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El domingo, 28 de junio de 2026

 

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Con la celebración del semiquincentenial de nuestra nación ya próxima, deberíamos declararnos agradecidos tanto por nuestro país, sea por nacimiento o por adopción, como por nuestra fe católica. Podemos añadir que seremos leales a ambos. Nuestra participación en la sociedad estadounidense nos ha asegurado los derechos necesarios para vivir con dignidad. Y nuestro bautismo nos ha otorgado la herencia de la vida eterna.

Hoy la Iglesia católica constituye la comunidad religiosa más numerosa de los Estados Unidos. El actual vicepresidente es católico, como también lo fue el presidente anterior. La mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos, al igual que muchos integrantes del Senado y de la Cámara de Representantes. No son pocos los católicos que han dado su vida en defensa de este país.

Sin embargo, los católicos no siempre fueron bien acogidos en la sociedad norteamericana. Durante el período colonial, existían leyes que prohibían la práctica pública de la fe católica y el derecho al voto a los católicos. Aunque la Constitución garantizó la libertad religiosa, en los años previos a la Guerra Civil surgió un partido político organizado para limitar la influencia de los católicos. Después de la guerra, el Ku Klux Klan dirigió primero su odio contra los afroamericanos y luego contra los católicos y los judíos. Y cuando John Kennedy se postuló para la presidencia, tuvo que afrontar la odiosa acusación de que obedecería al Papa antes que a las leyes del país.

Esta última acusación toca un comentario de Jesús en el Evangelio de hoy. Cuando dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí», podríamos sustituir «a su padre o a su madre» por «a su nación». Pues el Catecismo trata de las obligaciones hacia el gobierno dentro de la explicación del Cuarto Mandamiento (nn. 2234-2257). ¿Es cierto? ¿Debemos amar a Jesús más que a nuestro país? ¡Claro que sí!

Por lo general, no existe conflicto entre ambos amores. El amor a la patria, es decir, el patriotismo, está ligado a nuestra participación en la sociedad temporal.  Entretanto el amor a Dios está vinculado con nuestra participación en la sociedad eterna. Son dos amores con enfoques distintos, de modo que podamos tener ambos. Es como pertenecer al mismo tiempo a un sindicato y a los Caballeros de Colón. De hecho, los dos amores se apoyan mutuamente. Mientras la sociedad temporal garantiza la libertad para rendir culto a Dios, la sociedad eterna insiste en que sus miembros sean ciudadanos justos y honestos de la sociedad temporal.

Hay otra razón para afirmar que estas dos sociedades no deberían entrar en conflicto. Dios es el bien común supremo. Por eso, cuando honramos a Dios con todo nuestro corazón, contribuimos al bien común, que es precisamente la finalidad del gobierno civil.

Desgraciadamente, tarde o temprano surgen conflictos entre el Estado y Dios. Desde hace algún tiempo han circulado propuestas legislativas que obligarían a los médicos a practicar abortos o, al menos, a remitir a las mujeres embarazadas a quienes los practican. Ambas acciones son incompatibles con nuestra fe. Asimismo, de vez en cuando escuchamos propuestas que exigirían a los sacerdotes revelar lo escuchado en el sacramento de la Reconciliación acerca del abuso de menores. Debo decir que jamás violaría el sigilo sacramental por ningún motivo, y espero que ningún otro sacerdote lo hiciera tampoco.

Forma parte de nuestro amor a Dios obedecerlo cuando nos habla a través de una conciencia formada por la fe. Nuestra postura debería ser semejante a la del entonces candidato John Kennedy. Cuando le preguntaron si era posible que siguiera su fe en lugar de la ley, respondió: «Si llegara el momento —y no contemplo la más mínima posibilidad de conflicto— en que mi cargo me obligara a violar mi conciencia o el interés nacional, entonces renunciaría al cargo».

Terminémonos con las palabras de un santo acerca de lo que debemos hacer cuando surge un conflicto entre la fe y el gobierno. Santo Tomás Moro estaba a punto de ser decapitado por negarse a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia. Declaró: «Muero siendo buen servidor del Rey, pero primero de Dios».

El domingo, 28 de junio de 2020


EL TREDÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)


En una película, basada en la vida verdadera, un muchacho está viviendo en la calle.  No puede volver a la casa de su mamá porque ella es drogadicta.  El muchacho tiene habilidad atlética pero parece que ello va a desperdiciarse.  Entonces encuentra una familia que le ofrece hogar, y su vida cambia.  Se inscribe en una escuela privada donde se destaca como jugador de futbol.  En tiempo se hace la estrella de su equipo universitario y recibe contrato para jugar profesionalmente.  En la segunda lectura San Pablo describe una trayectoria semejante para todo cristiano.

Pablo describe el efecto del bautismo en nosotros.  El sacramento nos incorpora en la muerte y la resurrección de Cristo como si fueran una familia nueva.  Nos volvemos de ser pecadores a ser como santos.  Es tener una vida nueva con Jesucristo como nuestro patrón.  Él nos enseña, nos capacita, y nos acompaña a la felicidad eterna. 

La familia de Jesús no reemplaza la familia natural pero la transciende. Por eso, Jesús exige en el evangelio hoy que sus discípulos amen a él más que a sus padres y madres, más que aun a sus hijos.  No es muy difícil pensar en casos en los cuales la persona deja a sus padres en favor de Jesús.  Nos recordamos cómo San Francisco de Asís se desvistió en público para renunciar los modos de su padre, el comerciante de tela.  Pero ¿cómo se muestra el amor para Jesús más que para un hijo o hija?

Puede ser que la hija de ustedes quiere casarse fuera de la iglesia.  Se ha enamorado con un divorciado y vienen a ustedes para pedir su bendición.  También quieren que financien la boda.  Les da gran dolor a ustedes no sólo porque ella va a estar viviendo en pecado sino también porque va a dar mal ejemplo a sus hermanos.  ¿Qué deberían ustedes hacer en este caso?  ¿Deberían ustedes no asistir en la ceremonia?

Ojalá que no digan que no importa si casan por la iglesia o no.  Sólo el matrimonio sacramental recibe el apoyo de la gracia del Espíritu Santo.  Sólo el matrimonio sacramental puede dar testimonio al amor de Cristo para la Iglesia.  Además Jesús ha prohibido el divorcio de modo que si se junta con un divorciado, esté cometiendo adulterio.

Sería una traición del amor a Cristo apoyar el matrimonio.  No deberían pagar por la fiesta ni entregar a la joven a su novio.  ¿Podrían ustedes asistir en la ceremonia?  No, porque sería reconocimiento de un matrimonio que no creen verdaderamente existe.  Tal vez puedan asistir en la fiesta después para saludar a los huéspedes.  Si lo hacen, deberían expresar su desaprobación del asunto.

Sin embargo, no querrían romper su relación con su hija.  Querrían asegurarla de su amor aunque tienen que decir cómo aman a Cristo sobre todo.  También querrían tratar al hombre con respeto.  Sería difícil para la pareja aceptar su decisión, pero ustedes esperan que en tiempo vean la sabiduría de su postura.  Sería su menester también rezar particularmente que ella un día regrese a los sacramentos.

A veces parece tan duro ser cristiano que nos preguntemos si vale la pena.  Por supuesto que sí.  No es sólo porque tenemos la vida eterna como nuestro destino.  También, incorporados en su familia, conocemos el amor de Cristo todos los días de nuestra vida. 

El domingo, 2 de julio de 2017

El tredécimo domingo ordinario

(II Reyes 4:8-11.14-16; Romanos 6:3-4.8-11; Mateo 10:37-42)

Hace cincuenta años la guerra en Vietnam se prolongaba despiadadamente.  Muchos soldados americanos y muchos más soldados vietnamitas estaban matándose.  La matanza creó una división en el corazón de los jóvenes estadounidenses.  Les llamaron la atención la crítica de los protestadores reclamando la injusticia de la guerra.  Al otro lado del debate interior estuvo la advertencia de sus papas que habían luchado en la Segunda Guerra Mundial.  Estos hombres insistían que sólo era patriótico apoyar la guerra.  Porque a menudo se define el patriotismo como “amor del patria”, la cuestión tiene que ver con el evangelio hoy.

Jesús dice a sus apóstoles que no deberían amar a sus familiares más que a él.  Se puede añadir a la lista de parientes que apunta Jesús: padre o madre, hijo o hija, “su patria”.  No deberíamos amar a nuestra patria tampoco más que a Jesús.  Amar primero a Jesús, que es la verdad, requiere que hagamos esfuerzos para corregir los errores de nuestra patria. Pero mucha gente cita la frase: “Mi patria, correcto o incorrecto”.  Eso es, quieren defender su país de todas críticas aun cuando el gobierno esté en error.  Ciertamente este planteamiento no es virtuoso.    

Realmente no debería ser conflicto entre el amor para la patria y el mayor amor para Jesús.  Pues cuando amamos a Jesús sobre todo, querremos ser como él.  Querremos imitar la justicia de Jesús para rendirle a nuestra patria su deber.  Desearemos inculcar su fortaleza para soportar las dificultades en el desempeño de nuestra responsabilidad.  Y procuraremos a practicar la prudencia de Jesus por escoger los medios apropiados en cada situación.  Asimismo no tenemos que preocuparnos que nuestra opción principal para Jesús disminuya nuestro compromiso para los parientes.  Es así porque el amor que rindamos a Dios ordena nuestro amor a los demás de modo que sea más enfocado y más puro.  El amor a Dios es como la luz de un láser.  Brilla con tanta intensidad que haga maravillas.

En los Estados Unidos se celebra el Día de la Independencia esta semana.  Muchos otros países también tienen el día de la patria durante el verano.  Evidentemente el calor da a las multitudes la inquietud de sacudirse de los gobiernos opresivos.  De todos modos, cuando haya oportunidad durante las festividades deberíamos reflexionar acerca de las grandes cuestiones que afrontan nuestro país.  Tenemos que preguntar cómo Jesús resolvería los problemas.  Una es el estado de los inmigrantes en el país ilegalmente.  Porque han contribuido significativamente al bienestar de todos, ¿qué se puede hacer por ellos?  Otra cuestión tiene que ver con el cuidado de la salud.  ¿Cómo se puede garantizar que todos – tanto los pobres como los ricos -- tengan acceso a los tratamientos eficaces que existen?  Finalmente, la guerra en el medio oriente sigue con fuerza. ¿Es prudente enviar tropas allá para terminarla?  Para encontrar resoluciones justas y prácticas a estos y otros problemas tenemos que entrar más en el amor de Jesús.  Es así con todo, ¿no?  Para hacer cualquiera cosa bien, tenemos que entrar más en el amor de Jesús.