El domingo, 3 de abril de 2022

 QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Isaías 43:16-21; Filipenses 3:7-14; Juan 8:1-11)

Una vez un santo estaba viajando a pie por el bosque.  Se detenía para pasar la noche cuando le vino un asaltador.  El hombre exigió al santo que le diera la cosa más valiosa que tenía.  Sin demora el santo abrió su bolsa, sacó un diamante tan grande como una toronja, y se lo presentó al asaltador.  El asaltador tomó el diamante y se fue.  En corto tiempo volvió al santo. Le dijo: “Ahora que me des la cosa que te hizo desprenderte de este diamante”. En la segunda lectura San Pablo nos muestra cosa tan valiosa.

Pablo ha tenido la experiencia de conocer a Cristo en varias ocasiones.  En el camino a Damasco Cristo lo apareció preguntando por qué los perseguía.  Los Hechos de los Apóstoles recuerda otros encuentros y también II Corintos.  Tenemos experiencias semejantes en la oración.  Podemos intuir la presencia de Jesús instándonos a ser menos inclinados a la ira y más bondadosos y amorosos.  Nos asegura que estará con nosotros venga lo que venga.

La historia relata en el evangelio hoy nos refuerza la confianza en  Jesús.  Controla la situación con toda la maestría de un cirujano en el salón de cirugía. Primero burla a los fariseos que utiliza a la adúltera para atraparlo.  Su estrategia es si Jesús dice que la mujer debe ser apedreada, estaría violando la ley romana.  Pero si dice que no merece la muerte, estaría transgrediendo la ley judía. Jesús los burla con la demanda que la persona sin pecado lance la primera piedra. 

Su tratamiento de la mujer parece aún más maravilloso.  Solo quedan los dos, como dice San Agustín “la miseria y la misericordia”. Jesús no condena la mujer; ni la regaña.  Simplemente la corrige.  Le dice que se vaya y no vuelva a pecar.  Ella se sentirá tan agradecida a Jesús que no pueda desconocer su mandato.  Nos trata a nosotros de manera semejante.

No solo nos perdona Jesús sino también nos ayude a no pecar más.  Nos enseña cómo vivir con nuestros corazones pegados al bien del prójimo, no a la codicia de sus bienes.  Además de la enseña, nos comparte el Espíritu Santo que nos fortalece interiormente.  Recibiendo la Santa Comunión, nos damos cuenta de que no somos solos en la lucha.  Más bien somos parte de una gran familia que incluye los ángeles, los santos, aún Cristo tanto como los otros comunicantes. 

Ahora deberíamos entender mejor la primera lectura.  Por el profeta dice Dios que va a realizar algo nuevo.  Será tan refrescante como ríos en el desierto.  Lo nuevo, el refrescante, es Jesucristo.  Él no ha venido para juzgarnos sino a justificarnos.  No hace pretextos para nuestras faltas sino nos corrige de modo que vivamos de modo honorable.  Viviremos tan rectos como los robles dando nueces a las ardillas y refugio a los pájaros. 

Hace poco se reportó el descubrimiento de una "nueva" estrella.  Además de no ser realmente “nueva”, esta estrella llamó la atención porque no conforma a las teorías de los astrónomos. Es así con Jesús.  Vivió hace dos mil años, pero para muchos, aún nosotros, es nuevo.   No conforma a los modelos viejos de juzgar y regañar.  Simplemente nos corrige y nos justifica.  Vamos a ver este proceso tomar lugar en las liturgias dentro de dos semanas.


Para la reflexión: En tu experiencia, ¿cómo es Jesús “nuevo”? ¿Qué diferencia hace esta diferencia es tu vida?


El domingo, 27 de marzo de 2022

 CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Josué 5:9.10-12; II Corintios 5:17-21; Lucas 15:1-3.11-32)

Cuando San Pablo dice que Cristo se hizo pecado, no quiere decir que fuera pecador. “Pecado” describe la precariedad de la condición humana. Las mujeres y los hombres pueden vivir vidas santas, al igual que los ángeles cuyo único deseo es servir al Señor. Desafortunadamente, muchos eligen lo contrario. Se centran en actividades egoístas. No piensan en Dios y mucho menos en los demás. El segundo hijo de la parábola del evangelio de hoy opta por este camino egoísta.

No pasa mucho tiempo antes de que el joven sea sorprendido por la realidad. Lo pierde todo, incluso la comida para sobrevivir. Ensayando su disculpa, regresa con su padre. Allí encuentra sólo misericordia. El padre está extasiado de ver a su hijo con vida. No escucha la disculpa. Solo derrama afecto sobre su hijo.

Recientemente alguien me contó otra versión de una historia familiar. Un hombre fue descubierto en un barrio miserable de Chicago. Estaba borracho y sin hogar. Su fundador le proporcionó dos cosas inestimables: un lugar para quedarse y un buen consejo. Pronto el borracho asistía a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Sesenta años después tuvo una muerte feliz. Nunca olvidó el día de su regreso a la sobriedad. Como el segundo hijo, se humilló a sí mismo para sobrevivir. Nuevamente como el segundo hijo, cayó en las manos de Dios, su Padre amoroso.

El domingo, 20 de marzo de 2022

 TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 3:1-8.13-15; I Corintios 10:1-6.10-12; Lucas 13:1-9)

Dicen los filósofos que hay dos tipos de maldad.  Los hombres hacen la maldad moral.  Hemos visto una instancia de este tipo en la invasión de Ucrania.  Es evidente que el presidente de Rusia quiere someter a un país autónomo bajo su dominio.  El otro tipo de maldad se llama “natural”.  Por todos los daños que ha creado, el virus Covid bien representa la maldad natural.

Se pregunta cuál tipo de maldad es peor.  La maldad moral ciertamente causa gran acongoja personal.  Los padres que han sufrido el asesinato de un hijo sienten tremendamente afligidos.  Pero ¿cómo puede comparar esa tristeza con todo el sufrimiento experimentado en el tsunami de 2004?  ¡La catástrofe tomó más de 227,000 vidas!  Comoquiera pesemos la gravedad de los dos tipos de maldad, Jesús trata la maldad de otra manera. Lo encontramos en el evangelio ahora escuchando una historia horrífica de maldad moral.

Unos hombres reportan a Jesús la matanza de galileos por Pilato. Jesús añade al reportaje un caso conocido de maldad natural.  Hace poco una torre cayó sobre una muchedumbre aplastando a dieciocho personas.  ¡Qué tragedia!  Pero, curiosamente, Jesús no expresa horror en las maldades.  Ni comenta, como la costumbre del tiempo, sobre la culpabilidad de las víctimas como fuente de la maldad.  Solo se fija en el significado de la maldad para la gente que lo rodea. 

Llama su atención al hecho que las víctimas en los dos casos pudieran haber sido ellos mismos.  Entonces les insta que se arrepientan para que eviten condenación en el juicio cuando mueran.  En otras palabras, no solo deberían preocuparse de la maldad que puede pasar a ellos mismos.  Deben preocuparse aún más de la maldad que ellos mismos han hecho.  Es como nuestras madres solían decirnos: “No importa lo que hacen los demás, cuídate que siempre hagas lo correcto”.

Entonces Jesús echa una historia para clarificar su intención.  Una higuera no puede continuar para siempre sin dar fruto.  Si no produce higos, va a ser destruida.  Además, la higuera tiene que fructificar muy pronto.  Es igual con nosotros.  Ya es el tiempo para cambiar nuestros modos de vivir paraque produzcamos buenas obras.  Tenemos que dejar la flojera atrás para vivir de acuerdo con los modos de la justicia y el amor. 

Una familia una vez era como todas las otras.  Se identificaban como católicos, pero no asistían en la misa a menudo.  Por la mayor parte les gustaba mirar el fútbol en la tele y festejar con sus amigos.  Entonces por algún acto de gracia, comenzaron a hacer caso a la palabra de Dios.  Se convirtió en una familia dedicada al Señor.  Un día los médicos le dieron a la mamá de la familia una diagnosis terminal.  Era difícil para todos.  Sin embargo, arraigada en la gracia podían enfrentar el cáncer con calma. 

Se puede ver la fuente de la gracia de esta familia en la primera lectura.  Dios le da a Moisés su nombre.  Ahora los israelitas pueden llamarlo cuando caigan en apuro.  Será siempre disponible a socorrerlos.  En la segunda lectura San Pablo da testimonio al beneficio de tener a Dios atento a las súplicas. Los israelitas comen y beben en el desierto por la gracia del Señor.

Estamos para entrar en la primavera.  Es el tiempo de cambio.  La naturaleza despierta de la flojera del invierno para producir los frutos del verano.  Pronto vamos a ver las flores en los árboles y los retoños en el campo.  Jesús quiere que hagamos un cambio semejante. Somos para dejar mirar la tele un poco para escuchar más a la palabra del Señor.  Somos para desconocer lo que hacen los demás para prestar mano a los afligidos.

Para la reflexión: ¿Por qué solemos enfocar en la maldad que otros hacen mientras no damos cuenta de nuestra propia maldad?


El domingo, 13 de marzo de 2022

 

EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 15:5-12.17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36)

Hay una organización de hombres que ha llamado mucha atención.  No es un escuadrón de militares.  Ni es una banda de músicos.  Por la mayor parte la organización consiste en padres de familia que se reúnen para apoyar a uno a otro vivir rectamente.  Se llama la organización “Cumplidores de promesas”.  Los hombres prometen cumplir sus papeles como maridos y padres por practicar la virtud.  Nos recordamos de este grupo con las lecturas de la misa hoy. En ellas vemos a Dios demostrando cómo va a cumplir sus promesas.

Dios prometió a Abram que iba a tener una gran nación como su herencia. Sin embargo, el hombre se ha hecho viejo sin tener ni a un hijo.  En la lectura Dios confirma su promesa: los descendientes de Abram serán tan numerosos como las estrellas en el cielo nocturno.  Entonces Dios hace una alianza con Abram.  Sus descendientes no sólo serán numerosos sino también habitarán una gran tierra.

Probablemente los ucranios ahora, como Abram en la lectura, tienen dificultad creer en la bondad de Dios.    Están sufriendo tanto que les cueste creer que Dios está con ellos.  Buscan una señal propicia que no perderán todo.  Posiblemente la única esperanza que se puede extender a los ucranios sea la promesa de Pablo en la segunda lectura.  Pablo dice a los filipenses que son ciudadanos del cielo.  Si siguen a Jesús, tanto sus cuerpos como su sufrimiento serán transformados. 

En el evangelio encontramos al Señor llevando a tres discípulos a una montaña.  Acabó de contar al grupo entero que él iba a sufrir la muerte en Jerusalén.  Añadió que también será levantado de la muerte.  Entonces les prometió que ellos a turno sufrirán por asociarse con él.  Pero no será por nada. Ellos también compartirán con él la vida eterna. 

En la montaña los tres reciben una vislumbre del cumplimiento de estas promesas.  Se transforman las vestiduras de Jesús de modo que revelen su gloria.  La voz del Padre da otro testimonio de la verdad de su venidera muerte y resurrección.  Ella proclama que Jesús es su “Hijo”, su “escogido”.  Por decir “mi escogido” Dios asocia a Jesús con el Siervo doliente del profeta Isaías.  Durante la Semana Santa vamos a ver a este hombre prefigurando a Jesús como redentor del pueblo.  Por decir “mi Hijo”, Dios asegura a los discípulos que Jesús ocupará el lugar a su derecha en el cielo.

¿Pueden los ucranios estar contentos con la promesa de la gloria para los discípulos?  ¿Podemos estar contentos nosotros con ella?  Nosotros humanos somos mezcla de cuerpo y alma.  Las pasiones del cuerpo pueden superabundar las creencias de la mente.  Particularmente como el miedo y el deseo pueden callar la voz de la consciencia.  Pero no somos solos en la lucha para dominar las pasiones.  Tenemos a los santos como modelos para imitar e intercesores para rezar por nosotros.  San Óscar Romero, el arzobispo de San Salvador, aguantó las amenazas de los militares de su país.  Sabía que sufrirá el martirio, pero nunca dejó su predicación del evangelio.  Tenemos que pedir al Señor que siempre nos quedemos fieles.  Entonces tenemos que conformar a nuestras vidas al suyo.

Cuando se mencione la transfiguración, pensamos en la transfiguración de Jesús en la montaña.  Sin embargo, podríamos pensar en nuestra transfiguración también.  Particularmente por nuestros esfuerzos durante la Cuaresma, esperamos que nos transfiguremos. Que mostremos más agradecimiento a Dios, más paciencia con los débiles, y más amor para el prójimo.  ¡Que procuremos crecer en estas maneras sea nuestra promesa esta Cuaresma!

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué señal veo para asegurar que Dios me acompaña?