XXVI
DOMINGO
(Ezequiel
18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)
Juanito
está confundido. Su madre le ha dicho
que tenga el orgullo en todo lo que haga.
Pero la religiosa en su clase de doctrina dice que el orgullo es pecado
y que debe ser siempre humilde. ¿Es
posible que las dos tengan razón?
Los sabios
explicarían que la madre de Juanito tiene en cuenta un sentido de orgullo
diferente de lo de la religiosa. Aunque
no lo sepa, su mamá expresa el sentido del orgullo de Aristóteles, el gran
filosofo. Al otro lado, la hermana
enseña el concepto del orgullo de San Pablo a quien encontramos en la segunda
lectura de hoy.
Para
Aristóteles el orgullo es lo que conocemos como la magnanimidad. Es la virtud
de que las personas reconocen su propia grandeza, está consciente que merece
honores, y los reclama. Entretanto, San
Pablo sabe que el orgullo (es decir, el planteamiento que el yo es tan grande
como Dios) causó la caída de los primeros hombres. Pablo se da cuenta también que solo por la
humildad de Cristo los hombres no están condenados para siempre.
Según
Aristóteles Dios no conoce a los hombres personalmente, y mucho menos se
preocupa por ellos. Pablo, al contrario,
por las Escrituras sabe que Dios ama a todas sus creaturas. Aún más, por su propia experiencia en el
camino a Damasco, él podía escribir: “…tengo la certeza de que ni la muerte ni
la vida … ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios,
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).
Pablo pide
a los filipenses que sean humildes por varias razones. Ante todo, Jesús era humilde. Como dice el mismo Pablo en la segunda
lectura, aunque es Dios, se humilló por hacerse hombre. No solo eso, también se sacrificó ambas la vida
y la dignidad cuando se entregó a ser crucificado. Por esto, cuando los filipenses se conducen
con la humildad, imitan a su Salvador.
Además, la humildad actúa como un catalizador que da lugar a otros
beneficios. Hace las vidas de toda la
comunidad más serenas. Y por eso, llama
la atención del mundo a Cristo. Pues, en
el fondo del corazón, todos admiran comunidades que muestran poca rivalidad y
mucho apoyo mutuo.
El
evangelio cuenta de dos hijos del mismo padre.
Un hijo agrada a su padre por cumplir su voluntad, aunque al principio
dijo que no lo haría. El otro hace lo
opuesto. Así se puede hablar de dos
tipos de humildad. Un tipo agrada a Dios
y el otro no. La humildad que desemboca
en el odio para el yo no puede agradar a Dios.
Después de todo, somos la creación de Dios digna del amor. Otro tipo de humildad problemático llama
atención al yo por repetir autocríticas.
La persona que constantemente dice, “estúpida yo” y “¿qué sé yo?”
probablemente piensa de sí mismo más sagaz que sus interlocutores.
Quisiéramos
preguntar: “¿Cómo podemos considerar a todos mejores que nosotros como Pablo
nos quiere en la lectura?” Con algunas
personas parece que estamos participando en una farsa. Sin embargo, no sabemos los corazones de
otras personas. Solo Dios sabe eso. Por eso, para que no subestimemos a nadie es
mejor que pensemos de ellos como mejores.
Al final, se revelará la verdad.
San Agustín
escribió que las tres reglas más importantes para seguir a Cristo son primero,
la humildad; segundo, la humildad; y tercero, la humildad. Pues, por la humildad superamos el soberbio,
la fuente de todo pecado. Además, por la humildad nos asemejamos a Cristo y
también a su madre, María. Finalmente,
por la humildad indicamos que nuestro propósito en la vida no es glorificar a
nosotros sino a Dios.