mateo narra un terremoto que abre las tumbas de los justos. La sacudida es tan fuerte que algunos muertos vuelven a la vida. Más que un evento histórico, este hecho conecta la muerte de Jesús con la victoria sobre la muerte. Es la manera de Mateo de decir que la muerte de Jesús produce frutos inmediatos.

Cada una de las narraciones de la Pasión es profundamente significativa. Ninguna es solo un reporte de hechos. Todas nos ofrecen una comprensión única y profunda del misterio de la muerte del Hijo de Dios. Este año hemos tenido la oportunidad de contemplar este misterio según Mateo. No es una historia bonita, pero por medio de su sufrimiento hemos sido justificados.

El domingo, 22 de marzo de 2026

 

V Domingo de Cuaresma
(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

El Evangelio según San Juan es una obra maestra literaria. Narra una historia cautivadora, pero, más importante aún, revela el significado del Evangelio mediante recursos literarios. Antes de hablar de uno de estos recursos en el Evangelio, puede ser útil dar un ejemplo.

Todos conocen la historia de Pinocho. Es el muñeco cuya nariz crecía cada vez que decía una mentira. La nariz que crece funciona en la historia como un símbolo, un tipo de recurso literario. En este caso, el símbolo revela cómo la mentira deforma el carácter de la persona.

El evangelista Juan dice que Jesús realizó muchos “signos” durante su ministerio. Para él, los milagros de Jesús son signos, pero no exactamente en el mismo sentido que en los otros evangelistas. Para Mateo, Marcos y Lucas, las curaciones de Jesús son hechos poderosos que indican que Él viene de Dios. Juan tiene un concepto más profundo del signo. Para Juan, los signos son símbolos que revelan no solo que Jesús viene de Dios, sino también diferentes aspectos de quién es Él.

Al comienzo de su Evangelio, Juan escribe sobre la “Palabra” que “estaba junto a Dios” y que “era Dios”. Los signos ayudan a revelar quién es esta Palabra.

Juan relata siete signos, aunque al final de su Evangelio indica que Jesús realizó muchos más. El primer signo es cuando Jesús convierte las seis tinajas de agua en vino excelente en las bodas de Caná. Allí se revela a Jesús como aquel que reemplaza los ritos del Antiguo Testamento con el culto nuevo que se realiza a través de Él.

El Evangelio de hoy relata el último signo antes de su muerte: la resurrección de Lázaro. En este signo Jesús se revela como el Hijo de Dios vivo, con poder sobre la muerte.

En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo llama a la muerte “el último enemigo” de Jesucristo. Con esto quiere decir que la muerte no solo es el enemigo final, sino también el más grande. La muerte nos separa de nuestros seres queridos. Nos hace sentir el peso y la vergüenza de nuestros pecados. Representa lo desconocido, donde podríamos perdernos para siempre. Finalmente, como fin de la existencia terrena, la muerte parece negar nuestro valor. Por eso pocas personas desean una vida corta; todos queremos vivir lo más posible.

Para evitar la muerte, algunos tratan de vivir de manera muy saludable. Siguen dietas bajas en grasa y hacen ejercicio diariamente. Otros, de manera menos realista, piensan que podrán vencer la muerte con la tecnología. Algunos incluso planean congelar sus cuerpos cuando la muerte esté cerca, con la esperanza de ser revividos cuando se descubra la cura para su enfermedad.

La historia de Lázaro en el Evangelio de hoy nos muestra otro remedio para la muerte. Es menos complicado que las dietas o el ejercicio, e infinitamente más seguro que la tecnología.

Jesús, el Hijo de Dios con poder sobre la muerte, es amigo de Lázaro. Cuando recibe la noticia de que está gravemente enfermo, finalmente viene y lo llama a salir del sepulcro. Nosotros también queremos entablar amistad con Jesús, para que venga a resucitarnos cuando muramos.

¿Y cómo lo hacemos?  En primer lugar, profesando nuestra fe en Jesús, como lo hace Marta en el Evangelio. Jesús le dice a su amiga: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”.

También es necesario que, movidos por el Espíritu que recibimos en el Bautismo, practiquemos obras de caridad. El Evangelio de Mateo cita a Jesús diciendo que quienes den de comer a los hambrientos y visiten a los enfermos serán recompensados con el Reino de su Padre.

El Padre Cecil era un monje benedictino bondadoso y sabio. Cuando tenía alrededor de setenta años, le diagnosticaron cáncer en el cerebro. Sabiendo que la muerte estaba cerca, alguien le preguntó si tenía miedo.  “No”, respondió el sacerdote. “He aconsejado a muchos que Dios está esperándolos para recibirlos. ¿Cómo podría yo temer mi propia muerte?”

Como el Padre Cecil, cuando llegue nuestro momento, confiemos en Jesús y muramos en paz.

 

El domingo, 15 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA
(1 Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

El Evangelio de San Juan está lleno de drama. Varias veces en el relato Jesús se encuentra con otras personas para guiarlas hacia su Padre. El domingo pasado escuchamos de su encuentro exitoso con la samaritana. Pero no siempre tiene éxito. Cuando encuentra a Pilato el día de su crucifixión, al gobernador le interesan sus palabras, pero al final lo rechaza por conveniencia política.

Hoy escuchamos del encuentro de Jesús con el hombre nacido ciego. Es un drama de primera categoría. De hecho, a menudo se considera uno de los relatos mejor construidos de todo el evangelio.  Este encuentro se destaca por su argumento bien desarrollado. Con sus giros y vueltas vemos al hombre crecer gradualmente en la fe en Jesús. Al mismo tiempo, los fariseos van perdiendo poco a poco la fe en él. La pérdida es trágica porque priva a los fariseos de la vida eterna.

La lectura comienza con Jesús curando al hombre nacido ciego, untándole barro en los ojos.  La curación provoca tanta discusión entre los vecinos que le preguntan al hombre si realmente es el mismo que era ciego y cómo fue sanado. El hombre responde que sí, que era ciego, y que fue curado por “el hombre que se llama Jesús”.

Asombrados por lo que dice, los vecinos llevan al hombre ante los fariseos para verificar su relato. Después de investigar, los fariseos quedan divididos: algunos dicen que sí, que se trata de una curación legítima, es decir, realizada por Dios; otros la dudan. Cuando le preguntan al hombre cómo recibió la vista, él vuelve a decir que fue Jesús quien lo curó, pero esta vez añade que Jesús es un profeta.

Entonces los fariseos llaman a los padres del hombre para preguntarles si realmente es su hijo y cómo es que ahora ve. Ellos lo reconocen como su hijo, pero por miedo a los fariseos dicen que no saben cómo fue curado. Les recomiendan que se lo pregunten directamente a él.

Cuando lo interrogan por segunda vez, los fariseos ya no tienen dudas acerca de Jesús. Todos están de acuerdo en decir que Jesús “es un pecador”, y expulsan al hombre por decir lo contrario.

No es casualidad que Jesús encuentre nuevamente al hombre nacido ciego pero ahora con vista perfecta. Es el Buen Pastor que cuida a sus ovejas maltratadas. Cuando lo ve, le pregunta si cree en el Hijo del Hombre, eso es aquel que recibe de Dios autoridad para juzgar al mundo. Al principio el hombre duda, porque no sabe a quién se refiere Jesús. Pero una vez que Jesús se identifica como el Hijo del Hombre, el hombre se postra ante él en adoración.

Mientras tanto, los fariseos observan todo. Le preguntan a Jesús si ellos están ciegos. Jesús les responde que, aunque tienen vista, no ven la verdad. Caminan en tinieblas espirituales que les impiden reconocer lo que es verdaderamente bueno.

Al principio de este drama Jesús se llama a sí mismo “la luz del mundo”. Como toda luz, él crea sombras. Los personajes del relato tienen que decidir si quieren vivir en la luz, reconociendo a Jesús como Señor, o en las tinieblas, negando su señorío.  El hombre nacido ciego elige la luz de Cristo, mientras que los fariseos optan por las sombras al rechazar su autoridad.

Toda persona humana tiene que definirse de la misma manera. ¿Soy persona de la luz de Jesucristo, viviendo según cada palabra que sale de su boca? ¿O soy persona de las sombras que sigue a los principales “influencers” del mundo del entretenimiento, los deportes o el internet?  Por nuestro bien y por el bien de los demás, Jesús quiere que vivamos en su luz.

El domingo, 8 de marzo de 2026

III DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

El evangelio de hoy destaca el encuentro entre Jesús y la famosa “mujer del pozo”. Es tan importante para el catecumenado que puede leerse cada año en el tercer domingo de Cuaresma. Describe una dinámica de la vida espiritual: cómo Jesús, el Buen Pastor, busca a la oveja perdida para darle la vida eterna.

Jesús está solo mientras espera a la mujer samaritana junto al pozo. Quiere hablar con ella sobre su vida. Cuando ella llega, Jesús no demora en iniciar la conversación. Pero no comienza haciendo referencia al pecado. Más bien le dice: "Dame de beber". Es una petición razonable al mediodía en una tierra seca. Para ella, sin embargo, es un comentario inesperado. Pues ella es mujer, desconocida y de una nación rival; es decir, el tipo de persona con quien los judíos decentes no hablaban directamente. Sin embargo, lo que le preocupa a Jesús no son sus datos sociológicos sino su alma.

El hecho de que la mujer venga sola indica su aislamiento. Probablemente las otras mujeres se alejan de ella porque vive en pecado. Pero no es una mujer torpe. Responde a Jesús con seguridad a Jesús que no es costumbre que un judío pida algo a una samaritana. Entonces Jesús cambia el nivel de la conversación. La lleva de lo físico a lo espiritual al ofrecerle "agua viva". Le explica que el agua viva no solo satisface la sed para siempre, sino que también trae la vida eterna. Pero ella, sea porque no puede imaginar la gracia del agua bautismal o porque se burla de Jesús, le pide esa agua para no tener que volver al pozo cada día.

Ahora Jesús se dirige al pecado de la mujer. Le revela que ha estado casada varias veces y que en ese momento vive en unión libre. Incómoda al hablar de su vida personal, ella trata de cambiar el tema hacia la religión. Dice que samaritanos y judíos tienen diferentes lugares para dar culto a Dios. Entonces Jesús le ofrece el medio para superar esas diferencias y dar a Dios culto "en espíritu y en verdad". Esta expresión debería entenderse como el Espíritu de la Verdad, es decir, el Espíritu Santo. Jesús le está ofreciendo el Espíritu Santo, que es la fuente de la gracia.

La gracia del Espíritu Santo es para la vida espiritual lo que el agua es para la vida natural. Así como el agua elimina las toxinas del cuerpo, la gracia perdona los pecados. Así como el agua facilita el transporte de nutrientes a los miembros del cuerpo, la gracia anima a todo el cuerpo para dar alabanza a Dios. Y así como el agua regula la temperatura para asegurar los procesos corporales, la gracia modera las pasiones para que la persona busque a Dios.

Cuando la mujer dice que el Mesías traerá el culto perfecto, Jesús se identifica como tal. Ella lo acepta. Deja su cántaro porque ya no se preocupa por el agua natural, puesto que ha recibido de Jesús el agua sobrenatural. Y, como buena discípula, va a contarlo a todos.

Todos nosotros somos como la samaritana, y no solo porque pecamos. Somos como ella también porque tratamos de satisfacer nuestros deseos más profundos con cosas materiales. Sin embargo, como Dios nos ha hecho para sí mismo, no podemos satisfacer esos deseos con Mercedes, champaña o vacaciones en Europa. Nuestros deseos más profundos son el conocimiento de ser verdaderamente amados, la conciencia de haber hecho el bien y la seguridad de ser salvados. Para realizar todo esto necesitamos la gracia del Espíritu Santo. La gracia brota en las aguas del Bautismo y crece para ayudarnos a afrontar los desafíos de la vida mediante los otros sacramentos. La gracia nos anima, nos fortalece y nos dirige hacia Dios. ¿Conoces algo más valioso en la vida que la gracia del Espíritu Santo?