El domingo, 9 de septiembre de 2018


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

¿Quién es este hombre que traen a Jesús?  No se llama por nombre.  A lo mejor no es judío.  Pues vive en una región griega.  Porque es sordo, se puede decir que nunca ha escuchado la palabra de Dios.  Tampoco ha podido glorificar a Dios adecuadamente porque es tartamudo.  Seguramente está en gran necesidad. Si no fuera el caso, la gente no le habría llevado a Jesús para recibir su bendición. ¿Quién es entonces?  ¿No es que este hombre sea cada uno de nosotros?  Como él no somos judíos.  Como él no escuchamos bien la palabra de Dios; al menos no la obedecemos siempre.  Como él estamos apurados – en nuestro caso por el vertiginoso ritmo de la vida contemporánea.  Y como él nos dificulta darle a Dios gracias por todo lo que somos y tenemos.  Más bien queremos asignar todo el crédito por nuestros logros sólo a nuestros propios esfuerzos.

Sin embargo, la verdad es otra.  Dios nos ha hablado y nos ha hecho maravillas.  Él nos hizo posible que escucháramos Su palabra.  Ha mandado a Su hijo, el Señor Jesús, para penetrar nuestra sordez. Todos nosotros hemos tenido una experiencia de su amor personal.  Un hombre recuerda el tiempo que recibió la diagnosis del médico que su esposa tenía el cáncer.  Dice que fue a rezar ante el Santísimo.  Entonces sintió un brazo apoyándolo y una voz diciéndole: “No te angustia; todo será bien”.  Así Jesús toma al sordo tartamudo aparte en el evangelio. Quiere hablar a su corazón.

Con los dedos en sus oídos Jesús le dice “ábrete”.  Inmediatamente el hombre oye.  También le toca la lengua con saliva, y el hombre comienza a hablar bien.  Estas acciones forman partes del rito anciano del Bautismo.  El evangelio está indicando que por los sacramentos estamos involucrados en una relación personal con el Señor.  Si el Bautismo inicia la relación, la Confirmación y especialmente la Eucaristía nos la profundizan.  La Reconciliación repara la relación con Jesús cuando  la quebremos por el pecado.  La Unción de los Enfermos la fortalece en los momentos más probadores.  Finalmente con el Matrimonio y la Orden extendemos la relación a otras personas, sean hijos, asociados, o feligreses.  Ya podemos escuchar su palabra y darle acatamiento a Jesús.  Ya podemos hablar abiertamente de la bondad de Dios para nosotros.

Los sacramentos son para todos: los pobres tanto como los ricos, las mujeres tanto como los varones, los analfabetos tanto como los educados.  Sí a veces en los templos de los ricos se usan cálices del oro pero es la misma sangre de Jesús que llevan.  En este sentido Dios no discrimina entre la gente.  Por eso, como nos dice Santiago en la segunda lectura, tampoco deberíamos discriminar contra nadie.  Más bien, para agradecer a Dios por toda Su bondad, queremos ayudar particularmente a aquellos que anden en necesidad.  Como nos manda el profeta Isaías, deberíamos animar a aquellos “de corazón apocado”. 

A veces se llama el cristianismo una de las tres religiones grandes “del libro”.  Para fomentar la harmonía religiosa quieren enfatizar las cosas que el judaísmo, el cristianismo, y el islam tienen en común.  El problema es que el Cristianismo no es basado tanto en un libro como en una persona.  Creemos en Jesucristo como la revelación definitiva de Dios.  Él nos ha tocado primero con sus propios dedos y entonces con sus sacramentos.  Profundamente nos ha tocado.

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