XIV DOMINGO ORDINARIO
(Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9.11-13; Mateo 11:25-30)
De todos los símbolos de los Estados Unidos, ninguno llama
tanto la atención como la Estatua de la Libertad. Esta imagen colosal fue un
regalo de Francia, originalmente destinado a conmemorar el centenario de la
República en 1876. Se colocó en una pequeña isla cerca del puerto de Nueva York
para que los inmigrantes procedentes de Europa pudieran verla al llegar al
país.
En estos días, cuando celebramos el 250.º aniversario de la
nación, la Estatua de la Libertad se erige como un homenaje a los ideales de
los Estados Unidos. Desde sus comienzos, este país ha ofrecido libertad,
justicia y oportunidades a millones de inmigrantes provenientes de todas partes
del mundo. Les ha brindado la posibilidad de participar en una sociedad regida
por la ley y no por los privilegios.
En el pedestal de la estatua está inscrito un poema que
expresa el espíritu del país. Una de sus frases es conocida por estudiantes en
toda la nación: «Denme a sus cansados, a sus pobres, a sus masas hacinadas que
anhelan respirar en libertad…». El poema fue escrito por una mujer judía que
trabajaba con los inmigrantes. Sus palabras despertaban en los pobres y
maltratados la esperanza de una vida mejor. Esa frase guarda una notable
semejanza con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «Vengan a mí todos
los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio».
Por supuesto, la invitación de Jesús es mucho más que una
oferta de asilo político o de prosperidad material. Es, más bien, un llamado a
la paz y a la felicidad eterna mediante una relación íntima con él. La
confianza en Jesús nos libera de la ansiedad que consume a tantos que buscan en
el dinero, el prestigio o el placer la meta suprema de su vida. Aunque estas
cosas no son malas en sí mismas, no pueden ofrecer la vida en plenitud que
Cristo nos ganó. Más aún, cuando se persiguen sin medida, pueden conducir a la
ruina.
Jesús nos concede esa vida en plenitud cuando aceptamos su
yugo suave. Ese yugo, la barra que nos une a él, son sus enseñanzas. A veces
nos desafían, como cuando insiste en que debemos perdonar a quienes nos
ofenden. Pero no debemos olvidar que Jesús se junta con nosotros para ayudarnos
a llevar la carga. Su amistad nos consuela y su fuerza hace más ligero el peso.
No sería del correcto decir que los Estados Unidos son una
nación cristiana. Sin embargo, el país ha incorporado muchos valores inspirados
por el cristianismo, como la igualdad, la libertad y la acogida del pobre y del
refugiado. En este fin de semana, todos los habitantes de esta nación debemos
dar gracias a Dios por esos principios. Al mismo tiempo, pidámosle que Estados
Unidos continúe viviéndolos y practicándolos. Han sido una fuente importante de
su fortaleza y de su grandeza. Y, al hacerlo, que Dios siga bendiciendo a esta
nación.
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