LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
(Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15)
El americano quedaba en una clínica enfermo con malaria. A su par un niño, oriundo del país, no cesaba hablar con su nuevo amigo. El muchacho, que era musulmán, preguntó al hombre, “¿Por qué ustedes creen que Jesús es Dios? ¿Cómo un hombre puede ser Dios? Sólo existe un Dios – Alá”. El hombre estaba tan agotado por las escalofrías de la enfermedad que no podía discutir el tema. Tampoco sentía tan seguro de su doctrina para hablar con sensatez. Además, supo que nadie podría convencer a su compañero vivo de la posibilidad que Dios y Jesús sean uno.
Por supuesto, decir que Jesús es igual con Dios Padre no expresa la fe en la Santísima Trinidad. Según la creencia de la Iglesia, con estos dos co-existe un tercer asociado, el Espíritu Santo. Sabemos de los tres de las Escrituras. No estaríamos muy desatinados si estuviéramos a decir que el Antiguo Testamento relata la historia de Dios Padre; los evangelios, la de Dios Hijo; y los Hechos de los Apóstoles, la del Espíritu. Sin embargo, no deberíamos considerar a estos tres como personas que compartan la misma naturaleza divina como Barack Obama, Benedicto XVI, y Aung San Suu Ky de Myanmar son tres personas compartiendo la misma naturaleza humana. Como se ha dicho, el Padre posee toda la naturaleza divina; el Hijo posee toda la naturaleza divina; y el Espíritu posee toda la naturaleza divina. La única cosa que diferencia a los tres es la relación entre sí. Llamamos a Dios “Padre” porque Él da origen a todos, más particularmente a Su Hijo unigénito. Este Hijo, que conocemos como Jesucristo, no se engendró en tiempo sino eternamente de modo que ha existido con Dios Padre desde siempre. El Hijo llegó al mundo para cumplir y perfeccionar la revelación de Dios a nosotros. No la revelación sino nuestra comprensión sigue desarrollándose con la ayuda del Espíritu Santo que procede de Dios Padre y Dios Hijo. También es eterno y puede estar en todas partes con todos hombres y mujeres a todos tiempos precisamente porque es espíritu.
En lugar de tratar de comprender cómo puede ser Dios tres y uno, sería mejor si consideramos la Trinidad como nuestra esperanza y, por eso, como modelo para nuestras vidas. Dios no es una entidad solitaria sino una comunión de amor (I Juan 4:16). Este amor rebosa a nosotros de modo que se nos invite a compartir en la comunión. Nos hacemos participantes por nuestra recepción del cuerpo y la sangre de Cristo. La santa Comunión infunde el amor de Dios en nuestras almas haciéndonos también participantes en la eternidad. Capacitados así, imitamos a la Trinidad por salir, como el Hijo y el Espíritu, a otros tratándoles con el mismo amor.
Se puede señalar el significado de la Trinidad por una mujer de edad indeterminada que se encontró hace poco parada en el rincón de un templo. No se podía decir cuantos años ella tenía porque era de sólo setenta centímetros de estatura. Su condición era como la de un monstruo, pero no su comportamiento. Se condujo como hija viva de Dios irradiando el amor de la Santísima Trinidad. A la ritual de la paz ella salió del rincón abrazando o sacudiendo la mano de todos en su alcance. En el momento de la santa comunión recibió el cuerpo y la sangre de Cristo con la reverencia de Benedicto XVI. Ella ha llegado a la comprensión que es amada por Dios en cuya comunión se han integrado. Ella ha realizado la esperanza de la Santísima Trinidad.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
El domingo, 23 de mayo de 2010
PENTECOSTÉS, el 23 de mayo de 2010
(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 14:15-16.23-26)
Recuerdas la historia. Viene de los Hechos de los Apóstoles. En uno de sus viajes misioneros san Pablo encuentra a un grupo de discípulos de Jesús. Les pregunta si han recibido al Espíritu Santo. Responden cortantemente, “Ni siquiera habíamos oído del Espíritu Santo”. Ninguno de nosotros podría dar la misma respuesta. Pues invocamos el nombre del Espíritu Santo cada vez que nos persignamos. Pero, ¿sería injusto decir que pocos de nosotros tengan un aprecio adecuado del Espíritu Santo? Hoy, la fiesta de Pentecostés, es un tipo de celebración del Espíritu Santo. Que reflexionemos un poco sobre quién es el Espíritu Santo y qué hace por nosotros.
El Espíritu Santo tiene que ver con la relación entre Dios Padre y Dios Hijo. Es como el concepto con que el Padre ha generado al Hijo desde siempre y el fervor con que lo ha amado. En la lectura de los Hechos hoy el Espíritu desciende sobre los discípulos de Jesús como la misma argolla de luz a la mente y del fervor al amor. La lengua de fuego perfectamente señala Su efecto. Primero, el Espíritu alumbra las mentes de los discípulos para comprender la redención merecida por la muerte, resurrección, y ascensión de Jesús. Segundo, mueve sus corazones para compartir la nueva comprensión como la gracia salvante al pueblo de Jerusalén.
El Espíritu Santo también funciona por nosotros diariamente. Nos da la capacidad para superar los desafíos que se nos burlen de nosotros. Con el Espíritu podemos dejar de beber si somos alcohólicos o dejar de fumar si somos adictos de tabaco; aun podemos cambiar nuestra dieta si tenemos problema con el peso. Como la luz de la mente, el Espíritu Santo nos asegura que somos amados por Dios. A menudo metemos en los vicios, que incluyen una dieta de 2700 calorías, con la idea errónea que somos dueños de nuestros cuerpos con el derecho para tratarlos como nos dé la gana. Sin embargo, la verdad es que pertenecemos a Dios, como niños a sus padres. Dios quiere que seamos sanos y fuertes para que tengamos lo verdaderamente mejor de la vida. Este hecho debería ser suficiente para persuadirnos a dejar las sustancias nocivas. Sin embargo, nos queda más, mucho más.
El Espíritu Santo nos llena del amor para que cuidemos a nosotros mismos. Eso es, nos inculca la templanza para soltar los vicios y la fortaleza para hacerlo cuando es difícil. Una vez un hombre prometió a su secretaria dos cientos dólares si ella dejaría cigarrillos. Puso sólo una condición: si ella resumiría a fumar dentro de un año, tendría que devolverle a él doble la cantidad. Después de dos años la mujer aún no fumaba. El hombre está convencido que ella tuvo éxito porque lo quería hacer. Eso es, era por el amor propio (pero legítimo) que dejó de fumar.
A veces es el amor para otras personas, proveído por el mismo Espíritu, que nos causa a actuar proezas. En un cine un alcohólico, casi desesperadamente tomado preso por la bebida, se encuentra con una viuda joven con hijo. La pequeña familia lo llena con el deseo de arrepentirse. El hombre experimenta una contrariedad cuando la muerte de su hija en un accidente lo sacude como un terremoto de ocho grados. Pero el amor para la mujer y su hijo le mantiene en el camino recto. En esta historia el papel del Espíritu Santo se hace patente cuando el hombre se somete al bautismo.
Ya no hablamos mucho de nuestro amor para Dios. Pues, el amor de Dios para nosotros lo sobrepasa como una sinfonía de Mozart supera el chillido de un pito. Sin embargo, podemos y debemos demostrar nuestro amor para Dios, posibilitado por el mismo Espíritu Santo, con actos penitenciales. Particularmente si tenemos problemas con el peso, podemos rebajar nuestro consumo de grasas y carbohidratos como los adultos católicos hacían hace cincuenta años durante la Cuaresma. Encargados con la esperanza de ser servidores de Dios más eficaces, seguimos la dieta estricta sin caer en la trampa de vanidad.
No somos dueños de nuestros propios cuerpos. San Pablo dice que hemos sido comprados por Dios a un precio caro. ¿Dos cientos dólares o, posiblemente, dos cientos mil? No mucho más – Su propio hijo. Por este hecho no quedamos pobres. Al contrario, el intercambio nos deja con el premio más precioso de todo. Hemos recibido la argolla de luz y del fervor. Hemos recibido al Espíritu.
(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 14:15-16.23-26)
Recuerdas la historia. Viene de los Hechos de los Apóstoles. En uno de sus viajes misioneros san Pablo encuentra a un grupo de discípulos de Jesús. Les pregunta si han recibido al Espíritu Santo. Responden cortantemente, “Ni siquiera habíamos oído del Espíritu Santo”. Ninguno de nosotros podría dar la misma respuesta. Pues invocamos el nombre del Espíritu Santo cada vez que nos persignamos. Pero, ¿sería injusto decir que pocos de nosotros tengan un aprecio adecuado del Espíritu Santo? Hoy, la fiesta de Pentecostés, es un tipo de celebración del Espíritu Santo. Que reflexionemos un poco sobre quién es el Espíritu Santo y qué hace por nosotros.
El Espíritu Santo tiene que ver con la relación entre Dios Padre y Dios Hijo. Es como el concepto con que el Padre ha generado al Hijo desde siempre y el fervor con que lo ha amado. En la lectura de los Hechos hoy el Espíritu desciende sobre los discípulos de Jesús como la misma argolla de luz a la mente y del fervor al amor. La lengua de fuego perfectamente señala Su efecto. Primero, el Espíritu alumbra las mentes de los discípulos para comprender la redención merecida por la muerte, resurrección, y ascensión de Jesús. Segundo, mueve sus corazones para compartir la nueva comprensión como la gracia salvante al pueblo de Jerusalén.
El Espíritu Santo también funciona por nosotros diariamente. Nos da la capacidad para superar los desafíos que se nos burlen de nosotros. Con el Espíritu podemos dejar de beber si somos alcohólicos o dejar de fumar si somos adictos de tabaco; aun podemos cambiar nuestra dieta si tenemos problema con el peso. Como la luz de la mente, el Espíritu Santo nos asegura que somos amados por Dios. A menudo metemos en los vicios, que incluyen una dieta de 2700 calorías, con la idea errónea que somos dueños de nuestros cuerpos con el derecho para tratarlos como nos dé la gana. Sin embargo, la verdad es que pertenecemos a Dios, como niños a sus padres. Dios quiere que seamos sanos y fuertes para que tengamos lo verdaderamente mejor de la vida. Este hecho debería ser suficiente para persuadirnos a dejar las sustancias nocivas. Sin embargo, nos queda más, mucho más.
El Espíritu Santo nos llena del amor para que cuidemos a nosotros mismos. Eso es, nos inculca la templanza para soltar los vicios y la fortaleza para hacerlo cuando es difícil. Una vez un hombre prometió a su secretaria dos cientos dólares si ella dejaría cigarrillos. Puso sólo una condición: si ella resumiría a fumar dentro de un año, tendría que devolverle a él doble la cantidad. Después de dos años la mujer aún no fumaba. El hombre está convencido que ella tuvo éxito porque lo quería hacer. Eso es, era por el amor propio (pero legítimo) que dejó de fumar.
A veces es el amor para otras personas, proveído por el mismo Espíritu, que nos causa a actuar proezas. En un cine un alcohólico, casi desesperadamente tomado preso por la bebida, se encuentra con una viuda joven con hijo. La pequeña familia lo llena con el deseo de arrepentirse. El hombre experimenta una contrariedad cuando la muerte de su hija en un accidente lo sacude como un terremoto de ocho grados. Pero el amor para la mujer y su hijo le mantiene en el camino recto. En esta historia el papel del Espíritu Santo se hace patente cuando el hombre se somete al bautismo.
Ya no hablamos mucho de nuestro amor para Dios. Pues, el amor de Dios para nosotros lo sobrepasa como una sinfonía de Mozart supera el chillido de un pito. Sin embargo, podemos y debemos demostrar nuestro amor para Dios, posibilitado por el mismo Espíritu Santo, con actos penitenciales. Particularmente si tenemos problemas con el peso, podemos rebajar nuestro consumo de grasas y carbohidratos como los adultos católicos hacían hace cincuenta años durante la Cuaresma. Encargados con la esperanza de ser servidores de Dios más eficaces, seguimos la dieta estricta sin caer en la trampa de vanidad.
No somos dueños de nuestros propios cuerpos. San Pablo dice que hemos sido comprados por Dios a un precio caro. ¿Dos cientos dólares o, posiblemente, dos cientos mil? No mucho más – Su propio hijo. Por este hecho no quedamos pobres. Al contrario, el intercambio nos deja con el premio más precioso de todo. Hemos recibido la argolla de luz y del fervor. Hemos recibido al Espíritu.
Labels:
Hechos 2:1-11,
sustancias nocivas
El domingo, 16 de mayo de 2010
LA ASENSIÓN DEL SEÑOR
(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53)
Un liberal -- dice el conservador -- es persona cuyos intereses no están en juego al momento. Y un conservador -- según el liberal -- es persona que se siente y piense, pero mayormente se siente. Por mucho tiempo ha habido una rivalidad entre los liberales y los conservadores, aun en la Iglesia. Pero sólo recientemente se ha notado tanta hostilidad entre los dos grupos que desdeñen al uno y otro. Es tan seria la situación que el anterior General Superior de los jesuitas ha aconsejado que no usáramos estos términos y el anterior Maestro General de los dominicos ha inventado nuevos términos para que el diálogo pueda avanzar con calma. En la primera lectura hoy se encuentran algún apoyo y alguna crítica para los dos tipos de discípulos de Cristo.
Los discípulos preguntan a Jesús si ya está para establecer su reino. La pregunta es sólo lógica porque Jesús hablaba mucho del reino y porque con su muerte y resurrección, Dios lo ha señalado como el Mesías. La pregunta muestra la misma inquietud que tenemos al principio del Adviento cuando pedimos a Cristo que venga en su gloria. También refleja los gemidos de aquellas gentes que viven en la precaria – los refugiados en Sudán, los desamparados en Haití, en una manera los desempleados en nuestro propio país. Cantan al unísono, “¿Cuando vas a venir para salvarnos, Señor?”
Desafortunadamente no hay respuesta exacta para los que sufren hoy, ni para los discípulos de Jesús en la ocasión de su ascensión. Jesús responde al interrogante, “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad…” Tal vez los escépticos escucharán esta respuesta como una evasión de la pregunta. Podemos imaginarlos diciendo, “Jesús no sabe la respuesta porque no es Dios”. Sin embargo, Jesús indica su motivo para no revelar el día de su venida como rey en la próxima frase.
Dice que dentro de poco los discípulos recibirán el Espíritu Santo para llevar a cabo la evangelización. Ellos tendrán que dar testimonio de Jesús “hasta los últimos rincones de la tierra”. El Espíritu los convertirá de interesados a apasionados; de discípulos a apóstoles; de estudiantes a maestros. El cargo no es sólo para los doce ni sólo para los obispos, sacerdotes, y religiosas hoy sino para todos. Todos nosotros hemos que predicar el evangelio y, como se atribuye a san Francisco, si es necesario, somos de usar palabras. En el funeral reciente de un hombre de negocio una persona dijo que el difunto no tenía ninguna vergüenza declararse como católico. Otra relató como una vez el hombre dio más dinero a las escuelas católicas que se le pedió. Todos nosotros podemos dar testimonio como este hombre: identificarnos como creyentes en Jesús y aportar los servicios apostólicos.
Sin embargo, puede ser que nuestros intentos a dar testimonio no correspondan con las enseñanzas de Jesús. Particularmente cuando consideramos el Reino como nuestro proyecto, estamos inclinados a ignorar la guía del Señor. Esta tendencia liberal se manifiesta cuando un político defiende el aborto como un mal permisible o cuando un sacerdote celebra la misa según sus propios antojos. Jesús nos dice que el Reino es “de Dios”. Aunque es recomendable que los liberales actúen para mejorar el mundo, tienen que recordar que son embajadores del Señor siempre bajo Sus órdenes.
Al otro lado, hay los conservadores que prefieren a orar mucho más que actuar. ¿Quién aquí en la misa negaría el valor de la oración? Sin embargo, tenemos que tomarse al pecho las palabras de los ángeles: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?” Hay mucho trabajo para hacerse, mucho testimonio para darse. Aun los monjes y monjas tienen que servir a uno y otro en el amor mientras oran por el mundo.
Se celebró la fiesta de hoy, la Ascensión, en algunos lugares al jueves pasado, el día cuarenta después de la resurrección. En una acción liberal hace unos cuarenta años el papa permitió que los obispos pusieran la fiesta en el día más idóneo a las necesidades de la gente en sus lugares. Así la Iglesia nos ha dejado un modelo para nuestras actividades: que seamos liberales para actuar en favor de la gente y conservadores para hacerlo siempre bajo la guía de la Iglesia.
(Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53)
Un liberal -- dice el conservador -- es persona cuyos intereses no están en juego al momento. Y un conservador -- según el liberal -- es persona que se siente y piense, pero mayormente se siente. Por mucho tiempo ha habido una rivalidad entre los liberales y los conservadores, aun en la Iglesia. Pero sólo recientemente se ha notado tanta hostilidad entre los dos grupos que desdeñen al uno y otro. Es tan seria la situación que el anterior General Superior de los jesuitas ha aconsejado que no usáramos estos términos y el anterior Maestro General de los dominicos ha inventado nuevos términos para que el diálogo pueda avanzar con calma. En la primera lectura hoy se encuentran algún apoyo y alguna crítica para los dos tipos de discípulos de Cristo.
Los discípulos preguntan a Jesús si ya está para establecer su reino. La pregunta es sólo lógica porque Jesús hablaba mucho del reino y porque con su muerte y resurrección, Dios lo ha señalado como el Mesías. La pregunta muestra la misma inquietud que tenemos al principio del Adviento cuando pedimos a Cristo que venga en su gloria. También refleja los gemidos de aquellas gentes que viven en la precaria – los refugiados en Sudán, los desamparados en Haití, en una manera los desempleados en nuestro propio país. Cantan al unísono, “¿Cuando vas a venir para salvarnos, Señor?”
Desafortunadamente no hay respuesta exacta para los que sufren hoy, ni para los discípulos de Jesús en la ocasión de su ascensión. Jesús responde al interrogante, “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad…” Tal vez los escépticos escucharán esta respuesta como una evasión de la pregunta. Podemos imaginarlos diciendo, “Jesús no sabe la respuesta porque no es Dios”. Sin embargo, Jesús indica su motivo para no revelar el día de su venida como rey en la próxima frase.
Dice que dentro de poco los discípulos recibirán el Espíritu Santo para llevar a cabo la evangelización. Ellos tendrán que dar testimonio de Jesús “hasta los últimos rincones de la tierra”. El Espíritu los convertirá de interesados a apasionados; de discípulos a apóstoles; de estudiantes a maestros. El cargo no es sólo para los doce ni sólo para los obispos, sacerdotes, y religiosas hoy sino para todos. Todos nosotros hemos que predicar el evangelio y, como se atribuye a san Francisco, si es necesario, somos de usar palabras. En el funeral reciente de un hombre de negocio una persona dijo que el difunto no tenía ninguna vergüenza declararse como católico. Otra relató como una vez el hombre dio más dinero a las escuelas católicas que se le pedió. Todos nosotros podemos dar testimonio como este hombre: identificarnos como creyentes en Jesús y aportar los servicios apostólicos.
Sin embargo, puede ser que nuestros intentos a dar testimonio no correspondan con las enseñanzas de Jesús. Particularmente cuando consideramos el Reino como nuestro proyecto, estamos inclinados a ignorar la guía del Señor. Esta tendencia liberal se manifiesta cuando un político defiende el aborto como un mal permisible o cuando un sacerdote celebra la misa según sus propios antojos. Jesús nos dice que el Reino es “de Dios”. Aunque es recomendable que los liberales actúen para mejorar el mundo, tienen que recordar que son embajadores del Señor siempre bajo Sus órdenes.
Al otro lado, hay los conservadores que prefieren a orar mucho más que actuar. ¿Quién aquí en la misa negaría el valor de la oración? Sin embargo, tenemos que tomarse al pecho las palabras de los ángeles: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?” Hay mucho trabajo para hacerse, mucho testimonio para darse. Aun los monjes y monjas tienen que servir a uno y otro en el amor mientras oran por el mundo.
Se celebró la fiesta de hoy, la Ascensión, en algunos lugares al jueves pasado, el día cuarenta después de la resurrección. En una acción liberal hace unos cuarenta años el papa permitió que los obispos pusieran la fiesta en el día más idóneo a las necesidades de la gente en sus lugares. Así la Iglesia nos ha dejado un modelo para nuestras actividades: que seamos liberales para actuar en favor de la gente y conservadores para hacerlo siempre bajo la guía de la Iglesia.
El domingo, 9 de mayo de 2010
EL VI DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)
Una balada norteamericana cuenta de Mateo. Es tío del compositor. Mateo vino a vivir con la familia del compositor en Kansas después que un tornado lo despojó de su propia familia y granja. Dice el compositor que Mateo era más que un pariente a él; se hizo amigo que lo guió a un aprecio más profundo de la vida. Termina la balada por decir que para Mateo el gozo era sólo el fundamento de la vida; el amor, sólo la manera de vivir y morir; el oro, sólo el color de un campo de trigo; y azul, sólo el cielo estival. En el evangelio hoy Jesús nos promete una amistad semejante o, más bien, una amistad más beneficiosa aun.
Dice Jesús que él y su Padre posarán en aquella persona que cumpla su palabra. “¿Por qué querríamos que Dios viva en nosotros?”, podemos preguntar. La respuesta es lo mismo si estuviéramos a preguntar, “¿Por qué querríamos estudiar en la universidad o casarse con una persona buena?” Tener a Dios con nosotros es conocer la verdad y experimentar el amor. Es vivir contento, satisfecho, agradecido. Una vez el gran primer ministro de Inglaterra Winston Churchill recordó a su amigo, el presidente estadounidense Franklin Roosevelt: “Encontrarse con él era como descorchar una botella de champaña y conocerlo era como beberla”. Tener a Dios como huésped nuestro nos da aún más satisfacción.
Jesús especifica lo que es tenerlo y su Padre como amigos -- es conocer la paz. Pero su concepto de la paz sobrepasa lo de nosotros. Como judío, para Jesús la paz no es simplemente el cese de combate o aún el retiro de armas. No, en la tradición hebreo la paz – el shalóm – es la plenitud o la perfección. Los hondureños dirían “macanudo” y los costarricenses, “pura vida”. Es cómo sentimos cuando todo nos va excelente, cuando no sentimos nada de culpa o de preocupación o de necesidad. La paz que Jesús nos ofrece es como regresar de la universidad a la cocina de mamá después de hartarnos comiendo del buffet y de desvelarnos estudiando con píldoras antisueño. Es probar su cocido hecho no solamente con el amor sino también con el tiempo para absorber los ricos sabores de la carne, de las verduras, y de las especies. Es escuchar sus dulces palabras de consuelo: “Descansa, mi hijo; has hecho tu mejor. Deja a Dios suplir el resto”.
Tal vez imaginemos que nuestra mamá sea más misericordiosa que Dios. Posiblemente ella se desilusione con nosotros si nos faltó a llamarla el domingo, pero jamás se nos quita el amor. Al otro lado, a veces Dios nos parece inflexible. ¿No es que Él nos quite la gracia si hacemos un pecado mortal? Pero ¿quién se le quita a quién la gracia? Cuando rehusamos a asistir a la misa dominical, nos apartamos de la luz para avanzar en este mundo de tinieblas. ¡Que no nos equivoquemos! El mandamiento de mantener santo el día del Señor – como todos los mandamientos – es una misericordia, no un castigo. Nos hace posible alcanzar al destino eterno que anhelamos desde el fondo de nuestro ser. Y cuando nuestros antojos nos desvían del camino, Dios siempre nos llama atrás por la conciencia. Es mejor que nuestra madre porque nunca nos consiente, nunca nos permite pensar que somos como muñecas perfectamente proporcionadas en todo.
“El ‘M’ es para las muchas cosas que me has dado; el ‘A’ significa sólo que anciana te has transformado…” escribe un predicador en su tributo anual para las madres. Es cierto; estamos infinitamente endeudados a nuestras madres. Sobre todo les debemos un profundo “muchas gracias” por presentarnos a Dios. El ‘D’ tiene que ser para Él. Dios nos refresca mejor que cualquier cocido. Nos enriquece más que campos de oro. Sí, madres, muchas gracias por presentarnos a Dios.
(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)
Una balada norteamericana cuenta de Mateo. Es tío del compositor. Mateo vino a vivir con la familia del compositor en Kansas después que un tornado lo despojó de su propia familia y granja. Dice el compositor que Mateo era más que un pariente a él; se hizo amigo que lo guió a un aprecio más profundo de la vida. Termina la balada por decir que para Mateo el gozo era sólo el fundamento de la vida; el amor, sólo la manera de vivir y morir; el oro, sólo el color de un campo de trigo; y azul, sólo el cielo estival. En el evangelio hoy Jesús nos promete una amistad semejante o, más bien, una amistad más beneficiosa aun.
Dice Jesús que él y su Padre posarán en aquella persona que cumpla su palabra. “¿Por qué querríamos que Dios viva en nosotros?”, podemos preguntar. La respuesta es lo mismo si estuviéramos a preguntar, “¿Por qué querríamos estudiar en la universidad o casarse con una persona buena?” Tener a Dios con nosotros es conocer la verdad y experimentar el amor. Es vivir contento, satisfecho, agradecido. Una vez el gran primer ministro de Inglaterra Winston Churchill recordó a su amigo, el presidente estadounidense Franklin Roosevelt: “Encontrarse con él era como descorchar una botella de champaña y conocerlo era como beberla”. Tener a Dios como huésped nuestro nos da aún más satisfacción.
Jesús especifica lo que es tenerlo y su Padre como amigos -- es conocer la paz. Pero su concepto de la paz sobrepasa lo de nosotros. Como judío, para Jesús la paz no es simplemente el cese de combate o aún el retiro de armas. No, en la tradición hebreo la paz – el shalóm – es la plenitud o la perfección. Los hondureños dirían “macanudo” y los costarricenses, “pura vida”. Es cómo sentimos cuando todo nos va excelente, cuando no sentimos nada de culpa o de preocupación o de necesidad. La paz que Jesús nos ofrece es como regresar de la universidad a la cocina de mamá después de hartarnos comiendo del buffet y de desvelarnos estudiando con píldoras antisueño. Es probar su cocido hecho no solamente con el amor sino también con el tiempo para absorber los ricos sabores de la carne, de las verduras, y de las especies. Es escuchar sus dulces palabras de consuelo: “Descansa, mi hijo; has hecho tu mejor. Deja a Dios suplir el resto”.
Tal vez imaginemos que nuestra mamá sea más misericordiosa que Dios. Posiblemente ella se desilusione con nosotros si nos faltó a llamarla el domingo, pero jamás se nos quita el amor. Al otro lado, a veces Dios nos parece inflexible. ¿No es que Él nos quite la gracia si hacemos un pecado mortal? Pero ¿quién se le quita a quién la gracia? Cuando rehusamos a asistir a la misa dominical, nos apartamos de la luz para avanzar en este mundo de tinieblas. ¡Que no nos equivoquemos! El mandamiento de mantener santo el día del Señor – como todos los mandamientos – es una misericordia, no un castigo. Nos hace posible alcanzar al destino eterno que anhelamos desde el fondo de nuestro ser. Y cuando nuestros antojos nos desvían del camino, Dios siempre nos llama atrás por la conciencia. Es mejor que nuestra madre porque nunca nos consiente, nunca nos permite pensar que somos como muñecas perfectamente proporcionadas en todo.
“El ‘M’ es para las muchas cosas que me has dado; el ‘A’ significa sólo que anciana te has transformado…” escribe un predicador en su tributo anual para las madres. Es cierto; estamos infinitamente endeudados a nuestras madres. Sobre todo les debemos un profundo “muchas gracias” por presentarnos a Dios. El ‘D’ tiene que ser para Él. Dios nos refresca mejor que cualquier cocido. Nos enriquece más que campos de oro. Sí, madres, muchas gracias por presentarnos a Dios.
Labels:
Día de Madre,
Juan 14:23-29,
Winston Churchill
El domingo, 2 de mayo de 2010
V DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-33.34-35)
Los malvados invaden una comunidad de seres inocentes. Quieren explotar el recurso más precioso que tienen. Sigue una gran batalla entre las dos fuerzas. En el principio los invasores fuerzan a los buenos retirarse. Pero no les falta la esperanza a los nativos. Recurriendo a ayuda espiritual, se levantan para vencer a los malvados. Esta trayectoria bosqueja el nuevo cine Avatar. También sirve como el argumento para la historia del Apocalipsis de que leemos en la segunda lectura hoy.
La palabra avatar quiere decir la encarnación de un ser en otra persona. Proviene de la religión hindú donde hay historias de los dioses manifestándose como humanos por avatares. Podemos distinguir el hinduismo del cristianismo por decir que el Hijo de Dios se hizo hombre en su propio cuerpo humano, no en ello de otra persona. De todos modos ahora no nos interesa la existencia de los avatares sino la experiencia de ser embestido por una fuerza abrumadora. Puede ser la persecución que los cristianos soportó al final del primer siglo y por la cual se escribió el Apocalipsis. Puede ser una catástrofe natural como el terremoto en Haití que tomó la vida de más que 200 mil personas. O puede ser algo más personal – el descubrimiento de la infidelidad en un matrimonio o la diagnosis de un tumor inoperable de cerebro.
Cuando nos prueba un contratiempo, nos preguntamos, ¿qué hice para merecer esto? Es cierto que cada uno de nosotros ha hecho mal, pero no es necesario ver cada uno de nuestros problemas como la culpa nuestra. Sería más provechoso interpretar las dificultades que nos enfrenten como una llamada a recurrir al Señor para el auxilio. Una vez un sacerdote misionero canadiense en la República Dominicana cayó mal. Lo llevaron al hospital donde se hizo la diagnosis de tuberculosis pulmonar. Después de poco podía volver a su propio país donde confirmaron la diagnosis. Según los médicos necesitaba un año de tratamiento sólo para volver a su casa. Entonces se puso a sí mismo en las manos del Dios. Unos seglares llegaron a su salita como un pedazo del cielo viniendo a la tierra. Le pidieron que rezaran sobre él. Dice el sacerdote que durante la oración, él sintió un calor fuerte en sus pulmones de modo que pensara que iba muriendo. Pero no fue el golpe de la muerte sino, según el padre, el amor de Jesús sanándolo. Cuando se hicieron los exámenes de nuevo, no se vio ninguna huella de la tuberculosis.
Todos nosotros hemos oído de curaciones como ésta. Sin embargo, somos más acostumbrados a oír de enfermos no recibiendo la sanación que piden en la oración. ¿Y qué? Lo que nos significa más que la sanación es la fe. Cuando nos ponemos a nosotros mismos bajo el manto de Dios estamos salvados. Fuera de Él estamos perdidos si o no sobrevivimos el crisis. En el Apocalipsis muchos sufren, pero aquellos que queden fieles a Dios salen de las pruebas con coronas de la victoria. Son la gente en la lectura hoy que habita la nueva Jerusalén – compañeros de Cristo para siempre. Las historias de la sanación sólo nos ayudan mantener la fe. Pero no vivimos para ver maravillas sino para servir a él que nos ha redimido del pecado.
El padre Vicente también era misionero norteamericano cuando se puso enfermo. Después de diferentes exámenes le dieron la diagnosis de un tumor inoperable de cerebro. Como en el caso del misionero canadiense, oraron sobre él. Sin embargo, no se sanó. Pero se vio un cambio en la parroquia donde quedaba el padre. Por verlo enfrentando su enfermedad con calma se enderezó la fe de la gente. Se puso a mostrar su compasión en cien modos diferentes – de los médicos atendiéndolo a las mujeres preparándole sopa. Fue otra experiencia de la nueva Jerusalén. Fue otro pedazo del cielo viniendo a la tierra.
(Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-33.34-35)
Los malvados invaden una comunidad de seres inocentes. Quieren explotar el recurso más precioso que tienen. Sigue una gran batalla entre las dos fuerzas. En el principio los invasores fuerzan a los buenos retirarse. Pero no les falta la esperanza a los nativos. Recurriendo a ayuda espiritual, se levantan para vencer a los malvados. Esta trayectoria bosqueja el nuevo cine Avatar. También sirve como el argumento para la historia del Apocalipsis de que leemos en la segunda lectura hoy.
La palabra avatar quiere decir la encarnación de un ser en otra persona. Proviene de la religión hindú donde hay historias de los dioses manifestándose como humanos por avatares. Podemos distinguir el hinduismo del cristianismo por decir que el Hijo de Dios se hizo hombre en su propio cuerpo humano, no en ello de otra persona. De todos modos ahora no nos interesa la existencia de los avatares sino la experiencia de ser embestido por una fuerza abrumadora. Puede ser la persecución que los cristianos soportó al final del primer siglo y por la cual se escribió el Apocalipsis. Puede ser una catástrofe natural como el terremoto en Haití que tomó la vida de más que 200 mil personas. O puede ser algo más personal – el descubrimiento de la infidelidad en un matrimonio o la diagnosis de un tumor inoperable de cerebro.
Cuando nos prueba un contratiempo, nos preguntamos, ¿qué hice para merecer esto? Es cierto que cada uno de nosotros ha hecho mal, pero no es necesario ver cada uno de nuestros problemas como la culpa nuestra. Sería más provechoso interpretar las dificultades que nos enfrenten como una llamada a recurrir al Señor para el auxilio. Una vez un sacerdote misionero canadiense en la República Dominicana cayó mal. Lo llevaron al hospital donde se hizo la diagnosis de tuberculosis pulmonar. Después de poco podía volver a su propio país donde confirmaron la diagnosis. Según los médicos necesitaba un año de tratamiento sólo para volver a su casa. Entonces se puso a sí mismo en las manos del Dios. Unos seglares llegaron a su salita como un pedazo del cielo viniendo a la tierra. Le pidieron que rezaran sobre él. Dice el sacerdote que durante la oración, él sintió un calor fuerte en sus pulmones de modo que pensara que iba muriendo. Pero no fue el golpe de la muerte sino, según el padre, el amor de Jesús sanándolo. Cuando se hicieron los exámenes de nuevo, no se vio ninguna huella de la tuberculosis.
Todos nosotros hemos oído de curaciones como ésta. Sin embargo, somos más acostumbrados a oír de enfermos no recibiendo la sanación que piden en la oración. ¿Y qué? Lo que nos significa más que la sanación es la fe. Cuando nos ponemos a nosotros mismos bajo el manto de Dios estamos salvados. Fuera de Él estamos perdidos si o no sobrevivimos el crisis. En el Apocalipsis muchos sufren, pero aquellos que queden fieles a Dios salen de las pruebas con coronas de la victoria. Son la gente en la lectura hoy que habita la nueva Jerusalén – compañeros de Cristo para siempre. Las historias de la sanación sólo nos ayudan mantener la fe. Pero no vivimos para ver maravillas sino para servir a él que nos ha redimido del pecado.
El padre Vicente también era misionero norteamericano cuando se puso enfermo. Después de diferentes exámenes le dieron la diagnosis de un tumor inoperable de cerebro. Como en el caso del misionero canadiense, oraron sobre él. Sin embargo, no se sanó. Pero se vio un cambio en la parroquia donde quedaba el padre. Por verlo enfrentando su enfermedad con calma se enderezó la fe de la gente. Se puso a mostrar su compasión en cien modos diferentes – de los médicos atendiéndolo a las mujeres preparándole sopa. Fue otra experiencia de la nueva Jerusalén. Fue otro pedazo del cielo viniendo a la tierra.
El domingo, 25 de abril de 2010
IV DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 13:14.43-52; Apocalipsis 7:9.14-17; Juan 10:27-30)
Hipólito Desideri era un misionero jesuita. Fue a Tíbet en las Himalayas en el año 1715. Quería convertir a los budistas de esa tierra al Catolicismo. Con esta finalidad en cuenta, dominó su lenguaje; estudió sus escrituras; y entró en debates con sus sabios. Sin embargo, después de seis años el padre Desideri no logró nada de la conversión masiva que había imaginado. Se retiró tan grande un fracaso como Pablo y Bernabé en su predicación entre los judíos de que escuchamos en la lectura de los Hechos hoy.
Los judíos no quieren oír nada de Jesús y su resurrección de la muerte. Pues, tienen su propia creencia sobre el mesías que aparecerá como rey de ejércitos para derrotar a todos los enemigos de Israel. Hasta entonces el objetivo de buenos judíos es observar la ley de Moisés con todo el empeño de un joyero arreglando relojes. Es como muchas personas en nuestra sociedad que no quieren escuchar nada de la religión. No es que les haya faltado la religión sino que la religión no produce maravillas ánima que muevan el corazón. En un mundo donde teléfonos toman fotos, dirigen carros, despliegan las noticias, escriben mensajes, al decir nada de las docenas de tonos con que te señalen, ¿quién podrá satisfacerse con la fe en realidades espirituales?
La verdad es que la fe les interesa a muchas personas. Apoya a aquellas personas que busquen un centro alrededor de que podrían construir sus vidas. La fe en Cristo sirve como la fuente de la verdad, de la vida, y de la libertad a un periodista italiano que estaba en las tinieblas de una religión que, según él, legitima la decepción y la violencia. La fe en Cristo provee la esperanza a una mujer norteamericana que acaba de recibir una diagnosis médica preocupante. La fe en Cristo proporciona un sentido de la alegría a una joven latinoamericana trabajando en una fábrica por un sueldo rebajado. Estas personas asemejan a los paganos en la lectura cuyo gozo desborda cuando se dan cuenta de su destino eterno por abarcar la fe en Cristo.
Pablo y Bernabé predican como enviados particulares de la iglesia en Antioquia. Sin embargo, no es necesario que se reciba la bendición de una comunidad para evangelizar. De hecho, Jesús ha comisionado a cada uno de nosotros para hacer discípulos de las naciones en su nombre. El Vaticano II y los papas han reconfirmado la misión de todos bautizados a evangelizar. Lo hacemos tanto con acciones como con palabras. Realmente, predicamos más por el cuidado que mostramos a los otros. El gran obispo brasileño, Dom Helder Cámara, una vez advirtió a sus oyentes que se preocuparan de su manera de vivir. Dijo: “Sus vidas pueden ser el único evangelio que sus hermanos e hermanas escuchan en sus vidas”.
Sin embargo, no estamos limitados a predicar con acciones porque no somos sacerdotes o religiosas. Unos jóvenes católicos entre dieciocho y veintiocho años dedican un año de sus vidas a llevar la palabra de Dios a grupos en parroquias y escuelas. Se forman en equipos de diez personas para dar retiros y días de reflexión a través del país. Cada equipo lleva un van con remolquecito pero, mucho más representativo de estos “Equipos Nacionales de Evangelización” es su espíritu de vida y amor. Si hablamos de Cristo a otros brillando la misma vida y amor, no habrá razón de sentir ninguna vergüenza.
En el espectáculo “Misa” de Leonardo Bernstein se brinde la canción “La palabra de Dios”. Dice en contra a todos los poderes malvados del mundo: “No se puede encarcelar la palabra de Dios”. Aunque algunos traten de enterrarla por decepción y violencia, siempre les escapa la palabra de Dios. Aunque otros traten de sobrecogerla con docenas de tonos, siempre les supera la palabra de Dios. Aunque a todavía otros no les pueda satisfacer, a nosotros nos anima con vida y amor la palabra de Dios. “No se puede encarcelar la palabra de Dios”.
(Hechos 13:14.43-52; Apocalipsis 7:9.14-17; Juan 10:27-30)
Hipólito Desideri era un misionero jesuita. Fue a Tíbet en las Himalayas en el año 1715. Quería convertir a los budistas de esa tierra al Catolicismo. Con esta finalidad en cuenta, dominó su lenguaje; estudió sus escrituras; y entró en debates con sus sabios. Sin embargo, después de seis años el padre Desideri no logró nada de la conversión masiva que había imaginado. Se retiró tan grande un fracaso como Pablo y Bernabé en su predicación entre los judíos de que escuchamos en la lectura de los Hechos hoy.
Los judíos no quieren oír nada de Jesús y su resurrección de la muerte. Pues, tienen su propia creencia sobre el mesías que aparecerá como rey de ejércitos para derrotar a todos los enemigos de Israel. Hasta entonces el objetivo de buenos judíos es observar la ley de Moisés con todo el empeño de un joyero arreglando relojes. Es como muchas personas en nuestra sociedad que no quieren escuchar nada de la religión. No es que les haya faltado la religión sino que la religión no produce maravillas ánima que muevan el corazón. En un mundo donde teléfonos toman fotos, dirigen carros, despliegan las noticias, escriben mensajes, al decir nada de las docenas de tonos con que te señalen, ¿quién podrá satisfacerse con la fe en realidades espirituales?
La verdad es que la fe les interesa a muchas personas. Apoya a aquellas personas que busquen un centro alrededor de que podrían construir sus vidas. La fe en Cristo sirve como la fuente de la verdad, de la vida, y de la libertad a un periodista italiano que estaba en las tinieblas de una religión que, según él, legitima la decepción y la violencia. La fe en Cristo provee la esperanza a una mujer norteamericana que acaba de recibir una diagnosis médica preocupante. La fe en Cristo proporciona un sentido de la alegría a una joven latinoamericana trabajando en una fábrica por un sueldo rebajado. Estas personas asemejan a los paganos en la lectura cuyo gozo desborda cuando se dan cuenta de su destino eterno por abarcar la fe en Cristo.
Pablo y Bernabé predican como enviados particulares de la iglesia en Antioquia. Sin embargo, no es necesario que se reciba la bendición de una comunidad para evangelizar. De hecho, Jesús ha comisionado a cada uno de nosotros para hacer discípulos de las naciones en su nombre. El Vaticano II y los papas han reconfirmado la misión de todos bautizados a evangelizar. Lo hacemos tanto con acciones como con palabras. Realmente, predicamos más por el cuidado que mostramos a los otros. El gran obispo brasileño, Dom Helder Cámara, una vez advirtió a sus oyentes que se preocuparan de su manera de vivir. Dijo: “Sus vidas pueden ser el único evangelio que sus hermanos e hermanas escuchan en sus vidas”.
Sin embargo, no estamos limitados a predicar con acciones porque no somos sacerdotes o religiosas. Unos jóvenes católicos entre dieciocho y veintiocho años dedican un año de sus vidas a llevar la palabra de Dios a grupos en parroquias y escuelas. Se forman en equipos de diez personas para dar retiros y días de reflexión a través del país. Cada equipo lleva un van con remolquecito pero, mucho más representativo de estos “Equipos Nacionales de Evangelización” es su espíritu de vida y amor. Si hablamos de Cristo a otros brillando la misma vida y amor, no habrá razón de sentir ninguna vergüenza.
En el espectáculo “Misa” de Leonardo Bernstein se brinde la canción “La palabra de Dios”. Dice en contra a todos los poderes malvados del mundo: “No se puede encarcelar la palabra de Dios”. Aunque algunos traten de enterrarla por decepción y violencia, siempre les escapa la palabra de Dios. Aunque otros traten de sobrecogerla con docenas de tonos, siempre les supera la palabra de Dios. Aunque a todavía otros no les pueda satisfacer, a nosotros nos anima con vida y amor la palabra de Dios. “No se puede encarcelar la palabra de Dios”.
El domingo, 18 de abril de 2010
III DOMINGO DE PASCUA
(Hechos 5:27-32.40-41; Apocalipsis 5:11-14; Juan 21:1-19)
San Pedro no es el discípulo modelo. Esta distinción pertenece al “discípulo amado por Jesús”. Pero Pedro es el discípulo con quien más nos identificamos. Es así porque los cuatro evangelios retratan a Pedro en varias situaciones – de ganar la vida hasta cuestionar a Jesús sobre sus enseñanzas. También, vemos a nosotros reflejados en Pedro porque él se presenta como persona falible. Comienza a dudar cuando camina sobre las aguas, cae en sueños cuando Jesús le pide a orar en el jardín, y aun niega a Jesús. Tal vez el Evangelio según San Juan incluya el episodio de Pedro que hallamos en la misa hoy para refortalecer nuestra fe como el Señor se lo hace a Pedro.
La triple negación de Pedro es muestra de la cobardía particularmente lamentable porque Pedro se jactó como diera su vida por Jesús. Para ayudarle compensar su fracaso, Jesús le pide tres veces si lo ama. Podemos escuchar cada pregunta como una prueba de quien es Jesús. También deberíamos percibir que Jesús está exigiendo a nosotros junto con Pedro una cosa cada vez más profunda.
Primero, Jesús pregunta a Pedro, “¿…me amas más que éstos?” “Éstos” pueden referir a los otros discípulos de modo que la pregunta sea si Pedro ama a Jesús más que los otros discípulos lo aman. O posiblemente “éstos” señalen los aparatos de pescar. Tal interpretación haría la pregunta si o no Pedro ama al Señor más que ama su manera de vivir. Supongamos por un momento que la segunda posibilidad es la correcta y preguntémonos si amamos a Jesús más que las cosas que nos satisfacen. ¿Amamos a Jesús más que nuestros empleos – construyendo casas o cuidando a niños? ¿Lo amamos a Jesús más que nuestros placeres – tomando un baño caliente o viendo un partido de fútbol? Y ¿lo amamos más que nuestras alegrías – ver a los hijos licenciarse? Ciertamente, sí. Por eso, apacentaremos a los corderos de Jesús por contarles que bueno es el Señor. Un hombre reconoce a sus padres para el éxito que ha tenido en su vida. Así no deberíamos faltar a acreditar a Jesús por su guía y su gracia en nuestras carreras.
La segunda pregunta de Jesús a Pedro es más sencilla pero a la vez más profunda. Pregunta simplemente, “¿Simón, hijo de Juan, me amas?” Posiblemente Jesús quiera que Pedro se dé cuenta de quien es que lo acompaña. ¿Ama a Jesús con quien caminaba senderos y comía el pan? Se puede dirigir la misma pregunta a nosotros. ¿Amamos a Jesús como el que nos acompaña en la vida? Parece extraño hablar de una persona que vivió hace dos mil años como un amigo. Sin embargo, muchos mantienen el afecto por un esposo o esposa muerta por décadas y algunos, por un personaje histórico como Marilyn o Elvis. La clave aquí, como en todas relaciones, es permitirle a Jesús entrar en nuestra conciencia. Tenemos que recordar sus palabras e imaginarnos en diálogo con él. La presencia de Jesús a nosotros afectará nuestra manera de relacionar con otros humanos. Cumpliendo el mandato a apacentar sus ovejas, trataremos a todas personas con la gentileza como si Jesús fuera a nuestro lado observando. Un vendedor de carros exitoso una vez reveló su secreto – no despreciar a nadie aún la persona vestido de harapos sino tratar a todos como personas de medios. Tenemos mucho más razón para cuidar a todos que encontremos, particularmente a los necesitados.
La tercera vez que Jesús pregunta a Pedro, él va al fondo de su propia identidad. ¿Ama Pedro a Jesús como Dios? Jesús ha mostrado su origen divino definitivamente por entregarse a la cruz y por levantarse de la muerte. Amamos a Jesús como Dios cuando ponemos la celebración de la muerte y resurrección en el centro de nuestras vidas. Si no podemos asistir en la misa diaria, participaremos en la liturgia dominical como un momento privilegiado de la semana. Un teólogo escribió cómo sus padres – campesinos negros que trabajaban duro seis días de la semana – siempre iban a iglesia el domingo vestidos de traje y vestido especial. De esta manera se daban cuenta que eran hijos de Dios hechos iguales a todos – blancos tanto como otros negros. Apacentamos a las ovejas del Señor por rezar que él fortalezca nuestros esfuerzos por los demás.
Hace unos años se publicó la novela Cena con un perfecto desconocido. Describe el encuentro entre un hombre de negocio y la persona que le envió invitación a un restaurante. Al principio no se sabe quien sea el anfitrión. Tiene barbita y se viste de traje como muchos otros hombres. Pero después de comer la ensalada se hace cada vez más claro que es personaje conciente de todo y amoroso sobre todo. Exige en su propia manera – mostrando la necesidad de vivir coherente y auténticamente. Es como Jesús encuentra a Pedro en el evangelio hoy. Es como él nos encuentra a nosotros si lo permitimos acompañarnos en la vida.
(Hechos 5:27-32.40-41; Apocalipsis 5:11-14; Juan 21:1-19)
San Pedro no es el discípulo modelo. Esta distinción pertenece al “discípulo amado por Jesús”. Pero Pedro es el discípulo con quien más nos identificamos. Es así porque los cuatro evangelios retratan a Pedro en varias situaciones – de ganar la vida hasta cuestionar a Jesús sobre sus enseñanzas. También, vemos a nosotros reflejados en Pedro porque él se presenta como persona falible. Comienza a dudar cuando camina sobre las aguas, cae en sueños cuando Jesús le pide a orar en el jardín, y aun niega a Jesús. Tal vez el Evangelio según San Juan incluya el episodio de Pedro que hallamos en la misa hoy para refortalecer nuestra fe como el Señor se lo hace a Pedro.
La triple negación de Pedro es muestra de la cobardía particularmente lamentable porque Pedro se jactó como diera su vida por Jesús. Para ayudarle compensar su fracaso, Jesús le pide tres veces si lo ama. Podemos escuchar cada pregunta como una prueba de quien es Jesús. También deberíamos percibir que Jesús está exigiendo a nosotros junto con Pedro una cosa cada vez más profunda.
Primero, Jesús pregunta a Pedro, “¿…me amas más que éstos?” “Éstos” pueden referir a los otros discípulos de modo que la pregunta sea si Pedro ama a Jesús más que los otros discípulos lo aman. O posiblemente “éstos” señalen los aparatos de pescar. Tal interpretación haría la pregunta si o no Pedro ama al Señor más que ama su manera de vivir. Supongamos por un momento que la segunda posibilidad es la correcta y preguntémonos si amamos a Jesús más que las cosas que nos satisfacen. ¿Amamos a Jesús más que nuestros empleos – construyendo casas o cuidando a niños? ¿Lo amamos a Jesús más que nuestros placeres – tomando un baño caliente o viendo un partido de fútbol? Y ¿lo amamos más que nuestras alegrías – ver a los hijos licenciarse? Ciertamente, sí. Por eso, apacentaremos a los corderos de Jesús por contarles que bueno es el Señor. Un hombre reconoce a sus padres para el éxito que ha tenido en su vida. Así no deberíamos faltar a acreditar a Jesús por su guía y su gracia en nuestras carreras.
La segunda pregunta de Jesús a Pedro es más sencilla pero a la vez más profunda. Pregunta simplemente, “¿Simón, hijo de Juan, me amas?” Posiblemente Jesús quiera que Pedro se dé cuenta de quien es que lo acompaña. ¿Ama a Jesús con quien caminaba senderos y comía el pan? Se puede dirigir la misma pregunta a nosotros. ¿Amamos a Jesús como el que nos acompaña en la vida? Parece extraño hablar de una persona que vivió hace dos mil años como un amigo. Sin embargo, muchos mantienen el afecto por un esposo o esposa muerta por décadas y algunos, por un personaje histórico como Marilyn o Elvis. La clave aquí, como en todas relaciones, es permitirle a Jesús entrar en nuestra conciencia. Tenemos que recordar sus palabras e imaginarnos en diálogo con él. La presencia de Jesús a nosotros afectará nuestra manera de relacionar con otros humanos. Cumpliendo el mandato a apacentar sus ovejas, trataremos a todas personas con la gentileza como si Jesús fuera a nuestro lado observando. Un vendedor de carros exitoso una vez reveló su secreto – no despreciar a nadie aún la persona vestido de harapos sino tratar a todos como personas de medios. Tenemos mucho más razón para cuidar a todos que encontremos, particularmente a los necesitados.
La tercera vez que Jesús pregunta a Pedro, él va al fondo de su propia identidad. ¿Ama Pedro a Jesús como Dios? Jesús ha mostrado su origen divino definitivamente por entregarse a la cruz y por levantarse de la muerte. Amamos a Jesús como Dios cuando ponemos la celebración de la muerte y resurrección en el centro de nuestras vidas. Si no podemos asistir en la misa diaria, participaremos en la liturgia dominical como un momento privilegiado de la semana. Un teólogo escribió cómo sus padres – campesinos negros que trabajaban duro seis días de la semana – siempre iban a iglesia el domingo vestidos de traje y vestido especial. De esta manera se daban cuenta que eran hijos de Dios hechos iguales a todos – blancos tanto como otros negros. Apacentamos a las ovejas del Señor por rezar que él fortalezca nuestros esfuerzos por los demás.
Hace unos años se publicó la novela Cena con un perfecto desconocido. Describe el encuentro entre un hombre de negocio y la persona que le envió invitación a un restaurante. Al principio no se sabe quien sea el anfitrión. Tiene barbita y se viste de traje como muchos otros hombres. Pero después de comer la ensalada se hace cada vez más claro que es personaje conciente de todo y amoroso sobre todo. Exige en su propia manera – mostrando la necesidad de vivir coherente y auténticamente. Es como Jesús encuentra a Pedro en el evangelio hoy. Es como él nos encuentra a nosotros si lo permitimos acompañarnos en la vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)