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El domingo, 26 de julio de 2026

 XVII DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)

Tres escenarios de infortunio. Primero, tu esposo ha accidentado.  Lo ha dejado herido y el único coche de la casa destruido.  Sientes profundamente angustiada.  Segundo escenario, tu esposa tiene Alzheimer.  La has puesto en un asilo.  La facilidad es de alta calidad, pero a ella no le gusta.  Cada vez que la visita, llora pidiendo que la regreses a casa. Es tan triste la situación que no ya no quieres ir a verla. Tercer escenario, tu hijo mayor se ha hecho rebelde.  Por mucho tiempo ha dejado asistir en la misa dominical con la familia y recientemente ha dejado el colegio.  Pero lo que te has hecho tremendamente preocupado es que ayer encontraste una pistola en su recamara.

Estos casos no son tan raros que no puedan pasar a cualquier de nosotros.  Nos causarían revisar la vida para ver si hemos hecho alguna cosa para merecer tal situación deprimente.  Además, comenzamos a dudar la existencia a Dios o, por lo menos, su bondad. Realmente, no sabemos que pensar y mucho menos que hacer.

Entonces recordamos la historia de la conversión de San Agustín.  Un día cuando caminaba en su jardín reflexionando sobre su vida desordenada, oyó la voz de un niño.  Le dijo, “Toma y lee”.  Agustín encontró su Biblia, la abrió y topó la página de la Carta a los Romanos que dice, “… basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne (Rom 13,13-14). La experiencia confirmó su decisión de hacerse cristiano.

En nuestros predicamentos sería oportuno recordar otro versículo de la misma Carta a los Romanos.  Se encuentra en la segunda lectura de la misa hoy.  Dice: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él según su designio salvador” (8,28).  Las palabras disipan nuestra ansiedad.  Sabemos que podemos manejar la situación difícil porque Dios está con nosotros. Su presencia nos hace confiados que nada puede superarnos mientras nos apoya.  Todo estará “bien”.  Ahora sabemos lo que Jesús quiere decir en el evangelio cuando habla del “Reino de Dios”. Dice que vale más que la perla más fina porque nos asegura del amor de Dios para siempre.  Al mantener una amistad con Dios, podemos enfrentar cualquiera dificultad con la calma.  Pues, ¿quién puede arrebatarnos de sus manos?

Hay varios versículos bíblicos que no solo nos llaman la atención sino también la memoria.  Uno es Juan 3,16: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Otro es de los mandamientos de Jesús de amor: “’… tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo (mandamiento) es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Marcos 12,29-31).  Romanos 8,28 es otro versículo que nunca debemos olvidar: “… todo contribuye para bien de los que aman a Dios …”


El domingo, 20 de julio de 2025

 XVI DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 18, 1-10; Colosenses 1, 24-28; Lucas 10, 38-42)

El evangelio de hoy es bien conocido y apreciado. Los predicadores lo suelen usar para mostrar que Jesús tenía amigas, incluso discípulas mujeres. También lo presentan como modelo de dos formas de vida religiosa: activa, como la de las Hijas de la Caridad, y contemplativa, como la de las Carmelitas. Sin embargo, intentemos hoy otro enfoque.

Para ello, tenemos que retroceder al evangelio del domingo pasado, con la parábola del Buen Samaritano. Las últimas palabras de aquella lectura fueron una exhortación de Jesús al doctor de la Ley: “Haz tú lo mismo”. Quería que el doctor ayudara a los necesitados, sin importar su raza o religión.  La lectura de hoy sigue directamente a esas palabras con un consejo que, a primera vista, parece contradictorio. Jesús le dice a Marta, ocupada con los quehaceres propios de recibir a un huésped, que en ese momento no son tan importantes. Refiriéndose a su hermana María, sentada a sus pies como discípula, Jesús afirma que ella “ha escogido la mejor parte”.

¿Por qué entonces Jesús reprende a Marta por su preocupación por los quehaceres del hogar, justo después de decirle al doctor de la Ley que sirviera al prójimo? ¿Ha cambiado de parecer? ¿Ahora solo importa escuchar la palabra del Señor?

Para responder a estas preguntas, podemos aprovechar una célebre oración de San Agustín: “Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y a ti tienda, como a su fin.”
En ella, el orante pide al Padre que envíe su Espíritu Santo, de modo que el motivo de sus obras sea puro y su acción termine dando gloria a Dios.

Sin la gracia del Espíritu Santo, nuestras obras —como dice el libro de Eclesiastés— son vanidad. Nuestra naturaleza, herida por el pecado, no puede producir verdaderamente el bien. Nuestra intención, lo que San Agustín llama la “fuente”, suele estar centrada en el yo egoísta. Y nuestra acción, el “fin” de esa oración, muchas veces está manchada por defectos. No dudo, por ejemplo, que muchos estudiantes se esfuercen no tanto por aprender la materia o hacerse sabios, sino por obtener buenas notas para destacarse ante sus padres y compañeros. Nos hemos vuelto como árboles infectados por la plaga, incapaces de dar buen fruto. Y el Señor lo confirma en el Sermón del Monte:
“…todo árbol malo da frutos malos” (Mt 7,17).

Al estar cerca del Señor, escuchando su consejo y sintiendo su amor, María se prepara para actuar en una manera nueva. No se inclinará al egoísmo en presencia de Jesús, que conoce su corazón. Sus obras serán sanas y santas porque ha escogido “la mejor parte”. Probablemente Marta también comprende la lección. Ella es generosa y, más importante, tiene la sensatez para recurrir a Jesús en su apuro.

¿Y nosotros? ¿Nos parecemos más a María, contemplativos y silenciosos, o a Marta, activos y expresivos? En realidad, no importa. Las dos han sido proclamadas santas.
Lo importante es que, como María, escuchemos y obedezcamos las enseñanzas del Señor. Y que, como Marta, pidamos su ayuda y realicemos nuestras obras con esmero.

El domingo, 8 de junio de 2025

Domingo de Pentecostés

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3b-7.12-13; Juan 14:15-16.23-26)

El papa León XIV ha elegido un escudo con el lema (en latín): “In illo, uno unum”.  Las palabras son de San Agustín de Hipona, el patrono de la orden religiosa a la cual pertenece el papa.  Quieren decir: “En Él (Cristo), que es uno, somos uno”.  Hoy celebramos al Espíritu Santo que nos mantiene como uno con la misma fe y el mismo amor. 

La entidad en la cual somos compuestos como uno por el Espíritu no es un edificio hecho de concreto.  Más bien, es algo orgánico que crece y desarrolla.  La entidad es el Cuerpo de Cristo que llamamos comúnmente “la Iglesia”.  El Espíritu Santo forma a las personas humanas en las células de los diferentes órganos del Cuerpo.  Algunos de nosotros constituimos sus brazos que alcanzan a los necesitados.  Otros de nosotros componemos su voz que proclama tanto la creencia en Dios como las alabanzas a Él.  Como dice la segunda lectura hoy, igual que el cuerpo humano tiene varios tipos de órganos, el Cuerpo de Cristo tiene varios tipos de ministerios.

Las células del Cuerpo de Cristo son nutridas por el pan hecho Carne de Cristo y el vino hecho Sangre de Cristo.  Este misterio de la Eucaristía también es el trabajo del Espíritu Santo.  Él transforma alimento cotidiano, eso es el pan y el vino, en el Cuerpo de Cristo que vive para siempre.  Aun cuando digerimos completamente el Cuerpo de Cristo, se queda. Como dijo el mismo San Agustín cuando comemos el Cuerpo de Cristo, él no se hace parte de nosotros (como pan regular), sino nos hacemos partes de él. 

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles resalta la unidad de fe que lleva todo la Iglesia.  Prendidos por el Espíritu, los discípulos comienzan a predicar.  No es solamente que todos los visitantes a Jerusalén los oyen hablar en sus propios idiomas por la presencia del Espíritu. También todos escuchan por el Espíritu el mismo mensaje proclamado por Pedro en lo que sigue en el Libro de los Hechos de los Apóstoles.  Pedro dirá que Jesús hizo muchos milagros y signos entre el pueblo; no obstante, los judíos lo pusieron a muerte en la cruz, pero Dios lo resucitó.  Este mensaje básico, que se ha llamado “Kerigma” en griego o "proclamación" en español) se ha desarrollado por las edades mediante el Espíritu.  Con la reflexión sobre las Escrituras, la Kerigma ha producido los dogmas de la Encarnación, la Resurrección de entre los muertos, la Redención del pecado, y la Sagrada Trinidad.  Como dice Jesús en el evangelio, el Espíritu enseñará a la Iglesia “todas las cosas”.

El Espíritu Santo también nos mantiene en el amor.  Mediante el Espíritu el Padre y el Hijo ocupan nuestros corazones como dice también el evangelio.  Con Dios llenando nuestros interiores, no podemos hacer nada más que amar.  Este amor extiende más allá que nuestros familiares y amigos hasta todos habitantes del mundo, vivos y muertos. 

Tanto como quisiéramos amar, a veces nos desafío el amor hacia aquellos que no nos caen bien.  Puede ser un jefe que no quiere hablar con nosotros.  Puede ser aun nuestro esposo o esposa quien no acepta nuestro afecto.  El evangelio llama al Espíritu Santo “el Consolador”.  Esta palabra traduce la palabra “paracleto” del griego donde significa literalmente “llamado al lado”.  Cuando nos falta el deseo a amar, el Espíritu Consolador nos aconseja cómo ofrecerlo. 

Al considerar todo lo que hace el Espíritu Santo, se puede pensar que no recibe suficiente atención en la liturgia de la Iglesia.  Sin embargo, las personas de la Sagrada Trinidad no competen uno con otro.  Porque son uno, cuando adoramos al Padre, adoramos al Espíritu. Y cuando honramos al Espíritu, honramos al Hijo. Y cuando agradecemos al Hijo, agradecemos al Padre. 

El domingo, 14 de abril de 2024

TERCER DOMINGO DE LA PASCUA

(Hechos 3.13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)

Tal vez ustedes hayan percibido cómo no se usa el Antiguo Testamento en las misas durante el tiempo pascual.  La Iglesia destaca lecturas de los Hechos de los Apóstoles en las misas del resto del año aparecen lecturas del Pentateuco, los profetas, o los otros escritos del Antiguo Testamento.  

La lectura hoy enfoca en la predicación de los apóstoles.  Pedro y Juan acaban de curar a un paralítico.  La gente queda asombrada con el milagro cuando Pedro toma la palabra para explicar cómo pasó.  Bajo la influencia del Espíritu Santo, habla con audacia.  Dice que la cura fue hecha en el nombre de Jesús a quien ellos entregaron al verdugo.  Entonces modera su tono con un pretexto.  Dice que los judíos no sabían lo que estaban haciendo cuando exigieron que Pilato condenara a Jesús a la muerte.

No obstante, los judíos todavía tienen que arrepentirse. Pedro dice, en efecto, que era su orgullo que no les permitió reconocer lo que estaban haciendo.  Su confianza exagerada en sus líderes les impidió ver la verdad que Jesús enseñaba y la bondad que mostraba. Pudiera haber dicho también que no resistieron el deseo para la violencia, que queda en el corazón humano como un impulso primitivo.  La llamada de Pedro a la conversión incluye las decenas de modos en los cuales los hombres fallan a cumplir la voluntad de Dios: la falta de respeto a Dios, la avaricia, la lujuria, la mentira, etcétera. 

Tenemos que escuchar el sermón de Pedro como dirigido a nosotros tanto como a los judíos.  Aunque tenemos al Espíritu Santo para ayudarnos, a veces fallamos.  Las atracciones de fortuna y fama que vemos en los criminales más perniciosos como Pablo Escobar o las escandalosas estrellas de Hollywood nos impulsan a traicionar las virtudes que nuestros madres y padres nos enseñaron.  En lugar de obedecer la voz de Dios en nuestras conciencias, la ignoramos. Pensamos que somos limitados solo por la ley civil y, aun con esto, por la capacidad de la policía de capturar a nosotros haciendo algo criminal. 

La llamada de Pedro no es diferente de la de Jesucristo.  Ninguno de los dos está amenazándonos con los fuegos del infierno.  Más bien ambos quieren que conozcamos la misericordia infinita de Dios.  Jesús no va a regañarnos por haber pecado sino regalarnos por haber discernido la luz de la verdad.  Sí es cierto que aquellos que insisten que no les importa Dios, van a ser dejado en las tinieblas.  Allá experimentarán el remordimiento de haber escogido la fantasía del engrandecimiento del yo al amor de Dios.  Pero la verdadera lástima es lo que se les extrañará.

San Agustín vivía por sí mismo hasta que un día encontró la verdad en una Biblia.  Por casualidad abrió el libro a donde Pablo escribe: "...basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne".  Más tarde Agustín tenía que admitir cómo apenas logró el mejor tesoro de la vida.  Escribió en sus Confesiones: "¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste…Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti".

Tal vez no somos tan grandes pecadores como San Agustín en su juventud.  Pero es cierto que la mayoría de nosotros pensamos demasiado en nosotros que olvidemos de la bondad de Dios.  Tenemos que arrepentirnos de este orgullo para conocer su amor.

El domingo, 14 de julio de 2019


DECIMOQUINTO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 30:10-14; Colosenses 1:15-20; Lucas 10:25-37)


Las historias de Buenos Samaritanos nos tocan el corazón.  Hacen tanto impacto que las recordemos por mucho tiempo.  Hace veinte años un periódico reportó de un mecánico negro ayudando a un extranjero blanco pasando por su ciudad.  Se quebró el coche del hombre blanco a las diez de la noche.  Mientras el hombre llamaba ayuda, una chica lo escuchó contando su problema.  Ella le dijo que su papá, un mecánico, pudiera ayudarle.  Cuando llegó el padre de la muchacha, vio el coche quebrado y dijo que el problema era una correa  desgastada.  Lo llevó a remolque a su taller para arreglarlo al próximo día.  Pidió del hombre sólo el costo del repuesto. 

La parábola del Bueno Samaritano nos interroga si tenemos un concepto suficientemente amplio del prójimo.  ¿Lo consideramos sólo a la persona que vive en nuestra par?  ¿Podemos incluir como prójimos a personas de diferentes razas, religiones, y lenguajes?  Nos reta la parábola cuando queremos pasar por alto a una persona postrada en la calle.  Nos molesta la conciencia cuando vemos a una persona en peligro pero no queremos enredarnos en los problemas de los demás.  Afortunadamente hoy en día no tenemos que arriesgar nada para socorrer a tales personas.  Sólo tenemos que marcar 9-1-1 en nuestro celular.

La parábola del Buen Samaritano no se ha entendido siempre como exigencia de ayudar al otro en necesidad.  Los Padres de la Iglesia solían darle una interpretación simbólica.  San Agustín predicó que cada elemento de la historia podía ser entendido como un aspecto de la historia de la salvación.  Para él, el que desciende de Jerusalén a Jericó es Adán, el primer hombre y representante de todos.  Los ladrones son el diablo y los ángeles malos que roban al hombre de la inmortalidad por persuadirle a pecar.  El sacerdote y el levita son la Ley y los profetas del Antiguo Testamento.  Ellos no podían ayudar al herido reconquistar la vida eterna.  El samaritano es Jesucristo que salva al hombre de la muerte eterno.  Jesús encomienda a los hombres a la Iglesia, el mesón, hasta que vuelva con la resurrección de la muerte al final de los tiempos.

Cuando escuchemos interpretaciones simbólicas, queremos saber si tienen razón.  ¿Por la parábola del Buen Samaritano Jesús realmente quiere enseñar sobre la salvación del hombre del pecado?  Seguramente, no.  Por el contexto de la historia se puede decir que la parábola tiene otro objetivo.  No estamos diciendo que la interpretación es falsa.  Meramente queremos decir que no conforma a la intención de Jesús en esa situación.

El doctor de la ley quiere “poner (a Jesús) a prueba”.   En otras palabras quiere descreditar a Jesús.  Le pregunta sobre lo que debe hacer para conseguir la vida eterna.  Pero Jesús no cae en su trampa.  En lugar de contestar directamente la pregunta, tiene pregunta para el doctor sobre la ley.  Entonces, viendo que Jesús ha ganado la ventaja, el doctor de la ley trata de justificar su posición.  Le pregunta a Jesús sobre el prójimo: ¿Es el prójimo un vecino, un paisano, o tal vez otra persona judía?  Jesús sorprende a todos con la parábola.  El prójimo no tiene nada que ver con la cercanía sino con la compasión.  Según Jesús el prójimo es el que tiene compasión a los demás.

Jesús está retando a todos nosotros a ser prójimos a la persona que se encuentra en necesidad.  Como Moisés enseña en la primera lectura, esta regla no es difícil entender.  Pero no es siempre fácil llevarla a cabo.  Para hacer esto tenemos que pedir la gracia del Señor.  Le pedimos que nos abra los ojos para ver al necesitado.  Le pedimos aún más que nos abra el corazón para socorrerlo.

El domingo, 7 de abril de 2019


EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Isaías 43:16-21; Filipenses 3:7-14; Juan 8:1-11)


 Sólo quedaron dos allí: la miserable y la Misericordia”.  San Agustín describió la última escena en el evangelio hoy así.  La mujer humillada por su pecado enfrenta al Señor del amor.  Ella no tiene que temer un fallo desatinado.  Pues Jesús es hombre justo.  Pero ¿podrá tolerar la pena que su delito merece?  Jesús ve que ha sufrido bastante por la desgracia de los escribas y fariseos.  Por eso, le permite irse.

Todos nosotros deberíamos imaginarnos en el lugar de la adúltera viendo a Jesús cara a cara.  Una vez u otra todos nosotros hemos hecho algo despreciable, algo que lamentamos.  Pudiera haber sido maltratar a una persona ingenua o, tal vez, fallar a persona que siempre nos hacía bien.  He encontrado a varios hombres que habían dejado sus familias.  Una vez encontré a una mujer que había asesinado a su marido.  Espero que nadie aquí haya hecho algo tan atroz.  No obstante, como la adúltera en el evangelio vemos a Jesús con la culpa en nuestro corazón. 

No queremos escabullarnos de Jesús porque vemos en su cara la misericordia.  Vamos a escucharlo perdonarnos.  Como él dice a la mujer miserable, nos repite a nosotros: “Tampoco yo te condeno”.  Él no vino a condenar sino a salvar.  Nos quita la culpa para que caminemos libremente haciendo cosas buenas por los demás.  Recibimos este perdón en el Sacramento de la Reconciliación donde nos confesamos los pecados.

No obstante pasa que a veces no nos sentimos la liberación de nuestro pecado insidioso.  La culpa aunque sea perdonada se ha consolidado en la vergüenza.  Como resultado, no nos sentimos dignos de congregarnos entre gente buena.  Andamos cabizbajos y deprimidos.  Algunos describen esta postura como la incapacidad de perdonar a nosotros mismos. 

¿No es que esta condición venga de la vanidad?  ¿No es que estemos exagerando nuestra propia bondad?  En realidad todos somos pobres pecadores en necesidad de la gracia de Jesucristo.  Ciertamente Pablo tiene el espíritu correcto cuando dice en la segunda lectura: “…todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él…”  ¿Qué importa si hemos violado nuestros principios si ya hemos recibido el perdón de Jesucristo?

Sin embargo, queda una cosa.  Después de perdonar a la mujer sorprendida en el adulterio, Jesús le imparte un mandato.  Ella no debe volver a pecar.  Por la gracia del perdón estamos fortalecidos a hacer cosas buenas, no cosas malas.  Aunque nos parece imposible no mirar de nuevo la pornografía o no participar más en el chisme, tenemos que hacer todo esfuerzo para evitar estas cosas.  Para aprovecharnos de su apoyo, podemos rezar a Dios.  Él nos dice en la primera lectura: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo”.

Se llaman estas dos últimas semanas antes de la Pascua “el tiempo de la Pasión”.  Hace cincuenta años todas las imágenes en el templo fueron cubiertas durante este período.  Esta práctica no más es necesaria.  Pero nos queda algo más importante aún.  Si nos lo hemos hecho todavía esta cuaresma, que busquemos la misericordia de Jesús en el Sacramento de la Reconciliación.  Particularmente si nos encontramos en pecado grande, que busquemos su misericordia.

Homilía para el domingo, 15 de noviembre de 2009

EL XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Daniel 12:1-3; Hebreos 10:11-14.18; Marcos 13:24-32)

Hace poco un periodista hizo esta observación. Hoy día algunos jóvenes andan buscando encuentros sexuales por mensajes de texto. Con su teléfono celular en mano ellos se comunican con varias personas al mismo tiempo buscando la mejor oferta para una noche. El periodista admite que no todos jóvenes se aprovechan de los mensajes de texto así. No obstante, según él, los tiempos contemporáneos facilitan el comportamiento no responsable. Una vez, dice, había costumbres sociales dirigiendo a los jóvenes en las relaciones con el sexo opuesto. Enumera el conocimiento dentro de contextos institucionales – la escuela, el lugar de trabajo, la iglesia – y el noviazgo con sus reglas de comportamiento como necesarios para guiar a los muchachos de la gratificación inmediata de deseos al compromiso del largo plazo. Seguramente la falta de refrenamiento en relaciones ha causado el naufragio de familias y la ruina de niños.

El análisis del periodista resalta la admonición de Jesús en el evangelio hoy que seamos atentos a las señales del tiempo. Como estaremos informados de la venida del Hijo del Hombre con cataclismos en los cielos, deberíamos examinar los acontecimientos cotidianos para su significado a la vida nuestra. Por ejemplo, celebramos la Navidad por el mes de diciembre hasta el 26 del mes con una gran muestra de consumismo. La última semana del mes ya es dada a las vacaciones y el regreso de los regalos a las tiendas. Hay muy poca atención al mensaje de los profetas durante el Adviento para la necesidad de un Mesías. Tampoco hay suficiente aprecio para la presencia del Salvador entre nosotros con su mensaje del amor de Dios.

Por supuesto el anuncio de Jesús en el evangelio hoy tiene que ver con el recoger de sus elegidos en el fin del tiempo. Aunque no sabemos cuando pasará, somos sabios si lo tomamos en serio. No debemos pensar que pertenezcamos entre los elegidos porque somos católicos o somos bautizados. Como dijo San Agustín, “Muchos que Dios tiene, la Iglesia no tiene. Y muchos que tiene la Iglesia, Dios no tiene”. Ni deberíamos pensar que los elegidos incluyan a todos en el mundo porque Dios es misericordioso. La relación entre la misericordia y la justicia de Dios es un misterio que podemos contemplar pero no podemos profundizar. Jesús anuncia la venida del Hijo de Hombre para advertirnos que pongamos las pilas de servicio al evangelio. De esta manera no sólo nosotros sino muchos más seremos contados entre los elegidos.

Una señal de nuestros tiempos es el reemplazamiento del nacimiento con el árbol como el signo de la Navidad. El árbol navideño era un símbolo para la vida eterna que Cristo nos ganó. Pero ahora sirve más como el lugar preferido para poner los regalos de consumismo. En contraste, las figuras de Jesús, María, José, los pastores, los animales y los ángeles nos recuerdan que la simple presencia de Jesús trae el gozo. Nos sugiere la necesidad de la familia para proteger a los niños y el propósito de la vida como la alabanza de Dios. Por supuesto, podemos tener un nacimiento en la casa sin darle pensamiento. Sin embargo, a lo mejor no vamos a tirarlo el 26 de diciembre. No, estará allí el año próximo para recordarnos de nuevo del amor de Dios.

Homilía para el 30 de marzo de 2008

Homilía para el Segundo Domingo de Pascua

(Hechos 2:42-47)

Expertos en la Biblia dicen que los Hechos de los Apóstoles da una descripción idealizada de la Antigua Iglesia. Señalan que la comunidad no se quedó unida teniendo “todo en común” mucho tiempo si jamás fuera completamente así. Sabemos de un conflicto de la Carta a los Gálatas que no menciona los Hechos aunque trata del mismo tema. San Pablo escribe que él se opuso a Pedro “delante de todos” cuando Pedro se detuvo de comer con los no judíos en Antioquia. No obstante, a pesar de estas lagunas atesoramos los Hechos de los Apóstoles como más de la historia. Nos bosqueja las metas y esperanzas de la comunidad cristiana hasta el día hoy. De hecho, la lectura hoy enumera cuatro características de la primera comunidad cristiana. Que notémonos cada una de estas cualidades y la comparemos con nuestra parroquia hoy. ¿Cómo comparemos nosotros al ideal cristiana?

Los primeros cristianos “eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles.” Los apóstoles relataron la doctrina de Jesús. Sin embargo, aplicaron esa doctrina a las condiciones nuevas mientras la Iglesia expandía más allá de los confines de Judea. Ahora los sucesores de los apóstoles – eso es, los obispos – siguen interpretando el evangelio para la sociedad actual. Parroquias que se dedican a las enseñazas de los obispos proveerán catequistas bien formadas y facilidades adecuadas para la doctrina básica. Destacarán pláticas especiales tanto como cursos para la educación religiosa de adultos. Y facilitarán suscripciones al periódico diocesano para cada una de sus familias. Sí, cuesta hacer todo esto, pero una parroquia no educada pone en peligro la fe apostólica.

Los hechos también pide la devoción a “la comunión fraterna.” “Tener todo en común” ejemplifica al extremo esta cualidad de la Antigua Iglesia. Sin embargo, este ideal fue entonces, como es ahora, imposible para vivir por un tiempo extendido. Todavía podemos hacer mucho juntos más allá de congregar para la misa dominical. Las comunidades eclesiales de base ofrecen un apoyo palpable a la fe personal. Las asociaciones como la Sociedad e San Vicente de Paulo y las Guadalupanas reúnen a los parroquianos para aliviar el sufrimiento de otros. El acceso cómodo a todas las facilidades parroquiales para personas incapacitadas y la representación significante de ambos hombres y mujeres en los ministerios también distinguen parroquias dedicadas a “la comunión fraterna.”

Tan importante que sea la justicia social a la misión de la Iglesia, se queda segundo al culto. Primeramente, la Iglesia existe para dar gloria a Dios en el nombre de Jesús. Los Hechos recalca esta prioridad por mencionar “la fracción del pan,” eso es, la Eucaristía. Las parroquias efectivas no esquivan en cuanto la liturgia. Promueven que todos – no sólo el coro -- canten en la misa. Cuando está considerada apropiada la Santa Comunión bajo las dos formas, proveen bastante pan eucarístico y vino consagrada para todos que recibirán la Comunión. Además, estas parroquias tienen un comité litúrgico para planear el ambiente de los diferentes tiempos litúrgicos.

Finalmente, la comunidad cristiana se dedica a las oraciones. Los niños deberían recitar oraciones como “la Oración del Penitente” de memoria. Aunque no es necesario para aprovecharse del Sacramento, les proveerá una meditación profunda del arrepentimiento cuando se maduren. Rezamos por nosotros, por uno y otro, y por un mundo mejor. Tal vez no exista mejor contexto para nuestras peticiones que la adoración ante el Santísimo. Comenzando y terminando las reuniones parroquiales con una oración ejemplifica la verdad articulada una vez por San Agustín: que todo hecho bueno comienza bajo la inspiración de Dios, sigue con Su ayuda salvadora, y a través de Él alcanza su término.

En el evangelio hoy Jesús dice a Tomás: “Dichosos los que creen sin haber(me) visto.” Cuando una comunidad parroquial muestra la adherencia a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión fraterna, a la atención a la eucaristía, y a las oraciones, la gente no tiene que ver a Jesús resucitado para creer. De hecho, tienen cuatro signos palpables que Jesús está vivo en Su iglesia.

Homilía para el domingo, 3 de junio de 2007

LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Oye el timbre. Cuando va a la puerta, dos personas están en el porche. Cada una lleva la Biblia en mano. Piden unos minutos de su tiempo. Le preguntan, “¿Usted es salvado?” Contesta, “Soy católico.” Entonces siguen cuestionándole, “¿Por qué ustedes católicos dan culto a imágenes?” Responde, “No damos culto a ninguna imagen. Los retratos y las estatuas solamente nos recuerdan de los santos en cielo. Damos culto sólo a Dios.”

Tal vez en veinte años la visita sea diferente. Los visitantes en su puerta no estarán llevando la Biblia sino el Corán. No le preguntan acerca del culto de imágenes sino acerca de múltiples dioses. Querrán saber si no es la verdad que nosotros cristianos reconozcamos ambos a Jesucristo y al Padre como Dios. Entonces, dirán que no tenemos a un solo Dios sino a dos dioses. ¿Cómo deberíamos contestarlos?

La cuestión no es nueva. Desde el principio otras religiones monoteistitas nos han preguntado, “¿Cómo puede ser un Dios si ven tanto al Hijo como el Padre como Dios?” Realmente el asunto es más complicado todavía desde que reconozcamos también el Espíritu Santo como Dios. Tenemos la fiesta de la Santísima Trinidad hoy para meditar sobre esta base de fe.

No podemos comprender la Santísima Trinidad. Es misterio. Sin embargo, podemos decir algunas cosas sobre ella. Primero, lo que la Trinidad no es. La Trinidad no es como tres miembros de la misma familia – un padre y dos hijos. No, las tres personas de la Santísima Trinidad tienen una unidad mucho más íntima que los miembros de una familia. Tampoco la Trinidad es como los lados de un triángulo. No, las tres personas son más distintas que diferentes aspectos de una sola cosa. San Agustín comparaba la Trinidad con los procesos de la mente: el Padre es como la mente recordando a Dios; el Hijo es como la mente sabiendo a Dios; y el Espíritu Santo es como la mente amando a Dios.

Tal vez la comparación de San Agustín nos ayude entender a Dios mejor. Sin embargo, falla a explicarlo adecuadamente. Lo importante para nosotros cristianos es que siempre conservemos tres creencias básicas. Querremos decirlas a los que toquen nuestra puerta. 1) Dios Padre planeó en el amor a hacernos Sus hijos desde el principio; 2) en tiempo Dios nos ha revelado el plan de amor por Su Hijo unigénito a quien nos conformemos; y 3) Dios nos realiza el plan en Su Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es Dios expresándose Su naturaleza de amor a nosotros.