El domingo, 3 de mayo de 2026

 

V DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

Cada año, durante las siete semanas de Pascua, escuchamos segmentos de los Hechos de los Apóstoles. Este libro bíblico narra el desarrollo de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén y muestra cómo el Espíritu Santo promueve la difusión del Evangelio en el mundo. La lectura que escuchamos relata cómo la comunidad supera un problema inherente a toda organización humana.

Se ven problemas administrativos en organizaciones tan pequeñas como la familia y tan grandes como el gobierno nacional. Es inevitable que, en algún momento, los administradores de estas organizaciones pasen por alto la necesidad de alguien o tengan desacuerdos entre sí. La primitiva comunidad cristiana no es la excepción. Pero es excepcional en que resuelve el problema sin rencor (al menos según se registra en los Hechos) y con dependencia de Dios.

Los creyentes siguen a Jesús guardando en el corazón algunos principios en cuanto a la disposición de los recursos económicos. Primero, que nadie tenga necesidad. Por supuesto, la preocupación aquí es por los pobres. Segundo, que todos pongan sus bienes al servicio de la comunidad. Este principio desafía a los acomodados. Típicamente han trabajado duro para conseguir sus bienes, de modo que no quieren verlos desperdiciados. Y tercero, que los apóstoles distribuyan los bienes de la dispensa comunitaria según la necesidad de cada uno.

Sin embargo, a medida que la comunidad experimenta un rápido crecimiento, los apóstoles no pueden satisfacer la demanda de recursos. La lectura cuenta que las viudas del grupo de habla griega carecen de alimento. Son judías que vinieron de la diáspora para establecerse en Jerusalén. Acuden a los apóstoles en busca de ayuda para su sustento. Pero, dedicados a la predicación, los apóstoles no pueden suplir su necesidad. Por esta razón, tienen que buscar otro modo de cuidar a las viudas.

Su procedimiento es instructivo. En lugar de ver el problema como político, los apóstoles lo abordan como administrativo. Es decir, no se detienen en la cuestión de por qué son las “viudas griegas” las que sufren necesidad. Más bien, proponen una solución que tal vez les cueste influencia, pero que a largo plazo será mejor para todos. Convocan a la comunidad para seleccionar a siete hombres que puedan servir como administradores de la despensa común.

Se proponen tres cualidades para la selección de los siete. Cada uno debe ser un hombre de buena reputación, para que la gente confíe en él. Debe estar lleno del Espíritu Santo, para guiar a los demás por caminos de justicia. Finalmente, necesita prudencia para administrar los bienes comunes. Entonces los apóstoles les imponen las manos para invocar al Espíritu. Él les transmite la autoridad para cumplir su nuevo ministerio.

Podríamos preguntarnos cómo llega el Espíritu Santo a los siete. El Evangelio de hoy nos da la clave para entender la transmisión del Espíritu Santo. Jesús dice que va a preparar un lugar para sus discípulos en la casa de su Padre. Solemos pensar que la casa de Dios está en el cielo más allá de las estrellas. Pero al principio de este evangelio, Jesús asocia la casa de su Padre con su propio cuerpo. Jesús prepara un lugar para nosotros en la casa de su Padre al entregarse a ser crucificado y resucitar de entre los muertos. Bautizados en este misterio pascual, nos hacemos miembros del Cuerpo de Cristo, la casa de su Padre donde reside el Espíritu Santo.

La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos da una nueva vida de gracia para vivir en este mundo con la vida eterna como nuestra meta. Los siete reciben una doble porción de su Espíritu para su ministerio de atender a las necesidades físicas de la gente.

Estamos cerca de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Más que celebrar “el cumpleaños de la Iglesia”, es tiempo de reflexionar sobre cómo el Espíritu Santo nos está guiando y pedirle los dones para hacer su voluntad. No nos faltará. Él tiene que renovar la faz de la tierra y quiere que lo ayudemos en esta tarea.

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