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El domingo, 30 de agosto de 2026

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

La lectura evangélico hoy sigue inmediatamente después de la del domingo pasado.  Recordamos cómo Simón pronunció a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo" y Jesús devolvió el cumplido por llamarle “Pedro”, la piedra sobre que edificará su iglesia.  De veras, los dos pasajes forman un diálogo que debe ser leído como un solo pasaje. Sí, Jesús es el Mesías, pero no un conquistador. Y Pedro puede ser una roca, pero no pulida y lista para usarse.  De hecho, tendrá que ser esculpido de nuevo para servir como piedra angular de la Iglesia.  La escultura comienza en cuanto Jesús revela las tribulaciones que él Mesías tendrá que aguantar.

 

Jesús decir a sus discípulos que precisamente porque es el Mesías, tendrá que sufrir mucho.  Dice que va a ser condenado y martirizado.  Pedro se opone a esta profecía por considerarla un modo de pensar negativo y comienza a discutir con el Señor.  Aunque Pedro quiere mantener su crítica privada, Jesús piensa de otro modo. Considera que es necesario corregir a Pedro abierta y drásticamente para que todos sus discípulos se den cuenta de cuan serio el asunto es.  Delante de todos llama a Pedro “Satanás” por tentarlo con referencias solo a la victoria.  Entonces, dice que en lugar de actuar como una piedra de fundación, Pedro parece más como piedra de tropiezo.

 

Jesús expone el tipo de sacrificio que sus discípulos tendrán que realizar si quieren seguirle.  Dice que para ser sus discípulos fieles deben renunciar a sí mismos, tomar sus cruces individuales, y seguirlo.  Tienen que cambiar su modo de pensar y actuar.  En lugar de pensar en sí mismos como su primera preocupación, tienen que preocuparse primero y sobre todo por Dios.  En lugar de actuar por interés propio, tienen que servir al Señor.  Es la transición definitiva que debe experimentarse para formar parte del Reino de Dios.

 

Una fábula puede ayudarnos entender el evangelio que acabamos de escuchar. Una gallina y un cerdo paseaban por la granja una mañana. Querían darle al granjero un desayuno especial de cumpleaños. La gallina se giró hacia el cerdo y le dijo: "¡Vamos a darle tocino y huevos! Es su comida favorita". El cerdo se detuvo, parecía preocupado y negó con la cabeza. Le dijo a la gallina: "Espera, por favor. Para ti, ese desayuno es solo una contribución. ¡Para mí, es sacrificio total!".

 

Puede sonar severo lo que la gallina sugiere para el cerdo, y realmente es.  Pero también es lo que Jesús está proponiendo para sus discípulos.  Es, si quieres, “el costo del discipulado”.  Para los padres de una niña con parálisis cerebral “tomar su cruz y seguirle” significa cuidar a su hija todo el día, todos los días.  Para la soltera sin responsabilidades familiares puede ser ayudar a las Misioneras de Caridad con sus ministerios a las mujeres con niños abandonadas.  Para las personas jubiladas, puede ser en ofrecerse como voluntarios para dar clases particulares a niños con dificultades de lectura.

 

Y ¿qué pasa si no queremos sacrificarnos totalmente en nuestro servicio al Señor?  ¿Si queremos solo pagar un diezmo y asistir en la misa dominical? Entonces, seríamos como la gallina en la historia: no dignos de ser discípulos verdaderos de Jesús.  Tal vez no seamos completamente perdidos, pero deberíamos comenzar a rezar asiduamente que el Señor nos convierta en discípulos genuinos.  Pues, no tendremos un lugar en el Reino si nuestro modo de amar no conforma al modo de Jesús.  Ser sus discípulos quiere decir que amemos a los demás como él nos ha amado. 

El Domingo, 28 de agosto de 2011

XXII DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

Fue un momento triste. El presidente anterior Ronald Reagan hizo un anuncio al pueblo americano. Dijo: "Me dicen que tengo la enfermedad Alzheimer". Todo el mundo estuvo asombrado. Tuvo que acostumbrarse a la realidad que su mandatorio por ocho años no iba a estar allí para consultarse. Peor aún, por enterarse de lo que había pasado a un ciudadano preeminente, cada ciudadano tuvo que enfrentar la posibilidad de sufrir la misma pérdida de mente. En el evangelio hoy encontramos a Jesús y sus discípulos tomando papeles semejantes a este presidente y el pueblo.

Jesús sabe que el puesto del Mesías no es para someter a los demás a su voluntad sino para servir a todos. Él no es un político buscando halagos de la gente. Más bien, viene para proclamar el reino de Dios aunque le costará el rechazo. Primero las autoridades lo condenarán; entonces las multitudes le darán la espalda.

Desgraciadamente, los discípulos no están preparados a recibir un mensaje tan retador. Ven a Jesús como el Mesías montado en caballo con espada en mano para derrotar a sus adversarios. Pedro toma la palabra de parte de todos. "No, Señor," dice en efecto, "estás equivocado". Los discípulos están reaccionando como la mayoría de personas que tienen enfermedades terminales. Dicen los psicólogos trabajando con tales enfermos que al enterarse de su condición casi siempre la niegan. Casi siempre piensan que la diagnosis sea equivocada.

No es pecado consultar a otro médico. Ni es incorrecto rogar al cielo para socorro. Pero más tarde o más temprano cada persona tiene que aceptar el hecho que va a morir. Entonces se hace nuestro papel, como los familiares y compañeros del enfermo, a apoyarlo en sus últimas jornadas. Puede significar que cambiemos nuestra rutina para cuidarlo. Una religiosa arregla su ministerio para estar todos los días con su madre afligida con la demencia. No quiere mudar a la mayor de su apartamento a un asilo aunque sabe que dentro de poco será necesario. Por lo pronto desea hacerle tan cómoda como posible sin arriesgar su seguridad.

Pero la mayoría de nosotros resistimos asumir tal responsabilidad. Aun si estamos dispuestos a visitar a los enfermos en el hospital, no queremos mantenerlos dependientes de nosotros. Para un hijo o un esposo esta carga significa lo que Jesús refiere en el evangelio como “tomar la cruz y seguirlo”. Como la cruz era un instrumento de la muerte en el tiempo de Jesús, vemos el sacrificio que exige el cuidado de un enfermo como una suerte demasiado dura para soportar.

Sin embargo, sólo por el sacrificio podemos merecer la vida eterna. Para los protestantes esta aseveración sería herética pero no para nosotros católicos. Nosotros creemos que por su cruz y resurrección Jesús gana la gracia que nos recrea como hijos e hijas de Dios. Esta gracia hace posible nos sacrifiquemos por los demás. Además, sólo con tal gracia podemos evitar la alternativa trágica mencionada en el evangelio. Eso es, sólo por la gracia podemos rechazar el ganar de los placeres del mundo en cambio por la vida eterna.

Una familia mantiene la pared de la entrada de su casa llena con cruces. Son grandes y pequeñas, con el cuerpo de Jesús y sin el cuerpo, enjoyadas y sencillas. Es como si fuera una cruz para cada persona en la cuadra. La pared de cruces dice en efecto lo que Jesús anuncia en el evangelio hoy. Eso es, cada uno de nosotros tiene que soportar su propia cruz para ganar la vida eterna. Cada uno tiene que soportar su cruz.