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El domingo, 15 de enero de 2023

 SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO, 15 de enero de 2023

(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 3:1-3; Juan 1:29-34)

Una vez se le preguntó a uno de los mejores abogados de juicio en su ciudad así: ¿Qué es lo más importante para ganar un caso de corte? ¿Es un juez justo?  ¿Es un jurado simpático?  ¿Es un equipo de apoyo bueno?  El abogado sin demora respondió.  “No, lo más importante para ganar un caso de corte es un testigo creíble”. En el evangelio hoy encontramos tal testigo en el caso de Jesús.

Juan es hombre de convicción.  No vacila de modo que su respuesta un día es esto y el día siguiente es eso.  Tampoco a Juan no le importa nada menos la verdad.  Vive de langostas y miel silvestre de modo que no se le pueda sobornar con cualquiera cosa material.  Ni le trata a complacer a la gente sino solo al Señor.  Reconoce su tarea como preparar a Israel para la venida del elegido del Señor.

En cuanto ve a Jesús en el evangelio hoy, Juan atestigua que él es el elegido, “el Cordero de Dios…”  Significa que Jesús va a entregarse a la muerte como un sacrificio para quitar el pecado que infecta al mundo.  Dice que Jesús tiene al Espíritu Santo que le hace el Hijo de Dios.  Jesús nos imparte el mismo Espíritu a nosotros en el Bautismo.  Tenemos este Espíritu para que cumplamos la voluntad de Dios.

Acabamos de perder a uno de los grandes testigos de nuestros tiempos.  El papa Benedicto XVI como Juan vivió para dar testimonio a Jesucristo.  Benedicto era hombre de la verdad.  No buscaba la opinión favorable de la prensa o de los políticos.  En una declaración famosa él criticó la “teología de liberación”, que fue la moda en teología en el último cuarto del siglo pasado.  Entonces era el encargado del departamento vaticano de asuntos de la fe.  El entonces Cardinal Ratzinger no condenó la teología de liberación sino advirtió a los adherentes que, si profesaban solo la liberación de la opresión social y no la del pecado personal, no serían fieles al evangelio. 

También Benedicto era persona de humildad.  A medida que estaba debilitándose, él no se aferró el papado.  Aunque tenía la atención del mundo, renunció el oficio cuando se le dio cuenta de que no podía llevar a cabo bien sus responsabilidades. 

Porque vino de Alemania luego de muchos años de estudio riguroso, la personalidad de Benedicto era reservada.  Pero no era hombre frío y mucho menos despiadado como a veces lo retrataron. Un sacerdote le recuerda cuando vino a Nueva York.  Dice el cura que la fila de huéspedes estuvo larga, pero a él y presuntamente a cada uno de los huéspedes, Benedicto les extendió la mano y los miró en los ojos.  Esta observación confirma lo que dijo su biógrafo sobre sus modalidades. Al esperar de verlo en su primera visita, le vino el Cardinal Ratzinger personalmente y extendió su mano en manera amistosa.

Más que antes, nos hace falta testimonio como lo del papa Benedicto.  De hecho, es necesario que todos nosotros participantes en la misa dominical demos testimonio a Jesucristo.  El mundo está perdiendo su buen sentido en una inundación de preocupación excesiva del yo.  El secularismo ha eliminado referencia a Dios como autoridad fuera de la persona que requiere atención.  El individualismo ha facilitado tragedias como el rompimiento de la familia nuclear.  Y el relativismo ha producido contradicciones como el cambio del género y el matrimonio homosexual.  Cristo nos obliga que amemos a aquellos que piensen y actúen en modos diferentes.  Pero también nos enseña que hay verdades transcendentes para ser defendidas a pesar de que piensen los demás.

El papa Benedicto murió con un testimonio de su amor a Jesús en sus labios.  Sus últimas palabras fueron: “Jesús, te amo”.  Quizás podríamos dar testimonio a Jesús por ensayar lo que queremos ser nuestras palabras finales.  Después de despedirnos de nuestros seres queridos, quisiéramos decir algo como: “Confío en ti, Señor”.  Que repitamos estas palabras a otra persona todos los días. 

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué querría yo para mis últimas palabras cuando muera?

El domingo, 25 de agosto de 2013



EL VIGÉSIMO PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 66:18-21; Hebreos 12:5-7.11-13; Luke 13:22-30)

En su libro sobre Jesús el papa emérito Benedicto responde a la cuestión de la evangelización de los pueblos no cristianos.  El Concilio Vaticano II declaró que personas de otras religiones o de no religión que no conocen a Cristo pueden ser salvadas si siguen sus conciencias.  “Entonces - preguntan algunos - ¿por qué no mostramos nuestro aprecio para la fe de los musulmanes, hindús, y budistas por no tratar de convertirlos a la nuestra?”

El papa Benedicto no negaría que otras religiones tengan características admirables.  Es edificante, por ejemplo, ver a un musulmán disculparse de una conversación cuando es la hora de la oración.  Pero no es que todo lo que enseñan ayude la salvación.  Responde el papa Benedicto a aquellos que no ven la necesidad de evangelizar con varios interrogantes: “¿Se salvará alguien y será reconocido por Dios como un hombre recto, porque ha respetado en conciencia el deber de la venganza sangrienta?... ¿Por qué ha convertido sus opiniones y deseos en norma de su conciencia y se ha erigido a sí mismo en el criterio a seguir?” No, estos comportamientos no conducen a ninguno a la perfección esperada por la vida con Dios.  El mundo necesita la verdad de Cristo: que los hombres y mujeres son salvados por el amor abnegado de Jesús lo cual todos estamos llamados a imitar.

En el evangelio hoy el mismo Jesús instruye a la gente que tal amor requiere la disciplina.  No podemos ser generosos sin regularmente dar de nuestros dispensarios a los necesitados.  Igualmente no podemos ser compasivos sin tratar con comprensión a los que carecen el calor humano.  Es cierto que no faltan éstas y otras virtudes en los partidarios de otras religiones.  Sin embargo, son preeminentemente características de Cristo y regularmente encontradas en los santos cristianos.  Por asegurar que todos las aprecien y las practiquen, tenemos que hacer dos cosas.  Primero, viviremos todos los valores cristianos que podemos.  Y segundo, los enseñaremos a nuestros parientes, compañeros y prójimos hasta los rincones más lejanos del mundo.

El domingo, 3 de febrero de 2013


IV DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 1:4-5.17-19; I Corintios 12:31-13:13; Lucas 4:21-30)


¿Dónde se encuentra a las gentes más orgullosas en el mundo hoy?  A lo mejor estarán en San Francisco y Baltimore.  Pues dentro de pocas horas los equipos de fútbol de estas ciudades se enfrentarán en el Superbowl.  Tal vez la gente de Nazaret sienta algo del mismo orgullo en el evangelio hoy.

Cuando escuchan las palabras de Jesús, sus paisanos lo aclaman diciendo: "¿No es éste el hijo de José?"  Eso es, el carpintero que todo el mundo conoce.  Se alegran por ver a uno de su pueblo hablar con tanta convicción.  Es como los alemanes responden cuando el papa Benedicto los visita.  Sin duda sienten exultados a saber de uno de su pueblo encabeza la religión más numerosa en el mundo.  

Sin embargo, después de escuchar al papa a lo mejor el orgullo de algunos cambiará al disgusto.  Pues, Benedicto no va a atenuar la doctrina católica para placar a nadie.  Al contrario, va a defender la vida desde la concepción y, como hizo hace poco, va a resistir el intento de proclamar cambiada la naturaleza del matrimonio para acomodar a los homosexuales. Asimismo, en el  evangelio Jesús se presenta al pueblo como más que su hijo predilecto; es profeta de Dios.  Eso es, él va a proclamar tanto las exigencias como el amor divino.  Jesús sabe que no van a aceptar sus palabras cuando les acusen de no vivir durante la semana la justicia que profesan al sábado.  Por eso, les dice: “…nadie es profeta en su propia tierra”.

Pero ¿cómo puede ser Jesús tan seguro de los motivos del pueblo?  Él acaba de volver a Nazaret y la gente sólo ha expresado su admiración para él.  No obstante, en los ojos del evangelista tanto como en nuestros, Jesús es Dios con la capacidad de adivinar las intenciones de los hombres.  Como un MRI espiritual, Jesús puede ver debajo de la piel para leer el corazón del hombre. De una manera semejante preguntamos: ¿por qué quedamos seguros que la Iglesia tiene razón en estas grandes cuestiones éticas?  Se puede responder que el Espíritu Santo reside con la Iglesia, pero hay otras razones más al caso.  Principalmente es que la Iglesia tiene la revelación de Dios como su propia fuente de la sabiduría.  Ésta resalta lo que la filosofía ha demostrado desde los tiempos de Aristóteles: que nosotros humanos somos creaturas de un Creador con vínculos fuertes a todas otras personas.  Además, la revelación nos promete la felicidad eterna si nos sometemos a la voluntad de Dios.

Desgraciadamente el hombre contemporáneo rechaza esta visión esperanzadora por la glorificación del yo.  Este yo quiere satisfacer sus antojos sin darle cuentas a Dios ni ser responsable por el otro.  Se puede ver el rechazo de Dios en favor del yo en el número creciente de personas que no se identifican con ninguna religión.  En los Estados Unidos veinte por ciento de los adultos y uno por tres de los jóvenes dicen que no están afiliados con ninguna religión.  Algunos de estos, tal vez no conscientes del daño creado por el Comunismo, aun acusan la religión de ser fuente de la guerra.  El rechazo está pronosticado en el evangelio hoy.  Cuando la gente lleva a Jesús al barranco para apedrearlo, está mostrando su resistencia a la autoridad de Dios.

Jesús se les escapa para predicar en otros lugares.  Así, tal vez, quisiéramos terminar nuestra relación con los compañeros que rechacen a Dios.  Pero Dios nos llama a evangelizar “en tiempo y destiempo”.  Recordando cómo las acciones pueden hablar con mayor elocuencia que palabras, mostraremos a los que duden la sustancia de nuestra fe.  Los cientos de miles de personas que participaron en la “Marcha por la Vida” el mes pasado a pesar de temperaturas congeladoras dieron  tal gran testimonio de fe.   También lo hacen los laicos que visiten a los encerrados.

Una revista muestra en su portada al papa Benedicto como sacerdote joven.  Es alto, guapo, y undulado de pelo.  Se toma la foto durante el Concilio Vaticano II donde él ayudó a los obispos como experto en la teología.  Como entonces contribuyó al tiempo más orgulloso del siglo veinte para los católicos, ahora en el destiempo sigue anunciando el evangelio.  Él nos proclama la exigencia: que jamás rechacemos la verdad de Jesucristo para satisfacer los antojos.  Que jamás rechacemos a Cristo. 

El domingo, 5 de diciembre de 2010

II DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-2)

Hoy es el segundo domingo de Adviento. Ha sido llamado “el domingo de Juan el Bautista”. Pues, cada año en este día oímos el grito del bautista en la lectura evangélica. “Arrepiéntete” – nos insiste – “porque el Reino de los cielos está cerca”. Juan domina la lectura tanto que nunca aparece Jesús en persona. Pero podríamos llamar hoy y todo Adviento “el tiempo del profeta Isaías”. A lo mejor se lee su libro de profecía en la misa más que cualquier otro durante estas cuatro semanas.

Desde luego, el mundo ha cambiado mucho desde el tiempo de Isaías. Las espadas y lanzas se han hecho ametralladoras y misiles. Las masas ya no viven en el campo con corderos, vacas, y bueyes, sino apiñan las ciudades con televisores y celulares. Sin embargo, en un aspecto no ha habido ningún cambio. Los pudientes siguen oprimiendo a los débiles para aumentar su propio beneficio. Isaías no deja de reprochar este abuso. Dice: “Dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Isaías 1:11,17).

Se puede apuntar varios crímenes en la sociedad contemporánea que merezcan la denuncia de Isaías. Las guerras vuelven a los niños en huérfanos, y los negocios no se cansan de manipular al público. Pero una barbaridad señala la profundidad de la corrupción actual. Nuestra sociedad no sólo permite sino también promueve la destrucción de los más vulnerables seres humanos. Para mantener el libre acceso a la pornografía, a la promiscuidad sexual, y al divorcio sin culpa, se defiende el aborto como un derecho humano.

Nosotros volteamos a Cristo para hacer frente a todas estas abominaciones. Aunque era soltero, él reprochaba los pensamientos lujuriosos. Aunque era acosado, defendía a los indefensos sin contar el costo a sí mismo. Ahora se ve la sabiduría de Cristo en la doctrina de los papas que no nos permiten a olvidarse del aborto. Hace poco el papa Benedicto llamó una oración por el mundo precisamente en defensa de la vida naciente.

Cristo es el rey a lo cual refiere el profeta Isaías para remediar la iniquidad de Israel. Es el renuevo del tronco de Jesé con el espíritu de Dios. En Cristo los leones-publicanos se reconcilian con los novillos-pobres; las panteras-prostitutas se arrepienten como los cabritos descarriados. Pero toda esta visión del reino pacífico está en el horizonte lejano. A lo mejor Isaías tiene en cuenta a un líder más próximo para renovar la sociedad. Quien será no es claro en sus escritos. Estamos más seguros de las personas con que contamos para renovar nuestra sociedad. Los hombres y mujeres laicos tienen que levantar sus voces tanto en lugares públicos como en sus casas contra el aborto. También, tienen que educar a los adolescentes que reserven la intimidad sexual al matrimonio. Sobre todo, tienen que modelar cómo no vivir por el número uno sino por los demás haciendo los sacrificios necesarios.

Hace poco el papa Benedicto asombró al mundo con un comentario sobre el uso de condones. Dijo que cuando el homosexual se los aprovecha para evitar la enfermedad a su pareja, es un signo de arrepentimiento. No lo calificó como permisible, mucho menos bueno, sino que representa el primer paso al no pensar en el número uno. Es necesario que los hombres y mujeres laicos se arrepientan así. En lugar de defender la intimidad sexual como un derecho humano, tienen que verla con la reserva que merece. Es sólo el primer paso. Para renovar la sociedad se requieren muchos sacrificios más. Pero es necesario este primer paso.

El domingo, 12 de septiembre de 2010

XXIV DOMINGO ORDINARIO

Éxodo 32:7-11.13-14; I Timoteo 1:12-17; Lucas 15:1-32

Se llama la Ilíada “la mayor historia de guerra jamás escrita”. Cuenta del héroe griego Aquiles en la guerra contra Troya. Aunque sea el guerrero más poderoso en la historia, en el principio de la Ilíada Aquiles rehúsa a pelear. Ha tenido una riña con el rey griego sobre una mujer que le deja celoso, petulante y airoso. En un sentido es como encontramos a Dios en la primera lectura del Éxodo.

No es por nada que Dios se enoja con los israelitas. Pues, después de sacarlos de la esclavitud, los israelitas rebelan contra Su programa de iluminación en el desierto. Es como si un cirujano acaba de dar a una persona un nuevo corazón, pero la paciente no quiere tomar las medicinas para evitar el rechazo. Como si fueran burlándose del Señor como un anciano agotado, los israelitas construyen un ídolo en forma de un becerro fuerte. Según la lectura Dios se perturba tanto que desee poner todo el pueblo Israel al fuego.

Sabemos que el autor de la historia pinta al Señor como furioso para demostrar Su afición para Israel, pero ¿realmente es Dios así? Con la descripción del Señor dada en Éxodo algunos lo temerán, pero ¿quién lo amará? Ciertamente no es cómo Jesús nos lo revela en el evangelio hoy.

Jesús retrata a su Padre Dios con tres imágenes majestosas. Con la parábola del pastor y la oveja extraviada, nos cuenta Jesús que Dios cuida a cada uno de Su pueblo como el más importante en el rebaño. Es como la madre de quince que no admite que tenga a un preferido sino que ama a todos con todo corazón. En la parábola de la mujer y la moneda perdida Jesús nos deja un vistazo de lo que se puede llamar “el lado femenino de Dios”. Aquí Dios no es solo sino comunitario. No es quieto sino se alegra con sus compañeros. La novela “La cabaña”, que ha sido comprada por millones a través del mundo, imagina a Dios Padre como una negra con mucho busto y una risa indómita.

Sobre todo Jesús retrata a Dios como un padre amoroso. Este padre les da a sus hijos todo lo necesario – desde la nutrición hasta la educación -- para irse y hacerse exitosos en el mundo. Para Él es una dote entregada como regalo aunque si ellos lo toman como lo suyo por derecho. Entonces el padre los espera, mirando el horizonte por un signo de sus regresos.

Las parábolas nos dejan con el interrogante: ¿Cómo vamos a tratar a Dios que nos ama tanto? ¿Vamos a seguir ignorándonos de Él, tomando todos sus dones por dados? O ¿vamos a decirle en efecto, como el hijo mayor en la parábola, “Tú me debes más, mucho más”? O ¿vamos a volverle de rodillas como el hijo menor reconociendo nuestra arrogancia y pidiéndole, “Tu perdón y tu gracia, sólo estos, Padre”? Jesús nos asegura que el becerro degollado y el baile son para aquellos que tomen esta última postura.
En su libro “Jesús de Nazaret”, que también ha sido comprado por millones, el papa Benedicto trata del “lado femenino de Dios”. Dice que la Biblia describe el amor de Dios para nosotros como aquél de una madre para la criatura en su vientre. Añade que no se puede representar la relación entre Dios y nosotros como cosa más necesaria y más íntima. Es cierto. Llamamos a Dios “Padre”, pero sabemos que Él nos ama tanto como una mamá mamando como un papá esperando. Nos ama tanto como una mamá como un papá.

Homilía para el domingo, 26 de julio de 2009

El XVII Domingo Ordinario

(II Reyes 4:42-44; Efesios 4:1-6; Juan 6:1-15)

Hoy a través del mundo la gente está haciendo filas para ver la nueva película de Harry Potter. Desean ver señales milagrosas y fenómenos poderosos. ¿Han cambiado mucho los tiempos? En el evangelio se dice que mucha gente acude a Jesús por el mismo motivo.

Con tanta gente siguiéndolo, Jesús prueba a sus discípulos. “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” les pregunta. Tiene un interrogante semejante para nosotros hoy día. Con un mil millones de personas viviendo en la miseria, ¿qué vamos a hacer para que todos mantengan la dignidad humana? Pues, como dicen los papas, porque toda la humanidad comprende una familia, tenemos que ayudar a uno y otro.

En su carta encíclica reciente el santo padre Benedicto XVI nos ofrece la respuesta para el interrogante de Jesús. Hemos de practicar “la caridad en la verdad.” Tal caridad es más que la simpatía para los sufridos. Es poner nuestros recursos al servicio del desarrollo de las que quedan en grave necesidad. La verdad insiste que busquemos no sólo un crecimiento de bienes para los necesitados sino un desarrollo íntegro. Por eso, es imprescindible que aseguremos por los pobres los derechos de alabar a Dios según sus conciencias y de tener familias de manera responsable.

En el evangelio Jesús toma cinco panes y dos pescados, los bendice, y los reparte entre la gente. Entonces todos, enumerando mucho más que cinco mil de personas, comen hasta saciarse. Algunos interpretan esta acción de parte de Jesús simplemente como un hecho de persuasión que mueve a la multitud a compartir los alimentos que han traído en sus bolsas. Pero este tipo de pensar traiciona no sólo las palabras de la narrativa sino también lo que creemos acerca de Jesús. Como hijo de Dios él puede multiplicar los panes para satisfacer a todos.

Nosotros aproximamos la acción de Jesús cuando aplicamos la verdad a la caridad. Si la caridad insiste que ayudemos a los mil millones de miserables, la verdad dicta que nos aprovechemos de la tecnología para que haya la abundancia. Un simple compartir de recursos no puede proveer la dignidad humana. Más bien, dejará a los indigentes dependientes y sometidos a los pudientes. No, además de compartir recursos tenemos que educar a los pobres para involucrarse en el mercado libre. Sólo así tendrán el pan, el techo, y el medicamento para vivir dignamente.

Y ¿cómo podemos nosotros aquí desempeñar este cometido? Podemos aportar a organizaciones como Catholic Relief Services que proveen a los más pobres tanto ayuda de desarrollo como socorro de emergencia. Podemos hacer compras con conciencia por los pobres. Por ejemplo, podemos buscar el café y otros productos a precios de “comercio justo.” Esto es una certificación que los pequeños productores reciben un precio bueno en cambio por un producto de buena calidad. Y podemos abogar por los más necesitados con nuestros líderes nacionales. Aunque nuestras acciones individuales ayudan a los pobres, una política nacional que favorece el desarrollo íntegro multiplicará el bien un millón de veces. Esto es lo necesario hoy día -- que sea multiplicado el desarrollo un millón de veces.

Homilía para el Domingo, 9 de noviembre de 2008

La Dedicación de la Basílica de Letrán

(Juan 2:13-22)

Comúnmente pensamos en la Basílica de San Pedro en Roma como la iglesia del papa. Sin embargo, por mil años los papas oficiaban en otro templo primeramente llamado El Salvador y, después de una reconstrucción en el décimo siglo, la Basílica de San Juan Bautista. Porque queda en la propiedad de la antigua familia romana, Letrán, se conoce ahora como la Basílica de Letrán. Todavía se llama esta basílica “la iglesia del papa,” y ahora celebramos el aniversario de su dedicación.

De una manera es curioso que llamamos atención a una construcción de piedra. Pues, el evangelio hoy nos enseña que el propio cuerpo de Jesús es el templo por medio de lo cual se ofrece el único sacrificio agradable a Dios. Actualmente encontramos su cuerpo en la Eucaristía que se puede confeccionar tanto en el campo de batalla como en una catedral. Desde que los discípulos de Jesús se hacen miembros de su cuerpo por el Bautismo, se identifican ellos mismos con la iglesia. De hecho, San Pablo en la segunda lectura hoy llama la comunidad de fe en Corinto “el templo de Dios.” Con todo este énfasis en la Iglesia como el cuerpo de Cristo, se cuestiona si valen las construcciones.

Claro que sí. Después de todo, nosotros cristianos no son puros espíritus. Necesitamos abrigo del sol del día y del frío de la noche cuando nos congregamos. Por eso, en el principio las varias comunidades de fe se congregaban en casas particulares para ofrecer la eucaristía. Y cuando los números de cristianos crecieron, las comunidades necesitaban estructuras más amplias para sus asambleas.

Hay otra razón para las construcciones tan significativa como la protección de los elementos. Por su magnificencia y belleza las estructuras nos ayudan orar. En abril cuando visitaba la catedral de San Patricio en Nueva York, el papa Benedicto comentó acerca de los vitrales de la estructura. Dijo que desde afuera los vitrales parecen oscuros aún sombríos pero adentro se hacen vivos, reflejando la luz que los atraviesa. Del mismo modo desde afuera, la Iglesia parece difícil aceptar, restringiendo la libertad del individuo. Sólo desde el interior se puede conocer la Iglesia como inundada con la gracia y resplandeciente con gente buena. También, los diferentes aspectos del edificio nos recuerdan de Dios, sean los arcos que apuntan el cielo, las velas que emiten luz y calor, o las imágenes que muestran los personajes y los eventos de nuestra salvación.

Raras veces durante el año la Iglesia celebra el aniversario de la dedicación de una iglesia. Por eso, podemos contar esta fiesta de la Dedicación de la Basílica Letrán como representativa de las dedicaciones de todas otras iglesias de Catolicismo. Ahora damos gracias a Dios especialmente por las construcciones que nos nutren en la fe, y también por los hombres y mujeres que han trabajado para construir estos testimonios de la fe. Aún más, le damos gracias por su hijo Jesucristo que nos hace posible ofrecer el único sacrificio agradable para que tengamos el destino del cielo.

Homilía para el Domingo, 27 de julio de 2008

El XVII Domingo Ordinario

(Mateo 13:44-52)

El papa Benedicto acaba de regresar de la Jornada Mundial de Juventud. Este año el evento tuvo lugar en Australia. No se esperaban tantos jóvenes como en países con mayores números de católicos. Sin embargo, una vez más estuvieron centenares de miles de jóvenes desbordándose con entusiasmo por la Iglesia. A lo mejor hubo unas experiencias como la historia de una joven hace seis años en Toronto.

Al final de la Jornada Mundial en 2002 una mujer de veinticuatro años se acercó al micrófono libre para declarar el impacto del evento en su vida personal. Dijo que la experiencia le rescató la vida. Explicó que ella había vivido en las calles de la ciudad desde que tenía quince años. Se hizo adicto al alcohol y drogas. Para apoyar estos vicios se hizo prostituta también. Era al punto de suicidarse cuando unos jóvenes la limpiaron e la invitaron a la Jornada Mundial de Juventud. Allá, contó la mujer, encontró a un viejo que cambió su vida. El viejo le dijo que la amó. La mujer relató que muchos viejos le habían dicho que la amaron pero este habló de verdad. El viejo le dijo también que Dios la ama. La ama Dios tanto que quiere pasar toda la eternidad con ella y que envió a su propio hijo para hacerlo posible. Entonces la mujer dijo que el viejo le hizo sentido y que ya quería vivir.

Por supuesto, el viejo en la historia es el papa Juan Pablo II. El mensaje que le dio es el mismo que Jesús relata en las dos primeras parábolas del evangelio hoy. Solemos pensar en el tesoro escondido y la perla valiosa como el Reino de los cielos. Sin embargo, se puede interpretar estas parábolas en un modo distinto. El tesoro escondido y la perla valiosa pueden ser nosotros que Dios encuentra abandonada y desgastada como la joven antes de escuchar al papa. Entonces, Dios entrega la entidad más preciosa que tiene para obtenernos. Eso es Su propio hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Si Dios nos ha comprado, realmente somos de Él. Por eso, no somos libres de actuar en cualquier modo que nos dé la gana. Más bien, tenemos que seguir Su voluntad. Tenemos que darle las gracias y alabanzas, particularmente en los domingos. Tenemos que desarrollar nuestras mentes y cuidar nuestros cuerpos. Para los muchachos esto quiere decir que no deberían estar pasando todo el verano en la playa o frente al televisor sino también leyendo libros y ayudando en la casa. Finalmente, Dios nos pide a cuidar a nuestros prójimos con amor. Prácticamente esto significa que cada uno de nosotros tenga un modo regular para ayudar a los demás, sea cortar el césped por la vecina viuda o sea visitar a los enfermos como ministro de la Eucaristía.

Un hombre de noventiuno años acaba de cruzar el país para ver a su hijo recibir su doctorado. El nuevo doctor pertenece al viejo, aunque vive con su esposa e hijo. Con más cercanía aún, somos de Dios. Seamos tan grandes como el papa Juan Pablo o tan chiquillos como un bebé recién nacido pertenecemos a Dios. Nos ama y nos quiere desarrollar todos nuestros talentos. Que no Lo faltemos nunca. Que no Lo faltemos.