VI
DOMINGO ORDINARIO
(Sirácides
15:16-21; I Corintios 2,6-10; Mateo 5:17-37)
La
sabiduría del mundo. ¿No es esto lo que nuestro tío Juanito mencionaba como
necesario para una vida buena? Nos esbozó algunos de sus principios: es bueno
ayudar al prójimo, pero es aún mejor ser visto ayudándolo. También, lo más
importante no es lo que sabes, sino a quién conoces.
En la
segunda lectura de hoy, de su Primera Carta a los Corintios, san Pablo también
discurre sobre la sabiduría del mundo. No la critica tanto cuanto afirma que no
vale lo mismo que la sabiduría divina. En verdad, en algunos aspectos la
sabiduría humana puede ayudarnos a transitar la vida con cierta facilidad. Por
ejemplo, propone que estudiemos cuando seamos jóvenes para no tener que
trabajar tan duro cuando seamos adultos. Nada radical en esto. Otro dicho de la sabiduría mundana,
ciertamente más controversial, es: ser amado es bueno, pero es mejor ser
temido. Los dictadores practican este trozo de sabiduría del mundo.
El problema
principal que tiene Pablo con la sabiduría del mundo es que no puede salvarnos
del pecado y de la muerte. Al contrario, según san Pablo, siguiendo solo los
consejos de los sabios del mundo vamos a terminar muertos para siempre. Por eso
exhorta a los corintios a que busquen la sabiduría de Dios. ¿Dónde se la
encuentra? Pablo dice que no está más lejos ni es más difícil de alcanzar que
entregarnos a Cristo crucificado.
En la
lectura del domingo pasado, Pablo mencionó cómo él mismo se entregó a la cruz
de Cristo cuando vino a predicar a Corinto. Dijo: “Cuando llegué a la ciudad de
ustedes para anunciarles el Evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia
del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles sino de
Jesucristo crucificado”. Pablo no habló de un guerrero indestructible ni de un
campeón atlético, lo cual puede ganar la lealtad de las masas. Más bien habló de un hombre que dio su vida
por los demás. De alguna manera, esta predicación ganó las mentes y los
corazones de muchos oyentes.
Predicar a
Jesucristo crucificado califica como sabiduría de Dios porque favorece a los
pobres y humildes, y no a los poderosos. Jesús murió a manos de los poderosos
para salvar a las multitudes del pecado y de la muerte. También es sabiduría
divina porque actúa misteriosamente: no atrae a la gente con una exhibición de
poder, sino con una historia de amor universal. Sin duda, Pablo predicó la
resurrección del Señor junto con su aparente derrota total en la cruz. Pero la
aceptación de esta historia fue obra del Espíritu Santo, no del encanto de la
promesa, pues los corintios eran gente de ciudad, poco tolerante con los
cuentos fantásticos del campo.
En el
evangelio, Jesús reta a sus discípulos a poner en práctica la sabiduría de
Dios. Dice que no basta con no matar, sino que tampoco deben enojarse con un
hermano. De esta manera, todo el mundo sabrá que son de Dios. Asimismo, no solo
no deben cometer adulterio, sino que tampoco deben “mirar con malos deseos a
una mujer”. Así la gente se dará cuenta de que está activa la gracia de Dios, y
no simplemente la disciplina humana. Finalmente, Jesús dice que sus discípulos
no deben jurar, sino que deben “decir sí cuando es sí, y no cuando es no”.
(Entendemos esta prohibición como una condena de juramentos innecesarios,
casuales o engañosos). Sus discípulos no están llamados a impresionar a la
gente con palabras extensas, sino a dar testimonio de la sencilla verdad.
En unos
días comenzaremos el tiempo de Cuaresma. Es una oportunidad para que
practiquemos la sabiduría de Dios. Que nuestros sacrificios y nuestra oración
no sean modos de impresionar a unos y a otros. Al contrario, que sean
testimonio de nuestro amor a Dios y al prójimo.
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