XX DOMINGO ORDINARIO
(Isaías
56:1.6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)
El
evangelio que acabamos de escuchar es uno de los evangelios más fascinantes en
el leccionario. Presenta a Jesús atento
a las peticiones de las personas. Aún
más llamativa es cómo la canaanita muestra una mezcla de valentía y
humildad. Desgraciadamente muchos se
fijan en el comentario de Jesús acerca de los no judíos cuando escuchan la
historia. Al oír a Jesús referir a los
no judíos como “perritos”, tienen dudas de la bondad del Señor. Enderecémonos este concepto erróneo
primero. Entonces podremos ver con mayor
claridad el amor maravilloso del Señor Jesús para todos.
Los eruditos
nos dicen dos cosas acerca del comentario.
Primero, Jesús refiere a los no judíos con el diminutivo “perritos” que sugiere
afecto. Además, en el primer siglo los
judíos regularmente llamaron a los paganos “perros”. Puede compararse con los americanos llamando
a sus niños “cabritos” (es decir, “kids” en inglés). En todo caso la canaanita no toma el
comentario como una ofensa. Más bien, lo
ocupa para fortalecer su petición de Jesús.
Jesús ha
llegado a la comarca de Tiro y Sidón para descansar. Últimamente, su misión ha sido difícil. En su
mayoría, los judíos no aceptan su mensaje. Además, los fariseos y escribas lo
acosan constantemente. Jesús busca un respiro de la multitud que lo busca para
sanar. Entonces, la madre de la joven gentil poseída por un demonio lo
confronta.
Pero no es
solo para recuperar sus fuerzas que Jesús en el principio rechaza la petición
de la canaanita. Como les dice a sus
discípulos, fue enviado para traer de vuelta “a las ovejas descarriadas de la
casa de Israel". (Ahí vuelve a usar nombre de animal para referirse a los
hombres). Ésta no es cuestión
pequeña. Jesús no quiere que su misión
entre los judíos se confunda con la de sus discípulos a todas las naciones una
vez establecido el Reino de Dios. Esto sucederá cuando ascienda al cielo y el
Espíritu Santo sea enviado al mundo.
Sin
embargo, la fe de la mujer le mueve cambiar su mente. La canaanita lo llama “Señor” y se postra ante
él para reconocer su origen divino. Entonces
Jesús se da cuenta de que no importa tanto la etnia de la persona sino su
creencia. Él se muestra dispuesto a
concederle su deseo porque ella ha demostrado ser una firme creyente en la
misericordia de Dios. Por este cambio de plan, Jesús está iniciando la
predicación a las gentes anticipada por el profeta en la primera lectura y
realizada en el ministerio de San Pablo en la segunda.
Hay una
historia que puede ayudarnos entender la dinámica aquí. Durante la Segunda Guerra Mundial se mató un
soldado americano en la campiña francesa.
Los compañeros del muerto llevaron el cadáver a una iglesia donde
pidieron permiso para enterrarlo en el cementerio parroquial. El párroco les preguntó si era católico. Le respondieron que no, que era
protestante. El cura les informó que no él
podía permitirlo porque el cementerio era reservado solo para los muertos católicos. Entonces los soldados tristemente enterraron a
su amigo justo fuera del muro de piedra del cementerio.
Al próximo
día ellos regresaron para decir una última oración a la tumba de su amigo antes
de marcharse. Pero no podía
encontrarla. Buscaron bien sin la
suerte. Entonces volvieron a la rectoría
para preguntar al sacerdote si supiera que pasó con los restos de su
compañero. El cura les dijo que no podía
dormir esa noche por haber rechazado su petición. Entonces se levantó en el medio de la noche,
fue al cementerio, desmontó el muro de piedra y lo construyó de nuevo para
incluir la tumba del soldado muerto.
No estamos
diciendo que las reglas que insisten que solo católicos sean enterrados en cementerios
católicos son injustas. Mucho menos queremos
decir que los motivos iniciales de Jesús de no expulsar el demonio de la hija
de la canaanita fueron frívolos. Pero el
amor a veces nos urge a extendernos más allá que nuestros límites y las reglas funcionarias. El amor de Dios, el ágape, nos extiende a
personas poco conocidas y no conocidas, personas pecaminosas y personas dolientes. Esto es la voluntad de Dios Padre. Esto es nuestro legado de Jesús, el Señor.
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