El XVIII Domingo Ordinario
(Mateo 14:13-21)
El psicólogo Abraham Maslow vivió en el siglo pasado. Tuvo una perspectiva diferente del Sigmund Freud y la mayoría de psicoterapeutas. En lugar de estudiar las neurosis y las psicosis Maslow quería saber lo que haga la persona funcionar bien. Desarrolló la idea de una jerarquía de necesidades humanas. Cuando se cumplan todos los niveles de la jerarquía, la persona realizaría la totalidad de la vida.
Según Maslow al fondo de la jerarquía quedan las necesidades más básicas como el aire, el agua, y la comida. Entonces se encuentran los niveles de seguridad, de la amistad y la pertenencia, de la estima, y al final de la auto-realización. En el evangelio hoy Jesús se muestra como el que nos capacita a cumplir todos estos niveles.
La gente busca a Jesús porque la ha curado y la ha enseñado. Con él tiene la libertad de enfermedades y del dominio del maligno – las principales amenazas a la seguridad en el segundo nivel de Maslow. De Jesús la gente escucha las parábolas del amor de Dios que le provee un hogar para coexistir con todos en la paz. Así la gente está aliviada de las preocupaciones de quedarse solos y desamparados en el tercer nivel. También la gente aprende de Jesús cómo actuar con la prudencia como un padre de familia saca cosas de su gran almacén para el bien de la familia. Así los humanos se hacen estimados en los ojos de Dios, si no de otras personas, para gozarse de la estima y la auto-realización cumpliendo los dos niveles más altos.
Ya Jesús suple la necesidad más básica. La idea de dar de comer a la muchedumbre que han acudido a él asombra a sus discípulos. “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados,” se le oponen. Pero todavía no entienden a Jesús. No se da cuenta de que él no es sólo un curandero o un gran maestro. No, es el hijo de Dios que ha venido para rescatar a la gente de todas sus tribulaciones. Jesús toma los alimentos, da gracias a Dios su Padre, y parte los panes para que sus discípulos los distribuyan a la gente.
Por darle de comer a la gente Jesús se muestra a sí como el proveedor de todos los niveles de Maslow. Pues, el pan que da no es alimento ordinario sino un sabor anticipado del banquete celestial donde no habrá necesidad no cumplida. Es el mismo pan que nos nutre en la Eucaristía ahora para llevar a cabo los requisitos para el Reino de los cielos. El pan bendecido y partido por Jesús es Jesús mismo que nos fortalece para darles de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos, y consolar a los entristecidos.
Jesús es la respuesta. ¿Qué es la pregunta? fue el título de un libro. Nos parece ingenuo y tenemos que cuidar que no despreciemos el dolor que sienten algunos por responder a sus lamentos, “Tienes que confiar en Jesús.” Sin embargo, es la verdad. Jesús como un gran almacén nos provee con todo lo necesario para realizarnos como humanos. Este es el mismo que recibimos en el pan eucarístico. En el pan eucarístico Jesús nos provee todo.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el Domingo, 27 de julio de 2008
El XVII Domingo Ordinario
(Mateo 13:44-52)
El papa Benedicto acaba de regresar de la Jornada Mundial de Juventud. Este año el evento tuvo lugar en Australia. No se esperaban tantos jóvenes como en países con mayores números de católicos. Sin embargo, una vez más estuvieron centenares de miles de jóvenes desbordándose con entusiasmo por la Iglesia. A lo mejor hubo unas experiencias como la historia de una joven hace seis años en Toronto.
Al final de la Jornada Mundial en 2002 una mujer de veinticuatro años se acercó al micrófono libre para declarar el impacto del evento en su vida personal. Dijo que la experiencia le rescató la vida. Explicó que ella había vivido en las calles de la ciudad desde que tenía quince años. Se hizo adicto al alcohol y drogas. Para apoyar estos vicios se hizo prostituta también. Era al punto de suicidarse cuando unos jóvenes la limpiaron e la invitaron a la Jornada Mundial de Juventud. Allá, contó la mujer, encontró a un viejo que cambió su vida. El viejo le dijo que la amó. La mujer relató que muchos viejos le habían dicho que la amaron pero este habló de verdad. El viejo le dijo también que Dios la ama. La ama Dios tanto que quiere pasar toda la eternidad con ella y que envió a su propio hijo para hacerlo posible. Entonces la mujer dijo que el viejo le hizo sentido y que ya quería vivir.
Por supuesto, el viejo en la historia es el papa Juan Pablo II. El mensaje que le dio es el mismo que Jesús relata en las dos primeras parábolas del evangelio hoy. Solemos pensar en el tesoro escondido y la perla valiosa como el Reino de los cielos. Sin embargo, se puede interpretar estas parábolas en un modo distinto. El tesoro escondido y la perla valiosa pueden ser nosotros que Dios encuentra abandonada y desgastada como la joven antes de escuchar al papa. Entonces, Dios entrega la entidad más preciosa que tiene para obtenernos. Eso es Su propio hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Si Dios nos ha comprado, realmente somos de Él. Por eso, no somos libres de actuar en cualquier modo que nos dé la gana. Más bien, tenemos que seguir Su voluntad. Tenemos que darle las gracias y alabanzas, particularmente en los domingos. Tenemos que desarrollar nuestras mentes y cuidar nuestros cuerpos. Para los muchachos esto quiere decir que no deberían estar pasando todo el verano en la playa o frente al televisor sino también leyendo libros y ayudando en la casa. Finalmente, Dios nos pide a cuidar a nuestros prójimos con amor. Prácticamente esto significa que cada uno de nosotros tenga un modo regular para ayudar a los demás, sea cortar el césped por la vecina viuda o sea visitar a los enfermos como ministro de la Eucaristía.
Un hombre de noventiuno años acaba de cruzar el país para ver a su hijo recibir su doctorado. El nuevo doctor pertenece al viejo, aunque vive con su esposa e hijo. Con más cercanía aún, somos de Dios. Seamos tan grandes como el papa Juan Pablo o tan chiquillos como un bebé recién nacido pertenecemos a Dios. Nos ama y nos quiere desarrollar todos nuestros talentos. Que no Lo faltemos nunca. Que no Lo faltemos.
(Mateo 13:44-52)
El papa Benedicto acaba de regresar de la Jornada Mundial de Juventud. Este año el evento tuvo lugar en Australia. No se esperaban tantos jóvenes como en países con mayores números de católicos. Sin embargo, una vez más estuvieron centenares de miles de jóvenes desbordándose con entusiasmo por la Iglesia. A lo mejor hubo unas experiencias como la historia de una joven hace seis años en Toronto.
Al final de la Jornada Mundial en 2002 una mujer de veinticuatro años se acercó al micrófono libre para declarar el impacto del evento en su vida personal. Dijo que la experiencia le rescató la vida. Explicó que ella había vivido en las calles de la ciudad desde que tenía quince años. Se hizo adicto al alcohol y drogas. Para apoyar estos vicios se hizo prostituta también. Era al punto de suicidarse cuando unos jóvenes la limpiaron e la invitaron a la Jornada Mundial de Juventud. Allá, contó la mujer, encontró a un viejo que cambió su vida. El viejo le dijo que la amó. La mujer relató que muchos viejos le habían dicho que la amaron pero este habló de verdad. El viejo le dijo también que Dios la ama. La ama Dios tanto que quiere pasar toda la eternidad con ella y que envió a su propio hijo para hacerlo posible. Entonces la mujer dijo que el viejo le hizo sentido y que ya quería vivir.
Por supuesto, el viejo en la historia es el papa Juan Pablo II. El mensaje que le dio es el mismo que Jesús relata en las dos primeras parábolas del evangelio hoy. Solemos pensar en el tesoro escondido y la perla valiosa como el Reino de los cielos. Sin embargo, se puede interpretar estas parábolas en un modo distinto. El tesoro escondido y la perla valiosa pueden ser nosotros que Dios encuentra abandonada y desgastada como la joven antes de escuchar al papa. Entonces, Dios entrega la entidad más preciosa que tiene para obtenernos. Eso es Su propio hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Si Dios nos ha comprado, realmente somos de Él. Por eso, no somos libres de actuar en cualquier modo que nos dé la gana. Más bien, tenemos que seguir Su voluntad. Tenemos que darle las gracias y alabanzas, particularmente en los domingos. Tenemos que desarrollar nuestras mentes y cuidar nuestros cuerpos. Para los muchachos esto quiere decir que no deberían estar pasando todo el verano en la playa o frente al televisor sino también leyendo libros y ayudando en la casa. Finalmente, Dios nos pide a cuidar a nuestros prójimos con amor. Prácticamente esto significa que cada uno de nosotros tenga un modo regular para ayudar a los demás, sea cortar el césped por la vecina viuda o sea visitar a los enfermos como ministro de la Eucaristía.
Un hombre de noventiuno años acaba de cruzar el país para ver a su hijo recibir su doctorado. El nuevo doctor pertenece al viejo, aunque vive con su esposa e hijo. Con más cercanía aún, somos de Dios. Seamos tan grandes como el papa Juan Pablo o tan chiquillos como un bebé recién nacido pertenecemos a Dios. Nos ama y nos quiere desarrollar todos nuestros talentos. Que no Lo faltemos nunca. Que no Lo faltemos.
Homilía para el Domingo, 20 de julio de 2008
Homilía para el XVI Domingo de Tiempo Ordinario – A08 – 20 de julio de 2008
(Mateo 13:24-43)
En el principio hubo un jardín. Todos sabemos su historia. Adán y Eva habitaban el jardín, llamado Paraíso. Allí caminaban con su creador Dios en la frescura de la tarde. Entonces pecaron por comer el fruto prohibido. Por eso, Dios expulsó a Adán y Eva del jardín para vivir entre las rocas y espinas del mundo. Sí, es sólo una historia, pero nos relata mucho acerca de la condición humana. Nos dice que nosotros humanos somos creados para una relación cercana con Dios. Señala también nuestra rebeldía contra el bondadoso Creador. Indica, finalmente, que el ambiente que habitamos ahora, tan lleno con problemas, no es nuestro por origen sino por defecto.
Sin embargo, Dios no ha abandonado a los humanos. El resto de la Biblia enseña cómo Él se ha intentado a acercarse a su creación más querida. Comprende un relato con muchos altibajos -- Dios llamando a un pueblo particularmente Suyo y ellos respondiendo por un rato pero en fin dejándolo por uno u otro tipo de capricho. Entonces Dios envía a Su propio hijo, el Cristo, para forjar un enlace inquebrantable entre Su pueblo y Sí mismo. En el evangelio hoy este mismo Cristo describe a la gente el nuevo lugar de encuentro entre Dios y los humanos. No es un jardín sino un mundo renovado llamado “el Reino de los cielos (o de Dios).”
Jesús utiliza tres parábolas o, si preferimos, comparaciones para describir diferentes aspectos del Reino. Porque nos preocupamos mucho por el malo en el mundo, Jesús lo trata en la primera y en la última parábola. Dice, en la primera, que el Reino parece como un campo de trigo que el diablo intenta a estropear con semillas de cizaña. En otras palabras, tenemos que aguantar la maldad por un rato. Eso es, de vez en cuando nos van a visitar la enfermedad y la muerte, la decepción de otras personas y los desastres naturales. Jesús concluye la parábola con la esperanza. Como el amo del campo de trigo tiene la cizaña quemada en el tiempo de la cosecha, Dios terminará los problemas que afligen la humanidad en el fin del tiempo.
Posiblemente hayamos notado algo mal en nuestras propias vidas. Ninguno de nosotros es perfecto, y a veces fallamos miserablemente. Algunos mentimos; otros aprovechamos de gente como si fueran objetos; otros nos olvidamos de nuestros padres ancianos. ¿Nos quemaremos como la cizaña del campo del trigo? No, si nos arrepentimos de nuestros pecados y seguimos el camino del Señor. Entonces Dios trasformará nuestras tendencias a pecar en instrumentos de Su justicia. Por ejemplo, un hombre que era irresponsable en su juventud se convirtió y haciéndose sacerdote, es listo para llamar la atención de los muchachos. Esto es lo que significa la parábola de la levadura en la masa. La levadura está considerada como algo tan despreciable como el pecado. Una cosa es que huele; otra cosa es que se compone de un tipo de hongos. Sin embargo, la levadura sirve para dar el pan consistencia y textura.
También cuenta Jesús que el Reino es como una planta de mostaza en la cual los pájaros pueden anidarse. Tiene en cuenta aquí la Iglesia aunque no se puede limitar el Reino a los confines de la Iglesia. Como el grano de mostaza, la Iglesia tiene origines humildes entre el puñado de discípulos de Jesús. Sin embargo, con el paso de tiempo la Iglesia ha crecido tanto que ahora provee consuelo a hombres y mujeres a través del mundo.
El Reino de los cielos es el nuevo Paraíso aún con sus espinas y rocas. Sin embargo, lo mejor del Reino es algo que Jesús no menciona en las parábolas. Es el acompañamiento que Jesús mismo nos provee. Como Dios caminaba con Adán y Eva en Paraíso, Jesús nos acompaña en la gracia. Está presente para tomar nuestra mano cuando sentimos tristes y para felicitarnos cuando logramos nuestras metas. Está presente para socorrernos cuando nos apuramos y para corregirnos cuando tropezamos en error. Sí, Jesús está presente a nosotros en el Reino.
(Mateo 13:24-43)
En el principio hubo un jardín. Todos sabemos su historia. Adán y Eva habitaban el jardín, llamado Paraíso. Allí caminaban con su creador Dios en la frescura de la tarde. Entonces pecaron por comer el fruto prohibido. Por eso, Dios expulsó a Adán y Eva del jardín para vivir entre las rocas y espinas del mundo. Sí, es sólo una historia, pero nos relata mucho acerca de la condición humana. Nos dice que nosotros humanos somos creados para una relación cercana con Dios. Señala también nuestra rebeldía contra el bondadoso Creador. Indica, finalmente, que el ambiente que habitamos ahora, tan lleno con problemas, no es nuestro por origen sino por defecto.
Sin embargo, Dios no ha abandonado a los humanos. El resto de la Biblia enseña cómo Él se ha intentado a acercarse a su creación más querida. Comprende un relato con muchos altibajos -- Dios llamando a un pueblo particularmente Suyo y ellos respondiendo por un rato pero en fin dejándolo por uno u otro tipo de capricho. Entonces Dios envía a Su propio hijo, el Cristo, para forjar un enlace inquebrantable entre Su pueblo y Sí mismo. En el evangelio hoy este mismo Cristo describe a la gente el nuevo lugar de encuentro entre Dios y los humanos. No es un jardín sino un mundo renovado llamado “el Reino de los cielos (o de Dios).”
Jesús utiliza tres parábolas o, si preferimos, comparaciones para describir diferentes aspectos del Reino. Porque nos preocupamos mucho por el malo en el mundo, Jesús lo trata en la primera y en la última parábola. Dice, en la primera, que el Reino parece como un campo de trigo que el diablo intenta a estropear con semillas de cizaña. En otras palabras, tenemos que aguantar la maldad por un rato. Eso es, de vez en cuando nos van a visitar la enfermedad y la muerte, la decepción de otras personas y los desastres naturales. Jesús concluye la parábola con la esperanza. Como el amo del campo de trigo tiene la cizaña quemada en el tiempo de la cosecha, Dios terminará los problemas que afligen la humanidad en el fin del tiempo.
Posiblemente hayamos notado algo mal en nuestras propias vidas. Ninguno de nosotros es perfecto, y a veces fallamos miserablemente. Algunos mentimos; otros aprovechamos de gente como si fueran objetos; otros nos olvidamos de nuestros padres ancianos. ¿Nos quemaremos como la cizaña del campo del trigo? No, si nos arrepentimos de nuestros pecados y seguimos el camino del Señor. Entonces Dios trasformará nuestras tendencias a pecar en instrumentos de Su justicia. Por ejemplo, un hombre que era irresponsable en su juventud se convirtió y haciéndose sacerdote, es listo para llamar la atención de los muchachos. Esto es lo que significa la parábola de la levadura en la masa. La levadura está considerada como algo tan despreciable como el pecado. Una cosa es que huele; otra cosa es que se compone de un tipo de hongos. Sin embargo, la levadura sirve para dar el pan consistencia y textura.
También cuenta Jesús que el Reino es como una planta de mostaza en la cual los pájaros pueden anidarse. Tiene en cuenta aquí la Iglesia aunque no se puede limitar el Reino a los confines de la Iglesia. Como el grano de mostaza, la Iglesia tiene origines humildes entre el puñado de discípulos de Jesús. Sin embargo, con el paso de tiempo la Iglesia ha crecido tanto que ahora provee consuelo a hombres y mujeres a través del mundo.
El Reino de los cielos es el nuevo Paraíso aún con sus espinas y rocas. Sin embargo, lo mejor del Reino es algo que Jesús no menciona en las parábolas. Es el acompañamiento que Jesús mismo nos provee. Como Dios caminaba con Adán y Eva en Paraíso, Jesús nos acompaña en la gracia. Está presente para tomar nuestra mano cuando sentimos tristes y para felicitarnos cuando logramos nuestras metas. Está presente para socorrernos cuando nos apuramos y para corregirnos cuando tropezamos en error. Sí, Jesús está presente a nosotros en el Reino.
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Homilía para el Domingo, 13 de julio de 2008
Homilía para el XV Domingo del Tiempo Ordinario
(Isaías 55:10-11)
“Hablar a ustedes y hablar a la pared es la misma cosa,” se quejó la madre. Sintió frustrada después de haber dicho a sus hijos docenas de veces, “No peleen,” sin efecto. Desgraciadamente las palabras humanas muchas veces no significan mucho. Por la falta de la autoridad, ellas a menudo disipan en el aire como el humo. Pero no es así con la palabra de Dios.
“En el principio... (D)ijo Dios: ‘haya luz’ y hubo luz.” Todos reconocemos estas palabras como las primeras de la Biblia. Revelan como la palabra de Dios es creativa, poderosa, y bondadosa. Decimos “creativa” porque creó la luz de la nada. Asimismo, es poderosa porque apareció la luz con la fuerza para alumbrar el universo. Finalmente, es bondadosa porque la luz iba a permitir a los humanos a ver mirar grandezas como la puesta del sol y finezas como una telaraña.
La primera lectura del profeta Isaías reitera la eficacia de la palabra de Dios. Nos cuenta que como la lluvia pone en proceso la producción del pan, así la palabra de Dios siempre cumple Su intención. El profeta no es el mismo Isaías que predijo la caída de Jerusalén sino el que alienta a los israelitas en exilio. El segundo Isaías revela dos cosas de añadidura. Primero, dice que el sufrimiento de Israel acabará cuando Dios restaura Su reino. Segundo, señala a un hijo de Israel – el Servidor doliente – lo cual justificará al mundo por sufrir sin quejas o reclamaciones.
Nosotros cristianos vemos el cumplimiento de todas estas profecías en Jesús. Él viene como la bondadosa palabra de Dios curando a los enfermos, expulsando los demonios, y enseñado con parábolas. No más está el mundo bajo el dominio del diablo sino se ha hecho en una nueva creación, el Reino de Dios. La palabra, que es Cristo, también se manifiesta con poder, pero un poder interiorizado. Por soportar el sufrimiento de la cruz, Jesús derrota todas las fuerzas del mal agregadas en su contra. Así, Jesús se revela a sí mismo como el Servidor doliente del segundo Isaías llamando la atención de todos.
Nosotros respondemos a Jesús en los dos modos que destacan su vida. Como él actuaba en pro de la gente, nosotros hacemos obras de caridad. Por ejemplo, una parroquia urbana da de comer a quinientas personas pobres cada domingo por al menos cincuenta años. A lo mejor algunos de esta multitud andarían sin comer si no fuera por la parroquia. Pero, más significativo, todos saben que Cristo los ama por las acciones de los parroquianos. También, aguantamos los dolores de la vida con la paciencia como Jesús crucificado. Por ejemplo, una viuda de casi noventa y cuatro años espera que el Señor la recoja. Aunque le duele el cuerpo, raras veces se queja o hace exigencias en su aguardar.
“Hablaré puñales pero no usaré ninguno,” dice el príncipe Hamlet en el famoso drama por Shakespeare. Solamente está demostrando el poder de palabras para cumplir su intención. Sin embargo, hemos visto infinitamente más poder en Jesucristo, la bondadosa palabra de Dios. Como la puesta del sol, Jesús nos llama la atención. Que no rehusemos a responder a él. Que no rehusemos a responder.
(Isaías 55:10-11)
“Hablar a ustedes y hablar a la pared es la misma cosa,” se quejó la madre. Sintió frustrada después de haber dicho a sus hijos docenas de veces, “No peleen,” sin efecto. Desgraciadamente las palabras humanas muchas veces no significan mucho. Por la falta de la autoridad, ellas a menudo disipan en el aire como el humo. Pero no es así con la palabra de Dios.
“En el principio... (D)ijo Dios: ‘haya luz’ y hubo luz.” Todos reconocemos estas palabras como las primeras de la Biblia. Revelan como la palabra de Dios es creativa, poderosa, y bondadosa. Decimos “creativa” porque creó la luz de la nada. Asimismo, es poderosa porque apareció la luz con la fuerza para alumbrar el universo. Finalmente, es bondadosa porque la luz iba a permitir a los humanos a ver mirar grandezas como la puesta del sol y finezas como una telaraña.
La primera lectura del profeta Isaías reitera la eficacia de la palabra de Dios. Nos cuenta que como la lluvia pone en proceso la producción del pan, así la palabra de Dios siempre cumple Su intención. El profeta no es el mismo Isaías que predijo la caída de Jerusalén sino el que alienta a los israelitas en exilio. El segundo Isaías revela dos cosas de añadidura. Primero, dice que el sufrimiento de Israel acabará cuando Dios restaura Su reino. Segundo, señala a un hijo de Israel – el Servidor doliente – lo cual justificará al mundo por sufrir sin quejas o reclamaciones.
Nosotros cristianos vemos el cumplimiento de todas estas profecías en Jesús. Él viene como la bondadosa palabra de Dios curando a los enfermos, expulsando los demonios, y enseñado con parábolas. No más está el mundo bajo el dominio del diablo sino se ha hecho en una nueva creación, el Reino de Dios. La palabra, que es Cristo, también se manifiesta con poder, pero un poder interiorizado. Por soportar el sufrimiento de la cruz, Jesús derrota todas las fuerzas del mal agregadas en su contra. Así, Jesús se revela a sí mismo como el Servidor doliente del segundo Isaías llamando la atención de todos.
Nosotros respondemos a Jesús en los dos modos que destacan su vida. Como él actuaba en pro de la gente, nosotros hacemos obras de caridad. Por ejemplo, una parroquia urbana da de comer a quinientas personas pobres cada domingo por al menos cincuenta años. A lo mejor algunos de esta multitud andarían sin comer si no fuera por la parroquia. Pero, más significativo, todos saben que Cristo los ama por las acciones de los parroquianos. También, aguantamos los dolores de la vida con la paciencia como Jesús crucificado. Por ejemplo, una viuda de casi noventa y cuatro años espera que el Señor la recoja. Aunque le duele el cuerpo, raras veces se queja o hace exigencias en su aguardar.
“Hablaré puñales pero no usaré ninguno,” dice el príncipe Hamlet en el famoso drama por Shakespeare. Solamente está demostrando el poder de palabras para cumplir su intención. Sin embargo, hemos visto infinitamente más poder en Jesucristo, la bondadosa palabra de Dios. Como la puesta del sol, Jesús nos llama la atención. Que no rehusemos a responder a él. Que no rehusemos a responder.
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Homilía para el Domingo, 6 de julio de 2008
El XIV Domingo del Tiempo Ordinario
(Mateo 11:25-30)
Por más de 232 años los americanos han tenido la libertad. No podemos decir “todos americanos” por la lastimosa esclavitud de los negros. Sin embargo, ahora todos -- blancos y morenos -- en este país disfrutan de la independencia para andar a donde quieran y para trabajar en cualquier oficio que puedan. A lo mejor la mayoría de la gente americana orgullosamente piensa en sí misma como los judíos en el Evangelio según San Juan que dicen: “…nunca hemos sido esclavos de nadie.”
Pero si la esclavitud significaría una libertad más profunda de simplemente nadie teniendo escritura de su cuerpo, ¿sería aceptable? Si la esclavitud a una persona nos liberaría de todas otras dominaciones – sean interiores o sean exteriores, ¿podríamos someternos a ella? Tenemos en cuenta no sólo el libre albedrío para hacer lo que se piensa es correcto sino también la capacidad para actuar con la perfección en todo caso. Ésta es la equivalente en la vida diaria a la libertad de un virtuoso con violín en mano o de un gimnasta olímpico en las barras. A lo mejor, sí, nos daríamos a nosotros mismo a esta esclavitud.
En el evangelio hoy, Jesús nos hace tal oferta. Nos invita a cambiar la esclavitud al pecado por la esclavitud a él. Es cierto, no habla de la esclavitud sino del yugo. Pero en la Biblia el yugo – la madera que se coloca sobre los bueyes para uncirlos por trabajo – significa la esclavitud. Jesús quiere que dejemos la tendencia a pecar por el firme compromiso a él. Por eso, Pablo escribe: “El que recibió la llamada del Señor siendo esclavo es un cooperador libre del Señor. Y el que fue llamado siendo libre se hace esclavo de Cristo” (I Cor 7:22).
Recientemente Benedicto XVI alentó a los jóvenes: “¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.” El papa solamente daba eco a Jesús cuando proclama, “…mi yugo es suave y mi carga ligera.” Dice “suave” porque no son tantos preceptos en la ley de Jesús como en la ley de Moisés. Añade “ligera” porque siendo nuestro amo, podemos conseguir siempre su apoyo por la oración.
Sin embargo, parece a algunos que la moralidad católica es más exigente que la de cualquiera otra religión. Debemos venir a misa cada domingo. Debemos refrenar de sexo fuera del matrimonio. Debemos confesar nuestros pecados a un sacerdote. ¿Cómo es suave el yugo de Jesús? Si nos parece tortuoso es porque no le hemos entregado la vida. Una vez que lo hagamos, nos quedarán sólo dos mandamientos fácilmente cumplidos: ama a Dios sobre todo y ama al prójimo como ti mismo. Los otros preceptos serán como guías en momentos de confusión. Sí, verdaderamente es suave su yugo y ligera su carga.
(Mateo 11:25-30)
Por más de 232 años los americanos han tenido la libertad. No podemos decir “todos americanos” por la lastimosa esclavitud de los negros. Sin embargo, ahora todos -- blancos y morenos -- en este país disfrutan de la independencia para andar a donde quieran y para trabajar en cualquier oficio que puedan. A lo mejor la mayoría de la gente americana orgullosamente piensa en sí misma como los judíos en el Evangelio según San Juan que dicen: “…nunca hemos sido esclavos de nadie.”
Pero si la esclavitud significaría una libertad más profunda de simplemente nadie teniendo escritura de su cuerpo, ¿sería aceptable? Si la esclavitud a una persona nos liberaría de todas otras dominaciones – sean interiores o sean exteriores, ¿podríamos someternos a ella? Tenemos en cuenta no sólo el libre albedrío para hacer lo que se piensa es correcto sino también la capacidad para actuar con la perfección en todo caso. Ésta es la equivalente en la vida diaria a la libertad de un virtuoso con violín en mano o de un gimnasta olímpico en las barras. A lo mejor, sí, nos daríamos a nosotros mismo a esta esclavitud.
En el evangelio hoy, Jesús nos hace tal oferta. Nos invita a cambiar la esclavitud al pecado por la esclavitud a él. Es cierto, no habla de la esclavitud sino del yugo. Pero en la Biblia el yugo – la madera que se coloca sobre los bueyes para uncirlos por trabajo – significa la esclavitud. Jesús quiere que dejemos la tendencia a pecar por el firme compromiso a él. Por eso, Pablo escribe: “El que recibió la llamada del Señor siendo esclavo es un cooperador libre del Señor. Y el que fue llamado siendo libre se hace esclavo de Cristo” (I Cor 7:22).
Recientemente Benedicto XVI alentó a los jóvenes: “¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo.” El papa solamente daba eco a Jesús cuando proclama, “…mi yugo es suave y mi carga ligera.” Dice “suave” porque no son tantos preceptos en la ley de Jesús como en la ley de Moisés. Añade “ligera” porque siendo nuestro amo, podemos conseguir siempre su apoyo por la oración.
Sin embargo, parece a algunos que la moralidad católica es más exigente que la de cualquiera otra religión. Debemos venir a misa cada domingo. Debemos refrenar de sexo fuera del matrimonio. Debemos confesar nuestros pecados a un sacerdote. ¿Cómo es suave el yugo de Jesús? Si nos parece tortuoso es porque no le hemos entregado la vida. Una vez que lo hagamos, nos quedarán sólo dos mandamientos fácilmente cumplidos: ama a Dios sobre todo y ama al prójimo como ti mismo. Los otros preceptos serán como guías en momentos de confusión. Sí, verdaderamente es suave su yugo y ligera su carga.
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Mateo 11:25-30
Homilía para el Domingo, 29 de junio de 2008
La Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles
(II Timoteo 4:6-8; 17-18)
¿Nos habría gustado conocer a San Pablo? Tal vez. Muchos cristianos lo reverencian como el que ha cambiado el curso de la historia religiosa. Pero no todos. En la segunda lectura encontramos a Pablo abandonado en Roma, posiblemente en la cárcel aguardando la ejecución. Cuenta un experto que a lo mejor los cristianos romanos no vienen a socorrerlo porque Pablo siempre ha estado obstinado con ellos. Según este experto, después de su primer encarcelamiento en Roma, Pablo insistió a viajar a España en nombre de la comunidad romana aunque sus integrantes se lo opusieron. También dice que muy posiblemente los romanos resienten a Pablo porque ya ha venido del extranjero dictando cómo ellos tienen que enfrentar la persecución del emperador.
Para entender a Pablo tenemos que tomar en cuenta su experiencia en el camino a Damasco. Allá Dios Padre le reveló a Jesucristo para que lo proclamara a los paganos. De todo lo que dicen ambos Pablo en la Carta a los Gálatas y San Lucas en los Hechos de los Apóstoles la revelación no fue un sueño, mucho menos una idea sembrada en su mente. No, fue una experiencia tan notable como el primer día que reportamos a trabajo. Desde ese momento en adelante Pablo estuvo empeñado a llevar a cabo su misión. Ni gigantes ni montañas iban a detenerlo hasta la muerte.
Tan particular que sea su vocación y tan grande que sea su misión, estas realidades no explican el compromiso de Pablo al Señor. Tuvo un sentido de Cristo unido con él propulsándolo adelante como el dinamismo de su ser. Pudiéramos nombrar este poder “la gracia.” De todos modos lo describe Pablo como Cristo tomando posesión de su vida. En la misma Carta a los Gálatas dice, “…ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.” Seguro de su unión con el Señor, Pablo podía sufrir tantas pruebas como el héroe de guerra más decorado. En la Segunda Carta a los Corintios Pablo alista sus dolores: “Cinco veces fui condenado por los judíos a los treinta y nueve azotes; tres veces fui apaleado; una vez fui apedreado; tres veces naufragué; y una vez pasé un día y una noche perdido en alta mar” (II Cor 11:24-25).
Admiramos a Pablo por todo lo que sufrió y logró por Cristo. Sin embargo, él no estaría satisfecho con nuestros elogios. Realmente no le interesarían ni una iota. En lugar de la admiración Pablo querría que nuestro compromiso al Señor Jesús sea intenso como lo suyo. Porque Jesús es el Señor de la vida, Pablo desearía que lo amemos sobre todo dejando al lado otros queridos – sea la borrachera, el prejuicio, o el chisme. Querría que nos reconciliemos con los adversarios como prueba de nuestro amor a Cristo. Y nos pediría que actuemos como antorchas brillando la luz de Cristo por obras de caridad.
La fusión nuclear es el proceso que suelta la energía de las estrellas. Tiene lugar cuando partículas ligeras como moléculas de hidrógeno se funden. Podemos ver lo que pasó entre Pablo y Cristo como una fusión nuclear. Aceptando a Cristo como el dinamismo de su propio ser, Pablo cambió el curso de la historia. Como las estrellas iluminan el cielo nocturno, Pablo querría que nuestro amor para Cristo alumbre el camino de los demás. Que nuestro amor para Cristo alumbre el camino.
(II Timoteo 4:6-8; 17-18)
¿Nos habría gustado conocer a San Pablo? Tal vez. Muchos cristianos lo reverencian como el que ha cambiado el curso de la historia religiosa. Pero no todos. En la segunda lectura encontramos a Pablo abandonado en Roma, posiblemente en la cárcel aguardando la ejecución. Cuenta un experto que a lo mejor los cristianos romanos no vienen a socorrerlo porque Pablo siempre ha estado obstinado con ellos. Según este experto, después de su primer encarcelamiento en Roma, Pablo insistió a viajar a España en nombre de la comunidad romana aunque sus integrantes se lo opusieron. También dice que muy posiblemente los romanos resienten a Pablo porque ya ha venido del extranjero dictando cómo ellos tienen que enfrentar la persecución del emperador.
Para entender a Pablo tenemos que tomar en cuenta su experiencia en el camino a Damasco. Allá Dios Padre le reveló a Jesucristo para que lo proclamara a los paganos. De todo lo que dicen ambos Pablo en la Carta a los Gálatas y San Lucas en los Hechos de los Apóstoles la revelación no fue un sueño, mucho menos una idea sembrada en su mente. No, fue una experiencia tan notable como el primer día que reportamos a trabajo. Desde ese momento en adelante Pablo estuvo empeñado a llevar a cabo su misión. Ni gigantes ni montañas iban a detenerlo hasta la muerte.
Tan particular que sea su vocación y tan grande que sea su misión, estas realidades no explican el compromiso de Pablo al Señor. Tuvo un sentido de Cristo unido con él propulsándolo adelante como el dinamismo de su ser. Pudiéramos nombrar este poder “la gracia.” De todos modos lo describe Pablo como Cristo tomando posesión de su vida. En la misma Carta a los Gálatas dice, “…ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.” Seguro de su unión con el Señor, Pablo podía sufrir tantas pruebas como el héroe de guerra más decorado. En la Segunda Carta a los Corintios Pablo alista sus dolores: “Cinco veces fui condenado por los judíos a los treinta y nueve azotes; tres veces fui apaleado; una vez fui apedreado; tres veces naufragué; y una vez pasé un día y una noche perdido en alta mar” (II Cor 11:24-25).
Admiramos a Pablo por todo lo que sufrió y logró por Cristo. Sin embargo, él no estaría satisfecho con nuestros elogios. Realmente no le interesarían ni una iota. En lugar de la admiración Pablo querría que nuestro compromiso al Señor Jesús sea intenso como lo suyo. Porque Jesús es el Señor de la vida, Pablo desearía que lo amemos sobre todo dejando al lado otros queridos – sea la borrachera, el prejuicio, o el chisme. Querría que nos reconciliemos con los adversarios como prueba de nuestro amor a Cristo. Y nos pediría que actuemos como antorchas brillando la luz de Cristo por obras de caridad.
La fusión nuclear es el proceso que suelta la energía de las estrellas. Tiene lugar cuando partículas ligeras como moléculas de hidrógeno se funden. Podemos ver lo que pasó entre Pablo y Cristo como una fusión nuclear. Aceptando a Cristo como el dinamismo de su propio ser, Pablo cambió el curso de la historia. Como las estrellas iluminan el cielo nocturno, Pablo querría que nuestro amor para Cristo alumbre el camino de los demás. Que nuestro amor para Cristo alumbre el camino.
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II Timoteo 4:6-8; 17-18,
San Pablo
Homilía para el Domingo, 22 de junio de 2008
El Duodécimo Domingo del Tiempo Ordinario
(Mateo 10:26-33)
Una vez un hombre se le acercó al sacerdote después de misa. Le preguntó, “¿Deberíamos o no deberíamos temer a Dios?” El cura, sin demorar, respondió, “Sí, deberíamos.” Asombrado por la respuesta, el hombre meneó su cabeza diciendo, “¡Pensaba que Dios es nuestro Padre que nos ama!”
Es cierto, Dios es nuestro Padre eterno, pero como la relación con nuestros padres naturales desarrolla a través de los años, así hace la relación con nuestro Padre Dios. En el principio cuando las pasiones nos impulsan a exaltar a nosotros mismos, haremos bien a temer a Dios como quien pone límites a nuestros caprichos. Sin embargo, cuando aprendemos a dominar los impulsos desordenados, podemos considerar a Dios con toda estima que se le debe. Es como el caso de un hombre que recuerda a su padre con mucho afecto aunque lo castigaba por hablar mal de otras razas. Dice que cuando maldijo a un negro o un mejicano, su padre le lavó su boca con jabón.
En el evangelio hoy Jesús discursa con sus apóstoles de estos dos planteamientos hacía Dios Padre. En primer lugar tienen que temer a Dios como “quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.” Sin embargo, es el mismo Padre Dios que merece el amor por tener todos “los cabellos de su cabeza…contados.” Llevando a cabo la misión con que Jesús les encomienda, los apóstoles no tienen que temerlo. Más bien, pueden confiar en su apoyo. Es igual con nosotros. Cuando hacemos lo que podamos para inculcar los valores cristianos, podemos contar con el apoyo de Dios. Cuando nos acogemos a personas no conocidas a la parroquia, podemos contar con la gracia de Dios a superar nuestra descomodidad. Cuando reconocemos nuestros errores en el trabajo, podemos contar con Dios para llevarnos a través de cualquiera repercusión. Cuando nos mantenemos firmes en la corrección de un hijo extraviado, podemos contar con le favor de Dios.
Desgraciadamente son los reproches de hombres que nos tienen congelados más que la condenación de Dios. Eso es, estamos dispuestos a evitar las críticas de otras personas más que el pecado contra Dios. Por eso, unos mienten para ocultar sus deficiencias, y otros rehúsan a hacer lo justo. Parece un gran error, por ejemplo, faltar la misa dominical porque algunos visitantes han llegado a casa inesperadamente. Sería mejor que imitemos a los musulmanes en este caso. Si están entreteniendo a huéspedes en la hora de oración, muchos musulmanes simplemente se excusarán a sí mismos por diez minutos para cumplir su deber a Dios. Entonces, vuelven a sus compañeros con todos sintiendo elevados por su piedad.
No es inesperado a ver las casas de padres llenadas con los logros de sus hijos. En algunas casas son los trofeos de sport que los padres destacan. En otras son las fotos de cada etapa cumplida: la recepción de la primera comunión, la graduación del colegio, el matrimonio. Un hombre tuvo todas las cartas que recibió de su hijo por casi cincuenta años. Más que muestras de orgullo, son pruebas del amor de los padres para con sus hijos. Así Jesús nos recuerda como Dios Padre tiene contados todos los cabellos de nuestras cabezas. Dios nos ama a nosotros tanto. Dios nos ama.
(Mateo 10:26-33)
Una vez un hombre se le acercó al sacerdote después de misa. Le preguntó, “¿Deberíamos o no deberíamos temer a Dios?” El cura, sin demorar, respondió, “Sí, deberíamos.” Asombrado por la respuesta, el hombre meneó su cabeza diciendo, “¡Pensaba que Dios es nuestro Padre que nos ama!”
Es cierto, Dios es nuestro Padre eterno, pero como la relación con nuestros padres naturales desarrolla a través de los años, así hace la relación con nuestro Padre Dios. En el principio cuando las pasiones nos impulsan a exaltar a nosotros mismos, haremos bien a temer a Dios como quien pone límites a nuestros caprichos. Sin embargo, cuando aprendemos a dominar los impulsos desordenados, podemos considerar a Dios con toda estima que se le debe. Es como el caso de un hombre que recuerda a su padre con mucho afecto aunque lo castigaba por hablar mal de otras razas. Dice que cuando maldijo a un negro o un mejicano, su padre le lavó su boca con jabón.
En el evangelio hoy Jesús discursa con sus apóstoles de estos dos planteamientos hacía Dios Padre. En primer lugar tienen que temer a Dios como “quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.” Sin embargo, es el mismo Padre Dios que merece el amor por tener todos “los cabellos de su cabeza…contados.” Llevando a cabo la misión con que Jesús les encomienda, los apóstoles no tienen que temerlo. Más bien, pueden confiar en su apoyo. Es igual con nosotros. Cuando hacemos lo que podamos para inculcar los valores cristianos, podemos contar con el apoyo de Dios. Cuando nos acogemos a personas no conocidas a la parroquia, podemos contar con la gracia de Dios a superar nuestra descomodidad. Cuando reconocemos nuestros errores en el trabajo, podemos contar con Dios para llevarnos a través de cualquiera repercusión. Cuando nos mantenemos firmes en la corrección de un hijo extraviado, podemos contar con le favor de Dios.
Desgraciadamente son los reproches de hombres que nos tienen congelados más que la condenación de Dios. Eso es, estamos dispuestos a evitar las críticas de otras personas más que el pecado contra Dios. Por eso, unos mienten para ocultar sus deficiencias, y otros rehúsan a hacer lo justo. Parece un gran error, por ejemplo, faltar la misa dominical porque algunos visitantes han llegado a casa inesperadamente. Sería mejor que imitemos a los musulmanes en este caso. Si están entreteniendo a huéspedes en la hora de oración, muchos musulmanes simplemente se excusarán a sí mismos por diez minutos para cumplir su deber a Dios. Entonces, vuelven a sus compañeros con todos sintiendo elevados por su piedad.
No es inesperado a ver las casas de padres llenadas con los logros de sus hijos. En algunas casas son los trofeos de sport que los padres destacan. En otras son las fotos de cada etapa cumplida: la recepción de la primera comunión, la graduación del colegio, el matrimonio. Un hombre tuvo todas las cartas que recibió de su hijo por casi cincuenta años. Más que muestras de orgullo, son pruebas del amor de los padres para con sus hijos. Así Jesús nos recuerda como Dios Padre tiene contados todos los cabellos de nuestras cabezas. Dios nos ama a nosotros tanto. Dios nos ama.
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