El domingo, 7 de agosto de 2022

 VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO, 7 de agosto de 2022

(Jeremías 38:4-6.8-10; Hebreos 12:1-4; Lucas 12:49-53)

A todos excepto los más brutos de gentes les gusta pensar en Jesús como “el príncipe de la paz”.  Este término se encuentra en el libro del profeta Isaías para describir el rey futuro que conquistará todos los enemigos de Israel.  Se acuerda bien con Jesús no porque Jesús es jefe militar sino porque ha conquistado el pecado.  Por eso, nos quedamos asombrados cuando lo escuchamos decir en el evangelio hoy: “No he venido para traer la paz sino la división”.

Jesús dice que no solo traerá división sino también el fuego.  Ciertamente está hablando simbólicamente aquí.  No quiere emprender incendios sino instituir el amor lo cual a menudo es asociado con fuego.  Más precisamente, está hablando del amor del Espíritu Santo.  Este amor no busca en primer lugar su propio bien sino el bien del otro.  Igualmente importante, el amor del Espíritu no intenta a satisfacer todo deseo del amado sino quiere facilitar su bien verdadero. ¿No diríamos que el amor de una madre para su bebé es defectivo si le da de comer solo chocolates?  El amor debe dirigirse siempre a la unión del amado con Dios, el bien supremo.  

Jesús dice también que anticipa recibir un bautismo.  Desde que fue bautizado antes de empezar su ministerio, este bautismo es de otro género.  Originalmente el bautismo significaba una inmersión o hundimiento. Se puede decir que la persona abrumada por el dolor ha recibido un bautismo de sufrimiento.  Esto es lo que se entiende acá.  Jesús recibirá un bautismo de sufrimiento cuando muera en la cruz y un bautismo de vida cuando resucite de entre los muertos.  Fuimos bautizados en estas inmersiones de sufrimiento y de cuando nos trajimos a la pila.  Jesús aguarda con grande anticipación este bautismo de muerte y de vida para compartir sus beneficios con nosotros.  No le importa el dolor que lo acompaña porque nos ama tanto.

Cómo Jesús va a traer división debería ser entendible ahora.  Él se ha hecho la persona más significativa en la historia.  Cada persona humana tiene que escoger o por él o contra él.  Es verdad que para la mayoría de los habitantes de la tierra como los chinos, los hindúes, y los musulmanes esta elección no es tanto como un voto para un hombre singular sino por el verdadero amor que él representa.  Este amor, el amor del Espíritu Santo, es más que sentimientos tiernos.  Tiene ramificaciones en los modos vivimos.  Cuando estamos con otros tipos de personas, ¿los respetamos como imágenes de Dios?  Cuando estamos solos, ¿refrenamos los deseos de lujuria o de venganza que rompen una vida sana?  Cuando estamos para votar, ¿consideramos la posición de los candidatos sobre cuestiones cruciales como el aborto y la eutanasia? 

En la primera lectura se puede ver a Jeremías como un tipo de Jesús.  Como Jesús, él predica el amor de Dios para su pueblo.  Pero, otra vez como Jesús, habla de un amor que quiere el verdadero bien no solo la euforia.  Sabe que Dios está corrigiendo a Israel por su infidelidad.  Por eso, no concuerda con los jefes del pueblo que quieren que él aliente a la gente que resista a Babilonia.  Su tiempo en el pozo prefigura el exilio que aguantará Israel en Babilonia.  El pueblo tiene que sufrir para que sea renovado en su fe.

La lectura de la Carta a los Hebreos hace hincapié en la fe.  Exhorta al pueblo que mantenga la fe en Jesucristo como su redentor.  El autor no quiere que regresen a las sinagogas de sus parientes.  Más bien quiere recordarles ponerse al lado de Jesús resultará en un premio eterno.

En el evangelio según San Juan Jesús dice que la paz que él nos da no es la paz de este mundo.  Quiere decir que su paz no es la euforia del cese de hostilidades.  No, su paz llega más al fondo.  Su paz es la división permanente entre nosotros y el pecado.  Es la vida unida con Dios, el bien supremo.

 

Para la reflexión: Explique cómo puede ser Jesús a la misma vez el “príncipe de la paz” y la causa de la división.

El domingo, 7 de agosto de 2022

 DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 18:6-9; Hebreos 11:1-2.8-19; Lucas 12:32-48)

A menudo al principio de la lectura evangélica escuchamos: “Jesús dijo a sus discípulos”.  Estos discípulos no eran la muchedumbre que rodeaba a Jesús.  Más bien eran la gente que lo seguían de lugar a lugar.  Este grupo se comprendía de más que los doce apóstoles.  Eran hombres y mujeres de diferentes tipos de clases y oficios.  Si fueran viviendo hoy, incluirán ustedes tanto como yo.

Por razón de que todos bautizados son discípulos, el Vaticano II hizo hincapié en el llamado a la santidad a todas personas.  Todo hombre y mujer deben esforzarse para vivir como hijo e hija de Dios.  Desgraciadamente muchos, incluso a veces sacerdotes, rechazan el llamado.  Prefieren el placer, el prestigio, o el poder a ser miembro de la familia de Dios.

En el evangelio hoy Jesús emite el llamado a ser santo en forma de un reto.  Cuenta a la gente que vendan sus bienes para dar las ganancias a los pobres.  Dice que con tal generosidad acumularán un tesoro en el cielo donde cuenta el máximo.  Conociendo el temor que tienen con tal propósito, les exhorta: “’No teman’”.  Asegura que Dios les proveerá con los bienes del Reino.

“¿Podemos vivir sin las comodidades terrenas?” nos preguntamos.  Sí podemos, al menos sin muchos de estas cosas.  Me recuerdo de un reporte de los sordos que forman comunidades entre sí.  A veces algunos se enteran de que se les puede proveer el oír.  Pero rechazan la oferta.  Evidentemente están tan satisfechos con sus amistades que no quieran entrar la compañía a menudo tosca de oyentes.  Si ellos pueden seguir adelante sin el oír, nosotros podemos seguir adelante sin algunas cosas que consideramos ahora como necesarias.

Jesús no nos pide que rindamos todas nuestras pertenencias.  No es necesaria que nos empobrezcamos.  Solo quiere que hagamos sacrificios por el bien de aquellos que no tienen las necesidades verdaderas de la vida.  No es que tengamos que sacrificar nuestras vacaciones.  Pero ¿es necesario que hagamos un crucero cada año?  No es que tengamos que vender nuestra casa.  Pero ¿es necesario que tenemos una en la ciudad y otra en la playa?  Tal vez que sí.  Cada uno tiene que decidir por sí mismo lo importante.  Pero nadie puede esquivar el mandato de socorrer a los pobres.

En lugar de vivir anticipando los paquetes de Amazón, Jesús nos tendría vivir esperando a él.  Hace aquí una comparación increíble.  Hemos de vigilar para él como un amo de casa vigilaría para un robador.  No somos para esperar hasta el final de los tiempos para su venida. Pues nos viene continuamente.  Viene Jesús con los pobres que están dispuestos a compartir el poco que tienen.  Viene con los trabajadores que se esfuerzan para rendir su mejor servicio aun cuando nadie los observa.  Vienen en las religiosas que siempre parecen gozosas a pesar de tener un régimen disciplinado por el bien de sus estudiantes. 

En este evangelio Jesús alienta a la gente de no preocuparse por aceptar los retos de hijos de Dios.  Sin embargo, todas sus palabras no son afirmativas.  Advierte a los líderes del pueblo que sean siempre honrados en su servicio.  Por esta razón santo Domingo insistió que sus frailes no vivieran en lugares cómodos sino en conventos austeros.  El santo, cuya fiesta celebramos mañana, dio a sus frailes el ejemplo de animar a la gente con reflexiones profundas sobre la palabra de Dios.

Hemos hablado del evangelio sin decir nada de las otras lecturas.  La segunda lectura es particularmente relevante.  La Carta a los Hebreos elogia a Abraham y Sara por su fe en las promesas de Dios. La fe es el principio de la santidad que buscamos.  Pero porque somos humanos, hechos de cuerpo y alma, la fe es más que una aceptación intelectual de realidades no visibles.  Creemos con nuestros cuerpos cuando hacemos algo en conforme al Dios invisible.  Creemos por hacer sacrificios por el bien de los pobres.


 Para la reflexión: ¿Me considero a mí como “llamado a la santidad”?  ¿Cómo tengo que cambiar para conformarme a este llamado?


El domingo, 31 de julio de 2022

 DECIMOCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiastés 1:2.2:21-23; Colosenses 3:1-5.9-11; Lucas 12:13-21)

A veces nos molestan personas con una interpretación radical de cómo vivir como cristianos.  Reclaman que debemos compartir todo como hacía la comunidad primitiva de los Hechos de los Apóstoles.  Es cierto que los Hechos dice que los miembros de la comunidad ponían todo su dinero a la disposición de los apóstoles para el repartido según necesidades individuales.  Sin embargo, también reporta cómo hubo problemas con el sistema desde casi el principio.  San Pablo nunca recomienda este tipo de compartir comunal en sus cartas, ni habla de ello Santiago, quien es fuerte con su exhortación de ayudar a los pobres. 

No es que los discípulos de Jesús no fueran conscientes de problemas causados por el dinero.  En la segunda lectura hoy Pablo condena la avaricia, que significa el amor del dinero.  De hecho, la llama un ídolo; eso es, cosa que ponemos ante toda otra cosa.  Por la avaricia los millonarios quieren ser billonarios.  ¡Por la avaricia los traficantes de personas humanas causaron la muerte de cincuenta y tres inmigrantes en Tejas el mes pasado!  En el evangelio Jesús nos da una enseñanza sobre el tema. 

Un hombre pide la ayuda de Jesús con su herencia. Reconoce a Jesús como persona ambos sabio y justo.  De hecho, Jesús es tan sabio que no quiera involucrarse en asuntos familiares que siempre son llenos de complexidades.  Sin embargo, se aprovecha de la petición para advertir a la multitud acerca de la avaricia como vicio que descarría a muchos del camino de Dios.

Jesús cuenta la historia del rico que quiere construir graneros nuevos para almacenar su grande cosecha. No dice Jesús que esta persona hace lo malo.  No lo describe como asesino, ladrón, o estafador. Por la mayor parte lo retrata como hombre trabajador que planea y dirige las operaciones de su granja.  Pero tiene una falta fatal.  Dice Jesús que este granjero es “insensato” en el sentido de que no piensa en otras personas.  El hombre siembra y cosecha, guarda su producto y planea todo solamente por sí mismo.  Ni siquiera susurra una palabra acerca de los demás.  ¡Aun habla solo a sí mismo acerca de sí mismo!  Por esta razón Dios le elimina el futuro.

Luego Jesús exhorta a sus escuchadores que sean ricos de “’lo que vale ante Dios’”.  El papa San Juan Pablo II describió esta virtud como “la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común”.  El santo no condenó ni el consumo ni ahorros con tal que no se olvide el bien de los demás, particularmente de los pobres.  No privaría de la persona oportunidades de la educación, del viaje, y del recreo si se hacen con la moderación. 

Hoy se encuentran programas de escuela y de ministerio que combinan el servicio con el viaje internacional.  Parecen como buen ejemplo de gastar dinero para experiencias constructivas mientras huir de la avaricia.  Los jóvenes que participan en los programas viajan a lugares como la África o América Latina para ayudar a los necesitados.  Entretanto ven un ambiente nuevo y conocen una cultura diferente.  Regresan a sus casas enriquecidos y conscientes de otros tipos de gentes.  Realmente no hay que ir al extranjero para tener tales experiencias edificantes.  Pero sí hay que pensar en “lo que vale ante Dios”.

 

Para la reflexión: ¿Cómo podría yo vivir más completamente en lo que vale ante Dios?

El domingo, 24 de julio de 2022

 DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO, 24 de julio de 2022

(Génesis 18:20-32; Colosenses 2:12-14; Lucas 11:1-13)

Si un alumno pidiera a una maestra a enseñar la clase a hablar en público, ¿cómo respondería ella?  A lo mejor, estaría tan asombrada que pensaría que es una broma.  Una vez que descubra que es en serio la petición, la maestra formaría un plan de enseñanza.  Se puede ver el evangelio como el plan de enseñanza de Jesús ofrecido a sus discípulos sobre como orar.

El plan tiene tres partes.  Primero, indica exactamente a quién se dirige la oración.  Segundo, hace una lista de qué pedir.  Y tercero, desarrolla un modo efectivo para expresar las necesidades.  ¡A Jesús, siempre un maestro, no le falta buena metodología!

Por supuesto, Jesús quiere que sus discípulos recen a Dios.  Les dice que llamen a Dios “Padre”.  Lo que llama la atención no es tanto que somos para llamar a Dios “Padre”.  Aun el Antiguo Testamento en varios lugares describe Dios así.  Lo sorprendente es que Jesús no insiste que digamos “Padre nuestro” como lo hace en el Evangelio según San Mateo.  En Mateo sólo Jesús llama a Dios simplemente “Padre”.  Aquí en el Evangelio de Lucas Jesús nos permite llamar a Dios con la misma intimidad como él mismo disfruta.

Jesús quiere que pidamos en primer lugar la paz y bienestar en el mundo.  Esto es lo que significa “venga tu reino”.  Ciertamente la venida del reino incluye el fin de violencia en las calles de nuestras ciudades como el retiro de las fuerzas rusas de Ucrania.  Pero no deja fuera nuestros propios deseos para tener una vida más digna.  Tal vez nos preocupemos por no tener suficientes recursos para pagar la renta.  O posiblemente necesitemos mucho unos días de descanso.  Pidiendo el Reino abarca estos tipos de cosas también.

También somos para pedir “nuestro pan de cada día”.  Hay dos significados en juego aquí.  Primero, "pan de cada día" significa suficiente comida para que mantengamos la salud.  También la frase sugiere el pan eucarístico que nos nutre para la vida eterna.  Porque vivimos en la tierra para que tengamos la vida eterna con Dios, no deberíamos querer el uno sin el otro.

Nos puede ser difícil pedir el perdón de nuestros pecados.  Particularmente en nuestra sociedad narcisista, muchos prefieren no pensar sobre sus pecados.  Pero la verdad es que pecamos, a veces gravemente.  Mentimos, deseamos el placer desmesurado, consideramos a nosotros mismos como mejores que los demás.  Si vamos a ser incluidos en la familia de Dios, tenemos que buscar el perdón de estos y otros pecados.

Finalmente, somos para pedir que no caigamos en la tentación.  Jesús tiene en mente aquí las grandes pruebas que pueden minar nuestra confianza en Dios.  Por la petición estamos implorando a Dios que no tome la vida de uno de nuestros hijos o que no suframos dolores horríficos antes de la muerte.  Se dice que el papa Francisco tiene dificultad con esta petición porque Dios nunca nos llevaría al pecado.  Puede ser, pero no es inaudito que gente buena sufre tremendamente.

Y ¿cómo vamos a orar?  Según Jesús en este evangelio, hemos de orar con la persistencia.  En la lectura de Génesis hoy Abraham muestra cómo rezar así.  No cesa de pedir al Señor el rebajo de número de la cuota de gente buena para salvar la ciudad hasta que los términos puedan ser fácilmente cumplidos.  La oración verdadera nunca se hace por vencido porque el rezador sabe que Dios siempre quiere atraernos más cerca de Él. 

El maestro Jesús es sin par, y su plan ha sido probado a través de veinte siglos.  No obstante, si no se lo pone en práctica, sería tan inútil como un trineo de nieve durante el verano.Para la reflexión: ¿Qué tipo de cosas quieres incluir cuando dices “venga tu reino”?


El domingo, 17 de julio de 2022

 DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Génisis 18:1-10; Colosenses 1:24-28; Lucas 10:38-42)

Los académicos insisten en la inclusividad.  Quieren que los ensayos de estudiantes no dejen fuera mención de mujeres y personas de otras razas.  Si el pronombre es indefinido, hay que decir “de él o de ella”.  También en el estudio de la historia ya no recuerdan solo los acontecimientos de los hombres europeos.  Para cumplir el reporte tienen que incluir las experiencias de los africanos, los asiáticos, y de los indígenas.

El énfasis en otros tipos de personas nos ayuda apreciar que las minorías han contribuido mucho a la sociedad.  Tenemos un grande ejemplo de esta sensibilidad en el Nuevo Testamento.  El Evangelio de San Lucas y sus Hechos de los Apóstoles incluyen varias historias del punto de vista de los menos considerados.  Recordamos cómo él escribe tanto de Isabel como de Zacarías en el principio del Evangelio.  En el templo después del nacimiento de Jesús Lucas reporta las profecías de ambos Ana y Simeón.  Más adelante en su obra Lucas va a contar de la ama registrando su casa para encontrar la moneda perdida después de relatar del pastor buscando la oveja descarriada.  Podemos pensar en el evangelio hoy como otro ejemplo de inclusividad.

Recordémonos lo que pasó el domingo pasado.  Un doctor de la ley pregunta a Jesús: “’¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?’”  Cuando Jesús responde con la perspicaz, el doctor quiere "justificarse".  Eso es, quiere aparecer inteligente y sensato y no como ingenuo.  Podemos ver en Marta este mismo deseo de "justificarse".  Ella no quiere parecer como tonta haciendo todo el trabajo del entretener a un huésped.  Apela al Señor porque sabe que él es justo.

Marta no se ha dado cuenta todavía del discipulado de Jesús consiste tanto en el estudio y la oración como en el servicio.  No podemos seguir fielmente a Jesús si no vamos a tomar en serio sus enseñanzas.  Sería como casándose con persona que no conoce.  Ser cristiano significa más que ser bautizado o apoyar financialmente la iglesia.  Por eso, se le da pena al párroco cuando escuche de sus parroquianos faltando la misa para vender gorditas en la feria.

Marta es una santa.  Sería incorrecto condenarla.  Pero en este caso María tiene razón.  Es necesario que imitemos a ella. También nosotros tenemos que aprovecharnos de las oportunidades de conocer al Señor cuando aparecen. Es cierto que nuestras responsabilidades no terminan con la reflexión.  Más tarde o más temprano tenemos que evangelizar y llevar a cabo el ministerio. Pero el Señor no es ogre que quiere que trabajemos sin cesar.  Se puede decir con confianza que Él quiere que nos desarrollemos como personas.  Quiere que hagamos su voluntad por la meditación, la oración, y el servicio.

Se le critica a la Iglesia por no ser inclusiva.  No parece justa esta crítica.  La Iglesia es abierta a todo el mundo de buena voluntad.  Después de veinte siglos meditando en la palabra de Dios, la Iglesia ha discernido que no puede ordenar a las mujeres ni dar la Comunión a los divorciados y casados de nuevo.  Pero todos siempre están bienvenidos a participar en su riqueza.  De hecho, están alentados a venir para meditar como María y servir como Marta.


Para la reflexión: ¿Cómo puedo yo ser más inclusivo/a en mis relaciones con gente?  ¿Cómo puede ser más inclusiva mi parroquia?


El domingo, 10 de julio de 2022

 DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio -20; 30:10-14; Colosenses 1:15-20; Lucas 10:25-37)

El evangelio hoy comienza con dos preguntas.  El doctor de la ley pregunta a Jesús de cómo conseguir la vida eterna. Jesús le responde con su propia pregunta: “’¿Qué es…escrito en la ley?’”  Eventualmente se nos proveen respuestas para estos interrogantes.  La ley prescribe que se lo ame a Dios sobre todo y también al prójimo.  Y se consigue la vida eterna por ayudar al prójimo.  Quiero agregar dos preguntas de más para sacar aún más provecho de este pasaje dorado. La primera es: ¿Qué es la vida eterna? La segunda se encuentra en los labios del doctor: “’¿Quién es mi prójimo?’”.

Se habla mucho de la vida eterna en el Nuevo Testamento.  Varios teólogos y otros escritores han comentado en el concepto de modo que haya muchas respuestas.  Algunos piensan en la vida eterna como si fuera una isla donde el alma puede mirar la maravilla de Dios.  Tienen en mente la “visión beatífica” en que, según San Pablo, vemos a Dios “cara a cara”. Otros consideran la vida eterna como una mesa familiar alrededor de que se reunirán nuestras almas propias con las de nuestros seres queridos.  Curiosamente aquellos que sostienen esta interpretación casi no incluyen a Dios en su esperanza.  Aun otros anticipan la vida eterna como un mundo renovado.  Allí viviremos, cuerpo y alma, con gentes de todas razas, medios, aún religiones junto con el Señor Jesús resucitado.  No esperan una existencia ociosa sino una de la cooperación harmoniosa para perfeccionar la vida comunitaria. 

Parece que esta tercera interpretación es la más provechosa del punto de vista del Nuevo Testamento.  Si Jesús resucitó de entre los muertos corporalmente, entonces debe ser el destino de todos que lo sigan.  Es cierto que los habitantes de la vida eterna tendrán que esperar hasta el fin del tiempo para la reunificación de sus cuerpos con sus almas.  Pero se aprovecharán del tiempo para purgarse de sus defectos, incluyendo la falta de aprecio para personas de otros géneros de gente.  Si se reconocen como santos, entonces este estado intermedio puede servir como oportunidad de conocer mejor las características de otros géneros

En cuanto a la otra pregunta, "'¿Quién es mi prójimo?'", podemos proponer otras tres respuestas posibles.  Solemos pensar en el hombre o la mujer que vive en la casa a la par de nuestra como nuestro prójimo.  Pero sabemos que la palabra “prójimo” tiene un alcance más allá que el vecindario.  El prójimo es cualquier persona que muestra buena voluntad hacia mí.  Si otra persona me dice, “Buenos días”, ella es mi prójima.  Puede estar en Dinamarca o el D.F., no importa en este sentido extendido de la palabra.  Sin embargo, según Jesús en la parábola hoy, el prójimo incluye a aquel que no le importemos.  Es la persona que nos mira con disgusto, aún la persona que nos hace muecas.  Es nuestro prójimo porque lo que hace a uno “prójimo” no es cómo él o ella vea a nosotros sino cómo nosotros vemos a él o ella.  El Señor Jesús nos ha redimido con su amor de modo que pudiéramos ver a los demás con amor. En otras palabras, Jesús murió por nosotros para que pudiéramos ser prójimos a todos.

La madre de uno de los mejores párrocos en una diócesis era persona que amó a todos.  Su hijo, el sacerdote, decía de ella: “Jamás ha encontrado a un extranjero”.  Al anciano o la niña, negra o blanco, vestido en seda o en sayal, la señora le saludaría y comenzaría una conversación.  No es sorpresa entonces que su hijo fue tal gran sacerdote.  Como su madre, él amó a todos.

Ahora posiblemente podemos entender mejor la vida eterna.  Será la ocasión para el mundo entero a conocer a uno a otro como prójimos.  Quizás no todas personas que han existido serán incluidas en este número.  Pues varios han rechazado el amor que nos ha extendido Dios en Jesucristo.  Pero para aquellos que han escogido a seguir a Jesús, él los presentará a los demás.  Esperémonos que seamos entre este número dichoso.

El domingo, 3 de julio de 2022

 DECIMOCUARTO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, 3 de julio de 2022

(Isaías 66:10-14; Gálatas 6:14-18; Lucas 10:1-19)

Una libertad muy querida en los EEUU es la libertad de religión.  En este país todos pueden practicar su propia religión sin interferencia.   Los americanos respetan la religión porque eleva a la persona más allá que los límites del individualismo.  Les da a sus adherentes al menos dos valores necesarios para la vida buena.  En primer lugar, los infunde un espíritu comunal de modo que cooperen con los demás.  En segundo lugar, les inculca un código moral para que traten a los demás con la justicia.

Con la pluralidad religiosa es tentador considerar nuestra fe cristiana católica igual con las demás religiones.  Es cierto que como todas religiones tenemos doctrinas y costumbres que nos forman a vivir en paz.  Pero la fe cristiana tiene un propósito más transcendente que judaísmo o budismo.  Existe para transformar a las personas en hijas e hijos de Dios dignas de la vida eterna.

En el evangelio hoy Jesús prepara a la Iglesia para divulgar la fe al mundo.  Comisiona a setenta y dos discípulos para predicar el reino de Dios.  Se puede considerar la comisión como solo preliminares para el gran envío de Pentecostés.  Sin embargo, se ven varias características esenciales de la misión en las instrucciones del Señor a sus discípulos.  Vale la pena reflexionar sobre los contenidos de su mensaje para ver cómo se aplican hoy en día.  Como los papas desde San Pablo VI nos han dicho, todos cristianos católicos somos “discípulos misioneros”.  Somos llamados a formarnos en la fe.  Entonces somos comisionados de llamar a los demás.  No tenemos que salir de nuestras comunidades.  Aún nuestros parientes y amistades no conocen el reino.

Primero, Jesús quiere que sus misioneros recen por el éxito de sus esfuerzos.  No solo es su número no suficiente para llevar a cabo la tarea sino también sus capacidades a menudo faltan el rigor.  Sin el Espíritu Santo dirigiendo la misión, sería tan vana como tumbar un bosque con solo un hacha.  Rezamos para ser justos en todo lo que hagamos para que todo el mundo vea nuestras vidas siempre reflexionando a Cristo.

La tarea nos reta cuando nuestra fe conflige con los valores contemporáneos.  Los jóvenes pueden rodear sus ojos cuando aseveramos que las relaciones íntimas son reservadas para el matrimonio.  Pero es no solo enseñanza de la larga tradición judea-cristiana sino precepto de la ley natural.  Muchas personas están protestando ahora el nuevo juicio que permite leyes prohibiendo aborto. Sin embargo, debemos proclamar el derecho fundamental de la vida.  Jesús dice a los setenta y dos que los envía como corderos entre lobos.  Aunque aquellos que nos oponen es estas cuestiones no son malos, sus ideas pueden desgarrar la fábrica de la sociedad.

Jesús no quiere que sus discípulos lleven “ni dinero, ni morral, ni sandalias” en la misión.  En otras palabras, no quiere que dependan en sus propios recursos, sino que confíen en Dios por su bienestar.  En un ambiente de plenitud, tenemos que mostrar que son las relaciones humanas, especialmente nuestra amistad con Dios, que lo más importan.  Vivimos para compartir con los demás en el amor, no para acumular y gastar riquezas.  Como ejemplar del misionero verdadero, San Pablo dice que ha sido crucificado al mundo.  Como Jesús él sacrificó toda comodidad para presentar a Cristo a los paganos. 

“Todas religiones son iguales.  Dan culto al mismo Dios”.  A veces escuchamos este refrán en defensa de una persona que no más practica la fe católica.  ¿Cómo deberíamos responder?  Siempre queremos dar gracias a Dios que la persona busca al Señor con los demás por la religión.  Podemos afirmar a la persona si vive el evangelio en su búsqueda.  Sin embargo, es solo lógico lamentar que él o ella se priva de la Eucaristía.  Con ella Jesús nos nutre para que llevemos a cabo su misión.  Nos provee los recursos para no acobardarnos ante los lobos.