El domingo, 19 de diciembre de 2021

 

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Miqueas 5:1-4; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45)

Pronto comenzarán a hacerlo.  En los finales de diciembre los medios siempre reportan los eventos más impactantes del año.  Van a dar el primer lugar al disturbio en la capital estadounidense en enero.  Deberían mencionar que el número de muertes atribuido a la pandemia en 2021 sobrepasó aquel en 2020.  Posiblemente incluirán en el reporte al deportista, Caeleb Dressel, quien ganó cinco medallas doradas en las olimpiadas.  Si fuéramos a nombrar los sucesos más impactantes de toda la historia, ¿cuál sería lo primero?

Al menos para a los pueblos del occidente tiene que ser la vida de Jesucristo.  Jesús ha sido la estrella por la cual muchísima gente ha navegado sus vidas por dos milenios.  En el evangelio hoy San Lucas nos da una parte de la historia del nacimiento de Jesús.  Como buen narrador, San Lucas revela su historia gradualmente.  Explica paso a paso los eventos conduciéndonos a Belén.  Empieza con la anunciación a Zacarías del nacimiento de su hijo a pesar de que él y su esposa Isabel son ancianos.  Entonces cuenta de la anunciación a María que dará a luz a Jesús a pesar de que ella es virgen.  Entonces trata del episodio que leemos hoy: la visita de María a Isabel.  Se destaca este incidente por el salto que hace Juan ante Jesús mientras los dos ocupan el vientre de sus madres.  Juan está reconociendo a Jesús como más grande que él.   Pues Juan predicará el arrepentimiento, mientras Jesús se hará la fuente del perdón.

En la primera lectura Miqueas profetiza el lugar y el resultado del nacimiento de Jesucristo.  Dice que el Mesías nacerá en Belén.  Sigue que su liderazgo conducirá a su pueblo a la paz.  Por decir “la paz” aquí no se entiende sólo la ausencia de la guerra.  No, la paz es un sentido de bienestar ambos interior y exterior.  La segunda lectura de la Carta a los Hebreos indica de que la paz consiste y cómo Jesús lo consigue.  La paz es la quita de pecados de modo que la persona no se preocupe de su último destino.  Jesús le ganó la vida eterna por el sacrificio de sí mismo en la cruz.  Porque Jesús nunca había cometido pecado, no tuvo que ofrecer sacrificio por culpas propias.  El beneficio de su sacrificio fue trasferido a sus hermanos en la fe, los cuales abarcan a nosotros.  Somos liberados de toda culpa cuando nos unamos con él en el Bautismo o la Penitencia.

Sí, nos cuesta pedir perdón de nuestros pecados.  Sin embargo, hay ejemplos dorados a través de la historia. En una historia reciente una mujer se convirtió de ser abortista a ser líder en el movimiento provida.  La señora Abby Johnson había tenido dos abortos cuando se encargó una clínica de aborto.  Entonces un día mientras estaba viendo un aborto con el ultrasonido, ella experimentó revulsión.  En poco tiempo dejó el cargo en la clínica para unirse con la gente luchando contra esta abominación.  Dice la señora Johnson que reza frecuentemente el Salmo 30.  Este salmo cuenta de ser liberado de las fauces de la muerte.  Añade ella: “…es un ejemplo poderoso de la que Cristo me ha hecho por mí.  Cuando sentía que no me quedaba ninguna esperanza, él estaba esperándome, esperando para darme gozo”.

A lo mejor no hemos pecado como Abby Johnson.  Sin embrago, es cierto que todos nosotros somos pecadores.  Todos nosotros hemos puesto nuestra voluntad antes de la voluntad de Dios.  Cristo nos ha salvado de este pecado de orgullo y de todos demás.  Sólo tenemos que recorrer a él para reconocer nuestras faltas y pedir su perdón.  No sea fácil, pero vale la pena.  Una vez que lo hagamos, vamos a experimentar la verdadera paz navideña.


Para reflexión: ¿Por qué tengo dificultad reconocer y pedir perdón de mis pecados?  ¿Cómo puedo superar este desafío?


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