XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
(Lucas 16,19-31)
Para entender cualquiera parábola de Jesús, tenemos que notar a quien se la dirige. Las parábolas a los discípulos tienen un diferente matiz que aquellas a los fariseos. Es como si estuviéramos a decir a un amigo, “Tienes que comer los frijoles,” a lo mejor a él le van a gustar. Sin embargo si dijéramos las mismas palabras a una hija, probablemente estaríamos haciendo un mandato porque a la niña no le gustan frijoles. En la parábola del evangelio hoy Jesús les sirve a los fariseos frijoles que no les van a gustar.
Los fariseos en el Evangelio según San Lucas son no solamente expertos en la Ley sino también “amigos de dinero.” De hecho, según Lucas, ellos explotan la Ley para acaparar el dinero. El libro Deuteronomio promete que las personas que siguen la Ley serán benditas aquí en la tierra y las personas que la descuidan serán malditas. La lógica de los fariseos es así: si ellos son benditos con plata y oro, es porque han practicado la Ley. Pero los pobres son como son porque han descuidado la Ley. Por eso, ellos no tienen que ayudar a los pobres porque sería apoyar el descuido de la Ley.
Sin embargo, con esta lógica los fariseos están distorsionando la Ley. Deben saber que la Ley manda el socorrer a los pobres. A veces encontramos este tipo de mentira entre católicos. Había un sacerdote viejo, amargo, y lastimosamente crudo. Él solía decir que no vale la pena dar de comer a los hambrientos porque cuanto más se les de, más vivirán; cuanto más vivan, más procrearán; y cuanto más procreen, más pedirán comida. “No, Padre, no es así. Con todo respeto, Jesús nos dice, `…cuando lo hicieron con algunos de los más pequeños de mis hermanos, me lo hicieron a mí.’”
Algunos radicales dirán que la parábola significa un reverso completo a la muerte. Piensan que como el rico en la parábola sufre las llamas del infierno a su muerte y el pobre se goza en el seno de Abraham a la suya, todos los ricos van a ser condenados y todos los pobres van a ser exaltados. Pero esto no es la intención de Jesús. El rico está atormentado en la muerte por haber desatender la responsabilidad al hambriento en su puerta. ¿Será así con nosotros? En muchas partes las dispensas parroquiales están repletas con comidas porque nadie las lleva a los pobres. ¿Puede ser que nosotros desatendamos a los pobres en nuestro medio?
Abraham no concede la petición del rico a mandar a Lázaro para advertir a sus hermanos. Nos parece algo severo ¿no? Pues, pensamos que los vivos escucharán a un resucitado. Sin embargo, Abraham sabe mejor. Ellos malentienden la Ley y los profetas que manda el compartir sus tacos con los hambrientos. Asimismo, no creerán tampoco en el resucitado de quien la misma Ley y los profetas hablan. Que no sea así con nosotros. Que compartamos felizmente con los necesitados porque creemos agradecidamente en Jesús resucitado.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el domingo, 23 de septiembre de 2007
XXV Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 16)
El maestro hablaba de los derechos humanos. Dijo que los derechos son los bienes básicos para vivir con la dignidad. Entonces, preguntó a la clase, “¿Quién puede nombrar un derecho humano?” Un muchacho, siempre listo para hablar, alzó la mano. “Sí, Carlos,” dijo el maestro, y el niño respondió, “Dinero.” El maestro quedó sorprendido por un segundo. Entonces comentó, “No, dinero no es un derecho humano porque no podemos comer monedas ni podemos construir una casa con billetes.” Sin embargo, en un sentido tuvo razón el muchacho. El dinero facilita el asegurar los derechos humanos como el agua facilita la limpieza.
El dinero siempre ha sido una espada con dos filos. Sí, nos ayuda obtener tortillas y transporte. Pero puede ser el anzuelo que nos atrapa en pecado. Como San Pablo amonesta a Timoteo, “La raíz de todos los males es el amor al dinero” (I Timoteo 6,10). Para obtener dinero los hombres y mujeres harían cosas raras. Tal vez estuviera en tu primaria un muchacho que tragó un pececito por una moneda.
En el evangelio Jesús aconseja que seamos prudentes con el dinero. Deberíamos usarlo por el bien de todos y no sólo para satisfacer nuestros antojos. Hay un dicho, “Dinero es como el abono: hay que desparramarlo antes de que haga algo bueno.” Jesús estaría de acuerdo. Cuando desparramos una parte de nuestra plata hacia los pobres – diría Jesús -- ganamos un premio en el Reino de Dios.
La parábola que ocupa Jesús para entregar su mensaje ha apenado a los piadosos a través de los siglos. Aparentemente indica que Jesús está aprobando el fraude desde que ella muestra el amo elogiando al administrador injusto. Pero no es así más que admiraríamos a un pícaro por habernos tomado la cartera del bolsillo sin que sintiéramos nada. Solamente el amo queda impresionado por la habilidad del administrador de proveer para el futuro con pocos recursos.
La clave del evangelio es el dicho que seamos fieles en pequeñas cosas. A lo mejor no nos va a tocar la lotería para construir un nuevo templo, para patrocinar un asilo a los desamparados, o para resolver el problema de la malaria en el África. Sin embargo, muy probablemente tendremos un sueldo para apoyar la parroquia, para contribuir una dispensa al banco de comida, y para aportar las misiones. Con pasitos así la mayoría de nosotros ganamos el premio en el Reino de Dios.
(Lucas 16)
El maestro hablaba de los derechos humanos. Dijo que los derechos son los bienes básicos para vivir con la dignidad. Entonces, preguntó a la clase, “¿Quién puede nombrar un derecho humano?” Un muchacho, siempre listo para hablar, alzó la mano. “Sí, Carlos,” dijo el maestro, y el niño respondió, “Dinero.” El maestro quedó sorprendido por un segundo. Entonces comentó, “No, dinero no es un derecho humano porque no podemos comer monedas ni podemos construir una casa con billetes.” Sin embargo, en un sentido tuvo razón el muchacho. El dinero facilita el asegurar los derechos humanos como el agua facilita la limpieza.
El dinero siempre ha sido una espada con dos filos. Sí, nos ayuda obtener tortillas y transporte. Pero puede ser el anzuelo que nos atrapa en pecado. Como San Pablo amonesta a Timoteo, “La raíz de todos los males es el amor al dinero” (I Timoteo 6,10). Para obtener dinero los hombres y mujeres harían cosas raras. Tal vez estuviera en tu primaria un muchacho que tragó un pececito por una moneda.
En el evangelio Jesús aconseja que seamos prudentes con el dinero. Deberíamos usarlo por el bien de todos y no sólo para satisfacer nuestros antojos. Hay un dicho, “Dinero es como el abono: hay que desparramarlo antes de que haga algo bueno.” Jesús estaría de acuerdo. Cuando desparramos una parte de nuestra plata hacia los pobres – diría Jesús -- ganamos un premio en el Reino de Dios.
La parábola que ocupa Jesús para entregar su mensaje ha apenado a los piadosos a través de los siglos. Aparentemente indica que Jesús está aprobando el fraude desde que ella muestra el amo elogiando al administrador injusto. Pero no es así más que admiraríamos a un pícaro por habernos tomado la cartera del bolsillo sin que sintiéramos nada. Solamente el amo queda impresionado por la habilidad del administrador de proveer para el futuro con pocos recursos.
La clave del evangelio es el dicho que seamos fieles en pequeñas cosas. A lo mejor no nos va a tocar la lotería para construir un nuevo templo, para patrocinar un asilo a los desamparados, o para resolver el problema de la malaria en el África. Sin embargo, muy probablemente tendremos un sueldo para apoyar la parroquia, para contribuir una dispensa al banco de comida, y para aportar las misiones. Con pasitos así la mayoría de nosotros ganamos el premio en el Reino de Dios.
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Homilía para el domingo, 16 de septiembre de 2007
Domingo, XXIV Semana del Tiempo Ordinario
(Lucas 15)
La llamamos “la parábola del hijo pródigo.” Sería más correcto decir, “la parábola del hombre con dos hijos.” Pues cuenta de un padre maravilloso con dos hijos que se comportan neciamente como muchos nosotros.
Algunos aquí fácilmente se ven a sí mismos en el hijo menor. Tal vez vagáramos como jóvenes desgastando nuestra plata en cerveza y marihuana. Sin embargo, en sentido más profundo todos nosotros asemejamos al hijo menor cuando dejamos la casa de los padres para reclamar nuestro propio rinconcito en el mundo. En ese proceso a menudo nos olvidamos del amor de Dios y permitimos que los valores del mundo sustituyan Su plan para nosotros. En esquela anhelábamos notas altas en lugar del conocimiento. En el sexo buscamos el placer gratificante en lugar de la entrega entera a nuestra pareja. En la familia soñamos de comprar una casa de dos pisos en lugar de gastar los ahorros en la educación de los niños. Se puede extender esta lista indefinidamente, y en todos casos habrá una brecha ancha entre los deseos mundanos y el proyecto de Dios para nosotros.
En la parábola de Jesús el hijo menor se cae en busca de aventura. Él sufre el hambre, recuerda la bondad de su padre, y regresa a casa para pedirle misericordia. Todos nosotros tenemos que dirigirnos al mismo rumbo. Es el redescubrimiento del amor de Dios que nos da la esperanza. Este amor es como diamantes – sin precio, sin gastamiento, sin vencimiento. Este amor provee un cimiento estable en esta vida y un hogar eterno en la vida que sigue.
Nosotros que asistimos a la misa dominical no deberíamos tener problema de ver a nosotros mismos en el hijo mayor. Después de todo, Jesús lo incluye en su parábola como una lección a los fariseos, los observantes de reglas más detallados en la historia. Acatando exteriormente a los mandamientos, creemos que merezcamos premios infinitamente más grandes que aquellos que los ignoren. Siempre llegando temprano, resentimos a la gente que llega diez minutos tarde. Asimismo, trabajando duramente por cada peso renegamos cuando vemos a otras personas recibiendo la ayuda social.
Molestado por la celebración para su hermano menor, el hijo mayor no puede darse cuenta de cómo su padre se humilla para llamarlo a la fiesta. Tampoco puede apreciar que todas las pertenencias de su padre serán de él. El resentimiento y la envidia pueden quemar a cualquiera persona. Sin embargo, no somos desarmados frente estos remordimientos. Podemos escoger la gratitud por todo lo que tenemos en lugar del resentimiento por lo que nos falte. La mayoría de nosotros venimos de buenas familias. Tenemos al menos el techo sobre la cabeza y frijoles para la mesa. Antes de preocuparnos de tan injusta aparece la vida, deberíamos dar gracias a Dios por tan beneficioso Él es.
En la parábola es el padre que realmente llama la atención. Un símbolo por Dios, este hombre ama a los dos hijos a pesar de sus pecados. Podemos imitar a él aún si no somos padres de familia. Como el padre recibe a su hijo menor sin regañarlo nosotros tenemos que aceptar a nuestras familiares, amigos y asociados. Tal vez no podamos aprobar todas sus acciones, pero sí podemos exponerles nuestro amor. Hace poco una mujer se acercó a un sacerdote llorando porque su hija es homosexual. Se espera que ella le tomara a cariño el consejo del sacerdote que una orientación homosexual no es pecaminosa. Además, le dijo que una tal joven necesita particularmente el amor de sus padres. Más allá que aceptar a nuestros familiares, tenemos que darles tiempo. En la parábola el padre interrumpe su festejar para atender a su hijo mayor. No exige que este hijo reúna en la fiesta. Sólo quiere que entienda el propósito de ella. Así, tenemos que pasar tiempo con nuestros queridos seres.
En una famosa pintura detallando el regreso del hijo prodigo el artista Rembrandt muestra el padre mirando de soslayo mientras toma a su hijo menor en sus manos. El pintor quiere decir que el padre es ciego. No ve a su hijo como pecador. Es así entre Dios y nosotros. Cuando nos volvemos a Él, no nos ve como pecadores. No, somos solamente sus queridos hijos.
(Lucas 15)
La llamamos “la parábola del hijo pródigo.” Sería más correcto decir, “la parábola del hombre con dos hijos.” Pues cuenta de un padre maravilloso con dos hijos que se comportan neciamente como muchos nosotros.
Algunos aquí fácilmente se ven a sí mismos en el hijo menor. Tal vez vagáramos como jóvenes desgastando nuestra plata en cerveza y marihuana. Sin embargo, en sentido más profundo todos nosotros asemejamos al hijo menor cuando dejamos la casa de los padres para reclamar nuestro propio rinconcito en el mundo. En ese proceso a menudo nos olvidamos del amor de Dios y permitimos que los valores del mundo sustituyan Su plan para nosotros. En esquela anhelábamos notas altas en lugar del conocimiento. En el sexo buscamos el placer gratificante en lugar de la entrega entera a nuestra pareja. En la familia soñamos de comprar una casa de dos pisos en lugar de gastar los ahorros en la educación de los niños. Se puede extender esta lista indefinidamente, y en todos casos habrá una brecha ancha entre los deseos mundanos y el proyecto de Dios para nosotros.
En la parábola de Jesús el hijo menor se cae en busca de aventura. Él sufre el hambre, recuerda la bondad de su padre, y regresa a casa para pedirle misericordia. Todos nosotros tenemos que dirigirnos al mismo rumbo. Es el redescubrimiento del amor de Dios que nos da la esperanza. Este amor es como diamantes – sin precio, sin gastamiento, sin vencimiento. Este amor provee un cimiento estable en esta vida y un hogar eterno en la vida que sigue.
Nosotros que asistimos a la misa dominical no deberíamos tener problema de ver a nosotros mismos en el hijo mayor. Después de todo, Jesús lo incluye en su parábola como una lección a los fariseos, los observantes de reglas más detallados en la historia. Acatando exteriormente a los mandamientos, creemos que merezcamos premios infinitamente más grandes que aquellos que los ignoren. Siempre llegando temprano, resentimos a la gente que llega diez minutos tarde. Asimismo, trabajando duramente por cada peso renegamos cuando vemos a otras personas recibiendo la ayuda social.
Molestado por la celebración para su hermano menor, el hijo mayor no puede darse cuenta de cómo su padre se humilla para llamarlo a la fiesta. Tampoco puede apreciar que todas las pertenencias de su padre serán de él. El resentimiento y la envidia pueden quemar a cualquiera persona. Sin embargo, no somos desarmados frente estos remordimientos. Podemos escoger la gratitud por todo lo que tenemos en lugar del resentimiento por lo que nos falte. La mayoría de nosotros venimos de buenas familias. Tenemos al menos el techo sobre la cabeza y frijoles para la mesa. Antes de preocuparnos de tan injusta aparece la vida, deberíamos dar gracias a Dios por tan beneficioso Él es.
En la parábola es el padre que realmente llama la atención. Un símbolo por Dios, este hombre ama a los dos hijos a pesar de sus pecados. Podemos imitar a él aún si no somos padres de familia. Como el padre recibe a su hijo menor sin regañarlo nosotros tenemos que aceptar a nuestras familiares, amigos y asociados. Tal vez no podamos aprobar todas sus acciones, pero sí podemos exponerles nuestro amor. Hace poco una mujer se acercó a un sacerdote llorando porque su hija es homosexual. Se espera que ella le tomara a cariño el consejo del sacerdote que una orientación homosexual no es pecaminosa. Además, le dijo que una tal joven necesita particularmente el amor de sus padres. Más allá que aceptar a nuestros familiares, tenemos que darles tiempo. En la parábola el padre interrumpe su festejar para atender a su hijo mayor. No exige que este hijo reúna en la fiesta. Sólo quiere que entienda el propósito de ella. Así, tenemos que pasar tiempo con nuestros queridos seres.
En una famosa pintura detallando el regreso del hijo prodigo el artista Rembrandt muestra el padre mirando de soslayo mientras toma a su hijo menor en sus manos. El pintor quiere decir que el padre es ciego. No ve a su hijo como pecador. Es así entre Dios y nosotros. Cuando nos volvemos a Él, no nos ve como pecadores. No, somos solamente sus queridos hijos.
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Homilía para el domingo, 9 de septiembre de 2007
El XXIII Domingo del Tiempo Ordinario
(Lucas 14)
Jesús está en camino. Va a Jerusalén acompañado por sus discípulos y una gran muchedumbre. ¿Qué tipo de movimiento forman? ¿Es una procesión funeraria? Al menos Jesús está consciente de lo que va a pasar cuando llegue a su destinación. Ha dicho a sus discípulos al menos dos veces que el Hijo de hombre va a ser matado. Pero ellos no lo entendieron. Ahora los discípulos piensan que están en una marcha militar. Como un gran ejército ellos apoyados por el pueblo van a tomar poder de Jerusalén en nombre de Dios. Por eso se discuten entre sí cuestiones vanas como quien es el más importante. Y la gente que hincha el número del grupo, ¿qué piensan ellos del movimiento? Andan con entusiasmo como si fuera un desfile. Pues, Jesús les provee palabras conmovedoras y, cuando sea necesario, aún el pan de comer.
Dando cuenta de lo que está pasando, Jesús tiene que corregir las ideas equivocadas. Vuelve a sus seguidores para amonestarles de lo que va a tener lugar en Jerusalén. No va a ser el triunfo que imaginan. Más bien, será el sacrificio de la cruz. Por eso, tienen que escoger entre sus familias y él, aún entre sus propias vidas y él. Este escogimiento ya vuelve a nosotros. ¿Amamos a Cristo más que a nuestros hijos? Entonces no cederemos cuando nos piden otro juguete o a ver una película obscena. ¿Amamos a Cristo más que a nuestros padres? Entonces no aceptaremos los prejuicios engendrados en la casa contra los indígenas o contra los morenos. ¿Amamos a Cristo más que a nosotros mismos? Entonces no dejaremos que el soberbio de nuestros asociados, la insensibilidad de nuestros familiares, o el engaño de nuestros propios corazones nos causen a estallar de rabia.
¿Nos hemos dado cuenta de que cuando amamos a Cristo sobre todo, amamos a la familia y a nosotros mismos mejor? Es cierto, cuando no cedemos a los antojos de los niños, ellos desarrollan caracteres disciplinados. Cuando rechazamos los prejuicios, nuestra justicia refleja bien a nuestros padres. Cuando controlamos nuestro enojo, nos hacemos en personas más tranquilas y amigables.
Antes de proceder, Jesús nos exige que pensemos con cuidado. Tenemos que calcular lo que nos va a costar para seguirlo y decidir: ¿Realmente quiero proceder adelante con él o prefería otro camino menos riguroso? El otro día en el Seguro Social hubo una joven que aparentemente ha aceptado el costo de seguir a Jesús. Me pidió que visitara a su marido que fue severamente lesionado en un accidente laboral. Cuando fui, lo encontré fijado en una silla sin movimiento ni palabras. En la mañana la mujer lo devolvería a su hogar para cuidarlo y atender a sus dos hijos a la vez. Ella no se me quejó mucho menos me pidió aporte. Solamente quería que le echara una bendición a su esposo.
Dicen que todo el mundo quiere un desfile. Sí, nos alegramos andar con entusiasmo entre una gran muchedumbre de gente. Pero no es lo que signifique el acompañamiento de Jesús, al menos en el sentido más profundo. No, para realmente acompañarlo tenemos que pagar el costo de seguimiento. Tenemos que escoger el sacrificio de la cruz. Sin embargo, por lo que ganamos es buen precio. El sacrificio de la cruz.
(Lucas 14)
Jesús está en camino. Va a Jerusalén acompañado por sus discípulos y una gran muchedumbre. ¿Qué tipo de movimiento forman? ¿Es una procesión funeraria? Al menos Jesús está consciente de lo que va a pasar cuando llegue a su destinación. Ha dicho a sus discípulos al menos dos veces que el Hijo de hombre va a ser matado. Pero ellos no lo entendieron. Ahora los discípulos piensan que están en una marcha militar. Como un gran ejército ellos apoyados por el pueblo van a tomar poder de Jerusalén en nombre de Dios. Por eso se discuten entre sí cuestiones vanas como quien es el más importante. Y la gente que hincha el número del grupo, ¿qué piensan ellos del movimiento? Andan con entusiasmo como si fuera un desfile. Pues, Jesús les provee palabras conmovedoras y, cuando sea necesario, aún el pan de comer.
Dando cuenta de lo que está pasando, Jesús tiene que corregir las ideas equivocadas. Vuelve a sus seguidores para amonestarles de lo que va a tener lugar en Jerusalén. No va a ser el triunfo que imaginan. Más bien, será el sacrificio de la cruz. Por eso, tienen que escoger entre sus familias y él, aún entre sus propias vidas y él. Este escogimiento ya vuelve a nosotros. ¿Amamos a Cristo más que a nuestros hijos? Entonces no cederemos cuando nos piden otro juguete o a ver una película obscena. ¿Amamos a Cristo más que a nuestros padres? Entonces no aceptaremos los prejuicios engendrados en la casa contra los indígenas o contra los morenos. ¿Amamos a Cristo más que a nosotros mismos? Entonces no dejaremos que el soberbio de nuestros asociados, la insensibilidad de nuestros familiares, o el engaño de nuestros propios corazones nos causen a estallar de rabia.
¿Nos hemos dado cuenta de que cuando amamos a Cristo sobre todo, amamos a la familia y a nosotros mismos mejor? Es cierto, cuando no cedemos a los antojos de los niños, ellos desarrollan caracteres disciplinados. Cuando rechazamos los prejuicios, nuestra justicia refleja bien a nuestros padres. Cuando controlamos nuestro enojo, nos hacemos en personas más tranquilas y amigables.
Antes de proceder, Jesús nos exige que pensemos con cuidado. Tenemos que calcular lo que nos va a costar para seguirlo y decidir: ¿Realmente quiero proceder adelante con él o prefería otro camino menos riguroso? El otro día en el Seguro Social hubo una joven que aparentemente ha aceptado el costo de seguir a Jesús. Me pidió que visitara a su marido que fue severamente lesionado en un accidente laboral. Cuando fui, lo encontré fijado en una silla sin movimiento ni palabras. En la mañana la mujer lo devolvería a su hogar para cuidarlo y atender a sus dos hijos a la vez. Ella no se me quejó mucho menos me pidió aporte. Solamente quería que le echara una bendición a su esposo.
Dicen que todo el mundo quiere un desfile. Sí, nos alegramos andar con entusiasmo entre una gran muchedumbre de gente. Pero no es lo que signifique el acompañamiento de Jesús, al menos en el sentido más profundo. No, para realmente acompañarlo tenemos que pagar el costo de seguimiento. Tenemos que escoger el sacrificio de la cruz. Sin embargo, por lo que ganamos es buen precio. El sacrificio de la cruz.
Homilía para el domingo, 2 de septiembre de soo7
XXII Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 14)
Parece como un paso adelante. Sin embargo, vale un segundo vistazo. Los trabajadores están ganando más plata que nunca. Sin embargo, han tenido que trabajar más horas por semana también. La vida es siempre un reto de balancear el tiempo en el trabajo y el cuidado de la familia, los esfuerzos para mejorar la sociedad y el descanso para mantener la salud.
Nosotros somos un pueblo trabajador. Siempre trabajamos no sólo para ganar la vida sino también para mantener el equilibrio. Sin el trabajo la vida se volvería estéril como tierra sin agua. No somos como Peter Pan, el muchacho mítico que rechazó a crecerse. No, anticipamos una carrera para realizarnos en el mundo. Aún personas retiradas buscan trabajo voluntario para que no desgasten todo su tiempo mirando la tele.
El evangelio no toca directamente el tema del trabajo. Tiene que ver con el comportamiento de cristianos en la sociedad. Sin embargo, desde que participamos en la sociedad mayormente por el trabajo, podemos leer el pasaje tomando en cuenta nuestra labor.
El pasaje contiene dos partes. Jesús aconseja a los huéspedes que no ocupen los primeros asientos y se dirige a los anfitriones que inviten a los necesitados a sus casas. La primera parte nos recuerda a ser humildes y la segunda, a ser compasivos. ¿Cómo podemos aplicar la humildad y la compasión a nuestras vidas laborales?
Algunos piensan que su trabajo valga simplemente porque lo hacen. Eso es la falta de humildad. Pues, la verdadera humildad no es menospreciar a nosotros sino apreciar justamente lo que seamos y lo que hagamos. Un hombre cumplido cuando trabajaba en la fábrica siempre firmaba el artículo con, dijo él, “orgullo.” Eso es, hizo su mejor para rendir un producto de calidad. Al menos en este caso el orgullo no se opone a la humildad sino la apoya. Rendimos productos de calidad cuando desarrollamos nuestra capacidad por la educación, el entrenamiento y la experiencia. También es necesario que nos fijemos en lo que hacemos. Por supuesto, tenemos que dejar a otras personas el juicio de calidad. Sin embargo, cuando desarrollemos la capacidad y trabajemos con la atención, a lo mejor nos van a promover a los altos puestos.
Aunque todo trabajo justo mejora el mundo, la mayoría de la gente trabaja en primer lugar para los frutos económicos. El trabajo nos provee frijoles, techo, y cuidado médico para seguir adelante. Sin embargo, los frutos del trabajo no son exclusivamente para nuestro propio bien. Son los medios con que cumplimos las obligaciones a la familia y también a los necesitados. Algunos no pueden trabajar sea por falta de salud, por falta de empleo, o por tener a un pariente en casa enfermo. Nuestro apoyo a estos pobres asegura dos cosas: no les falten a ellos lo básico en el mundo y no nos falte a nosotros un lugar en el cielo.
A veces nos critican a nosotros cristianos de divorciar el lunes del domingo. Eso es, no vivimos durante la semana la fe que profesamos en la misa dominical. Podemos superar esta crítica por aplicar el evangelio hoy cuando volvemos al trabajo. Que seamos humildes de modo que tomemos orgullo en nuestra labor. Y que utilicemos parte de los frutos del trabajo para cumplir nuestras responsabilidades hacia los pobres.
(Lucas 14)
Parece como un paso adelante. Sin embargo, vale un segundo vistazo. Los trabajadores están ganando más plata que nunca. Sin embargo, han tenido que trabajar más horas por semana también. La vida es siempre un reto de balancear el tiempo en el trabajo y el cuidado de la familia, los esfuerzos para mejorar la sociedad y el descanso para mantener la salud.
Nosotros somos un pueblo trabajador. Siempre trabajamos no sólo para ganar la vida sino también para mantener el equilibrio. Sin el trabajo la vida se volvería estéril como tierra sin agua. No somos como Peter Pan, el muchacho mítico que rechazó a crecerse. No, anticipamos una carrera para realizarnos en el mundo. Aún personas retiradas buscan trabajo voluntario para que no desgasten todo su tiempo mirando la tele.
El evangelio no toca directamente el tema del trabajo. Tiene que ver con el comportamiento de cristianos en la sociedad. Sin embargo, desde que participamos en la sociedad mayormente por el trabajo, podemos leer el pasaje tomando en cuenta nuestra labor.
El pasaje contiene dos partes. Jesús aconseja a los huéspedes que no ocupen los primeros asientos y se dirige a los anfitriones que inviten a los necesitados a sus casas. La primera parte nos recuerda a ser humildes y la segunda, a ser compasivos. ¿Cómo podemos aplicar la humildad y la compasión a nuestras vidas laborales?
Algunos piensan que su trabajo valga simplemente porque lo hacen. Eso es la falta de humildad. Pues, la verdadera humildad no es menospreciar a nosotros sino apreciar justamente lo que seamos y lo que hagamos. Un hombre cumplido cuando trabajaba en la fábrica siempre firmaba el artículo con, dijo él, “orgullo.” Eso es, hizo su mejor para rendir un producto de calidad. Al menos en este caso el orgullo no se opone a la humildad sino la apoya. Rendimos productos de calidad cuando desarrollamos nuestra capacidad por la educación, el entrenamiento y la experiencia. También es necesario que nos fijemos en lo que hacemos. Por supuesto, tenemos que dejar a otras personas el juicio de calidad. Sin embargo, cuando desarrollemos la capacidad y trabajemos con la atención, a lo mejor nos van a promover a los altos puestos.
Aunque todo trabajo justo mejora el mundo, la mayoría de la gente trabaja en primer lugar para los frutos económicos. El trabajo nos provee frijoles, techo, y cuidado médico para seguir adelante. Sin embargo, los frutos del trabajo no son exclusivamente para nuestro propio bien. Son los medios con que cumplimos las obligaciones a la familia y también a los necesitados. Algunos no pueden trabajar sea por falta de salud, por falta de empleo, o por tener a un pariente en casa enfermo. Nuestro apoyo a estos pobres asegura dos cosas: no les falten a ellos lo básico en el mundo y no nos falte a nosotros un lugar en el cielo.
A veces nos critican a nosotros cristianos de divorciar el lunes del domingo. Eso es, no vivimos durante la semana la fe que profesamos en la misa dominical. Podemos superar esta crítica por aplicar el evangelio hoy cuando volvemos al trabajo. Que seamos humildes de modo que tomemos orgullo en nuestra labor. Y que utilicemos parte de los frutos del trabajo para cumplir nuestras responsabilidades hacia los pobres.
Homilía para el domingo, 26 de agosto de 2007
XXI Domingo de Tiempo Ordinario
(Lucas 13)
Cuando éramos chicos en la escuela católica solíamos hacer preguntas difíciles a las maestras de religión. “Hermana,” hubiéramos dicho, “si estás matado cuando caminas a confesión, ¿vas al cielo o al infierno?” Por supuesto, la hermana conocía muy bien el juego. Ella hubiera respondido, “¿Qué piensas tú?” En el evangelio hoy, Jesús responde tan hábilmente como la hermana a un interrogante.
“¿Señor, es verdad que son pocos los que se salvan?” alguna persona le pregunta a Jesús. Tal vez los fariseos han instruido al interrogador que la mayoría de la gente son malditos perezosos. Pero hoy día, la gente piensa más en la misericordia de Dios. A lo mejor nuestra pregunta es distinta. “¿No es que Dios salve a todos?” preguntaríamos a Jesús. Aún si nosotros guardamos la fe, todos nosotros tenemos a queridos seres que no adhieren a los mandamientos. “Dios no va a condenarlos, ¿verdad?” esperamos.
En el evangelio Jesús esquiva la cuestión. Quien el Padre salvará y quien condenará es para Él de determinar. No obstante Jesús nos comparte su sabiduría. “Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta,” Jesús aconseja. Quiere decir que debemos disciplinarnos para que siempre hagamos lo bueno y evitemos lo malo. No hay lugar entre sus seguidores por los flojos que dicen, “un vistazo a la pornografía o una mentira no hace daño a nadie.” Podemos añadir que no somos verdaderamente cristianos si nos ignoramos de los necesitados.
Posiblemente algunos de nosotros todavía pensemos que asistir en la misa va a ganar la salvación. No es así, Jesús aclara, cuando dice: “Entonces le dirán con insistencia, ‘Hemos comido y bebido contigo…’ Pero él les replicará,…’Apártense de mí todos ustedes los que hacen el mal.’” Sin embargo, no es la verdad que la misa no nos ayude. Al contrario, Jesús espera que la misa nos sirva como una plataforma de lanzamiento donde recibimos el combustible y la dirección para perseguir el bien. En una ciudad el director del asilo de desamparados más grande puede hallarse todos los días a la misa de las siete en la catedral.
“¿Es necesario que seamos católicos para ser salvados?” Ésta fue una de nuestras preguntas favoritas para las maestras de religión. Si nos contestaron “sí,” exclamaríamos, “¿Qué pasan con todos los buenos judíos?” Si dijeron “no,” tendríamos una excusa de no levantarnos para la misa dominical. ¿Cómo respondería Jesús? Dice en el evangelio hoy, “Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios.” A lo mejor quiere decir que todas estas gentes serían evangelizadas. Sin embargo, aún si está refiriendo a aquellos que sin escuchar del amor de Dios han respondido a la gracia del Espíritu Santo en sus corazones, habrá una necesidad para misioneros. Eso es, nosotros cristianos católicos tenemos que dar testimonio al amor de Dios por predicar el evangelio fuera de los lugares donde nos sintamos cómodos. Tenemos que contar a la gente en el trabajo tanto como a nuestros hijos y nietos cómo Dios nos ha bendecido. Tenemos que enseñar el amor de Dios a los que limpian los lugares donde trabajemos tanto como a nuestros vecinos. Sí, tenemos que ser misioneros todos nosotros.
(Lucas 13)
Cuando éramos chicos en la escuela católica solíamos hacer preguntas difíciles a las maestras de religión. “Hermana,” hubiéramos dicho, “si estás matado cuando caminas a confesión, ¿vas al cielo o al infierno?” Por supuesto, la hermana conocía muy bien el juego. Ella hubiera respondido, “¿Qué piensas tú?” En el evangelio hoy, Jesús responde tan hábilmente como la hermana a un interrogante.
“¿Señor, es verdad que son pocos los que se salvan?” alguna persona le pregunta a Jesús. Tal vez los fariseos han instruido al interrogador que la mayoría de la gente son malditos perezosos. Pero hoy día, la gente piensa más en la misericordia de Dios. A lo mejor nuestra pregunta es distinta. “¿No es que Dios salve a todos?” preguntaríamos a Jesús. Aún si nosotros guardamos la fe, todos nosotros tenemos a queridos seres que no adhieren a los mandamientos. “Dios no va a condenarlos, ¿verdad?” esperamos.
En el evangelio Jesús esquiva la cuestión. Quien el Padre salvará y quien condenará es para Él de determinar. No obstante Jesús nos comparte su sabiduría. “Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta,” Jesús aconseja. Quiere decir que debemos disciplinarnos para que siempre hagamos lo bueno y evitemos lo malo. No hay lugar entre sus seguidores por los flojos que dicen, “un vistazo a la pornografía o una mentira no hace daño a nadie.” Podemos añadir que no somos verdaderamente cristianos si nos ignoramos de los necesitados.
Posiblemente algunos de nosotros todavía pensemos que asistir en la misa va a ganar la salvación. No es así, Jesús aclara, cuando dice: “Entonces le dirán con insistencia, ‘Hemos comido y bebido contigo…’ Pero él les replicará,…’Apártense de mí todos ustedes los que hacen el mal.’” Sin embargo, no es la verdad que la misa no nos ayude. Al contrario, Jesús espera que la misa nos sirva como una plataforma de lanzamiento donde recibimos el combustible y la dirección para perseguir el bien. En una ciudad el director del asilo de desamparados más grande puede hallarse todos los días a la misa de las siete en la catedral.
“¿Es necesario que seamos católicos para ser salvados?” Ésta fue una de nuestras preguntas favoritas para las maestras de religión. Si nos contestaron “sí,” exclamaríamos, “¿Qué pasan con todos los buenos judíos?” Si dijeron “no,” tendríamos una excusa de no levantarnos para la misa dominical. ¿Cómo respondería Jesús? Dice en el evangelio hoy, “Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios.” A lo mejor quiere decir que todas estas gentes serían evangelizadas. Sin embargo, aún si está refiriendo a aquellos que sin escuchar del amor de Dios han respondido a la gracia del Espíritu Santo en sus corazones, habrá una necesidad para misioneros. Eso es, nosotros cristianos católicos tenemos que dar testimonio al amor de Dios por predicar el evangelio fuera de los lugares donde nos sintamos cómodos. Tenemos que contar a la gente en el trabajo tanto como a nuestros hijos y nietos cómo Dios nos ha bendecido. Tenemos que enseñar el amor de Dios a los que limpian los lugares donde trabajemos tanto como a nuestros vecinos. Sí, tenemos que ser misioneros todos nosotros.
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Homilía para el domingo, 19 de agosto de 2007
XX DOMINGO ORDINARIO
(Hebreos 12)
De las cartas del Nuevo Testamento ninguna es más curiosa que la a los Hebreos. Una vez se pensaba que San Pablo fue el escritor de esta carta. Pero con más atención al vocabulario y al razonamiento se dio cuanta que no, Pablo no podía haberla escrito. Hasta ahora el autor queda un misterio tanto como los destinatarios. Se cree que ellos eran cristianos judíos por los contenidos de la carta, y por eso se llama la carta “a los hebreos.” Pero no sabemos con certeza donde vivieran ni si fueran realmente de raíces judías.
Sin embargo, se destaca la Carta a los Hebreos por su consideración sumamente balanceada de Jesús como Dios y como hombre. También, la carta es un tesoro de joyas bíblicas. Sólo ella habla de Jesús, “hoy como ayer y por la eternidad” (Heb 13,8). Sólo ella describe la palabra de Dios como “más penetrante que espada de doble filo” (Heb 4,12). Sólo ella nos da una definición muy atestada de la fe: “La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer las realidades que no se ven” (Heb 11,1).
Sobre todo la Carta a los Hebreos cala hondo en el corazón porque describe la lucha contra el pecado. Como dice el pasaje que leemos hoy, esta lucha no nos ha costado el derrame de sangre; sin embargo, nos cansa. Ésta es la lucha de mantenernos como fieles cristianos católicos en una sociedad más apegada a la comodidad que a la rectitud y más observante de la selección nacional que la misa dominical.
Es la lucha de varias mujeres no casadas contra la tentación de juntarse con un hombre. Es dura como batallar un jaguar porque necesitan el apoyo para criar a sus niños. Es también la lucha del homosexual de vivir casto con pasiones que no se calman fácilmente. O es el reto de no tomar lo que no nos corresponda. Una vez un hombre encontró cinco mil dólares en una bolsa al lado de una bomba de gasolina. Devolvió el dinero a la administración de la gasolinera y vino quien se le cayó la bolsa para reclamarla. El hombre era persona muy honrada pero admitió que estuvo tentado a huirse con los billetes.
La Carta a los Hebreos nos exhorta que fijemos la mirada en Jesús para conducirnos como él. Él ha sufrido la cruz, una prueba más dolorosa que tendremos nosotros. El propósito aquí no es sádico: porque Jesús sufrió, también debemos sufrir nosotros. No, la idea es esperanzadora. Como el dolor que sufrió Jesús le ganó la gloria, así nuestro dolor juntado a aquel del Salvador va a resultar en nuestra vida inmortal. Siempre queremos fijar los ojos en Jesús.
(Hebreos 12)
De las cartas del Nuevo Testamento ninguna es más curiosa que la a los Hebreos. Una vez se pensaba que San Pablo fue el escritor de esta carta. Pero con más atención al vocabulario y al razonamiento se dio cuanta que no, Pablo no podía haberla escrito. Hasta ahora el autor queda un misterio tanto como los destinatarios. Se cree que ellos eran cristianos judíos por los contenidos de la carta, y por eso se llama la carta “a los hebreos.” Pero no sabemos con certeza donde vivieran ni si fueran realmente de raíces judías.
Sin embargo, se destaca la Carta a los Hebreos por su consideración sumamente balanceada de Jesús como Dios y como hombre. También, la carta es un tesoro de joyas bíblicas. Sólo ella habla de Jesús, “hoy como ayer y por la eternidad” (Heb 13,8). Sólo ella describe la palabra de Dios como “más penetrante que espada de doble filo” (Heb 4,12). Sólo ella nos da una definición muy atestada de la fe: “La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer las realidades que no se ven” (Heb 11,1).
Sobre todo la Carta a los Hebreos cala hondo en el corazón porque describe la lucha contra el pecado. Como dice el pasaje que leemos hoy, esta lucha no nos ha costado el derrame de sangre; sin embargo, nos cansa. Ésta es la lucha de mantenernos como fieles cristianos católicos en una sociedad más apegada a la comodidad que a la rectitud y más observante de la selección nacional que la misa dominical.
Es la lucha de varias mujeres no casadas contra la tentación de juntarse con un hombre. Es dura como batallar un jaguar porque necesitan el apoyo para criar a sus niños. Es también la lucha del homosexual de vivir casto con pasiones que no se calman fácilmente. O es el reto de no tomar lo que no nos corresponda. Una vez un hombre encontró cinco mil dólares en una bolsa al lado de una bomba de gasolina. Devolvió el dinero a la administración de la gasolinera y vino quien se le cayó la bolsa para reclamarla. El hombre era persona muy honrada pero admitió que estuvo tentado a huirse con los billetes.
La Carta a los Hebreos nos exhorta que fijemos la mirada en Jesús para conducirnos como él. Él ha sufrido la cruz, una prueba más dolorosa que tendremos nosotros. El propósito aquí no es sádico: porque Jesús sufrió, también debemos sufrir nosotros. No, la idea es esperanzadora. Como el dolor que sufrió Jesús le ganó la gloria, así nuestro dolor juntado a aquel del Salvador va a resultar en nuestra vida inmortal. Siempre queremos fijar los ojos en Jesús.
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