LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(Éxodo
34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)
Las
lecturas de hoy se enfocan en uno de los misterios más profundos de nuestra fe
cristiana. Desde casi el principio, la Iglesia ha proclamado al Padre, al Hijo
y al Espíritu Santo como Dios. Con el tiempo, al Dios trino se le llamó “la
Santísima Trinidad”. Durante ocho siglos hubo controversias sobre cómo se
interrelacionan las tres personas. Todavía hay mal entendimiento de la doctrina.
Entonces surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia intenta tratar la Trinidad en
la liturgia? La respuesta no es difícil: porque la doctrina de la Santísima
Trinidad afecta cómo conducimos nuestra vida diaria.
La
concepción judeocristiana de Dios difiere de las demás. La característica que
más define al Dios de la Biblia no es el poder, sino el amor. Casi todos los
pueblos primitivos creían que el mundo fue creado por dioses que batallaban
entre sí. La cultura de Babilonia, donde el liderazgo judío fue exiliado
durante medio siglo, ofrece un ejemplo típico. Los babilonios creían que la
gran diosa Tiamat representaba todas las fuerzas del terror: las tormentas, los
diluvios, la hambruna y la invasión de tribus extranjeras. Para defenderse del
desastre, los dioses menores pidieron al gran dios Marduk que los protegiera de
Tiamat. Marduk accedió a salvarlos con la condición de que se convirtieran en
sus sirvientes. Entonces Marduk cortó el cuerpo de Tiamat en dos para formar el
mar y la tierra. Una vez establecida la tierra, los dioses crearon a los
hombres para soportar el yugo del servicio divino. De ninguna manera eran
iguales a los dioses. No se veían como sus compañeros, ni portadores de su
imagen, ni administradores de sus tierras.
La historia
babilónica de la creación difiere completamente del relato bíblico. En la
Biblia, el único Dios creó el mundo con la intención de permitir a los seres
humanos, hechos a su imagen, cuidarlo. Con el tiempo, Dios les compartió su
nombre para que pudieran invocarlo en la necesidad. En la lectura del Éxodo que
escuchamos, Dios se revela a sí mismo como “compasivo y clemente, paciente,
misericordioso y fiel”. En otras palabras, Dios es amoroso.
El
entendimiento de Dios como amoroso se expandió con la llegada de Cristo. El
evangelio de hoy habla del “Hijo único” de Dios. Entre el Padre y el Hijo hay
un gran amor. No obstante, el Padre entregó a su Hijo para salvarnos del
pecado. Si es verdad que quien ama mucho, hace mucho, esta entrega por parte
del Padre despliega su amor por nosotros. Como dice san Pablo: “Tengo la
certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni
lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo
profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios,
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).
El amor
entre el Padre y el Hijo se identifica como el Espíritu Santo. El Espíritu no
es meramente un rasgo común del Padre y del Hijo como la fuerza. Más bien, es
el amor dinámico que los une para siempre. Su amor mutuo se desborda a nosotros
para hacernos santos como ellos.
La
Santísima Trinidad es totalmente única. No se puede describir fácilmente. ¿Qué
distingue a las tres personas? No es lo que piensan: los tres piensan lo mismo.
Tampoco es lo que quieren: los tres quieren lo mismo. Ni es dónde están: donde
está uno, están los otros dos. Ni es lo que hacen: lo que hace uno, lo hacen
los otros dos. El único modo en que difieren es en sus relaciones entre sí. Uno
es Padre; otro es Hijo; y otro es el Espíritu de amor.
La doctrina
de la Santísima Trinidad nos sirve para recalcar la prioridad del amor en
nuestra conducta. Así como el Padre ama a su Hijo y el Hijo al Padre, nosotros
deberíamos amar a uno y otro.