El domingo, 17 de mayo de 2026

 LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)

Hay solo dos relatos de la Ascensión en la Biblia; ambos fueron escritos por Lucas. El primero se encuentra en su Evangelio y el segundo en los Hechos de los Apóstoles. Interesantemente, los relatos no coinciden, al menos en cuanto al día del acontecimiento. En el Evangelio, la Ascensión tiene lugar la noche de la Resurrección. En los Hechos, Jesús queda con sus discípulos durante cuarenta días antes de ascender al cielo.

Podemos preguntarnos: ¿cuál es la fecha correcta? Los eruditos no ofrecen una respuesta definitiva a este interrogante. Dicen que probablemente Lucas quiso terminar su Evangelio el mismo día de la Resurrección, el acontecimiento de mayor trascendencia para la Iglesia entonces y ahora. Entretanto, consideran los cuarenta días de apariciones como un recurso simbólico para indicar un período de aprendizaje, paralelo al tiempo de Jesús en el desierto. En todo caso, ellos consideran que la fecha de la Ascensión no es tan importante como su significado.

La Ascensión afirma el señorío de Jesucristo. Cuando sube al cielo, el Padre le da todo poder para guiar los acontecimientos del mundo. Lo hace por medio del Espíritu Santo, que crea la Iglesia como el Cuerpo de Cristo. Capacitada por el Espíritu Santo, la Iglesia proclama el Evangelio al mundo entero. Así ofrece a todos los hombres y mujeres la oportunidad de abrazar la salvación. Mientras Jesús permanece en el mundo, el Espíritu está con él. Pero una vez que ocupa su lugar junto al Padre, el Hijo le pide al Padre que envíe el Espíritu sobre nosotros. El Espíritu nos hace miembros de su Cuerpo para cumplir su misión en el mundo.

Recibimos el Espíritu Santo en el Bautismo. Su presencia en nosotros ha sido fortalecida por la Confirmación y la Eucaristía. ¿Qué vamos a hacer con tan gran don? En el Evangelio de hoy, Jesús envía a los apóstoles a todas las naciones para enseñar lo que él ha mandado. Podemos llevar a cabo nuestro papel en este gran envío viviendo con el amor abnegado del Espíritu. O podemos esquivar nuestra participación en el envío hasta que la fuerza del Espíritu se atrofie en nosotros como músculos nunca movidos.

Si rezamos diariamente pidiendo al Señor por nuestros familiares y compañeros, por los necesitados y aun por nuestros enemigos, estamos llevando a cabo nuestro papel en el gran envío de Jesucristo. Si cumplimos bien nuestro trabajo, nuestras tareas en la casa y nuestras responsabilidades como ciudadanos, estamos llevando a cabo nuestro papel en el gran envío. Si visitamos a los enfermos, compartimos nuestros recursos con los desafortunados o enseñamos a los que no tienen educación, también estamos llevando a cabo nuestro papel en el envío.

Por otro lado, si rezamos solo cuando nos da la gana, estamos esquivando la participación en el envío de Jesús. Si siempre buscamos nuestra comodidad, las felicitaciones de los demás o nuestra ganancia económica, estamos esquivando la participación en el envío. Si no realizamos ninguna obra de misericordia, sea corporal o espiritual, también estamos esquivando el envío.

Hay una viuda en El Paso, Texas, que durante más de veinte años cruzaba la frontera una vez por semana para enseñar inglés a las mujeres de una cooperativa de costura. Ahora, ya anciana, no puede viajar como antes. Pero sigue sirviendo a las pobres escribiendo notas de agradecimiento a los benefactores de la cooperativa. Es una persona llena del Espíritu Santo, llevando a cabo su papel en el envío de Jesús.

El domingo próximo estaremos celebrando Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Recordaremos la venida del Espíritu sobre los apóstoles y cómo los impulsó a salir del Templo para predicar al Señor Jesús hasta los rincones del mundo. El mismo Espíritu nos envíe desde esta y toda misa para llevar a cabo nuestro papel en el envío de Jesús.

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