Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 18:21-35. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 18:21-35. Mostrar todas las entradas

El domingo, 13 de septiembre de 2026

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

El evangelio hoy trata un tema céntrico deJesús: el perdón. Nos muestra que Cristo vino para reconciliarnos con Dios y con uno y otro.  Ser alienados, es decir aislados de y en desacuerdo con otros, es una condición humana primitiva.  La encontramos en el jardín inmediatamente después de que el hombre y la mujer comieron la fruta prohibida.  En lugar de reconocer su desobediencia, el hombre intenta culparle de todo a su pareja.  Le dice a Dios: "’La mujer … me dio la fruta...’”   

Siempre es una pasión que nos causa a ofender al otro.  Puede ser la envidia, la ira u otra de los “pecados capitales” que desemboca en actos viciosos o palabras dañinas.  Sin embargo, en el caso de Adán en el jardín era simplemente el temor del castigo que lo movió a alienarse de Eva.

Nuestras ofensas nunca tocan solo a otra persona o personas sino siempre envuelven a Dios también.  Por pecar, nos anejamos de Dios. Pues, desobedecemos su voluntad que vivamos en paz con todos. Como cualquier padre de familia humano, Dios quiere que todos sus se lleven bien con uno y otro.

Para restaurar la paz entre hermanos separados por el pecado, Jesús insiste en el perdón.  La palabra perdón proviene de palabras latinas, per significando completamente y donare, que significa dar o regalar.  Perdonar entonces es “dar completamente” o, mejor, “dar un beneficio completo”.  En caso de una deuda, el perdón es condonar la deuda completamente. 

Que apliquemos esto a la parábola de Jesús en el evangelio de hoy.  Jesús está dando unas instrucciones sobre la reconciliación de los pecadores con Dios y con la comunidad.  Pedro le pregunta si es necesario que la comunidad perdone a un pecador hasta siete veces.  Jesús le replica con una respuesta inesperada: no solo siete veces sino setenta veces siete.  En otras palabras, Jesús quiere que perdonemos al pecador siempre, por lo menos si la persona nos lo pide sinceramente.

Entonces les cuenta a los discípulos la parábola del servidor que le debía al rey 10,000 talentos.  Era cantidad de dinero casi inimaginable al tiempo. (El talento era la moneda más valiosa entonces y 10,000, el número más grande que se usaba.)  No obstante, al pedir tiempo para pagar la deuda, el servidor tocó el corazón del rey y recibió la condonación completa de la deuda. 

Entendida en la transacción fue la condición que el servidor tenga misericordia a los demás como le ha demostrado el rey. Sin embargo, tan pronto que se le dio oportunidad, el servidor rehusó perdonar a un deudor de una cantidad relativamente pequeña.  De hecho, quería encarcelar a su deudor hasta que se la pagara todo.  Cuando escuchó de la abominación, el rey se puso enojado.  Ordenó que el servidor malvado fuera encarcelado hasta “hasta que pagara lo que debía”; es decir, por el resto de su vida dado que su deuda era tan enorme.

La parábola aplica a los “hermanos” de la Iglesia cuando nos piden perdón.  Tenemos que perdonar a ellos “de corazón”, no solo deudas monetarias sino todos tipos de agravios cuando nos lo piden sinceramente. 

Pero ¿qué diría Jesús si nuestros ofensores no nos piden perdón? y ¿qué haría con ofensores con que no compartimos la misma fe?  La lectura del evangelio del domingo pasado terminó con el mandato que, si el pecador no se arrepiente de su crimen, debe ser tratado como “un pagano o un publicano”.  A la primera mirada parece que Jesús está abogando el desdén para el pecador o, al menos, su aislamiento.  Pero ¿cómo Jesús trataba a los publicanos y paganos?  ¿No es que se esforzó por reconciliarlos con Dios?  Así deberíamos actuar hacia nuestros ofensores endurecidos.  Deberíamos rezar que se arrepientan y disponernos a perdonarlos si lo hacen.  Siempre deberíamos guardar en nuestro ser que Dios nos ha perdonado los pecados.  Por eso, queremos hacer todo posible para que sean perdonado aquellos que nos ofenden.

El domingo, 17 de septiembre de 2017

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Cuando ero niño, me acuerdo de ir a la confesión.  Siempre confesaba el mismo pecado: la desobediencia.  No es que fuera un niño muy travieso.  Pero sí con razón me acusaba de no hacer caso a mi mamá.  Peleé con mis hermanos; no hice mis tareas pronto; y fallé en otras cosas que me mandó mi madre.  Más que una vez me pregunté si mi confesión fue sincera porque pareció que faltaba el propósito de enmienda.  Pero no dejé de confesarme.  En tiempo  el elenco de mis pecados cambió.  Parecí haber pasado de edad de la desobediencia. 

Espero que esta historia ayude a los jóvenes luchando contra la pornografía y la masturbación.  A veces se cansan de venir al sacramento de Penitencia siempre confesando estos pecados.  Sin embargo, deberían seguir viniendo.  No están probando a Dios.  Más bien, Dios les ama y como un amigo verdadero quiere mantenerse en comunicación con ellos.  Aunque les parece que no tienen nada nuevo para contarle, Dios aprecia la confesión de sus culpas.

Se dice que hay tres tipos de amistades.  Algunos son nuestros amigos por propósitos de comercio.  Tratamos a estos asociados bien porque tenemos que colaborar con ellos para sacar la vida.  Otros son nuestros amigos porque disfrutan de las mismas cosas que nosotros.  Tal vez ustedes siempre cacen o salgan al teatro con los mismos compañeros.  No necesariamente comparten mucho de la vida interior con ellos por falta de una confianza profunda.  Pero hay otro tipo de amigos en quienes confiamos toda el alma.  Son personas de gran virtud.  Tienen la sabiduría que nos ayuda y la justicia que queremos imitar.  Sobre todo nos aman de modo que también dialoguen del corazón con nosotros.

Dios nos invita a compartir este tercer tipo de amistad con Él.  Mandó al mundo al Hijo para anunciar Su amor.  Asimismo nos envía al Espíritu Santo para hacer posible que amemos a Él que no podemos ver.  Este Espíritu tiene presencia fuerte en nosotros.  Nos capacita a amar, no según la carne sino de la verdad.  También escucha nuestros suspiros y responde con sus dones haciendo el camino adelante transitable.  Finalmente el Espíritu Santo nos perdona.  Porque es nuestro amigo, no deberíamos ser avergonzados a confesárnosle los pecados. Y porque somos Sus amigos, Dios no quiere el pecado nos mantenga alejados de Él.

Aunque Dios no peca, hay modo para mostrar la mutualidad de la amistad en esta cuestión de perdón.  Tenemos que perdonar a la gente que nos ofenden porque son también queridos por Dios.  Nos parece difícil perdonar a un esposo que nos ha engeñado o a la persona que ha hecho daño a nuestro niño.  No sólo podemos hacerlo por el amor de Dios que el Espíritu nos entrega sino también Jesús nos lo manda en el evangelio hoy.  Cuando le pregunta Pedro: “’Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?’”, Jesús le replica: “’No sólo hasta siete, sino hasta siete veces siete’”.

Sí es difícil, pero sin quitar la fuerza del mandamiento de Jesús, se puede añadir dos cosas para hacerlo más factible.  En primer lugar, si la persona no es sincera en su arrepentimiento, no es necesario hacerlo caso.  Sin embargo, deberíamos recordar la confesión de los mismos pecados que hacíamos cuando éramos jóvenes.  En segundo lugar, si la persona no nos pide perdón, no tenemos que perdonarle.  Por favor, esto no es pretexto para odiar al culpable.  Porque es querido por Dios, deberíamos rezar que nos lo pida.


Dijo Aristóteles que el amigo es otro yo.  Es persona con la cual compartimos no sólo los mismos intereses sino también los sentimientos y pensamientos.  Es quien va a perdonarnos las ofensas que hemos cometido y ayudarnos a perdonar a los que nos ofenden.  Por todas estas razones Dios es el amigo sin igual.  Sí Dios es nuestro mejor amigo.