El domingo, 1 de noviembre de 2026

 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

(Apocalipsis 7:2-4.9-14; I Juan 3:1-3; Mateo 5:1-12)

A casi todos el Apocalipsis parece extraña.  Tal vez hayamos tratado de leerlo sin mucha satisfacción.  Si pensamos en ello como profecía de la guerra final contra bestias extrañas, deberíamos reconsiderar su propósito.  El título mismo provee una clave para su significado verdadero.  La palabra "Apocalipsis" proviene de dos palabras griegas: apó significando “quitar” y kályptein que quiere decir “cubrir”.  El Apocalipsis pretende remover el velo que cubre la verdad de Jesucristo.

El Apocalipsis fue escrito durante la persecución de cristianos al final del primer siglo. Los creyentes eran martirizados por no haber dado culto al imperador.  Inspirado por el Espíritu Santo, la obra quiere animar a los creyentes a resistir la persecución y adorar a Jesucristo como el Señor.  Revela la liturgia del cielo en que los hombres y mujeres participan cuando asisten en la misa.

La evidencia para esto es convencedora aun si es sutil.  Abre en el día del Señor, el domingo, día en que asistimos en la misa.  Dice Juan, el narrador: “… la gracia y la paz de parte de aquel que es, que era y que vendrá” como saluda el sacerdote al principio de toda misa.  Entonces Juan dicta los pecados de las siete iglesias de Asia Menor como el acto penitencial.  Después, el presbítero está llevado al cielo donde ve un libro, escrito por dentro y por fuera, pero sellado. Solo el Cordero, que es Cristo, puede abrirlo.  El libro contiene las lecturas bíblicas para la misa, que hablan del mismo Cristo. 

Durante la liturgia celestial se escucha el refrán, “Santo, santo, santo …” como en la misa.  La primera lectura hoy describe a los participantes en la liturgia.  Se pueden pensar en los 144,000 hombres y mujeres como los santos declarados por la Iglesia.  Se puede pensar en el otro grupo, mucho más numeroso, como los santos no conocidos, tal vez nuestros padres y abuelos, que vivieron con amor tanto al prójimo como a Dios.

Hay varios otros paralelos entre nuestra misa y la liturgia revelado a Juan en el cielo, pero solo vamos a nombrar uno más ahora.  Hacia el final del libro, un ángel declara: “Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero”.  Son casi las mismas palabras que el sacerdote emite antes de la Comunión en la misa.

 El Apocalipsis descubre la naturaleza de la misa.  Mucho más que una simple reunión de creyentes, la misa es nuestra participación en la Eucaristía celestial.  Con los elegidos a través de los tiempos participamos el culto eterno a Dios: Padre, Hijo, y el Espíritu Santo.  Es posible que no estemos animados a participar en una liturgia eterna, que encontremos las liturgias como tediosas.  (¡Se dice que solo la procesión de la entrada en la misa de la beatificación del arzobispo Sheen tardó cuarenta y cinco minutos!).  Sin embargo, es garantizado que la liturgia del banquete del Cordero no va a aburrir a ninguna persona bendecida para asistirla.

En primer lugar, tendrá lugar en la eternidad donde no existe el paso del tiempo.  Podemos pensar de la eternidad de esta manera.  En una canción inglesa la cantante dice: “Podría haber bailado toda la noche”.  El tiempo para ella ha desaparecido.  Sea por el amor de su pareja, del baile, o las dos cosas, siente solo la alegría.  Eso es algo semejante la eternidad siente. En segundo lugar, no puede ser aburrida la liturgia porque vamos a ser cautivados por quienes nos veremos.  Hoy en día muchos esperan horas para ver el papa o el presidente; en la liturgia celestial vamos a ver a Jesús y su madre, María.  También veremos a nuestros queridos compañeros que nos han ido antes de nosotros a las tinieblas.  ¡No vamos a ser aburridos de absoluto!

Quisiéramos preguntar: ¿cómo podemos ser elegidos para la liturgia celestial?  Es fácil indicar el camino, aunque no se logrará sin esfuerzo. Para participar en la gran fiesta de Dios tenemos que vivir las bienaventuranzas del evangelio hoy.  Eso es, tenemos que confiar en Dios como los humildes pobres, manifestar el hambre y la sed para vivir rectamente, y mostrar la compasión por los necesitados.

El domingo, 25 de octubre de 2026

 

XXX DOMINGO ORDINARIO

(Éxodo 22:20-26; I Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40)

La joven religiosa estaba orgullosa de su logro.  Sus estudiantes sacaron notas altas en sus exámenes.  Cuando dijo a la madre superiora de su éxito, la superiora no se miró particularmente impresionada.  La joven le preguntó ¿por qué?  La veterana le explicó que trabajaba con los más dotados estudiantes en la escuela.  Dijo que cualquiera maestra puede tener éxito con ellos.  Para probar su capacidad de enseñar tendría que producir tales resultados con estudiantes de menor inteligencia.  Quisiera usar esta historia para reflexionar en el evangelio hoy.

Cuando Jesús responde a la pregunta sobre “el mandamiento más grande” con “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón …”, no dice nada particularmente perspicaz.  Estas palabras vienen del famoso shema en el Libro de Deuteronomio. Es uno de los versículos más repetidos del Antiguo Testamento.  Al tiempo de Jesús los judíos recitaban el versículo dos veces por día.  Lo grababan en los marcos de las puertas de sus casas.  Aun lo pusieron en las filacterias para que sea ante sus ojos todo el día.  Como la joven religiosa enseñando a los estudiantes bien dotados, no representa un gran logro de parte de Jesús.

Sin embargo, en la segunda parte de su respuesta Jesús revela su brillantez y sabiduría. Aunque se encuentra “amarás a tu prójimo como a ti mismo” en Libro de Levítico, no se da allí mucha importancia.  Sin embargo, Jesús lo trata como una de las dos super claves de que cuelga toda la moral judía-cristiana.  Porque se le pidió el mandamiento más grande, su respuesta implica que forma con el amor a Dios como un solo mandamiento.  En efecto Jesús está diciendo que no se puede amar a Dios si no ama al hombre o a la mujer, que lleva la imagen de Dios.  La Primera Carta de Juan hace casi la misma declaración cuando pregunta: “¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (I Juan 4,20b).

En su mandamiento Jesús ocupa la palabra griega ágape para “amar”.  Ágape brinda el sentido de sacrificarse por el bien del amado.  No es simplemente el afecto, que es caris en griego, sino el amor que ayuda y apoya al otro con hechos.  Es el amor del Buen Samaritano para el hombre dejado medio muerto.  Es el amor que le movió a una mujer donar uno de sus riñones a un sacerdote diocesano en Tejas.

Estamos acercándonos el término del año.  Se ha tomado la cosecha, y todo el mundo anticipa las fiestas del fin del año.  Antes de celebrar el Día de Acción de Gracias, la Virgen de Guadalupe, y del nacimiento del Salvador, los mandamientos de Jesús deberían movernos pensar en los necesitados.  Sean tan cerca como nuestro vecino a quien llevaron a vivir en un asilo o tan lejos como los niños sin comida en las partes devastadas por la guerra en la África, deberíamos planear ahora cómo responder a su miseria.  Nuestro apoyo no solo hará la Navidad más cumplidora para ellos sino también para nosotros.

El domingo, 18 de octubre de 2026

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 45:1.4-6; Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

Así como el año está llegando a su fin, nuestra lectura del Evangelio según San Mateo está terminando.  Jesús ha llegado a Jerusalén donde estará crucificado en pocos días. Ha criticado al liderazgo del pueblo judío por su falla de llevar al pueblo a la santidad.  Ha dicho tres parábolas acusando al liderazgo de aprovecharse de sus oficios por su propia riqueza y poder.  Atestiguamos todo esto en los evangelios de los últimos tres domingos. 

En el evangelio de hoy los líderes quieren tomar revancha.  No solo quieren descreditar a Jesús a la gente sino también quieren tenerlo ultimado por el gobierno romano.  Mandan a los fariseos y los herodianos para sorprenderlo en un desliz de lengua.  Sus enemigos disimulan sus intenciones cuando lo encuentran con dulces elogios en la boca: "Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad … no buscas el favor de nadie“.   En el Evangelio según Mateo cualquiera que llame a Jesús “maestro” es su enemigo.  Judas lo hará dos veces; los fariseos y herodianos lo hacen ahora.

Sus oponentes le proponen a Jesús la pregunta que se ha hecho famosa: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?" Se le pone a Jesús entre la espada y la pared.  Si responde que no deberían pagar el impuesto, los herodianos – colaboradores con los romanos – les reportarán que está fomentando la sedición.  Pues, pagar el impuesto es una ley romana.  Pero si dice que deberían pagarlo, los fariseos informarían a la gente que Jesús apoya a los romanos.  Esto causaría que la gente lo abandone porque la presencia de Roma en Israel es bien resentida.

Con la perspicacia fina Jesús descubre su plan. No responde a la pregunta directamente.  Más bien, frustra a sus oponentes por decir el obvio: "Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".  De hecho, los pone en la defensa cuando les pide una moneda.  Pues, llevan la moneda con la imagen de César indicando que ellos, no Jesús, cooperan con el imperador.

No obstante, quedamos con las preguntas: ¿qué debemos al estado? y ¿qué debemos a Dios?  El estado nos requiere la virtud de patriotismo.  A decir, debemos nuestra obediencia a las leyes, nuestra participación informada en las elecciones, y nuestro servicio en la defensa de la paz.  A Dios, nuestro Creador, Salvador, y Sustentador, debemos todo.  Le debemos aun el patriotismo porque según San Pablo Dios establece los gobiernos para mantener el orden del pueblo.  Podemos expresar nuestra deuda a Dios también con tres frases.  Le debemos la verdad en todo lo que decimos, el servicio en todo lo que hacemos, y el amor en todo lo que queremos.

Muy bien. Deberíamos pagar los impuestos, combatir en las guerras, y obedecer las leyes.  Pero ¿qué pasaría si los impuestos son exagerados, la guerra se declaró de forma temeraria, y las leyes son patentemente injustas?  ¿Hasta qué punto estamos obligados a servir al estado?  Rezamos todos los días “… no nos deja en tentación” para evitar tales situaciones difíciles.  Pero si nos pasan, esperamos que podamos actuar con la prudencia y fortaleza.  Queremos dar gloria a Dios mientras nos declaramos opuestos a la injusticia. 

El domingo, 11 de octubre de 2026

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

Vemos una otra parábola en el evangelio de hoy. Quizás sea mejor que digamos que hay dos parábolas.  La primera es la historia del banquete hecho por un rey para las bodas de su hijo.  La segunda tiene lugar durante el banquete cuando un hombre llega sin traje de fiesta.  Parece separada de la historia principal porque tiene un propósito diferente.  Antes de que miremos de cerca estas historias, que revisemos nuestro conocimiento de parábolas.

La palabra parábola significa comparación. Para entender una cosa no conocida, el contador de parábolas la compara con una cosa bien conocida.  Por ejemplo, para descubrir la grandeza del Reino de Dios, Jesús dice que es como una perla de gran precio.  Las parábolas pueden ser tan cortas como una frase o tan largas como la historia del hijo pródigo. 

Jesús era un genio en contar parábolas, sean cortas o largas.  Sus parábolas llamaron la atención.  Pero más importante, a menudo le conmovieron a la gente a reconsiderar sus planteamientos en la vida.  Se puede tomar la parábola del Buen Samaritano como ejemplo.  Un maestro de la Ley pregunta a Jesús, “’¿Quién es mi prójimo?’”  Entonces Jesús relata la parábola del samaritano que salvó la vida del hombre asaltado por ladrones.  Jesús le pregunta al maestro quién era el prójimo al asaltado.  El maestro, que sin duda odiaba a los samaritanos, tuvo que admitir que el prójimo era miembre del pueblo odiado.  Al escuchar esta parábola, nosotros tenemos que recapacitar nuestro planteamiento acerca de los pueblos que resentimos.

En el evangelio de hoy la parábola del banquete del rey es una alegoría muy semejante a la parábola del domingo pasado.  El rey es Dios. El banquete de bodas es la fiesta en el Reino al cielo donde Jesús acepta a la Iglesia como su novia.  Los primeros criados son los profetas, y los segundos son los apóstoles.  Los invitados son los judíos que rechazan a Jesús como el mesías de Dios.  Finalmente, la gente de los caminos son los no judíos, los gentiles, que aceptan a Jesús y son bautizados.  El propósito de la parábola es decir que por la mayor parte serán solo los gentiles bautizados, y no los judíos, que desfrutarán del banquete del Reino.

La segunda parábola cuenta de lo que pasa durante el banquete.  Se le echa afuera el hombre que entra el banquete sin traje de fiesta.  “No es justo” pensemos. “Probablemente era tan pobre que no tenía un traje de boda”.  Sin embargo, la excusa no vale porque los trajes fueron fácilmente alcanzables. El traje de fiesta representa las buenas obras que son requisitas para mantener un lugar en el banquete del cielo. Aunque la persona es bautizada, no es garantizada un lugar en el banquete celestial. Tiene que alimentar a los hambrientos y visitar a los enfermos etcétera para desfrutar la vida eterna.

Aquellos que quieren mirar el fútbol o las telenovelas siete noches de la semana, deben poner atención a esta parábola.  Sí es necesario descansar y recrear para nuestra vida natural.  Sin embargo, también es necesario ayudar a los necesitados para tener la vida eterna.  Sí el matrimonio es necesario para satisfacer nuestros deseos de la carne.  Sin embargo, también es necesario que los matrimonios apoyen a uno al otro emocional y espiritualmente.  Asimismo, los dos tienen que cooperar en la crianza de sus hijos.

La vida es compleja.  A menudo queremos navegarla haciendo lo que hace la mayoría de gente.  Por lástima la mayoría de gente busca lo que es cómodo y conveniente, no lo que tiene valor eterno.  Jesús dijo parábolas para sacudirnos de esta complacencia.  Nos indican los modos de Dios que nos llevan al banquete celestial.  No son tan difíciles para vivir como pensamos.  Pues tenemos a Jesús como nuestro compañero.

El domingo, 4 de octubre de 2026

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

En el evangelio de hoy encontramos otra parábola. Puede parecer tan insignificante como la historia de la semana pasada sobre el hombre con dos hijos. Sin embargo, ambas son valiosas cuando se comprenden en su totalidad. Las dos parábolas están dirigidas al mismo público. Jesús debate con los líderes religiosos de Jerusalén. Les dice que Dios está reemplazando su régimen porque no han guiado al pueblo hacia la justicia. En palabras del evangelio de hoy, no han entregado al Señor sus frutos.

La parábola de hoy del propietario y los viñadores es una alegoría. Las alegorías son historias en las que cada personaje y objeto representa a una persona y un objeto de la vida real. Cuando el profeta Natán le contó al rey David la historia del hombre rico que mandó sacrificar la única oveja del hombre pobre, estaba haciendo una alegoría. David, por supuesto, era el hombre rico; el soldado Urías, el pobre; y la oveja, Betsabé, la hermosa esposa de Urías.

La alegoría de los viñadores es más compleja. La viña representa el Reino de Dios, entregado a los viñadores, los líderes judíos, para que produjeran fruto, un pueblo justo. Sin embargo, los líderes judíos han fracasado en esta tarea. En lugar de vivir con justicia, han asesinado a los siervos del propietario, los profetas, y crucificarán a su propio hijo, Jesucristo. Ahora, el reino está siendo arrebatado a los judíos y entregado a nuevos viñadores, los gentiles. Se espera que estos no judíos produzcan verdadera justicia.

Los gentiles de la historia son nuestros antepasados. Son los pueblos no judíos que recibieron el evangelio de misioneros como San Pablo. Por lo tanto, podríamos preguntarnos si estamos produciendo justicia. Quizás lo mejor sería que cada uno de nosotros se lo preguntara individualmente. Utilizando las edificantes palabras de San Pablo en la segunda lectura de hoy, ¿estoy “aprecien(do) todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio”? 

Se puede suponer que en la Misa dominical recibimos la ayuda necesaria para vivir según los elevados estándares de San Pablo. ¿Tenemos presentes a nosotros la Palabra de Dios y el comentario del sacerdote de modo que los vivamos los siete días de la semana? Me temo que muchos de nosotros a menudo no superamos esta prueba.

Venimos a la iglesia el domingo para visitar a Dios en su santo templo. Pero, durante la semana, ¿visitamos a los enfermos y a los presos? ¿Al menos, los llamamos por teléfono? ¿Damos cinco o diez dólares en la colecta para las necesidades de la parroquia? ¿Pero apartamos algo de dinero para los pobres y necesitados? Podemos leer o realizar otros servicios en la Misa, pero ¿qué servicio ofrecemos para el beneficio de nuestra comunidad durante la semana?

En efecto, hay miles de necesidades que podemos atender. Para cumplir con las normas de Pablo, deberíamos lograr al menos una. Pero quizás no tengamos mucho tiempo. Puede que estemos ocupados con los estudios o que tengamos que trabajar en dos empleos. Entonces, cumplamos diligentemente con nuestras responsabilidades principales. No nos distanciemos de nuestras familias, sino que brindémosles toda la atención y el apoyo posible. Seamos honestos en nuestros trabajos, dedicando una hora de trabajo por cada hora que recibimos. Además, para vivir con “amable y honoroso”, debemos ser respetuosos y sinceros con todos.

Finalmente, por supuesto, oramos los domingos en la iglesia. ¿Oramos también durante la semana? No nos referimos solo a la oración antes de la cena o al rosario por la noche. Más bien, ¿nos comunicamos con Dios como nuestro amigo a lo largo del día? Podemos pedirle su ayuda para ser cristianos fieles. La conversación regular con Él nos hará justos en todo.

 


El domingo, 27 de septiembre de 2026

 

XXVI DOMINGO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Juanito está confundido.  Su madre le ha dicho que tenga el orgullo en todo lo que haga.  Pero la religiosa en su clase de doctrina dice que el orgullo es pecado y que debe ser siempre humilde.  ¿Es posible que las dos tengan razón?

Los sabios explicarían que la madre de Juanito tiene en cuenta un sentido de orgullo diferente de lo de la religiosa.  Aunque no lo sepa, su mamá expresa el sentido del orgullo de Aristóteles, el gran filosofo.  Al otro lado, la hermana enseña el concepto del orgullo de San Pablo a quien encontramos en la segunda lectura de hoy. 

Para Aristóteles el orgullo es lo que conocemos como la magnanimidad. Es la virtud de que las personas reconocen su propia grandeza, está consciente que merece honores, y los reclama.  Entretanto, San Pablo sabe que el orgullo (es decir, el planteamiento que el yo es tan grande como Dios) causó la caída de los primeros hombres.  Pablo se da cuenta también que solo por la humildad de Cristo los hombres no están condenados para siempre.

Según Aristóteles Dios no conoce a los hombres personalmente, y mucho menos se preocupa por ellos.  Pablo, al contrario, por las Escrituras sabe que Dios ama a todas sus creaturas.  Aún más, por su propia experiencia en el camino a Damasco, él podía escribir: “…tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida … ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

Pablo pide a los filipenses que sean humildes por varias razones.  Ante todo, Jesús era humilde.  Como dice el mismo Pablo en la segunda lectura, aunque Jesús es Dios, se humilló por hacerse hombre.  No solo eso, también se sacrificó ambas la vida y la dignidad cuando se entregó a ser crucificado.  Por esto, cuando los filipenses se conducen con la humildad, imitan a su Salvador.  Además, la humildad actúa como un catalizador que da lugar a otros beneficios.  Hace la vida comunitaria más serena.  Y por eso, llama la atención del mundo a Cristo.  Pues, en el fondo del corazón, todos admiran comunidades que muestran poca rivalidad y mucho apoyo mutuo.

El evangelio cuenta de dos hijos del mismo padre.  Un hijo agrada a su padre por cumplir su voluntad, aunque al principio dijo que no lo haría.  El otro hace lo opuesto.  Así se puede hablar de diferentes tipos de humildad.  Un tipo agrada a Dios y los otros no le agradan.  La humildad que desemboca en el odio para el yo no puede agradar a Dios.  Después de todo, somos la creación de Dios digna del amor.   Otro tipo de humildad problemático llama atención al yo por repetir autocríticas.  La persona que constantemente dice, “estúpida yo” y “¿qué sé yo?” probablemente piensa de sí mismo más sagaz que sus interlocutores. 

Quisiéramos preguntar: “¿Cómo podemos considerar a todos mejores que nosotros como Pablo nos quiere en la lectura?”  Con algunas personas con faltas serias parecería que estemos participando en una farsa.  Sin embargo, no sabemos los corazones de otras personas.  Solo Dios sabe eso.  Por eso, para que no subestimemos a nadie es mejor que pensemos de ellos como mejores sabiendo que al final, se revelará la verdad.

San Agustín escribió que las tres reglas más importantes para seguir a Cristo son primero, la humildad; segundo, la humildad; y tercero, la humildad.  Pues, por la humildad superamos el orgullo, la fuente de todo pecado. Además, por la humildad nos asemejamos a Cristo y también a su madre, María.  Finalmente, por la humildad indicamos que nuestro propósito en la vida no es glorificar a nosotros sino a Dios.

El domingo, 20 de septiembre de 2026

 

XXV DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

¿Jamás se han dado cuenta de que los niños son muy atentos a la justicia?  Si damos a un niño una pieza de pastel mayor que al otro, van a gritar, “No es justo”.  Sin embargo, a menudo les faltan la experiencia y la sabiduría para discernir la justicia verdadera.  Ven solo el resultado de un hecho sin considerar otros factores que se incluyen en la justicia.  El niño que recibió la mayor pieza habría podido ser el último en la fila cuando se agotaron las hamburguesas.  El evangelio hoy cuenta de trabajadores a quienes asimismo les falta un sentido adecuado de la justicia.

Se encuentra la parábola del viñador y los trabajadores después de la historia del joven rico que pregunta a Jesús qué deber hacer para ganar la vida eterna.  Cuando Jesús le avisa que venda sus bienes, done el producto a los pobres, y siga a él, el rico lo deja entristecido.  Entonces Jesús proclama que es imposible para los hombres a salvar a sí mismos, que solo Dios puede lograrlo.  A este momento Pedro le recuerda a Jesús que los discípulos han dejado todo para seguirlo, y Jesús les asegura que su premio de vida eterna es seguro.  Añade: “’Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros’”.  Entonces, les cuenta la parábola de los trabajadores en la viña  para explicar el significado del dicho.

Los primeros en la parábola son aquellos que han trabajado todo el día bajo el peso del sol.  Reciben el denario que fue prometido en la madrugada, pero esperaban más porque aquellos trabajadores que llegaron a la viña mucho más tarde recibieron el mismo denario.  Cuando los trabajadores que habían trabajado más tiempo protestan al propietario, se les dice que recibieron la cantidad acordada. No fueron ni defraudados ni engañados.

La cuestión aquí es la justicia del propietario y, porque el propietario obviamente representa a Dios, la justicia de Dios.  ¿Es Dios justo o injusto con los judíos que han vivido bajo el peso de Torá toda su vida, mientras que los cristianos griegos, que conocieron la voluntad de Dios aparentemente ayer, gozan de la misma gloria como su destino? Sentimos la misma inquietud cuando vemos a los ricos llegar a misa en sus Lexus y a los pobres en autobús. Aunque Dios nos parezca caprichoso por no recompensar más a quienes se han esforzado más, debemos reconocer que desconocemos todos los factores involucrados. Somos como niños que lloran: «¡No es justo!». Sin embargo, nuestro sentido de la teología puede ser erróneo.  La vida eterna no es recompensa para el trabajo sino un regalo a Dios a sus hijos.  Ni los santos ni los asesinos reformados merecen el cielo por sus propios esfuerzos más que un bebé merece nacer en los Estados Unidos y no en Haití.  Solo por haber vivido como sus hijos demostrando el amor del Espíritu Santo a todos podemos hablar de merecer el Reino de Dios.

No debemos pensar en la gracia de Dios como arbitraria.  El Concilio Vaticano II enseñó que Dios ha proporcionado a todos, aún a los no bautizados, la gracia para obtener la vida eterna.  Como dice el profeta en la primera lectura, los caminos del Señor no son los caminos humanos.  Puede ser que algunos no tengan que luchar tanto como los demás.  Sin embargo, nadie falta las medidas para llegar a su Reino.

Una cosa más.  Después de escuchar la protesta de los primeros trabajadores, el propietario responde a uno de ellos: “’Amigo, yo no te hago ninguna injusticia’”.  La palabra griega usada aquí para “amigo” no pretende de significar una persona querida.  El griego no dice “filos” sino “hetaire” que no lleva el afecto de “amigo".  “Hetaire” es más un camarada que un amigo.  Es significante porque los verdaderos amigos de Dios no se quejarían por ver a los demás recibir sus bendiciones.  Al contrario, los amigos de Dios dotados con el Espíritu Santo se regocijarían cuando ven a sus otros amigos favorecidos.