XIX DOMINGO ORDINARIO, 9 de agosto de 2026
(I Reyes
19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)
“La guerra es un
infierno”. Todos hemos escuchado este
lamento. Pero parece que no se cree
mucho. Si fuera creído, no habría tantas
películas glorificando la guerra. No
habría tantos juguetes para niños destacando el equipo de batalla. Tal vez no habría tantos jóvenes buscando una
carrera militar.
Sin embargo, la frase “la
guerra es un infierno” cobra sentido cuando reconocemos el infierno como la
peor de todas las situaciones. Es tan horrible que muchas veces los soldados
que han participado en combate no quieren hablar de lo que han vivido. No
obstante, a veces podemos vislumbrar sus condiciones: las imágenes no solo de
sangre, sino también de órganos desgarrados y expuestos; el hedor no solo de la
ropa usada durante días en condiciones climáticas extremas, sino también de
vómito y carne putrefacta; los sonidos no solo de bombas explotando, sino de
sirenas a todo volumen y hombres que gritan.
Comenzamos esta
reflexión con referencia a la guerra porqué Elías en la primera lectura acaba
de venir de un tipo de guerra. Ha habido
combate religioso en Israel. Elías mismo
hace pocos días degolló 450 profetas del dios pagano Baal. Tuvo que huir a Horeb, la montaña del Señor,
en el sur para evitar la venganza de Jezabel, la reina de Israel. Ella, una foránea devota al Baal prometió a
tomar la vida de Elías por su audacia. El profeta busca refugio en una cueva de
la montaña cuando le viene la palabra de Dios.
Dice al Señor que los israelitas siguiendo a la reina Jezabel han pasado
a la espada a todos los profetas del Señor de modo que solo él siga vivo. Dios
responde que le salga de la cueva y se ponga en la montaña. Él va a pasar por allí.
Pasa un huracán del
tipo en que Dios se reveló a Job. Sin
embargo, en este caso la tormenta no produce ninguna revelación divina. Entonces, un terremoto del tipo que precedió la
entrega de los Diez Mandamientos a Moisés sacude la tierra. Pero, una vez más Dios no se revela. Finalmente, Elías escucha “el murmullo de una
brisa suave” por lo cual Dios descubre su voluntad.
Con una voz suave Dios
más seguido se manifiesta como un amador de la paz. Sí puede venir con la furia, pero prefiere
venir con la ternura. Está cerca para
apoyar a los débiles y alentar a los desanimados. Es lo que pasa también en el
evangelio hoy. Los discípulos están volviendo
en barca al otro lado del Mar de Galilea. Dejaron a Jesús en la montaña para rezar
solo. Es noche, el símbolo del
malo. Las olas sacuden la barca echándole
agua y poniendo en peligro la vida de los discípulos. Los discípulos se aterrorizan por completo
cuando ven lo que parece ser un fantasma caminando sobre el agua. Jesús les pacifica:
“’Tranquilícense y no teman – dice -- soy yo’”.
Al igual que los
cristianos del primer siglo, hoy podemos encontrar consuelo en la dulce voz del
Señor. En la Iglesia primitiva, los cristianos sufrían persecución externa y
discordia interna. Los apóstoles les enseñaron, con esta historia, cómo Jesús
permaneció cerca y les habló con voz suave. Hoy, nos enfrentamos a la creciente
violencia y la indiferencia hacia la religión. Y siempre está presente la
amenaza de la guerra. Pero Jesús permanece con nosotros. “’Tranquilícense y no
teman – nos dice en los evangelios y por nuestros compañeros en la Iglesia -- soy
yo’”.