II
Domingo de Cuaresma
(Génesis 12:1-4; II Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9)
Llegamos al
segundo domingo de la Cuaresma. Cada año, en este día, escuchamos en el
evangelio el relato de la Transfiguración de Jesús en la montaña. Hay tres
versiones de este acontecimiento: una en Mateo, otra en Marcos y otra en Lucas,
pero no difieren mucho entre sí. Hoy oímos la versión según san Mateo. Se
distingue por no decir que Pedro no sabe lo que dice cuando sugiere que se
construyan tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías.
Quizás nos
preguntamos: «¿Por qué los evangelistas incluyen este relato tan peculiar en
sus escritos?» Usualmente se dan tres motives. Primero, la historia confirma la
declaración de Pedro de que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios vivo».
Segundo, ayudará a los discípulos a soportar la angustia de ver a Jesús
crucificado. Finalmente, da una pista a los creyentes sobre su destino. Como
Cristo, ellos también brillarán en la gloria. Vamos a enfocarnos hoy en este
tercer motivo: la transformación paralela del cristiano como Cristo
glorificado.
Comencemos
con la primera lectura. Muestra a Abram siendo instruido por el Señor a dejar
su país, su parentela y la casa de su padre para ir a una tierra extranjera.
Solo mediante estos sacrificios costosos puede llegar a brillar como el padre
de muchas naciones. Es cierto que la gracia del Espíritu Santo, que hace
brillar en la gloria a los cristianos, es un don. Sin embargo, requiere
sacrificios para recibirla y conservarla, como en el caso de Abram. Muchos se
preparan, a veces durante años, en las clases de sacramentos que comunican la
gracia transformadora. Los sacrificios se multiplican al vivir en el mundo,
donde las tentaciones abundan. Tienen que rechazar la seducción del placer, del
poder y del prestigio si quieren resplandecer en la gloria.
En la
segunda lectura, Pablo pide a su discípulo Timoteo que se una a él en el
sufrimiento por el evangelio. Quiere su ayuda en la obra exigente de llevar el
evangelio al mundo. Los primeros cristianos recibieron la gracia gratuitamente,
pero anunciarla costó mucho a los apóstoles. Si los seguidores del evangelio
brillarán como el rostro de Jesús en la montaña, aquellos que lo anuncian
resplandecerán aún más. No es por nada que los santos aparecen con aureolas en
el arte. Nuestras caras también tendrán el brillo de los santos si conversamos
con los demás acerca de la Buena Nueva.
El
evangelio con la historia de la Transfiguración nos deja una profunda lección
sobre la vida espiritual. Hacia el final del relato, los tres discípulos
experimentan una teofanía: Dios Padre les habla desde una nube. Su mensaje es
casi igual al del Bautismo de Jesús, pero esta vez añade la exhortación de que
escuchen a Jesús. Como es de esperar en una teofanía, los discípulos caen
rostro en tierra llenos de temor. Entonces el toque de Jesús los calma.
La vida
espiritual exige que sintamos temor en la presencia de Dios. Él es tremendo y
asombroso, más poderoso que un volcán o que una estrella en su nacimiento. Sin
embargo, por la seguridad que nos da Jesús, sabemos que Dios es nuestro Padre.
Una vez que nos damos cuenta de esta verdad y sometemos nuestra voluntad a la
suya, nuestro temor se transforma en el deseo de no perder nunca su amor.
Hemos
cumplido una cuarta parte de esta temporada de Cuaresma. Deberíamos haber
establecido ya un patrón de ayuno, oración y caridad, de modo que no sintamos
aprensión ante estas prácticas. Sigamos adelante ahora con la esperanza de ser
más fuertes por nuestros sacrificios, más entregados a anunciar el evangelio a
los demás y más enamorados de Dios, nuestro Padre.