El domingo, 26 de septiembre de 2021

 

El vigésimo sexto domingo ordinario, 26 de septiembre de 2021

(Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-43.45.47-48)

Hace quinientos años Europa destalló en conflictos religiosos.  Los protestantes estaban separándose de la Iglesia católica.  A menudo los católicos reaccionaron con intentos para mantener la integridad de religión de sus ciudades a fuerza.  En los lugares donde los protestantes ganaron la mayoría, acosaron a los católicos.  Hubo martirios en todos lados.  Después de más de cien años de guerras, los pueblos se acordaron vivir con la tolerancia.  No perseguirían a uno a otro más.

Las lecturas hoy tocan este tema de tolerancia.  En la primera, Josué pide a Moisés que prohíba a profetizar a los dos hombres que no estaban presentes cuando vino el espíritu.  En el evangelio los discípulos de Jesús le vienen con una propuesta semejante.  Le hablan que prohibieron a dos hombres echar demonios en su nombre porque son de su grupo.  Sin embargo, Jesús se opone a su acción.  Dice que aquellos que no están contra de él están en su favor.

La tolerancia no parecía difícil en el mundo occidental, al menos hasta que vino Covid.  La mayoría de las gentes no tenían problemas conviviendo en el mismo vecindario con personas de diferentes religiones, razas, y naciones.  Si las personas obedecían la ley, podían ir a cualquiera iglesia, tomar cualquier tipo de comida, y llevar cualquiera moda de pelo que quisieran.

Sin embargo, la pandemia ha creado tensiones.  En el principio, a muchos no les gustaba ver a otros no llevando mascarillas o no practicando el distanciar social.  Ahora la vacuna ha creado nuevas intolerancias.  Aquellos que han sido vacunados miran a los no vacunados con disgusto aún desdén.  A veces dicen abiertamente que están amenazando las vidas de los demás.  Entretanto los no vacunados acusan a sus criticas de no respetar el juicio de sus conciencias.  Tienen sus propias razones por no ser vacunados tal como la vacuna no es segura o no es moral.  En una iglesia les han pedido a los no vacunados que no vengan a misa en persona.  En otra iglesia no hay ninguna restricción acerca de mascarillas o cualquiera otra protección del virus.

Parece que la tolerancia, de que Jesús insiste en el evangelio, tiene lugar en el conflicto que experimentamos hoy.  Desde que la mayoría de los profesionales aconsejan la vacuna, hay que respetar a aquellos que siguen sus consejos. Cuando los no vacunados están en su presencia, deberían llevar mascarilla y mantener la distancia para evitar la contaminación.  No obstante, los vacunados tienen que reconocer el derecho de los que resisten la vacuna para seguir sus conciencias.  Si no hay indicaciones que el no vacunado tenga el virus, entonces no hay razón de excluirlo de su presencia.  Sin embargo, parece bien pedirles que sigan los protocolos de mascarillas y distanciar social para evitar la dispersión del virus.

Desgraciadamente parece que la pandemia va a continuar por mucho tiempo.  Ha sido difícil, particularmente para aquellos que han sido internados con el virus y para los que han perdido a seres queridos.  Sin embargo, la pandemia nos ha dado oportunidad de practicar la tolerancia y aun el amor social.  Por practicar la tolerancia respetamos a personas que piensan en la pandemia de maneras diferentes.  Por practicar el amor hacemos sacrificios por el bien de los demás.

Para la reflexión: ¿Cómo debería yo cambiar para practicar mejor la tolerancia y el amor social en la cuestión de Covid?


El domingo, 19 de septiembre de 2021

El vigésimo quinto domingo ordinario

(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)

Hace cincuenta años el drama musical “Camelot” ganó muchos premios.  La historia tiene lugar en Inglaterra por la Edad Media.  El rey Arturo tiene una corte de los caballeros más atrevidos del mundo.  Entonces el Señor Lancelot viene de Francia para servir al rey Arturo.  Lancelot es orgulloso, aun vano.  Dice que es el mejor en todo. En el musical Lancelot usa las palabras francés, “C’est moi” (“Soy yo”), para expresar su grandeza.  Se pregunta a sí mismo: “¿Dónde se puede encontrar un hombre tan extraordinario?” Y responde a la pregunta: “C’est moi”.  Vemos esto tipo de vanidad en el evangelio hoy.

Los apóstoles discuten en el camino quién entre ellos es el más importante.  Evidentemente más que uno de los doce quiere responder: “C’est moi; soy yo”.  La tristeza no es tanto que los discípulos del maestro Jesús son orgullosos.  Más profundamente desconsolador es que Jesús acaba de decirles cómo sufrirá pronto.  Dentro de poco se lo entregarán and lo pondrán a muerte.  Pero evidentemente a los apóstoles no les importa o no lo entienden.  Pero, sí es la verdad que no lo entienden, ¿no deberían superar su miedo para pedirle explicación?

Es cierto que la vanidad u orgullo es un pecado primordial.  Según el Libro de Proverbios, “Antes de la ruina, hubo orgullo…” (16,18).  Por eso, la serpiente tienta a la pareja en el jardín con la expectativa de que se hagan “como dioses”.  Para evitar que hiciéramos este pecado cuando éramos chicos, nuestras madres nos regañaban: “El mundo no revuelve alrededor de ti”.  Pero es una lección difícil para aprender.  Nos da mucho gusto pensar en nosotros mismos como las más importantes, las más guapas, o las más brillantes personas en el mundo. 

Al fondo de esta tendencia queda el individualismo extremo.  Pensamos que podamos hacer cualquiera cosa por nosotros mismos.  Tenemos tanta confianza que pensemos que no necesitemos a nadie.  Nos gusta pensar en nosotros mismos como desconectados de la comunidad, no responsable a nadie.  Ni pensamos que a Dios le importan nuestras acciones.  La primera lectura expresa esta fantasía perfectamente bien.  Cita a los malvados diciendo entre sí mientras urden una trampa contra el justo: “’Si el justo es hijo de Dios, él lo ayudará…’”

La segunda lectura da eco a estas advertencias contra el orgullo y el individualismo extremo. Señala que las “malas pasiones” son la fuente de todos conflictos y luchas.  Apunta a la ambición como pasión desordenada, que en su forma extrema busca premios sin guardar las reglas.  Por ejemplo, los atletas que toman drogas para ganar medallas en las Olimpiadas son culpables de la ambición.  Otra pasión mala es la codicia que desea lo que pertenece a otras personas. 

A Jesús no le falta la paciencia para enseñar a sus discípulos, incluso a nosotros, en que consiste la verdadera importancia.  Dice que la importancia no consiste en ser admirado por los demás sino en servir a los demás.  Es la verdad que un famoso actor una vez admitió.  La estrella de la radio dijo que mientras buscaba todas las medallas de mérito de su profesión, no hizo tanto por el mundo que cualquiera buena mujer de la limpieza.

Interesantemente Jesús nunca condena el amor propio.  Pero manda que amemos al otro tanto como a nosotros mismos y que amemos a Dios sobre todo.  Tenemos que admitir que el más importante no es "c'est moi; soy yo".  Ni el segundo más importante es "c'est moi; soy yo".  Somos como todos los demás – complejos de virtudes y vicios, fuerzas y debilidades, posibilidades y límites.  Alcanzaremos nuestro potencial completo por seguir al Señor Jesús en la entrega de nosotros mismos por el bien de los demás.  Parecerá en el principio que estamos estudiando y trabajando sólo por nosotros mismos.  Sin embargo, vendrá la ocasión en que escogeremos a vivir principalmente por nosotros o por los demás y por Dios, sobre todo.  Ojalá que escojamos a vivir por Dios sobre todo.

Para reflexión: ¿Consuelo al otro cuando tiene dolor o estoy siempre preocupado con mis propios problemas? 

El domingo, 12 de septiembre de 2021

 VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO, 12 de septiembre de 2021

 (Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)

 El monseñor Richard Sklba ha sido un don para la Iglesia Católica.  Entrenado como erudito bíblico, se hizo obispo auxiliar de Milwaukee.  A través de los años ocupaba varios puestos responsables en la conferencia episcopal estadunidenses y en la Asociación católica bíblica de América.  Vale la pena ponderar lo que el monseñor Sklba escribió sobre el evangelio de hoy. “…todos nosotros somos seguidores de Pedro – dijo -- pues nuestros testimonios de Cristo son muy inmaduros e imperfectos”.

 En el evangelio Pedro nombra a Jesús correctamente como “el Mesías”.  Él reconoce bien que Jesús ha venido para salvar a Israel.  Sin embargo, Pedro equivoca cuando piensa que Jesús no vaya a sufrir en la obra de la salvación.  Nunca le ocurriría a Pedro en esta etapa de su vida que Jesús sea como el Siervo Doliente en la primera lectura.  Eso es, que aguantará golpes y tormentos, insultos y salivazos para cumplir su misión. 

 Jesús no es gentil en corregir el error de Pedro. Le dice que habla como Satanás cuando dice que no es del Mesías a sufrir.  En tiempo esta enseñanza, que ya le parece incomprensible, hará más sentido.  Pedro atestiguará a la resurrección de Jesús después de su muerte en la cruz.  Habrá visto cómo el sacrificio de Jesús no terminó en la desgracia de la cruz sino en la gloria de la resurrección.

 Los líderes de la Iglesia han experimentado algo del aprendizaje duro de Pedro en este evangelio.  Como Pedro no quiere pensar en un Mesías que sufra, algunos obispos no querían que la Iglesia fuera considerada como mala.  Por eso, trataban de esconder los pecados de sacerdotes-abusadores.  En lugar de quitar a los culpables del ministerio, a veces les daban asignaciones nuevas.  Sí a menudo lo hicieron con la aseguranza de los psicólogos que los culpables fueran reformados. Sin embargo, ignoraban las leyes que requerían el reportaje de tales crímenes a las autoridades. Más lamentable, preocupados por la reputación de la Iglesia, los obispos pasaron por alto las necesidades graves de las víctimas.  Les permitieron a sufrir a solas la trauma de haber sido sexualmente abusados.

 Desgraciadamente la misma cosa tiene lugar con demasiada frecuencia en las familias.  Particularmente perturbador es el hecho que las niñas están abusadas por familiares con impunidad.  Los abusadores no están corregidos por sus crímenes.  A veces los padres ni siquiera quieren escuchar a sus hijas mencionar lo que les han hecho un tío o un primo.  Dicen que no quieren problemas en la familia.  Sin embargo, los problemas solamente crecen con el silencio.  Las víctimas se sienten cada vez peor acerca de sí mismas y los abusos continúan. 

En la segunda lectura Santiago pregunta: “¿De qué sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras?”  Santiago tiene en mente el descuido de los pobres, pero se puede aplicar su interrogante al abuso sexual.  ¿De qué nos sirve creer en la salvación de Jesús si vamos a permitir el abuso de niños?  ¿No es que para probarnos como discípulos suyos tengamos que llevar a la justicia a los abusadores y socorrer a las víctimas?  Ciertamente estos interrogantes se aplican a las familias tanto como a la Iglesia en general.

Nos cuesta hablar del abuso sexual.  Es como el famoso elefante en el cuarto cuya presencia nadie quiere reconocer por miedo de suscitar al animal.  Pero a no ser que queramos vivir continuamente con la amenaza, tenemos que hacer algo.  Dios nos ha enviado a Su Hijo para salvarnos de todos pecados incluso el abuso sexual.  Contando con su justicia tenemos que corregir a los culpables y ayudar a las víctimas.   

El domingo, 5 de septiembre de 2021

Vigésimo tercer domingo ordinario, 5 de septiembre de 2021

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

El evangelio hoy proclama que el Reino de Dios ha llegado con Jesús.  Él ha cumplido las profecías del Antiguo Testamento de abrir los oídos de sordos y levantar el ánimo de los apocados.  Así dice la primera lectura del libro del profeta Isaías.  Del tiempo de Jesús en adelante los hombres y mujeres tienen que acudirse a él para ser salvados. 

Cerca de Jesús, aprendemos de él.  No sólo absorbimos sus enseñanzas sino también observamos sus acciones.  Nos instruye cómo colaborar con él para el desarrollo del Reino de Dios.  La segunda lectura de la Carta de Santiago nos advierte que no menospreciemos a nadie.  Todo el mundo tiene un papel en esta grande empresa del Reino: los pobres tanto como los ricos, los sencillos tanto como los genios, ciertamente las mujeres tanto como los hombres.  Todos tenemos que esforzarnos para que la justicia de este mundo se aproxime esa del Reino de Dios.   

Por una gran parte vamos a contribuir al Reino por nuestro trabajo.  Aún si nuestro trabajo no tiene efecto tan abrumador para el Reino como la sanación del sordo tartamudo, no falta valor.  Podemos definir tres modos por los cuales nuestro trabajo avanza el progreso del Reino.

Primero, con el trabajo nosotros hombres y mujeres nos realizamos como personas humanas y herederos del Reino.  El libro de Génesis dice que Dios creó al hombre en su imagen con la tarea de llenar la tierra y someterla.  Ciertamente los agrícolas someten la tierra, pero también lo hacen las limpiadoras de casas.  Siempre están desarrollando sus capacidades por trabajar más eficiente y efectivamente.  Las limpiadoras saben mejor que la mayoría de nosotros cómo quitar el polvo de los pisos y persianos porque han experimentado diferentes modos de hacer estas tareas. Cuando trabajamos, nos hacemos los sujetos de la creación.  En un sentido nos realizamos nuestro destino de ser las imágenes de Dios, el sujeto de toda la creación.

Segundo, con el trabajo podemos mantener una familia.  No hay fin de los recursos que necesita la familia.  Comienzan con comida, casa, y ropa.  Siguen con cosas tan diversas como coche y computadora.  Todas estas necesidades cuestan dinero que conseguimos por el trabajo.  También es por el trabajo humano que se hacen todos los productos y servicios que se requieren para vivir con la dignidad.

Como dice Jesús a Satanás no solo vivimos por el pan.  Aún más vivimos de la verdad, la justicia, y el amor.  En el trabajo estos valores a la vez se asimilan y se muestran al mundo.  Un obrero de fabrica una vez estaba hablando de su trabajo.  Dijo que estaba orgulloso a poner su nombre en la máquina que fabricó cuando la empacaba para la entrega.  Sabía que el trabajo fue hecho con cuidado y que el producto debería servir bien.  Este tipo de integridad crea un mundo más digno de Dios y más resplendente de su gloria.

El Hijo de Dios se hizo hombre para alzar arriba la condición humana.  Asumió el trabajo manual como ambos carpintero y sanador desde que a menudo usa sus manos en las curas.  También hizo trabajo más cerebral como cuando enseña y conseja.  No solo se realizó así su humanidad sino también se hizo el modelo del trabajador para todos nosotros.  Trabajando como Jesús, llegaremos al Reino.

 Para la reflexión: ¿Cómo mi trabajo ha contribuido al Reino de Dios? 

El domingo, 29 de agosto de 2021

 Vigésimo segundo domingo ordinario

(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21b-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)

De vez en cuando hay alboroto sobre los Diez Mandamientos.  Si una entidad colocara una representación de los Mandamientos en lugar público, es seguro que los ateos o los secularistas protestarían.  Hace veinte años un juez tuvo fabricado un monumento de granito con los Diez Mandamientos inscritos en ello para su corte.  Después la protesta, una corte superior mandó que quitara el monumento.  Dijo que era una violación de la separación entre la Iglesia y el estado.  Entonces el juez hizo una campaña para buscar apoyo.  Cargó el monumento de casi 2400 kilos a diferentes partes del país clamando la injusticia de la prohibición.

En un sentido el juez tenía la razón. Sí, los Diez Mandamientos ocupan un espacio céntrico en nuestra religión, pero su significado no es primeramente religioso.  Más bien los Mandamientos forman los principios de la ley natural.  Eso es, transmiten el núcleo de lo que es conducta recta como determinada por la razón humana.  Prescriben las obligaciones y las prohibiciones para hacer posible la vida social.  Por esta razón la primera lectura insiste que el pueblo Israel tiene que ponerlos en práctica.

En el evangelio los fariseos critican a los discípulos de Jesús por acciones que tienen poco que ver con los Diez Mandamientos.  Dicen que es terrible que los discípulos no lavan sus manos antes de comer.  Pero ni los Diez Mandamientos ni los otros preceptos de la ley judía requieren tal lavado.  Es tradición de sus mayores impuesta por los superiores religiosos para evitar que partículas impuras toquen los labios del judío.  Es verdad; no es muy difícil cumplir esta regla.  Sin embargo, multiplicadas centenares de veces en diferentes áreas de la vida, tales tradiciones pueden hacerse insoportables.

Jesús siempre ha llevado a cabo los Diez Mandamientos y todas las reglas de la Ley.  No obstante, insiste que las tradiciones de los mayores no atañan a esta categoría de deberes.  Según Jesús agradar a Dios consiste ambos en amar a Dios y al prójimo y en evitar la maldad.  La segunda lectura de la Carta de Santiago resume su modo de pensar.  Dice que la religión consiste en ayudar a los desafortunados y distanciarse de las influencias que corrompen el alma. 

Hoy en día las tradiciones de los mayores ocupan la mente de varios católicos.  Algunos insisten que se arrodillen cuando reciben la hostia y la tomen en la lengua.  Además, quieren que el sacerdote ofrezca la misa con su espalda al pueblo y que use el latín.  Estas cosas no son malas, y probablemente ayudan a algunos rezar con más fervor.  Sin embargo, no tienen el mismo valor de actos de compasión.  Llevar comida a los desamparados después de la misa vale mucho más que la mujer cubra su cabello en el templo o que cualquiera persona ayune tres horas antes de la misa. 

En un libro de oraciones un teólogo reflexiona sobre “el Dios de la ley”.  Dice que es cierto que Dios está presente en los Diez Mandamientos de modo que cuando los cumplamos, encontramos a Él.  Pero, pregunta el teólogo, ¿está Dios presente en las directrices de los superiores?  Responde a su propio interrogante con “sí” cuando obedecemos las directrices por amor de Él.  Si seguimos la directriz del obispo a recibir la hostia en la mano o la directriz del párroco a no estacionar el coche en alguna zona por amor de Dios, encontraremos a Dios.  Es así cuando cumplimos las tradiciones de los mayores.  Cuando los cumplimos por amor, encontramos a Dios.

El domingo, 22 de agosto de 2021

 VIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO, 22 de agosto de 2021

(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6:55.60-69)

En un episodio de "Los Simpson", el descarado Bart hace la bendición antes de la comida por la familia.  Dice: "Querido Dios, nosotros mismos pagamos para todas estas cosas, ¡así que gracias por nada!"  El desgraciado no quiere reconocer a Dios como la fuente de ningún bien de la familia ¡porque pagan sus cuentas!  ¿Es así con nosotros?  ¿Acreditamos a Dios sólo los beneficios cuyos orígenes no podemos explicar?  O ¿creemos que Dios está en medio de todo lo que hacemos llevándolo a un final satisfactorio?

En la primera lectura los israelitas se dan cuenta de que ha sido la mano de Dios que les ha traído a donde están.  Aunque nunca han visto a Dios conduciéndoles de Egipto o facilitándole la ocupación de la Tierra Prometida, creen que Él era responsable por los logros inesperados.  Saben intuitivamente que nunca habría sido posible mantenerse unidos, mucho menos ver hundido en el mar el ejército del Faraón, si Dios no los acompañaba.  Ciertamente Josué, su líder, no duda que este es el caso.  Declara delante de todos: “’En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor’”.

Ahora deberíamos preguntarnos acerca de algo semejante.  Desde que el evangelio se refiere a la presencia de Cristo en la Eucaristía, tenemos que preguntar si creemos en ella.  También, ¿creemos que la misa nos lleva más cerca a Dios y eventualmente nos permitirá entrar en la vida eterna?  O ¿nos servirá mejor pasar una hora extra de descanso en el domingo o, tal vez, ver una película educativa?

Cada uno tiene que responder a estas interrogantes por sí mismo.  Creo que la mayoría de nosotros responderemos que sí Cristo es presente en la hostia y que nos provecha recibirlo en la misa.  Diremos esto porque, como los discípulos en el evangelio, sabemos que él tiene “palabras de vida eterna”.  En su autobiografía el gran líder hindú Mahatma Gandhi describe cómo ocurrió que conoció a Cristo por sus palabras de sabiduría. 

Dice Gandhi que los primeros cristianos que había conocido en la India le disgustaron.  Vio a los misioneros cristianos burlándose de la religión hindú e insistiendo que los conversos comieran la carne, cosa repugnante para los hindúes más devotos.  Sin embargo, después, cuando estudiaba en Londres, encontró a un cristiano vegetariano.  El hombre le imploró que leyera el evangelio. Cuando lo hizo – dice -- el Sermón del Monte le tocó el corazón. Gandhi nunca aceptó a Cristo como nosotros, pero lo reconoció como el maestro supremo por su enseñanza acerca del amor.  Semejante a nosotros, Gandhi podía ver que Jesús practicó lo que predicaba cuando murió en la cruz.

La segunda lectura pide tal amor de ustedes esposos.  “Así los maridos deben amar a sus esposas…” Este amor se da a sí mismo por el bien de la esposa, aunque le cueste muchísimo al marido.  El año pasado se reportó que un viejo quería internarse en un asilo durante el confinamiento de Covid.  Su motivo era darle a su esposa con Alzheimer ya internada la atención que necesitaba.  Su amor ciertamente cumple la exigencia de la lectura.

Este es el último domingo este año en que reflexionamos en el discurso Eucarístico del Evangelio según San Juan.  Pero apenas es la última vez que vayamos a tocar el tema.  Pues la Eucaristía es “la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana”.  Es la fuente porque hace presente el sacrificio de Jesús por nuestros pecados.  Es la cumbre porque en ella encontramos a Jesús lo cual esperamos al final de los tiempos para levantarnos de la muerte.  Al consumirla, nos hacemos más como Jesús mismo.  Nos hace más bondadosos y amorosos, más dispuestos a dar a nosotros mismos por el bien de los demás.

El domingo, , 15 de agosto de 2021

 La Asunción de la Santísima Virgen María

(Apocalipsis 11:19.12:1-6.10; I Corintios 15:20-27; Lucas 1:39-56)

En 1950 la Iglesia definió el dogma de la Asunción de María. Antes de eso, los católicos no tenían que creer que María fue asumida en cuerpo y alma al cielo. Podrían haber pensado que su alma vivía con Dios mientras su cuerpo corrompía en la tierra en espera de Cristo.

 En ese momento, algunos católicos pensaron que no era prudente que el Papa Pío XII hiciera la definición. Creían que una declaración infalible alienaría aún más a los hermanos separados en las congregaciones ortodoxas y protestantes.

 Entonces, ¿por qué el Papa Pío XII hizo la declaración dogmática e infalible de la Asunción? ¿Y por qué lo seguimos celebrando hoy con una gran fiesta? Démosle algunas razones.

 Primero, la asunción corresponde a la Inmaculada Concepción de María proclamada en el siglo anterior. Si María tuvo el privilegio de ser concebida sin ninguna corrupción de alma, se deduce que su cuerpo no sufriría corrupción al morir.  Más bien, su cuerpo sería asumido directamente al cielo.

 Segundo, la creencia en la Asunción de María tiene una larga historia. Fue predicada por los Padres de la Iglesia, celebrada en la Sagrada Liturgia durante el primer milenio y proclamada en el nombramiento de muchas iglesias.

 Finalmente, la Asunción de María implica la dignidad del cuerpo humano en una época en la que se abusa regularmente de él. Así como el cuerpo de María vive por la eternidad, nuestros cuerpos tendrán un destino eterno si somos fieles al Señor. Desafortunadamente, muchas personas hoy en día abusan de su cuerpo.  O no lo cuidan o lo glorifican demasiado para ganarse la admiración de los demás. Vemos a muchas personas que no comen de manera saludable ni hacen ejercicio con regularidad. Piensan que sus cuerpos son meras adquisiciones como un celular o un automóvil que pueden tratar cómo les dé la gana. Pero nuestros cuerpos son quienes somos. Forman una dualidad con el alma como la televisión tiene transistores y pantallas para producir una imagen. Si vamos a presentarnos como imágenes de Dios, debemos cuidar nuestro cuerpo.

 Otros abusan de sus cuerpos gastando demasiado tiempo y dinero para que luzcan adorables. Nos damos una idea de esto con solo mirar los pasillos de cosméticos en las farmacias. De manera similar, se puede ver paredes de espejo en los gimnasios.  Cuidamos de nuestros cuerpos para poder servir mejor al Señor, no para ganar los piropos de los demás.

 Podemos agregar una razón más para celebrar a María hoy. Ella nos ha ayudado constantemente en nuestras oraciones a Dios para auxilio. Se dice que ha habido 8000 curas milagrosas probadas solo en Lourdes. Le pedimos que interceda por nosotros ante su hijo Jesús. Él es el Señor, quien nos creó, quien nos ama, y en quien tendremos nuestro fin.

 Para la reflexión: ¿Cómo conoces a la Madre de Dios?  ¿Qué ha pasado cuando rezaste a ella?