VI DOMINGO DE PASCUA (Día de las Madres)
(Hechos 8, 5-8. 14-17; I Pedro
3, 15-18; Juan 14, 15-21)
Hoy es el
Día de la Madre no solo aquí sino en varios países por el mundo. Porque han tenido un papel enorme tanto en
nuestras vidas, vale reflexionar sobre su aporte espiritual en este espacio. Por
decir “vidas espirituales”, significamos nuestra orientación a Dios. ¿Cómo nos han ayudado nuestras madres
acercarnos a Dios? Que veamos las
lecturas que acabamos de escuchar para principios de la vida espiritual. Entonces los aplicaremos al papel de la madre
con ejemplos de la Biblia y las vidas de los santos.
La lectura
de los Hechos muestra a Pedro y Juan orando por los conversos que reciban al
Espíritu Santo. Los apóstoles quieren
que den las gracias y alabanzas a Dios que caracterizan al Espíritu. En el Evangelio de Lucas se describe Isabel
como “llena del Espíritu Santo” cuando María la visita. La madre de Juan Bautista exalta a Dios
cuando pronuncia a María y el niño en su seno “benditos”. Santa Mónica, la madre de San Agustín,
similarmente alaba al Señor por la conversión de su hijo. Dijo: “Lo único que deseaba en la vida era
verte convertido en católico e hijo del cielo. Dios me ha concedido mucho más
al hacer que desprecies la felicidad terrenal y te consagres a su
servicio". Nuestras madres nos enseñaron
cómo dar gracias y alabanzas a Dios cuando nos instruyeron el Padre Nuestro.
En la Carta
de Pedro el apóstol aconseja a sus lectores que sean dispuestos “a dar, al que
las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes”. Como cristianos queremos evangelizar a los
demás con explicaciones verdaderas y sólidas.
Me recuerda de la madre cananea dando al Señor una buena razón para que expulse
el demonio de su hija. Santa Perpetua era
una madre cuando fue arrestada por ser cristiana. En su diario escribió que le explicó a su
padre que prefería sufrir el martirio antes que dejar la fe. Nuestras madres
nos enseñaron cómo defender la fe cuando respondieron a nuestras preguntas tal
como como: “¿Qué pasa cuando morimos?”
El
evangelio nos urge a amar a Cristo por cumplir sus mandamientos. Su primer mandamiento es amar a Dios sobre
todo. Leemos en II Macabeos como la
madre viuda de siete hijos vio a cada uno martirizado. Al más chico del grupo le pidió: “…sé que el
Creador del universo … les devolverá misericordiosamente el espíritu y la vida,
ya que ustedes se olvidan ahora de sí mismos por amor de sus leyes” (II
Macabeos 7,22-23). El siglo pasado la
Santa Giana Beretra Molla, una doctora italiana, rechazó salvar su propia vida
con terapia que habría destruido la vida de la bebé en su seno. Fue un acto de amor abnegado por Dios tanto
como por su hija. Por la mayor parte nuestras
madres fueron los primeros para enseñarnos a cumplir la voluntad de Dios por
obedecer nuestras conciencias. Nos decían:
“Que tu conciencia sea tu guía”.
Los hijos
de una familia solían a preguntar a su madre que querría por el Día de la
Madre, la Navidad, o su cumpleaños.
Invariablemente su madre respondió: “niños buenos”. Es verdad.
Para complacer a nuestras madres solo tenemos que desarrollar la virtud
de vivir justos en este mundo de mucha maldad.
Podemos añadir que la virtud incluye la práctica del Cuarto Mandamiento:
“Honrarás a tu padre y a tu madre”.
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