V DOMINGO DE CUARESMA
(Isaías 43:16-21; Filipenses 3:7-14; Juan
8:1-11)
Estamos acercándonos al final de la
Cuaresma. Podemos ver la luz al final
del túnel. La luz brilla con la
esperanza que seamos personas renovadas.
Nuestro gordo no es tan flojo como antes. Nuestra habla se ha limpiado. Hacemos obras
de misericordia con menos resistencia. Pero
todavía no es tiempo de dejar la lucha.
Tenemos que correr todo el curso entero como los maratonistas tienen que
cumplir los cuarenta y dos kilómetros.
Para aprovechar las lecturas de hoy, que
reflexionemos sobre un dicho ya famoso.
No es de la Biblia, ni Shakespeare, ni de los sabios de la
antigüedad. Es atribuido al dramaturgo
inglés católico Oscar Wilde, aunque no se encuentra exactamente en sus
escritos. No obstante, está lleno de la
sabiduría como si estuviera en los labios de Madre Teresa. El dicho es: “Todo santo tiene un pasado;
todo pecador tiene un futuro”. Eso es,
los santos no fueron nacido santos. Se
hicieron así por haber superado tentaciones como aquellos que nos enfrentan.
También los pecadores, una vez que reconocen sus ofensas, pueden reformarse
para hacerse santos.
San Pablo no siempre era apóstol de
Jesucristo. De hecho, se conoció como su
enemigo número uno. Andaba persiguiendo
a Cristo mediante encarcelar a los cristianos.
Entonces, encontró al Señor inesperadamente. Como dice la segunda lectura hoy, “Cristo me
ha conquistado”. No es que cambiara su
vida en el sentido que perdió los celos.
Pero dirigió los celos en el rumbo contrario. Cristo se hizo el único objetivo de su
vida. En lugar de castigar a los
cristianos, los creó por su predicación.
En lugar de odiar a Cristo, quería “compartir sus sufrimientos”.
La mujer que enfrenta a Jesús en el
evangelio cometió una falta grave. Aunque el adulterio no es el peor de los
pecados, sus efectos pueden causar desastre.
Puede destruir el matrimonio, y perjudicará la buena crianza de los
niños. Además, lleva a otras parejas a
la sospecha y la desconfianza. Pero esta
mujer no es el único pecador en el área del Templo ese día. El desafío de Jesús a los fariseos revela que
ellos también han pecado.
Jesús ofrece a la mujer oportunidad para
arrepentirse. Como dirá en el próximo
capítulo del Evangelio según San Juan, vino no para “juzgar” (eso es, para
condenar), sino para salvar. La mujer,
ya perdonada por Jesús, tiene un futuro abierto. Ahora puede escoger el sendero de la
santidad.
La primera lectura del Segundo Isaías
proclama el espíritu de la Pascua. Dios
realiza “algo nuevo”. Es como “un camino
en el mar” de la maldad que a menudo caracteriza el mundo. En lugar de darnos a los deseos impuros,
codiciosos, o agresivos, vivimos de manera diferente. Nuestra esperanza no es tener “pensamientos
alegres” como participar en fiestas y contar chistes. Más bien, es realizar los anhelos más
profundos de nuestro corazón. Estamos
esperando la vida que no conoce la desilusión ni, mucho menos, la muerte. Estamos hablando de la reunión con nuestros
seres queridos que han dejado la tierra.
Sobre todo, tenemos en mente el conocimiento de Cristo, nuestro maestro,
redentor, y amigo más verdadero.
Sí, la vida eterna parece imposible a
algunos, tal vez a veces a nosotros también.
Pero los apóstoles han atestiguado con sus vidas que esta meta es
realizable, aunque difícil obtener. Solo
con Cristo que nos ha justificado y nos provee al Espíritu Santo, es
factible. Solo con el poder de su
resurrección, nos transformaremos en los verdaderos hijos e hijas de Dios.