El domingo, 5 de julio de 2026

XIV DOMINGO ORDINARIO
(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)

De todos los símbolos de los Estados Unidos, ninguno llama tanto la atención como la Estatua de la Libertad. Esta imagen colosal fue un regalo de Francia, originalmente destinado a conmemorar el centenario de la República en 1876. Se colocó en una pequeña isla cerca del puerto de Nueva York para que los inmigrantes procedentes de Europa pudieran verla al llegar al país.

En estos días, cuando celebramos el 250.º aniversario de la nación, la Estatua de la Libertad se erige como un homenaje a los ideales de los Estados Unidos. Desde sus comienzos, este país ha ofrecido libertad, justicia y oportunidades a millones de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. Les ha brindado la posibilidad de participar en una sociedad regida por la ley y no por los privilegios.

En el pedestal de la estatua está inscrito un poema que expresa el espíritu del país. Una de sus frases es conocida por estudiantes en toda la nación: «Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas hacinadas que anhelan respirar en libertad…». El poema fue escrito por una mujer judía que trabajaba con los inmigrantes. Sus palabras despertaban en los pobres y maltratados la esperanza de una vida mejor. Esa frase guarda una notable semejanza con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio».

Por supuesto, la invitación de Jesús es mucho más que una oferta de asilo político o de prosperidad material. Es, más bien, un llamado a la paz y a la felicidad eterna mediante una relación íntima con él. La confianza en Jesús nos libera de la ansiedad que consume a tantos que buscan en el dinero, el prestigio o el placer la meta suprema de su vida. Aunque estas cosas no son malas en sí mismas, no pueden ofrecer la vida en plenitud que Cristo nos ganó. Más aún, cuando se persiguen sin medida, pueden conducir a la ruina.

Jesús nos concede esa vida en plenitud cuando aceptamos su yugo suave. Ese yugo, la barra que nos une a él, son sus enseñanzas. A veces nos desafían, como cuando insiste en que debemos perdonar a quienes nos ofenden. Pero no debemos olvidar que Jesús se junta con nosotros para ayudarnos a llevar la carga. Su amistad nos consuela y su fuerza hace más ligero el peso.

No sería del correcto decir que los Estados Unidos son una nación cristiana. Sin embargo, el país ha incorporado muchos valores inspirados por el cristianismo, como la igualdad, la libertad y la acogida del pobre y del refugiado. En este fin de semana, todos los habitantes de esta nación debemos dar gracias a Dios por esos principios. Al mismo tiempo, pidámosle que Estados Unidos continúe viviéndolos y practicándolos. Han sido una fuente importante de su fortaleza y de su grandeza. Y, al hacerlo, que Dios siga bendiciendo a esta nación.

  

El domingo, 28 de junio de 2026

 

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Con la celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado la herencia de la vida eterna.

Hoy la Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.

Sin embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad norteamericana. Durante el período colonial, existían leyes que prohibían la práctica pública de la fe católica y el derecho al voto a los católicos. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.

Esta última acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a nuestro país? ¡Claro que sí!

Por lo general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir, el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal.  Entretanto el amor a Dios está vinculado con nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos justos y honestos de la sociedad temporal.

Hay otra razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto. Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del gobierno civil.

Desgraciadamente, tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores. Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.

Forma parte de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».

Terminémonos con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró: «Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».

El domingo, 21 de junio de 2026

 XII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

Una vez más el evangelio hoy imparte una lección básica para el crecimiento en la vida espiritual.  El pasaje se toma del “discurso apostólico” de Jesús, uno de las cinco lecciones que junto con las narrativas que los acompañan constituyen el cuerpo del Evangelio de Mateo.  Se puede pensar en ello como instrucciones preliminares del gran envío de los apóstoles al final de la obra.

Como el papa San Juan Pablo II solía decir a todos católicos, Jesús avisa a sus apóstoles: “’No tengan miedo’”.  ¿Miedo de qué?  En los primeros tres siglos de la Iglesia las vidas de los cristianos estuvieron en peligro debido a sus creencias y prácticas.  Este tipo de persecución todavía existe en China, varios países musulmanes y algunas partes de la África.  Pero es raro en las naciones occidentales. 

Sin embargo, existe entre nosotros otro tipo de miedo.  Muchos temen ser menospreciados o considerados como fuera de sí y no “cool” si viven la fe como nos enseña el Catecismo. Eso es, si insistimos al asistir en la misa dominical aunque tenemos que manejar veinte millas o si salimos de un cine que muestra la desnudez.  Puede que algunos se burlen de nosotros ahora.  Pero no debería sorprendernos que dentro de veinte años seamos recordados por habernos entregado a una causa tan noble como la conspiración de la caridad que es la Iglesia Católica.

Jesús no dice que todo tipo de miedo sea innecesario.  De hecho, recomienda miedo de aquel que “puede arrojarnos al lugar de castigo el alma y el cuerpo’”.  Desgraciadamente, no menciona a quién se refiere.  ¿Quién puede arrojarnos al infierno?  Algunos comentaristas bíblicos han dicho que Jesús tiene en mente a Dios, su Padre.  Otros opinan que quiere decir el diablo.  ¿Pero no es cierto que los dos – Dios y el diablo – son formidables y merecen el temor?

Pensamos en el diablo más como persona que puede seducirnos a la perdición que quien podría arrojarnos allá.  Sin embargo, el efecto sería igual: la perdida perpetua de la felicidad.  A propósito, si no aceptamos los términos como “diablo” y “Satanás”, podemos cambiarlos a “la maldad” o “la red del mal”.  Lo que queremos decir es que nuestras tendencias naturales hacia bienes como el placer, el poder, y el prestigio pueden hacerse inordenados de modo que nos sofoquen.  Eso es, pueden apagarnos el deseo de tener relaciones justas con Dios y prójimo. 

Ciertamente Dios puede arrojarnos al infierno, pero ¿lo haría?  Tal vez no en el sentido de forzarnos fuera de su cuidado.  Sin embargo, nos ha creado con el libre albedrío para ser hombres y mujeres responsables.  Además, nos ha enviado su propio Hijo para quebrar las ligas al pecado y alumbrar los caminos a la justicia.  Si deseamos rechazar todas estas ventajas, Dios no nos impedirá a separarnos de Él.

Sí debemos temer a Dios, particularmente cuando nos falta la madurez.  Pero una vez que crecemos en la sabiduría, el temor se convierte en el amor como una oruga en mariposa. Reconocemos que nuestra felicidad queda con Él y no con los elogios de compañeros de copa.  Por esta razón la Palabra de Dios estipula que el temor de Dios es solo “el principio de la sabiduría”. Somos verdaderamente sabios cuando nos adherimos a Dios como un niño a su padre en el medio de una multitud en un partido de fútbol.

Desde que hemos mencionado el futbol, podemos concluir con un comentario sobre la Copa Mundial.  En años previos la competición fue asociada con mucho placer ilícito.  Obviamente los participantes en las actividades inordenadas eran personas inmaduras a pesar de ser millonarios.  Necesitaban el temor de Dios para ponerse en el camino recto.  Pero los fanáticos que también son amigos de Dios siempre lo agradecen por haber creado atletas con tanta destreza de un Lionel Messi o un Kylian Mbappé.  Para ellos el futbol es un pasatiempo emocionante, pero no tan importante que la misa dominical. Les da aún más razón para glorificar a Dios por todo lo que ha hecho.

El domingo, 14 de junio de 2026

 

XI Domingo del Tiempo Ordinario
(Éxodo 19:2-6a; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36–10:8)

Este domingo retomamos la lectura del Evangelio según san Mateo. Será nuestro guía hasta el Adviento. Este evangelio hace hincapié en el discipulado. Aprendemos mucho de ello de cómo mejor servir al Señor.

En la lectura de hoy, Jesús nota de cuánto le hace falta a la gente el acompañamiento pastoral. Ve al pueblo como “extenuado y abandonado”. En gran medida, el liderazgo judío le ha fallado. Los escribas se preocupan por las minucias de la ley, mientras la gente anhela escuchar acerca del amor de Dios. Los fariseos buscan los primeros puestos en los banquetes, mientras la gente necesita conocer cómo responder a la bondad de Dios.

La falta de adecuado acompañamiento pastoral continua hoy en día.  Sin embargo, el problema no es tanto que la gente se sienta “extenuada y abandonada”. Más bien, los fieles a menudo están confundidos y desconcertados por las cosas que ven a su alrededor. Muchas personas en la sociedad occidental desean ser afirmadas aun cuando actúan de maneras que antes fueron considerados abominaciones. El problema no es tanto que quieran tatuarse los brazos hasta los hombros o teñirse el cabello de verde. Más bien, muestran poca consideración por la primacía de la familia. Quieren convivir con su pareja fuera del matrimonio, tener como pareja a una persona del mismo sexo, o aún cambiar su sexo biológico. 

Estas irregularidades se hacen visibles particularmente durante este mes de junio, designado por algunos como “el mes de pride” (eso es de orgullo). Nos parece extraño que tantos quieren gloriarse en público de cosas que anteriormente se consideraban privadas si no vergonzosas.  Como discípulos de Jesús, ¿cómo debemos responder?

La recomendación de Jesús en el evangelio que oremos al Padre es particularmente apropiada.  Estas cuestiones sexuales son profundas y sensibles.  Se necesita la sabiduría para dirigírselas justamente. ¿Qué más podríamos hacer?

En la primera lectura, Dios indica lo que quiere de Israel. Dice que será su pueblo escogido si guarda sus mandamientos. Añade que protegerá a la nación mientras ella mantenga la alianza que ha hecho con Él. Además de promover la oración, en el Evangelio Jesús también escoge a los Doce Apóstoles para proclamar ese mismo mensaje de elección y protección. Los envía especialmente a las personas descarriadas para guiarlas nuevamente por el camino recto. El mensaje sigue en vigencia hoy en día.

El amor de Dios no nos permite aprobar hábitos que alejan a los involucrados de Él. Conductas como tener relaciones íntimas fuera del matrimonio hacen precisamente esto.  Es posible que nos ocurra la oportunidad de hablar honesta y confiadamente con aquellos en estas situaciones.  Si es así, podemos transmitirles cómo sus acciones ofenden a Dios.  A la misma vez queremos escuchar sus historias personales si quieren compartirlas con nosotros.  De esta manera el tomar y sacar fomentarán el entendimiento mutuo y la buena voluntad.

Tomémonos el caso de una maestra de escuela católica la cual tiene en su clase a un niño con dos padres y no madre. Algunos se preguntarán si la administración de la escuela debiera admitir a niños en esta situación. Sin embargo, la Iglesia no considera la admisión como impermisible en tales casos. El niño recibirá la doctrina católica.  Se puede esperar también que sus padres en diálogo con la maestra lleguen a apreciar la castidad.  A la misma vez ella puede aprender algo de los motivos y las dificultades de tener tendencias homosexuales.

Se puede preguntar si nuestra época es la mejor para vivir en la historia. ¿Quién sabe? Es cierto que vivimos más cómodos hoy en día que en cualquier otro tiempo.  Al otro lado, puede ser más duro que siempre transmitir las enseñanzas de Cristo.  No obstante, somos llamados tan mucho como siempre a seguir al Señor Jesús.  Debemos pedir su ayuda mientras proclamamos su verdad.