El domingo, 4 de diciembre de 2022

 SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-12)

Se dice que los nuevos programas de televisión destacan caracteres cada vez más poderosos.  Según un escritor, no importan a la gente que sean moralmente buenos o malos.  Lo que les interesan son sus muestras de poder.  El escritor lamenta el deterioro de la moralidad en la cultura occidente.  Como Juan el Bautista en el evangelio hoy, él critica la falta creciente de virtud.

Juan no vacila a denunciar a los fariseos y saduceos por su duplicidad.  Vienen tan piadosos como monjas carmelitas para verlo, el santo del desierto.  Pero bajo su exterior sanitizado queda la arrogancia y el desdén.  Estas personas son las mismas que van a acosar a Jesús por su alcance a los pecadores.  Con razón Juan los llama “raza de víboras”.

Si viviera hoy en día, Juan no se callaría ante los sectores irresponsables de nuestra sociedad.  Ellos son los que quieren que el aborto esté disponible a pedido. Los irresponsables también incluyen a aquellos que rechazan cualquiera forma de sacrificio para controlar el cambio de clima.  Los periódicos a menudo toman la postura crítica de Juan por advertir del daño que está causando el calentamiento del medio ambiente.  Dicen con razón que, si no se pone en vigencia pronto un esfuerzo concertado de controlar la quema de combustibles fósiles, las generaciones futuras sufrirán huracanes cada vez más destructivos y temperaturas cada vez más insoportables.  Con aún más vigor la Iglesia ha condenado el aborto como la quita de la vida humana.  Ha dicho que aquellos que sabiendas tiene o promueve el aborto son excomulgados.  Los periódicos y la Iglesia, como Juan mismo, sirven como profetas de la destrucción que son necesarios para captar la atención de la gente.

Sin embargo, el mensaje de Juan hace mencionar de la venida de un profeta más poderoso que él.  Según Juan, este profeta va a castigar a los injustos despiadadamente con fuego.  No nombra quien sea, pero sabemos que tiene en mente a Jesús.  Ciertamente Jesús mostrará el poder sobre espíritus inmundos.  También, mostrará la ira cuando purifica el Templo de los comerciantes.  Sin embargo, su misión tendrá un modo muy diferente que la de Juan y los profetas de la destrucción.

Jesús no actuará como el gran castigador que espera Juan.  No irá reprehendiendo a los borrachos, ni regañando a las prostitutas.  Al contrario, Jesús comerá con los pecadores y hablará con las damas de mala fama.  De este modo intentará a transformar a pecadores por actos que tocan sus corazones.  Sabrá que todo corazón humano tiene la capacidad de voltearse a Dios cuando se siente Su amor.  Como el lobo habitando con el cordero en la primera lectura, Jesús instruirá a todos seres humanos que convivan en paz con Dios como su Padre.

Nosotros tenemos que responder al amor de Dios ahora.  Nuestra respuesta debería incluir comportamientos que alivien la destrucción de calentamiento global tanto como el aborto.  Podríamos poner el termostato un par de grados menos durante el invierno y un par más durante el verano.  En la segunda lectura San Pablo dice a los cristianos en Roma que sirvan a uno a otro como Cristo sirvió a todos.  Resistiendo el cambio de clima, estaríamos sirviendo no tanto a nuestros contemporáneos como a las generaciones venideras.  El efecto será igualo.  Estaríamos tratando a otras personas con el amor reservado para hermanos y hermanas.

El domingo, 27 de noviembre de 2022

 Primer Domingo de Adviento

(Isaías 2:1-5; Romanos 13:11-14a; Mateo 24:37-44)

La Abadía de Downton era un drama de televisión exitosísimo.  La historia cuenta de una familia aristócrata viviendo en un antiguo monasterio inglés con muchos servidores. En el primer episodio un hombre de la clase media está tomando café con su madre.  Se le pasa a este hombre una carta con las noticias que él es el heredero de la abadía.  Su madre le pregunta qué dice la carta.  Él responde: “Nuestras vidas van a cambiar”.  Es seguro porque en adelante van a vivir con lujo.  En el evangelio hoy Jesús dice que la vida de sus discípulos va a cambiar tan repentina y completamente como la de este hombre. 

Jesús estaba hablando con sus discípulos acerca del fin del tiempo.  Cuando le preguntaron cuándo va a ocurrir, Jesús respondió con un largo discurso.  En ello dice que habrá mucho engaño y el Templo será profanado.  Entonces él llegará para conducir a su pueblo a su reino.  Por eso, les aconseja que deben velar porque ocurrirá tan repente como el relámpago.

Pero ¿qué quiere decir “velar”?  Para Jesús el velar no consiste en tener los ojos fijados en el horizonte.  Más bien sus discípulos velan por su venida con buenas obras. Como los bomberos anticipan combatir incendios por hacer varios ejercicios, los cristianos anticipan al Señor por las obras de misericordia.

Si no nos preparamos con obras buenas, Jesús advierte que seremos perdidos.  Seremos como el hombre dejado en el campo o la mujer dejada en el molino cuando él llegue para recoger a los suyos.  En la segunda lectura San Pablo describe a los perdidos (eso es, personas que no velan) con palabras llamativas.  Dice que ellos participan en comilonas y borracheras, desenfrenos y lujurias en lugar de actuar como Jesucristo.

Tenemos este tiempo de Adviento para reflexionar sobre la venida de Jesús.  Tiene tres etapas que tomaremos en orden revés como se realiza en las liturgias.  Primero, consideramos hoy su venida al final de los tiempos.  Queremos ser listos para ella cuandoquiera ocurra.  Segundo, meditaremos en su venida como proclamador del Reino.  Enfocamos en Juan, el Bautista, su precursor, que nos describe ambas la misión y la grandeza de Jesús.  Finalmente, reflexionaremos en la encarnación cuando llegó el Hijo de Dios al mundo como hijo de María y José.

Durante estas reflexiones afrentaremos un dilema.  Es tiempo de Christmas. Alrededor de nosotros la gente se ocupa con cosas materiales: regalos, fiestas, y vacaciones.  La cuestión es: ¿vamos a prepararnos para el Señor o vamos a preocuparnos con nuestros anhelos físicos?  El Adviento no es Cuaresma cuando hacemos penitencia.  Sin embargo, la temporada requiere la atención de nuestro espíritu.  Al menos deberíamos rezar más para disponer nuestros corazones a la acogida del Señor.

Concluyamos con una reflexión sobre la visión maravillosa del profeta Isaías en la primera lectura.  Es un panorama del mundo en paz.  Porque los ejércitos no más necesitan armas para matar, las forjan en herramientas para sostener la vida.  Los deseos de las gentes son suavizados y sus pasiones calmadas.  El profeta tuvo esta visión para el Templo en Jerusalén.  Sin embargo, nosotros cristianos la hemos adaptado en conforme con nuestra experiencia del Señor Jesús.  Él es el sacrificio y el altar que ponen fin a las guerras entre naciones.  Él es la justicia que satisface las ansias más profundas del mundo.

 

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Cómo podría yo ser más consciente de la venida de Jesús al final de los tiempos?

El domingo, 20 de noviembre de 2022

 Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

(II Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43)

El hijo de una viuda murió de repente.  Se dejó la madre desconsolada.  No solo sentía abandonada por Dios; también se preocupaba por el alma del fallecido.  Aunque era bondadoso y respetuoso de todos, el difunto no asistía regularmente en la misa.  Pensando en Cristo como un rey, podríamos apoyar a personas como esta mujer apenada.

Un rey o una reina tienen la prerrogativa de otorgar perdones a criminales.  Pueden mandar que un prisionero sea suelto, no importa su ofensa.  Aunque Pilato no era rey sino representante del imperador, tenía él también la prerrogativa.  Sin embargo, se la aprovechó no para hacer la justicia sino por motivo propio.  Soltó a Barrabás de la cárcel mientras condenaba a Jesús a la muerte. En el evangelio hoy, Jesús mismo, rey del universo, la utiliza para condonar la pena del malhechor que le pide la consideración.  Por reconocer su ofensa contritamente, Jesús le promete la vida eterna.

La segunda lectura de la Carta a los Colosenses nos asegura que Jesús tiene el privilegio de condonar sentencias.  Porque es Hijo de Dios Padre, primogénito de toda creación, y fundamento de todas cosas, Cristo ha recibido “toda plenitud”.  Esta “plenitud” incluye la capacidad de perdonar a los culpables donde juzga apropiado. Con este poder, Cristo puede condonar la pena de nuestros pecados, aunque sean grandes.

No podemos decir que todos vayan a ser admitidos en la gloria de la vida eterna.  Jesús nos advierte en el evangelio que entremos por la puerta angosta. Eso es, hemos de orar, hacer penitencia, y actuar obras buenas regularmente.  Añade que “muchos tratarán de entrar y no podrán”.  Es decir, muchos disimulan vivir rectamente, pero no lograrán la vida eterna.  Jesús ha dejado los sacramentos para mantenernos en el camino justo y recolocarnos allí cuando fallemos.  No debemos presumir que su misericordia sea tan seguro como el aguinaldo en la Navidad.

Sin embargo, la misericordia de Jesucristo es mayor que nuestros cálculos.  Él sabe si estamos plenamente culpables de nuestros pecados. Puede ser que nuestra responsabilidad fuera limitada cuando pecamos por condiciones culturales o por experiencias personales.  También, él escucha nuestros últimos gritos.  Es posible que, con un acto de contrición al momento final, él perdonara nuestros peores pecados.  Sería un acto completamente de acuerdo con su misión.  Como dijo en el camino a su martirio en Jerusalén, vino “a salvar lo que se había perdido”.

Cuando murió hace poco, la reina Isabel de Inglaterra recibió elogios del mundo entero.  Era persona disciplinada y creyente, realmente digna de admiración. Sus sujetos la querían por la dignidad que siempre mostró y por su preocupación por el bienestar de las naciones en el Commonwealth.  En Cristo tenemos a un monarca con estas cualidades y más, mucho más.  Después de vencer el pecado y la muerte, ha reinado para dispensar a nosotros la gracia.  Será siempre para nosotros el rey de reyes: justo, compasivo, y benevolente.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Vale la pena rezar por los difuntos? ¿Por qué?

El domingo, 13 de noviembre de 2022

 TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Malaquías 3:19-20; II Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19)

Hace setenta y cinco años los científicos atómicos inventaron el Reloj del Apocalipsis con el intento de evitar una catástrofe nuclear.  El concepto del Reloj es sencillo.  Cuando en el juicio de los científicos hay más posibilidad de una guerra nuclear, adelantan el reloj más cerca a medianoche.  Por supuesto, medianoche es símbolo para el fin del mundo.  Durante la Guerra Fría el reloj estaba cerca de la hora funesta.  Pero según este reloj el fin nunca ha sido más próximo que ahora.  Seguramente es razonable.  Rusia ha dicho que puede usar bombas nucleares en Ucrania.  China está amenazando Taiwán, un aliado cercano de Los Estado Unidos.  También Corea Norte tiene bombas nucleares, e es posible que Irán las tenga pronto.

¿Estamos llegando al momento de la destrucción completo de que Jesús habla en el evangelio hoy?  Seguramente unos de los signos se han realizado. Las naciones se han levantado contra otras.  También, ha habido la pandemia de Covid con terremotos como él que causó gran daño en Puerto Rico hace tres años.  Además, siguen persecuciones contra cristianos.  Hace unos meses algunos terroristas musulmanes masacraron a cincuenta personas en una iglesia nigeriana.  No tan severo pero también preocupante es la crítica intensa contra algunas organizaciones católicas como los Caballeros de Colón. Por oponerse a aborto como la toma de una vida inocente y por declarar que el matrimonio es unión de un hombre y una mujer, la Iglesia encuentra el desdén de muchos.  Ahora no solo rodean sus ojos sino buscan maneras para coaccionar a miembros conformarse con las ideas corrientes.  Un cardinal norteamericano hace doce años dijo que esperaba morir en una cama, pero su sucesor moriría en la prisión, y el sucesor de él moriría como mártir en la plaza pública.  El cardinal estaba exagerando, pero hemos visto la denuncia contra la Iglesia creciendo. 

Tenemos que prepararnos para la persecución, no con armas de acero sino del Espíritu Santo.  Tenemos que formar el hábito de rezar frecuentemente.  Si no lo hacemos, es posible que dejemos la fe bajo la persecución.  También tenemos que desarrollar la fortaleza que confía en las palabras de Jesús.  Como él dice en el evangelio hoy, nos dará palabras sabias para refutar nuestros adversarios.  Además, queremos estudiar la palabra de Dios para que conozcamos a Jesús como nuestro compañero y sus ideas como nuestras mismas. 

Ya no es tiempo de retirarnos pensando que Cristo esté tan cerca que vaya a rescatarnos de estos desafíos.  Esto es el pretexto de los ociosos en la segunda lectura.  Lo rechaza completamente San Pablo cuando dice que los que no quieran trabajar, no deberían comer.  Más bien, Pablo quiere que los tesalonicenses imiten su ejemplo de trabajar por el bien de la comunidad.  Aún más importante, que sigámonos a Pablo en su afán de dar testimonio a Jesucristo.  En Jesús no solo tenemos un profeta que nos cuenta la voluntad de Dios.  Tenemos también a un salvador que se nos entregó para liberarnos del pecado.

¿Preferíamos que el mundo termine más tarde o más temprano?  Parece que es mejor que se haga más temprano porque queremos estar con el Señor cuanto antes.  Sin embargo, no queremos que sea terminado con una bomba nuclear.  De todos modos, cuando venga el Señor Jesús que nos encuentre dando testimonio de él.  Tanto con obras como con palabras que demos testimonio a él.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿He visto la crítica intensa contra el cristianismo?  ¿Si la he visto, Cómo reaccioné a esta crítica?

El domingo, 6 de noviembre de 2022

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO, 6 de noviembre de 2022

(II Macabeos 7:1-2.9-14; II Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38)

Hay una mujer que tiene más de cien años.  Porque ha tenido varias complicaciones médicas, se le ha sugerido que acepte un tipo de hospicio.  Pero rechaza la oferta.  Dice que no es lista para morir.  Ella es como la gran mayoría de personas con ganas de vivir.  Si les preguntáramos ¿para qué?, dirían que algo como quieren seguir disfrutando la vida.  Considerarían como gozos de la vida comiendo alimentos ricos, mirando diferentes expresiones artísticas, y relacionando con personas interesantes.  Tal vez el rey en la primera lectura hoy cree que los siete hermanos comieran el prohibido puerco para que tengan acceso a estos tipos de experiencias.

Sin embargo, los hermanos no encuentran estos placeres, ni cualquiera otra experiencia mundana, como valiosos en comparación con la fidelidad a Dios.   Sobre todo, en la vida intentan complacer a Dios, su Creedor and Redentor.  Saben que lo que vale la pena vivir, vale la pena morir.  Y no morirían meramente para comer chocolates o charlar con el alcalde.  No, morirían para salvar la vida de un miembro de la familia, para defender la patria de agresores, y, más importante, para mantener una relación firme con Dios.  Realmente, los primeros dos motivos para morir se envuelven en el tercero. Pues, cuando nos sacrificamos por el bien de la familia o de la patria, cumplimos los mandamientos de Dios.

Sin embargo, cuando procuramos vivir solo para los bienes mundanos, estamos limitando nuestro horizonte.  Vamos a alcanzarlo, eso es el fin, si no este año, entonces en otro.  Pues, somos programados a perder el gusto de comida y la capacidad de relacionarnos a otros.  Nuestros cuerpos simplemente no pueden aguantar más que cinco o seis veintenas de años.  La muerte es tan seguro como el poner del sol cada tarde. 

Los jóvenes de la lectura están conscientes de otra realidad oculta al mundo, pero perceptible a personas de la fe.  Intuyen de las Escrituras que Dios resucitará a los hombres y mujeres que vivan por Él.  Desde que Dios quiere que todo el mundo se integre en Su familia, todos aquellos que se dispongan a sí mismos a Él van a vivir con Él para siempre.  Su horizonte no tendrá límites.

Cuando los saduceos en el evangelio hoy cuestiona a Jesús sobre la vida eterna, él confirma la posición de los hermanos.  Ha recurrido a las Escrituras para mostrar que los justos viven para siempre.  En Génesis Dios es (no solo era) Padre de Abrahán, Isaac, y Jacob.  Por eso, deben ser vivos. Además, toda su misión ha tenido este matiz.  Has predicado la necesidad de arrepentimiento porque el Reino de Dios (eso es, Dios en todo su amor) está listo a premiar a aquellos que vuelvan a él.  Sus milagros, particularmente los levantar a los muertos a la vida de nuevo, han indicado este poder de resucitar a los fieles.  Por supuesto, al final de esta misión Jesús mismo entregará su vida por el bien de la gente en conforme con la voluntad de Dios Padre.  El resultado de su sacrificio supremo será Dios levantándolo de entre los muertos como la primicia de la vida eterna. 

No somos los primeros para preguntar: ¿qué vale la pena morir? Los entusiasmados han contestado su propia pregunta con tales cosas como palacios o cruceros.  Nosotros no somos tan ingenuos que creamos a ellos.  ¿Qué vale la pena morir?  Solo la vida en Cristo porque es la vida para siempre.  Es la vida de amor para nuestras familias, para nuestra patria, y sobre todo para nuestro Dios.


El domingo, 30 de octubre de 2022

 TRIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 11:22-12:2; II Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10)

Hay muchas historias del San Juan Pablo II que llaman la atención.  La Jornada Mundial de la Juventud, 2002, ocasionó una de las mejores.  El papa Juan Pablo llega a Toronto para estar con innumerables jóvenes por la última vez en su vida.  Tiene ochenta y dos años y mira, con cara hinchada y distorsionada, como tiene aún más. En la misa de clausura con casi un millón de personas asistiendo está una joven de veinte y cuatro años.  Ella es alcohólica, adicta de heroína y prostituta.  Le cuenta a sí misma que quiere morir.  Solo porque algunos jóvenes en la parroquia cerca de ella le ayudaron, podía ella llegar al evento.  Entonces su vida cambia.  Como si estuviera dirigiéndose solo a ella, escucha al papa diciendo que le ama.  Muchos hombres le han dicho que la aman, pero en este caso -- dice ella después -- el hombre lo habló en serio.  Además, le dice el papa que Dios, quien hizo todas las estrellas en el cielo, le ama también.  Le ama tanto que quiera que ella pase toda la eternidad con Él.  Al escucharlo, la joven no más quiere morir; al contrario, ya quiere vivir.  Como Jesús en el evangelio hoy, san Juan Pablo II era persona capaz de cambiar las vidas de gente.

A través este Evangelio de Lucas simplemente la presencia de Jesús resulta en bienes.  Al principio, dentro del vientre de María su venida causa a la criatura dentro de Isabel saltar de alegría.  Al final, por haber conocido a Jesús, Pilato y Herodes, que eran enemigos, se hacen amigos.  Según el discípulo en el camino a Emaús, Jesús es “un profeta poderoso en obras y palabras”.  No obstante, es también tan misericordioso como una mamá a su último hijo.  Recordamos cómo Jesús resucitó al hijo de la viuda en luto y cómo sanó la oreja del criado en el Jardín de Olivos.  Como siempre, san Pablo tiene palabras provechosas para describir el efecto de Jesús. Escribe: “…todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”.  Como fue a encontrar a Pablo en el camino a Damasco, Jesús busca a Zaqueo en el evangelio hoy.

Tenemos que entender el tipo de persona Zaqueo es.  No es el “buen publicano” listo para ayudar a los pobres.  Más bien, es “jefe de publicanos”, probablemente el que sabe lo mejor cómo estafar a la gente y como defender sus crimines con mentiras.  Quiere ver a Jesús no porque es santo sino porque es un celebre.  Como es ver al rey de Inglaterra cuando viene a tu país, ver a Jesús es la cosa que hacer este dichoso día en Jericó.  Pero el encuentro con Jesús cambia a Zaqueo para siempre.  No más va a extorsionar nada de nadie.  Más bien va a restituir cuatro veces lo que haya defraudado en el pasado y dar la mitad de sus bienes a los pobres.

Jesús viene en búsqueda a cada uno de nosotros.  Hay historias de sus apariencias a personas como Santo Tomás de Aquino cuando, según un reportaje, le habló del crucifijo.  Más común pero todavía poderosa es la presencia de Jesús sentida en programas como el Camino de Emaús.  A menudo Jesús nos llega por las palabras del evangelio o por el conocimiento de una persona santa.  Sin embargo, el modo preferido de Jesús para acercarnos es a través de los sacramentos.   Como se dice, “Cuando alguien te bautiza, es Cristo quien te bautiza”.  Sí la fe es necesaria para reconocerlo.  No obstante, está allí.

De los siete sacramentos el más reconocido por encontrar a Jesús es definitivamente la Eucaristía.  Aquí lo tenemos primero en nuestra mano, entonces lo consumimos.  El resultado no es que él se haga como nosotros sino al contrario.  Nosotros nos convertimos como él.  Ya en tiempo de Halloween podemos pensar en el pan y vino como un disfraz que Jesús lleva para acercarse a nosotros.  En este caso él no quiere tomar chocolates de nosotros.  Más bien, quiere compartir su vida con nosotros.Para la reflexión: ¿Jamás has sentido la presencia de Jesús?  Describe la experiencia.

El domingo, 23 de octubre de 2022

 TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 33:1-7.17-18.19.23; II Timoteo 4:6-8.16-18; Lucas 18:9-14)

Al final de los evangelios de Mateo, Marcos, y Lucas Jesús deja a sus discípulos una misión.  Ellos son de predicar su nombre en todas partes del mundo.  Por eso, algunos dicen que la Iglesia no tiene una misión; más bien, es misión.  Los papas han recalcado la necesidad de misiones por designar un domingo cada año, el Domingo mundial de las misiones.  Se celebra ahora el penúltimo domingo del mes de octubre.

Este año el papa Francisco da el tema para el Domingo de misiones la frase de Jesús antes de ascender al cielo, “’…que sean mis testigos’”.  Quiere que todos, y no solo los misioneros a países extranjeros, demos testimonio a Jesús.  Nuestra sociedad, cada vez más secularizada, necesita nuestros esfuerzos para que encuentre a Cristo.  La gente no va a recibir huellas de él en los cines y periódicos.

Como modelo del testimonio a Cristo tenemos a Pablo.  En la segunda lectura él dice que ha sido fiel en la misión de proclamar la salvación de Cristo a los paganos.  Cuando considerara su logro, aun la persona cínica quedaría asombrada. Pablo siempre se arriesgaba su vida. Aunque los caminos romanos fueron bien construidos, no eran protegidos de ladrones.  Además, experimentó naufragios, apedreado, y azotes.  Sufrió varios tipos de inconvenientes e insultos.  Pasó las noches expuesto a los elementos, sean fríos o calorosos, nevados o lluviosos.  Trabajó para su comida y su alojamiento cuando el segundo estaba disponible.  Aguantó la burla de los griegos y el desdén de los judíos por proclamar al crucificado como el Señor. 

¿Cómo Pablo podía sufrir tanto?  ¿Fue simplemente porque Jesús le apareció y le encargó una misión?  No, por una persona tan inteligente y razonable que parece en sus cartas, estos motivos no convencen.  Lo que impulsó a Pablo a sacrificar su vida hasta el martirio en Roma era el amor que compartía con Jesús.  Lo amó como su libertador, como el que lo rescató del odio y de error.  Aún más palpable era el amor de Cristo que Pablo sintió en su corazón.  Como escribió a los romanos: “…estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Este amor nos trae a la misa.  Buscamos a aquel que nos da su cuerpo para sostenerse en la lucha de vivir como hijas e hijos de Dios.  Es de nosotros para responder a este amor por asumir un papel en la misión de proclamar su nombre al mundo.  Siempre la Iglesia ha contado con los laicos por los aportes de oración y dinero para adelantar la misión apostólica.  Ahora con menos religiosas y sacerdotes hace falta el testimonio de los laicos.  El mundo debe escuchar el testimonio de personas como el beato Carlos Manuel Rodríguez, el laico puertorriqueño que condujo a muchos universitarios al entendimiento más profundo de Cristo y la Iglesia.  Requiere ejemplo de la valentía moral de la italiana santa Gianna Molla que murió de cáncer en lugar de abortar a su hijo cuando recibiendo tratamientos. 

Aunque sea necesario el testimonio de vida, no se puede dejar dando testimonio con palabras.  El mismo Pablo dice: “…la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo” (Rom 10,17).  Se vio enfrente de la iglesia una laica con micrófono atestiguando a Cristo.  Aunque no queremos criticar a tales esfuerzos, no creemos que sean efectivos.  Pero lo que es eficaz es la explicación del evangelio a nuestros niños en casa.  Por eso, podemos salvar a ellos junto con nosotros mismos.

PARA LA REFLEXIÓN: Nombra a una persona que da buen testimonio de Cristo con su vida.