El domingo, 9 de mayo de 2021

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 10:25-26.34-35.44-48; I Juan 4:7-10; Juan 15:9-17)

Estos días no sólo jóvenes dicen a sus novias: “Te amo”.  Las madres lo dicen a sus hijos y los esposos a uno a otro.  Los amigos y familiares frecuentemente lo repiten entre sí.  Las palabras traen el sentido de paz y bienestar. Sí puede ser usada tanto la frase que se haga trivializada.  No obstante, aun así proporciona un modo de satisfacción.

Ciertamente el amor entre personas casadas por veinte años o el amor de padres para sus hijos se difiere del amor profano.  El amor profano se asocia con la codicia.  La persona que profesa este amor tiene en mente su propio bien, no aquel del amado.  Sin duda es el caso cuando la persona dice: “Amo chocolate” o aun: “Amo Nueva York”.  También se indica el amor codicioso cuando se habla de “hacer el amor”.  Lo que importa a la persona que “hace amor” es el placer que recibe.  No le hace caso que el acto sea vicioso. 

En la segunda lectura el presbítero Juan hace el comentario intrigante que “Dios es amor”.  Quiere decir que como Dios nos hizo para compartir el bien de su ser, el amor verdadero es la disposición de darse por el bien del otro.  Cuando Jesús manda en el evangelio hoy que amemos los unos a los otros, tiene en mente este tipo de amor.  Se ve este amor en los adultos cuidando a sus padres ancianos.  Durante el confinamiento escuchábamos muchas historias de personas haciendo todas las tareas de sus padres para que no se expusieran al virus. 

Lo que impide este amor de Cristo es “el yo”.  Nos preocupamos de que, si nos involucramos en el servicio por el otro, perderíamos algo precioso a nosotros.  La pérdida podría ser salidas al recreo, la comodidad de tener los días libres, o la paz de mente cuando nos envolvernos en los problemas de otras personas.  Pero hay otra cosa en juego aquí. El yo siempre quiere más.  No se puede satisfacer su deseo para atención y admiración.  En lugar de tratar de colmar el apetito voraz del yo, deberíamos inculcar el primer principio de cristianismo.  El papa San Juan Pablo II dijo que el primer deber del cristiano es aceptar el amor de Dios. Convencidos de su amor, vamos a hacer todo necesario para unir a nosotros mismos con él.  Como Jesús no se cansa de decirnos en este Evangelio de Juan, tenemos que amar a uno a otro para tener la vida eterna.

El padre Henri Nouwen era tal vez el más reconocido escritor de la espiritualidad cristiana de la segunda mitad del siglo pasado.  Escribió montones de libros sobre el acercamiento a Dios.  Sus últimos escritos se enfocaron en la comunidad de jóvenes discapacitados en que vivió. Dijo que el discapacitado que ayudaba todos los días le enseñó una verdad imprescindible: la mente no hace a la persona imagen de Dios sino el corazón que deja la preocupación con sí mismo para darse al otro en el amor.  Por eso, si vamos a vivir según la nobleza de nuestro ser, tenemos que amar como Cristo.

Hoy es el Día de la Madre.  Brindamos a nuestras madres primero por darnos luz.  En esta época de aborto llevar a un bebé al término puede representar gran sacrificio.  Pero aún más las celebramos a nuestras madres hoy por darse a nosotros en el amor por toda nuestra vida.  Esto es el tipo de amor que Jesús quiere que demos a uno a otro.  No vamos a hacerlo con la misma entrega e intensidad que tenemos para nuestras madres.  Pero sí vamos a mostrar la disposición de sacrificarnos por los demás.  Es lo que Jesús hizo por nosotros y lo que él pide qua hagamos por los demás.


El domingo, el 2 de mayo de 2021

 

EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 9:26-31, I Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)

A menudo un pobre llama la parroquia para pedir ayuda.  No pocas veces es madre con dos o tres hijos.  Dice que está en un hotel en otra parte de la ciudad.  Necesita comidas, pañuelos, y dinero para pagar renta.  El párroco quiere ayudarle, pero no puede darle todo lo que necesita.  Le pide que venga para comestibles y la refiere a las agencias con mejor capacidad para ayudarle.  Piensa el párroco: “Si solo ella fuera conectada con la parroquia, habría más opciones para ayudarle”.

Nos recuerda esta mujer no conectada las palabras de Jesús en el evangelio hoy, “’Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá’”.  Aquellos que tienen una relación con Jesús por la Iglesia, que es su cuerpo, tienen recursos en abundancia.  En contraste, a aquellos que se olvidan de Jesús a menudo les faltan los básicos.  No hablamos aquí solamente de cosas materiales para la sobrevivencia.  Lo que decimos es más aplicable a las necesidades espirituales que son aún más esenciales.  Éstas incluyen preceptos para restringir las pasiones desenfrenadas y personas de modelo que nos muestran cómo vivir rectamente.  Sobre todo, la Iglesia tiene la presencia de Cristo que sirve como lastre impidiendo nuestra nave de hundirse.

En la primera lectura vemos cómo la comunidad cristiana ayuda a Pablo.  Recientemente convertido al Señor, Pablo no se cansa de proclamarlo a todos.  Cuando su afán ofende a los judíos, miembros de la comunidad intervienen.  Le arreglan el traslado a otra ciudad para salvar su vida. 

Logramos la conexión con Jesucristo por tres maneras.  Primero, la lectura del evangelio nos trae sus mismas palabras.  Estas palabras imparten su consejo, su consuelo, y sus mandamientos.  Se hacen una base firme sobre que podemos construir nuestras vidas.  Segundo, en la Iglesia tenemos los sacramentos.  Particularmente en el Bautismo y la Eucaristía nos acompaña Cristo.  El Bautismo nos une con su muerte y resurrección. Sus aguas nos transmiten la vida nueva de hijos de Dios destinados a la felicidad eterna.  La Eucaristía nos mantiene conectados con Cristo con cada vez más sensibilidad y seguridad. Tercero, siempre nos conecta con Jesús la oración.

En el evangelio hoy Jesús recalca su presencia por los sacramentos.  Dice que él es como la vid permitiéndonos no sólo la vida como sus sarmientos sino también la eficaz creciendo.  Jesús hace posible que amemos de verdad, como recomienda el presbítero Juan en la segunda lectura, y no de lujuria o de codicia.  Como Jesús dio su vida por nuestro bien, nosotros podemos hacer sacrificios por los demás. 

Un ejemplo de este sacrificio es la historia de los misioneros de FOCUS.  Son recientes graduados de la universidad que dan al menos un año de servicio en los campos universitarios. Evangelizan, eso es, cuentan a los jóvenes del amor de Dios.  Arraigados en la fe, los misioneros de FOCUS pueden conectar a los estudiantes a Cristo.  Un misionero de FOCUS dice: “…un día en la misa me golpeó el hecho que estuvieron conmigo muy pocos jóvenes.  Mi corazón gritó por ellos, y me di cuenta de que Dios quería que yo llevara a cuantos como posible a la fe”.

En el mundo actual hay tantos modos para conectarse con los demás que nos da vértigo.  Cartas, emails, textos, teléfono, Facebook: parece que la lista no termina.  Los modos para conectarse con el Señor son menos numerosos, pero tal vez más eficaces.  Podemos leer su palabra, recibir los sacramentos, y rezar a él.  Nos conviene aprovecharnos de los tres para que no perdamos el contacto.  Leer la palabra, recibir los sacramentos, y rezar nos mantienen conectados.

El domingo, 25 de abril de 2021

 EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

No sé si ustedes hayan oído de una “misión suicida”.  Es tarea tan peligrosa que las personas involucradas no se esperen a sobrevivirla.  Una patrulla cargada con penetrar muy dentro del territorio enemigo para explotar un depósito de municiones podría ser una “misión suicida”.  También se puede pensar en la misión de Jesús en el mundo como una “misión suicida”.

Pero primero tenemos que aclarar una cosa.  Una “misión suicida” no es suicidio porque los involucrados no tienen ninguna intención de tomar sus propias vidas.  Si resulta en la muerte de los involucrados, no era su intención de morir.  Más bien, la muerte sería un mal que no podrían evitar en la búsqueda de un bien importante.  El evangelista Juan retrata a Jesús como un voluntario partiendo en una “misión suicida”.  En el pasaje hoy Jesús declara su misión: él es “’el buen pastor (que) da la vida por sus ovejas’”.

Se puede ver a Jesús llevando a cabo su “misión suicida” durante la pasión.  Cuando llegan Judas con los soldados al huerto, Jesús no se esconde. Más bien, acoge a sus captores como un anfitrión a sus huéspedes.  Dice el evangelio: “Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó…” Porque ha venido la hora de su sacrificio supremo, no se la trata de esquivar.  Dijo en la cena con sus discípulos: “’¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora?” ¡Sí, para eso he llegado a esta hora!’”  Para recalcar que Jesús se sacrifica a sí mismo por el bien de todos, Juan retrata a Jesús cargando su propia cruz.  En el evangelio según San Juan no hay ninguna mención del cirineo ayudando a Jesús.

Como hermanos y hermanas de Jesús, tenemos que emprender nuestra propia “misión suicida”.  Esto no es a decir una tarea que costará nuestra vida.  Solo implicará nuestro servicio.  Tenemos que disponer nuestros talentos para el bien del Reino de Dios. Se necesitan algunos para los ministerios del altar.   Curiosamente, a veces hay pocos entre los asistentes en la misa dispuestos a leer la Palabra de Dios o actuar como ministros extraordinarios de la Santa Comunión.  Hay aún menos los voluntarios para llevar la Santa Hostia a los ancianos en asilos o a visitar a los prisioneros en las cárceles.  ¿Por qué?  Porque la gente considera a aquellos servicios como no necesarios para complacer a Dios.  Pero la segunda lectura responde a este tipo de pensar.  Dice: “Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él (Jesús)”. Eso es, como el sacrificio de Jesús de sí mismo agradó a Dios Padre, así nuestro servicio lo agrada.

Como se dice del hombre cojo en la primera lectura, también es cierto de nosotros.  Somos curados en el nombre de Jesús.  Si damos de comer a los hambrientos e instruimos a los indoctrinados como Jesús ha enseñado, tendremos la vida plena en su nombre.  Podemos contar con esto tanto aún más que una comida plena en la cocina de nuestra madre.

En una diócesis el obispo organizó un fundo para apoyar nueve escuelas católicas en las partes más pobres de la ciudad.  Algunos criticaban al obispo.  Le preguntaban: “¿Por qué queremos a educar a los no católicos?”  El obispo respondió, “Los educamos no porque ellos son católicos sino porque nosotros somos católicos”.  Sí, ser católico implica servir a los demás.  No se puede ser católico bueno si no quiere servir.

El domingo, 18 de abril de 2021

 TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 3.13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)

Se dice que los ex alcohólicos se hacen los promotores más fervientes de la sobriedad.  Su motivo es sencillo.  Han causado tantos problemas para sus seres queridos que quieran compensar sus pecados.  Es igual con algunas mujeres que han tenido abortos.  Se sienten tan contritas que protesten con el más fervor delante de las clínicas de aborto.  Por eso, no deberíamos estar sorprendidos ver cómo Pedro actúa en la primera lectura.  El que negó a Jesús hace ninguna disculpa cuando acusa a los judíos de la muerte de Jesús y exigir su arrepentimiento.

Aunque es directo y fuerte en su acusación, Pedro provee excusa por las acciones de los judíos.  Dice que actuaron por ignorancia.  Según Pedro, si los judíos conocieran quien era Jesús, nunca habrían insistido que fuera crucificado.  Casi siempre es igual con nuestros pecados.  Aunque deberíamos saber mejor, no escogemos el mal por ser mal sino bajo el aspecto de lo bueno.  No bebemos demasiado porque queremos borrachearnos.  Más bien, bebemos mucho porque queremos relajar después de haber trabajado duro.  No difamamos al otro para destruir su reputación.  Más bien, lo criticamos porque queremos justificar nuestra perspectiva de la vida.

Esto es a decir que nuestros pecados tienen la misma raíz.  Queremos poner nuestra voluntad, nuestro modo de ver la realidad, antes de la voluntad de Dios.  Nuestra voluntad se nos hace más importante que los mandamientos de Dios.  En la segunda lectura el presbítero Juan nos cuenta que conocemos a Dios tanto como cumplamos sus mandamientos.  Si lo conocemos como sus hijos e hijas, siempre pondríamos su voluntad antes de todo.  En lugar de buscar las faltas de otras personas, rezaríamos por ellos.  En vez de buscar travesuras en el Internet, le agradeceríamos a Dios por los beneficios que tenemos.

Jesús murió en la cruz para quitar nuestros pecados.  Fue un sacrificio humano tan perfecto que compensó los pecados de todos los demás hombres y mujeres.  Además, su sumisión a la voluntad de su Padre nos dio un modelo eficaz de poner a Dios primero en la vida.  Es modelo porque nos enseña cómo darnos en el amor por el otro.  Es eficaz porque su muerte ha dominado el mal para todos los que se unen con él.  Es como el descubrimiento de la vacuna de Covid nos ha liberado a toda la humanidad de la amenaza del virus.

En el evangelio Jesús declara que el mensaje del perdón será predicado al mundo.  Una vez reciban el Espíritu Santo, los apóstoles comenzarán esta misión. Nosotros, los beneficiarios del mensaje, hemos dominado nuestra voluntad propia, al menos por un rato.  Sin embargo, la tendencia a pecar nos apega como sanguijuelas.  ¿Por qué es tan fuerte la voluntad propia? Porque tememos que vayamos a perder algo valeroso si nos sometemos nuestra voluntad a la de Dios.  En el evangelio los discípulos no creen en la resurrección antes de que coman con el Señor resucitado.  Que hagamos lo mismo por medio de la Eucaristía.  Escuchando su palabra y comiendo su carne con la intención apropiada, Cristo fortalecerá nuestra fe.  Entonces nos daremos cuenta de que no perdemos nada significante por someter nuestra voluntad a la del Padre.  Más bien, logramos la herencia de hijos e hijas de Dios; eso es, la vida eterna.

Hay una canción famosa que, traducida al español, se llama “mi modo”.  Las letras cuentan de una persona que siempre hace cosas a su propio modo.  Evidentemente la persona cree mucho en sí mismo.  No es necesariamente malo hacer cosas a nuestros modos ni es malo creer en nosotros mismos.  Sin embargo, nuestros modos y la creencia en nosotros mismos tienen que someterse a los modos divinos y la creencia en Dios.  Solo así dominamos el pecado.  Solo así heredaremos la vida eterna.

El domingo, 11 de abril de 2021

Segundo Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia (Hechos 4:32-35; I Juan 5:1-6; Juan 20, 19-31)

Hace trece años el Papa Benedicto bautizó a un musulmán en la vigilia pascual.  El converso, nativo de Egipto, era periodista bien conocido en Italia.  Dijo al tiempo que se ponía su vida en peligro por haber hacerse católico.  A pesar de su muestra de fe y valentía, después algunos años, el converso dejó la Iglesia.  Se nos recuerda su historia cuando leemos la primera lectura hoy de los Hechos de los Apóstoles.

La lectura describe la vida de la Iglesia primitiva de Jerusalén.  Dice que en el principio todos miembros de la comunidad estaban del mismo corazón y mente.  Compartían todos sus recursos para que nadie se anduviera en necesidad.  Sin embargo, en la continuación de la historia aparece un fraude entre los miembros.  Una pareja finge dar todo el dinero recibido de la venta de su casa a la comunidad.  Sin embargo, ha guardado una parte de ello para sí mismos. Parece más el orgullo que la avidez que motiva a la pareja.  Quieren ser conocidos como generosos.  En fin, a pesar de la reciente renovación con el Espíritu Santo, el pecado está acechando para enredar a los cristianos en intrigas. 

Ahora también nosotros tenemos que luchar con la tentación de pecar.  Muchas veces es el orgullo lastimado que nos mueve a ofender a Dios.  Los padres a menudo tienen esta experiencia.  Quieren ser los mejores guardianes posibles de sus hijos.  Prometen a sí mismos mostrar la comprensión y la sabiduría cuando sus hijos tienen problemas.  Pero cuando reciben el reporte que su hijo estaba interrompiendo la clase por la quinta vez este año, pierden la paciencia.  No quieren que su hijo sea el payaso de la clase. Le gritan y amenazan con castigos exagerados.   ¿Qué deben hacer para resolver la situación?  sí tienen que hablar con su hijo, pero también deben buscar una sanación interior.

Según el evangelio hoy, no hay mejor remedio que someterse a la misericordia de Jesús.  Muestra a un apóstol cometiendo un error patético.  En el día de la resurrección los discípulos escucharon de María Magdalena que Jesús vive.  Cuando fueron al sepulcro, no encontraron su cuerpo. Esa noche Jesús les apareció.  Pero cuando cuentan a Tomás, que no estaba con ellos esa noche, que vieron al Señor, él rechaza su testimonio.  Con gran fanfarria dice que, si no se mete su dedo en sus heridas, no creerá. Es una falta de fe de parte de, no menos, un compañero de Jesús.  Pero Jesús, siempre grande en la con misericordia, no deja a Tomás siga en su incredulidad.  Le viene a él para ofrecerle sus heridas en un gesto de generosidad suprema.

Nos ofrece a nosotros también una segunda o tercera o septuagésima oportunidad para reconciliarnos cuando lo fallamos. Está allí en el confesionario aguardándonos con lágrimas.  Uno de los santos más sabios dijo: “Al no confesar, Señor, solo te escondería de mí, no me de ti".  Deberíamos aprovecharnos del sacramento de Reconciliación regularmente.  No solo nos quita el pecado sino también nos da mayor motivo de no pecar.

Desde el tiempo del papa San Juan Pablo II se ha llamado este domingo, “Domingo de la Divina Misericordia.”  La fiesta destaca el Sacramento de la Reconciliación como un gran fruto de la Resurrección de Jesús.  A veces parece que el tiempo de esta fiesta está fuera de lugar.  Los sacerdotes están cansados de escuchar confesiones después de la Cuaresma.  La gente quiere relajarse.  No deberíamos preocuparnos.  Siempre hay razón de celebrar la misericordia de Dios en el sacramento.  Nos levanta de nuestros errores.  Nos mueve en el camino a la vida eterna.  Siempre hay razón de celebrar la misericordia de Dios.

El domingo, 4 de abril de 2021

 EL PRIMER DOMINGO DE PASCUA

(Marcos 16:1-7)

Podemos imaginar fácilmente cómo se sentían.  Los participantes del funeral del policía matado en Colorado hace dos semanas estaban tristes e incrédulos.  Se preguntaban cómo podría Dios permitir que una persona tan buena como el oficial Eric Tanney morir en el disparo. Tenía a siete hijos y una historia de servicio dedicado.  Encontramos a las tres mujeres en el evangelio caminando al sepulcro de Jesús con emociones tan turbadas como ellos.

Jesús les dio a las mujeres la esperanza de una sociedad más justa.  En lugar de desdén para los pecadores, él predicaba apertura al perdón.  En vez de rehuir a los pobres y enfermos, les ayudó.  En lugar de no hacer caso al maltratamiento de las mujeres en el divorcio, él defendió su causa.  Vio la sociedad transformada por el reino de Dios.  Pero ahora les parece a las mujeres que las esperanzas de una renovación de la vida han caído como casitas en el camino de un bulldozer.

Es posible que algunos de nosotros se sienten así después de uno de los años más difíciles desde las guerras mundiales del siglo pasado.  Sea por Covid o sea por otras enfermedades, varias de nuestras amistades y parientes han muerto este año pasado.  Muchos niños apenas han avanzado en la escuela.  Particularmente la gente más pobre ha tenido dificultades económicas. 

Dentro de la comunidad de fe han surgido varias preocupaciones graves.  Existe la posibilidad de apostasía en Alemania sobre cuestiones morales como “matrimonios homosexuales”.  Covid ha traído nuevas preocupaciones sobre la asistencia de misa. Con el confinamiento y las dispensas de la obligación de asistir en la misa dominical, el número de participantes en la iglesia se ha disminuido grandemente.  Notando la tendencia de abandonar la fe en los tiempos recientes, los demógrafos predicen que muchos que han asistido en misas virtuales no regresarán al templo.  Entonces habrá más parroquias cerradas y menos fondos para continuar la misión apostólica.

Estos problemas prácticos tienen su paralelo en el evangelio.  Las mujeres se preguntan quién quitará la piedra del sepulcro por ellas.  Sin embargo, cuando llegan, descubren la piedra ya quitada.  Vislumbrando adentro, encuentran al ángel.  Él les cuenta que no tengan miedo.  Entonces entrega las noticias inauditas: Jesús ha resucitado.  No se encuentra entre los muertos porque vive de nuevo. 

Este mensaje expresa la fe pascual como nuestra esperanza.  Sí a veces nuestros problemas aparecen abrumadores, pero no van a derrotarnos porque Jesús ha resucitado.  Él va a superar las apostasías, las carencias de gente y de recursos, nuestras dudas y aun nuestra muerte.  Pues, es el Señor de la historia que no se puede vencer.

Jesús, el resucitado, quiere que nosotros participemos en su victoria.  Tenemos que visionar y trabajar para un pueblo renovado.  En el evangelio el ángel manda a las mujeres que digan a los discípulos que lo encuentren en Galilea.  Allá Jesús comenzó su misión con mucho éxito.  De allá comenzará de nuevo a anunciar el Reino de amor y justicia.  Pero esta vez su misión no será limitada a Israel sino incluirá el mundo entero. 

En tiempos pasados en el Domingo de Pascua todo el mundo llevaba ropa nueva.  Podía ser un vestido, una corbata, o un par de zapatos.  Curiosamente, en esta época de abundancia hemos dejado esta costumbre.  No obstante, la ropa nueva era solo un símbolo de la persona renovada.  Se espera que siempre nos vivamos como mujeres y hombres nuevos.  Sea que llevemos vestido nuevo o solo una nueva sonrisa, que practiquemos el amor y la justicia.

El domingo, 28 de marzo de 2021

 DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47)

Cada uno de los evangelistas tiene su perspectiva propia de la pasión de Jesús.  Lucas ve a Jesús repartiendo su bondad a todos lados.  Juan lo tiene reinando sobre el mundo desde la cruz.  Marcos hace hincapié en el sufrimiento de Jesús no solo de la tortura física sino también mental.  En Marcos Jesús muere completamente aislado: de su pueblo, de sus discípulos, aparentemente de su Padre, Dios. Que miremos un poco los rechazos que experimenta Jesús y preguntemos qué nos enseñan.

En Getsemaní Jesús pide a sus discípulos más cercanos que velen con él.  Pero ellos caen en sueño.  Mucho peor uno de los doce traiciona a Jesús, y todos huyen de él.  Jesús está tan absorbido con angustia que no responde ni al beso de Judas, ni al intento mal concebido para defenderlo con espada.  No es difícil imaginar cómo se siente Jesús cuando se marcha con sus captores: ofendido, desilusionado, deprimido.

Jesús no puede esperar justicia de los jueces judíos.  Hacen el juicio en la noche como si quieran ocultar la verdad.  Traen testigos falsos que lo calumnian.  El veredicto es unánime: Jesús debe morir.  Agregan el insulto a la herida cuando le escupen, lo abofetean, y lo ridiculizan por ser profeta falso.  Pero de ninguna manera es profeta falso.  Ha profetizado que iba a sobrellevar tal maltratamiento brutal.

El juico romano no le va mejor.  Pilato trata a Jesús como si fuera un animal.  Para dar gusto a los judíos, él entrega a Jesús a los verdugos. Entonces los soldados lo abusan con azotes y burlas.

Por su puesto, el peor sufrimiento llega con la crucifixión.  Tres grupos de personas lo ridiculizan: los transeúntes, los sumo sacerdotes, y los dos otros hombres crucificados con Jesús.  Ningún discípulo se acude para consolarlo mientras experimenta la angustia extrema.  Finalmente, no puede aguantar más.  Grita, “¿Dios mío, por qué me has abandonado?” y muere.  Solo entonces Dios actúa.  Se rasga el velo en el templo rindiendo el lugar inútil.  El oficial romano proclama el juicio final humano cuando dice de Jesús: “De veras este hombre era Hijo de Dios”.

Parece que Dios nos ha proporcionado esta versión de la pasión para ayudarnos cuando sentimos abandonados y deprimidos.  Puede ser después de la muerto de un hijo o la traición de un esposo.  No sabemos cómo vamos a continuar.  Entonces podemos pensar en Jesús en este evangelio de Marcos.  Él aguanta todo hasta respirar su último suspiro.  Al final descubre que su Padre Dios ha estado de cerca por toda su ordalía listo para redimirlo.  Podemos contar con el mismo Dios porque por Jesucristo es nuestro Padre también.