El domingo, 15 de diciembre de 2019


EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)

¿Conocen el nombre “Babe Ruth”?  Era el jugador de béisbol más famoso en la primera mitad del siglo veinte.  Dicen que no se miraba como un gran atleta.  Era gordo con piernas delgadas.  Pero podía pegar jonrones.  En una temporada pegó sesenta; en otra, cincuenta y nueve.  La historia es semejante con lo que pasa entre Juan Bautista y Jesús en el evangelio hoy.

Juan manda a sus discípulos a Jesús.  Quiere saber si Jesús es el mesías; eso es, el que volvería la gloria a Israel.  Según la historia Dios prometió a David que estableciera un trono para siempre para su descendiente.  Juan se enteró de Jesús.  Sabe que ha hecho maravillas pero a la vez recibe reportes inquietantes.  Jesús no denuncia a los malvados con palabras fogosas como esperaba Juan del “el que ha de venir”.  Ni coacciona a la gente para que siempre se comporte rectamente.  Más bien, Jesús come con los pecadores y cura a los enfermos sólo por expresar fe en él.  Juan se pregunta: “¿’…tenemos que esperar a otro’” para cumplir la promesa de Dios?

El problema no es que Jesús haga algún mal.  El problema es que Juan se equivoca en su concepto del ungido de Dios.  Desgraciadamente algunos entre nosotros tenemos conceptos equivocados acerca de Jesús. Estos conceptos no son completamente falsos.  Sin embargo, pueden crear dificultades para nuestro seguimiento del Señor.  Vamos a describir tres de estos mal conceptos ahora: Jesús, el hacedor de maravillas; Jesús, el ascético pasivo; y Jesús, el revolucionario.

Algunos piensan en Jesús como el que va aliviarlos de todos sus problemas.  Piensan que si rezan, Jesús los sacará de todos sus líos.  Y ¿quién puede negar que Jesús no le haya ayudado?  Pero nuestros rezos no garantizan que desaparezcan todos problemas.  De hecho, Jesús promete que sus seguidores serán perseguidos.  Sin embargo, podemos contar con Jesús para la fortaleza de enfrentar los desafíos de la vida.

Algunos cristianos insisten en ver a Jesús como un ermitaño que ha abandonado toda esperanza para el mundo.  Lo retratan como un “santo de Dios” que sólo espera el mundo que va a venir.  Es cierto que Jesús es profeta con una crítica profunda del mundo.  Sin embargo, por el amor al hombre Jesús es más empeñado a transformar la maldad del mundo que maldecirla.  Hay un proverbio: “Es mejor encender una vela que maldecir las tinieblas”.  Jesús enciende mil velas.  Y pide a nosotros sus seguidores hacer lo mismo.

A veces se ve Jesús como un revolucionario.  Como un Che Guevara Jesús supuestamente sólo busca el avance social de los pobres.   En esta perspectiva no le importa a Jesús la rectitud personal: la fidelidad, la honradez, la piedad.  Otra vez, es cierto que Jesús siempre tiene en mente a los pobres.  En el evangelio hoy Jesús aun menciona la predicación a los pobres como marca de su autoridad.  Pero primero Jesús viene para llamar a individuos al reino de Dios.  Para entrar en ello la persona tiene hacer dos cosas: dejarse ser amado de Dios y arrepentirse de sus pecados.

Pensamos en Jesús como viniéndonos de modo especial en la misa navideña.  El espíritu de bondad y la alegría de la gente nos conllevan el sentido que Jesús está muy cerca.  Nos hace falta una perspectiva correcta de quien viene.  Jesús entra en nuestras vidas como el que comparte nuestro carga.  Él va a enseñarnos gentil pero también firmemente como ser fiel, honrado, y piadoso.  Al seguirlo, vamos a formar una sociedad que apoya a sus pobres y cuida a sus niños. 

El domingo, 8 de diciembre de 2020


EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO 

(Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-12)


El padre Juan era encargado de la disciplina en un colegio para los muchachos.  De más de seis pies de estatura con manos grandes y huesudas, llamaba mucha atención.  Para añadir a su imagen fuerte el padre Juan nunca se vio sonriendo.  Si te viera corriendo en el pasillo o subiendo la escalera descendiente, te detendría.  Te diría a quitar los lentes. Y te daría una bofetada.  El golpe te lastimaría un poco, pero no te habría dejado herido.  Te sentirías no tanto ofendido como determinado no desobedecer ninguna regla en el futuro.  El padre Juan era temido sí pero aún más respetado.  Todo el mundo lo consideraba como hombre justo.  Era como Juan en el evangelio hoy.

Juan predica el arrepentimiento.  Quiere que la gente cambie su corazón.  En lugar de buscar el privilegio, que sirvan a los demás.  En lugar de pensar siempre en el placer, que traten de agradar al Señor.  Hombres vienen de todas partes para escuchar a Juan.  Aun los fariseos quieren someterse a su bautismo.  Pero Juan no acepta la virtud falsa.  “’Raza de víboras’” – llama a los hipócritas – “’… Hagan ver con obras de arrepentimiento y no se hagan ilusiones…’” 

Juan da el motivo de arrepentirse.  Dice: “’…el Reino de los cielos está cerca’”.  Eso es, el tiempo de la paz eterna está para irrumpir en la tierra.  Nadie describe el reino de Dios con mayor imaginación que el profeta Isaías en la primera lectura.  Cuando venga el reino, todos los enemigos serán reconciliados.  Los lobos vagarán entre los corderos sin molestarlos.  Las osas dormirán a la par de las vacas sin ningún problema.  Los muchachos marcharán en los campos de víboras sin causar la preocupación de sus padres. Según Isaías se inicia el reino con un líder nuevo de Israel.  Será no sólo justo sino perspicaz de modo que juzgue siempre de la verdad.  Tendrá la capacidad de guardar inactivos a los impíos con simplemente las palabras de su boca. 

San Pablo en la segunda lectura atestigua que se ha cumplido la profecía de Isaías.  Dice que con la predicación de Jesucristo ya “los paganos alaban a Dios”.  Exhorta la harmonía entre judíos y paganos en la comunidad romana como testimonio aún más grande.  Algo parecido se puede ver en nuestras comunidades constituidas de personas de diversos orígenes.  Particularmente entre los latinos personas de diferentes razas y naciones cooperan sin dificultad.

Si los fariseos podían fingir la virtud, ciertamente los cristianos pueden hacerlo también.  Tenemos que escuchar las advertencias de Juan dirigidas a nosotros. Aun si acudimos a la iglesia todos domingos, tenemos que decir la verdad y evitar la impureza.  Una cosa es llevar la imagen de la virgen en la procesión el doce de diciembre.  Pero es mucha mayor cosa llevar la Santa Comunión a los ancianos en el asilo cada domingo. 

En el evangelio Juan se viste de pelo de camello y come langostas, no del mar sino de la tierra.  Así Juan apenas parece como uno participando en una de nuestras fiestas navideñas.  Pero siempre deberíamos pensar en Juan entre nosotros en las fiestas.  Pues su mensaje de arrepentimiento nos ayudará moderar nuestros apetitos.  Juan nos recuerda que hemos de dar testimonio a Jesucristo.  Tanto por reconciliarnos con los enemigos como por evitar la impureza los demás reconocerán a Jesucristo.  Entonces el mundo sabrá que el reino está realmente cerca.  Sabrá que Jesucristo está para llegar.

El domingo, 1 de diciembre de 2019


El Primer Domingo de Adviento

(Isaías 2:1-5; Romanos 13:11-14a; Mateo 24:37-44)


El Señor amonesta a sus discípulos en el evangelio, “Velen…”  Y la gente vela para gangas navideñas.  Quieren comprar un nuevo televisor de Best-Buy.  O desean un iPhone 11 de Wal-Mart.  De alguna manera no parece el tipo de velar que Jesús tiene en  mente.

Jesús sabe que hay anhelos más profundos  en el corazón humano que aparatos tecnológicos.  Sabe que anhelamos el fin de las guerras.  Se da cuenta que no queremos escuchar de niños muriendo de enfermedades curables.  Por eso la visión de Isaías en primera lectura nos llama la atención.  El profeta escribe del día en que las armas para la guerra se conviertan en recursos para el bien humano.  Dice que en ese día se forjen los arados de las espadas.  Nosotros podemos pensar en reemplazar los misiles con medicinas para eliminar la malaria.

Jesús nos ha enseñado cómo hemos de realizar la visión de Isaías.  En el Evangelio según San Mateo de que leemos hoy Jesús da el Sermón del Monte.  Es el programa para una vida perfecta.  Cuando la genta lo sigue, la sociedad en que viven se hace justa.  Al final del sermón Jesús resume sus contenidos en una frase.  Dice: “’Hagan ustedes a los demás como quieran que los demás hagan con ustedes’”.  Parece sencillo pero sabemos que a veces la “regla de oro” significa el sacrificio del yo. Por eso tenemos que preguntar: ¿Por qué pensamos que podemos cumplirla?  Hay sólo una respuesta a este interrogante.  Podemos cumplirla porque nos capacita la gracia de Jesucristo merecida por su muerte y resurrección.

Vamos a estar leyendo el Evangelio según San Mateo por un año entero.  La lectura actual no se encuentra en el principio del evangelio sino hacia el final.  Sus discípulos le han preguntado a Jesús cuando ocurrirán el fin del mundo y su regreso.  Él responde con un largo discurso de lo cual nuestro evangelio hoy forma sólo una parte pequeña.  Dice que él vendrá inesperada y repentinamente.  Nadie incluyendo a sí mismo sabe el momento excepto Dios Padre.  Por eso, dice que tenemos que esperarlo despiertos.  Eso es, tenemos que esperarlo no ociosamente como gente aguardando el bus.  Más bien que lo esperemos como un viejo preparándose para la muerte por  poner sus asuntos en orden. 

San Pablo en la segunda lectura nos muestra lo que tenemos que hacer.  Nos exhorta que desechemos las obras de las tinieblas y que nos revistamos con Jesucristo.   Eso es, en lugar de quejarnos de personas que nos ofenden, que recemos por ellas.  En lugar de pensar de otras personas con lujuria en mente, que nos acordemos que todos humanos son hijas e hijos de Dios.  Las iglesias ubicadas en el centro de una ciudad sureño están poniéndose de Jesucristo.  Cada una toma un día de la semana para dar hospitalidad a un grupo de desamparados.  Les sirven la cena y les proporcionan una camilla para dormir.  También pasan el tiempo con los pobres jugando barajas y otros tipos de juegos.

La Iglesia católica ha reservado estas cuatro semanas de Adviento como el tiempo particular de esperar el regreso de Jesús.   Sí practicamos las obras de misericordia todo el año.  Pero tenemos estos veinte y pico días para enfocarnos en los demás.  Por supuesto, no estamos pensando sólo en nuestros familiares y amigos.  No, ahora pensamos en aquellos que no tienen recursos.  Que recemos por ellos y que ayudemos al menos a algunos.  Que nos acordemos que son hijas e hijos de Dios.  Mucho más que velar para las gangas en Wal-Mart esto es el espíritu de Adviento.

El domingo, 24 de noviembre de 2019


Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo 

(II Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43)


Existe mucha crítica de los reyes hoy en día.  Dicen que los reyes gastan millones y no sirven para nada.  Aunque esta evaluación sea severa, es cierto que los reyes actuales no tienen todas las responsabilidades como antes.  En la Edad Media los reyes supervisaban el bien de toda la nación.  Protegían al pueblo de intrusos y proveían por los pobres entre muchas otras cosas.  Por eso los mejores de los reyes en el pasado siempre sentían el oficio muy pesado.  Hablamos de Jesucristo como rey porque asumió la responsabilidad por el mundo entero.

La primera lectura presenta al rey más cumplido en el Antiguo Testamento.  David extendió las fronteras de Israel. Lideró  al pueblo no sólo en la guerra sino en la alabanza también.  Era músico acreditado por la composición de al menos algunos de los salmos.  Tenía grandes defectos, es verdad.  Pero él fue bastante sensato que pidiera el perdón del Señor.  Se puede ver en sus logras una huella de la gloría de Jesucristo. 

Como David conquistó los pueblos ajenos, Jesús triunfó sobre el pecado.  Para algunos esta victoria es sólo figurativa.  No piensan que ella dé beneficio a nuestras vidas diarias.  Pero sabemos mejor.  El ejemplo de Jesús se ha hecho la medida de la virtud entre nosotros.  Además, por su acompañamiento, que realizamos en la oración diaria, nada puede derrotarnos.  Sea la muerte o la bancarrota, sabemos que Jesús nos llevará a la vida eterna.

La segunda lectura de la Carta a los Colosenses nos presenta otra perspectiva del rey Jesucristo.  No reina sólo sobre la tierra sino también en los cielos.  Tiene todas las fuerzas de tinieblas bajo su dominio y todos los ángeles a sus órdenes.  Cumplirá la promesa de su resurrección cuando nos levante a nosotros de la muerte.  Hasta entonces por la gracia de su cruz podemos vivir en paz con los demás.  Verlo muriendo injustamente todo pueblo y cada individuo deberían reconocer a sí mismo como la causa.  Cuando hagamos esto, podemos perdonar al uno al otro las ofensas en el lamento mutuo por su muerte.

Particularmente en los evangelios de San Juan y San Lucas Jesús reina de la cruz.  En el evangelio según San Juan Jesús muere sólo cuando ha cumplido su misión.  Provee por su madre, su amigo querido, y sus discípulos cuando envía su espíritu a ellos.  En San Lucas Jesús muestra su autoridad como rey cuando otorga el paraíso al malhechor.  El otro malhechor se burla de Jesús diciendo: “’Si tú eres el Mesías (a decir, “el ungido rey), sálvate a ti mismo y a nosotros’”.  Es exactamente lo que Jesús hace.  Por ser fiel hasta la muerte Dios levantará a Jesús.  Además Jesús otorga la salvación al malhechor con la sensatez de reconocer su culpa.

Se ha notado que hay sólo una instancia en toda la Biblia donde se le llama a Jesús sólo por nombre.  El malhechor arrepentido se le dirige a su compañero divino simplemente por decir “Jesús”.  No añade “Cristo” o “hijo de Dios” o nada semejante.  Dice solamente: “’Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino’”.  Como respuesta el ladrón recibe la vida eterna.  ¡Bueno! Lo que sirve al malhechor, nos puede servir a nosotros también.  Que no nos falte a llamar al Señor una vez que nos arrepintamos de nosotros pecados.  Que le digamos: “’Jesús, acuérdate de mí’”.

El domingo, 17 de noviembre de 2019

TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Malaquías 3:19-20; II Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19)


Los parisinos lamentan el incendio en la catedral de Notre Dame este abril pasado.  Las llamas hicieron daño masivo a diferentes partes de la estructura.  Sin embargo, su lamento fue pequeño comparado con la congoja de los judíos con la destrucción del templo.  En el medio del primer siglo el ejército romano vino en toda fuerza para sofocar una rebelión judía.  En el proceso desmontó el gran templo del rey Herodes.  Hasta el día hoy los judíos han tenido luto por la pérdida.  Era el único lugar en que podían ofrecer sacrificios para pedir a Dios perdón y agradecerle la bondad.  En el evangelio hoy Jesús advierte a la gente de la destrucción que iba a venir.  Además instruye a sus discípulos cómo prepararse para el fin del mundo.

Podemos pensar en el templo como las cosas que dan valor a nuestras vidas.  Para nosotros el templo es como nuestra familia, nuestra ocupación o nuestra salud.  Sin alguna de estas cosas nos sentiríamos empobrecidos, tal vez perdidos.  Es posible que no quisiéramos seguir viviendo.  Cuando muere una pareja después de cincuenta años de matrimonio, el otro a menudo se siente desolado.  No ve cómo va a seguir adelante en la vida.  Los dos eran uno, tan cercanos como gemelos juntados en la cadera.  Ya queda la mitad como si fuera teniendo una hemorragia.

¿Qué podemos hacer para mantener la cordura en tales circunstancias?  Jesús responde a este interrogante en la lectura.  Asegura a sus discípulos que van a experimentar pruebas.  Tiene en mente las persecuciones, pero se puede aplicar sus palabras a la muerte de un ser querido.  Dice que hemos de “dar testimonio de (él)”.  No hay ninguna verdad de Jesús que vale nuestro testimonio más que lo siguiente: Jesús murió y se resucitó por amor de los seres humanos.  Por eso, damos testimonio de Jesús por seguir amando a pesar de las contrariedades de la vida. 

La experiencia amarga de la muerte puede causar nuestro corazón a secarse.  Entonces no queremos amar más. No queremos incomodarnos para ayudar a una persona en necesidad.  Mucho menos  queremos perdonar al familiar que nos ha ofendido.  Sólo queremos proteger lo que tenemos para que no perdamos nada más.  Pero hacer obras del amor por los demás nos ayudaría en modos más allá que mantener la cordura.  Nos movería más cerca de la persona que hemos perdido.  Pues Jesús ha prometido la misma gloria que él tiene a aquellos que lo siguen. 

En la primera lectura el profeta Malaquías habla del “día del Señor”.  No está pensando en el día domingo sino en el final de los tiempos.  Diferente de otros profetas Malaquías no lo ve como un día de terror para todos.  Según él sólo los malvados tienen que preocuparse.  Aquellos que aman en acuerdo con la voluntad de Dios pueden anticipar el día con gozo.  Ellos serán recompensados por sus obras del amor.

Por supuesto el amor tiene que ser más que palabras.  San Pablo en la segunda lectura regaña a los ociosos que hablan del amor pero no hacen nada.  Dice que todos tienen que trabajar para el bien común.  Meramente porque el mundo puede terminar mañana no debe ser pretexto para desistir practicar el amor diariamente.  Al contrario,  porque puede terminar pronto tenemos que aplicarnos a la tarea del amor ahora.  Queremos crear una sociedad que se acogerá a Jesús cuando regrese.

En las partes norteñas estos días se siente la muerte.  Las hojas caídas dejan los árboles sin signo de la vida.  El aire frío, a menudo mojado, nos da escalofríos.  El año está casi para terminar.  Sí estas cosas nos recuerdan de la muerte que va a llevarse a todos.  Pero la muerte no marca la desolación para aquellos que creen en Jesucristo como Señor.  Siguiéndolo por obras del amor vamos a resucitarnos en la gloria.

El domingo, 10 de noviembre de 2019


TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(II Macabeos 7:1-2.9-14; II Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38)


No es raro que una persona en luto nos pida ayuda.  Cuando muere un esposo o un hijo, se siente tan perdida que busque la consolación.  Quiere asegurarse que hay la vida más allá que la muerte.  Necesita algún apoyo para seguir adelante en la vida sin la presencia del ser querido. 

Seguramente la búsqueda para la consolación no es el motivo de los saduceos en el evangelio hoy. Interrogan a Jesús no para conseguir su perspectiva sobre qué pasa a la persona con la muerte.  Mucho menos están en luto y necesitan su apoyo.  Ni están interesados en sus pensamientos sobre la resurrección de los muertos.  Probablemente saben que Jesús ha pronunciado en favor de la resurrección.  Por eso, estos hombres vienen para atrapar a Jesús en sus palabras.  Desde que entró en Jerusalén Jesús ha tenido un seguimiento grande.  Los saduceos del partido de los sumos sacerdotes no quieren que la fama de Jesús se aumente. Saben bien que si la gente lo apoya en grandes números, disminuirá su autoridad propia.

Los saduceos retan a Jesús con un ejemplo ridículo.   Cuentan de siete hermanos, cada uno casándose con la misma mujer y muriendo antes de que tenga hijo.  Según la ley el hermano tiene que casarse con la esposa de su hermano muerto.  De este modo se protege la viuda de la explotación.  También el hermano que se case con ella recibirá una doble porción del patrimonio cuando la mujer dé la luz a un hijo.  Los saduceos deseando burlarse de la resurrección de los muertos preguntan a Jesús: “’…cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer…?’” Su propósito es burlarse de la idea de la resurrección. 

Pero Jesús como un sabio entiende la realidad mejor que sus interrogadores.  Responde que no hay casamiento en la vida eterna.  Añade que las Escrituras mismas indican que al menos algunos muertos están resucitados.  Refiere al pasaje en lo cual Moisés llama al Señor, “Dios de Abraham…” y dice que Dios es Dios sólo de los vivos. 

Puede ser angustioso para parejas escuchar que no hay casamiento en el cielo.  ¿Quiere decir Jesús que no van a tener relaciones en el cielo?  Aparentemente no si se piensan en relaciones físicas que producen hijos.  La razón es que no habrá necesidad de reproducirse si no hay la muerte.  Pero esto no quiere decir que las parejas no más van a amar a uno a otro.  Al contrario su amor va a intensificarse porque estarán libres de motivos egoístas. Una pareja era casada por casi cincuenta años cuando la mujer se puso enferma con Alzheimer.  El hombre se encargó de su cuidado.  Le daba medicinas y le llevaba afuera para ejercicio.  También hacía todas las tareas de su casa.  Por supuesto, no podían tener relaciones sexuales.  Sin embargo, el hombre no resintió su suerte de modo que se pusiera impaciente con su esposa.  Al contrario, decía que le amaba más entonces que en el día de su matrimonio.

Si no les interesa a los saduceos el apoyo para aquellos en luto, a Jesús sí le interesa mucho.  Quiere que todos nosotros vivamos con la esperanza.  En este evangelio Jesús se encuentra en Jerusalén para dar su vida como el costo de la esperanza.  Su muerte en la cruz va a derrotar las fuerzas del mal.  Su resurrección al tercer día será la garantía a sus seguidores que nuestro destino no es la tumba.  Solamente tenemos que quedarnos cerca de él.

El domingo, 3 de noviembre de 2019


TRIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Sabiduría 11:22-12:2; II Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10)

Por un momento acordémonos de la liturgia del Jueves Santo.  La primera lectura cuenta de los israelitas preparándose para huir de Egipto. Por eso, el predicador quiere hablar de la liberación de la esclavitud.  La segunda lectura tiene que ver con la institución de la Eucaristía.  Ahora el predicador quiere enfatizar la presencia del Señor Jesús en el pan y el vino.  El evangelio es uno de los más impresionantes que hay.  Después de lavar los pies de sus discípulos, Jesús les manda a  lavar los pies de unos y otros.  El predicador ahora siente la necesidad de recalcar el rol del servicio en la vida cristiana.  De algún modo él cabrá los tres temas en su homilía. En la misa hoy también hay tres temas para incluir en la homilía.  Ellos realmente son tres personajes – dos del evangelio y uno del día tres de noviembre.

En primer lugar debemos considerar a Jesús.  Ha tenido sus ojos fijos en Jerusalén por mucho tiempo.  Va allá para ofrecerse como sacrificio por los pecados del mundo.  No será una muerte sencilla – una bala en su cabeza o un golpe dela hacha en su cuello.  No, va a sufrir una de las peores muertas jamás inventadas: la crucifixión.  Aunque prevé lo que le pasará, sigue adelante.  De alguna manera la consciencia de su muerte inminente, no le pone melancólico.  Al contrario tiene la dominación de mente para acogerse a la gente en el camino.  Acaba de curar al mendigo ciego.  Ahora se da cuenta del publicano Zaqueo posado en un árbol.  Le da al hombre el gusto de entretenerlo en su casa.  Más beneficiosa es la bendición con que Jesús otorga a él y su familia.  Cuando escucha a Zaqueo comprometerse a los pobres, Jesús les pronuncia a todos como salvados.

Zaqueo mismo también ha mostrado la virtud.  Aunque es bajo de estatura, se prueba a sí mismo como grande de corazón.  Como el vidente Simeón a la presentación del Señor en el templo, Zaqueo quiere ver a Jesús.  Responde a la gracia de la venida de Jesús a su casa con el arrepentimiento de sus pecados.  Como jefe de publicanos, él tenía que ser involucrado en fraudes y estafas.  Pero ahora compromete la mitad de sus bienes a los pobres.  Además restituirá cuatro veces a las personas que les ha estafado.  No lo llamamos San Zaqueo pero sabemos que está cerca de Dios.

El evangelio no habla de San Martín de Porres pero él siempre vivía como discípulo de Jesús.  Nació en Perú durante el siglo dieciséis. Era mulato con padre español y madre africana. Se crio con gran humildad y aun mayor devoción a Cristo crucificado.  Como religioso, era tan humilde que ofreciera a sí mismo como esclavo para pagar las deudas de su convento.  Vio a Jesús en los pobres de la calle.  Cuando estaban enfermos, los llevó al convento o la casa de su hermana para cuidarlos.  Es persona relevante al día hoy por su cuidado al medioambiente.  Recogió yerbas y flores para hacer medicinas. Cuidaba todos tipos de animales.  Se puede contar cien historias de este fraile notable, pero basta decir una cosa.  Amó al Señor y el Señor bendijo su vida.

Por el amor a Jesucristo el publicano Zaqueo y el mulato Martín de Porres lograron grandes cosas. Ayudaron muchísimo a los pobres y trabajaron para la paz entre diferentes tipos de gentes.  Vale la pena reconocer su santidad hoy e imitar sus virtudes todos los días.