LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Mateo 28:16-20)
Hay solo
dos relatos de la Ascensión en la Biblia; ambos fueron escritos por Lucas. El
primero se encuentra en su Evangelio y el segundo en los Hechos de los
Apóstoles. Interesantemente, los relatos no coinciden, al menos en cuanto al
día del acontecimiento. En el Evangelio, la Ascensión tiene lugar la noche de
la Resurrección. En los Hechos, Jesús queda con sus discípulos durante cuarenta
días antes de ascender al cielo.
Podemos
preguntarnos: ¿cuál es la fecha correcta? Los eruditos no ofrecen una respuesta
definitiva a este interrogante. Dicen que probablemente Lucas quiso terminar su
Evangelio el mismo día de la Resurrección, el acontecimiento de mayor
trascendencia para la Iglesia entonces y ahora. Entretanto, consideran los
cuarenta días de apariciones como un recurso simbólico para indicar un período
de aprendizaje, paralelo al tiempo de Jesús en el desierto. En todo caso, ellos
consideran que la fecha de la Ascensión no es tan importante como su
significado.
La
Ascensión afirma el señorío de Jesucristo. Cuando sube al cielo, el Padre le da
todo poder para guiar los acontecimientos del mundo. Lo hace por medio del
Espíritu Santo, que crea la Iglesia como el Cuerpo de Cristo. Capacitada por el
Espíritu Santo, la Iglesia proclama el Evangelio al mundo entero. Así ofrece a
todos los hombres y mujeres la oportunidad de abrazar la salvación. Mientras
Jesús permanece en el mundo, el Espíritu está con él. Pero una vez que ocupa su
lugar junto al Padre, el Hijo le pide al Padre que envíe el Espíritu sobre
nosotros. El Espíritu nos hace miembros de su Cuerpo para cumplir su misión en
el mundo.
Recibimos
el Espíritu Santo en el Bautismo. Su presencia en nosotros ha sido fortalecida
por la Confirmación y la Eucaristía. ¿Qué vamos a hacer con tan gran don? En el
Evangelio de hoy, Jesús envía a los apóstoles a todas las naciones para enseñar
lo que él ha mandado. Podemos llevar a cabo nuestro papel en este gran envío
viviendo con el amor abnegado del Espíritu. O podemos esquivar nuestra
participación en el envío hasta que la fuerza del Espíritu se atrofie en
nosotros como músculos nunca movidos.
Si rezamos
diariamente pidiendo al Señor por nuestros familiares y compañeros, por los
necesitados y aun por nuestros enemigos, estamos llevando a cabo nuestro papel
en el gran envío de Jesucristo. Si cumplimos bien nuestro trabajo, nuestras
tareas en la casa y nuestras responsabilidades como ciudadanos, estamos
llevando a cabo nuestro papel en el gran envío. Si visitamos a los enfermos,
compartimos nuestros recursos con los desafortunados o enseñamos a los que no
tienen educación, también estamos llevando a cabo nuestro papel en el envío.
Por otro
lado, si rezamos solo cuando nos da la gana, estamos esquivando la
participación en el envío de Jesús. Si siempre buscamos nuestra comodidad, las
felicitaciones de los demás o nuestra ganancia económica, estamos esquivando la
participación en el envío. Si no realizamos ninguna obra de misericordia, sea
corporal o espiritual, también estamos esquivando el envío.
Hay una
viuda en El Paso, Texas, que durante más de veinte años cruzaba la frontera una
vez por semana para enseñar inglés a las mujeres de una cooperativa de costura.
Ahora, ya anciana, no puede viajar como antes. Pero sigue sirviendo a las
pobres escribiendo notas de agradecimiento a los benefactores de la
cooperativa. Es una persona llena del Espíritu Santo, llevando a cabo su papel
en el envío de Jesús.
El domingo
próximo estaremos celebrando Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo.
Recordaremos la venida del Espíritu sobre los apóstoles y cómo los impulsó a
salir del Templo para predicar al Señor Jesús hasta los rincones del mundo. El
mismo Espíritu nos envíe desde esta y toda misa para llevar a cabo nuestro
papel en el envío de Jesús.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario