El domingo, el 2 de febrero de 2014


LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

(Malaquías 3:1-4; Hebreos 2:14-18; Lucas 2:22-40)


El templo es lugar primordial en el evangelio según san Lucas.  Pues, su historia de Jesús comienza y termina dentro de sus murallas.  Después del prólogo, el evangelio cuenta cómo el ángel anunció a Zacarías en el templo que su hijo Juan preparará al pueblo para el Mesías.   Al final del evangelio los discípulos están en el templo alabando a Dios.  Además, sólo en este evangelio Jesús mismo llama el templo la casa de su Padre, y el evangelio ni siquiera sugiere que Jesús destruiría el templo.  En el pasaje hoy vemos a María y José llevando a Jesús al templo para presentarlo a Dios.

La pareja parece como muchos padres hoy día acudiendo a la iglesia para el bautismo de sus niños.  Mirando a sus hijos, se piensan en el futuro.  Muchos de estos niños vivirán hasta el vigésimo segundo ciclo. Sus padres se preguntan: ¿Cómo será la vida entonces?  ¿Van a estar mirando el Superbowl en televisores tan grandes que ocupen toda la pared de la casa? Más al caso, los padres quieren saber qué tipo de persona serán sus hijos.  Preguntan si se dirán de ellos lo que un hombre dijo de su mamá: “Ella tiene una historia con Dios’”.  El viejo Simeón responde a tales inquietudes en los padres de Jesús.  Tomando al niño en sus brazos, Simeón dice que él será la luz de las naciones. Eso es, Jesús instruirá a todos los pueblos los modos del Dios de Israel. 

Al ser luz de las naciones, Jesús va a crear crises en las vidas de todos aquellos que lo encuentren.  Ellos tendrán que decidir por él o contra él.  Eso es, tendrán que responder al interrogante: ¿en el final de cuentas vale más la preocupación de los afligidos o la gloria del mundo?  Hoy, el día del Superbowl, podemos proponer esta pregunta así: ¿sería mejor ganar la vida eterna o el campeonato nacional de fútbol?  Si no puedes tener los dos, ¿cuál prefieres?  Se dice que el famoso entrenador de fútbol Vince Lombardi comentaba: “Ganar no es toda cosa, es la única cosa”.  ¿Es cierto que ganar el partido es la única cosa que vale o es sólo la vanidad de vanidades?

Cuando Simeón añade que Jesús será un signo de contradicción, tiene en cuenta su crucifixión. La contradicción es que en Calvario Jesús, sangriento y muriendo, vence el mal.  Por eso, la persona que lo mira diciendo: “Gracias, Señor, te seguiré aun si me pasa a mí la misma suerte” va a recibir un premio eterno.  Mientras la persona que menea la cabeza pensando que nadie vale tal gran sacrificio va a acabar desilusionada.  Sin embargo, a nosotros, bien acostumbrados a ver el crucifijo, nos cuesta capturar la contradicción de Jesús en la cruz.  Por eso, propongámonos otro signo de contradicción más contundente para el día hoy.  Los niños con el síndrome Down a menudo provocan ahora las mismas reacciones que Jesús crucificado en tiempos bíblicos.  Al mirarlos, ¿meneamos la cabeza murmurando que sus madres deberían haberlos abortado?  O ¿podemos ver a tales niños como son en realidad: dones de Dios que valen todo nuestro amor? 

Hoy, el dos de febrero, es el día en que tradicionalmente se bendecían las velas para los servicios litúrgicos a través del año.  La razón es evidente: así como las velas alumbran la iglesia, Jesús alumbra las naciones con su verdad.  Podemos decir con más certeza que Vince Lombardi que seguir a él vale más que toda otra cosa.  Pues, Jesús nos guía a través de las vanidades de este mundo a nuestro premio eterno.  Sí, Jesús nos guía al premio eterno.

El domingo, 26 de enero de 2014

EL TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 8:23-9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)


El otro día el papa Francisco llamó el aborto “horrífico”.  Y ¿qué?  La Iglesia siempre ha condenado el aborto como pecado gravísimo.  Pero parece que el papa tenía un motivo aparte para condenar el aborto ahora.  Se da cuenta de que muchos hombres y mujeres trabajando en pro de la vida se han preguntado si el papa camine con ellos en la lucha.  Pues desde el principio de su papado Francisco ha hablado fuertemente por el bien do los pobres.  Ya quiere enfatizar también su preocupación sobre los niños no nacidos.  Como es su deber, el papa pone la unidad de la Iglesia en alto lugar.  Quiere que todos sientan su apoyo para que no se opongan a uno y otro.   Actúa como san Pablo en la segunda lectura hoy de la Primera Carta a los Corintios. 

Los destinarios de esta carta comprenden una comunidad pequeña en una sociedad grande.  Se forma de ricos y pobres, mujeres y hombres.  Pablo mismo fue el que convirtió a los miembros a Cristo unos años anteriormente.  Les habló de Cristo Jesús cuyo cuerpo resucitado la comunidad ya encarnece.  Sin embargo, ya se han aparecido hendiduras en la estructura.  Algunos dicen que son de Pedro; otros se jactan de que son de Apolo; y algunos se atreven a decir que son de Cristo como si todos no fueran cristianos.  La comunidad está experimentando la tendencia de deshacerse que afecta todos proyectos humanos (que en parte es).  Es lo que ya se ha hecho realidad en el cristianismo mundial.  Unos dicen que son evangélicos; otros se jactan que son ortodoxos; nos llamamos a nosotros mismos católicos; y algunos extienden la audacia de los corintios de llamarse “cristianos” como si los demás no creyeran en Cristo.

Para superar estas divisiones, el papa Juan Pablo II recurrió al evangelio donde Jesús ora a Dios Padre: “Que sean uno como nosotros somos uno”.  Pensaba que si es la voluntad del Salvador que todos sus discípulos sean unidos, entonces es menester de todos cristianos del día hoy que remendemos las roturas históricas.  Similarmente Pablo recurre a Cristo para vencer las fracciones formándose entre los cristianos de Corinto.  Exhorta a todos “en nombre de nuestro Señor Jesucristo” que vivan unidos.  A veces una madre dice a sus hijos peleando: “Por el amor de mí, que no peleen más”.  Aquí Pablo mira a Cristo como la fuente de la unidad.  Pues Cristo no es sólo la comunión que comparten todos en la eucaristía sino también él siempre mostraba la humildad para el bien de todos.

Pablo hace hincapié en el sacrificio de Cristo por preguntar: “¿Es que Pablo fue crucificado por ustedes?”  Ciertamente los corintios responderán que “no”, que Jesucristo les dio su vida para salvarlos del pecado.  Pablo espera que la mención de la entrega de Cristo llame a todos de la comunidad a sacrificios semejantes.  Los papas recientes no se han retirado de esto reto.  El papa Juan Pablo II escribió que era dispuesto a cambiar al papado en formas no esenciales para facilitar el ecumenismo.  El papa Francisco pareció aún más deseoso de acogerse a los cristianos no católicos cuando, como el cardenal arzobispo de Buenos Aires, se hincó delante de pastores evangélicos para recibir su bendición. 

Pero el ecumenismo requiere los esfuerzos de todos nosotros.  Tenemos que buscar caminos nuevos con personas de otras religiones.  Primero queremos orar para la unidad cristiana, si es posible en servicios particulares con nuestros hermanos y hermanas separados.  Es preciso también que dialoguemos con ellos para mejorar el entendimiento mutuo. Pero el diálogo requiere que cada uno estudie sus propias creencias para que se adelante.  No hacer tales sacrificios para avanzar el diálogo ecuménico sería traicionar el bautismo en la muerte de Cristo.  En la lectura Pablo recuerda a los corintios del bautismo, que es la muerte del yo con todas las vanidades.

Si hemos entendido bien la Nueva Evangelización, entonces nos damos cuenta de que no es un intento de convencer a los no católicos del dogma católica.  Más bien es un esfuerzo de compartir la alegría de ser cristiano católico junto con una invitación de venir y ver.  Extendida al ecumenismo, la Nueva Evangelización no es la invitación a nuestros hermanos y hermanas separadas a regresar a la Iglesia Católica.  Más bien es la búsqueda de caminos nuevos en que nos adelantamos juntos en nombre de nuestro Señor Jesucristo. 

El Domingo, 19 de enero de 2014


SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49 3.5-6; Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)


En muchas obras de teatro no se ve el protagonista en la primera escena.  Más bien paulatinamente se le presenta al auditorio.  Así es el drama Shakespeariano “Príncipe Hamlet.”  Antes de su primera aparición, los amigos de Hamlet hablan de él.  Dicen que el príncipe hará que hable la fantasma de su padre cuando ella sólo los pasa por alto en silencio.  En el evangelio según san Juan, el más dramático de los cuatro, Jesús tampoco está presente en el inicio.  Parecido al “Príncipe Hamlet”, allí se ve Juan el Baptista hablando de Cristo.  El trozo del evangelio que escuchamos hoy relata lo que él dice del salvador.

Primero el Bautista describe a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.  Aunque no pensamos en un cordero como poderoso, sí, lo asociamos con la inocencia que caracteriza a Jesús.  Como se sacrifica el cordero, Jesús se entrega a sí mismo en la cruz con todas las fuerzas del maligno – la envidia de los judíos, el desdén de los romanos, la cobardía de los discípulos – arregladas en su contra.  Las vence por quedarse fiel a la misión de Dios Padre que lo resucitará de la muerte.  Como resultado de la victoria pascual, somos fortalecidos en nuestra lucha contra las mismas fuerzas.  Ya la plata, el prejuicio, y el placer no nos tienen atados.  Más bien, podemos vivir como mujeres y hombres rectos con la justicia.

Pero ¿cómo podemos ser seguros que la auto-entrega de Jesús nos afecta a nosotros?  Para contestar este interrogante tenemos que mantener en cuenta quién es él.  No es como otros héroes, por ejemplos, el rey Carlos V o el presidente George Washington, que ya están enterrados en la tierra.  En la lectura el Bautista lo describe diciendo: “’Él que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo.’” Está refiriéndose al hecho que Jesús existía antes de la creación como el Hijo unigénito de Dios.  Ya que ha vencido al maligno en la prueba determinante, Jesús reina para siempre con todo poder.  Él puede guardar – y lo hace -- a aquellos que permanezcan cerca de él salvos de las atracciones del mal.

Ahora la misión queda con nosotros de llamar a todos al amparo de Jesús.  Hemos sido bautizados con el mismo Espíritu que Juan ve sobre Jesús en el evangelio para abrir los ojos al hecho que los hombres son unidos en Cristo.  Este fin de semana elogiamos a un hombre que se aprovechó del Espíritu como pocos en la historia.  El doctor Martin Luther King, Jr., proclamó la igual dignidad entre las razas con tanta elocuencia que el mundo entero reconoció la verdad de su causa. Cargados con el Espíritu, enseñamos a los ancianos la reconciliación, a los jóvenes la solidaridad, y los niños el respeto para todos individuos y grupos de buena voluntad. 

Al leer este pasaje del principio del Evangelio según San Juan al comienzo del año recibimos un panorama de las lecturas evangélicas dominicales del 2014.  Una vez más vamos a escuchar la historia de Jesús, este tiempo por la mayor parte de la perspectiva de Mateo, el evangelista más preocupado con la iglesia y la justicia.  Vamos a escuchar cómo Jesús formó una comunidad con la justicia basada en el amor.  Entonces oiremos cómo él fundó la iglesia sobre Pedro, la roca, para que quedara firme en faz de las turbulencias causadas por el maligno.  Finalmente atestiguaremos de nuevo cómo su pasión, muerte, y resurrección nos ganó al Espíritu Santo para que continuáramos su misión.

El domingo, 12 de enero de 2014

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

(Isaías 42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17)


Los grandes ríos a través del mundo apoyan la vida. También la quitan.  El Río Grande riega las cosechas en los dos lados de la frontera.  Sin embargo, se ha convertido en una trampa para muchos migrantes intentando llegar a los Estados Unidos.  En el evangelio Jesús llega al Río Jordán pare sumergirse en sus aguas.  Es como si quisiera experimentar lo más profundo de la experiencia humana. Es como si estuviera exponiéndose al cáncer para acompañar los enfermos más graves.

¡Cómo nos llena con el terror la palabra “cáncer” dicha de nuestra condición física!  La oímos como el sonido de un incendio consumiendo nuestra casa.  “Por favor, Dios mío,” rezaremos, “que no sea eso”.  En el evangelio, Jesús también tiene que pedir algo negativo.  Le suplica a Juan que no rehúse bautizarlo.  Pues es la voluntad de su Padre que se someta al bautismo como símbolo de la muerte que va a aguantar. Aunque parezca contraria a nuestra imagen falsa de Dios como pura dulzura, el Padre exige a su Hijo que sufra por la justicia.  Eso es, que arriesgue su propia vida para cumplir su voluntad a salvar al mundo del pecado.

Cuando emerge de su bautismo, Jesús ve al Espíritu Santo descendiendo sobre él.  Es testimonio de la complacencia de su Padre Dios.  Algo parecido puede pasar a nosotros en medio de una prueba como el cáncer.  De repente podemos sentir la paz penetrándonos como el agua al campo en un día lluvioso.  Cuando nos viene esta paz, nos ponemos seguros que todo saldrá bien.  Esto no es la resignación a lo inevitable, mucho menos la pérdida de la razón.  Es la certeza de un hijo que nada puede separarlo del amor de su padre.  Un predicador llama este sentimiento “don” porque no hizo nada para ganarlo.  Dice que es la obra del Espíritu Santo o, más bien, la presencia del Espíritu mismo.  Una vez que se lo realice, la vida cambia.  La persona no se aflige a si misma con preguntas como: ¿qué me va a pasar?  o ¿cómo puedo proveer por mi familia?  No, confía completamente en Dios.  La única cosa que quiere hacer es darle gracias por todo lo que tiene.

Pero todavía no es curado del cáncer, al menos en muchos casos.  Si Dios ama a la víctima, ¿cómo se puede explicar esto? En la lectura escuchamos a Dios diciendo: “Este es mi Hijo muy amado”.   Es su hijo con la misión de la salvación.  No será fácil.  De veras, va a costarse su vida como habitante de la tierra.  Más aún, va a sufrir una muerte tremendamente sangrienta.  Dios nos llama a nosotros a acompañar a Cristo por esta ordalía.  Deberíamos escuchar su voz llamando a cada uno de nosotros: “Elena, eres mi hija amada”, “Gerardo, eres mi hijo amado” o quienquiera seas “eres mi hijo amado”.  Nos llama a participar en su plan de la salvación con el ofrecimiento de nosotros mismos.  Algunos van a batallar cáncer; otros vivirán muchos años pero tan incapacitados que se preguntará si vale la pena la vida.  Y otros andarán con el duelo de haberse despedido de la mayoria de sus conocidos.  Hecho con el amor, el sacrificio va a cumplir dos objetivos como miembros del cuerpo de Cristo.  Primero, va a comprobar nuestra elección como hijos de Dios dignos de la vida eterna. Y segundo, va a ayudar a otros conocer a Jesús como su salvador.

En el bautismo de un niño podemos oler la fragancia del olio crismal.  Dulce y pungente, el aroma nos hace pensar que el bebé es especial, un verdadero don.  Entonces, escuchamos las palabras: “…seas para siempre miembro de Cristo sacerdote, de Cristo profeta, y de Cristo rey”.  Ya sabemos porque el bebé es don.  Tiene la vocación de sufrir con Cristo para la salvación del mundo.  Así es destinado para reinar con Cristo en la vida eterna.  

El domingo, 5 de enero de 2014


LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)

¿Qué tipo de persona era Cristóbal Colón?  ¿Un navegador atrevido?  ¿O, como dicen algunos críticos, sólo un perdido afortunado? ¿O, según los más cínicos, un conquistador despiadado?  Todo depende de la interpretación que se lleva.  Hay algo semejante en juego cuando consideramos a los hombres en busca de Jesús en el evangelio hoy.

Nosotros hemos visto un cambio de perspectiva hacia estos hombres en nuestros tiempos.  Antes se llamaban muchas  veces los “tres reyes”, pero ya la lectura les describe como “magos” sin referencia a su número.  Pero ¿qué es un mago?  En el Nuevo Testamento se encuentran dos otras instancias de la palabra mago (Hechos 8,18-24; 13,7-11).  En cada caso la persona es mal considerada: un explotador de la religión para su propio bien.  Sin embargo, en nuestro evangelio hoy los magos parecen sinceros cuando dicen que vienen a adorar el rey recién nacido.  Se ha hecho un consenso que eran miembros de la clase sacerdotal en Persia que examinan los cielos en búsqueda de la sabiduría.  Por eso, no estaríamos incorrectos al nombrarlos astrólogos.

Las diferentes interpretaciones de los magos parecen como los diferentes tipos de personas hoy día buscando a Dios.  Aunque son muchos, nombraremos sólo tres aquí.  Hay aquellas personas que examinan la Biblia y otras fuentes de sabiduría pero no les importa la religión.  Tal vez sean desilusionados por las acciones de algunos fieles asistiendo en la misa.  A veces esta gente se describe a sí misma como “espiritual pero no religiosa” pero se ignora que la Biblia misma insiste que Dios se comunica con los individuos por medio de la comunidad.  Otro tipo de buscador acude a la iglesia al menos de vez en cuando sea por costumbre o sea por razones políticas.  Estas personas esperan en la vida eterna pero sólo como una meta entre muchas otras y no se arrepientan de la codicia para el placer, el poder, y el prestigio.  Se puede preguntarse si toman en serio lo que la religión les enseña.

El tercer tipo que busca a Dios consiste de gente que lo halla en todo.  Aprecia tanto a los pobres como la naturaleza por su capacidad de reflejar la eternidad.  Sobre todo valora la iglesia como recinto del sagrado.  Los hombres y mujeres de este grupo más se aproximan a los magos del evangelio: estudiantes de la naturaleza con la esperanza de alcanzar más allá que el conocimiento natural.  En el evangelio los magos topan el límite de la naturaleza creada cuando llegan a Jerusalén.  Tienen que preguntar a los judíos – los guardianes de la revelación divina – los paraderos del rey Mesiánico. 

Al consultar las Escrituras, los escribas judíos dicen a los magos que deberían encontrar al Mesías en Belén.  Una vez que tienen esta información, los magos no demoran a cumplir su peregrinaje.  Es así con los que toman en serio la doctrina de la Iglesia.  No sólo escucha la Palabra de Dios sino la ponen en práctica por darse a sí mismo para procurar el bien de todos.  Se ve esta entrega en aquellos que han llevado canastas de comida a los ancianos confinados a casa durante los días festivos. Hecho sinceramente, este ministerio no sólo provee sostén al cuerpo sino apoyo al espíritu para seguir adelante en el año nuevo a pesar de sus problemas y debilidades.

Ciertamente esta genta encontrará al Señor no sólo en la muerte sino también en la vida actual.  Ellos sienten el toque de Jesús en la Eucaristía formándolos tan graciosos como él.  Tampoco son decepcionados los magos en el evangelio.  Hallan al “rey de los judíos” en casa con su mamá ante lo cual se postran y ofrecen regalos.  Estos gestos apuntan al futuro y responden a nuestros interrogantes sobre quiénes son los magos.  Se llama Jesús “rey de los judíos” sólo ahora y en su pasión.  Es el que va a entregarse a la muerte para rescatar la humanidad de la perdición.  Se indica este destino  también por dos de los tres regalos (que, a propósito, dan el número de los reyes).  El incienso y la mirra son especies del entierro que vendrá más pronto que se espere.  Y la postración de los magos ante el niño rey asemeja la historia del salmo (72) que dice que los reyes se postrarán ante Dios. 

Como una joya de oro que nos ha legado nuestros antepasados, estimamos muchísimo la historia de los magos.  Pues, no sólo nos habla del nacimiento de Jesús sino nos indica cómo nos salvará.  Además, podemos ver a nosotros mismos entre ellos buscando a Dios tanto en la naturaleza como en la revelación divina.

El domingo, 29 de diciembre de 2013


LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

(Eclesiástico 3:3-7.14-17; Colosenses 3:12-21; Mateo 2:13-15.19-23)


En el principio y en el fin del evangelio según san Mateo Jesús enfrenta  amenazas.  Como escuchamos hoy, Herodes quiere quitar la vida del niño Jesús.  En Getsemaní, después de la cena con sus discípulos, la pandilla enviada por los líderes judíos viene para tomarlo preso.  En el primer caso José interviene para salvar a Jesús.  Desgraciadamente durante la crisis en el jardín los discípulos se le huyen.

¿Qué le hace a José actuar tan valientemente mientras Pedro y compañía fallan miserablemente?  Es cierto que a los discípulos todavía les falta la fortaleza del Espíritu Santo.  Pero también es el diferente tipo de relación que los dos tienen hacia el Señor.  José ha asumido el papel del padre de Jesús en el cual ve una extensión de sí mismo.  Al otro lado, aunque los discípulos deberían ver a Jesús como su amigo, el "otro yo" por quien quisieran dar la vida, lo tratan como cualquiera otra persona.  Eso es, lo miran como un complejo de debilidades y fuerzas que no vale el arriesgo de sus propias vidas.

Comúnmente se han visto los padres como proveedores y protectores de su familia.  En el primer papel los padres proveen a los hijos tanto la sabiduría para madurar como el pan para crecer.  A veces los padres hacen hincapié más en las cosas materiales que las cualidades espirituales provocando daño a los niños.  El niño que tiene cada nueva invención de Apple pero carece del buen ejemplo de sus padres no tiene suerte sino problema.  En el evangelio José modela al buen padre por seguir inmediatamente el mandato de Dios.  No demora ni un día para llevar a Jesús y María a Egipto.  Los padres de familia que llevan a sus hijos a los asilos para visitar a los ancianos están bendiciendo a sus hijos dos veces.  En primer lugar están dándoles su tiempo fortaleciendo el vínculo del amor.  Y en segundo lugar, están demostrándoles la necesidad de apoyar a los débiles como Dios manda.

Queremos proteger a nuestros hijos de todas formas de mal, sea el accidente de transito en la niñez o sea la pérdida del auto-estima en la adolescencia.  Sin embargo, no podemos escudarlos de todas las dificultades de la vida.  De veras, es mejor que enfrenten algunos retos aun cuando son niños.  En lugar de retirarse de una materia difícil de escuela, puede ser provechoso que el alumno reciba una nota más baja con tal de que aprenda cómo estudiar mejor.  Por esta razón queremos estar allí para ayudarles levantarse si se caen y para hacer sentido de lo que les hayan pasado.  El acompañamiento cercano parece particularmente necesario en este tiempo contemporáneo cuando la maldad puede invadir aun las recámaras de niños por las computadoras.

Se veía el presidente del consejo parroquial con su hijo a su par en la misa.  El hombre tenía el misalito en mano leyendo las lecturas bíblicas.  El niño también estaba estudiando el misalito tomando el ejemplo de su padre.  Este hombre bendecía a su hijo dos veces.  No sólo le enseñaba a cumplir el mandato de Dios de mantenerse cerca de Su palabra sino también le daba al niño el acompañamiento cercano.  Sería buen propósito para el Año Nuevo.  En primer lugar que nos mantengamos cerca la palabra de Dios.  Y en segundo lugar que acompañemos de cerca a nuestros seres queridos.

El domingo, 22 de diciembre de 2013


EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24)

Hace seis meses el Vaticano anunció la añadidura de algunas palabras en la oración eucarística.  No sé si ustedes se hayan dado cuenta del cambio.  Si escuchamos bien después de la consagración, vamos a oír dicho el nombre de “san José”, esposo de María.  Según el decreto Vaticano, san José era persona tan bondadosa y humilde que sirva como modelo de todos los hombres.  Se espera que no se falte el respecto al decreto por decir que san José tuvo otra cualidad aún hay más significativo.  Como dice el evangelio en la misa hoy, José era “justo”.

Hay que conocer el contexto de la situación para apreciar la justicia de san José.  A lo mejor ha pagado una dote para casarse con María.  Cuando se entera de su embarazo, él tiene el derecho de divorciarla en pública para reclamar su caudal.  Sin embargo, antes de escuchar el mensaje del ángel en su sueño que María concibió por el Espíritu Santo, él prefiere divorciarla en privado.  Es tan justo que quiere salvar a María de la desgracia de un procedimiento abierto.  Así, san José no sólo acata la letra de la ley judía sino también cumplir su espíritu.  Pues, el propósito de la ley es hacer al hombre misericordioso como Dios.  En el Sermón del Monte, más adelante en el evangelio, Jesús mandará a sus discípulos que sean perfectos como Dios.  Aquí san José ejemplifica exactamente cómo hacerlo.

Vivimos en una edad cuando todo el mundo busca la justicia con la reclamación de los derechos humanos.  Al ver la condición subhumana en que muchos hombres y mujeres viven, no se puede trivializar este empeño.  Pero los derechos entre personas muchas veces chocan de manera que sea difícil determinar quién tiene razón.  ¿Los pobres de países subdesarrollados tienen más derecho de emigrar que los pueblos del país de destinación tienen el derecho a mantener el orden dentro de sus fronteras?  O ¿una familia en los Estados Unidos tiene más derecho para un segundo coche que una familia en Tanzania tiene derecho de un motor?  Cuestiones como éstas son tan imposibles a resolver que nos haga falta otro criterio para llegar a la justicia.  Tenemos que dejar algunos de nuestras reclamaciones para derechos – en otras palabras, tenemos que sacrificarnos – para alcanzar la justicia verdadera.  Esta voluntad de sacrificarse para el bien de los no conocidos no es función de la naturaleza humana.  Más bien, es producto de la gracia de Dios.  La justicia es producto de la gracia.