El domingo, 4 de octubre de 2026

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

En el evangelio de hoy encontramos otra parábola. Puede parecer tan insignificante como la historia de la semana pasada sobre el hombre con dos hijos. Sin embargo, ambas son valiosas cuando se comprenden en su totalidad. Las dos parábolas están dirigidas al mismo público. Jesús debate con los líderes religiosos de Jerusalén. Les dice que Dios está reemplazando su régimen porque no han guiado al pueblo hacia la justicia. En palabras del evangelio de hoy, no han entregado al Señor sus frutos.

La parábola de hoy del propietario y los viñadores es una alegoría. Las alegorías son historias en las que cada personaje y objeto representa a una persona y un objeto de la vida real. Cuando el profeta Natán le contó al rey David la historia del hombre rico que mandó sacrificar la única oveja del hombre pobre, estaba haciendo una alegoría. David, por supuesto, era el hombre rico; el soldado Urías, el pobre; y la oveja, Betsabé, la hermosa esposa de Urías.

La alegoría de los viñadores es más compleja. La viña representa el Reino de Dios, entregado a los viñadores, los líderes judíos, para que produjeran fruto, un pueblo justo. Sin embargo, los líderes judíos han fracasado en esta tarea. En lugar de vivir con justicia, han asesinado a los siervos del propietario, los profetas, y crucificarán a su propio hijo, Jesucristo. Ahora, el reino está siendo arrebatado a los judíos y entregado a nuevos viñadores, los gentiles. Se espera que estos no judíos produzcan verdadera justicia.

Los gentiles de la historia son nuestros antepasados. Son los pueblos no judíos que recibieron el evangelio de misioneros como San Pablo. Por lo tanto, podríamos preguntarnos si estamos produciendo justicia. Quizás lo mejor sería que cada uno de nosotros se lo preguntara individualmente. Utilizando las edificantes palabras de San Pablo en la segunda lectura de hoy, ¿estoy “aprecien(do) todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio”? 

Se puede suponer que en la Misa dominical recibimos la ayuda necesaria para vivir según los elevados estándares de San Pablo. ¿Tenemos presentes a nosotros la Palabra de Dios y el comentario del sacerdote de modo que los vivamos los siete días de la semana? Me temo que muchos de nosotros a menudo no superamos esta prueba.

Venimos a la iglesia el domingo para visitar a Dios en su santo templo. Pero, durante la semana, ¿visitamos a los enfermos y a los presos? ¿Al menos, los llamamos por teléfono? ¿Damos cinco o diez dólares en la colecta para las necesidades de la parroquia? ¿Pero apartamos algo de dinero para los pobres y necesitados? Podemos leer o realizar otros servicios en la Misa, pero ¿qué servicio ofrecemos para el beneficio de nuestra comunidad durante la semana?

En efecto, hay miles de necesidades que podemos atender. Para cumplir con las normas de Pablo, deberíamos lograr al menos una. Pero quizás no tengamos mucho tiempo. Puede que estemos ocupados con los estudios o que tengamos que trabajar en dos empleos. Entonces, cumplamos diligentemente con nuestras responsabilidades principales. No nos distanciemos de nuestras familias, sino que brindémosles toda la atención y el apoyo posible. Seamos honestos en nuestros trabajos, dedicando una hora de trabajo por cada hora que recibimos. Además, para vivir con “amable y honoroso”, debemos ser respetuosos y sinceros con todos.

Finalmente, por supuesto, oramos los domingos en la iglesia. ¿Oramos también durante la semana? No nos referimos solo a la oración antes de la cena o al rosario por la noche. Más bien, ¿nos comunicamos con Dios como nuestro amigo a lo largo del día? Podemos pedirle su ayuda para ser cristianos fieles. La conversación regular con Él nos hará justos en todo.

 


El domingo, 27 de septiembre de 2026

 

XXVI DOMINGO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Juanito está confundido.  Su madre le ha dicho que tenga el orgullo en todo lo que haga.  Pero la religiosa en su clase de doctrina dice que el orgullo es pecado y que debe ser siempre humilde.  ¿Es posible que las dos tengan razón?

Los sabios explicarían que la madre de Juanito tiene en cuenta un sentido de orgullo diferente de lo de la religiosa.  Aunque no lo sepa, su mamá expresa el sentido del orgullo de Aristóteles, el gran filosofo.  Al otro lado, la hermana enseña el concepto del orgullo de San Pablo a quien encontramos en la segunda lectura de hoy. 

Para Aristóteles el orgullo es lo que conocemos como la magnanimidad. Es la virtud de que las personas reconocen su propia grandeza, está consciente que merece honores, y los reclama.  Entretanto, San Pablo sabe que el orgullo (es decir, el planteamiento que el yo es tan grande como Dios) causó la caída de los primeros hombres.  Pablo se da cuenta también que solo por la humildad de Cristo los hombres no están condenados para siempre.

Según Aristóteles Dios no conoce a los hombres personalmente, y mucho menos se preocupa por ellos.  Pablo, al contrario, por las Escrituras sabe que Dios ama a todas sus creaturas.  Aún más, por su propia experiencia en el camino a Damasco, él podía escribir: “…tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida … ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

Pablo pide a los filipenses que sean humildes por varias razones.  Ante todo, Jesús era humilde.  Como dice el mismo Pablo en la segunda lectura, aunque Jesús es Dios, se humilló por hacerse hombre.  No solo eso, también se sacrificó ambas la vida y la dignidad cuando se entregó a ser crucificado.  Por esto, cuando los filipenses se conducen con la humildad, imitan a su Salvador.  Además, la humildad actúa como un catalizador que da lugar a otros beneficios.  Hace la vida comunitaria más serena.  Y por eso, llama la atención del mundo a Cristo.  Pues, en el fondo del corazón, todos admiran comunidades que muestran poca rivalidad y mucho apoyo mutuo.

El evangelio cuenta de dos hijos del mismo padre.  Un hijo agrada a su padre por cumplir su voluntad, aunque al principio dijo que no lo haría.  El otro hace lo opuesto.  Así se puede hablar de diferentes tipos de humildad.  Un tipo agrada a Dios y los otros no le agradan.  La humildad que desemboca en el odio para el yo no puede agradar a Dios.  Después de todo, somos la creación de Dios digna del amor.   Otro tipo de humildad problemático llama atención al yo por repetir autocríticas.  La persona que constantemente dice, “estúpida yo” y “¿qué sé yo?” probablemente piensa de sí mismo más sagaz que sus interlocutores. 

Quisiéramos preguntar: “¿Cómo podemos considerar a todos mejores que nosotros como Pablo nos quiere en la lectura?”  Con algunas personas con faltas serias parecería que estemos participando en una farsa.  Sin embargo, no sabemos los corazones de otras personas.  Solo Dios sabe eso.  Por eso, para que no subestimemos a nadie es mejor que pensemos de ellos como mejores sabiendo que al final, se revelará la verdad.

San Agustín escribió que las tres reglas más importantes para seguir a Cristo son primero, la humildad; segundo, la humildad; y tercero, la humildad.  Pues, por la humildad superamos el orgullo, la fuente de todo pecado. Además, por la humildad nos asemejamos a Cristo y también a su madre, María.  Finalmente, por la humildad indicamos que nuestro propósito en la vida no es glorificar a nosotros sino a Dios.

El domingo, 20 de septiembre de 2026

 

XXV DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24.27; Mateo 20:1-16)

¿Jamás se han dado cuenta de que los niños son muy atentos a la justicia?  Si damos a un niño una pieza de pastel mayor que al otro, van a gritar, “No es justo”.  Sin embargo, a menudo les faltan la experiencia y la sabiduría para discernir la justicia verdadera.  Ven solo el resultado de un hecho sin considerar otros factores que se incluyen en la justicia.  El niño que recibió la mayor pieza habría podido ser el último en la fila cuando se agotaron las hamburguesas.  El evangelio hoy cuenta de trabajadores a quienes asimismo les falta un sentido adecuado de la justicia.

Se encuentra la parábola del viñador y los trabajadores después de la historia del joven rico que pregunta a Jesús qué deber hacer para ganar la vida eterna.  Cuando Jesús le avisa que venda sus bienes, done el producto a los pobres, y siga a él, el rico lo deja entristecido.  Entonces Jesús proclama que es imposible para los hombres a salvar a sí mismos, que solo Dios puede lograrlo.  A este momento Pedro le recuerda a Jesús que los discípulos han dejado todo para seguirlo, y Jesús les asegura que su premio de vida eterna es seguro.  Añade: “’Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros’”.  Entonces, les cuenta la parábola de los trabajadores en la viña  para explicar el significado del dicho.

Los primeros en la parábola son aquellos que han trabajado todo el día bajo el peso del sol.  Reciben el denario que fue prometido en la madrugada, pero esperaban más porque aquellos trabajadores que llegaron a la viña mucho más tarde recibieron el mismo denario.  Cuando los trabajadores que habían trabajado más tiempo protestan al propietario, se les dice que recibieron la cantidad acordada. No fueron ni defraudados ni engañados.

La cuestión aquí es la justicia del propietario y, porque el propietario obviamente representa a Dios, la justicia de Dios.  ¿Es Dios justo o injusto con los judíos que han vivido bajo el peso de Torá toda su vida, mientras que los cristianos griegos, que conocieron la voluntad de Dios aparentemente ayer, gozan de la misma gloria como su destino? Sentimos la misma inquietud cuando vemos a los ricos llegar a misa en sus Lexus y a los pobres en autobús. Aunque Dios nos parezca caprichoso por no recompensar más a quienes se han esforzado más, debemos reconocer que desconocemos todos los factores involucrados. Somos como niños que lloran: «¡No es justo!». Sin embargo, nuestro sentido de la teología puede ser erróneo.  La vida eterna no es recompensa para el trabajo sino un regalo a Dios a sus hijos.  Ni los santos ni los asesinos reformados merecen el cielo por sus propios esfuerzos más que un bebé merece nacer en los Estados Unidos y no en Haití.  Solo por haber vivido como sus hijos demostrando el amor del Espíritu Santo a todos podemos hablar de merecer el Reino de Dios.

No debemos pensar en la gracia de Dios como arbitraria.  El Concilio Vaticano II enseñó que Dios ha proporcionado a todos, aún a los no bautizados, la gracia para obtener la vida eterna.  Como dice el profeta en la primera lectura, los caminos del Señor no son los caminos humanos.  Puede ser que algunos no tengan que luchar tanto como los demás.  Sin embargo, nadie falta las medidas para llegar a su Reino.

Una cosa más.  Después de escuchar la protesta de los primeros trabajadores, el propietario responde a uno de ellos: “’Amigo, yo no te hago ninguna injusticia’”.  La palabra griega usada aquí para “amigo” no pretende de significar una persona querida.  El griego no dice “filos” sino “hetaire” que no lleva el afecto de “amigo".  “Hetaire” es más un camarada que un amigo.  Es significante porque los verdaderos amigos de Dios no se quejarían por ver a los demás recibir sus bendiciones.  Al contrario, los amigos de Dios dotados con el Espíritu Santo se regocijarían cuando ven a sus otros amigos favorecidos.


El domingo, 13 de septiembre de 2026

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

El evangelio hoy trata un tema céntrico deJesús: el perdón. Nos muestra que Cristo vino para reconciliarnos con Dios y con uno y otro.  Ser alienados, es decir aislados de y en desacuerdo con otros, es una condición humana primitiva.  La encontramos en el jardín inmediatamente después de que el hombre y la mujer comieron la fruta prohibida.  En lugar de reconocer su desobediencia, el hombre intenta culparle de todo a su pareja.  Le dice a Dios: "’La mujer … me dio la fruta...’”   

Siempre es una pasión que nos causa a ofender al otro.  Puede ser la envidia, la ira u otra de los “pecados capitales” que desemboca en actos viciosos o palabras dañinas.  Sin embargo, en el caso de Adán en el jardín era simplemente el temor del castigo que lo movió a alienarse de Eva.

Nuestras ofensas nunca tocan solo a otra persona o personas sino siempre envuelven a Dios también.  Por pecar, nos anejamos de Dios. Pues, desobedecemos su voluntad que vivamos en paz con todos. Como cualquier padre de familia humano, Dios quiere que todos sus se lleven bien con uno y otro.

Para restaurar la paz entre hermanos separados por el pecado, Jesús insiste en el perdón.  La palabra perdón proviene de palabras latinas, per significando completamente y donare, que significa dar o regalar.  Perdonar entonces es “dar completamente” o, mejor, “dar un beneficio completo”.  En caso de una deuda, el perdón es condonar la deuda completamente. 

Que apliquemos esto a la parábola de Jesús en el evangelio de hoy.  Jesús está dando unas instrucciones sobre la reconciliación de los pecadores con Dios y con la comunidad.  Pedro le pregunta si es necesario que la comunidad perdone a un pecador hasta siete veces.  Jesús le replica con una respuesta inesperada: no solo siete veces sino setenta veces siete.  En otras palabras, Jesús quiere que perdonemos al pecador siempre, por lo menos si la persona nos lo pide sinceramente.

Entonces les cuenta a los discípulos la parábola del servidor que le debía al rey 10,000 talentos.  Era cantidad de dinero casi inimaginable al tiempo. (El talento era la moneda más valiosa entonces y 10,000, el número más grande que se usaba.)  No obstante, al pedir tiempo para pagar la deuda, el servidor tocó el corazón del rey y recibió la condonación completa de la deuda. 

Entendida en la transacción fue la condición que el servidor tenga misericordia a los demás como le ha demostrado el rey. Sin embargo, tan pronto que se le dio oportunidad, el servidor rehusó perdonar a un deudor de una cantidad relativamente pequeña.  De hecho, quería encarcelar a su deudor hasta que se la pagara todo.  Cuando escuchó de la abominación, el rey se puso enojado.  Ordenó que el servidor malvado fuera entregado al verdugo hasta “hasta que pagara lo que debía”; es decir, por el resto de su vida dado que su deuda era tan enorme.

La parábola aplica a los “hermanos” de la Iglesia cuando nos piden perdón.  Tenemos que perdonar a ellos “de corazón”, no solo deudas monetarias sino todos tipos de agravios cuando nos lo piden sinceramente. 

Pero ¿qué diría Jesús si nuestros ofensores no nos piden perdón? y ¿qué haría con ofensores con que no compartimos la misma fe?  La lectura del evangelio del domingo pasado terminó con el mandato que, si el pecador no se arrepiente de su crimen, debe ser tratado como “un pagano o un publicano”.  A la primera mirada parece que Jesús está abogando el desdén para el pecador o, al menos, su aislamiento.  Pero ¿cómo Jesús trataba a los publicanos y paganos?  ¿No es que se esforzó por reconciliarlos con Dios?  Así deberíamos actuar hacia nuestros ofensores endurecidos.  Deberíamos rezar que se arrepientan y disponernos a perdonarlos si lo hacen.  Siempre deberíamos guardar en nuestro ser que Dios nos ha perdonado los pecados.  Por eso, queremos hacer todo posible para que sean perdonado aquellos que nos ofenden.