XXIV DOMINGO ORDINARIO
(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9;
Mateo 18:21-35)
El evangelio hoy trata un tema céntrico deJesús:
el perdón. Nos muestra que Cristo vino para reconciliarnos con Dios y con uno y
otro. Ser alienados, es decir aislados
de y en desacuerdo con otros, es una condición humana primitiva. La encontramos en el jardín inmediatamente
después de que el hombre y la mujer comieron la fruta prohibida. En lugar de reconocer su desobediencia, el
hombre intenta culparle de todo a su pareja.
Le dice a Dios: "’La mujer … me dio la fruta...’”
Siempre es una pasión que nos causa a
ofender al otro. Puede ser la envidia,
la ira u otra de los “pecados capitales” que desemboca en actos viciosos o
palabras dañinas. Sin embargo, en el
caso de Adán en el jardín era simplemente el temor del castigo que lo movió a
alienarse de Eva.
Nuestras ofensas nunca tocan solo a otra
persona o personas sino siempre envuelven a Dios también. Por pecar, nos anejamos de Dios. Pues,
desobedecemos su voluntad que vivamos en paz con todos. Como cualquier padre de
familia humano, Dios quiere que todos sus se lleven bien con uno y otro.
Para restaurar la paz entre hermanos
separados por el pecado, Jesús insiste en el perdón. La palabra perdón proviene de palabras
latinas, per significando completamente y donare, que
significa dar o regalar. Perdonar
entonces es “dar completamente” o, mejor, “dar un beneficio completo”. En caso de una deuda, el perdón es condonar
la deuda completamente.
Que apliquemos esto a la parábola de Jesús en
el evangelio de hoy. Jesús está dando
unas instrucciones sobre la reconciliación de los pecadores con Dios y con la
comunidad. Pedro le pregunta si es
necesario que la comunidad perdone a un pecador hasta siete veces. Jesús le replica con una respuesta
inesperada: no solo siete veces sino setenta veces siete. En otras palabras, Jesús quiere que perdonemos
al pecador siempre, por lo menos si la persona nos lo pide sinceramente.
Entonces les cuenta a los discípulos la
parábola del servidor que le debía al rey 10,000 talentos. Era cantidad de dinero casi inimaginable al
tiempo. (El talento era la moneda más valiosa entonces y 10,000, el número más
grande que se usaba.) No obstante, al
pedir tiempo para pagar la deuda, el servidor tocó el corazón del rey y recibió
la condonación completa de la deuda.
Entendida en la transacción fue la
condición que el servidor tenga misericordia a los demás como le ha demostrado
el rey. Sin embargo, tan pronto que se le dio oportunidad, el servidor rehusó
perdonar a un deudor de una cantidad relativamente pequeña. De hecho, quería encarcelar a su deudor hasta
que se la pagara todo. Cuando escuchó de
la abominación, el rey se puso enojado.
Ordenó que el servidor malvado fuera encarcelado hasta “hasta que pagara
lo que debía”; es decir, por el resto de su vida dado que su deuda era tan
enorme.
La parábola aplica a los “hermanos” de la
Iglesia cuando nos piden perdón. Tenemos
que perdonar a ellos “de corazón”, no solo deudas monetarias sino todos tipos
de agravios cuando nos lo piden sinceramente.
Pero ¿qué diría Jesús si nuestros ofensores
no nos piden perdón? y ¿qué haría con ofensores con que no compartimos la misma
fe? La lectura del evangelio del domingo
pasado terminó con el mandato que, si el pecador no se arrepiente de su crimen,
debe ser tratado como “un pagano o un publicano”. A la primera mirada parece que Jesús está
abogando el desdén para el pecador o, al menos, su aislamiento. Pero ¿cómo Jesús trataba a los publicanos y
paganos? ¿No es que se esforzó por
reconciliarlos con Dios? Así deberíamos
actuar hacia nuestros ofensores endurecidos.
Deberíamos rezar que se arrepientan y disponernos a perdonarlos si lo
hacen. Siempre deberíamos guardar en
nuestro ser que Dios nos ha perdonado los pecados. Por eso, queremos hacer todo posible para que
sean perdonado aquellos que nos ofenden.
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