El domingo, 27 de septiembre de 2026

 

XXVI DOMINGO

(Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

Juanito está confundido.  Su madre le ha dicho que tenga el orgullo en todo lo que haga.  Pero la religiosa en su clase de doctrina dice que el orgullo es pecado y que debe ser siempre humilde.  ¿Es posible que las dos tengan razón?

Los sabios explicarían que la madre de Juanito tiene en cuenta un sentido de orgullo diferente de lo de la religiosa.  Aunque no lo sepa, su mamá expresa el sentido del orgullo de Aristóteles, el gran filosofo.  Al otro lado, la hermana enseña el concepto del orgullo de San Pablo a quien encontramos en la segunda lectura de hoy. 

Para Aristóteles el orgullo es lo que conocemos como la magnanimidad. Es la virtud de que las personas reconocen su propia grandeza, está consciente que merece honores, y los reclama.  Entretanto, San Pablo sabe que el orgullo (es decir, el planteamiento que el yo es tan grande como Dios) causó la caída de los primeros hombres.  Pablo se da cuenta también que solo por la humildad de Cristo los hombres no están condenados para siempre.

Según Aristóteles Dios no conoce a los hombres personalmente, y mucho menos se preocupa por ellos.  Pablo, al contrario, por las Escrituras sabe que Dios ama a todas sus creaturas.  Aún más, por su propia experiencia en el camino a Damasco, él podía escribir: “…tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida … ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39).

Pablo pide a los filipenses que sean humildes por varias razones.  Ante todo, Jesús era humilde.  Como dice el mismo Pablo en la segunda lectura, aunque es Dios, se humilló por hacerse hombre.  No solo eso, también se sacrificó ambas la vida y la dignidad cuando se entregó a ser crucificado.  Por esto, cuando los filipenses se conducen con la humildad, imitan a su Salvador.  Además, la humildad actúa como un catalizador que da lugar a otros beneficios.  Hace las vidas de toda la comunidad más serenas.  Y por eso, llama la atención del mundo a Cristo.  Pues, en el fondo del corazón, todos admiran comunidades que muestran poca rivalidad y mucho apoyo mutuo.

El evangelio cuenta de dos hijos del mismo padre.  Un hijo agrada a su padre por cumplir su voluntad, aunque al principio dijo que no lo haría.  El otro hace lo opuesto.  Así se puede hablar de dos tipos de humildad.  Un tipo agrada a Dios y el otro no.  La humildad que desemboca en el odio para el yo no puede agradar a Dios.  Después de todo, somos la creación de Dios digna del amor.   Otro tipo de humildad problemático llama atención al yo por repetir autocríticas.  La persona que constantemente dice, “estúpida yo” y “¿qué sé yo?” probablemente piensa de sí mismo más sagaz que sus interlocutores. 

Quisiéramos preguntar: “¿Cómo podemos considerar a todos mejores que nosotros como Pablo nos quiere en la lectura?”  Con algunas personas parece que estamos participando en una farsa.  Sin embargo, no sabemos los corazones de otras personas.  Solo Dios sabe eso.  Por eso, para que no subestimemos a nadie es mejor que pensemos de ellos como mejores.  Al final, se revelará la verdad.

San Agustín escribió que las tres reglas más importantes para seguir a Cristo son primero, la humildad; segundo, la humildad; y tercero, la humildad.  Pues, por la humildad superamos el soberbio, la fuente de todo pecado. Además, por la humildad nos asemejamos a Cristo y también a su madre, María.  Finalmente, por la humildad indicamos que nuestro propósito en la vida no es glorificar a nosotros sino a Dios.


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