El domingo, 24 de febrero de 2019


Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario

(I Samuel 26:2.7-9.12-13.22-23; I Corintios 15:45-49; Lucas 6:27-38)

Cada domingo el padre estaba con su hijo en la misa.  Como el padre tenía en mano el misalito así lo tenía el hijo.  Los dos estaban aprovechándose de las lecturas de la misa por revisarlas cuidadosamente.  Como se dice: la manzana no cae lejos del árbol.  En el evangelio hoy Jesús nos exhorta a nosotros actuar así en cuanto a Dios Padre.

Sobre todo Jesús quiere que seamos misericordiosos como Dios.  Ciertamente está poniendo el listón muy alto para nosotros.  En uno de sus diálogos santa Catalina de Siena reza a Dios diciendo: “No tengo duda que dices a los arrepentidos  del pecado mortal: ‘No recuerdo que me hayan ofendido’”. En la primera lectura vemos a David actuando exactamente así.  No le importa que Saúl tratara de matarlo, quiere reconciliarse con el rey.  No busca la venganza aunque tiene la oportunidad de matarlo.  Su motivo es sólo que Saúl es el “ungido del Señor”.  Cuando pensamos en la cosa, no hay mucha diferencia entre ser “el ungido” de Dios” y de ser su “imagen”.  Pero la segunda distinción aplica a cada persona humana.  Por eso deberíamos ser listos para perdonar a todos que nos hagan mal.  Si no quieren arrepentirse, podemos rezar por ellos.

La palabra misericordia es de dos palabras latín, misereri y cordia.  Usados juntos estas palabras significan corazón de piedad.  Aquellos que tienen un corazón de piedad sienten la tristeza con el sufrimiento del otro.  Reconocen que aún los malvados sufren en una manera u otra.  Tal vez fueran golpeados cuando eran niños con el resultado que son resentidos y enojados ahora.   O puede ser que sus padres no mostraran el afecto de modo que crecieron como matones.  De todos modos los misericordiosos tienen corazón grande para amar a más personas que el yo y sus queridos seres.  En una de sus cartas, san Pablo proclama que él tiene un corazón grande así.  Escribe a los corintios: “Les abro mi corazón [par en par].  En mí no falta lugar para acogerlos” (II Corintios 6:11). 

Desgraciadamente la preocupación con el yo a menudo impide la misericordia para los demás.  Por ser lastimados nosotros cerramos nuestros corazones.  Entonces se secan y se endurecen para que no se hieran de nuevo.  Consciente de nuestra condición delicada, Dios ha enviado a Jesucristo para suavizar y expandir el corazón.  De la cruz Jesús nos da el gran ejemplo de cómo abrir el corazón cuando hayamos sido ofendidos.  Pide al cielo: “Padre, perdónalos…” 

Sin embargo, en situaciones difíciles el ejemplo a penas duras nos basta para cambiar la actitud.  Por eso, Jesús nos da a sí mismo en la Santa Comunión.  Fortalecidos por su cuerpo y vigorados por  su sangre podemos amar a los enemigos como nuestro Dios Padre en el cielo nos ama.  Esto es el mensaje que Pablo quiere transmitir a los corintios en la segunda lectura hoy.  Dice que no hemos de actuar con venganza y malicia como el hombre viejo.  Más bien como personas regeneradas por Cristo, el hombre celestial, hemos de amar a todos los demás.  Aún a aquellos que nos hayan ofendido, podemos tener la misericordia.

Santa Catalina era una virgen consagrada de la ciudad italiana Siena.  Se dedicaba al cuidado de los enfermos y los prisioneros. También se metió en la política tanto del estado como de la Iglesia.  Con todas estas actividades Santa Catalina tenía muchos seguidores - laicos, sacerdotes, y religiosos – que le acompañaban en sus giros.  Santa Catalina predicaba la misericordia de Dios.  Como Jesús, Catalina miraba a Dios sobre todo como fuente de la misericordia.  Dijo: “¡O misericordia! Mi corazón se hunde en pensar en ti: pues no importa a dónde me vuelva, encuentro sólo la misericordia”.

El domingo, 17 de febrero de 2019


EL SEXTO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 17:5-8; I Corintios 15:12.16-20; Lucas 6:17.20-26)


¿Era Jesús comunista?  La pregunta puede parecer tonta.  Sin embargo, muchas personas han pensado en Jesús así.  En el evangelio hoy Jesús dice: “Dichosos ustedes los pobre…” y “Ay de ustedes, los ricos,…”  Estas frases suenan parecidas a la predicción del fundador del comunismo, Karl Marx.  Él escribió de una gran revolución que iba a volcar el orden reinante.  En su parecer los trabajadores tomarían control de las fuentes de la producción de los capitalistas. Entonces compartirían los beneficios de su labor a todos según la necesidad de cada uno.  La visión de Marx corresponde con el reporte en los Hechos de los Apóstoles de la primera comunidad cristiana.  Según este informe, todos los bienes fueron repartidos “según las necesidades de cada uno”. 

Sin embargo, el gran espíritu de compartir en de los Hechos no duró mucho tiempo.  En el pasaje que sigue una pareja trató de engañar a los apóstoles por guardar parte de su dinero para sí misma.  También San Pablo escribe de la desigualdad entre los corintios.  Regaña a la comunidad por permitir que algunos pasen hambre.  Hoy en día atestiguamos una situación curiosa.  Son los ricos que muy seguido practican la fe mientras los pobres en muchos casos la han dejado.  En muchas partes es la gente con recursos que asiste en la misa, que se casa antes de tener a hijos, y que no divorcia.  Entretanto los pobres por gran parte han abandonado estas morales básicas. 

En la segunda lectura Pablo menciona otro criterio para contarse como cristiano.  Dice que aquellas personas que no creen en la resurrección de la muerte son “los más infelices”.  Ellos malentienden el propósito de Cristo.  Piensan que Cristo llegó para transmitir valores que les ayudaran en la tierra.  Pero no era así.  Cristo vino para formar una comunidad del amor entre todos – ricos y pobres, mujeres y hombres, judíos y no judíos.  Esta comunidad conocerá el Reino aquí en la tierra por un tiempo y en la vida eterna para siempre.

En la primera lectura Jeremías revela el verdadero contraste en los ojos de Dios.  No es entre ricos y los pobres sino entre aquellos que confían en los hombres y aquellos que ponen su esperanza en Dios.  Las personas que tienen confianza en Dios siguen sus mandamientos.  Cuidan a los pobres; no engañan a nadie; y dan al Señor la gloria.  Sean latifundistas con muchos medios o sean campesinos con pocos quedarán como robles altos y robustos.  Es el contrario con los que confían en los hombres.  Ellos siempre hacen tramas para aumentar su riqueza.  No se preocupan por los necesitados sino por modos de gastar su dinero en placeres y comodidades.

Ahora podemos ver la intención de Jesús dando estas bienaventuranzas y maldiciones.  No quiere elogiar a los pobres porque son pobres sino por mantener a Dios como su rey. Jesús los aprueba porque ellos han venido a escucharlo explicar la voluntad de Dios.  De manera semejante Jesús no reprocha a los ricos por tener riquezas.  Más bien los critica porque no ayudan a los necesitados con su fortuna.  A través del evangelio Jesús muestra la bondad con los ricos generosos.  Acepta la compañía de las mujeres que lo apoyan con sus recursos.  Visita la casa de Zaqueo que promete dar la mitad de sus bienes a los pobres.

Hace muchos años se decía este cuento como visión del infierno y el cielo.  En el infierno los malditos tienen gigantes tenedores atados a sus brazos.  Tratando como quisieran, nadie puede alimentarse a sí mismo.  Pues no pueden doblar el brazo de modo que el tenedor llegue a su boca. En el cielo los benditos también tienen tenedores atados a sus brazos.  Sin embargo, todos son bien alimentados.  Pues en lugar de tratar de alimentar a sí mismos, les dan a comer a uno y otro.  Así Jesús describe el Reino de Dios: una comunidad del amor entre todos – ricos y pobres, mujeres y hombres, judíos y no judíos.


El domingo, 10 de febrero de 2019


EL QUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 6:1-3.3I-8; I Corintios 15:1-11; Lucas 5:1-11)

Una religiosa dice que recibió su vocación viendo un cine.  Cuando se fijó en el carácter de una monja, despertó en ella el deseo de darse a sí misma a Dios.  Sabía entonces que Dios podría llenarle con el gozo que deseaba.  El evangelio hoy cuenta una historia semejante.


Al principio de la historia Jesús está enseñando a la gente.  No se dirige a un grupo pequeño sino a una multitud.  De hecho, la audiencia es tan grande que Jesús tiene que montar una barca para que oigan todos.  Sentado, Jesús enseña como un catedrático en la universidad.  Muestra la autoridad con ideas claras y un modo seguro.  Si estuviéramos allí, apenas duras no podríamos hacerle caso.

Si Jesús nos hubiera dicho a leer un libro, ciertamente lo haríamos. Es hombre que vale el seguimiento.  Por esta razón, Simón lo obedece cuando le manda a llevar la barca para pescar de nuevo.  No importa que Simón trabajó las mismas aguas toda la noche sin pescar.  No importa que ya es día cuando los peces supuestamente reposan.  Cuando Simón echa las redes, coge tan grande cantidad de pescados que casi se rompan. 

Simón se da cuenta que Jesús no es sólo maestro.  Ahora lo llama “Señor”.  Lo ve como hijo de Dios con el poder del Altísimo.  Ante tal gran persona, el ser humano se estremece.  De repente Simón se recuerda de sus muchos pecados.  Le dice a Jesús: “Apártate de mí”.  Sabe que no es digno de quedarse en la presencia de un representante de Dios.  Es la misma reacción de Isaías en la primera lectura.  Cuando percibe que Dios es un Dios activo, dice: “’…estoy perdido…’”  También es la sensación que tenemos nosotros cuando enfrentamos algo colosal que nos amenace.  Cuando estamos por el mar con una tempestad avecinándose, nos coge el temor. Pensamos que Dios está castigándonos por nuestros pecados.  Le pedimos que en su misericordia se aleje de nosotros.

Entonces nos damos cuenta que Dios no quiere castigarnos.  Más bien está llamándonos a servirle.  Ciertamente Simón, ya Pedro, recibe un mandato en el evangelio.  Jesús le pide que deje de ser simplemente un pescador para hacerse “pescador de hombres”.  En la segunda lectura Pablo cuenta de una experiencia semejante.  Después de un encuentro asombroso con Cristo, recibe la carga de ser apóstol.  De hecho, Cristo tiene un mandato parecido para cada uno de nosotros.  Cuando nos bautizamos, dice el ministro que estamos ya incluidos en el ministerio de Jesús sacerdote, profeta, y rey.

¿Qué quiere decir esto?   Acordémonos de las células madre en el embrión.  Todos son iguales pero en tiempo algunos se desarrollen en huesos, otros en sangre, otros en piel, etcétera.  Por la oración podemos descubrimos nuestro papel dentro de la comunidad – sea miembro del coro, lector, visitador de los enfermos u otro. Más que nunca es necesario que todos nosotros cristianos demos testimonio al Señor Jesús por nuestras vidas.  Sin palabras tenemos que mostrar la caridad a todos particularmente a los necesitados.  Con palabras tenemos que profesar al mundo la fuente de esta caridad.  Es Jesucristo. 

Esta semana celebramos el Día de Amor.  Sabemos que la tradición de celebrar este día comenzó con un santo cristiano llamado Valentino.  Según una historia san Valentino era cura en Roma durante una persecución de los cristianos.  Cuando lo tenían encarcelado, el padre Valentino convirtió a la hija ciega del carcelero al cristianismo.  Al caminar a su martirio, Valentino le pasó a la muchacha una carta.  En la nota le recordó del compromiso que hizo a amar a todos como Cristo.  Firmó la carta “tu Valentino”.  Cuando se la abrió, la muchacha recibió la vista.  El propósito de la historia es que cuando decimos a otra persona, “Sé mi valentino/a”, le estamos pidiendo algo muy especial.  No estamos pidiendo que sea nuestro amante sino a nuestro tutor.  Estamos pidiendo a la persona que nos ayude aprender la caridad.  Es el papel dado por Jesucristo a todos nosotros.  Nos manda a ayudar a los demás aprender su caridad.

El domingo, 3 de febrro de 2019


EL CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 1:4-5.17-19; I Corintios 12:31-13:13; Lucas 4:21-30)


En una oración la Madre Teresa de Calcuta pide al Señor cosas raras.  Reza: “Entrégame, O Jesús, del deseo de ser aprobada”.  Añade: “(entrégame) del temor de ser ridiculizada”. Aunque casi todos la admiraban, Madre Teresa era una profetisa.  Llamaba a los cómodos a prestar la mano en servicio a los pobres.  De ningún modo ella podría escapar la crítica de algunos.  El profeta Jeremías tiene que enfrentar una  prueba semejante en la primera lectura.

De todos los profetas Jeremías es el más personal.  Él se queja abiertamente de la injusticia que tiene que aguantar.  En una ocasión Jeremías acusa al Señor de la decepción.  Dice: “’Señor, tú me engañaste…. A todas horas soy motivo de risa…” (Jeremías 20,7).  El Señor no deja a Jeremías solo sino responde a sus lamentos.  Le dice en la lectura actual: “’Hoy te hago ciudad fuerte…’”  Es como el consuelo de un santo que dijo de Dios: “Ó te protegerá de sufrimiento ó te dará la fuerza infalible para soportarlo’”.

“La fuerza infalible” es el Espíritu Santo que viene con el don del amor.  Como si fuera un bisturí en la mano de un cirujano, el amor nos capacita a hacer obras increíbles.  En la segunda lectura san Pablo proclama las maravillas del amor: “El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites”.  Esto no quiere decir que el amor siempre sea fácil.  Una vez una madre tenía que soportar el rechazo completo de su hija.  Volteó a Dios con su amor rezando: “…que el amor para ella que Tú llevas en tu corazón reemplace los contenidos de la copa amarga vertiendo dentro de ella”.  La oración no era en vano.  Ahora la hija le comunica con su madre todos los días.

Como siempre podemos voltear a Jesús para el apoyo cuando nos rechacemos.  El conoce nuestro apuro. En el evangelio hoy los paisanos de Nazaret se vuelven en contra de él.  En un momento le dan su aprobación y en el próximo “se llena(ro)n de ira”. ¿Qué provoca el cambio?  Ellos esperaban de Jesús las maravillas que hizo en otros lugares.  Para ellos Jesús siempre será sólo “el hijo de José”, un joven del pueblo que debería ayudar a sus vecinos.  No quieren reconocerlo cómo el profeta que viene para proclamar el Reino de Dios a todos.  También los nazarenos resienten sus curaciones en Cafarnaúm donde residen ambos judíos y paganos.  Piensan en Dios sólo como si fuera un guardia para proteger sólo su pueblo y no a todos.

Jesús va a sufrir por proclamar el amor de Dios para todos.  Por lo pronto escapa la persecución que le quieren los nazarenos porque no ha llegado su hora.  Pero en tiempo será crucificado.  A pesar de que se da cuenta de este destino, sigue predicando el Reino de Dios.  Quiere que el mundo sepa de las maravillas que Dios guarda para aquellos que se humillen para recibirlas.

Una vez un misionero pasó muchos años en Bangladés, un país casi exclusivamente musulmán.  Allí vivía entre los pobres ayudándoles con sus necesidades cotidianas.  Cuando regresó a su propia tierra, sus paisanos le preguntaron cuántos conversos hizo.  Tuvo que pensar un momento antes de responder: “Sólo uno: me hice mejor cristiano”.  Pero su tiempo en Bangladés no era en vano.  Por hacerse “mejor cristiano” el misionero mostró a los musulmanes que el Señor es Dios de todos los pueblos.  Más importante aún, por ser un hombre de Dios trabajando entre los pobres les transmitía el amor de Dios.  Es lo que Jesús hizo en su tiempo y lo que nosotros queremos hacer ahora.  Queremos que el mundo sepa del amor de Dios para todos.

El domingo, 27 de enero de 2019


EL TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Nehemías 8:2-4.5-6.8-10; I Corintios 12:12-30; Lucas 1:1-4.4:14-21)


Se encuentre una de las declaraciones más asombrosas en la biblia en el primer capítulo del primer libro. Dice: “Creó Dios al hombre a su imagen….Macho y hembra los creó”.  Asombrosa pero también problemática.  Pues estamos tan acostumbrados a escuchar este versículo que pasemos por alto su significado.  Quiere decir que cada persona humana tiene gran dignidad.  De hecho, cada mujer y hombre es tan importante que debiera ser apreciado como si fuera un dios.  A pesar de que a menudo abusemos a los demás y aun a nosotros mismos, deberíamos valorar mucho a todo ser humano.

Dios nos dio su Ley para que mantengamos esta gran dignidad.  La Ley nos mande que no explotemos a nadie.  Por la Ley los dueños tienen que pagar a los trabajadores de modo que puedan dar de comer a sus familias.  Por la Ley los hombres tienen relaciones íntimas sólo con sus esposas para que todos niños tengan dos padres en casa.  Por la ley somos obligados a no maldecir a nadie. Varias veces en su historia Israel se dio cuenta de que grande regalo era la Ley sólo después de abandonarla.  Entonces cuando la descubrieron de nuevo, lloró por su tontería.  La primera lectura hoy nos describe una instancia de esto.  Dice que cuando se leía la Ley de nuevo en público, los presentes “se postraron rostro en tierra”.

Cuando Israel violó la ley, los profetas aparecieron para recordársela.  Ellos eran la conciencia de Israel.  Insistieron que el pueblo cuidara a los más necesitados porque también ellos eran imágenes de Dios.  En el evangelio hoy Jesús se presenta a sí mismo como el profeta supremo.  Él no sólo exige a los ricos que apoyen a los débiles sino comparece para hacerlo.  No sólo habla de un tiempo en el futuro cuando se cumpla la Ley sino declara que hoy se la cumple.  Hoy los pobres escucharán la buena nueva.  Hoy los cautivos y los oprimidos se liberarán.  Hoy los ciegos verán.

Nosotros no podemos sino pensar que si Jesús desarrollaría el volumen hoy día, diría algo sobre el aborto.  Proclamaría que ha venido para asegurar que los fetos nazcan.  Ellos seguramente son los más vulnerables de todos seres humanos.  No pueden hacer nada por sí mismos.  Sin embargo, 16 por ciento de todos los seres humanos concebidos terminan abortados.  Estas criaturas son imágenes de Dios como todos nosotros.  Aun si no tienen formado un corazón o un cerebro, tienen la capacidad de pensar y escoger en su estructura.

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda que cada uno de nosotros es miembro del Cuerpo de Cristo.  Quiere decir que todos tenemos un papel en el ministerio de la iglesia.  Por eso, todos nosotros deberíamos considerarnos como responsables por los vulnerables.  No es que todos puedan administrar el primer socorro, pero tenemos que hacer algo.  En la lucha contra el aborto algunos participarán en las marchas promoviendo la vida.  Otros ofrecerán una alternativa a la muerte en frente de las clínicas del aborto.  Otros contribuirán dinero a la causa y pedirán a los legisladores por leyes protegiendo a los no nacidos. Ciertamente todos deberíamos rezar que siga disminuyendo el aborto hasta que se termine completamente.

El sonograma puede mostrar el feto dentro del seno de su madre.  Usado en los centros en pro de vida, la invención ha contribuido a la salvación de muchos bebés.  Pues las mujeres embarazadas no quieren abortar a sus hijos una vez que ven que tienen vida.  Ahora hay otro descubrimiento que puede salvar  aún más no nacidos.   Se puede determinar rasgos faciales del ADN en las células dentro del seno de la mujer.  ¿Quién querrá destruir la vida de una persona cuya cara ha visto? Aun los científicos están tomando su papel en la lucha contra el aborto.  Todos nosotros tenemos un papel en esta lucha.

El domingo, 20 de enero de 2019


EL SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 62:1-5; I Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11)

Las bodas del príncipe de Inglaterra con la estrella de Hollywood eran uno de los eventos más celebrados el año pasado.  Veintenas de millones de personas las miraron por la televisión.  Pero para nosotros cristianos esas bodas no tuvieron ni un millonésimo de la importancia de las bodas de Caná.  Pues ellas llamaron la atención por un momento pasajero.  Las bodas de Caná tienen ramificaciones por la eternidad.  Por explorar sus temas podemos apreciar cómo Dios nos prepara para ambas la vida terrena y la vida eterna.

Las bodas son más que una fiesta.  Representan la unión entre familias tanto como entre personas.  También son profundamente orientadas al futuro con la esperanza de hijos.  Con estos dos propósitos en cuenta Jesús escoge las bodas para el primer signo indicando su naturaleza divina. 

Se puede decir que la encarnación tiene el sentido de bodas.  Pues significa la unión entre el cielo y la tierra.  Por haber nacido en carne y hueso entonces, Jesús creó una relación sólida entre la familia de Dios y la familia humana. La primera lectura del libro del profeta Isaías predice este evento con imágenes de matrimonio. El profeta conseja a Israel que no se acongoje más porque el Señor vendrá para desposarse con ello.  Quedará con el pueblo para apoyarlo vivir con la justicia.  Así Jesús ha llegado para fortalecernos contra los vicios. 

Antes de tratar cómo la unión de Dios con la humanidad afecta el futuro, que consideremos el vino.  Un salmo nota cómo el vino “alegra el corazón del hombre” (104,15).  De hecho, el vino se ha hecho en símbolo de la alegría.  Aquí Jesús no sólo produce el vino sino “el vino mejor”.  Es la felicidad de la vida, no sólo para ahora sino para siempre.  De esta manera podemos entender el truque del agua en el vino como cambio de nuestra naturaleza.  Jesús nos hace en hijos adoptados de Dios de modo que la muerte no nos aniquile.  Por unirnos con él tendremos un futuro sin fin. 

Alcanzamos esta unión cuando ponemos la fe en Jesús.  El evangelio cuenta de dos grupos mostrando la fe.  El primero consiste de sola una persona: la madre de Jesús.  Ella cree en su hijo aun cuando él se aleja de ella.  En el pasaje no le llama “mamá” y le responde a su intervención con la pregunta fría: “’¿qué podemos hacer tú y yo?’” No obstante, ella dice a los sirvientes con confianza absoluta: “’Hagan lo que él les diga’”. El segundo grupo poniendo su fe en Jesús es sus discípulos. Llegan a su planteamiento cuando lo ven cambiando el agua al vino. 

Nosotros quedamos entre estos dos grupos.  No hemos visto cambios de agua en vino, pero hemos atestiguado cambios de la actitud.  Una religiosa reporta recibiendo la llamada gozosa de una compañera de clase en sus cumpleaños.  Dice que en el pasado la compañera se quejaba siempre con una crítica para todo.  Entonces, tocada por la gracia, cambió de perspectiva. Ahora tiene una actitud muy positiva. A lo mejor cada uno de nosotros podemos percibir un tal cambio en nuestras propias vidas.  Tal vez como niños fuéramos consentidos con un enfoque exclusivamente en nosotros mismos.  Sólo por la gracia de Dios hemos crecido en adultos responsables por el bien de todos. Nuestra fe no es tan comprehensiva como la de María.  Ni es basada en la experiencia directa como la de los discípulos.  Sin embargo, vale para unirnos con Cristo. 

Una vez una mujer estaba postulada para la presidencia de una organización nacional católica.  Tenía a una amiga de años atrás cuando habían vivido en la misma parroquia en otra ciudad.  Cuando la amiga se enteró de la elección, viajó al capital para hacer campaña por la candidata.  Su entusiasmo era tan convincente que ganó la mujer.  El evangelio de las bodas de Caná quiere relatar una historia semejante.  Jesús ya está con nosotros.  Con él vamos a ganar la lucha de la vida.  Con él conquistaremos los vicios de nuestra naturaleza humana.  Con él tendremos el destino de su naturaleza divina.

El domingo, 13 de enero de 2019


La Fiesta del Bautismo del Señor

(Isaías 40:1-5.9-11; Tito 2:11-14.3:4-7; Lucas 3:15-16.21-22)



Con el nuevo año regresamos a los problemas de nuestras vidas.  Después de un mes lleno de fiestas ya es tiempo a enfrentar nuestros retos con más vigor.  Una familia tiene prueba bastante difícil. Está compartiendo su casa con otra familia.  Vivían cómodos la pareja y sus dos hijos cuando recibió la petición urgente de una pariente.  La mujer y sus hijos necesitaban refugio de su esposo abusivo.  ¿Qué podía hacer la familia sino aceptar a los refugiados en su hogar?  Ciertamente es difícil.  Pero piden la ayuda del Señor.  Él muestra la preocupación por su pueblo en la primera lectura. “’Consuelen, consuelen a mi pueblo…,’” dice a la corte celestial. 

Dios quiere rescatar a todos sus hijos de sus líos.  Les promete enviar al ungido hijo de David para entregarlos de sus enemigos.  Este será el mesías.  Cuando llega, algunos piensan que fuera Juan, pero él rechaza la idea.  Dice en el evangelio hoy: “’…ya viene otro más poderoso que yo…’”  Deberíamos imitar su humildad.  No somos el salvador ni de nosotros mismos y mucho menos de otras personas.  En lugar de fastidiarnos con calculaciones, deberíamos pedir primero la ayuda del Señor. Al menos yo estoy casi siempre tardío al rezar a Dios para el apoyo.

No es así con Jesús.  Se le distingue, particularmente en este Evangelio según San Lucas, por la oración.  Son ambas la intimidad e la intensidad de su relación con Dios Padre que le define sobre todo.  Aquí el Espíritu Santo desciende sobre él mientras está orando.  Tiene relación tan profunda con Dios que se reconozca desde el cielo. Se oye una voz diciendo: “’Tú eres mi hijo, mi predilecto…’”  Nos parece como gran privilegio ser Hijo de Dios, ¡y es!  Sin embargo, el Padre le pedirá que se entregue cuerpo y alma para salvar al mundo de sus pecados.  Le costará la muerte en la cruz aunque será levantado a una vida nueva en la gloria. 

Dice Juan que el que viene bautizará con el Espíritu y con fuego.  Jesús cumple esta profecía después de su resurrección.  Una vez que asciende al cielo, él manda al Espíritu Santo a sus discípulos en forma de lenguas de fuego.  Las lenguas les conceden el poder para hablar abiertamente del Señorío de Jesús.  Como se atestigua en los Hechos de los Apóstoles, proceden a proclamarlo por el mundo.  Tanto los poderosos como los sufridos, tanto los paganos como los judíos recibirán su testimonio. 

No nos falta este mismo Bautismo con el fuego del Espíritu Santo.  Nosotros también podemos proclamar la salvación de Jesús.  Si decimos que nada grande nos pasa a nosotros, es porque no pedimos la ayuda del Señor.  Cuando le rogamos por nuestros seres queridos, veremos su bondad.  Pero que no tengamos vergüenza para contar a nuestros compañeros nuestra suerte.  El otro día estaba yo perdido en el tránsito.  Esta vez sí recordé a rezar.  No estuve muy sorprendente cuando encontré pronto el camino correcto.

Los últimos recuerdos de la Navidad ya se esconden.  El árbol navideño no más ocupa el lugar céntrico de la sala.  La mayoría de los tamales y galletas se han consumido.  En los mercados los renos y monigotes de nieve han sido reemplazados por los corazones del Día de San Valentín.  Sin embargo, nunca queremos perder la consciencia del gran regalo de Dios en la Navidad.  Es Su Hijo que vino para acompañarnos en nuestros líos.  Queremos agradecerle por esta bondad. También queremos contar a los demás acerca del efecto de Jesús en nuestras vidas.  Queremos a contar a todos acerca de Jesucristo.