El domingo, 16 de agosto de 2026

 

XX DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:1.6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

El evangelio que acabamos de escuchar es uno de los evangelios más fascinantes en el leccionario.  Presenta a Jesús atento a las peticiones de las personas.  Aún más llamativa es cómo la canaanita muestra una mezcla de valentía y humildad.  Desgraciadamente muchos se fijan en el comentario de Jesús acerca de los no judíos cuando escuchan la historia.  Al oír a Jesús referir a los no judíos como “perritos”, tienen dudas de la bondad del Señor.  Enderecémonos este concepto erróneo primero.  Entonces podremos ver con mayor claridad el amor maravilloso del Señor Jesús para todos.

Los eruditos nos dicen dos cosas acerca del comentario.  Primero, Jesús refiere a los no judíos con el diminutivo “perritos” que sugiere afecto.  Además, en el primer siglo los judíos regularmente llamaron a los paganos “perros”.  Puede compararse con los americanos llamando a sus niños “cabritos” (es decir, “kids” en inglés).  En todo caso la canaanita no toma el comentario como una ofensa.  Más bien, lo ocupa para fortalecer su petición de Jesús.

Jesús ha llegado a la comarca de Tiro y Sidón para descansar.  Últimamente, su misión ha sido difícil. En su mayoría, los judíos no aceptan su mensaje. Además, los fariseos y escribas lo acosan constantemente. Jesús busca un respiro de la multitud que lo busca para sanar. Entonces, la madre de la joven gentil poseída por un demonio lo confronta.

Pero no es solo para recuperar sus fuerzas que Jesús en el principio rechaza la petición de la canaanita.  Como les dice a sus discípulos, fue enviado para traer de vuelta “a las ovejas descarriadas de la casa de Israel". (Ahí vuelve a usar nombre de animal para referirse a los hombres).  Ésta no es cuestión pequeña.  Jesús no quiere que su misión entre los judíos se confunda con la de sus discípulos a todas las naciones una vez establecido el Reino de Dios. Esto sucederá cuando ascienda al cielo y el Espíritu Santo sea enviado al mundo.

Sin embargo, la fe de la mujer le mueve cambiar su mente.  La canaanita lo llama “Señor” y se postra ante él para reconocer su origen divino.  Entonces Jesús se da cuenta de que no importa tanto la etnia de la persona sino su creencia.  Él se muestra dispuesto a concederle su deseo porque ella ha demostrado ser una firme creyente en la misericordia de Dios. Por este cambio de plan, Jesús está iniciando la predicación a las gentes anticipada por el profeta en la primera lectura y realizada en el ministerio de San Pablo en la segunda.

Hay una historia que puede ayudarnos entender la dinámica aquí.  Durante la Segunda Guerra Mundial se mató un soldado americano en la campiña francesa.  Los compañeros del muerto llevaron el cadáver a una iglesia donde pidieron permiso para enterrarlo en el cementerio parroquial.  El párroco les preguntó si era católico.  Le respondieron que no, que era protestante.  El cura les informó que no él podía permitirlo porque el cementerio era reservado solo para los muertos católicos.  Entonces los soldados tristemente enterraron a su amigo justo fuera del muro de piedra del cementerio.

Al próximo día ellos regresaron para decir una última oración a la tumba de su amigo antes de marcharse.  Pero no podía encontrarla.  Buscaron bien sin la suerte.  Entonces volvieron a la rectoría para preguntar al sacerdote si supiera que pasó con los restos de su compañero.  El cura les dijo que no podía dormir esa noche por haber rechazado su petición.  Entonces se levantó en el medio de la noche, fue al cementerio, desmontó el muro de piedra y lo construyó de nuevo para incluir la tumba del soldado muerto.

No estamos diciendo que las reglas que insisten que solo católicos sean enterrados en cementerios católicos son injustas.  Mucho menos queremos decir que los motivos iniciales de Jesús de no expulsar el demonio de la hija de la canaanita fueron frívolos.  Pero el amor a veces nos urge a extendernos más allá que nuestros límites y las reglas funcionarias.  El amor de Dios, el ágape, nos extiende a personas poco conocidas y no conocidas, personas pecaminosas y personas dolientes.  Esto es la voluntad de Dios Padre.  Esto es nuestro legado de Jesús, el Señor.

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