V
DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)
Cada año,
durante las siete semanas de Pascua, escuchamos segmentos de los Hechos de los
Apóstoles. Este libro bíblico narra el desarrollo de la primitiva comunidad
cristiana de Jerusalén y muestra cómo el Espíritu Santo promueve la difusión
del Evangelio en el mundo. La lectura que escuchamos relata cómo la comunidad
supera un problema inherente a toda organización humana.
Se ven
problemas administrativos en organizaciones tan pequeñas como la familia y tan
grandes como el gobierno nacional. Es inevitable que, en algún momento, los
administradores de estas organizaciones pasen por alto la necesidad de alguien
o tengan desacuerdos entre sí. La primitiva comunidad cristiana no es la
excepción. Pero es excepcional en que resuelve el problema sin rencor (al menos
según se registra en los Hechos) y con dependencia de Dios.
Los
creyentes siguen a Jesús guardando en el corazón algunos principios en cuanto a
la disposición de los recursos económicos. Primero, que nadie tenga necesidad.
Por supuesto, la preocupación aquí es por los pobres. Segundo, que todos pongan
sus bienes al servicio de la comunidad. Este principio desafía a los acomodados.
Típicamente han trabajado duro para conseguir sus bienes, de modo que no
quieren verlos desperdiciados. Y tercero, que los apóstoles distribuyan los
bienes de la dispensa comunitaria según la necesidad de cada uno.
Sin
embargo, a medida que la comunidad experimenta un rápido crecimiento, los
apóstoles no pueden satisfacer la demanda de recursos. La lectura cuenta que
las viudas del grupo de habla griega carecen de alimento. Son judías que
vinieron de la diáspora para establecerse en Jerusalén. Acuden a los apóstoles
en busca de ayuda para su sustento. Pero, dedicados a la predicación, los
apóstoles no pueden suplir su necesidad. Por esta razón, tienen que buscar otro
modo de cuidar a las viudas.
Su
procedimiento es instructivo. En lugar de ver el problema como político, los
apóstoles lo abordan como administrativo. Es decir, no se detienen en la
cuestión de por qué son las “viudas griegas” las que sufren necesidad. Más
bien, proponen una solución que tal vez les cueste influencia, pero que a largo
plazo será mejor para todos. Convocan a la comunidad para seleccionar a siete
hombres que puedan servir como administradores de la despensa común.
Se proponen
tres cualidades para la selección de los siete. Cada uno debe ser un hombre de
buena reputación, para que la gente confíe en él. Debe estar lleno del Espíritu
Santo, para guiar a los demás por caminos de justicia. Finalmente, necesita
prudencia para administrar los bienes comunes. Entonces los apóstoles les
imponen las manos para invocar al Espíritu. Él les transmite la autoridad para
cumplir su nuevo ministerio.
Podríamos
preguntarnos cómo llega el Espíritu Santo a los siete. El Evangelio de hoy nos
da la clave para entender la transmisión del Espíritu Santo. Jesús dice que va
a preparar un lugar para sus discípulos en la casa de su Padre. Solemos pensar
que la casa de Dios está en el cielo más allá de las estrellas. Pero al
principio de este evangelio, Jesús asocia la casa de su Padre con su propio
cuerpo. Jesús prepara un lugar para nosotros en la casa de su Padre al
entregarse a ser crucificado y resucitar de entre los muertos. Bautizados en
este misterio pascual, nos hacemos miembros del Cuerpo de Cristo, la casa de su
Padre donde reside el Espíritu Santo.
La
presencia del Espíritu Santo en nosotros nos da una nueva vida de gracia para
vivir en este mundo con la vida eterna como nuestra meta. Los siete reciben una
doble porción de su Espíritu para su ministerio de atender a las necesidades
físicas de la gente.
Estamos
cerca de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Más que celebrar “el
cumpleaños de la Iglesia”, es tiempo de reflexionar sobre cómo el Espíritu
Santo nos está guiando y pedirle los dones para hacer su voluntad. No nos
faltará. Él tiene que renovar la faz de la tierra y quiere que lo ayudemos en
esta tarea.
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