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El domingo, 1 de noviembre de 2026

 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

(Apocalipsis 7:2-4.9-14; I Juan 3:1-3; Mateo 5:1-12)

A casi todos el Apocalipsis parece extraña.  Tal vez hayamos tratado de leerlo sin mucha satisfacción.  Si pensamos en ello como profecía de la guerra final contra bestias extrañas, deberíamos reconsiderar su propósito.  El título mismo provee una clave para su significado verdadero.  La palabra "Apocalipsis" proviene de dos palabras griegas: apó significando “quitar” y kályptein que quiere decir “cubrir”.  El Apocalipsis pretende remover el velo que cubre la verdad de Jesucristo.

El Apocalipsis fue escrito durante la persecución de cristianos al final del primer siglo. Los creyentes eran martirizados por no haber dado culto al imperador.  Inspirado por el Espíritu Santo, la obra quiere animar a los creyentes a resistir la persecución y adorar a Jesucristo como el Señor.  Revela la liturgia del cielo en que los hombres y mujeres participan cuando asisten en la misa.

La evidencia para esto es convencedora aun si es sutil.  Abre en el día del Señor, el domingo, día en que asistimos en la misa.  Dice Juan, el narrador: “… la gracia y la paz de parte de aquel que es, que era y que vendrá” como saluda el sacerdote al principio de toda misa.  Entonces Juan dicta los pecados de las siete iglesias de Asia Menor como el acto penitencial.  Después, el presbítero está llevado al cielo donde ve un libro, escrito por dentro y por fuera, pero sellado. Solo el Cordero, que es Cristo, puede abrirlo.  El libro contiene las lecturas bíblicas para la misa, que hablan del mismo Cristo. 

Durante la liturgia celestial se escucha el refrán, “Santo, santo, santo …” como en la misa.  La primera lectura hoy describe a los participantes en la liturgia.  Se pueden pensar en los 144,000 hombres y mujeres como los santos declarados por la Iglesia.  Se puede pensar en el otro grupo, mucho más numeroso, como los santos no conocidos, tal vez nuestros padres y abuelos, que vivieron con amor tanto al prójimo como a Dios.

Hay varios otros paralelos entre nuestra misa y la liturgia revelado a Juan en el cielo, pero solo vamos a nombrar uno más ahora.  Hacia el final del libro, un ángel declara: “Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero”.  Son casi las mismas palabras que el sacerdote emite antes de la Comunión en la misa.

 El Apocalipsis descubre la naturaleza de la misa.  Mucho más que una simple reunión de creyentes, la misa es nuestra participación en la Eucaristía celestial.  Con los elegidos a través de los tiempos participamos el culto eterno a Dios: Padre, Hijo, y el Espíritu Santo.  Es posible que no estemos animados a participar en una liturgia eterna, que encontremos las liturgias como tediosas.  (¡Se dice que solo la procesión de la entrada en la misa de la beatificación del arzobispo Sheen tardó cuarenta y cinco minutos!).  Sin embargo, es garantizado que la liturgia del banquete del Cordero no va a aburrir a ninguna persona bendecida para asistirla.

En primer lugar, tendrá lugar en la eternidad donde no existe el paso del tiempo.  Podemos pensar de la eternidad de esta manera.  En una canción inglesa la cantante dice: “Podría haber bailado toda la noche”.  El tiempo para ella ha desaparecido.  Sea por el amor de su pareja, del baile, o las dos cosas, siente solo la alegría.  Eso es algo semejante la eternidad siente. En segundo lugar, no puede ser aburrida la liturgia porque vamos a ser cautivados por quienes nos veremos.  Hoy en día muchos esperan horas para ver el papa o el presidente; en la liturgia celestial vamos a ver a Jesús y su madre, María.  También veremos a nuestros queridos compañeros que nos han ido antes de nosotros a las tinieblas.  ¡No vamos a ser aburridos de absoluto!

Quisiéramos preguntar: ¿cómo podemos ser elegidos para la liturgia celestial?  Es fácil indicar el camino, aunque no se logrará sin esfuerzo. Para participar en la gran fiesta de Dios tenemos que vivir las bienaventuranzas del evangelio hoy.  Eso es, tenemos que confiar en Dios como los humildes pobres, manifestar el hambre y la sed para vivir rectamente, y mostrar la compasión por los necesitados.