El domingo, 6 de septiembre de 2026

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

El evangelio de hoy proviene del cuarto de los cinco grandes discursos que comprenden el cuerpo del Evangelio de San Mateo. En cierto modo, este discurso es lo más difícil de apreciar; pues contiene una visión de la Iglesia diferente de la realidad contemporánea. Vemos la Iglesia hoy en día como una institución bien estructurada con más de unos mil millones de miembros. Sin embargo, en el evangelio de Mate, la Iglesia se considera como una comunidad pequeña de iguales.

La lectura muestra a Jesús preocupado por la dignidad de todos los miembros de la Iglesia. Cuenta el caso de un miembro que ha pecado.  Describe cómo el testigo del delito debe ir donde el pecador “a solas”. Cuando lo encuentre, debe amonestarle por haber hecho el mal. Va “a solas” para preservar la dignidad del sospechoso. Es posible que el testigo haya juzgado el hecho erróneamente. También, ir “a solas” evitará la situación de que los seres queridos del sospechoso piensen mal de él sin conocer todos los hechos del caso.

Una vez, un detective se dirigió a la casa de un sospechoso para realizar un arresto. En lugar de entrar, le pidió al sospechoso que saliera. Más tarde explicó el motivo de no entrar en la casa del sospechoso: quería respetar la dignidad del hombre. No quería que los hijos del hombre pensaran que era malo o que había cometido un delito antes de ser juzgado y condenado.

La dignidad humana ha sido el cimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. Se la define como “el valor intrínseco de cada persona que proviene de haber sido creada a imagen de Dios”.  Según la nueva encíclica del Papa León, han surgido malentendidos acerca de la dignidad humana. Algunos piensan que la persona tiene dignidad solo cuando puede pensar bien, vivir de forma independiente y no sufre mucho. Otras opinan que la dignidad es algo que la persona gane por sus propios esfuerzos.  Estas nociones de dignidad tienen una cierta verdad, pero no abarcan lo imprescindible del concepto. La anciana en el centro de vida asistida no ha perdido la dignidad, tampoco el no nacido en el seno de su madre y el criminal en la cárcel.

Este fin de semana debemos reflexionar sobre la dignidad de los trabajadores, ya que mañana se celebra el Día del Trabajo en Estados Unidos y Canadá. El Día del Trabajo no debería ser simplemente el último día festivo del verano, sino una oportunidad para pensar en qué es el trabajo y cómo realzar la dignidad del trabajador.

La Iglesia enseña que el trabajo, en su origen, no es un castigo, sino un don. A través del trabajo, la persona participa con Dios en la creación. El trabajo también brinda a los trabajadores la oportunidad de desarrollar sus talentos para convertirse en mejores personas. Asimismo, proporciona sustento a sus familias y oportunidades para servir a la comunidad. Finalmente, el trabajo permite a los trabajadores contribuir a un mundo más justo. Esto se aplica a todo trabajo justo. Tanto los limpiadores domésticos como los cirujanos cardíacos mejoran sus vidas y contribuyen al bien común cuando desempeñan bien su trabajo.

La encíclica del papa señala los desafíos que la Inteligencia Artificial plantea a la dignidad de los trabajadores. Entre otras cosas, eliminará muchos empleos. Pondrá en mayor peligro a los mineros que extraen los minerales que alimentan la maquinaria de IA. Y podría volver obsoleto el pensamiento humano en favor de los cálculos de las máquinas.

¿Cómo nos guía el Papa para afrontar estos desafíos? Nos recuerda que todos tenemos la responsabilidad de superarlos por contribuir a la construcción de una civilización del amor. Menciona la necesidad de fomentar el diálogo entre las naciones para que los beneficios del IA sean recíprocos y el daño no afecte desproporcionadamente a las naciones pobres. Finalmente, nos exhorta a recurrir a Jesucristo mediante la oración y la imitación. Es que Jesús se hizo obrero y hombre, se identificó con los marginados y ayudó a todos. Sin duda, su sabiduría nos guiará más allá de la calamidad con IA y hacia un mundo donde reine el amor.

El domingo, 30 de agosto de 2026

 

XXII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

La lectura evangélico hoy sigue inmediatamente después de la del domingo pasado.  Recordamos cómo Simón pronunció a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo" y Jesús devolvió el cumplido por llamarle “Pedro”, la piedra sobre que edificará su iglesia.  De veras, los dos pasajes forman un diálogo que debe ser leído como un solo pasaje. Sí, Jesús es el Mesías, pero no un conquistador. Y Pedro puede ser una roca, pero no pulida y lista para usarse.  De hecho, tendrá que ser esculpido de nuevo para servir como piedra angular de la Iglesia.  La escultura comienza en cuanto Jesús revela las tribulaciones que él Mesías tendrá que aguantar.

 

Jesús decir a sus discípulos que precisamente porque es el Mesías, tendrá que sufrir mucho.  Dice que va a ser condenado y martirizado.  Pedro se opone a esta profecía por considerarla un modo de pensar negativo y comienza a discutir con el Señor.  Aunque Pedro quiere mantener su crítica privada, Jesús piensa de otro modo. Considera que es necesario corregir a Pedro abierta y drásticamente para que todos sus discípulos se den cuenta de cuan serio el asunto es.  Delante de todos llama a Pedro “Satanás” por tentarlo con referencias solo a la victoria.  Entonces, dice que en lugar de actuar como una piedra de fundación, Pedro parece más como piedra de tropiezo.

 

Jesús expone el tipo de sacrificio que sus discípulos tendrán que realizar si quieren seguirle.  Dice que para ser sus discípulos fieles deben renunciar a sí mismos, tomar sus cruces individuales, y seguirlo.  Tienen que cambiar su modo de pensar y actuar.  En lugar de pensar en sí mismos como su primera preocupación, tienen que preocuparse primero y sobre todo por Dios.  En lugar de actuar por interés propio, tienen que servir al Señor.  Es la transición definitiva que debe experimentarse para formar parte del Reino de Dios.

 

Una fábula puede ayudarnos entender el evangelio que acabamos de escuchar. Una gallina y un cerdo paseaban por la granja una mañana. Querían darle al granjero un desayuno especial de cumpleaños. La gallina se giró hacia el cerdo y le dijo: "¡Vamos a darle tocino y huevos! Es su comida favorita". El cerdo se detuvo, parecía preocupado y negó con la cabeza. Le dijo a la gallina: "Espera, por favor. Para ti, ese desayuno es solo una contribución. ¡Para mí, es sacrificio total!".

 

Puede sonar severo lo que la gallina sugiere para el cerdo, y realmente es.  Pero también es lo que Jesús está proponiendo para sus discípulos.  Es, si quieres, “el costo del discipulado”.  Para los padres de una niña con parálisis cerebral “tomar su cruz y seguirle” significa cuidar a su hija todo el día, todos los días.  Para la soltera sin responsabilidades familiares puede ser ayudar a las Misioneras de Caridad con sus ministerios a las mujeres con niños abandonadas.  Para las personas jubiladas, puede ser en ofrecerse como voluntarios para dar clases particulares a niños con dificultades de lectura.

 

Y ¿qué pasa si no queremos sacrificarnos totalmente en nuestro servicio al Señor?  ¿Si queremos solo pagar un diezmo y asistir en la misa dominical? Entonces, seríamos como la gallina en la historia: no dignos de ser discípulos verdaderos de Jesús.  Tal vez no seamos completamente perdidos, pero deberíamos comenzar a rezar asiduamente que el Señor nos convierta en discípulos genuinos.  Pues, no tendremos un lugar en el Reino si nuestro modo de amar no conforma al modo de Jesús.  Ser sus discípulos quiere decir que amemos a los demás como él nos ha amado. 

El domingo, 23 de agosto de 2026

 XXI ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

El Evangelio de hoy debería ser familiar para la mayoría de los católicos. Lo vemos repetidamente como prueba de que el Señor eligió al papa como líder de la Iglesia. El establecimiento del papado es más complejo de lo que un solo pasaje del Evangelio puede expresar, pero Mateo 16:18 apunta en la dirección correcta.

En el Evangelio, Jesús le da a Simón más que un nuevo nombre. Le otorga un título trascendental. “Pedro” proviene de la palabra griega petros, que significa “roca”. Simón Pedro es la roca sobre la cual se puede edificar una iglesia sólida. Jesús dice al final del Sermón del Monte que el hombre sabio edifica su casa sobre roca (Mateo 7:24). Aquí demuestra su sabiduría.

Jesús ve a Simón como el fundamento de su iglesia por varias razones. Sobre todo, cita la intimidad de Simón con Dios, evidenciada por haber recibido la revelación de que Jesús es “el Mesías, el Hijo del Dios viviente”. Además, Simón ha demostrado varias cualidades necesarias para un líder. Habla con elocuencia; de hecho, sirve como portavoz de los discípulos. En el Evangelio de hoy, cuando Jesús pregunta: “¿Y ustedes? ¿Quién dicen que soy yo?”, es Simón quien responde. Además, Simón actuó con confianza al entrar en el agua, imitando al Señor (Mateo 14:28).

En los demás Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, Simón demuestra otras cualidades de liderazgo. En Lucas, se muestra sensible al sufrimiento inminente de Jesús al decirle que está dispuesto a morir por él. (Sí, la afirmación es una muestra de orgullo; sin embargo, su intención es apoyar a Jesús. De hecho, Pedro finalmente dará su vida por Jesucristo). En el Evangelio de Juan, Pedro muestra un profundo amor por Jesús cuando el Señor resucitado se aparece a sus discípulos en la playa. Quizás más relevante aún, en los Hechos, Simón Pedro exhibe autoridad de diversas maneras. Predica con dinamismo, realiza innumerables curaciones y toma decisiones en nombre de la comunidad.

¿Cuáles son las responsabilidades del papa que requieren una estabilidad inquebrantable? Se podrían enumerar muchas, pero limitémonos a tres. En primer lugar, el papa debe promover la unidad. Desde sus inicios, la Iglesia ha sufrido la deserción de grupos. La Primera Carta de Juan describe una tal pérdida. Este año, el Papa León ha dialogado con los obispos de Alemania y con la Sociedad de San Pío X para evitar que se aparten de la autoridad eclesiástica. Además, los papas más recientes han mantenido un diálogo constante con ortodoxos y protestantes con la esperanza de la reconciliación.

El papa también debe velar por que la doctrina de la Iglesia no caiga en el error. En la Primera Carta a los Corintios, San Pablo tuvo que corregir a quienes en la comunidad negaban la resurrección de entre los muertos. Hoy en día, existen problemas similares que preocupan al Papa León. Se refieren particularmente a cuestiones morales, pero también a cuestiones dogmáticas. Por ejemplo, muchos creen erróneamente que la fecundación in vitro está justificada. Una cuestión dogmática que ha suscitado preocupación entre los papas recientes es cómo algunos teólogos afirman que los musulmanes, budistas e hindúes se salvan sin creer en Cristo.

La responsabilidad más importante del Papa, porque fue la prioridad de Jesús, es mantener a la Iglesia como una comunidad de caridad. No basta con que los católicos asistan a misa si se burlan de participar en campañas de recolección de alimentos. No les basta con pagar el diezmo a la parroquia si muestran desdén por las personas de otras razas.  Demostrando amor fraterno por los necesitados, el Papa León envió recientemente más de cien mil euros a Venezuela para ayudar a las víctimas del terremoto.

En cada elección de un nuevo papa, nos recordamos que el elegido no será el sucesor del papa fallecido, sino de Pedro. El papa moderno debe demostrar las cualidades del primero al reconocer a Jesús como “el Mesías, el Hijo viviente de Dios”. También debe estar dispuesto a sacrificarse por el rebaño de Jesús.

El domingo, 16 de agosto de 2026

 

XX DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:1.6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

El evangelio que acabamos de escuchar es uno de los evangelios más fascinantes en el leccionario.  Presenta a Jesús atento a las peticiones de las personas.  Aún más llamativa es cómo la cananea muestra una mezcla de valentía y humildad.  Desgraciadamente muchos se fijan en el comentario de Jesús acerca de los no judíos cuando escuchan la historia.  Al oír a Jesús referir a los no judíos como “perritos”, tienen dudas de la bondad del Señor.  Enderecémonos este concepto erróneo primero.  Entonces podremos ver con mayor claridad el amor maravilloso del Señor Jesús para todos.

Los eruditos nos dicen dos cosas acerca del comentario.  Primero, Jesús refiere a los no judíos con el diminutivo “perritos” que sugiere afecto.  Además, en el primer siglo los judíos regularmente llamaron a los paganos “perros”.  Puede compararse con los americanos llamando a sus niños “cabritos” (es decir, “kids” en inglés).  En todo caso la cananea no toma el comentario como una ofensa.  Más bien, lo ocupa para fortalecer su petición de Jesús.

Jesús ha llegado a la comarca de Tiro y Sidón para descansar.  Últimamente, su misión ha sido difícil. En su mayoría, los judíos no aceptan su mensaje. Además, los fariseos y escribas lo acosan constantemente. Jesús busca un respiro de la multitud que lo busca para sanar. Entonces, la madre de la joven gentil poseída por un demonio lo confronta.

Pero no es solo para recuperar sus fuerzas que Jesús en el principio rechaza la petición de la cananea .  Como les dice a sus discípulos, fue enviado para traer de vuelta “a las ovejas descarriadas de la casa de Israel". (Ahí vuelve a usar nombre de animal para referirse a los hombres).  Ésta no es cuestión pequeña.  Jesús no quiere que su misión entre los judíos se confunda con la de sus discípulos a todas las naciones una vez establecido el Reino de Dios. Esto sucederá cuando ascienda al cielo y el Espíritu Santo sea enviado al mundo.

Sin embargo, la fe de la mujer le mueve cambiar su mente.  La cananea lo llama “Señor” y se postra ante él para reconocer su origen divino.  Entonces Jesús se da cuenta de que no importa tanto la etnia de la persona sino su creencia.  Él se muestra dispuesto a concederle su deseo porque ella ha demostrado ser una firme creyente en la misericordia de Dios. Por este cambio de plan, Jesús está iniciando la predicación a las gentes anticipada por el profeta en la primera lectura y realizada en el ministerio de San Pablo en la segunda.

Hay una historia que puede ayudarnos entender la dinámica aquí.  Durante la Segunda Guerra Mundial se mató un soldado americano en la campiña francesa.  Los compañeros del muerto llevaron el cadáver a una iglesia donde pidieron permiso para enterrarlo en el cementerio parroquial.  El párroco les preguntó si era católico.  Le respondieron que no, que era protestante.  El cura les informó que no él podía permitirlo porque el cementerio era reservado solo para los muertos católicos.  Entonces los soldados tristemente enterraron a su amigo justo fuera del muro de piedra del cementerio.

Al próximo día ellos regresaron para decir una última oración a la tumba de su amigo antes de marcharse.  Pero no podía encontrarla.  Buscaron bien sin la suerte.  Entonces volvieron a la rectoría para preguntar al sacerdote si supiera que pasó con los restos de su compañero.  El cura les dijo que no podía dormir esa noche por haber rechazado su petición.  Entonces se levantó en el medio de la noche, fue al cementerio, desmontó el muro de piedra y lo construyó de nuevo para incluir la tumba del soldado muerto.

No estamos diciendo que las reglas que insisten que solo católicos sean enterrados en cementerios católicos son injustas.  Mucho menos queremos decir que los motivos iniciales de Jesús de no expulsar el demonio de la hija de la cananea fueron frívolos.  Pero el amor a veces nos urge a extendernos más allá que nuestros límites y las reglas funcionarias.  El amor de Dios, el ágape, nos extiende a personas poco conocidas y no conocidas, personas pecaminosas y personas dolientes.  Esto es la voluntad de Dios Padre.  Esto es nuestro legado de Jesús, el Señor.

El domingo, 9 de agosto de 2026

 

XIX DOMINGO ORDINARIO, 9 de agosto de 2026

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

“La guerra es un infierno”.  Todos hemos escuchado este lamento.  Pero parece que no se cree mucho.  Si fuera creído, no habría tantas películas glorificando la guerra.  No habría tantos juguetes para niños destacando el equipo de batalla.  Tal vez no habría tantos jóvenes buscando una carrera militar. 

Sin embargo, la frase “la guerra es un infierno” cobra sentido cuando reconocemos el infierno como la peor de todas las situaciones. Es tan horrible que muchas veces los soldados que han participado en combate no quieren hablar de lo que han vivido. No obstante, a veces podemos vislumbrar sus condiciones: las imágenes no solo de sangre, sino también de órganos desgarrados y expuestos; el hedor no solo de la ropa usada durante días en condiciones climáticas extremas, sino también de vómito y carne putrefacta; los sonidos no solo de bombas explotando, sino de sirenas a todo volumen y hombres que gritan.

Comenzamos esta reflexión con referencia a la guerra porqué Elías en la primera lectura acaba de venir de un tipo de guerra.  Ha habido combate religioso en Israel.  Elías mismo hace pocos días degolló 450 profetas del dios pagano Baal.  Tuvo que huir a Horeb, la montaña del Señor, en el sur para evitar la venganza de Jezabel, la reina de Israel.  Ella, una foránea devota al Baal prometió a tomar la vida de Elías por su audacia. El profeta busca refugio en una cueva de la montaña cuando le viene la palabra de Dios.  Dice al Señor que los israelitas siguiendo a la reina Jezabel han pasado a la espada a todos los profetas del Señor de modo que solo él siga vivo. Dios responde que le salga de la cueva y se ponga en la montaña.  Él va a pasar por allí.

Pasa un huracán del tipo en que Dios se reveló a Job.  Sin embargo, en este caso la tormenta no produce ninguna revelación divina.  Entonces, un terremoto del tipo que precedió la entrega de los Diez Mandamientos a Moisés sacude la tierra.  Pero, una vez más Dios no se revela.  Finalmente, Elías escucha “el murmullo de una brisa suave” por lo cual Dios descubre su voluntad.

Con una voz suave Dios más seguido se manifiesta como un amador de la paz.  Sí puede venir con la furia, pero prefiere venir con la ternura.  Está cerca para apoyar a los débiles y alentar a los desanimados. Es lo que pasa también en el evangelio hoy.  Los discípulos están volviendo en barca al otro lado del Mar de Galilea.  Dejaron a Jesús en la montaña para rezar solo.  Es noche, el símbolo del malo.  Las olas sacuden la barca echándole agua y poniendo en peligro la vida de los discípulos.  Los discípulos se aterrorizan por completo cuando ven lo que parece ser un fantasma caminando sobre el agua. Jesús les pacifica: “’Tranquilícense y no teman – dice -- soy yo’”.

Al igual que los cristianos del primer siglo, hoy podemos encontrar consuelo en la dulce voz del Señor. En la Iglesia primitiva, los cristianos sufrían persecución externa y discordia interna. Los apóstoles les enseñaron, con esta historia, cómo Jesús permaneció cerca y les habló con voz suave. Hoy, nos enfrentamos a la creciente violencia y la indiferencia hacia la religión. Y siempre está presente la amenaza de la guerra. Pero Jesús permanece con nosotros. “’Tranquilícense y no teman – nos dice en los evangelios y por nuestros compañeros en la Iglesia -- soy yo’”.

El domingo, 2 de agosto de 2026

XVIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)

No es por nada que Jesús quiere irse solo con las noticias del asesinato de Juan Baustista. Eran conocidos aun antes de sus nacimientos.  Se dice que por un tiempo Jesús era discípulo de Juan.  Es ciertamente verdad que fue bautizado por el gran profeta del río Jordán.  Solo porque Juan era hombre devoto a Dios, Jesús querría reflexionar sobre el significado de su muerte. 

El Evangelio no revela los pensamientos de Jesús en el “lugar apartado”, pero ¿cómo no podría considerar que también él tenga el mismo azar sanguinario? Casi todos seres humanos han tenido tales momentos preguntándose de su propio deceso después de escuchar de una muerte inesperada.  Hace solo seis años el mundo entero fue absorbido con la posibilidad de la muerte repentina.  Covid-19 tomaba las vidas de millones personas de todas razas, religiones, y clases.  “¿Qué pasaré yo si me toca el virus?” nos preguntábamos. Al igual que Juan, Jesús no dudó en decir la verdad al poder. Sin duda, se dio cuenta de que podría tener un final similar.

Sin embargo, lo que es notable en el evangelio hoy es que Jesús no demora en su rumiación.  En poco tiempo está curando a los enfermos que le sigue acudiendo.  Tal vez por su reflexión sobre la muerte Jesús se da cuenta de que la gente busca más de la sanación del cuerpo.  Hacen falta un remedio para sus almas.

Vivimos en un mundo con miles de millones de otras personas.  Además, desde que los hombres lo han habitado por miles y miles de años, han existido muchos más seres humanos.  Como si no fuera bastante, en los cielos hay un sinnúmero de estrellas con planetas posiblemente habitados. ¿Cómo no pensaríamos que seamos como nada, de no más valor que unos granos de arena en el desierto o gotas de agua en el mar?  Nos preguntamos que dentro de poco seríamos olvidados más rápido que sonidos en la noche.

Como remedio a estos pensamientos turbantes Jesús quiere que todo el mundo conozca la preocupación de Dios para él o ella.  Para el gran número de personas ante él ahora Jesús tiene en cuenta un banquete que mostrará la solicitud de su Padre.  Ellos pudieran comprar comida para sostenimiento en los caseríos, pero no les nutriría por mucho tiempo.  En lugar de la sobrevivencia Jesús quiere proveerles la sobreabundancia del pan proclamado por el profeta del exilio babilónico en la primera lectura de hoy.  Este visionario anónimo, que los eruditos llaman “segundo Isaías”, sembró semillas de esperanza entre un pueblo desanimado.

Cinco siglos antes de Cristo los judíos exiliados en Babilonia languidecían.  Habían perdido su patria, sus casas, y probablemente más de algunos parientes y amigos.  Ahora después de cincuenta años de captividad, escuchan el siervo de Dios hablar de la oferta de “platillos sustanciosos”.  No es un almacén cargado de víveres sino un suministro de dones espirituales con que un pueblo justo podría prosperar.

Jesús en el lugar despoblado manda a la gente que tomen sus puestos.  Entonces toma los alimentos a mano (apenas cinco panes y dos pescados) mira al cielo, pronuncia una bendición, parte el pan y se les da a los discípulos para repartir.  Si estas acciones nos recuerdan de la Eucaristía, estamos pensando con Mateo, el evangelista.  Los cinco panes y dos pescados, bendecidos y partidos, representan los componentes de la Última Cena, donde originó la Eucaristía. 

Por eso, cada vez participamos en la misa, nos nutrimos con la superabundancia de Dios.  Sabemos que el pan se ha transformado en lo que Jesús lo pronunció en la Cena: su Cuerpo.  Entregado, crucificado, y resucitado de entre los muertos, su Cuerpo les aseguró a sus compañeros en esa dichosa comida la superabundancia de la vida.  Al recibirlo dignamente, nos regala a nosotros también la superabundancia que no se acaba ni con la muerte.

El domingo, 26 de julio de 2026

 XVII DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)

Tres escenarios de infortunio. Primero, tu esposo ha accidentado.  Lo ha dejado herido y el único coche de la casa destruido.  Sientes profundamente angustiada.  Segundo escenario, tu esposa tiene Alzheimer.  La has puesto en un asilo.  La facilidad es de alta calidad, pero a ella no le gusta.  Cada vez que la visita, llora pidiendo que la regreses a casa. Es tan triste la situación que no ya no quieres ir a verla. Tercer escenario, tu hijo mayor se ha hecho rebelde.  Por mucho tiempo ha dejado asistir en la misa dominical con la familia y recientemente ha dejado el colegio.  Pero lo que te has hecho tremendamente preocupado es que ayer encontraste una pistola en su recamara.

Estos casos no son tan raros que no puedan pasar a cualquier de nosotros.  Nos causarían revisar la vida para ver si hemos hecho alguna cosa para merecer tal situación deprimente.  Además, comenzamos a dudar la existencia a Dios o, por lo menos, su bondad. Realmente, no sabemos que pensar y mucho menos que hacer.

Entonces recordamos la historia de la conversión de San Agustín.  Un día cuando caminaba en su jardín reflexionando sobre su vida desordenada, oyó la voz de un niño.  Le dijo, “Toma y lee”.  Agustín encontró su Biblia, la abrió y topó la página de la Carta a los Romanos que dice, “… basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne (Rom 13,13-14). La experiencia confirmó su decisión de hacerse cristiano.

En nuestros predicamentos sería oportuno recordar otro versículo de la misma Carta a los Romanos.  Se encuentra en la segunda lectura de la misa hoy.  Dice: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él según su designio salvador” (8,28).  Las palabras disipan nuestra ansiedad.  Sabemos que podemos manejar la situación difícil porque Dios está con nosotros. Su presencia nos hace confiados que nada puede superarnos mientras nos apoya.  Todo estará “bien”.  Ahora sabemos lo que Jesús quiere decir en el evangelio cuando habla del “Reino de Dios”. Dice que vale más que la perla más fina porque nos asegura del amor de Dios para siempre.  Al mantener una amistad con Dios, podemos enfrentar cualquiera dificultad con la calma.  Pues, ¿quién puede arrebatarnos de sus manos?

Hay varios versículos bíblicos que no solo nos llaman la atención sino también la memoria.  Uno es Juan 3,16: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Otro es de los mandamientos de Jesús de amor: “’… tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo (mandamiento) es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Marcos 12,29-31).  Romanos 8,28 es otro versículo que nunca debemos olvidar: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios …”