El domingo, 25 de enero de 2026

 

III DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 8:23b–9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)

El evangelio de hoy ha sido uno de los favoritos de la Iglesia desde hace mucho tiempo.  Ofrece un modelo dramático del llamado vocacional. A la sencilla invitación de Jesús, Pedro y sus compañeros dejan todo para seguirlo.

La lectura comienza con una nota de urgencia. Jesús toma la bandera de su precursor Juan, que acaba de encarcelarse. Predica las mismas palabras de Juan, pero invierte su orden de palabras. Donde Juan proclamaba: “El Reino de los cielos está cerca, conviértanse…”, Jesús pone primero la exigencia: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Así instruye a sus oyentes sobre la necesidad absoluta de poner primero en sus vidas la voluntad de Dios. Las necesidades y deseos del yo no son tan importantes como la justicia de Dios.

Estamos habituados a pensar en nosotros mismos como “número uno”. Pero dichosos los niños cuyos padres les dicen: “Hagan siempre lo que es justo”. Desgraciadamente, muchos niños crecen escuchando instrucciones que los llevan a pensar primero en su propio beneficio. El resultado es una sociedad en la que todos reclaman sus derechos sin considerar su responsabilidad de garantizar los derechos de los demás. Cuando otra persona no nos da el cambio correcto, nos apresuramos a corregirla; pero cuando se equivoca y nos da más de lo debido, somos reacios a decírselo.

Los pescadores del evangelio no muestran esta tendencia egoísta. Más bien, tan pronto que escuchan el llamado de Jesús, responden con rapidez y entrega total. Simón Pedro y Andrés abandonan sus redes —su medio de vida— para seguirlo. Santiago y Juan dejan incluso a su propio padre.

Al cambiar el objeto de su corazón para seguir a Jesús, Jesús transforma también sus vidas. Ya no serán simplemente “pescadores”; él los hará “pescadores de hombres”. Esta transformación no se limita a los santos del pasado ni a los sacerdotes de hoy. Ocurre también en la vida de muchos laicos. Un hombre reclutaba a estudiantes para colegios. Sin embargo, después de completar su formación como ministro laical, comenzó a identificarse a sí mismo más como ministro que reclutador. Todos conocemos hombres y mujeres exitosos en su carrera, pero se distingue aún más por su caridad cristiana.

Cuando decidimos seguir a Jesús, experimentamos la gracia como una fuerza dinámica que nos impulsa a hacer el bien y a resistir el mal. Sin embargo, siempre encontraremos retos que pueden hacernos tropezar y, a veces, caer en el pecado. Los sacerdotes pueden enamorarse; los laicos también pueden sentirse atraídos románticamente por otra persona. O pueden ser las drogas o el alcohol los que provoquen la caída de nuestra persona. De una u otra manera, nos desviamos de nuestro discipulado. Aún Pedro perdió el entusiasmo de su compromiso inicial.  Negó a Jesús tres veces por miedo cuando el Señor fue arrestado.

Sin embargo, el Señor lo llamó de nuevo. Después de pedirle que declarara su amor tres veces, le confió el cuidado de su rebaño. Así como Jesús actuó con Pedro, actuará también con nosotros. Si le pedimos perdón, Jesús nos perdonará y nos llamará de nuevo, no por su bien, sino por el nuestro.

La vida es un camino largo y lleno de tropiezos. Muy probablemente fallaremos a nuestro compromiso inicial con el Señor. Sin embargo, como dice san Pablo a Timoteo: “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13). El Señor siempre estará ofreciéndonos una nueva oportunidad para responder a su llamado.

El domingo, 18 de enero de 2026

 

II DOMINGO ORDINARIO, 18 de enero de 2026
(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)

Aunque la Navidad es un tiempo alegre, la Iglesia no permite que sea de “pura alegría”. Coloca la fiesta de san Esteban, el primer mártir, inmediatamente después del 25 de diciembre. Al hacerlo, la Iglesia sigue el rumbo de los evangelios. En los relatos de la infancia de Jesús, tanto san Mateo como san Lucas dejan entrever su muerte. San Mateo narra el martirio de los Santos Inocentes, asesinados mientras Herodes buscaba matar a Jesús. En san Lucas, el anciano Simeón se refiere a Jesús como un “signo de contradicción”. Es una descripción enigmática. Significa que Jesús será rechazado y odiado por los pecadores a quienes vino a salvar.

Esta yuxtaposición de alegría y dolor continúa también hoy. Concluimos el tiempo navideño hace ocho días con la celebración del Bautismo del Señor. Y ahora, en el primer domingo después, escuchamos una nota de tristeza. Juan el Bautista, señalando a Jesús, lo llama “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. A primera vista parece una imagen serena, pero en realidad tiene una implicación espantosa: el Cordero quitará el pecado cuando su sangre sea derramada como ofrenda de sacrificio.

Como en las misas de Adviento y del Tiempo de Navidad, el evangelio de hoy cumple la profecía de la primera lectura. Esta lectura proviene de uno de los cuatro “Cantos del Siervo Doliente”. Estos poemas dan testimonio de una figura misteriosa —el Siervo Doliente— que aparece en la segunda parte del libro del profeta Isaías. El canto proclamado hoy revela la misión del Siervo, mientras que los otros cantos describen la manera en que la llevará a cabo.

Según este canto, Dios ha elegido al Siervo para cumplir dos objetivos: restaurar a las doce tribus de Israel y llevar la salvación al mundo entero. A la luz de la historia de Jesús, los primeros cristianos no podían sino verlo como el cumplimiento de esta profecía. Jesús no solo instituyó el nuevo Israel con sus doce apóstoles, sino que también los mandó a difundir el evangelio hasta los confines del mundo. Igualmente significativo es que cumplió su misión conforme a las predicciones de los Cantos. Consoló a los pobres y murió por todos los hombres y mujeres, sin protestas ni quejas.

El papa san Juan Pablo II nos ha ayudado a comprender la grandeza de las obras de Jesús. Escribió que Dios crea a la persona humana como un don de amor. En otras palabras, nuestras vidas son regalos de Dios, dados a nosotros por amor. Al hablar de “amor”, entendemos la disposición de buscar el bien del otro.  Como cada uno de nosotros es un don, nos realizamos plenamente como personas humanas cuando nos entregamos a los demás por amor. Jesús hace posible esta entrega mediante el sacrificio de su nacimiento, de su vida y de su muerte. Nació en Belén como un don de Dios; vivió enseñándonos los caminos del Reino de Dios; y finalmente entregó su vida en el Calvario por la salvación del mundo del pecado. En este proceso, Jesús no solo modeló lo que significa el sacrificio de uno mismo por los demás, sino que también venció al espíritu del mal que nos impide imitarlo.

Sin embargo, vivimos en un ambiente que en gran medida ha ignorado el amor de Cristo. Muchos hoy en día no conocen a Jesús. Viven no como dones para los demás, sino para la exaltación de sí mismos. Cada año, menos adultos desean comprometerse con otra persona en el matrimonio. ¿Por qué? Porque temen el sacrificio que implica. Los jóvenes evitan tener hijos por la misma razón. No comprenden que el verdadero gozo solo surge de este tipo de sacrificio. Tal vez encuentren placer en relaciones superficiales y en gastos excesivos centrados en sí mismos, pero al final probablemente se preguntarán si la vida no ofrece algo más.

Acabamos de iniciar el Tiempo Ordinario. Este es el período en el que aprendemos cómo Jesús vivió su vida como un don. Sin embargo, el tiempo será interrumpido por la Cuaresma y la Pascua.  Entonces nos enteraremos el costo de imitarlo y por qué vale la pena pagarlo.

El domingo, 11 de enero de 2026

 Fiesta del Bautismo del Señor

(Isaías 42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17)

En el Evangelio de San Mateo el Bautismo de Jesús revela al mundo que él es el Hijo de Dios.  El evangelista no resalta tanto el agua del río sino la voz del cielo.  La historia llega a su clímax cuando el Padre proclama: “’Éste es mi Hijo muy amado…’” En este momento todos presentes la gente saben el recurso que Dios ha escogido para salvar el mundo.

Estas palabras tienen resonancia en la primera lectura.  Se toman de la segunda parte del Libro del profeta Isaías.  Los exilios de Jerusalén han vivido en Babilonia por décadas cuando Dios dice “basta”.  Reconoce que han sufrido suficientemente a ser purificados de sus crímenes. Escoge a su siervo para ejecutar su plan de salvar su pueblo.  Describe el siervo en términos semejantes de lo que se dirá de Jesús en el Evangelio. Tiene sus “complacencias” y le ha puesto su “espíritu”.

Los biblistas han tenido dificultad identificar quien sea este siervo.  Dicen algunos que es la persona colectiva del pueblo Israel.  Pero los “Cánticos del Siervo Doliente” no compaginan bien con una persona colectiva.  En resumen, estos pasajes de la segunda parte de Isaías dan un retrato más de un individuo.  Dicen, por ejemplo: “Y ahora dice el SEÑOR, que desde el seno materno me formó para que fuera yo su siervo” (Isaías 49,5). Entonces ¿quién es el siervo?  ¿Tal vez uno de los profetas como Jeremías que sufrió tanto en Jerusalén antes de que fue llevado a Babilonia?

El Evangelio provee una respuesta más satisfactoria.  El siervo es Jesús de Nazaret. Vemos su sufrimiento claramente durante la Semana Santo cuando se lean los cuatro "Cánticos".  Sin embargo, para aceptar esta respuesta hay que engrandecer las dimensiones de la historia.  El siervo no viene para salvar solo a los exiliados de Israel sino el mundo entero.  Su entrega a sí mismo redimirá a todos hombres y mujeres para que caminen con la cabeza en alto en la justicia.

Nosotros encontramos a Jesucristo sobre todo en los sacramentos.  Consideren este.  En el Bautismo, nos santifica el ser.  En la Penitencia y la Unción de Enfermos nos sana al alma. En la Confirmación y especialmente en la Eucaristía nos nutre y fortalece.  Y en el Matrimonio y el Orden nos prepara para cumplir nuestro destino.

El énfasis de este tiempo navideño ha sido siempre en el don de Dios.  Sobre todo, nos ha regalado a Su propio hijo como nuestro redentor.  Llevando a cabo esta misión, Jesús muestra el amor de Dios para nosotros.  Ahora podemos recompensar a su iniciativa de amor.  Como San Pablo exhorta a la comunidad de cristianos en Roma, podemos que vestirnos con Cristo.  Eso es, podemos socorrer a los demás, no solo nuestros familiares sino también los necesitados en otras partes.

Una iglesia cristiana insiste en que cada uno de sus miembros tenga un "viaje interior" y otro "exterior".  El "viaje interior" consiste en la meditación Escritural y la oración.  El "viaje exterior" comprende un servicio comunitario.  Puede ser el visitar a los enfermos o llevar comidas a los ancianos.  Tanto como es preciso que siempre oremos, es meritorio que prestemos la mano en el socorro.

Mientras celebramos el Bautismo del Señor, apenas nos podemos olvidar nuestros propios Bautismos.  Como Jesús en el Evangelio, hemos sido ungidos con el Espíritu Santo.  Jesús dará complacencias a Dios por alumbrar nuestro camino a Él.  En retorno, que alumbremos los caminos de los demás a Él por nuestro servicio humilde.


El domingo, 4 de enero de 2026

 

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)

El evangelio de hoy contiene una de las historias más apreciadas de toda la Biblia. Se la ha llamado “el evangelio en miniatura” porque presenta algunos de los temas más básicos del Nuevo Testamento: 1) revela a Jesús como rey y salvador; 2) contrasta el ardor de los forasteros por encontrarlo con la resistencia del pueblo judío; y 3) sugiere el destino doloroso de Jesús al final del evangelio. Dado que la Iglesia proclama hoy este evangelio bajo la rúbrica de “la Epifanía”, abordemos estos temas a la luz de esta palabra extraña.

La palabra “epifanía” viene del griego epiphaneia, que significa “manifestación”, “aparición” o “revelación”. La “Epifanía del Señor” nos presenta a Jesús como el Hijo de Dios. Hay varias epifanías en los evangelios, como el Bautismo en Mateo cuando la voz de Dios Padre declara a Jesús su “Hijo amado”. También la Transfiguración de Jesús en la montaña es una epifanía. No obstante, el relato del evangelio de hoy es la instancia más clara de epifanía, pues muestra cómo hombres de un lugar lejano llegan a adorar el Rey de los judíos.

La historia comienza con los magos observando una estrella nueva en el cielo. Ciertamente, Mateo entiende que esta estrella representa a Jesús. Pero la estrella también simboliza la capacidad del ser humano de conocer a Dios a través de la naturaleza. El Concilio Vaticano I afirmó que la razón natural puede alcanzar el conocimiento de la existencia de Dios, aunque solo con dificultad y mezclada con error. Por esta razón, los magos deben detenerse en Jerusalén para consultar las Escrituras. Sólo cuando los escribas descubren que el Mesías iba a nacer en Belén pueden llegar a su destino.

Este proceso de los humanos llegando a conocer a Dios por la naturaleza se repite en nuestros días. Se suele pensar que la mayoría de los científicos contemporáneos son ateos. Sin embargo, según fuentes confiables, un número creciente de científicos reconoce la existencia de un Creador. Dicho sencillamente, la ciencia no logra explicar plenamente la confluencia de factores que hace posible la vida en la tierra. Si las temperaturas del planeta no fueran moderadas; si la mezcla de gases en la atmósfera no fuera precisamente de un 21 por ciento de oxígeno y un 78 por ciento de nitrógeno; si no existieran una luna grande y los demás planetas, entre otros factores, la vida en la tierra no sería posible.

Pero todo este conocimiento nos dice poco sobre la compasión de Dios y sobre su voluntad de que los seres humanos practiquen la justicia. Para conocer mejor a Dios se necesitan las Escrituras. Y para conocerlo de la manera más plena posible, se necesita el evangelio, porque Jesús es la revelación perfecta de Dios.

La segunda lectura nos explica que los apóstoles llevaron el evangelio a los paganos. Este también continúa hoy. Podemos preguntarnos: ¿qué mueve a la gente a interesarse por Dios? Algunos todavía son atraídos a Cristo por la ciencia, que plantea preguntas sin respuestas completas. Muchos más llegan a conocerlo por las vidas de los santos, que lo sacrificaron todo por amor a él. Algunos quedan profundamente conmovidos por la belleza de los santuarios, de la música religiosa y del arte, y buscan sus fuentes. Otros quedan tan impresionados por la vida buena y ordenada de los cristianos comunes que desean imitarlos.

En realidad, no importa tanto qué nos lleve a Cristo. Lo importante es que lo abracemos y lo sigamos. Él es el camino hacia Dios, porque él mismo es Dios. Y siendo Dios, nos dará la felicidad que buscamos en la vida.

Navidad, el 25 de diciembre de 2025

 

Navidad 2025

Algunos de nosotros nos hemos cansado tanto de las tarjetas electrónicas de felicitación que hemos bloqueado su recepción. Las e-cards son invariablemente simpáticas y, sin duda, casi siempre bien intencionadas. Pero su selección limitada puede provocar hastío después de ver la misma tarjeta más de dos veces. El otro día, sin embargo, recibí una que me conmovió hasta el punto de verla una y otra vez.

La tarjeta muestra a un cordero recién nacido que entra pausadamente en una iglesia rural vacía en Navidad. El corderito brinca con asombro al percibir los bancos adornados. Al acercarse al pesebre frente al altar, descubre al Niño Cristo dormido. El animal se recuesta junto al pesebre mientras un rayo de sol ilumina la pequeña cruz del altar. La escena concluye con una paloma que vuela hasta el lugar. El ave toma un sorbo del agua de la pila bautismal a un costado y luego se posa sobre el pesebre del Niño dormido, junto al cordero.

¿Es esto simplemente un saludo navideño sentimental, más apropiado para niños que para adultos? Yo no lo creo. Me parece más bien una parábola que hace una profunda afirmación teológica. El cordero no viene a adorar a Cristo como los pastores en el Evangelio de Lucas. Tampoco ofrece un regalo al Niño Jesús como el tamborilero del popular villancico. El cordero se acuesta junto a Cristo porque ¡él es otro Cristo!

En el primer capítulo del Evangelio de Juan, Juan el Bautista señala a Jesús ante sus discípulos. Les dice: “He aquí el Cordero de Dios”. Jesús es el cordero que será sacrificado para expiar el pecado humano. Él será bautizado —recordemos la paloma bebiendo agua de la pila— como identificación con la humanidad. Hoy viene en paz para permitir que el mundo contemple el acontecimiento de Cristo en nuestras vidas. Debemos aprovechar la ocasión para agradecer a Cristo su venida entre nosotros. También queremos pedirle perdón por nuestro orgullo y otros pecados. Finalmente, podemos prometerle nuestro amor, y el amor a todos aquellos por quienes él murió para salvar.

 

El domingo, 28 de diciembre de 2025

 

LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA – 28 de diciembre de 2025
(Eclesiástico 3:3-7.14-17; Colosenses 3:12-21; Mateo 2:13-15.19-23)

Comencemos nuestra reflexión con una mirada a la segunda lectura. La Carta a los Colosenses nos exhorta a revestirnos del amor, “que es el vínculo de la perfecta unión”. El autor desea que “la palabra de Cristo” —y no la palabra de la calle— habite en nosotros. Y añade que todo lo que digamos y todo lo que hagamos sea hecho “en el nombre del Señor Jesús”.

Lamentablemente, muchos desconocen o ignoran estos consejos de lo alto. Un periodista observa cómo el odio entre razas y religiones ha ido creciendo en nuestra sociedad. Como prueba, señala el comportamiento de cierto grupo de jóvenes que, en lugar de mostrar desaprobación o indignación, permiten comentarios que retratan a los judíos como deshonestos. También menciona otra organización que no corrigió a un miembro que describió a las personas negras en términos deshumanizantes.

El periodista continúa observando que esta odiosa discriminación va acompañada de un lenguaje vulgar. Hoy en día, las palabras vulgares, incluso las que se refieren a la intimidad sexual, se dicen en voz alta y se toleran, incluso en el hogar paterno. Y con mucha menos reticencia que hace una generación, se insinúa la inferioridad de las minorías pobres. Es como si, para parecer honesto o auténtico, uno tuviera que exponer los impulsos más primitivos del corazón humano.

Todo este lenguaje tosco y degradante va en contra de la enseñanza de Jesucristo. En su obra de salvación, él elevó a la humanidad a la dignidad más alta de su historia. Nos enseñó que es más noble socorrer al necesitado en su angustia que enriquecerse a costa del otro. Una madre en una película expresó esta verdad de manera sencilla: “Hay dos caminos en la vida: el camino natural y el camino de la gracia”. Sigue que la naturaleza se centra en sí misma y busca controlar todo; la gracia, en cambio, se abre hacia afuera en la entrega generosa de uno mismo.

San José es un modelo admirable de una vida vivida según la gracia. En los evangelios no pronuncia palabras ofensivas; de hecho, no pronuncia ninguna palabra, porque es un hombre de obras justas y no de discursos vacíos. San José cumple fielmente los mandamientos y las indicaciones de Dios, sin quejas ni demoras. En el evangelio de hoy, huye a Egipto con su familia durante la masacre de los inocentes; luego regresa cuando cesa la persecución y lleva a Jesús y a María a Nazaret, donde pueden vivir en paz.

Jesús mismo ofrece un ejemplo aún más profundo, porque su gracia va mucho más allá de la imitación externa. Siendo Dios, entra en nuestros corazones para transformarlos desde dentro. Nos conmueve de innumerables maneras; mencionemos solo tres. La gracia nos permite crecer en dignidad y sabiduría en el contexto familiar. Nos fortalece contra los vicios de la avaricia y la lujuria que desgarran a las familias. Finalmente, acrecienta nuestro amor mutuo a pesar de nuestros defectos. Es a través de este amor purificado por el sacrificio que vislumbramos a Dios.

El domingo 21 de diciembre de 2025

IV DOMINGO DE ADVIENTO,

(Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24)

Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II afirmó que la Iglesia tiene el deber de “escudriñar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”. Pues bien, hoy en día un lamentable signo de los tiempos es la tosquedad y la crudeza en los asuntos públicos. Los periodistas a menudo buscan la controversia cuando informan sobre los acontecimientos. Hacen hincapié en las diferencias entre las personas, aun cuando esas diferencias no sean aspectos realmente importantes del asunto. Algunos políticos no se cansan de lanzar insultos contra aquellos con quienes no están de acuerdo. Prefieren humillar a sus oponentes antes que dialogar con ellos para llegar a la verdad. Ya no nos sorprende escuchar a líderes sociales usar vulgaridades y amenazas. El resultado de este comportamiento público ha sido un ambiente social cada vez más amargo, que deja a personas ordinarias confundidas y, a menudo, adoptando posturas injustas.

En los Estados Unidos, la cuestión de la inmigración ha producido este mismo tipo de confusión y resentimiento. Millones de personas han entrado al país clandestinamente o se han quedado más tiempo del que la ley permite. Se les ha llamado “indocumentados” o “inmigrantes ilegales”. Quienes apoyan a los indocumentados afirman que han contribuido al bien del país y que no han acaparado de manera desproporcionada los beneficios sociales. Describen a los opositores como intolerantes y olvidadizos del hecho de que sus propios antepasados vinieron a este país como inmigrantes.

Por otro lado, hay ciudadanos que desean la expulsión de los indocumentados. Ellos sostienen que, en algunos lugares, el costo de los servicios públicos —como las escuelas— para los inmigrantes ilegales se ha vuelto insoportable. Responden a la acusación de intolerancia diciendo que los Estados Unidos es un país deseable para vivir precisamente porque se espera que las leyes sean obedecidas. Añaden que sus abuelos o bisabuelos no violaron la ley cuando ingresaron al país.

Si el país quiere superar este problema, se necesita un diálogo honesto entre personas con perspectivas diversas. Ciertamente, no se pueden deportar millones de inmigrantes sin causar un daño inaceptable a la estabilidad social. Pero tampoco se puede tolerar el abuso continuo de las leyes migratorias.

El comportamiento hostil va en contra de nuestra herencia cristiana. La primera página de la Biblia nos enseña que todos los hombres y mujeres son imagen de Dios. Solo por este hecho se nos debe respeto. Además, Jesús promueve entre sus discípulos un trato justo incluso hacia los adversarios. En el Sermón del Monte nos dice que debemos amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen (cf. Mateo 5,44).

Podemos tomar a san José, en el evangelio de hoy, como modelo de la verdadera justicia. Él vive conforme tanto al espíritu como a la letra de la Ley de Dios. Según el espíritu de la Ley, no quiere exponer a María al desprestigio revelando su embarazo. Según la letra, piensa “dejarla en secreto”, como la Ley prescribe. Y no duda en obedecer el mandato explícito del Señor de recibirla en su casa junto con su hijo.

En lugar de lanzar insultos a nuestros adversarios, nosotros los católicos debemos ser los primeros en tratar de comprender sus puntos de vista. Debemos presumir su buena voluntad hasta que exista evidencia clara en contra. Incluso entonces, hemos de intentar convencerlos de la verdad en lugar de maldecir sus opiniones. Cuando practicamos la justicia, damos testimonio de nuestra fe en Dios.

Esto es precisamente lo que el profeta Isaías recomienda al rey de Judá en la primera lectura. El poderoso imperio asirio se ha puesto en marcha para conquistar el mundo. Para detener su avance, los reinos de Samaría (Israel) y Siria quieren que Judá forme una alianza con ellos. Pero el rey Ajaz de Judá prefiere aliarse con Asiria, a pesar de la recomendación del profeta de no hacerlo y de confiar únicamente en Dios. Isaías ofrece como señal de la fidelidad de Dios que una virgen dará a luz un hijo, cuyo nombre será Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

Esta semana vamos a dar la bienvenida al Rey de reyes y Príncipe de la Paz. Parte de nuestro homenaje al Rey recién nacido debe ser nuestro compromiso de vivir según su ley: buscar la paz con justicia para todos, mediante el amor.