El domingo, 12 de julio de 2026

 

XV DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

Este pasaje del Evangelio es a la vez familiar y difícil de comprender. Lo hemos escuchado innumerables veces y sabemos que los distintos tipos de tierra representan distintos tipos de personas. Estas imágenes son tan impactantes que muchos prestan poca atención a la segunda parte del pasaje. Allí, Jesús indica que algunos no comprenden la parábola porque ya han rechazado el mensaje fundamental de su predicación. Analicemos nuevamente la parábola antes de intentar comprender cómo algunas personas rechazan el mensaje de Jesús.

Sabemos que la Parábola del Sembrador aparece en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. También se encuentra, en una versión abreviada pero más poderosa, en el Evangelio de Juan. Poco antes de su Pasión, Jesús dice: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12:24). En Mateo, Marcos y Lucas, la tierra debe estar libre de obstáculos para que el grano dé fruto. En Juan, el énfasis está en que el grano muera en la tierra para que tenga una cosecha abundante.

En los cuatro evangelios, el grano representa la palabra de Dios. Sin embargo, «la palabra» en Mateo, Marcos y Lucas tiene un referente diferente al de Juan. Los tres primeros evangelios presentan la «palabra de Dios» como el mensaje de Dios proclamado y escuchado, tal como lo describe el profeta en la primera lectura de hoy. Isaías dice que la palabra que sale de la boca de Dios siempre cumple su propósito. Siempre trae salvación al pueblo de Dios. En el Evangelio de Juan, sin embargo, la «palabra de Dios» es Jesús mismo, quien muere en la cruz para redimir a la humanidad del pecado y la muerte.

En Mateo, Marcos y Lucas, Jesús explica el significado de la parábola. La semilla que cae en el camino no puede dar fruto porque las aves la devoran antes de que germine. Es como las personas entrometidas que no se centran en la palabra de Dios, sino que se dejan llevar por las trivialidades de la vida. El terreno rocoso no da fruto porque es duro y poco profundo. Representa a quienes inicialmente desean servir a Dios, pero luego se desaniman cuando llegan las pruebas de la muerte, la duplicidad y las dificultades. El terreno espinoso tampoco da fruto porque las espinas ahogan las plantas jóvenes. Representa a quienes permiten que el poder, el prestigio y el placer sofoquen la inspiración de Dios en sus corazones. Para dar fruto abundante, debemos liberarnos de todo lo que nos impide priorizar el amor a Dios y al prójimo.

Ahora consideremos la parte desafiante del Evangelio de hoy. Jesús dice que habla en parábolas porque hay personas que tienen ojos pero no ven, y oídos pero no oyen ni entienden. Estas son las personas que han rechazado su mensaje fundamental de «arrepiéntanse y crean». Sus corazones se resisten a amar a los demás y a perdonar a quienes los han ofendido. Para ellos, las parábolas no son más que acertijos sin sentido.

El Papa Francisco solía observar que existe una diferencia crucial entre pecadores y corruptos. Decía que hay esperanza de que los pecadores se arrepientan, pero los corruptos se han endurecido tanto que ya no reconocen su necesidad de conversión. Este grupo incluye, sin duda, a asesinos y proxenetas, pero también puede incluir a personas tan rígidas que, aunque asisten a misa, no quieren oír hablar de misericordia ni de amor.

Todos deberíamos preguntarnos si tenemos tendencias como las de este último grupo. Si descubrimos que nuestros corazones se han endurecido para amar a los demás, si nos encontramos cada vez más ensimismados, entonces debemos arrepentirnos sin demora. El Señor nunca deja de amarnos. Siempre está dispuesto a ablandar nuestros corazones, a ayudarnos a amar a los demás y a capacitarnos para dar abundante fruto para su Reino.

El domingo, 5 de julio de 2026

XIV DOMINGO ORDINARIO
(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

De todos los símbolos de los Estados Unidos, ninguno llama tanto la atención como la Estatua de la Libertad. Esta imagen colosal fue un regalo de Francia, originalmente destinado a conmemorar el centenario de la República en 1876. Se colocó en una pequeña isla cerca del puerto de Nueva York para que los inmigrantes procedentes de Europa pudieran verla al llegar al país.

En estos días, cuando celebramos el 250.º aniversario de la nación, la Estatua de la Libertad se erige como un homenaje a los ideales de los Estados Unidos. Desde sus comienzos, este país ha ofrecido libertad, justicia y oportunidades a millones de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. Les ha brindado la posibilidad de participar en una sociedad regida por la ley y no por los privilegios.

En el pedestal de la estatua está inscrito un poema que expresa el espíritu del país. Una de sus frases es conocida por estudiantes en toda la nación: «Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas hacinadas que anhelan respirar en libertad…». El poema fue escrito por una mujer judía que trabajaba con los inmigrantes. Sus palabras despertaban en los pobres y maltratados la esperanza de una vida mejor. Esa frase guarda una notable semejanza con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio».

Por supuesto, la invitación de Jesús es mucho más que una oferta de asilo político o de prosperidad material. Es, más bien, un llamado a la paz y a la felicidad eterna mediante una relación íntima con él. La confianza en Jesús nos libera de la ansiedad que consume a tantos que buscan en el dinero, el prestigio o el placer la meta suprema de su vida. Aunque estas cosas no son malas en sí mismas, no pueden ofrecer la vida en plenitud que Cristo nos ganó. Más aún, cuando se persiguen sin medida, pueden conducir a la ruina.

Jesús nos concede esa vida en plenitud cuando aceptamos su yugo suave. Ese yugo, la barra que nos une a él, son sus enseñanzas. A veces nos desafían, como cuando insiste en que debemos perdonar a quienes nos ofenden. Pero no debemos olvidar que Jesús se junta con nosotros para ayudarnos a llevar la carga. Su amistad nos consuela y su fuerza hace más ligero el peso.

No sería del correcto decir que los Estados Unidos son una nación cristiana. Sin embargo, el país ha incorporado muchos valores inspirados por el cristianismo, como la igualdad, la libertad y la acogida del pobre y del refugiado. En este fin de semana, todos los habitantes de esta nación debemos dar gracias a Dios por esos principios. Al mismo tiempo, pidámosle que Estados Unidos continúe viviéndolos y practicándolos. Han sido una fuente importante de su fortaleza y de su grandeza. Y, al hacerlo, que Dios siga bendiciendo a esta nación.

  

El domingo, 28 de junio de 2026

 

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Con la celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado la herencia de la vida eterna.

Hoy la Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.

Sin embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad norteamericana. Durante el período colonial, existían leyes que prohibían la práctica pública de la fe católica y el derecho al voto a los católicos. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.

Esta última acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a nuestro país? ¡Claro que sí!

Por lo general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir, el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal.  Entretanto el amor a Dios está vinculado con nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos justos y honestos de la sociedad temporal.

Hay otra razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto. Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del gobierno civil.

Desgraciadamente, tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores. Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.

Forma parte de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».

Terminémonos con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró: «Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».

El domingo, 21 de junio de 2026

 XII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Una vez más el evangelio hoy imparte una lección básica para el crecimiento en la vida espiritual.  El pasaje se toma del “discurso apostólico” de Jesús, uno de las cinco lecciones que junto con las narrativas que los acompañan constituyen el cuerpo del Evangelio de Mateo.  Se puede pensar en ello como instrucciones preliminares del gran envío de los apóstoles al final de la obra.

Como el papa San Juan Pablo II solía decir a todos católicos, Jesús avisa a sus apóstoles: “’No tengan miedo’”.  ¿Miedo de qué?  En los primeros tres siglos de la Iglesia las vidas de los cristianos estuvieron en peligro debido a sus creencias y prácticas.  Este tipo de persecución todavía existe en China, varios países musulmanes y algunas partes de la África.  Pero es raro en las naciones occidentales. 

Sin embargo, existe entre nosotros otro tipo de miedo.  Muchos temen ser menospreciados o considerados como fuera de sí y no “cool” si viven la fe como nos enseña el Catecismo. Eso es, si insistimos al asistir en la misa dominical aunque tenemos que manejar veinte millas o si salimos de un cine que muestra la desnudez.  Puede que algunos se burlen de nosotros ahora.  Pero no debería sorprendernos que dentro de veinte años seamos recordados por habernos entregado a una causa tan noble como la conspiración de la caridad que es la Iglesia Católica.

Jesús no dice que todo tipo de miedo sea innecesario.  De hecho, recomienda miedo de aquel que “puede arrojarnos al lugar de castigo el alma y el cuerpo’”.  Desgraciadamente, no menciona a quién se refiere.  ¿Quién puede arrojarnos al infierno?  Algunos comentaristas bíblicos han dicho que Jesús tiene en mente a Dios, su Padre.  Otros opinan que quiere decir el diablo.  ¿Pero no es cierto que los dos – Dios y el diablo – son formidables y merecen el temor?

Pensamos en el diablo más como persona que puede seducirnos a la perdición que quien podría arrojarnos allá.  Sin embargo, el efecto sería igual: la perdida perpetua de la felicidad.  A propósito, si no aceptamos los términos como “diablo” y “Satanás”, podemos cambiarlos a “la maldad” o “la red del mal”.  Lo que queremos decir es que nuestras tendencias naturales hacia bienes como el placer, el poder, y el prestigio pueden hacerse inordenados de modo que nos sofoquen.  Eso es, pueden apagarnos el deseo de tener relaciones justas con Dios y prójimo. 

Ciertamente Dios puede arrojarnos al infierno, pero ¿lo haría?  Tal vez no en el sentido de forzarnos fuera de su cuidado.  Sin embargo, nos ha creado con el libre albedrío para ser hombres y mujeres responsables.  Además, nos ha enviado su propio Hijo para quebrar las ligas al pecado y alumbrar los caminos a la justicia.  Si deseamos rechazar todas estas ventajas, Dios no nos impedirá a separarnos de Él.

Sí debemos temer a Dios, particularmente cuando nos falta la madurez.  Pero una vez que crecemos en la sabiduría, el temor se convierte en el amor como una oruga en mariposa. Reconocemos que nuestra felicidad queda con Él y no con los elogios de compañeros de copa.  Por esta razón la Palabra de Dios estipula que el temor de Dios es solo “el principio de la sabiduría”. Somos verdaderamente sabios cuando nos adherimos a Dios como un niño a su padre en el medio de una multitud en un partido de fútbol.

Desde que hemos mencionado el futbol, podemos concluir con un comentario sobre la Copa Mundial.  En años previos la competición fue asociada con mucho placer ilícito.  Obviamente los participantes en las actividades inordenadas eran personas inmaduras a pesar de ser millonarios.  Necesitaban el temor de Dios para ponerse en el camino recto.  Pero los fanáticos que también son amigos de Dios siempre lo agradecen por haber creado atletas con tanta destreza de un Lionel Messi o un Kylian Mbappé.  Para ellos el futbol es un pasatiempo emocionante, pero no tan importante que la misa dominical. Les da aún más razón para glorificar a Dios por todo lo que ha hecho.

El domingo, 14 de junio de 2026

 

XI Domingo del Tiempo Ordinario
(Éxodo 19:2-6a; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36–10:8)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús en el evangelio que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Si es así, podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  Al otro lado, puede ser más duro que siempre transmitir las enseñanzas de Cristo.  No obstante, somos llamados tan mucho como siempre a seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.


El domingo, 7 de junio de 2026

 

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Deuteronomio 8:2-3, 14-16; I Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Pudiéramos llamar este tiempo del año “la temporada de los grandes misterios”. El domingo pasado celebramos la Santísima Trinidad, conocida como el misterio central de la fe cristiana. Aunque no pertenece a esta época del año, el misterio de la Encarnación, o la Navidad, también tiene una importancia extraordinaria. Asimismo, la Resurrección de Jesús de entre los muertos ocupa un lugar trascendente entre los misterios de nuestra fe. Completamos esta lista de misterios fundamentales del cristianismo con la fiesta que celebramos hoy: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o Corpus Christi.

Antes de reflexionar sobre esta solemnidad, conviene entender qué es un misterio de la fe. No es un enigma que deba resolverse con la inteligencia humana. Más bien, es una revelación de Dios para ser contemplada, aceptada e incorporada a la vida. Hablamos, por ejemplo, de los misterios del rosario, como la Asunción de María y la Transfiguración del Señor. Al contemplarlos, nos damos cuenta de que no están completamente fuera de nuestro entender. Con la gracia del Espíritu Santo, seremos asumidos al Reino de Dios, donde contemplaremos a Cristo glorificado.

Al decir “el Cuerpo y la Sangre de Cristo”, estamos hablando de la Eucaristía, el sacramento que fortalece y profundiza nuestra relación con Jesucristo. En su compañía experimentamos los primeros destellos de la vida eterna. Así avanzamos hacia la meta humana universal de la felicidad para siempre. Las lecturas de hoy nos enseñan en qué consiste este sacramento y cómo transforma nuestra vida.

En el Evangelio, Jesús afirma que da su propio cuerpo para comer y su propia sangre para beber. Como los judíos reaccionan con incredulidad, Jesús enfatiza que no está hablando en sentido figurado. Repite lo que acaba de decir, pero emplea una expresión aún más fuerte: quien mastica su carne permanece en él. ¿Cómo puede la carne de una persona ser consumida sin violar la dignidad humana? La respuesta nos introduce en el misterio eucarístico. El pan de trigo se transforma interiormente en el Cuerpo de Cristo para beneficio de quien lo recibe. No se viola la dignidad humana porque lo que se consume son la apariencia y las cualidades del pan, no las de la carne humana. Sin embargo, bajo la apariencia del pan permanece la realidad del Cuerpo de Cristo.

Como prueba de este misterio, el Cuerpo de Cristo no disminuye dentro de quien lo recibe, sino que crece. En la segunda lectura, san Pablo pregunta: “El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su Cuerpo?” Claro que sí. El Cuerpo de Cristo, que también es la Iglesia, crece a medida que nosotros somos fortalecidos por la Eucaristía. En una frase célebre, san Agustín explica este fenómeno: el alimento ordinario se transforma en quien lo come; pero al recibir el Cuerpo de Cristo, es el comensal quien se transforma en Cristo.

La Eucaristía también es alimento para el camino. La primera lectura proviene del discurso final de Moisés a los israelitas. Allí les recuerda que el Señor los alimentó con otro “pan” extraordinario en el desierto. Ese “pan,” el maná, les permitió continuar su marcha y formarse como Pueblo de Dios. De manera semejante, la Eucaristía nos permite seguir adelante en las luchas de la vida. Con ella podemos superar las tentaciones, crecer en la caridad y soportar las pruebas hasta que lleguemos a nuestro destino definitivo junto a Dios.

Los misterios no son solo para ser contemplados; también deben ser vividos. En cuanto al Cuerpo y la Sangre de Cristo, vivir este misterio exige que respondamos positivamente a algunas preguntas. ¿Damos a la Eucaristía el honor debido al prepararnos para recibirla mediante el ayuno apropiado, pidiendo perdón por nuestros pecados y respondiendo con un sincero “Amén” cuando se nos presenta? ¿Observamos los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia, cooperamos con las iniciativas de nuestra parroquia y participamos activamente en sus ministerios? Finalmente, ¿nos estamos preparando para el último viaje de la vida tratando a nuestros familiares con amor, compartiendo con los pobres de nuestra abundancia y evitando hacer el mal?

Aunque vivir de esta manera exige esfuerzo, vale la pena. No es por nada que la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es llamada “la fuente y cumbre” de nuestra fe católica. Es la fuente porque nos nutre en el camino, y es la cumbre porque se convierte en el banquete celestial.  

 

El domingo, 31 de mayo de 2026

LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

(Éxodo 34:4-6.8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18)

Las lecturas de hoy se enfocan en uno de los misterios más profundos de nuestra fe cristiana. Desde casi el principio, la Iglesia ha proclamado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como Dios. Con el tiempo, al Dios trino se le llamó “la Santísima Trinidad”. Durante ocho siglos hubo controversias sobre cómo se interrelacionan las tres personas. Todavía hay mal entendimiento de la doctrina. Entonces surge la pregunta: ¿por qué la Iglesia intenta tratar la Trinidad en la liturgia? La respuesta no es difícil: porque la doctrina de la Santísima Trinidad afecta cómo conducimos nuestra vida diaria.

La concepción judeocristiana de Dios difiere de las demás. La característica que más define al Dios de la Biblia no es el poder, sino el amor. Casi todos los pueblos primitivos creían que el mundo fue creado por dioses que batallaban entre sí. La cultura de Babilonia, donde el liderazgo judío fue exiliado durante medio siglo, ofrece un ejemplo típico. Los babilonios creían que la gran diosa Tiamat representaba todas las fuerzas del terror: las tormentas, los diluvios, la hambruna y la invasión de tribus extranjeras. Para defenderse del desastre, los dioses menores pidieron al gran dios Marduk que los protegiera de Tiamat. Marduk accedió a salvarlos con la condición de que se convirtieran en sus sirvientes. Entonces Marduk cortó el cuerpo de Tiamat en dos para formar el mar y la tierra. Una vez establecida la tierra, los dioses crearon a los hombres para soportar el yugo del servicio divino. De ninguna manera eran iguales a los dioses. No se veían como sus compañeros, ni portadores de su imagen, ni administradores de sus tierras.

La historia babilónica de la creación difiere completamente del relato bíblico. En la Biblia, el único Dios creó el mundo con la intención de permitir a los seres humanos, hechos a su imagen, cuidarlo. Con el tiempo, Dios les compartió su nombre para que pudieran invocarlo en la necesidad. En la lectura del Éxodo que escuchamos, Dios se revela a sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. En otras palabras, Dios es amoroso.

El entendimiento de Dios como amoroso se expandió con la llegada de Cristo. El evangelio de hoy habla del “Hijo único” de Dios. Entre el Padre y el Hijo hay un gran amor. No obstante, el Padre entregó a su Hijo para salvarnos del pecado. Si es verdad que quien ama mucho, hace mucho, esta entrega por parte del Padre despliega su amor por nosotros. Como dice san Pablo: “Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

El amor entre el Padre y el Hijo se identifica como el Espíritu Santo. El Espíritu no es meramente un rasgo común del Padre y del Hijo como la fuerza. Más bien, es el amor dinámico que los une para siempre. Su amor mutuo se desborda a nosotros para hacernos santos como ellos.

La Santísima Trinidad es totalmente única. No se puede describir fácilmente. ¿Qué distingue a las tres personas? No es lo que piensan: los tres piensan lo mismo. Tampoco es lo que quieren: los tres quieren lo mismo. Ni es dónde están: donde está uno, están los otros dos. Ni es lo que hacen: lo que hace uno, lo hacen los otros dos. El único modo en que difieren es en sus relaciones entre sí. Uno es Padre; otro es Hijo; y otro es el Espíritu de amor.

La doctrina de la Santísima Trinidad nos sirve para recalcar la prioridad del amor en nuestra conducta. Así como el Padre ama a su Hijo y el Hijo al Padre, nosotros deberíamos amar a uno y otro.