(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo
14:13-21)
No es por
nada que Jesús quiere irse solo con las noticias del asesinato de Juan
Baustista. Eran conocidos aun antes de sus nacimientos. Se dice que por un tiempo Jesús era discípulo
de Juan. Es ciertamente verdad que fue
bautizado por el gran profeta del río Jordán.
Solo porque Juan era hombre devoto a Dios, Jesús querría reflexionar
sobre el significado de su muerte.
El
Evangelio no revela los pensamientos de Jesús en el “lugar apartado”, pero ¿cómo
no podría considerar que también él tenga el mismo azar sanguinario? Casi todos
seres humanos han tenido tales momentos preguntándose de su propio deceso
después de escuchar de una muerte inesperada.
Hace solo seis años el mundo entero fue absorbido con la posibilidad de
la muerte repentina. Covid-19 tomaba las
vidas de millones personas de todas razas, religiones, y clases. “¿Qué pasaré yo si me toca el virus?” nos
preguntábamos. Al igual que Juan, Jesús no dudó en decir la verdad al poder.
Sin duda, se dio cuenta de que podría tener un final similar.
Sin
embargo, lo que es notable en el evangelio hoy es que Jesús no demora en su
rumiación. En poco tiempo está curando a
los enfermos que le sigue acudiendo. Tal
vez por su reflexión sobre la muerte Jesús se da cuenta de que la gente busca
más de la sanación del cuerpo. Hacen
falta un remedio para sus almas.
Vivimos en
un mundo con miles de millones de otras personas. Además, desde que los hombres lo han habitado
por miles y miles de años, han existido muchos más seres humanos. Como si no fuera bastante, en los cielos hay
un sinnúmero de estrellas con planetas posiblemente habitados. ¿Cómo no
pensaríamos que seamos como nada, de no más valor que unos granos de arena en
el desierto o gotas de agua en el mar?
Nos preguntamos que dentro de poco seríamos olvidados más rápido que sonidos
en la noche.
Como
remedio a estos pensamientos turbantes Jesús quiere que todo el mundo conozca
la preocupación de Dios para él o ella.
Para el gran número de personas ante él ahora Jesús tiene en cuenta un
banquete que mostrará la solicitud de su Padre.
Ellos pudieran comprar comida para sostenimiento en los caseríos, pero
no les nutriría por mucho tiempo. En
lugar de la sobrevivencia Jesús quiere proveerles la sobreabundancia del pan
proclamado por el profeta del exilio babilónico en la primera lectura de hoy. Este visionario anónimo, que los eruditos
llaman “segundo Isaías”, sembró semillas de esperanza entre un pueblo
desanimado.
Cinco
siglos antes de Cristo los judíos exiliados en Babilonia languidecían. Habían perdido su patria, sus casas, y
probablemente más de algunos parientes y amigos. Ahora después de cincuenta años de
captividad, escuchan el siervo de Dios hablar de la oferta de “platillos
sustanciosos”. No es un almacén cargado
de víveres sino un suministro de dones espirituales con que un pueblo justo
podría prosperar.
Jesús en el
lugar despoblado manda a la gente que tomen sus puestos. Entonces toma los alimentos a mano (apenas
cinco panes y dos pescados) mira al cielo, pronuncia una bendición, parte el
pan y se les da a los discípulos para repartir.
Si estas acciones nos recuerdan de la Eucaristía, estamos pensando con
Mateo, el evangelista. Los cinco panes y
dos pescados, bendecidos y partidos, representan los componentes de la Última
Cena, donde originó la Eucaristía.
Por eso,
cada vez participamos en la misa, nos nutrimos con la superabundancia de
Dios. Sabemos que el pan se ha
transformado en lo que Jesús lo pronunció en la Cena: su Cuerpo. Entregado, crucificado, y resucitado de entre
los muertos, su Cuerpo les aseguró a sus compañeros en esa dichosa comida la
superabundancia de la vida. Al recibirlo
dignamente, nos regala a nosotros también la superabundancia que no se acaba ni
con la muerte.