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El domingo, 25 de mayo de 2025

 

VI DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)

Se han diferenciado por los siglos la paz mundana y la paz de Cristo.  Hemos escuchado cómo la paz mundana es superficial, cómo no dura mucho tiempo, y cómo se puede sacudir por conflictos y contrariedades.  En contraste, la paz de Cristo llega al corazón, trae la confianza, y no se pierda fácilmente.

Si la paz mundana fuera tan frágil, ¿quién no elegiría la paz de Cristo?  Sin embargo, sabemos que la paz mundana brinda beneficios deseables también.  El cese de la vehemencia da tiempo para los adversarios a recapacitar sus objetivos.  También un lugar seguro y cómodo alivia las tensiones que gastan al individuo la energía y el buen humor.  La paz mundana a veces acompaña un compromiso efectivo para la convivencia si no el respeto mutuo.

Podríamos ofrecer el teléfono celular como símbolo de la paz mundana.  Mucha gente hoy se ha apegado a sus celulares de modo que no vaya a ninguna parte sin ello.  Les provee la seguridad de tener lo que les parece necesario para evitar inquietudes y mantener la ecuanimidad.  Cuando se sienten solo, les ponen en contacto con sus amistades.  Cuando están perdido, les guía a su destino.  Y cuando están en duda de un hecho o de un proceso, le provee la información en pocos segundos.  Y estos son solo una pequeña parte de las ventajas de tener un celular. 

Sin embargo, hay límites al celular.  Trae un sentido de la paz hasta que se pierda, se extravíe, se agote la batería, o haya problemas con el proveedor del Internet.  Cuando ocurran contratiempos como estas, la paz da vía a la ansiedad pronto.  Este no es razón de abortar el celular sino para buscar algo más al fondo que estabiliza la paz.

En el evangelio Jesús ofrece la amistad consigo mismo para apoyar la paz condicional del celular y las otras fuentes de la paz mundana.  Nos abraza esta paz de modo que podamos enfrentar cualquier desafío con confianza.  La paz de Cristo es saber, como una niña en los brazos de su papá, que todo resultará bien.  Es la seguridad que, venga lo que venga incluso la muerte, Cristo va a entregarnos del mal que experimentamos. 

La lengua hebrea tiene la palabra shalom para expresar la paz de Cristo.  Más que un cese de hostilidades, shalom significa la prosperidad, la plenitud, y la armonía aun en la guerra.  Shalom es la seguridad que por los superiores recursos que tenemos vamos a superar todos desafíos.  Sean enfermedades, enemigos, u otra contrariedad no vamos a perdernos sino prevaleceremos en el final. 

Cristo nos indica cómo podemos acceder su paz.   Por cumplir sus mandamientos, sobre todo el mandamiento de amar a uno a otro, él vendrá con el Padre para morar en nosotros.  Es como tener el jefe de la policía en la casa cuando recibimos una amenaza de seguridad.  Como San Pablo escribe a Timoteo: “Si hemos muerto con él, viviremos con él. Si somos constantes, reinaremos con él” (II Timoteo 2:11b-12a).

No tenemos que escoger entre la paz mundana y la paz de Cristo.  De hecho, necesitamos ambas. El celular es muy útil, pero no puede proveernos la valentía de enfrentar la pérdida de recursos y mucho menos la muerte.  Cuando estamos en lucha contra el mal, queremos el shalom de Cristo.  Nos da la fuerza para dominar toda amenaza del mal.

El domingo, 22 de mayo de 2022

 EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)

En una historia dos choferes llegan al aparcamiento al mismo tiempo.  Queda espacio para solo un coche.  Los hombres comienzan a discutir sobre quien tendrá el lugar.  Entonces un hombre saca pistola y dispara al otro.  Un chico que ve el crimen pregunta: “¿Realmente se le mató un hombre por un espacio de estacionamiento?” No era solamente por un estacionamiento. Había más en juego que esto.

Con mayor probabilidad no vamos a matar a otra persona por un estacionamiento.  Sin embargo, el enojo puede movernos hacer cosas que lamentaremos.  Palabras echadas en el enojo pueden causar la pérdida de amigos.  Podemos lastimar a un hijo mental si no físicamente por un golpe entregado en la furia. ¿Cómo es que el enojo puede correr fuera del control aun en nosotros?

Cuando percibimos una injusticia, reaccionamos con el enojo.  Por eso, el enojo no es necesariamente malo.  Las Madres en Contra de Manejar Inebrio han sido energizadas por el enojo.  Sus esfuerzos han resultado en una mayor conciencia de la responsabilidad cuando manejamos.  Sin embargo, a veces no atinamos la percepción correcta de la injusticia.  Por el orgullo pensamos que si una cosa se hace inconveniencia para mí es injusticia.  Por orgullo estamos inclinados a hacernos enojados con el chofer enfrente de nosotros manejando el límite legal.  El orgullo nos hace considerar a nosotros mismos como mejor que en realidad somos. 

De alguna manera tenemos que conquistar el orgullo para que no nos enojemos injustamente.  De hecho, superando el orgullo podemos controlar todas las emociones fuertes o, mejor decir, pasiones.  Tenemos que superar el orgullo – el amor del yo -- para que no busquemos a la mujer o el hombre de otra persona.  Tenemos que controlar el orgullo para que no tomemos demasiado sol en la playa.  En el evangelio hoy Jesús nos da la clave para controlar el orgullo.

Está respondiendo a la inquietud de un discípulo: “’¿Por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?’”  Dice que se revela a sus discípulos porque ellos lo aman y cumplen sus mandamientos.  Para controlar el orgullo, el amor del yo, tenemos que amar a Jesús sobre todo.  Esto no es difícil porque es la persona perfecta.  La mayoría de nosotros reconoce a nuestra madre o nuestro padre como más generoso o sabio que nosotros.  Por nuestro conocimiento de Jesús en los evangelios debemos decir que él es aún mejor.  Él merece nuestro amor y obediencia.

Pero no es solo por nuestro esfuerzo propio que controlamos el orgullo, el enojo y las otras pasiones.  Jesús nos ayuda con su paz.  No es la paz transitoria que sentimos al final de un día pero esfumará como un sueño el día siguiente.  No, la paz que nos ofrece Jesús es la paz que ningún dolor, ninguna dificultad puede robarnos.  Es la paz de saber que nuestro destino es la vida eterna con él.  Una vez por la amenaza de una tormenta invernal una universidad anunció que iba a cerrar unos días antes del fin del semestre.  Una universitaria de un lugar lejos de la universidad se quedó en el dormitorio. Sus compañeras le preguntaron cómo iba a volver a casa.  Ella respondió que su padre prometió a recogerla.  “Pero él no puede llegar acá en medio de una nevada”, objetaron sus amigas.  Ella respondió: “Solamente sé que si padre me dijo que iba a venir para mí, él llegará”.  Somos aún más seguros que Jesús vendrá para darnos la vida eterna.  Nada más cuenta mucho cuando tenemos la paz que viene con la garantía de la vida eterna.

¿Cómo conquistar el enojo?  Hemos oído de remedios caseros como salir y gritar el más fuertemente como posible.  Pero Jesús nos ofrece un modo más sencillo y efectivo.  Conquistaremos el enojo y todas las otras pasiones cuando aceptemos su paz.  Es la garantía de un espacio de estacionamiento en la vida eterna.  Es la superación del orgullo por reconocer a Jesús como mejor que nosotros.  Es tenerlo como amigo para siempre.

 

Para la reflexión: ¿Cuándo has sentido la paz de Jesús?  ¿Qué hiciste cuando sentía esta paz?

El domingo, 9 de mayo de 2010

EL VI DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 15:1-2.22-29; Apocalipsis 21:10-14.22-23; Juan 14:23-29)

Una balada norteamericana cuenta de Mateo. Es tío del compositor. Mateo vino a vivir con la familia del compositor en Kansas después que un tornado lo despojó de su propia familia y granja. Dice el compositor que Mateo era más que un pariente a él; se hizo amigo que lo guió a un aprecio más profundo de la vida. Termina la balada por decir que para Mateo el gozo era sólo el fundamento de la vida; el amor, sólo la manera de vivir y morir; el oro, sólo el color de un campo de trigo; y azul, sólo el cielo estival. En el evangelio hoy Jesús nos promete una amistad semejante o, más bien, una amistad más beneficiosa aun.

Dice Jesús que él y su Padre posarán en aquella persona que cumpla su palabra. “¿Por qué querríamos que Dios viva en nosotros?”, podemos preguntar. La respuesta es lo mismo si estuviéramos a preguntar, “¿Por qué querríamos estudiar en la universidad o casarse con una persona buena?” Tener a Dios con nosotros es conocer la verdad y experimentar el amor. Es vivir contento, satisfecho, agradecido. Una vez el gran primer ministro de Inglaterra Winston Churchill recordó a su amigo, el presidente estadounidense Franklin Roosevelt: “Encontrarse con él era como descorchar una botella de champaña y conocerlo era como beberla”. Tener a Dios como huésped nuestro nos da aún más satisfacción.

Jesús especifica lo que es tenerlo y su Padre como amigos -- es conocer la paz. Pero su concepto de la paz sobrepasa lo de nosotros. Como judío, para Jesús la paz no es simplemente el cese de combate o aún el retiro de armas. No, en la tradición hebreo la paz – el shalóm – es la plenitud o la perfección. Los hondureños dirían “macanudo” y los costarricenses, “pura vida”. Es cómo sentimos cuando todo nos va excelente, cuando no sentimos nada de culpa o de preocupación o de necesidad. La paz que Jesús nos ofrece es como regresar de la universidad a la cocina de mamá después de hartarnos comiendo del buffet y de desvelarnos estudiando con píldoras antisueño. Es probar su cocido hecho no solamente con el amor sino también con el tiempo para absorber los ricos sabores de la carne, de las verduras, y de las especies. Es escuchar sus dulces palabras de consuelo: “Descansa, mi hijo; has hecho tu mejor. Deja a Dios suplir el resto”.

Tal vez imaginemos que nuestra mamá sea más misericordiosa que Dios. Posiblemente ella se desilusione con nosotros si nos faltó a llamarla el domingo, pero jamás se nos quita el amor. Al otro lado, a veces Dios nos parece inflexible. ¿No es que Él nos quite la gracia si hacemos un pecado mortal? Pero ¿quién se le quita a quién la gracia? Cuando rehusamos a asistir a la misa dominical, nos apartamos de la luz para avanzar en este mundo de tinieblas. ¡Que no nos equivoquemos! El mandamiento de mantener santo el día del Señor – como todos los mandamientos – es una misericordia, no un castigo. Nos hace posible alcanzar al destino eterno que anhelamos desde el fondo de nuestro ser. Y cuando nuestros antojos nos desvían del camino, Dios siempre nos llama atrás por la conciencia. Es mejor que nuestra madre porque nunca nos consiente, nunca nos permite pensar que somos como muñecas perfectamente proporcionadas en todo.

“El ‘M’ es para las muchas cosas que me has dado; el ‘A’ significa sólo que anciana te has transformado…” escribe un predicador en su tributo anual para las madres. Es cierto; estamos infinitamente endeudados a nuestras madres. Sobre todo les debemos un profundo “muchas gracias” por presentarnos a Dios. El ‘D’ tiene que ser para Él. Dios nos refresca mejor que cualquier cocido. Nos enriquece más que campos de oro. Sí, madres, muchas gracias por presentarnos a Dios.