El domingo, 13 de septiembre de 2026

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

El evangelio hoy trata un tema céntrico deJesús: el perdón. Nos muestra que Cristo vino para reconciliarnos con Dios y con uno y otro.  Ser alienados, es decir aislados de y en desacuerdo con otros, es una condición humana primitiva.  La encontramos en el jardín inmediatamente después de que el hombre y la mujer comieron la fruta prohibida.  En lugar de reconocer su desobediencia, el hombre intenta culparle de todo a su pareja.  Le dice a Dios: "’La mujer … me dio la fruta...’”   

Siempre es una pasión que nos causa a ofender al otro.  Puede ser la envidia, la ira u otra de los “pecados capitales” que desemboca en actos viciosos o palabras dañinas.  Sin embargo, en el caso de Adán en el jardín era simplemente el temor del castigo que lo movió a alienarse de Eva.

Nuestras ofensas nunca tocan solo a otra persona o personas sino siempre envuelven a Dios también.  Por pecar, nos anejamos de Dios. Pues, desobedecemos su voluntad que vivamos en paz con todos. Como cualquier padre de familia humano, Dios quiere que todos sus se lleven bien con uno y otro.

Para restaurar la paz entre hermanos separados por el pecado, Jesús insiste en el perdón.  La palabra perdón proviene de palabras latinas, per significando completamente y donare, que significa dar o regalar.  Perdonar entonces es “dar completamente” o, mejor, “dar un beneficio completo”.  En caso de una deuda, el perdón es condonar la deuda completamente. 

Que apliquemos esto a la parábola de Jesús en el evangelio de hoy.  Jesús está dando unas instrucciones sobre la reconciliación de los pecadores con Dios y con la comunidad.  Pedro le pregunta si es necesario que la comunidad perdone a un pecador hasta siete veces.  Jesús le replica con una respuesta inesperada: no solo siete veces sino setenta veces siete.  En otras palabras, Jesús quiere que perdonemos al pecador siempre, por lo menos si la persona nos lo pide sinceramente.

Entonces les cuenta a los discípulos la parábola del servidor que le debía al rey 10,000 talentos.  Era cantidad de dinero casi inimaginable al tiempo. (El talento era la moneda más valiosa entonces y 10,000, el número más grande que se usaba.)  No obstante, al pedir tiempo para pagar la deuda, el servidor tocó el corazón del rey y recibió la condonación completa de la deuda. 

Entendida en la transacción fue la condición que el servidor tenga misericordia a los demás como le ha demostrado el rey. Sin embargo, tan pronto que se le dio oportunidad, el servidor rehusó perdonar a un deudor de una cantidad relativamente pequeña.  De hecho, quería encarcelar a su deudor hasta que se la pagara todo.  Cuando escuchó de la abominación, el rey se puso enojado.  Ordenó que el servidor malvado fuera encarcelado hasta “hasta que pagara lo que debía”; es decir, por el resto de su vida dado que su deuda era tan enorme.

La parábola aplica a los “hermanos” de la Iglesia cuando nos piden perdón.  Tenemos que perdonar a ellos “de corazón”, no solo deudas monetarias sino todos tipos de agravios cuando nos lo piden sinceramente. 

Pero ¿qué diría Jesús si nuestros ofensores no nos piden perdón? y ¿qué haría con ofensores con que no compartimos la misma fe?  La lectura del evangelio del domingo pasado terminó con el mandato que, si el pecador no se arrepiente de su crimen, debe ser tratado como “un pagano o un publicano”.  A la primera mirada parece que Jesús está abogando el desdén para el pecador o, al menos, su aislamiento.  Pero ¿cómo Jesús trataba a los publicanos y paganos?  ¿No es que se esforzó por reconciliarlos con Dios?  Así deberíamos actuar hacia nuestros ofensores endurecidos.  Deberíamos rezar que se arrepientan y disponernos a perdonarlos si lo hacen.  Siempre deberíamos guardar en nuestro ser que Dios nos ha perdonado los pecados.  Por eso, queremos hacer todo posible para que sean perdonado aquellos que nos ofenden.

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