El domingo, 10 de mayo de2026

 

VI DOMINGO DE PASCUA (Día de las Madres) 

(Hechos 8, 5-8. 14-17; I Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21)

Hoy es el Día de la Madre, no solo aquí, sino en varios países del mundo. Dado que ellas han desempeñado un papel fundamental en nuestras vidas, vale la pena reflexionar sobre su aporte espiritual a nosotros. Al decir “espiritual”, nos referimos a nuestra orientación hacia Dios. Queremos investigar cómo nos han ayudado nuestras madres a acercarnos a Él.  Observemos las lecturas que acabamos de escuchar para identificar los principios de la vida espiritual y apliquémoslos al papel de la madre con ejemplos de la Biblia y la vida de los santos.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles muestra a Pedro y a Juan orando para que los conversos reciban el Espíritu Santo. Los apóstoles desean que ellos agradezcan y alaben a Dios, acciones que caracterizan al Espíritu. En el Evangelio de Lucas, se describe a Isabel como “llena del Espíritu Santo” cuando María la visita. La madre de Juan el Bautista exalta a Dios al proclamar a María y al niño en su seno como “benditos”. Santa Mónica, madre de San Agustín, alabó de forma similar al Señor por la conversión de su hijo. Le dijo: “Lo único que deseaba en la vida era verte católico e hijo del cielo. Dios me ha concedido mucho más al hacer que desprecies la felicidad terrenal para consagrarte a su servicio”. Nuestras madres nos enseñaron a dar gracias y alabar a Dios cuando nos instruyeron el Padre Nuestro.

En su carta, el apóstol Pedro aconseja a sus lectores estar dispuestos siempre “a dar razón de su esperanza a todo el que se la pida”. Como cristianos, queremos evangelizar a los demás con razones verdaderas y sólidas. Esto me recuerda a la madre cananea, quien dio al Señor una razón poderosa para que expulsara al demonio de su hija. Santa Perpetua era madre cuando fue arrestada por su fe cristiana. En su diario escribió cómo le explicó a su padre que prefería sufrir el martirio antes que apostatar. Nuestras madres nos enseñaron a defender la fe al responder nuestras primeras preguntas, tales como: “¿A dónde vamos cuando morimos?”.

El Evangelio de hoy nos urge a amar a Cristo cumpliendo sus mandamientos. Su primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas. Leemos en el segundo libro de los Macabeos cómo una madre viuda vio morir mártires a sus siete hijos. Al más pequeño y último para ser ejecutado le consoló: “El Creador del universo... les devolverá misericordiosamente el espíritu y la vida, ya que ustedes se olvidan ahora de sí mismos por amor a sus leyes” (II Mac 7, 22-23). En el siglo pasado, santa Gianna Beretta Molla, médica italiana, rechazó un tratamiento que habría salvado su vida pero destruido la de su hija no nacida. Fue un acto de amor abnegado hacia Dios y hacia su hija. En el caso de muchos nosotros, nuestras madres fueron las primeras en enseñarnos a cumplir la voluntad de Dios al obedecer nuestra conciencia. Nos dijeron: “Que tu conciencia sea tu guía”.

Cuando los hijos de una familia preguntaban a su madre qué deseaba para el Día de la Madre, Navidad o su cumpleaños, ella solía responder invariablemente: “Que sean niños buenos”. Es verdad. Para complacer a nuestras madres, solo tenemos que desarrollar la virtud para que vivamos con justicia en este mundo de mucha maldad. Podemos añadir que vivir virtuosamente incluye el Cuarto Mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre".