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El domingo, 21 de abril de 2024

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

Como siempre las lecturas de la misa hoy son interesantes.  Digo “siempre” porque son la “palabra de Dios” que nos instruye, conforta, y reta.  Las tres lecturas ahora tienen que ver con nombres.  En la lectura de los Hechos de los Apóstoles Pedro dice que el enfermo se curó “en el nombre de Jesús de Nazaret”.  El evangelio reporta que Jesús le da a sí mismo el nombre del “Buen Pastor”.  Y la segunda lectura el presbítero Juan llama a sí mismo y la comunidad que tiende “hijos de Dios”.  Vale investigar la relevancia de estos nombres a nuestras vidas hoy en día.

En la Biblia se supone que un nombre revela la esencia de la persona. Abraham, recordamos de una lectura hace algunos domingos, quiere decir “padre de muchas naciones”.  Eventualmente por Jesucristo Abraham se ha hecho el patriarca espiritual de gentes en todas partes del mundo.  Es apto que el nombre del Hijo de Dios es “Jesús”, derivado de “Josué” que significa “salvador”.  Jesús salva al mundo de sus pecados.

Sin embargo, los discípulos reconocen en Jesús más que un salvador.  Ellos tratan el nombre “Jesús” con el respeto que los judíos reservan para Dios.  Recordamos cómo Dios reveló su nombre a Moisés en el arbusto ardiente como “Yo soy quien soy”. Según los teólogos medievales, este nombre indica que Dios es fuente de todo ser.  Por dos mil años los rabinos han dicho que este nombre es tan sagrado que no se deba hablarlo con la voz.  Por eso, los judíos siempre sustituyen el nombre bíblico para Dios con algo más cotidiano como “el Señor”. 

En su Carta a los Filipenses San Pablo dice que “al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos” (Fil 2,10).  Esta frase indica que desde solo unos pocos años después de la crucifixión, los cristianos lo consideraron de la misma estatura de Dios.  El hecho de que los primeros cristianos bautizaron “en el nombre de Jesús” también indica su transcendente importancia.

Llamando al nombre de Jesús, los apóstoles hicieron proezas como curar al paralitico en la lectura hoy.  También se ha observado que la única vez en todo el NT que se usa el nombre “Jesús” sin ningún otro apelativo ocurre en la crucifixión según San Lucas.  Todos recordamos como el llamado “buen ladrón” dice al Señor: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”.  Y recibe la respuesta tal vez más tranquilizadora en la entera historia humana: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

En el evangelio Jesús se pone a sí mismo otro nombre, el “Buen Pastor”.  Este nombre sugiere que Jesús daría su vida para salvar a su pueblo de los merodeadores.  Por supuesto, hizo exactamente esto.

En la segunda lectura, el presbítero Juan propone un nombre para sus lectores.  Dice: “Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios…”  Deberíamos considerar a nosotros partes de esta familia.  Somos hechos “hijos de Dios” por ser bautizados en el nombre del Padre, Hijo, y Espíritu.  Como los otros hijos de Dios, estamos destinados a ser semejantes a nuestro hermano mayor, Jesús.  Y como él, no deberíamos tener ningún reacio pedirle ayuda a Dios: Padre, Hijo, o Espíritu Santo. 

Tal vez tengamos dificultad creer durante este tiempo de la autoafirmación.  Las preocupaciones con el yo a menudo ciegan a uno al Dios.  Tenemos que llamar a Dios para ayudarnos ver más allá que el destello de oro y la fantasía de autoimportancia.  También es posible que estemos agobiados con preocupaciones de enfermedad o falta de recursos.  Asimismo, tenemos que llamar a Dios por nombre.  Sea “Padre”, “Jesús”, o “Espíritu Santo” Dios siempre es listo de atender nuestras súplicas.

El domingo, 25 de abril de 2021

 EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

No sé si ustedes hayan oído de una “misión suicida”.  Es tarea tan peligrosa que las personas involucradas no se esperen a sobrevivirla.  Una patrulla cargada con penetrar muy dentro del territorio enemigo para explotar un depósito de municiones podría ser una “misión suicida”.  También se puede pensar en la misión de Jesús en el mundo como una “misión suicida”.

Pero primero tenemos que aclarar una cosa.  Una “misión suicida” no es suicidio porque los involucrados no tienen ninguna intención de tomar sus propias vidas.  Si resulta en la muerte de los involucrados, no era su intención de morir.  Más bien, la muerte sería un mal que no podrían evitar en la búsqueda de un bien importante.  El evangelista Juan retrata a Jesús como un voluntario partiendo en una “misión suicida”.  En el pasaje hoy Jesús declara su misión: él es “’el buen pastor (que) da la vida por sus ovejas’”.

Se puede ver a Jesús llevando a cabo su “misión suicida” durante la pasión.  Cuando llegan Judas con los soldados al huerto, Jesús no se esconde. Más bien, acoge a sus captores como un anfitrión a sus huéspedes.  Dice el evangelio: “Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó…” Porque ha venido la hora de su sacrificio supremo, no se la trata de esquivar.  Dijo en la cena con sus discípulos: “’¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora?” ¡Sí, para eso he llegado a esta hora!’”  Para recalcar que Jesús se sacrifica a sí mismo por el bien de todos, Juan retrata a Jesús cargando su propia cruz.  En el evangelio según San Juan no hay ninguna mención del cirineo ayudando a Jesús.

Como hermanos y hermanas de Jesús, tenemos que emprender nuestra propia “misión suicida”.  Esto no es a decir una tarea que costará nuestra vida.  Solo implicará nuestro servicio.  Tenemos que disponer nuestros talentos para el bien del Reino de Dios. Se necesitan algunos para los ministerios del altar.   Curiosamente, a veces hay pocos entre los asistentes en la misa dispuestos a leer la Palabra de Dios o actuar como ministros extraordinarios de la Santa Comunión.  Hay aún menos los voluntarios para llevar la Santa Hostia a los ancianos en asilos o a visitar a los prisioneros en las cárceles.  ¿Por qué?  Porque la gente considera a aquellos servicios como no necesarios para complacer a Dios.  Pero la segunda lectura responde a este tipo de pensar.  Dice: “Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él (Jesús)”. Eso es, como el sacrificio de Jesús de sí mismo agradó a Dios Padre, así nuestro servicio lo agrada.

Como se dice del hombre cojo en la primera lectura, también es cierto de nosotros.  Somos curados en el nombre de Jesús.  Si damos de comer a los hambrientos e instruimos a los indoctrinados como Jesús ha enseñado, tendremos la vida plena en su nombre.  Podemos contar con esto tanto aún más que una comida plena en la cocina de nuestra madre.

En una diócesis el obispo organizó un fundo para apoyar nueve escuelas católicas en las partes más pobres de la ciudad.  Algunos criticaban al obispo.  Le preguntaban: “¿Por qué queremos a educar a los no católicos?”  El obispo respondió, “Los educamos no porque ellos son católicos sino porque nosotros somos católicos”.  Sí, ser católico implica servir a los demás.  No se puede ser católico bueno si no quiere servir.

El domingo, 22 de abril de 2018


EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

Hace dos semanas se publicó un escrito nuevo del papa Francisco.  Tiene que ver con la santidad.  ¿Qué es esto: no nos importa la santidad?  Si esto fuera la verdad, habríamos perdido la esperanza de la vida eterna.  Pero porque todos tenemos la inquietud sobre la vida después de la muerte del cuerpo, vale la pena hacer caso de lo que el papa ha escrito.  Está actuando como vicario de Jesucristo, el Buen Pastor del evangelio de hoy.

Dice el evangelio que Jesús es el Buen Pastor porque da su vida por sus ovejas.  Logramos la santidad cuando nos unamos con él en su vida, muerte y resurrección.  Pero la condición caída humana nos inclina al sentido contrario.  Por la mayor parte deseamos el placer, el poder, y el prestigio más que la santidad.  Por eso, nos hace falta redoblar los esfuerzos para conformarnos con Jesús.  El papa describe varios aspectos de la imitación de Cristo, pero vamos a recalcar aquí sólo tres: la humildad, la comunidad, y la cercanía a los pobres.

Particularmente hoy en día a la gente le gusta jactarse de su autonomía.  Como se ha cantado muchísimo, "logré vivir a mi manera”.  Pero Jesús siempre hizo lo que quería su Padre Dios.  Se humilló a sí mismo por hacerse humano y más aún por ser crucificado.  Como dice Pedro en la prima lectura hoy, Jesús era “la piedra desechada”.  La humildad nos recuerda que no somos el único alrededor de lo cual revuelve el mundo; Dios es.  Por eso, Santa Teresa de Lisieux escribió que no quería comparecer ante Dios enseñándole sus propias obras.  Más bien, cuando viniera su tiempo, ella quería contar con la justicia de Él.  Para asegurar la humildad el papa recomienda que recordemos cómo nuestras vidas son regalos. Entonces las llevamos a la perfección cuando las regalemos en torno por los demás. 

Por la gran mayor parte aprendemos la humildad en la comunidad.  Sea en forma de la familia, la escuela, o la parroquia, necesitamos la comunidad para crecer en la virtud y evitar el vicio.  Pero casi siempre nuestra tendencia es para rebelarnos contra los demás.  Deseamos ser independientes, lejos de aquellos que pueden enseñarnos cómo vivir en este mundo con el corazón apegados a Dios.  El papa Francisco dice que “la comunidad que preserva los pequeños detalles del amor…es lugar de la presencia del Resucitado (Jesús)”.   Está pensando en el hombre que cada domingo se levanta temprano para hacer el desayuno por la familia antes de la misa.  Tiene en cuenta la mujer que cada día a las seis de la tarde llama a su suegra en otra ciudad.

En el evangelio Jesús habla de “otras ovejas que no son de este redil”.  Dice que tiene que cuidar a ellas también.  Se piensa con razón que está refiriéndose a las diferentes comunidades cristianas en el primer siglo.  Sin embargo, podemos imaginarlo tomando en cuenta con la frase a los pobres.  Muchas veces ellos no nos acompañan a la misa.  Pues son enfermos o no bien educados.  Sin embargo, como el papa dice, Jesús se identifica con ellos.  Nunca debemos considerar a un sufriente como problema o como estorbo en el camino.  Más bien deberíamos pensar en él o ella como Cristo que nos ayudará crecer en la santidad.

En la segunda lectura San Juan llama a los miembros de la comunidad de Cristo “hijos de Dios”.  No somos Sus hijos porque somos apegados a los modos del mundo.  Al contrario, constituimos la familia de Dios porque hemos emprendido el camino de la santidad.  Que no lo dejemos nunca.  Que siempre sigamos el camino de la santidad.