El domingo, 28 de noviembre

 Primer Domingo de Adviento

(Jeremías 33:14-16; Tesalonicenses 3:12-4:2; Lucas 21:25-28.34-36)

Los habitantes de Nueva Inglaterra tienen una tradición de Adviento bella.  Durante este tiempo ponen una candela en cada ventana de su casa.  Se dice que los irlandeses trajeron esta costumbre de su patria.  Una vez los gobernantes ingleses prohibieron la misa en Irlanda.  Entonces los católicos ponían una candela en la ventana como señal al sacerdote errante.  Él podría entrar para celebrar en secreto la misa navideña.  Por eso, la candela encendida se ha hecho una señal de la esperanza.  Significa que la gente de la casa está esperando el regreso de un querido ser. 

Cuando hablamos de la esperanza, debemos tener en cuenta dos cuestiones. Primero, ¿qué se espera? Entonces, ¿en quién se espera? Siempre esperamos cosa que no tenemos.  Hace un año muchos nosotros esperábamos la vacuna.  En Cuba ahora mucha gente espera la libertad que sienten cerca.

En el caso de la vacuna, pusimos nuestra esperanza en los científicos junto con Dios.  Rezábamos que el Espíritu Santo inspirara a los quimistas y biólogos a inventar una vacuna efectiva.  Al comenzar el tiempo de Adviento, esperamos cosa casi inimaginable.  Esperamos ser rescatados de este mundo de pecado y muerte.  Ponemos esta esperanza en Jesús que nos promete en el evangelio que regresará para nosotros.

El evangelio hoy usa palabra distinta para el significado de su regreso.  Según ello, estamos esperando la “liberación”.  Aquellas personas que han sufrido por mantener la fe se sentirán la falta de la liberación.  Son los judíos en el tiempo de Jeremías el profeta, autor de la primera lectura.  Trasladados a Babilonia, los judíos esperaban que “vástago de David”, conquistara a sus captores.  Nosotros reconocemos a Jesucristo por este título.  Hay cristianos que les falta la libertad hoy en día esperando el "vástago de David".  En China y Pakistán los cristianos viven con burlas y críticas si no amenazas y golpes por ser fieles al Señor.  También los divorciados no dispuestos de casarse de nuevo para que puedan comulgar sienten reprimidos.  Esperan a Jesús para entregarlos de la soledad. 

Y nosotros ¿cómo es que nosotros esperamos la liberación”?  ¿Es solo porque algunos revuelvan los ojos cuando rezamos en la mesa antes de comer?  No, nuestra necesidad para ser liberados baja a un nivel más profundo que esto.  Cuando nos envejecemos, queremos reunirnos con queridos difuntos.  Se dice que la reina Victoria de Inglaterra vivía en luto por cuarenta años después de la muerte de su esposo Alberto. Aún los jóvenes a menudo viven con condiciones de que quieren ser liberados.  Por ejemplo, las tazas de la depresión y el suicidio entre los adolescentes están creciendo.  Todos nosotros que hagamos esfuerzos a vivir con corazón limpio esperamos la libertad.  Queremos ser entregados del libertinaje que nos rodea.

La esperanza para la liberación no elimina la necesidad para mejorar la sociedad.  Al contrario, en preparación para Cristo deberíamos redoblar nuestros esfuerzos para crear una sociedad justa.  Por eso, San Pablo en la segunda lectura urge que rebosemos con el amor hacia todos. Lo hacemos en la casa con la atención cercana a nuestros niños.  Lo hacemos en el trabajo por rendir el trabajo de un día por un sueldo de un día.  También deberíamos intentar dirigir a nuestros asociados que andan descarriados al camino justo.  Lo hacemos en la comunidad con diferentes tipos de aporte.  Se puede ayudar en la dispensa de comidas o llevar a un anciano a hacer compras. 

De las tres virtudes teologales la esperanza parece la menos apreciada.  La fe es básica, el fundamento de la vida espiritual.  San Pablo dice que el amor es la más grande. ¿Quién quiere disputarlo?  Pero que no contemos por nada la esperanza.  En tiempos surge como un pájaro.  Nos canta que seremos liberados de condiciones represivas.  Nos indica que Dios nos proveerá. 

 

Para la reflexión: ¿De qué necesitas la liberación?  ¿En quién pones la esperanza para esta liberación?

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