III
DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 2:14, 22-33; I Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)
Cada año,
en este tercer domingo de Pascua, escuchamos el relato de una aparición de
Jesús resucitado. Hoy se nos narra su aparición a los discípulos en el camino a
Emaús. Quisiera aprovechar esta oportunidad para reflexionar sobre la
naturaleza de la resurrección de Jesús y también de la nuestra, cuando Él
vuelva al final de los tiempos. La resurrección es uno de los principios
centrales de la fe cristiana. Sin embargo, no es tan fácil de entender como a
menudo se piensa.
Para
facilitar una comprensión correcta, es necesario aclarar algunas ideas falsas
sobre la resurrección. Para muchos hoy en día, la resurrección de Jesús es un
mito que pretende decir que Jesús vive en el corazón de sus discípulos. Los
mitos son relatos sin base histórica cuyo propósito es expresar una verdad
humana. La historia de la Torre de Babel, por ejemplo, es un mito que intenta
explicar por qué existen tantos idiomas en el mundo. Este no es el caso del
relato de la resurrección de Jesús. Sus bases históricas están bien
establecidas: Jesús fue crucificado por orden de Poncio Pilato, gobernador de
la provincia de Judea, cuando Caifás era sumo sacerdote de los judíos. Su
resurrección tuvo lugar al tercer día después de este acontecimiento.
Según otra
idea equivocada, el Jesús resucitado sería un fantasma que algunos pudieron ver
por un tiempo. Sería algo parecido al profeta Samuel, a quien Saúl evocó para
obtener información sobre sus enemigos. Esta idea no concuerda con la
experiencia de los discípulos, quienes ven que el Señor resucitado tiene un
cuerpo y puede comer con ellos.
Una tercera
idea falsa imagina a Jesús resucitado como Lázaro, de quien se nos habló en el
evangelio hace algunas semanas. Pero este concepto tampoco coincide con lo que
dicen los evangelios. El cuerpo de Jesús resucitado ha sido transformado: puede
atravesar puertas cerradas y aparecer y desaparecer de repente.
Hay varias
características comunes en las apariciones que nos ayudan a comprender su
naturaleza. Jesús puede ser visto, pero no es fácilmente reconocido. Los
discípulos en el camino a Emaús no lo reconocen al principio. Cuando se aparece
a Pablo en el camino a Damasco, se manifiesta como una luz. Como hemos dicho,
su cuerpo ha sido transformado y ya no está sujeto a las limitaciones de antes.
Otra
característica del Cristo resucitado es que se comunica con aquellos a quienes
se aparece. Su mensaje puede ser exigente, como cuando reprocha a sus
discípulos por no haber creído a las mujeres, según el final largo del
evangelio de Marcos. Pero con mayor frecuencia los saluda con la palabra “paz”.
Esta palabra, en hebreo, es shalom, y significa mucho más que “hola” o
“buenos días”; expresa un deseo de plenitud: “todo esté bien contigo”. Luego,
Jesús los envía a la misión de proclamar la Buena Nueva en todas partes.
También
Jesús comparte la comida con aquellos a quienes se aparece. En el evangelio de
hoy, los discípulos lo reconocen al partir el pan, en un gesto que recuerda la
Eucaristía. Parece que continúa su costumbre, anterior a su muerte, de
compartir la mesa como una forma de manifestar su cercanía y su amor.
De todo
esto podemos decir que la resurrección representa un nuevo nivel o modo de
existencia humana. En cierto sentido, es como un salto cualitativo, semejante
al que ocurrió cuando los primates evolucionaron hasta convertirse en seres
humanos. El Resucitado tiene un cuerpo transformado, y su amor ya no está
limitado como lo estaba antes. Durante su vida terrena, su amor estaba limitado
por el hecho de no poder llegar a todas las personas. Ahora, en su estado
resucitado, no solo alcanza a todos, sino que puede acoger en sí mismo a todos
los hombres y mujeres. Así se establece una nueva comunión con Dios y entre
nosotros.
Nuestro
amor está limitado de maneras más profundas que el de Jesús. No podemos amar
sin cierto grado de interés propio. Esto no es necesariamente malo, pero puede
volverse problemático cuando buscamos solo nuestra propia satisfacción y no el
bien del otro. Esto nos limita en el amor que deseamos dar. Sin embargo, con la
resurrección, nuestros cuerpos serán transformados de tal manera que el amor
para el cual fuimos creados ya no será simplemente el del deseo ni siquiera
solo el de la amistad. Más bien, nuestro amor tendrá el carácter plenamente
desinteresado que distingue el amor de Jesús por sus discípulos. Podremos amar
a todos de manera universal, desinteresada y con una alegría como nunca antes.