XXVII
DOMINGO ORDINARIO
(Isaías
5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)
En el
evangelio de hoy encontramos otra parábola. Puede parecer tan olvidable como la
historia del hombre con dos hijos el domingo pasado. Sin embargo, las dos parábolas
bien entendidas son útiles. Ambas tienen
los mismos destinatarios. Jesús está discutiendo con los líderes religiosos de
Jerusalén. Les dice que Dios está reemplazando su régimen porque no han guiado
al pueblo hacia la justicia. En palabras del evangelio de hoy, no han entregado
al Señor sus frutos.
La parábola
de hoy sobre el propietario y los viñadores es una alegoría. Las alegorías son
historias en las que cada personaje u objeto representan a alguna persona u
objeto de la vida real. Cuando el profeta Natán le contó al rey David la
historia del hombre rico que mandó sacrificar la única oveja del hombre pobre,
estaba haciendo una alegoría. David, por supuesto, era el hombre rico; el
soldado Urías era el hombre pobre; y la oveja era Betsabé, la bella esposa de
Urías.
La alegoría
de los viñadores es más compleja. La viña es el Reino de Dios, entregado a los viñadores,
los líderes del pueblo judío, para que produzca fruto, la justicia. Sin
embargo, los judíos han fracasado en esta tarea. En lugar de llevar a los judíos
a la justicia, han matado a los siervos del Reino, los profetas, y asesinarán al
hijo del propietario, Jesucristo. Ahora, el Reino está siendo arrebatado a los
judíos y entregado a nuevos viñadores, los gentiles. Se espera que estos no
judíos produzcan la justicia verdadera.
“Los gentiles”
son nuestros antepasados. Son la gente
no judía que recibieron el evangelio de misioneros como San Pablo. Por eso, s
apropiado que nos preguntemos si estamos viviendo con justicia. Quizás lo mejor sería que cada uno de
nosotros se lo preguntara individualmente. Usando las palabras de San Pablo en la segunda
lectura: ¿estoy “aprecien(do) todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de
justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca
elogio”?
Se puede
presumir que escuchamos en la misa dominical la ayuda necesaria para vivir
según los criterios de San Pablo. Sin
embargo, ¿los tenemos en cuenta y los vivimos siete días de la semana? Me temo
que muchos tal vez estén reprobando esta prueba.
Venimos a
la iglesia el domingo para visitar a Dios en su templo sagrado. Pero durante la semana ¿visitamos a los
enfermos y los encarcelados? Por lo
menos, ¿los llamamos por teléfono? Ponemos
cinco o diez pesos en la colecta para las necesidades de la parroquia. Pero ¿separamos algún dinero para los pobres
y desafortunados? Posiblemente leamos o
prestemos otro servicio en la misa, pero ¿cuál es el servicio que damos por el
beneficio de nuestra comunidad durante la semana?
En verdad,
hay miles de necesidades a que podemos atender.
Para cumplir las normas de Pablo deberíamos llevar a cabo al menos una. Pero tal vez no tengamos tiempo para hacer
mucho. Puede ser que estemos ocupados con
estudios o es necesario que trabajemos dos empleos. Entonces que cumplamos nuestras
responsabilidades primarias con esmeralda.
Que no nos alejemos de nuestros familiares, sino que les demos tanta
atención y apoyo posible. Que seamos honestos
en nuestro empleo por dar una hora de trabajo para cada hora que nos paguemos. Finalmente, para vivir “amable y honoroso” tenemos
que mostrar a todos el respeto y decirles la verdad.
Más importantemente,
venimos a la iglesia el domingo para orar.
¿Rezamos también durante la semana?
No tenemos en cuenta solo la bendición antes de la comida, ni solo el
rosario en la noche. Más bien, ¿comunicamos
con Dios como nuestro amigo a través del día?
Que le pidamos la ayuda para ser cristianos cumplidos. Dios está
presente entre nosotros para que seamos justos en todo lo que decimos y
hacemos.