El domingo, 9 de agosto de 2020


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

Se esperaba que los fieles regresaran a la misa después del confinamiento.  Por supuesto, algunos lo hicieron.  Pero no tantos somo los obispos imaginaban.  La gente no llena ni una cuarta parte de los templos.  Mucho menos crean la necesidad de añadir misas como se estaba esperado.  Puede ser que la gente se sienta muy temerosa con el virus.  Pero también es posible que la a muchos les falta una fe viva en la Eucaristía.  Ahora que no es obligatorio asistir la misa, no lo vienen.  De todos modos, en el evangelio hoy Jesús similarmente ve en Pedro una falta de fe.

Con este relato el evangelista Mateo no solo relata un acontecimiento en la vida de Jesús.  También está contando la experiencia de la Iglesia después su muerte.  Que miremos las palabras que usa Mateo para contar su historia.  "La barca" siempre ha sido símbolo de la Iglesia mientras "la noche" es signo primordial del mal.  "Las olas" sacudiendo la barca es una manera de describir la muerte amenazando las vidas cristianas. Sabemos que los cristianos particularmente en los primeros tres siglos eran constantemente perseguidos.  Mateo nos retrata su situación con este pasaje.

Jesús viene a socorrer a sus discípulos.  Es instructivo cómo él se identifica a sí mismo.  Dice: “Soy yo” como Dios se identifica a sí cuando va a rescatar al pueblo Israel.  Como el Evangelio de San Juan, el Evangelio de San Mateo muestra a Jesús como Dios.

Pedro lo reconoce así.  “'Señor'” – dice – “'mándame ir a ti caminando sobre el agua'”.  Cuando lo llama, Pedro se emprende a caminar sobre las olas.  Entonces se hace temeroso y comienza a hundir.  Su fe no es perfecta.  Jesús lo llama, “’Hombre de poca fe’”.  Es una fe que falta la valentía, que no quiere sufrir, que cree solo cuando no cuesta mucho.

En nuestro tiempo la “poca fe” es distinta.  Mucha gente a pesar de que son bautizados tiene poca creencia en la Eucaristía y otros principios de la fe.  Están distraídos por los bienes que nos rodean.  Tienen la ciencia para extender sus vidas hasta noventa aun cien años.  No piensan mucho en Dios, el Creador, ni en Jesucristo, que nos revela Su voluntad.

Tenemos que preguntar: “¿Quién dio origen a todos los bienes de que nos aprovechamos?”  Otra pregunta indicada es: “¿Qué es la voz muy dentro de nosotros que nos dice cuando hacemos lo bueno y cuando pecamos?”  En la primera lectura Elías encuentra a Dios en “el murmullo de una brisa”.  Nosotros lo encontramos en el murmullo de nuestra conciencia.

Como siempre, Dios nos salva de la precariedad.  Parece que la vida sin Dios lleva al deshacer.  Muchos matrimonios basados en la comodidad no pueden aguantar el estrés de los altibajos de la vida.  Como sociedad, la Unión Soviético se cayó encima mientras soltaba su lema que Dios no existe.  En la segunda lectura San Pablo lamenta el rehúso del pueblo judío a aceptar a Jesús como Señor.  Muchos padres hoy en día se sienten igual para ver a sus hijos alejarse de Dios.

Hay cuento sobre los muchos beneficios de un árbol.  El árbol da su rama para que los niños puedan columpiarse.  Da su fruto como comida y sus hojas como sombra.  Al final de su vida da su tronco como leña y madera para mueble.  De una manera es igual con Dios.  Él nos proporciona todo para hacer la vida valiosa.  Ciertamente es digno de nuestras gracias y alabanzas.

El domingo, 2 de agosto de 2020


DÉCIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)


El presbítero Domingo de Guzmán era joven compañero de Diego, el obispo de Osma en España.  Los dos pasaron muchos años viajando juntos, particularmente en el sur de Francia.  Allá el catarismo, una secta que creía que el diablo creó el orden material, tenía gran seguimiento.  Los dos clérigos esperaban convencer a los cátaros de la bondad de la creación por una predicación alumbrada.  De repente el obispo Diego murió.  Domingo estaba intensamente turbado.  Sentía que tuvo que renovar solo la predicación para salvar a los cátaros de modos de pensar inhumanos.  Domingo recuperó sus fuerzas para lanzar a la Orden de los Predicadores.  El evangelio hoy recuerda una historia semejante.

San Lucas describe a Juan Bautista como pariente de Jesús.  A lo mejor su relación era más significante que esto.  Juan bautizó a Jesús.  Es muy posible que Jesús hubiera seguido a Juan como su discípulo por un rato.  De todos modos, evidentemente Jesús se pone muy triste con las noticias del asesinato de Juan.  Dice el evangelio hoy que cuando se entera del acontecimiento, Jesús se dirige a un lugar “apartado y solitario”.  Tal vez pensaba sobre su vida y la posibilidad de su muerte prematura como la de Juan.  Se ha dicho que tenemos que aceptar nuestra muerte antes de que podamos ser libres de vivir.  Es decir, con el reconocimiento de nuestra muerte, no desgastaremos tiempo en cosas frívolas, sino nos dedicaremos a las cosas que nos importan lo más.  Lo que le importa a Jesús lo más es el reino de Dios, su Padre.

La experiencia de la pandemia debería habernos llevado a la misma percepción.  Incluso si no hemos conocido a nadie que haya muerto a causa del virus, las referencias continuas a la muerte nos han estremecido.  “¿Qué pasaría si fuera a morir yo?” nos preguntamos.  Seguimos con otros interrogantes: “¿He realizado algo que vale?” y “¿Qué querría hacer?”

Ciertamente no queremos pensar en nosotros como haber vivido solamente para nosotros mismos. Nuestros padres y catequistas nos han enseñado a preocuparnos de los demás.  ¿Somos hermanos, amigos, prójimos dignos del nombre cristiano?  Jesús nos muestra cómo ser un cristiano en la lectura hoy.  Cuando la gente le enfrenta con sus necesidades, no demora para compadecerse de ella.  En primer lugar, Jesús cumple con su necesidad más evidente.  Cura a los enfermos.

Entonces Jesús se percata de una necesidad más profunda.  Se parece como el hambre para pan, pero es una necesidad espiritual, no material.  Jesús sabe que les falta el sustento espiritual para llegar al reino de Dios.  Es el conocimiento que Dios los ama como sus hijos e hijas.  En la primera lectura el profeta ofrece este conocimiento a los refugiados judíos en Babilonia.  Dice que Dios está proporcionándoles no solo el pan sino también la libertad para volver a Judea.  Este conocimiento se pone aún más concreto en la segunda lectura.  San Pablo nos asegura que nada – ni siquiera la muerte – vence el amor de Cristo para nosotros.

Recibimos este amor particularmente por medio de la Eucaristía.  Es pan básico (solo harina y agua) transformado en el cuerpo verdadero del Señor.  Tomándolo, nosotros no lo asimilamos en nosotros como hacemos con comida ordinaria.  Al contrario, nos asimila en ello para que vivamos más libres, felices, y preocupados por los demás.  En el evangelio Jesús anticipa la última cena donde nos proporciona la Eucaristía definitivamente.  Él toma el pan, mira al cielo bendiciendo a Dios el Creador, y lo reparte a sus discípulos.  Ellos siguen distribuyéndolo a todo el mundo.

Muchos están temerosos de la muerte causado por el virus Corona-19.   Se preocupan de contraerlo en el trabajo y de sus hijos contrayéndolo en la escuela.  Ciertamente la vigilancia sigue necesaria.  Es solo prudente que mantengamos la distancia indicada de uno a otro y llevemos máscaras como recomiendan nuestros funcionarios de salud.  Pero es aún más indicada la confianza en el amor de Dios para cada uno de nosotros.  Este amor nos permite a libres, felices, y preocupados por los demás. Incluso si morimos este amor no disminuye.  Más bien, se transforma en una acogida entre los santos.   

El domingo, 26 de julio de 2020


EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)


Hagia Sophia es nombre de una estructura religiosa magnífica en Estambul, Turquía.  Fue construida como una iglesia dedicada a Cristo en el sexto siglo.  Pero cuando los musulmanes tomaron la ciudad en el siglo quince la convirtieron en una mezquita.  Entonces en el siglo veinte el presidente secularista del país lo hizo un museo.  Probablemente quería pacificar los reclamos para el edificio de las diferentes religiones.  Se ha aparecido en las noticias de nuevo porque el presidente actual acaba de reconvertirla en una mezquita. 

Hagia Sophia significa la “santa sabiduría” en griego.  Entonces, ¿cómo puede ser que una iglesia dedicada a Cristo tiene el nombre “santa sabiduría”?  La respuesta no es complicada. Para los ortodoxos este nombre siempre refiere a Jesucristo.  Los orientales piensan de Jesús como la Santa Sabiduría como nosotros en el Occidente pensamos de él como el Verbo Encarnado. 

En la Primera Carta a los Corintios San Pablo llama a Jesucristo “la sabiduría de Dios” (1,24). Quiere enfatizar que, siguiendo a él, los cristianos pueden llegar a la salvación.  Por eso, la sabiduría de Dios vale más que la filosofía de Platón y Aristóteles, más aún que la Ley de los judíos.  Pero Jesús no habla de la sabiduría en el evangelio sino del Reino de Dios.  Para Jesús el Reino vale más que cualquiera otra cosa.

Jesús dice que encontrar el Reino es como un campesino descubriendo un tesoro en el campo o un comerciante hallando una perla fina.  Es decir, encontrando el Reino cumple los deseos más profundos de ambos los pobres y los ricos.  En el tiempo de Jesús los ricos solían enterrar sus riquezas en el campo para esconderlos de los ladrones.  A veces murieron sin clamando sus tesoros.  Si un campesino labrando el campo encontró el tesoro escondido por casualidad, haría todo posible obtener el campo.  Fue igual con el comerciante que encontró una perla fina en la pesca.  La perla entonces era más valiosa, según algunos, que el oro.  El comerciante haría todo posible para comprar la perla de los pescadores.  Jesús nos dice que como el campesino valora el tesoro escondido y el comerciante valora la perla fina, deberíamos valorar nosotros el reino de Dios.

Como San Pablo nosotros encontramos el reino de Dios precisamente en Jesucristo.  Él es nuestro hermano que hace la vida rica.  Nos enseña como vivir con la nobleza aunque no tenemos más que la comida para el día hoy.  Nos reta cuando pensamos en nosotros como mejores que otras personas porque somos americanos, educados u por otra superficialidad.  Y Jesús nos consuela en los tiempos difíciles con la promesa de la vida eterna a sus fieles.  En la primera lectura Salomón pide la sabiduría para gobernar su reino vasto.  Su oración se asemeja a nuestra para conocer a Jesús mejor.  Con Jesús podemos gobernar a nosotros mismos y a nuestras familias para que nos paremos íntegros en un mundo bien decaído.

¿Qué nos aconsejaría a hacer la Santa Sabiduría en el caso de la Hagia Sophia de Estambul?  Siendo Cristo no nos dirigiría a hacer guerra para clamarla. Más bien, nos recomendaría que expresemos nuestra desilusión con el cambio.  Entonces, nos diría a dialogar con los turcos para que un día se restaure a un lugar para todas las religiones.  No es un tesoro para ser escondido de otras religiones.  Más bien, es como una perla fina para ser apreciada por el mundo entero.


El domingo, 19 de julio de 2020


EL DECIMOSEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-30)


Hace quince años todo el mundo conoció el nombre, Teresita Schiavo.  Esta mujer estaba famosa por la controversia causada por su condición física.  No podía hablar ni comer, mucho menos caminar. De hecho, no daba ningún signo evidente de consciencia de sí o del ambiente.  Cuando su esposo pidió que le quitaran el tubo de alimentación, el gobierno lo rehusó para que se mantuviera viva.  Pero, se puede describir la condición de Teresita como mala porque somos creados para prosperar usando todas nuestras facultades. 

En el evangelio hoy Jesús trata del tema difícil del mal.  Personas humanas siempre cuestionan: “¿Por qué existe el mal?” En el caso de Teresita Schiavo, “¿Por qué ella tiene que sufrir la pérdida de la mente?”  Usualmente se usa la parábola del trigo y de la cizaña para justificar la presencia de hombres malos. Nos ayuda entender por qué se permiten los malvados vivir entre los buenos.  Sin embargo, la parábola nos proporciona la perspectiva de Jesús hacia otros tipos de maldad.  Con ella tenemos el razonamiento para abolir la pena de muerte, para no excomulgar a los políticos, y para aceptar las precautelas limitando nuestro movimiento durante la pandemia.

En el Sermón del Monte Jesús nos proporciona el principio: “’…no hagan resistencia al hombre malo’”.  Quiere que toleremos la maldad al menos en cuanto no hace daño a los inocentes.  La parábola del trigo y la cizaña ilustra cómo se pone este principio en práctica.  Sembrar la cizaña es obra del maligno.  El amo de la tierra no permite que se arranque la cizaña porque inevitablemente se sacan plantas de trigo junto con ella.  Prefiere esperar hasta la cosecha cuando se puede eliminar la cizaña sin dañar el trigo.  En otras palabras, Jesús quiere que Dios juzgue quien es bueno y quien es malo al final de los tiempos.

¿Qué tiene que ver con Teresita Schaivo esta parábola?  En el final la corte permitió que le quitaran la alimentación y murió.  Es justo decir que, según el principio de Jesús, no deberían haber puesto fin a su vida.  Más bien, deberían haber aguantado lo malo de su condición hasta que muriera naturalmente.  Es semejante con la pena de muerte.  Hoy en día se puede proteger al pueblo de los criminales violentos por encarcelarlos.  No hay necesidad de tomar sus vidas.  Se debería darles la oportunidad de arrepentirse en la prisión.  Asimismo, hay algunos que insisten que sean excomulgados los políticos católicos que siguen votando en favor del aborto y del matrimonio gay.  Pero la mayoría de los obispos piensan que es mejor darles oportunidad de cambiar sus posturas. Un ejemplo más, algunos se oponen al restriñimiento del movimiento durante la pandemia porque viola la libertad.  Sin embargo, pienso que diría Jesús que es mejor aguantar lo malo del confinamiento, al menos por un rato.  Pues, el gobierno tiene la responsabilidad de proteger la mayoría del virus.

Naturalmente nos cuesta vivir con la maldad.  Las familias de las personas que han perdido la mente tienen que hacer grandes sacrificios para atenderlas.  Muchos mayores están sufriendo durante la pandemia por no haber visto a sus nietos por meses.  En tales situaciones no estamos seguros qué hacer.  Tenemos que confiar en el Espíritu Santo.  Como dice San Pablo en la segunda lectura: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”.  Él intercede ante Dios Padre por nuestro bien pidiendo lo que no es evidente a nosotros mismos. 

Una vez un joven se jactaba a Santo Tomás Moro de cómo quitaría todas leyes para agarrar al diablo en sus manos.  El santo le respondió: “Y cuando el diablo se voltee para enfrentarte, ¿qué tendrás para protegerte si has quitado las leyes?”  Es semejante con la parábola del trigo y la cizaña.  Para no perder lo bueno Jesús nos enseña que tenemos que aguantar algo malo por un tiempo.  No tenemos que preocuparnos.  Al final de los tiempos Dios castigará a los malos y premiará a los buenos.

El domingo, 12 de julio de 2020


EL DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)


“Palabras son baratas”, dicen algunos.  No son necesariamente cínicos, sólo personas de la experiencia.  Todos nos hemos encontrado con mentirosos y estafadores que ocupan palabras para engañar.  Pero no es que todos hablen falsamente.  Esperamos palabras de verdad de nuestros médicos y maestros.  Podemos contar con Dios sobre todo para decirnos la verdad.

Dios nos habla primero en la naturaleza.  Podemos leer su amor para nosotros en la grandeza de las montañas y la belleza de las flores.  Observando el propósito de las tendencias naturales, podemos discernir las leyes de Dios.  Más directamente, Dios nos habla a través de la Escritura.  La primera lectura hace hincapié en el poder de la palabra de Dios dicho por los profetas.  Nunca falla de cumplir su fin.  Los judíos estaban sufriendo la humillación en Babilonia cuando Dios dijo “basta”.  Entonces se les permitió a volver a su país para comenzar de nuevo como una nación.

Dios habla su palabra más definitiva con su Hijo, Jesucristo.  Él vino al mundo para revelar el amor del Padre a toda persona humana.  Su revelación no se manifiesta solamente por palabras sino también con acciones.  Sus curas manifiestan la voluntad de Dios que todos vivan en una naturaleza renovada del desorden mencionado en la segunda lectura.  Sin embargo, la acción preeminente del amor fue su pasión y muerte en la cruz.

El evangelio habla de las semillas esparcidas en todas partes.  No hay ninguna parte del campo que no reciba los granos.  La parábola indica cómo que el evangelio llevando la historia del sacrificio del Hijo de Dios por el mundo se dispersa por todas partes.  Todos tipos de gentes lo oyen y lo responden según su propia disposición.  La parábola describe cuatro disposiciones de personas como condiciones de la tierra: la orilla del camino, la tierra poca profunda, la tierra con espinos, y la tierra fértil.  Vale la pena reflexionar sobre cada una de estas condiciones con atención en lo que querría decir hoy en día.

Algunas personas no quieren salir de la calle.  Piensan en la vida como una gran competencia para sacar el más placer posible.  Sus palabras son a menudo falsas y se enfocan en sexo crudo.  No pueden entender el amor gratuito de Dios que quiere incluirnos en su familia.  Como dirá Jesús, estas personas han sido llevadas por el diablo. 

Otro tipo de persona escucha con interés la palabra de Dios.  Se percatan con la promesa de la vida eterna, y se dicen a sí mismos que van a seguir al Señor Jesús.  Desgraciadamente no tienen la consistencia para cumplir el plan.  Son como tierra poca profunda.  Pasan día tras día en frente a la televisión o digitando sus teléfonos.  Dicen “mañana, voy a comenzar”, y el día siguiente repiten la misma cosa.

La gente del tercer grupo también responde favorablemente a la historia de Jesús en el principio.  Quieren seguirlo, pero quieren seguir también cosas que a menudo corren al rumbo contrario. Al nombrar sólo tres hay el poder, el prestigio, y la plata.  No malos en sí mismo, estas atracciones pueden ahogar a la persona de modo que se olvide de los valores más fundamentales como la justicia y el bien común.  Varios candidatos políticos hoy en día parecen caracterizar este planteamiento.  Dicen que son católicos, pero no dejan de apoyar el aborto y el matrimonio gay. 

La “tierra buena” describe la gente que aman a todos los hombres tanto como a Dios.  Son personas que reconocen su pobreza sin Dios y su riqueza con Él.   No les hace caso el gasto de tiempo, energía, y dinero en el servicio a los demás por la gloria de Dios.  Son personas que se acogen a los pobres como sus amigos.  Como Jesús mismo quieren sembrar semillas de paz y amor entre la gente.

En lugar de pensar en nosotros mismos como un tipo de tierra, es mejor considerarnos como un campo.  Nuestro campo tiene todos los cuatro tipos de tierra mencionados en la parábola.  Somos en parte camino, en parte tierra poca profunda, en parte tierra con espinos, y en parte tierra buena.  Nuestra tarea en la vida es labrar el campo para que toda la tierra rinda productos.  Tenemos que cubrir el camino con tierra por evitar lo grosero que estropea el alma.  Tenemos que añadir tierra a la parte de poca profundidad por cumplir las promesas que hacemos a Dios y a los demás.  Y tenemos que arrancar los espinos de cosas frívolas de nuestras vidas. Entonces vamos a estar apoyando a nuestros compañeros, dando gloria a Dios, y conservando la esperanza de la vida eterna para nosotros mismos.

El domingo, 5 de julio de 2020


EL DECIMOCUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

En un drama televisor una maestra es despedida de su empleo en una escuela católica.  Ella ha violado lo política de la escuela por haber procurado la fertilización in vitro.  Eso es, ella y su esposo habían contratado con un laboratorio para producir un embrión usando su ova y esperma. 

La Iglesia ha enseñado que este proceso va en contra de la dignidad humana.  Sin embargo, muchos aplaudan el proceso como dar socorro a las parejas infértiles.  Piensan que la Iglesia católica es injusta con sus muchas reglas.  Según esta gente no es correcto prohibir a los divorciados recibir la Santa Comunión.  Ni es bueno obligar a los fieles asistir en la misa cada domingo y abstenerse de la carne los viernes de la Cuaresma.  Ven a los obispos semejantes a los fariseos en el evangelio siempre echando fardos pesados sobre las espaldas de los pobres.

En el evangelio hoy Jesús ofrece el consuelo a los pobres.  Dice que los aliviará de la carga de los fariseos.  Les pide que asuman su yugo que es suave.  Su yugo es su manera de vivir como un hijo amado de Dios Padre.  Implica atención a sus mandamientos, que son aún más retadores de aquellos de los fariseos.  Podemos pensar en los mandamientos del Sermón del Monte como, por ejemplos, “amen a sus enemigos” y “quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.  Pero la diferencia entre el yugo de Jesús y el fardo de los fariseos es que el yugo de Jesús es basado en una nueva disposición interior.  Sus discípulos son renovados con la conciencia conforme a Dios que les ama muchísimo.  Entretanto, el fardo de los fariseos es una lista extendida de obligaciones impuestas exteriormente.  Con estas muchas exigencias la persona se siente apurada y poco apreciada.

San Pablo nos señala lo que es asumir el yugo de Jesús en la segunda lectura. Dice que la gente de Cristo no vive conforme al desorden egoísta sino conforme al Espíritu.  Vivir conforme al desorden egoísta es querer que toda cosa complazca el yo.  Viviendo conforme al Espíritu apoyamos a uno a otro en la humildad.  Aquellos que viven conforme al desorden debería darse cuenta que cualquiera ventaja que tenga termina con la muerte.  Aquellos que viven conforme al Espíritu no sólo conocen la alegría del Espíritu en la vida cotidiana sino también miran adelante a la vida eterna.

Tenemos que volver a la cuestión de las muchas reglas en la Iglesia católica.  Estas reglas no son trucos burocráticos de los obispos para someter a la gente.  Más bien son leyes prescritas por Dios en la naturaleza y la Revelación.  Vivir en conforme con ellas trae la paz de mente por no ofender a Dios, nuestro  Padre amoroso.  También, ello produce la harmonía de cuadrarse con la naturaleza.  Tal vez una analogía nos servirá bien aquí.  Vivir en conforme con los mandamientos de Dios es acomodarse con el calor del verano por llevar ropa ligera.  Ciertamente esto es preferible que construir un sistema de acondicionadores de aire para que se pueda llevar la ropa elegante del invierno.  Esto es vivir conforme al desorden egoísta.

El papa San Juan Pablo II decía que la primera obligación de cada cristiano es permitir que Dios le ame.  Esto es la disposición de Jesús.  Esto es vivir conforme al Espíritu de alegría y la dignidad humana.  Esto es el yugo suave de Jesús que quiere que tomemos.

El domingo, 28 de junio de 2020


EL TREDÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)


En una película, basada en la vida verdadera, un muchacho está viviendo en la calle.  No puede volver a la casa de su mamá porque ella es drogadicta.  El muchacho tiene habilidad atlética pero parece que ello va a desperdiciarse.  Entonces encuentra una familia que le ofrece hogar, y su vida cambia.  Se inscribe en una escuela privada donde se destaca como jugador de futbol.  En tiempo se hace la estrella de su equipo universitario y recibe contrato para jugar profesionalmente.  En la segunda lectura San Pablo describe una trayectoria semejante para todo cristiano.

Pablo describe el efecto del bautismo en nosotros.  El sacramento nos incorpora en la muerte y la resurrección de Cristo como si fueran una familia nueva.  Nos volvemos de ser pecadores a ser como santos.  Es tener una vida nueva con Jesucristo como nuestro patrón.  Él nos enseña, nos capacita, y nos acompaña a la felicidad eterna. 

La familia de Jesús no reemplaza la familia natural pero la transciende. Por eso, Jesús exige en el evangelio hoy que sus discípulos amen a él más que a sus padres y madres, más que aun a sus hijos.  No es muy difícil pensar en casos en los cuales la persona deja a sus padres en favor de Jesús.  Nos recordamos cómo San Francisco de Asís se desvistió en público para renunciar los modos de su padre, el comerciante de tela.  Pero ¿cómo se muestra el amor para Jesús más que para un hijo o hija?

Puede ser que la hija de ustedes quiere casarse fuera de la iglesia.  Se ha enamorado con un divorciado y vienen a ustedes para pedir su bendición.  También quieren que financien la boda.  Les da gran dolor a ustedes no sólo porque ella va a estar viviendo en pecado sino también porque va a dar mal ejemplo a sus hermanos.  ¿Qué deberían ustedes hacer en este caso?  ¿Deberían ustedes no asistir en la ceremonia?

Ojalá que no digan que no importa si casan por la iglesia o no.  Sólo el matrimonio sacramental recibe el apoyo de la gracia del Espíritu Santo.  Sólo el matrimonio sacramental puede dar testimonio al amor de Cristo para la Iglesia.  Además Jesús ha prohibido el divorcio de modo que si se junta con un divorciado, esté cometiendo adulterio.

Sería una traición del amor a Cristo apoyar el matrimonio.  No deberían pagar por la fiesta ni entregar a la joven a su novio.  ¿Podrían ustedes asistir en la ceremonia?  No, porque sería reconocimiento de un matrimonio que no creen verdaderamente existe.  Tal vez puedan asistir en la fiesta después para saludar a los huéspedes.  Si lo hacen, deberían expresar su desaprobación del asunto.

Sin embargo, no querrían romper su relación con su hija.  Querrían asegurarla de su amor aunque tienen que decir cómo aman a Cristo sobre todo.  También querrían tratar al hombre con respeto.  Sería difícil para la pareja aceptar su decisión, pero ustedes esperan que en tiempo vean la sabiduría de su postura.  Sería su menester también rezar particularmente que ella un día regrese a los sacramentos.

A veces parece tan duro ser cristiano que nos preguntemos si vale la pena.  Por supuesto que sí.  No es sólo porque tenemos la vida eterna como nuestro destino.  También, incorporados en su familia, conocemos el amor de Cristo todos los días de nuestra vida.