EL XXXI DOMINGO ORDINARIO
(Sabiduría 11:22-12:2; II Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10)
El libro Viendo la salvación muestra obras artísticas de Cristo en diferentes etapas de su vida. Tiene varias pinturas del niño Jesús en los brazos de María. Da un crucifijo español con la sangre goteando de sus heridas. Incluye la incomparable estatua de Miguel Ángelo con Jesús muerto postrado en el regazo de la Virgen. En el evangelio hoy encontramos al rico Zaqueo tratando a conseguir una vislumbre de la salvación que Jesús presenta.
Dice que Zaqueo tiene que subir un árbol para ver a Jesús porque es de baja estatura. A lo mejor Zaqueo sólo tiene un metro y medio de altura. Sin embargo, puede ser que “baja estatura” significa también que Zaqueo no es persona buena. Como publicano, sin duda Zaqueo ha aceptado sobornos y como jefe de publicanos es posible que haya estafado a los otros estafadores. Es decir que Zaqueo es pecador como cada uno de nosotros y aun peor que muchos.
Pero Zaqueo quiere ver al Señor. Se dice que cada persona tiene en su corazón el deseo de conocer a Dios. Hoy en día mucha gente no quiere emitir la palabra “Dios” y habla en su lugar con otros términos como una “experiencia transcendental”. De todos modos anhelamos ponernos en contacto con la fuente de existencia para asegurarnos que existe algo más que la continua lucha de esta vida. Y, una vez que lo conocemos, queremos aprovecharnos de Su poder para obtener la dicha.
No es necesario que subamos árboles o aun que hagamos peregrinajes para encontrar a Dios. Pues, Dios está buscando a nosotros precisamente para ayudarnos superar nuestras luchas. Nos busca a través de los sacramentos que nos fortalecen y a través de otros cristianos que nos consuelan. También Dios nos busca en nuestras conciencias que nos señala a bajar de nuestra altanería o salir de nuestro temor para tratar a todos con la simpatía. Por eso, en el pasaje evangélico hoy Jesús llama a Zaqueo que baje del árbol para admitirlo a su casa. Quiere enderezar el camino de este “hijo de Abrahán” que se ha extraviado.
Zaqueo no demora a acogerse a Jesús, y la experiencia da vueltas a su vida. De repente promete dar la mitad de sus bienes a los pobres y recompensar cuatro veces a todos que ha defraudado. Vemos esta inversión de vida en una drogadicta y prostituta después de escuchar al papa Juan Pablo II en Toronto hace diez años. Contó la joven que iba a tomar su vida cuando los muchachos de la parroquia cerca de su casa le invitaron a ver al papa en el Día Mundial de Juventud. Entonces, siguió ella, el papa le dijo que él le amaba y que Dios le ama aun más. Según ella, muchos viejos le habían dicho que le amaran pero este le habló con sinceridad y le convenció que la vida vale muchísima.
Somos salvados cuando vivimos en la luz de este encuentro con Jesús. Esforzándonos por la familia, por otras personas, y particularmente por los necesitados, nuestras conciencias nos dan la paz. Aunque nos cuesta soportar las dificultades – un hijo que no entiende porque tiene que acompañarnos a la misa, un anciano que visitamos regularmente muere, un carro que no hemos reemplazado porque hemos enviado dos mil dólares a las misiones, se quiebra – no nos acongojamos. Más bien, aceptamos estos ultrajes y más como lazos de solidaridad con el Señor Jesús. Siempre tenemos en cuenta que él nos ha regresado el favor invitándonos al banquete celestial por llevar nuestra cruz en pos de él.
En Wal-Mart unos niños están buscando disfraces para el Halloween. Prueban vestidos de piratas y princesas. Tal vez una llegará a nuestras casas vestida como drogadicta-prostituta. No importa, nos les acogemos a todos con cacahuates y chocolates para mostrarles la simpatía. En una manera algo semejante nos acogemos a Jesús que llega tocando la puerta de nuestras conciencias. Viene para enderezar nuestros caminos al banquete celestial. Sin duda, nos lo acogemos.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
El domingo, 24 de octubre de 2010
XXX DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO
(Eclesiástico 35:15-17.20-22; II Timoteo 4:6-8.16-18; Lucas 18:9-14)
La última escena de un cine tiene lugar a una graduación universitaria. La locutora estudiante habla del futuro. Dice que para hacerte exitoso en la vida tienes que confiar en ti mismo sobre todo. Parece que el fariseo en la parábola evangélico hoy sigue este consejo.
El fariseo no se para a hablar de sí mismo. Se proclama a sí como diferente de los demás. Según él, vive como un santo, ayunando más que la cuenta y no faltando a pagar el diezmo hasta el último centavito. Sí, es cierto que su oración incluye una referencia a Dios. Sin embargo, tanto como mantiene una postura erguida en el Templo, parece que él menciona al Altísimo principalmente para ganar el respeto de los demás. Como el guapo Gastón en “La bella y la bestia”, hay que concluir que este fariseo es orgulloso.
Hablamos del orgullo como ambos una virtud y un vicio. Nos sentimos orgullosos cuando el guiso que hemos preparado satisface a todos, o cuando sacamos un diez en un examen, o cuando la gente nos agradece por la homilía. No es malo este orgullo con tal de que reconozcamos que no hemos logrado el éxito sólo por nuestros esfuerzos. La verdad es que para todo lo bueno que realicemos tenemos la ayuda de otras personas y sobre todo de Dios. Después de una de las mejores actuaciones en la historia del fútbol americano hace cinco años, el atleta Vince Young no se jactó de sí mismo sino reconoció el papel de otras personas en su hazaña. Elogió tanto al equipo como a su familia por haberla hecho posible. En cambio, cuando la persona se pone a sí mismo como la causa primordial de lo bueno que logra, el orgullo no sólo se hace pecado sino también la fuente de otros delitos. Muchos políticos se han caído en el adulterio, como el gobernador de Carolina Sur el año pasado, pensando en sí mismo como “número uno”.
Podemos comparar a los publicanos del tiempo de Jesús con los inspectores de edificios de hoy en día. Para los dos oficios se dificulta no meterse en el pecado. A un lado las personas que están en violación de la ley quieren pagarles sobornos por dar espaldas a las infracciones. Al otro lado ellos pueden exigir más que la cuenta de propietarios cuyas cosas están en orden. Evidentemente el publicano de la parábola está culpable de uno o los dos tipos de corrupción. Sin embargo, se reconoce a sí mismo como pecador y le pide el perdón a Dios. La diferencia entre el publicano y el fariseo es que el primero se ve a sí mismo como inferior a Dios y en necesidad de su misericordia mientras el segundo se pone a sí mismo como parejo a Dios. Dice Jesús que el publicano regresa a casa justificado. ¿Significa esto que puede guardar los sobornos? No, es cierto. Para ser perdonado el publicano tiene que hacer recompensa por sus injusticias. En el evangelio del próximo domingo vamos a escuchar la historia de un publicano que hace precisamente esto.
Un ensayo sobre el sacramento de la Penitencia describe cómo era hace sesenta años. En la tarde de sábado se pudo ver en la calle muchos jóvenes caminando al templo para la confesión. Creían no tanto en sí mismos para hacer lo bueno como en la misericordia de Dios para perdonar sus faltas. Para ellos el “número uno” era el Señor Dios por haberlo hecho posible ambos el perdón de sus pecados y el compañerismo de sus amigos. La escena hoy en día ha cambiado. Desgraciadamente no acudimos tanto al sacramento de la Penitencia. Sin embargo, siempre ponemos a Dios y no a nosotros mismos como “número uno”. Entre nosotros Dios es siempre “número uno”.
(Eclesiástico 35:15-17.20-22; II Timoteo 4:6-8.16-18; Lucas 18:9-14)
La última escena de un cine tiene lugar a una graduación universitaria. La locutora estudiante habla del futuro. Dice que para hacerte exitoso en la vida tienes que confiar en ti mismo sobre todo. Parece que el fariseo en la parábola evangélico hoy sigue este consejo.
El fariseo no se para a hablar de sí mismo. Se proclama a sí como diferente de los demás. Según él, vive como un santo, ayunando más que la cuenta y no faltando a pagar el diezmo hasta el último centavito. Sí, es cierto que su oración incluye una referencia a Dios. Sin embargo, tanto como mantiene una postura erguida en el Templo, parece que él menciona al Altísimo principalmente para ganar el respeto de los demás. Como el guapo Gastón en “La bella y la bestia”, hay que concluir que este fariseo es orgulloso.
Hablamos del orgullo como ambos una virtud y un vicio. Nos sentimos orgullosos cuando el guiso que hemos preparado satisface a todos, o cuando sacamos un diez en un examen, o cuando la gente nos agradece por la homilía. No es malo este orgullo con tal de que reconozcamos que no hemos logrado el éxito sólo por nuestros esfuerzos. La verdad es que para todo lo bueno que realicemos tenemos la ayuda de otras personas y sobre todo de Dios. Después de una de las mejores actuaciones en la historia del fútbol americano hace cinco años, el atleta Vince Young no se jactó de sí mismo sino reconoció el papel de otras personas en su hazaña. Elogió tanto al equipo como a su familia por haberla hecho posible. En cambio, cuando la persona se pone a sí mismo como la causa primordial de lo bueno que logra, el orgullo no sólo se hace pecado sino también la fuente de otros delitos. Muchos políticos se han caído en el adulterio, como el gobernador de Carolina Sur el año pasado, pensando en sí mismo como “número uno”.
Podemos comparar a los publicanos del tiempo de Jesús con los inspectores de edificios de hoy en día. Para los dos oficios se dificulta no meterse en el pecado. A un lado las personas que están en violación de la ley quieren pagarles sobornos por dar espaldas a las infracciones. Al otro lado ellos pueden exigir más que la cuenta de propietarios cuyas cosas están en orden. Evidentemente el publicano de la parábola está culpable de uno o los dos tipos de corrupción. Sin embargo, se reconoce a sí mismo como pecador y le pide el perdón a Dios. La diferencia entre el publicano y el fariseo es que el primero se ve a sí mismo como inferior a Dios y en necesidad de su misericordia mientras el segundo se pone a sí mismo como parejo a Dios. Dice Jesús que el publicano regresa a casa justificado. ¿Significa esto que puede guardar los sobornos? No, es cierto. Para ser perdonado el publicano tiene que hacer recompensa por sus injusticias. En el evangelio del próximo domingo vamos a escuchar la historia de un publicano que hace precisamente esto.
Un ensayo sobre el sacramento de la Penitencia describe cómo era hace sesenta años. En la tarde de sábado se pudo ver en la calle muchos jóvenes caminando al templo para la confesión. Creían no tanto en sí mismos para hacer lo bueno como en la misericordia de Dios para perdonar sus faltas. Para ellos el “número uno” era el Señor Dios por haberlo hecho posible ambos el perdón de sus pecados y el compañerismo de sus amigos. La escena hoy en día ha cambiado. Desgraciadamente no acudimos tanto al sacramento de la Penitencia. Sin embargo, siempre ponemos a Dios y no a nosotros mismos como “número uno”. Entre nosotros Dios es siempre “número uno”.
El domingo, 17 de octubre de 2010
EL XXIX DOMINGO ORDINARIO
(Éxodo 17:8-13; II Timoteo3:14-4:2; Lucas 18:1-8)
No hay experiencia religiosa más básica y, a la misma vez, más misteriosa que la oración. Oramos todos los días. Nosotros católicos oramos a Dios en la misa renovando el sentido que formamos Su pueblo con gentes de todas partes. También, oramos en privado para fortalecer nuestra relación personal con Él. ¿Pero qué exactamente queremos lograr con la oración? ¿Podemos esperar que Dios cambie su disposición hacia nosotros? O ¿es nuestro propósito solamente transformar nuestra actitud de la autosuficiencia a la humildad ante el Señor del universo? En el Evangelio de hoy Jesús nos ayuda responder a estas preguntas.
Jesús nos enseña con una parábola que debemos orar continuamente. Cuenta de un juez que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. En otras palabras, hace lo que le dé la gana. Jesús no está comparando a Dios con este tunante. Más bien, está asegurándonos que si un malvado podría escuchar la petición de una persona que insiste, el justo Dios hará caso a una hija fiel.
Aunque el Señor no refiere a Dios como un juez severo, a veces nosotros lo imaginamos así. Eso es, nos dirigimos a Él sólo con oraciones formales, careciendo de sentimiento. Pensamos que a Él no le importamos. Nos miramos a nosotros en relación con Él como muchos niños ven a sus padres padrastros. Pero esto no es el Dios que Jesús nos revela. Al contrario, Jesús nos hace un retrato de Dios tan compasivo como un viejo a su hijo extraviado por años, y tan cuidadoso como una mujer preparando tortillas para la mesa familiar.
El personaje central de este evangelio es la viuda. Aunque sea vieja y arrugada, deberíamos emularla. Ella no acepta la opresión pasivamente sino lucha como un comando para sus derechos. Tampoco capitula ante un funcionario tan duro como mármol. Más bien, lo sigue fastidiando como un taladro con mecha de acero. Con tanta insistencia deberíamos rezar a Dios nunca dejándonos por vencidos sino siempre creyendo que el auxilio está ya en marcha. La oración no cambia el corazón de Dios como si Él pudiera hacer algo menos que amar a nosotros. Más bien, la oración incesante nos transformará en gente sensible a Su voluntad. Con este tipo de oración siempre podremos discernir su mano extendida para salvarnos, venga lo que venga. Por años de experiencia, sabemos que esta postura no es de la eterna optimista, siempre poniendo una cara buena en lo malo. No, hemos palpado Su afecto alcanzándonos por los sucesos de la vida.
Jesús termina su parábola con una pregunta extraña por los evangelios. Interroga si el Hijo del hombre va a encontrar la fe en la tierra cuando vuelva. Parece que Jesús tiene en cuenta precisamente nuestros tiempos cuando un número creciente de personas no acude a Dios para la salvación. En lugar de ir a la misa, buscan el cumplimiento de la vida en restaurantes finos. En lugar de ayudar a los pobres, ocupan su tiempo y su dinero escogiendo entre las modas en el centro comercial. Por eso, la pregunta de Jesús indica la mejor definición para la oración: la fe hablando. Cuando oramos, exponemos nuestra fe en Dios como nuestro Salvador. Él -- no nosotros mismos, ni cualquier otra persona y mucho menos una cosa creada – va a sacarnos de los apuros de esta vida para darnos la vida eterna. Dios va a darnos la vida eterna.
(Éxodo 17:8-13; II Timoteo3:14-4:2; Lucas 18:1-8)
No hay experiencia religiosa más básica y, a la misma vez, más misteriosa que la oración. Oramos todos los días. Nosotros católicos oramos a Dios en la misa renovando el sentido que formamos Su pueblo con gentes de todas partes. También, oramos en privado para fortalecer nuestra relación personal con Él. ¿Pero qué exactamente queremos lograr con la oración? ¿Podemos esperar que Dios cambie su disposición hacia nosotros? O ¿es nuestro propósito solamente transformar nuestra actitud de la autosuficiencia a la humildad ante el Señor del universo? En el Evangelio de hoy Jesús nos ayuda responder a estas preguntas.
Jesús nos enseña con una parábola que debemos orar continuamente. Cuenta de un juez que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. En otras palabras, hace lo que le dé la gana. Jesús no está comparando a Dios con este tunante. Más bien, está asegurándonos que si un malvado podría escuchar la petición de una persona que insiste, el justo Dios hará caso a una hija fiel.
Aunque el Señor no refiere a Dios como un juez severo, a veces nosotros lo imaginamos así. Eso es, nos dirigimos a Él sólo con oraciones formales, careciendo de sentimiento. Pensamos que a Él no le importamos. Nos miramos a nosotros en relación con Él como muchos niños ven a sus padres padrastros. Pero esto no es el Dios que Jesús nos revela. Al contrario, Jesús nos hace un retrato de Dios tan compasivo como un viejo a su hijo extraviado por años, y tan cuidadoso como una mujer preparando tortillas para la mesa familiar.
El personaje central de este evangelio es la viuda. Aunque sea vieja y arrugada, deberíamos emularla. Ella no acepta la opresión pasivamente sino lucha como un comando para sus derechos. Tampoco capitula ante un funcionario tan duro como mármol. Más bien, lo sigue fastidiando como un taladro con mecha de acero. Con tanta insistencia deberíamos rezar a Dios nunca dejándonos por vencidos sino siempre creyendo que el auxilio está ya en marcha. La oración no cambia el corazón de Dios como si Él pudiera hacer algo menos que amar a nosotros. Más bien, la oración incesante nos transformará en gente sensible a Su voluntad. Con este tipo de oración siempre podremos discernir su mano extendida para salvarnos, venga lo que venga. Por años de experiencia, sabemos que esta postura no es de la eterna optimista, siempre poniendo una cara buena en lo malo. No, hemos palpado Su afecto alcanzándonos por los sucesos de la vida.
Jesús termina su parábola con una pregunta extraña por los evangelios. Interroga si el Hijo del hombre va a encontrar la fe en la tierra cuando vuelva. Parece que Jesús tiene en cuenta precisamente nuestros tiempos cuando un número creciente de personas no acude a Dios para la salvación. En lugar de ir a la misa, buscan el cumplimiento de la vida en restaurantes finos. En lugar de ayudar a los pobres, ocupan su tiempo y su dinero escogiendo entre las modas en el centro comercial. Por eso, la pregunta de Jesús indica la mejor definición para la oración: la fe hablando. Cuando oramos, exponemos nuestra fe en Dios como nuestro Salvador. Él -- no nosotros mismos, ni cualquier otra persona y mucho menos una cosa creada – va a sacarnos de los apuros de esta vida para darnos la vida eterna. Dios va a darnos la vida eterna.
El domingo, 10 de octubre de 2010
EL XXVIII DOMINGO ORDINARIO
(II Reyes 5:14-17; II Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19)
¿Por qué se molesta Jesús con los nueve leprosos curados que no regresan a darle gracias en el evangelio hoy? ¿Él no puede entender que ellos sólo están tan extáticos con lo que les ha pasado que no piensan en cómo se hizo? Ya están aliviados de un peso gravísimo. Por años no podían sentarse a la mesa para compartir pan con sus familias. Por años tenían que colgar una campana de sus cuellos para advertir a la gente que se esclarezca de los caminos. Solamente quieren celebrar la nueva libertad. Parece que Jesús está personalmente ofendido que todos los diez no reconocen que él causó la sanación. ¿O hay otro motivo para su irritación más característica del Señor?
El cuarto prefacio común para la misa nos provee una respuesta a estos interrogantes. El prefacio es la oración a Dios hecha por el sacerdote antes de la consagración del pan y vino. Siempre proclama un aspecto de la creación o la redención lograda por Dios en Cristo. El cuarto prefacio común dice: “…no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación”. Eso es, nuestro agradecimiento no ayuda a Dios sino a nosotros mismos.
Jesús no está alterado porque se siente despreciado por los nueve que no le regresan. Más bien, siente apenado que no se aprovechan de la salvación extendida por Dios cuando le dan gracias. Jesús revela el don inestimable de Dios cuando le dice al leproso curado agradecido, “…Tu fe te ha salvado”. Todos los diez están curados de la lepra pero sólo este, un samaritano que no tiene la ventaja de conocer todas las tradiciones de judaísmo, recibe la salvación ese día por dar gracias al hijo del Altísimo. Le parece a Jesús como tragedia como, por ejemplo, sentimos nosotros cuando vemos a un muchacho bien criado caer bajo la influencia del hampa. Tan terrible sea la lepra, no se puede compararla con la nada de la condenación. El décimo leproso ha encontrado la vida eterna, el mayor beneficio de Dios, por darle culto. Los otros nueve ya tienen un camino menos áspero en la tierra, pero todavía andan lejos de Dios en el cielo.
(II Reyes 5:14-17; II Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19)
¿Por qué se molesta Jesús con los nueve leprosos curados que no regresan a darle gracias en el evangelio hoy? ¿Él no puede entender que ellos sólo están tan extáticos con lo que les ha pasado que no piensan en cómo se hizo? Ya están aliviados de un peso gravísimo. Por años no podían sentarse a la mesa para compartir pan con sus familias. Por años tenían que colgar una campana de sus cuellos para advertir a la gente que se esclarezca de los caminos. Solamente quieren celebrar la nueva libertad. Parece que Jesús está personalmente ofendido que todos los diez no reconocen que él causó la sanación. ¿O hay otro motivo para su irritación más característica del Señor?
El cuarto prefacio común para la misa nos provee una respuesta a estos interrogantes. El prefacio es la oración a Dios hecha por el sacerdote antes de la consagración del pan y vino. Siempre proclama un aspecto de la creación o la redención lograda por Dios en Cristo. El cuarto prefacio común dice: “…no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación”. Eso es, nuestro agradecimiento no ayuda a Dios sino a nosotros mismos.
Jesús no está alterado porque se siente despreciado por los nueve que no le regresan. Más bien, siente apenado que no se aprovechan de la salvación extendida por Dios cuando le dan gracias. Jesús revela el don inestimable de Dios cuando le dice al leproso curado agradecido, “…Tu fe te ha salvado”. Todos los diez están curados de la lepra pero sólo este, un samaritano que no tiene la ventaja de conocer todas las tradiciones de judaísmo, recibe la salvación ese día por dar gracias al hijo del Altísimo. Le parece a Jesús como tragedia como, por ejemplo, sentimos nosotros cuando vemos a un muchacho bien criado caer bajo la influencia del hampa. Tan terrible sea la lepra, no se puede compararla con la nada de la condenación. El décimo leproso ha encontrado la vida eterna, el mayor beneficio de Dios, por darle culto. Los otros nueve ya tienen un camino menos áspero en la tierra, pero todavía andan lejos de Dios en el cielo.
El domingo, 3 de octubre de 2010
XXVII DOMINGO ORDINARIO
(Habacuc 1:2-3.2:2-4; I Timoteo 1:6-8.13-14; Lucas 17:5-10)
Es el día domingo en la mañana. El timbre suena, y vamos a contestarlo. En el portal está una pareja bien vestida. Ella es guapa pero no maquilada. Él lleva corbata y traje aunque hace calor. Se presentan a sí mismos como el hermano Justo y la hermana Esperanza. Nos dice Justo que querrían hablar con nosotros unos pocos minutos. Con poca paciencia, les decimos “ok”. Sacando una pieza de literatura de su maletín, Justo nos pregunta si acudimos a alguna iglesia. Respondemos que somos católicos y contentos con nuestra religión. Entonces nos saludan y se van pidiendo que leamos su literatura.
Muchos de nosotros hemos tenido esta misma experiencia. Nos hace sentir incómodos y defensivos. Por eso, cuando se habla de la evangelización como nuestra misión por ser miembros de la Iglesia Católica, nos hacemos confusos. “¿No es ello lo que hacen los Testigos de Jehová?” preguntamos. “No necesariamente” es la respuesta correcta. Al pasar a puerta a puerta repartiendo literatura religiosa puede ser un tipo de la evangelización, pero no es cómo la hayan descrito los papas en los últimos treinta y cinco años. La “Nueva Evangelización” de la Iglesia Católica es más parecida al consejo de Pablo a su discípulo en la segunda lectura hoy.
Pide Pablo a nosotros tanto como a Timoteo que reavivemos el don de Dios que se nos ha impartido con la imposición de manos. Este don es el Espíritu Santo que nos viene inicialmente con el Bautismo y en plenitud con la Confirmación. Desgraciadamente las diferentes preocupaciones de la vida -- ¿nos quieren otras personas?, ¿ganamos bastante dinero?, ¿podremos salir para divertimos el sábado? – callan la voz del Espíritu. Sólo tenemos que seguirlo para tener la felicidad. Es cierto: deberíamos reavivar este don.
Sin embargo, que no pensemos que el don del Espíritu Santo sea únicamente para hacernos contentos. Más bien, se nos ha regalado también para que demos testimonio a Jesucristo. Como implica el evangelio, él nos hace posible que movamos el árbol frondoso para plantar hortalizas, eso es, para tener la libertad. Según la Nueva Evangelización hemos de extender la salvación que nos ganó Cristo a los sufridos y distanciados de la fe. También, como escribió el papa Pablo VI en 1975 y han repetido varias veces el papa Juan Pablo II y el papa Benedicto XVI, tenemos que evangelizar nuestra cultura por transformar sus valores en modos profundamente cristianos. Para llevar a cabo estas tareas nos hacen falta los tres dones particulares mencionados por Pablo.
En primer lugar el amor nos impulsa afuera de nuestras zonas de comodidad a los pobres. Un diácono habla de la experiencia de varias personas de su parroquia estadounidense en Honduras. Los afortunados encuentran en los campesinos la fe que empapa la vida con la esperanza. Entretanto los pobres se dan cuenta de su dignidad. Estas gentes están evangelizando a una y otra mutuamente.
Un soldado muestra la fortaleza cuando sigue adelante a pesar de balas zumbando en todos lados. Nosotros mostramos la fortaleza en la misión cuando no detenemos de hablar de lo bueno que nos hace el Señor. En las fiestas tanto como en los descansos del trabajo la gente suele a quejarse de las maldades que aguantan: los altibajos del clima, la estupidez de sus jefes, los trastornos de la salud. Se necesita la fortaleza para decirles, “Sí, pero gracias a Dios hemos sobrevivido la crisis y estamos más fuertes por la experiencia”. Tal vez nos miren con ojos rodeando cuando expresamos nuestra fe en el Altísimo, pero también van a desear nuestra confianza.
Un muchacho cuenta a su padre de lo que pasó en su escuela secundaria. Cuando se le cayó a una muchacha un libro, el muchacho se le acercó a recogerlo. Pero otro muchacho llegando primero pateó el libro por el pasillo. En una cultura evangelizada este tipo de brutalidad se detendría. A realizarla es el trabajo de generaciones de personas viviendo la moderación con el apoyo del Espíritu Santo. Esperemos que se modele la cultura evangelizada en nuestras escuelas católicas tanto como en todas nuestras casas.
Levantado sobre la ciudad de Río de Janeiro está plantada una estatua gigante de Jesucristo. Con brazos extendidos este Cristo parece bendecir toda la región. Es un signo, sin duda a veces traicionado, de una cultura evangelizada. Trasmite a todos ciudadanos el mensaje del amor de Dios. Entretanto, les modela la fortaleza y la moderación necesarias para seguir llevando la Nueva Evangelización a los demás.
(Habacuc 1:2-3.2:2-4; I Timoteo 1:6-8.13-14; Lucas 17:5-10)
Es el día domingo en la mañana. El timbre suena, y vamos a contestarlo. En el portal está una pareja bien vestida. Ella es guapa pero no maquilada. Él lleva corbata y traje aunque hace calor. Se presentan a sí mismos como el hermano Justo y la hermana Esperanza. Nos dice Justo que querrían hablar con nosotros unos pocos minutos. Con poca paciencia, les decimos “ok”. Sacando una pieza de literatura de su maletín, Justo nos pregunta si acudimos a alguna iglesia. Respondemos que somos católicos y contentos con nuestra religión. Entonces nos saludan y se van pidiendo que leamos su literatura.
Muchos de nosotros hemos tenido esta misma experiencia. Nos hace sentir incómodos y defensivos. Por eso, cuando se habla de la evangelización como nuestra misión por ser miembros de la Iglesia Católica, nos hacemos confusos. “¿No es ello lo que hacen los Testigos de Jehová?” preguntamos. “No necesariamente” es la respuesta correcta. Al pasar a puerta a puerta repartiendo literatura religiosa puede ser un tipo de la evangelización, pero no es cómo la hayan descrito los papas en los últimos treinta y cinco años. La “Nueva Evangelización” de la Iglesia Católica es más parecida al consejo de Pablo a su discípulo en la segunda lectura hoy.
Pide Pablo a nosotros tanto como a Timoteo que reavivemos el don de Dios que se nos ha impartido con la imposición de manos. Este don es el Espíritu Santo que nos viene inicialmente con el Bautismo y en plenitud con la Confirmación. Desgraciadamente las diferentes preocupaciones de la vida -- ¿nos quieren otras personas?, ¿ganamos bastante dinero?, ¿podremos salir para divertimos el sábado? – callan la voz del Espíritu. Sólo tenemos que seguirlo para tener la felicidad. Es cierto: deberíamos reavivar este don.
Sin embargo, que no pensemos que el don del Espíritu Santo sea únicamente para hacernos contentos. Más bien, se nos ha regalado también para que demos testimonio a Jesucristo. Como implica el evangelio, él nos hace posible que movamos el árbol frondoso para plantar hortalizas, eso es, para tener la libertad. Según la Nueva Evangelización hemos de extender la salvación que nos ganó Cristo a los sufridos y distanciados de la fe. También, como escribió el papa Pablo VI en 1975 y han repetido varias veces el papa Juan Pablo II y el papa Benedicto XVI, tenemos que evangelizar nuestra cultura por transformar sus valores en modos profundamente cristianos. Para llevar a cabo estas tareas nos hacen falta los tres dones particulares mencionados por Pablo.
En primer lugar el amor nos impulsa afuera de nuestras zonas de comodidad a los pobres. Un diácono habla de la experiencia de varias personas de su parroquia estadounidense en Honduras. Los afortunados encuentran en los campesinos la fe que empapa la vida con la esperanza. Entretanto los pobres se dan cuenta de su dignidad. Estas gentes están evangelizando a una y otra mutuamente.
Un soldado muestra la fortaleza cuando sigue adelante a pesar de balas zumbando en todos lados. Nosotros mostramos la fortaleza en la misión cuando no detenemos de hablar de lo bueno que nos hace el Señor. En las fiestas tanto como en los descansos del trabajo la gente suele a quejarse de las maldades que aguantan: los altibajos del clima, la estupidez de sus jefes, los trastornos de la salud. Se necesita la fortaleza para decirles, “Sí, pero gracias a Dios hemos sobrevivido la crisis y estamos más fuertes por la experiencia”. Tal vez nos miren con ojos rodeando cuando expresamos nuestra fe en el Altísimo, pero también van a desear nuestra confianza.
Un muchacho cuenta a su padre de lo que pasó en su escuela secundaria. Cuando se le cayó a una muchacha un libro, el muchacho se le acercó a recogerlo. Pero otro muchacho llegando primero pateó el libro por el pasillo. En una cultura evangelizada este tipo de brutalidad se detendría. A realizarla es el trabajo de generaciones de personas viviendo la moderación con el apoyo del Espíritu Santo. Esperemos que se modele la cultura evangelizada en nuestras escuelas católicas tanto como en todas nuestras casas.
Levantado sobre la ciudad de Río de Janeiro está plantada una estatua gigante de Jesucristo. Con brazos extendidos este Cristo parece bendecir toda la región. Es un signo, sin duda a veces traicionado, de una cultura evangelizada. Trasmite a todos ciudadanos el mensaje del amor de Dios. Entretanto, les modela la fortaleza y la moderación necesarias para seguir llevando la Nueva Evangelización a los demás.
El domingo, 26 de septiembre de 2010
EL XXVI DOMINGO ORDINARIO, 26 de septiembre de 2010
(Amós 6:1.4-7; I Timoteo 4:11-16; Lucas 16:19-31)
Miras el diseño y no ves nada. Aparece sólo como unas líneas y bloques. Entonces lo miras de nuevo. Esta vez percibes el nombre “Jesús”. En el evangelio hoy el rico no le da al pobre una segunda mirada. Si se lo haría, tal vez vea también a Jesús.
El rico no ve al pobre Lázaro en medio de él. O, si lo ve, no lo considera digno de comer el pan de su mesa o de tratarse con las vendejas de su botequín. Es como si el rico sólo pensara en el pavo en su mesa y el abrigo de cuero en su ropero. Es como si el pobre no tuviera ningún derecho de vivir. ¿Está alguien en medio de nosotros cuya presencia no vemos?
Sin duda el número de los desempleados ha crecido mucho durante estos dos años. Muchos de los despedidos tienen pocos recursos para pagar la casa, la luz, y el agua. Aun una bolsa de comida les ayudaría. Sin embargo, a veces no se ven muchos artículos de comida en la procesión de ofrecimientos durante la misa. Esperemos que las colectas de parte del ministerio parroquial de necesidades básicas sean más amplias.
Más difíciles ver pero todavía presentes entre nosotros son los bebés que están para abortarse. Por el descuido de sus padres y también por la carencia del ultraje de parte del pueblo la plaga del aborto sigue desgarrando la fábrica de sociedad. Sin embargo, la lucha no está derrotada. Con la ubiquidad del sonograma todos ya reconocen que el feto tiene la forma humana y responde a los estímulos. Varios expertos del derecho han comentado que la lógica usada para defender el aborto en las cortes ya está descreditada. Sólo falta un levantamiento entre la gente exigiendo con sus voces lo que saben en sus cerebros para poner fin a esta desgracia de desgracias.
Tampoco muy visibles, los ancianos enfermos a menudo quedan en asilos como tazas de café desechables. Aparte de algunos trabajadores simpáticos, raras veces viene alguien para guardar sus manos. Se teme ahora que estos indefensos puedan hacerse las víctimas de una ley permitiendo la eutanasia. Ciertamente no merecen la muerte sino la preocupación de sus familias y de toda la comunidad. Cuando les visitamos, no sólo afirmamos su dignidad sino comprobamos la nobleza de nuestro propio espíritu.
No es por falta de vista que no vemos a los indefensos en medio de nosotros. Más a menudo es porque siempre manejamos carros mientras los pobres andan a pie o viajan en buses. Por esta razón la Oficina de Paz y Justicia de una diócesis ofrecía a los fieles un tour único de su ciudad. En lugar de usar carros para llevar al grupo a las partes de la ciudad donde viven muchos pobres, la oficina alquiló un bus. La experiencia abrió los ojos de los “turistas”. Vieron la ciudad como jamás lo hicieron antes. Se dieron cuenta no sólo de las carencias de la gente sino también la nobleza de su espíritu.
(Amós 6:1.4-7; I Timoteo 4:11-16; Lucas 16:19-31)
Miras el diseño y no ves nada. Aparece sólo como unas líneas y bloques. Entonces lo miras de nuevo. Esta vez percibes el nombre “Jesús”. En el evangelio hoy el rico no le da al pobre una segunda mirada. Si se lo haría, tal vez vea también a Jesús.
El rico no ve al pobre Lázaro en medio de él. O, si lo ve, no lo considera digno de comer el pan de su mesa o de tratarse con las vendejas de su botequín. Es como si el rico sólo pensara en el pavo en su mesa y el abrigo de cuero en su ropero. Es como si el pobre no tuviera ningún derecho de vivir. ¿Está alguien en medio de nosotros cuya presencia no vemos?
Sin duda el número de los desempleados ha crecido mucho durante estos dos años. Muchos de los despedidos tienen pocos recursos para pagar la casa, la luz, y el agua. Aun una bolsa de comida les ayudaría. Sin embargo, a veces no se ven muchos artículos de comida en la procesión de ofrecimientos durante la misa. Esperemos que las colectas de parte del ministerio parroquial de necesidades básicas sean más amplias.
Más difíciles ver pero todavía presentes entre nosotros son los bebés que están para abortarse. Por el descuido de sus padres y también por la carencia del ultraje de parte del pueblo la plaga del aborto sigue desgarrando la fábrica de sociedad. Sin embargo, la lucha no está derrotada. Con la ubiquidad del sonograma todos ya reconocen que el feto tiene la forma humana y responde a los estímulos. Varios expertos del derecho han comentado que la lógica usada para defender el aborto en las cortes ya está descreditada. Sólo falta un levantamiento entre la gente exigiendo con sus voces lo que saben en sus cerebros para poner fin a esta desgracia de desgracias.
Tampoco muy visibles, los ancianos enfermos a menudo quedan en asilos como tazas de café desechables. Aparte de algunos trabajadores simpáticos, raras veces viene alguien para guardar sus manos. Se teme ahora que estos indefensos puedan hacerse las víctimas de una ley permitiendo la eutanasia. Ciertamente no merecen la muerte sino la preocupación de sus familias y de toda la comunidad. Cuando les visitamos, no sólo afirmamos su dignidad sino comprobamos la nobleza de nuestro propio espíritu.
No es por falta de vista que no vemos a los indefensos en medio de nosotros. Más a menudo es porque siempre manejamos carros mientras los pobres andan a pie o viajan en buses. Por esta razón la Oficina de Paz y Justicia de una diócesis ofrecía a los fieles un tour único de su ciudad. En lugar de usar carros para llevar al grupo a las partes de la ciudad donde viven muchos pobres, la oficina alquiló un bus. La experiencia abrió los ojos de los “turistas”. Vieron la ciudad como jamás lo hicieron antes. Se dieron cuenta no sólo de las carencias de la gente sino también la nobleza de su espíritu.
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Lucas 16:19-31
El domingo, 26 de septiembre de 2010
EL XXV DOMINGO ORDINARIO
(Amos 8:4-7; I Timothy 2:1-8; Lucas 16:1-13)
Una vez había un comercial de televisión mostrando a dos hombres conversando en un salón lleno de gente. El uno dice al otro, “El administrador de mi dinero es la compañía E.F. Hutton y él dice…” Entonces todo el mundo se inclina para escuchar el consejo del financiero E.F. Hutton. En el evangelio hoy Jesús imparte a sus discípulos su consejo financiero. Que nosotros también nos inclinemos un poco para escucharlo.
En primer lugar Jesús desprecia el dinero como “lleno de injusticias”. Está hablando en términos llamativos para desencantarnos del hechizo que a menudo el dinero echa sobre la gente. Ciertamente necesitamos dinero para vivir en el mundo actual. Sin ello todos nosotros nos volveríamos a ser o cazadores o agricultores primitivos. No obstante las barbaridades que algunos hacen para obtenerlo avergonzarían un pavo real. Los drogadictos roban y venden los muebles de la casa de sus padres; los agentes engañan a los pobres a vender miembros de su cuerpo; y los millonarios traicionan a sus compañeros para hacerse billonarios, para nombrar sólo unas pocas. Por decir “lleno de injusticias” Jesús nos advierte que tengamos cuidado con la plata. Puede mancharnos tan fácilmente como comer la salsa de tomate vestidos de blanco.
Sin embargo, Jesús reconoce que podemos aprovecharnos de dinero. Hay un dicho, “Dinero es como el abono: tienes que desparramarlo antes de que haga algo bueno.” Así Jesús recomienda que compartamos nuestro dinero con los pobres para que ello haga bien tanto a nosotros como a ellos. Por los indigentes nuestros donativos pueden poner frijoles en las mesas y libros en el escritorio de sus hijos. ¿Y cómo pueden nuestros aportes servir a nosotros? Pues, nos hacen en amigos de Dios. San Vicente de Paul una vez escribió: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio”.
Pensamos en el dinero como mío, tuyo, o de alguna otra persona. En una manera sí es, al menos en cuanto lo controlemos por el bien común. Pero en otra manera no es de nosotros. Así Jesús declara: “Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?” Finalmente, las riquezas, que incluyen el dinero, son de Dios para el uso de todos humanos. También interesante aquí es a lo que refiere Jesús como perteneciendo a nosotros. ¡Tiene que ser ningún otro que la vida eterna! Como plenas hijas e hijos de Dios por razón de ser unidos con Jesús en el Bautismo, la vida eterna es nuestra no para ganar sino para no perder. Según Jesús la mejor manera para evitar la pérdida es ser justo con todos, particularmente con los pobres.
Sobre todo Jesús advierte que el dinero tiene el poder para controlarnos. En lugar de aprovechárselo por la familia o la caridad, el dinero puede hacerse nuestro amo. Lo vemos en los casinos de la orilla del mar o en los salones de bingo en la mera ciudad. Allá tanto los ricos como los pobres gastan la plata para pagar la cuota para la educación de su hija o la renta de la casa, con la esperanza de ganar una fortuna. “¡Cuídate!” Jesús nos parece decir, que no acabes tan desilusionados como estos.
Cuando Warren Buffet habla, muchos se inclinan a escucharlo. Pues, el Señor Buffet es uno de los hombres más ricos en el mundo. Personas de todas partes vienen a la ciudad de Omaha donde vive él para aprender sus modos. Algunos de estos discípulos aun comen bistec en el restaurante preferido de Buffet evidentemente pensando que si comen la misma carne que come él, van a ganar la misma fortuna. Sería mejor que imiten su generosidad. Como Jesús recomienda en el evangelio, Buffet está dando su riqueza a las caridades. Así, el dinero estaría haciendo tanto a sus seguidores como a Buffet en amigos de Dios. Así, el dinero puede hacer aun a nosotros en amigos de Dios.
(Amos 8:4-7; I Timothy 2:1-8; Lucas 16:1-13)
Una vez había un comercial de televisión mostrando a dos hombres conversando en un salón lleno de gente. El uno dice al otro, “El administrador de mi dinero es la compañía E.F. Hutton y él dice…” Entonces todo el mundo se inclina para escuchar el consejo del financiero E.F. Hutton. En el evangelio hoy Jesús imparte a sus discípulos su consejo financiero. Que nosotros también nos inclinemos un poco para escucharlo.
En primer lugar Jesús desprecia el dinero como “lleno de injusticias”. Está hablando en términos llamativos para desencantarnos del hechizo que a menudo el dinero echa sobre la gente. Ciertamente necesitamos dinero para vivir en el mundo actual. Sin ello todos nosotros nos volveríamos a ser o cazadores o agricultores primitivos. No obstante las barbaridades que algunos hacen para obtenerlo avergonzarían un pavo real. Los drogadictos roban y venden los muebles de la casa de sus padres; los agentes engañan a los pobres a vender miembros de su cuerpo; y los millonarios traicionan a sus compañeros para hacerse billonarios, para nombrar sólo unas pocas. Por decir “lleno de injusticias” Jesús nos advierte que tengamos cuidado con la plata. Puede mancharnos tan fácilmente como comer la salsa de tomate vestidos de blanco.
Sin embargo, Jesús reconoce que podemos aprovecharnos de dinero. Hay un dicho, “Dinero es como el abono: tienes que desparramarlo antes de que haga algo bueno.” Así Jesús recomienda que compartamos nuestro dinero con los pobres para que ello haga bien tanto a nosotros como a ellos. Por los indigentes nuestros donativos pueden poner frijoles en las mesas y libros en el escritorio de sus hijos. ¿Y cómo pueden nuestros aportes servir a nosotros? Pues, nos hacen en amigos de Dios. San Vicente de Paul una vez escribió: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio”.
Pensamos en el dinero como mío, tuyo, o de alguna otra persona. En una manera sí es, al menos en cuanto lo controlemos por el bien común. Pero en otra manera no es de nosotros. Así Jesús declara: “Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?” Finalmente, las riquezas, que incluyen el dinero, son de Dios para el uso de todos humanos. También interesante aquí es a lo que refiere Jesús como perteneciendo a nosotros. ¡Tiene que ser ningún otro que la vida eterna! Como plenas hijas e hijos de Dios por razón de ser unidos con Jesús en el Bautismo, la vida eterna es nuestra no para ganar sino para no perder. Según Jesús la mejor manera para evitar la pérdida es ser justo con todos, particularmente con los pobres.
Sobre todo Jesús advierte que el dinero tiene el poder para controlarnos. En lugar de aprovechárselo por la familia o la caridad, el dinero puede hacerse nuestro amo. Lo vemos en los casinos de la orilla del mar o en los salones de bingo en la mera ciudad. Allá tanto los ricos como los pobres gastan la plata para pagar la cuota para la educación de su hija o la renta de la casa, con la esperanza de ganar una fortuna. “¡Cuídate!” Jesús nos parece decir, que no acabes tan desilusionados como estos.
Cuando Warren Buffet habla, muchos se inclinan a escucharlo. Pues, el Señor Buffet es uno de los hombres más ricos en el mundo. Personas de todas partes vienen a la ciudad de Omaha donde vive él para aprender sus modos. Algunos de estos discípulos aun comen bistec en el restaurante preferido de Buffet evidentemente pensando que si comen la misma carne que come él, van a ganar la misma fortuna. Sería mejor que imiten su generosidad. Como Jesús recomienda en el evangelio, Buffet está dando su riqueza a las caridades. Así, el dinero estaría haciendo tanto a sus seguidores como a Buffet en amigos de Dios. Así, el dinero puede hacer aun a nosotros en amigos de Dios.
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