El domingo, 2 de agosto de 2026

XVIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)

No es por nada que Jesús quiere irse solo con las noticias del asesinato de Juan Baustista. Eran conocidos aun antes de sus nacimientos.  Se dice que por un tiempo Jesús era discípulo de Juan.  Es ciertamente verdad que fue bautizado por el gran profeta del río Jordán.  Solo porque Juan era hombre devoto a Dios, Jesús querría reflexionar sobre el significado de su muerte. 

El Evangelio no revela los pensamientos de Jesús en el “lugar apartado”, pero ¿cómo no podría considerar que también él tenga el mismo azar sanguinario? Casi todos seres humanos han tenido tales momentos preguntándose de su propio deceso después de escuchar de una muerte inesperada.  Hace solo seis años el mundo entero fue absorbido con la posibilidad de la muerte repentina.  Covid-19 tomaba las vidas de millones personas de todas razas, religiones, y clases.  “¿Qué pasaré yo si me toca el virus?” nos preguntábamos. Al igual que Juan, Jesús no dudó en decir la verdad al poder. Sin duda, se dio cuenta de que podría tener un final similar.

Sin embargo, lo que es notable en el evangelio hoy es que Jesús no demora en su rumiación.  En poco tiempo está curando a los enfermos que le sigue acudiendo.  Tal vez por su reflexión sobre la muerte Jesús se da cuenta de que la gente busca más de la sanación del cuerpo.  Hacen falta un remedio para sus almas.

Vivimos en un mundo con miles de millones de otras personas.  Además, desde que los hombres lo han habitado por miles y miles de años, han existido muchos más seres humanos.  Como si no fuera bastante, en los cielos hay un sinnúmero de estrellas con planetas posiblemente habitados. ¿Cómo no pensaríamos que seamos como nada, de no más valor que unos granos de arena en el desierto o gotas de agua en el mar?  Nos preguntamos que dentro de poco seríamos olvidados más rápido que sonidos en la noche.

Como remedio a estos pensamientos turbantes Jesús quiere que todo el mundo conozca la preocupación de Dios para él o ella.  Para el gran número de personas ante él ahora Jesús tiene en cuenta un banquete que mostrará la solicitud de su Padre.  Ellos pudieran comprar comida para sostenimiento en los caseríos, pero no les nutriría por mucho tiempo.  En lugar de la sobrevivencia Jesús quiere proveerles la sobreabundancia del pan proclamado por el profeta del exilio babilónico en la primera lectura de hoy.  Este visionario anónimo, que los eruditos llaman “segundo Isaías”, sembró semillas de esperanza entre un pueblo desanimado.

Cinco siglos antes de Cristo los judíos exiliados en Babilonia languidecían.  Habían perdido su patria, sus casas, y probablemente más de algunos parientes y amigos.  Ahora después de cincuenta años de captividad, escuchan el siervo de Dios hablar de la oferta de “platillos sustanciosos”.  No es un almacén cargado de víveres sino un suministro de dones espirituales con que un pueblo justo podría prosperar.

Jesús en el lugar despoblado manda a la gente que tomen sus puestos.  Entonces toma los alimentos a mano (apenas cinco panes y dos pescados) mira al cielo, pronuncia una bendición, parte el pan y se les da a los discípulos para repartir.  Si estas acciones nos recuerdan de la Eucaristía, estamos pensando con Mateo, el evangelista.  Los cinco panes y dos pescados, bendecidos y partidos, representan los componentes de la Última Cena, donde originó la Eucaristía. 

Por eso, cada vez participamos en la misa, nos nutrimos con la superabundancia de Dios.  Sabemos que el pan se ha transformado en lo que Jesús lo pronunció en la Cena: su Cuerpo.  Entregado, crucificado, y resucitado de entre los muertos, su Cuerpo les aseguró a sus compañeros en esa dichosa comida la superabundancia de la vida.  Al recibirlo dignamente, nos regala a nosotros también la superabundancia que no se acaba ni con la muerte.

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