El domingo, 14 de junio de 2026

 

XI Domingo del Tiempo Ordinario
(Éxodo 19:2-6a; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36–10:8)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús en el evangelio que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Si es así, podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  Al otro lado, puede ser más duro que siempre transmitir las enseñanzas de Cristo.  No obstante, somos llamados tan mucho como siempre a seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.


El domingo, 7 de junio de 2026

 

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3, 14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Pudiéramos llamar este tiempo del año “la temporada de los grandes misterios”. El domingo pasado celebramos la Santísima Trinidad, conocida como el misterio central de la fe cristiana. Aunque no pertenece a esta época del año, el misterio de la Encarnación, o la Navidad, también tiene una importancia extraordinaria. Asimismo, la Resurrección de Jesús de entre los muertos ocupa un lugar trascendente entre los misterios de nuestra fe. Completamos esta lista de misterios fundamentales del cristianismo con la fiesta que celebramos hoy: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o Corpus Christi.

Antes de reflexionar sobre esta solemnidad, conviene entender qué es un misterio de la fe. No es un enigma que deba resolverse con la inteligencia humana. Más bien, es una revelación de Dios para ser contemplada, aceptada e incorporada a la vida. Hablamos, por ejemplo, de los misterios del rosario, como la Asunción de María y la Transfiguración del Señor. Al contemplarlos, nos damos cuenta de que no están completamente fuera de nuestro entender. Con la gracia del Espíritu Santo, seremos asumidos al Reino de Dios, donde contemplaremos a Cristo glorificado.

Al decir “el Cuerpo y la Sangre de Cristo”, estamos hablando de la Eucaristía, el sacramento que fortalece y profundiza nuestra relación con Jesucristo. En su compañía experimentamos los primeros destellos de la vida eterna. Así avanzamos hacia la meta humana universal de la felicidad para siempre. Las lecturas de hoy nos enseñan en qué consiste este sacramento y cómo transforma nuestra vida.

En el Evangelio, Jesús afirma que da su propio cuerpo para comer y su propia sangre para beber. Como los judíos reaccionan con incredulidad, Jesús enfatiza que no está hablando en sentido figurado. Repite lo que acaba de decir, pero emplea una expresión aún más fuerte: quien mastica su carne permanece en él. ¿Cómo puede la carne de una persona ser consumida sin violar la dignidad humana? La respuesta nos introduce en el misterio eucarístico. El pan de trigo se transforma interiormente en el Cuerpo de Cristo para beneficio de quien lo recibe. No se viola la dignidad humana porque lo que se consume son la apariencia y las cualidades del pan, no las de la carne humana. Sin embargo, bajo la apariencia del pan permanece la realidad del Cuerpo de Cristo.

Como prueba de este misterio, el Cuerpo de Cristo no disminuye dentro de quien lo recibe, sino que crece. En la segunda lectura, san Pablo pregunta: “El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su Cuerpo?” Claro que sí. El Cuerpo de Cristo, que también es la Iglesia, crece a medida que nosotros somos fortalecidos por la Eucaristía. En una frase célebre, san Agustín explica este fenómeno: el alimento ordinario se transforma en quien lo come; pero al recibir el Cuerpo de Cristo, es el comensal quien se transforma en Cristo.

La Eucaristía también es alimento para el camino. La primera lectura proviene del discurso final de Moisés a los israelitas. Allí les recuerda que el Señor los alimentó con otro “pan” extraordinario en el desierto. Ese “pan,” el maná, les permitió continuar su marcha y formarse como Pueblo de Dios. De manera semejante, la Eucaristía nos permite seguir adelante en las luchas de la vida. Con ella podemos superar las tentaciones, crecer en la caridad y soportar las pruebas hasta que lleguemos a nuestro destino definitivo junto a Dios.

Los misterios no son solo para ser contemplados; también deben ser vividos. En cuanto al Cuerpo y la Sangre de Cristo, vivir este misterio exige que respondamos positivamente a algunas preguntas. ¿Damos a la Eucaristía el honor debido al prepararnos para recibirla mediante el ayuno apropiado, pidiendo perdón por nuestros pecados y respondiendo con un sincero “Amén” cuando se nos presenta? ¿Observamos los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia, cooperamos con las iniciativas de nuestra parroquia y participamos activamente en sus ministerios? Finalmente, ¿nos estamos preparando para el último viaje de la vida tratando a nuestros familiares con amor, compartiendo con los pobres de nuestra abundancia y evitando hacer el mal?

Aunque vivir de esta manera exige esfuerzo, vale la pena. No es por nada que la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es llamada “la fuente y cumbre” de nuestra fe católica. Es la fuente porque nos nutre en el camino, y es la cumbre porque se convierte en el banquete celestial.  

 

El domingo, 31 de mayo de 2026

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

Las lecturas de hoy se enfocan en uno de los misterios más profundos de nuestra fe cristiana. Desde casi el principio, la Iglesia ha proclamado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como Dios. Con el tiempo, al Dios trino se le llamó “la Santísima Trinidad”. Durante ocho siglos hubo controversias sobre cómo se interrelacionan las tres personas. Todavía hay mal entendimiento de la doctrina. Entonces surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia intenta tratar la Trinidad en la liturgia? La respuesta no es difícil: porque la doctrina de la Santísima Trinidad afecta cómo conducimos nuestra vida diaria.

La concepción judeocristiana de Dios difiere de las demás. La característica que más define al Dios de la Biblia no es el poder, sino el amor. Casi todos los pueblos primitivos creían que el mundo fue creado por dioses que batallaban entre sí. La cultura de Babilonia, donde el liderazgo judío fue exiliado durante medio siglo, ofrece un ejemplo típico. Los babilonios creían que la gran diosa Tiamat representaba todas las fuerzas del terror: las tormentas, los diluvios, la hambruna y la invasión de tribus extranjeras. Para defenderse del desastre, los dioses menores pidieron al gran dios Marduk que los protegiera de Tiamat. Marduk accedió a salvarlos con la condición de que se convirtieran en sus sirvientes. Entonces Marduk cortó el cuerpo de Tiamat en dos para formar el mar y la tierra. Una vez establecida la tierra, los dioses crearon a los hombres para soportar el yugo del servicio divino. De ninguna manera eran iguales a los dioses. No se veían como sus compañeros, ni portadores de su imagen, ni administradores de sus tierras.

La historia babilónica de la creación difiere completamente del relato bíblico. En la Biblia, el único Dios creó el mundo con la intención de permitir a los seres humanos, hechos a su imagen, cuidarlo. Con el tiempo, Dios les compartió su nombre para que pudieran invocarlo en la necesidad. En la lectura del Éxodo que escuchamos, Dios se revela a sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. En otras palabras, Dios es amoroso.

El entendimiento de Dios como amoroso se expandió con la llegada de Cristo. El evangelio de hoy habla del “Hijo único” de Dios. Entre el Padre y el Hijo hay un gran amor. No obstante, el Padre entregó a su Hijo para salvarnos del pecado. Si es verdad que quien ama mucho, hace mucho, esta entrega por parte del Padre despliega su amor por nosotros. Como dice san Pablo: “Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

El amor entre el Padre y el Hijo se identifica como el Espíritu Santo. El Espíritu no es meramente un rasgo común del Padre y del Hijo como la fuerza. Más bien, es el amor dinámico que los une para siempre. Su amor mutuo se desborda a nosotros para hacernos santos como ellos.

La Santísima Trinidad es totalmente única. No se puede describir fácilmente. ¿Qué distingue a las tres personas? No es lo que piensan: los tres piensan lo mismo. Tampoco es lo que quieren: los tres quieren lo mismo. Ni es dónde están: donde está uno, están los otros dos. Ni es lo que hacen: lo que hace uno, lo hacen los otros dos. El único modo en que difieren es en sus relaciones entre sí. Uno es Padre; otro es Hijo; y otro es el Espíritu de amor.

La doctrina de la Santísima Trinidad nos sirve para recalcar la prioridad del amor en nuestra conducta. Así como el Padre ama a su Hijo y el Hijo al Padre, nosotros deberíamos amar a uno y otro.

 

El domingo, 24 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En este día celebramos la venida del Espíritu sobre los discípulos de Jesús para que lo proclamen como el Señor. Esta fiesta nunca ha recibido mucha atención en Estados Unidos. Para la mayoría de la gente, el Día de la Madre y el Día del Padre eclipsan su importancia. En otros países, sin embargo, Pentecostés atrae la atención tanto de católicos como de no católicos. Estas naciones han conservado la costumbre de observar el día siguiente como día festivo.

Quizás la dificultad para celebrar Pentecostés radica en la misteriosa figura del Espíritu Santo. En la Biblia, Dios Padre y Dios Hijo se presentan como figuras humanas, pero el Espíritu se representa mediante imágenes inusuales. Aparece como una paloma que desciende sobre Jesús en su Bautismo. Es el viento que se cierne sobre las aguas en la historia de la creación del Génesis y que refrena las olas en el relato de la salvación del Éxodo. En el pasaje del Evangelio de hoy, el Espíritu se describe como el aliento que Jesús sopla sobre sus discípulos.

Otra dificultad que se presenta al considerar al Espíritu Santo como Dios es definir su papel en la creación. Si el Padre es el Creador y el Hijo el Redentor, ¿qué hace el Espíritu Santo? Para responder adecuadamente, debemos aclarar que el Hijo y el Espíritu también participan en la creación. Además, el Padre y el Espíritu Santo llevan a cabo la redención junto con el Hijo. Dado que Dios es uno, las funciones de las tres Personas son inseparables. Generalmente, el Espíritu Santo se asocia con la santificación de la humanidad, aunque el Padre y el Hijo también participan en esta obra. Llamamos al Espíritu Santo “el Santificador”, aquel que llena el alma con la gracia.

Podemos examinar las lecturas bíblicas de hoy para comprender mejor al Espíritu Santo. Además de impulsar a los discípulos de Jesús a predicarlo a las naciones, la lectura de los Hechos de los Apóstoles presenta al Espíritu Santo como la Nueva Ley.  Para entender cómo debemos entender el contexto. La fiesta de Pentecostés es de origen judío, no cristiano. Los judíos celebraron que Dios les entregó la Ley a sus antepasados ​​al quincuagésimo día de su éxodo de Egipto. Aquí, Dios cumple su promesa al profeta Jeremías de escribir una nueva ley en los corazones humanos. Esta ley obra en nosotros de tal manera que el amor que manda se convierte en nuestra forma de vida. (Sí, a veces parece difícil vivirla, pero tenemos el testimonio de los santos de que es posible).

San Pablo escribe sobre los dones del Espíritu Santo en la Primera Carta a los Corintios. Son más numerosos que los siete mencionados por el profeta Isaías. Pero todos son necesarios porque el propósito del Espíritu es edificar la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, en todo el mundo. Además, el Espíritu nos forma en ese Cuerpo que Él mismo anima. En otras palabras, el Espíritu, que es amor, actúa a través de nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo. La importancia de esta verdad se puede apreciar en el último pasaje bíblico de hoy.

El Evangelio muestra cómo el Espíritu Santo renueva la faz de la tierra. Al capacitar a los apóstoles para perdonar los pecados, el Espíritu salva a las personas de la culpa. El perdón nos brinda una nueva oportunidad de agradar a Dios mediante nuestro servicio. Además, el Espíritu de perdón se concede a todos los discípulos de Jesús, sean ordenados o no. El Espíritu nos capacita para perdonar las ofensas cometidas contra nosotros. Sin esta ayuda para el perdón, el mundo no tendría futuro. Sería destruido por la venganza, volviéndose cada vez más violento a lo largo de los siglos con el avance de la tecnología.

En resumen, el Espíritu Santo es un don de Dios para nosotros. Él nos edifica al integrarnos al Cuerpo de Cristo. Por eso, nos hace partícipes de su naturaleza divina y herederos de su felicidad eterna.

El domingo, 17 de mayo de 2026

 LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios. Jesús sabe que la solución a estos problemas depende de Dios Padre. Dice a sus discípulos que “rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Y qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Entonces podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  No obstante, estamos llamados tanto ahora como siempre a llevar a cabo la tarea dura de seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.


El domingo, 10 de mayo de2026

 

VI DOMINGO DE PASCUA (Día de las Madres) 

(Hechos 8, 5-8. 14-17; I Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21)

Hoy es el Día de la Madre no solo aquí sino en varios países por el mundo.  Porque han tenido un papel enorme tanto en nuestras vidas, vale reflexionar sobre su aporte espiritual en este espacio. Por decir “vidas espirituales”, significamos nuestra orientación a Dios.  ¿Cómo nos han ayudado nuestras madres acercarnos a Dios?  Que veamos las lecturas que acabamos de escuchar para principios de la vida espiritual.  Entonces los aplicaremos al papel de la madre con ejemplos de la Biblia y las vidas de los santos.

La lectura de los Hechos muestra a Pedro y Juan orando por los conversos que reciban al Espíritu Santo.  Los apóstoles quieren que den las gracias y alabanzas a Dios que caracterizan al Espíritu.  En el Evangelio de Lucas se describe Isabel como “llena del Espíritu Santo” cuando María la visita.  La madre de Juan Bautista exalta a Dios cuando pronuncia a María y el niño en su seno “benditos”.  Santa Mónica, la madre de San Agustín, similarmente alaba al Señor por la conversión de su hijo.  Dijo: “Lo único que deseaba en la vida era verte convertido en católico e hijo del cielo. Dios me ha concedido mucho más al hacer que desprecies la felicidad terrenal y te consagres a su servicio".  Nuestras madres nos enseñaron cómo dar gracias y alabanzas a Dios cuando nos instruyeron el Padre Nuestro.

En la Carta de Pedro el apóstol aconseja a sus lectores que sean dispuestos “a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes”.  Como cristianos queremos evangelizar a los demás con explicaciones verdaderas y sólidas.  Me recuerda de la madre cananea dando al Señor una buena razón para que expulse el demonio de su hija.  Santa Perpetua era una madre cuando fue arrestada por ser cristiana.  En su diario escribió que le explicó a su padre que prefería sufrir el martirio antes que dejar la fe. Nuestras madres nos enseñaron cómo defender la fe cuando respondieron a nuestras preguntas tal como como: “¿Qué pasa cuando morimos?”

El evangelio nos urge a amar a Cristo por cumplir sus mandamientos.  Su primer mandamiento es amar a Dios sobre todo.  Leemos en II Macabeos como la madre viuda de siete hijos vio a cada uno martirizado.  Al más chico del grupo le pidió: “…sé que el Creador del universo … les devolverá misericordiosamente el espíritu y la vida, ya que ustedes se olvidan ahora de sí mismos por amor de sus leyes” (II Macabeos 7,22-23).  El siglo pasado la Santa Giana Beretra Molla, una doctora italiana, rechazó salvar su propia vida con terapia que habría destruido la vida de la bebé en su seno.  Fue un acto de amor abnegado por Dios tanto como por su hija.  Por la mayor parte nuestras madres fueron los primeros para enseñarnos a cumplir la voluntad de Dios por obedecer nuestras conciencias.  Nos decían: “Que tu conciencia sea tu guía”.

Los hijos de una familia solían a preguntar a su madre que querría por el Día de la Madre, la Navidad, o su cumpleaños.  Invariablemente su madre respondió: “niños buenos”.  Es verdad.  Para complacer a nuestras madres solo tenemos que desarrollar la virtud de vivir justos en este mundo de mucha maldad.  Podemos añadir que la virtud incluye la práctica del Cuarto Mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”.


El domingo, 3 de mayo de 2026

 

V DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Cada año, durante las siete semanas de Pascua, escuchamos segmentos de los Hechos de los Apóstoles. Este libro bíblico narra el desarrollo de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén y muestra cómo el Espíritu Santo promueve la difusión del Evangelio en el mundo. La lectura que escuchamos relata cómo la comunidad supera un problema inherente a toda organización humana.

Se ven problemas administrativos en organizaciones tan pequeñas como la familia y tan grandes como el gobierno nacional. Es inevitable que, en algún momento, los administradores de estas organizaciones pasen por alto la necesidad de alguien o tengan desacuerdos entre sí. La primitiva comunidad cristiana no es la excepción. Pero es excepcional en que resuelve el problema sin rencor (al menos según se registra en los Hechos) y con dependencia de Dios.

Los creyentes siguen a Jesús guardando en el corazón algunos principios en cuanto a la disposición de los recursos económicos. Primero, que nadie tenga necesidad. Por supuesto, la preocupación aquí es por los pobres. Segundo, que todos pongan sus bienes al servicio de la comunidad. Este principio desafía a los acomodados. Típicamente han trabajado duro para conseguir sus bienes, de modo que no quieren verlos desperdiciados. Y tercero, que los apóstoles distribuyan los bienes de la dispensa comunitaria según la necesidad de cada uno.

Sin embargo, a medida que la comunidad experimenta un rápido crecimiento, los apóstoles no pueden satisfacer la demanda de recursos. La lectura cuenta que las viudas del grupo de habla griega carecen de alimento. Son judías que vinieron de la diáspora para establecerse en Jerusalén. Acuden a los apóstoles en busca de ayuda para su sustento. Pero, dedicados a la predicación, los apóstoles no pueden suplir su necesidad. Por esta razón, tienen que buscar otro modo de cuidar a las viudas.

Su procedimiento es instructivo. En lugar de ver el problema como político, los apóstoles lo abordan como administrativo. Es decir, no se detienen en la cuestión de por qué son las “viudas griegas” las que sufren necesidad. Más bien, proponen una solución que tal vez les cueste influencia, pero que a largo plazo será mejor para todos. Convocan a la comunidad para seleccionar a siete hombres que puedan servir como administradores de la despensa común.

Se proponen tres cualidades para la selección de los siete. Cada uno debe ser un hombre de buena reputación, para que la gente confíe en él. Debe estar lleno del Espíritu Santo, para guiar a los demás por caminos de justicia. Finalmente, necesita prudencia para administrar los bienes comunes. Entonces los apóstoles les imponen las manos para invocar al Espíritu. Él les transmite la autoridad para cumplir su nuevo ministerio.

Podríamos preguntarnos cómo llega el Espíritu Santo a los siete. El Evangelio de hoy nos da la clave para entender la transmisión del Espíritu Santo. Jesús dice que va a preparar un lugar para sus discípulos en la casa de su Padre. Solemos pensar que la casa de Dios está en el cielo más allá de las estrellas. Pero al principio de este evangelio, Jesús asocia la casa de su Padre con su propio cuerpo. Jesús prepara un lugar para nosotros en la casa de su Padre al entregarse a ser crucificado y resucitar de entre los muertos. Bautizados en este misterio pascual, nos hacemos miembros del Cuerpo de Cristo, la casa de su Padre donde reside el Espíritu Santo.

La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos da una nueva vida de gracia para vivir en este mundo con la vida eterna como nuestra meta. Los siete reciben una doble porción de su Espíritu para su ministerio de atender a las necesidades físicas de la gente.

Estamos cerca de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Más que celebrar “el cumpleaños de la Iglesia”, es tiempo de reflexionar sobre cómo el Espíritu Santo nos está guiando y pedirle los dones para hacer su voluntad. No nos faltará. Él tiene que renovar la faz de la tierra y quiere que lo ayudemos en esta tarea.