El domingo, 6 de abril de 2014

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA, 6 de abril de 2014


(Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45)

Se llama la primera mitad del Evangelio según San Juan “el Libro de Señales”.  El texto describe varias acciones de Jesús que señalan quien es y porque ha venido.  En Caná cambia el agua al vino para señalar que es el Hijo de Dios llegado al mundo para aumentar la felicidad de la gente.  Cerca de Tiberíades él da de comer pan y pescado a los cinco mil hombres para señalar que proveerá el sustento a las multitudes.  Y en Jerusalén su curación del hombre nacido ciego señala que es la verdadera luz guiando al mundo a un destino eterno.  El pasaje hoy culmina esta sección del evangelio con la señal más significante de todas: la resucitación de Lázaro de la muerte. 

Cuando Lázaro emerge del sepulcro, tres grupos diversos atestiguan el evento.  Cada uno tiene su propio planteamiento hacia Jesús. Estos planteamientos en torno representan tres tipos distintos de la fe que podemos identificar entre nosotros.  Por supuesto, la resucitación de Lázaro muestra que Jesús tiene poder sobre la muerte.  Sin embargo, como señal apunta algo más grande: que Jesús viene para proveer al hombre con la vida en plenitud – la vida eterna.  Se puede caracterizar cada grupo según su aprecio para este legado preciosísimo de Dios.

Los discípulos de Jesús comprenden el primer grupo de creyentes.  Ellos han visto varias señales de Jesús y lo han aceptado como el Mesías de Israel. Sin embargo, cuando Jesús les dice que va a volver a Judea donde encontraba amenazas antes, ellos se preocupan de su vida.  Entonces Tomás, tomando la palabra por todos, dice con bravuconada: “’Vayamos también nosotros, para morir con él’”.  La fe de los discípulos, al menos a este momento, es más brillo que confianza.  Todavía no entienden que Jesús es el Señor completamente encargado de los eventos de la historia.  Muchos entre nosotros creen así.  Pueden repetir las fórmulas que Jesús es el Hijo de Dios y es el Rey universal con poder sobre todo, pero no entienden bien lo que están diciendo.  Necesitan de la catequesis para apreciar las promesas de Dios en Jesucristo.

Los judíos también atestiguan la salida de Lázaro del sepulcro.  Ellos no se oponen a Jesús aquí como en otras partes del evangelio, pero tampoco muestran gran fe en él.  Desilusionados, ellos preguntan: “’¿No podía este, que abrió los ojos al ciego…hacer que Lázaro no muriera?’” Para ellos Jesús sirve como un curandero, no como el médico divino que dispensa la vida eterna.  Hay muchos entre nosotros – tal vez no aquí en el templo pero en casa mirando la tele – así.  Recurren a Jesús sólo con necesidades terrenales.  Rezan para que pasen un examen o cuando sus papás estén internados.  Pero no les ocurre a pedirle a Dios que les conceda la gracia para hacerse santos.

El tercer grupo se constituye de sola una persona.  Marta expresa la fe en Jesús como el Mesías que ha venido al mundo para salvarlo.  Pero aun ella titubea cuando Jesús da el orden a quitar la piedra.  Muestra que difícil es entregarse totalmente al Señor aun para la persona bien catequizada.  Tal vez la mayoría de nosotros tengamos esta fe imperfecta de Marta.  Querríamos enfrentar la muerte tranquilos pero nos cuesta demasiado.  Hacemos todo lo posible para mantener la vida biológica.  Cuando oigamos de una persona muriendo antes de que tenga ochenta años, pensamos que es tragedia.  Sin embargo, hay unos pocos como la pareja de El Paso que no desesperó nada cuando su hijo murió de repente con sólo cincuenta años.  Dijeron que eran agradecidos a Dios por tomar a su hijo entonces cuando acabó de reconciliarse con la Iglesia después de llevar varios años lejos de los sacramentos.  No es que no amaran a su hijo sino al contrario.  Lo amaban tanto que quisieran sobre todo que tuviera la vida eterna con Dios.

Lázaro sale del sepulcro con la cara envuelta en un sudario porque va a morir de nuevo.  Pero cuando Jesús resucita de la muerta, deja el sudario doblado en la tumba porque su resurrección es definitiva.  No va a morir más.  Que tengamos la confianza que juntados con él por la fe, nuestro destino es el mismo.  En la resurrección de los muertos  vamos a dejar atrás todo el equipo funerario para vivir con Jesús en la gloria. Juntados con él en la fe, nuestro destino es vivir con Jesús en la gloria.

El domingo, 30 de marzo de 2014


IV DOMINGO DE CUARESMA 

(I Samuel 16,1.6-7.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Es curiosa la novela, El principito.  Fue escrito para niños.  Pero la mayoría de la gente no la conoce hasta que lleguen a la universidad.  Una frase de la obra  particularmente ha llamado mucha atención a través de los años.  Dice el zorro al principito: "…sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos."  Parece que el hombre nacido ciego aprende esta lección en el evangelio hoy.

Se ha visto este pasaje como un estudio en la realización de la fe.  Como el hombre sólo reconoce quien es Jesús gradualmente, así nosotros llegamos a la fe madura sólo con años de practicarla.  Después de su curación, el hombre identifica a Jesús como el que le hizo bien.  Entonces, lo reconoce como un profeta con palabras poderosas.  Finalmente, al dialogar con Jesús, él consienta en que Jesús es el Hijo del hombre: eso es, el enviado por Dios para salvar el mundo. Así creemos en etapas.

Cuando somos niños, creemos en Dios como un Santa Claus que va a cumplir todos nuestros deseos.  Esta fe es ingenua porque todavía no ha experimentado el reto de dolor.  En la juventud la fe se hace más como una decisión que una verdadera convicción.  Por los primeros roces con la maldad – la muerte de un ser querido o, posiblemente, una vislumbre de la pobreza extrema que acosa la quinta parte de la población mundial -- experimentamos dudas en nuestra creencia.  Entonces tenemos que decidir: Dios es o la verdad o un mito. Si decidimos que es verdad, entonces nos queda otra decisión: si o no seguiremos las tradiciones y los preceptos de la Iglesia, el guardián de la fe.  Si es mito, podemos rechazar la religión completamente o, tal vez, darle un poco de atención para mantener la paz en la casa.  Esperamos que en la vejez hagamos un acto pleno de la fe.  Por este tiempo hemos visto cómo los humanos mismos causan su propio daño.  Más al caso, nos hemos dado cuenta que Dios ha sido fiel proveyéndonos oportunidades del crecimiento a cada vuelta.  Finalmente entendemos que nuestra felicidad no queda en cruzadas en los siete mares, mucho menos en placeres eróticos sino en cumplir la voluntad de Dios.

Estamos hablando como si la fe en primer lugar fuera la aceptación de creencias.  Ciertamente la profesión de creencias nos apuntan a la fe, pero principalmente la fe es la confianza en otra persona, para nosotros en Jesús.  Al comienzo del evangelio hoy el hombre nacido ciego conoce a Jesús superficialmente.  Él puede decir sólo que Jesús es el hombre que “hizo lodo, me puso en los ojos y me dijo” ‘Ve a Siloé e lávate’”.  Pero Jesús lo busca para fortalecer su relación con él.  Cuando los fariseos lo echan fuera de su lugar, Jesús lo consuela.  Así nos busca a todos nosotros en las diferentes etapas de la vida para consolidar nuestra confianza.  En la niñez vemos a Jesús como el collage de las imágenes de él visto en los evangelios.  Es al mismo tiempo el Hijo de Dios, el Santo de Israel, el gran Maestro, el Profeta, el Buen Pastor, etcétera.  En la juventud Jesús nos permite imaginarlo como queramos: un filósofo, un guerrillero, o aun un rock star.  Después de una vida de discernimiento lo vemos como es: nuestro mejor amigo llevándonos a su Padre Dios en todos los tiempos de la vida: en nuestra alegría para felicitarnos, en nuestra desilusión para consolarnos, en nuestra traición para perdonarnos, y en nuestra debilidad para apoyarnos.  Por su constancia sabemos que podemos contar con él cuando todas las otras fuerzas nos abandonan en la muerte.  Entonces él nos levantará del polvo para presentarnos al Padre.

Había un ciego nombrado Manuel a quien le gusta decir; “Veo”.  Sabía bien cómo la frase pareció curioso por un hombre tal como era, pero le fascinaba tanto la idea de la vista.  A lo mejor Manuel vio más que muchos de la población mundial.  Pues, tuvo la fe.  Supo que Jesús lo acompañaba, sea en la iglesia o sea en una cruzada.  Con la fe vio a la persona que es el más importante a ver.

El domingo, 23 de marzo de 2014


EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Gente en todas partes sabe de Marilyn Monroe.  Aunque murió hace más que cincuenta años, sigue su cara como una de las más conocidas en el mundo.   Tuvo una belleza tan extraordinaria que sólo pudiera ser igualada por su miseria.  Pues, tuvo tres esposos, a lo mejor abortó varios bebés, y probablemente se suicidó.  En el evangelio hoy Jesús encuentra a una mujer con una historia casi tan indecorosa como la de Marilyn Monroe.

Jesús es cansado, pero se dirige a la samaritana.  No le importa que ella vive con un hombre que no es su marido, mucho menos que los judíos no tratan a los samaritanos.  No, a Jesús la samaritana es una hija de Dios, en necesidad del amor verdadero.  Es similar a la historia que se cuenta de un sacerdote muriéndose del cáncer.  Un día cuando estaba en el consultorio de su médico, el sacerdote encontró a una enfermera que era católica pero ya no practicaba la fe.  Dijo ella que por haber visto tanto sufrimiento no más pudo creer en un Dios personal.  A pesar de su cáncer el sacerdote se le dirijo a ella con una explicación de Dios tanto esperanzadora como acertada.  Le dijo que el universo fue establecido y animado por el amor que es el ser en sí y sostiene todas otras cosas en su ser.  Porque este amor queda al núcleo de la existencia, toda cosa se hará correcta al final de los tiempos. 

La enfermera no podía responder al discursito del sacerdote.  Solamente le agradeció y se lo dejó.  Pero la samaritana parece atraída por Jesús.  Le reta: “¿Cómo es que tú, un judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”  Ya Jesús  ve la oportunidad de mostrarle el amor al núcleo de la existencia.  Le ofrece algo que anhela: el “agua viva” que, al nivel literal, significa el agua fresca que rebosa de la tierra de modo que no tenga que sacarse.  Pero en al nivel más profundo que Jesús tiene en cuenta el agua viva significa la gracia.  Que demoremos aquí un momento para preguntar: ¿qué es la gracia? 

Tal vez hayamos pensado en la gracia en el alma como dinero acumulando en el banco con que compramos la entrada al cielo.  Sin embargo, sería mejor considerarla como la forma del corazón que nos hace posible vivir como hijos e hijas de Dios.  Como se forma un tubo en una flauta para producir la música, así la gracia forma nuestros corazones para cuidar a los demás.  En el mundo hoy la gracia condiciona el corazón para resistir los estupefacientes que nos distraen de nuestra vocación a amar como Dios ama.  Con la gracia decimos “no” a la gratificación instantánea del yo, sea con la pornografía, con drogas, o con siempre buscando nuestra voluntad.  Para la samaritana la gratificación evidentemente viene de cambiar al hombre cuando le dé la gana. 

Cuando Jesús se le revela a ella su falta, la samaritana se da cuenta de que él es el que iba a rescatar a Israel.  Entonces deja su cántaro para anunciar al pueblo la buena noticia.  Las dos acciones tienen significado.  Primero, el cántaro simboliza la vida vieja de la mujer.  Como ya tiene el agua viva de modo que no más tenga que sacar agua del pozo, ya tiene la gracia de modo que no más tenga que pecar.  Segundo, los seguidores de Jesús no deben quedarse callados sobre la gracia con que les fortalece.  Como Jesús se extiende a sí mismo para rescatar a otras personas de la miseria del pecado, ellos tienen que compartir su fe con los demás.  Deberíamos ver a nosotros en este rol.   Ciertamente queremos enseñar a nuestros niños de Jesús. ¿Por qué no lo mencionamos también a nuestros colegas?  Podemos decirles la verdad: que no seríamos quienes somos si no fuera por él.

“Danos un corazón, grande para amar” cantamos.  Es el corazón formado por la gracia para cuidar a todos – tanto los pecadores como los santos – como hijos e hijas de Dios.  “Danos un corazón fuerte para luchar” continuamos.  Es el corazón formado por la gracia para resistir tanto los piropos como los rechazos que nos impiden a seguir a Jesús.  Sí, Señor, danos un corazón formado por tu gracia.

El domingo, 16 de marzo de 2014


EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 12:1-4; II Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9)

“El arroyo de la sierra, me complace más que el mar”.  Esta frase fue escrita por el poeta cubano José Martí. De hecho, muchos prefieren las montañas sobre las playas.  Pues, en las alturas el aire limpio les ayuda ver claramente y el ambiente callado les facilita pensar profundamente.  Tal vez sea para aprovecharse de estos beneficios que Jesús revela su gloria en la montaña en el evangelio hoy.

Como siempre, hay que entender el contexto del pasaje para apreciar su contenido.  Hace seis días Jesús sacudió a sus discípulos de la cabeza a los pies.  Después de que Pedro lo reconoció como el Mesías tan esperado, les dijo que iba a sufrir la entrega a la muerte.   Cuando los discípulos rebelaron contra la predicción, Jesús añadió que para seguirlo ellos también habrían sacrificarse.  Pero su mensaje no era totalmente de sombrío.  Mencionó la resurrección al tercer día aunque a los discípulos esta nota fue tan oscura como si fuera dicha en chino.  Ya Jesús quiere dar a Pedro, Santiago, y Juan una vislumbre de lo que significa la resurrección de la muerte.

Antes de que pasemos a la escena encima de la montaña, tenemos que preguntar por qué los discípulos reaccionaron tanto contra el sufrimiento y la muerte.  Ciertamente tiene que ver con el Mesías, el hijo del gran rey David, aguantando la humillación de la derrota.  Pero ¿qué significa el sufrir y el morir, y por qué toda persona los resiste?  El sufrimiento resulta cuando el cuerpo no está en conforme con el alma.  Es una desarmonía que la persona siente como dolor.  La muerte representa la separación completa de los dos de modo que la persona no más pueda existir en el mundo.  Nosotros luchamos contra la muerte porque la vida tiene un propósito más grande que descomponerse, y tanto el sufrimiento como la muerte nos impiden alcanzarlo.

¿Qué es el propósito de la vida?  Si preguntamos al joven miembro de una asociación estudiantil, posiblemente nos diga beber hasta emborracharse y cazar a las muchachas hasta conquistar a todas.  Si consultamos a un político, a lo mejor nos diga ganar todo el poder y el prestigio posible.  Si examinamos la Biblia, vamos a ser dirigidos a los primeros cinco libros supuestamente escritos por Moisés, a las obras de los profetas bien representados por Elías, y, por supuesto, los evangelios que cuentan de Jesús.  Estos recursos son unánimes en su respuesta a nuestro interrogante: el propósito de la vida es amar a Dios sobre todo, que incluye la solicitud por los pobres.  En el evangelio Jesús conversa con Moisés y Elías para dar testimonio a este fin.

De repente la nube cubre a todos como pasó en la montaña donde Dios habló con Moisés.  De la nube se oye la voz del mismo Dios mandando a los discípulos que escuchen a Su hijo.  Los discípulos caen al suelo por temor; pues están en la presencia divina.  Tal vez hoy día nos cobardearemos aún más por las implicaciones del mensaje de Jesús a quien deberíamos escuchar.  Nos dudamos que podamos dejar los propósitos de la vida que hemos hecho por nosotros mismos para tomar aquel de Jesús.  Pero es posible con la gracia de Cristo cómo pasó a una mujer internada llamada Raquel.  Un día el capellán de un hospital oyó el grito de Raquel que estaba muriendo del cáncer.  El capellán siguió la voz a la salita donde la mujer.  Entró, se arrodilló ante la cama de Raquel tomando su mano, y empezó a rezar.  Cuando ella gritó, “O Dios”, él respondió, “O Dios, ayúdala”.  Estuvo con ella así por mucho tiempo.  A un punto los gritos de Raquel cambiaron de “¿Por qué, Dios mío, por qué?” a “Lo ofrezco, Dios, lo ofrezco”.  En los últimos momentos de su vida, la desesperación se convirtió en la esperanza.  Su propósito cambió de evitar el dolor a todo costo a sacrificarlo por el bien de los demás.  Nuestra esperanza por este tiempo cuaresmal es que Dios vea nuestros sacrificios y nos cambie así.

En los climas norteños se nota este tiempo cuaresmal por los cambios en la naturaleza.  Los árboles brotan sus hojas y las plantas echan sus flores.  El campo se convierte del gris al verde.  Parece que todo va de ser encerrado en sí mismo a mostrar la gloria de Dios.  Es el tipo de conversión que esperamos por nosotros.  Al final de nuestro viaje cuaresmal queremos ser conocidos por un propósito nuevo de la vida.  Queremos vivir menos por nosotros mismos y más por Dios y por los pobres.  Queremos vivir más por Dios.

El domingo, 9 de marzo de 2014


EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Génesis 2:7-9.3:1-17; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11)


“Lo que pasa aquí, se queda aquí” es un lema para la ciudad de Las Vegas.  Por supuesto, no se refiere a visitas a los museos.  No, se conoce Las Vegas por el vicio.  Aunque muchos pasan vacaciones inocentes allá, Las Vegas ha ganado la fama como lugar del uso abusado de juegos, sexo, y alcohol.  Las lecturas de la misa hoy nos enseñan sobre todas formas del pecado y cómo vencerlo.

Nosotros reconocemos la lectura de Génesis como la descripción del pecado original.  Pero también tiene el plano de nuestros pecados.  Fíjense como ambos la serpiente y la mujer tergiversan la Palabra de Dios haciéndolo como un ogro.  La serpiente dice a la mujer que Dios prohibió que comieran de todos los árboles cuando en verdad sólo prohibió el comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.  De su parte, la mujer exagera el mandamiento de Dios también.  Según ella, Dios prohibió que tocaran el fruto del árbol cuando sólo no permitió el comer de ello.  Cuando pecamos nosotros, también pensamos en Dios como prohibiendo cosas caprichosamente.  Dicen algunos que Dios prohíbe el control de la natalidad, punto.  No es cierto.  Sí, Dios prohíbe el uso de medios artificiales para controlar la natalidad.  Pero por una razón justa, el matrimonio puede ocupar la planificación natural para evitar el embarazo.

La desgracia es que los hombres quieren determinar por sí mismos el bien y el mal.  Porque esto es la prerrogativa de Dios que sabe todo, se puede decir que a la raíz del pecado es el deseo del hombre a ser igual a Dios.  ¿No es que algunos digan que está bien hacer trampas en la declaración de la renta cuando saben que la acción viola el octavo y el cuarto mandamientos?  En la lectura la serpiente tienta a la mujer con la propuesta a ser como Dios:”...el día que coman de los frutos de ese árbol, se les abrirán a ustedes los ojos y serán como Dios”.

Otra característica del pecado mostrada en la lectura es la tendencia humana de minimizar sus efectos.  La serpiente, que actúa como el otro yo de la mujer, le reprime la inquietud del castigo: “De ningún modo. No morirán”.  Asemeja a lo que dice el alcohólico: “¿qué daño puede hacerme un traguito?”  No quiere reconocer que el trago puede desembocar en un desorden que le arruina la salud, le pone en arriesgo el empleo, y le causa un sistema de mentira en la familia. 

La segunda lectura de la Carta a los Romanos nos asegura que no somos atrapados por este remolino del pecado.  Podemos evitar la trampa por recurrir a Jesucristo lo cual, según San Pablo, suple la gracia para justificarnos.  En el evangelio se ve a Jesús conquistando tres tentaciones donde la mayoría de los hombres cae como hojas en el otoño.

Primero, Jesús se muestra como maestro de sus apetitos.  Sí, tiene hambre (realmente, está famélico), pero sabe que existen valores mayores que la satisfacción de la hambre.  Entonces, Jesús está consciente que se puede engañar por cubrir cosas malas con una chapa de respeto.  En este caso el diablo ocupa la Biblia para justificar al poner a Dios a prueba.  Por conocer la Escritura en su profundidad Jesús fácilmente vence la tentación.  Finalmente, Jesús ilumina un desafío particularmente moderno: hacer una pequeña maldad para realizar un resultado óptimo.  El diablo le pide que se le postre a adorarlo por un momento y él le entregará todos los reinos del mundo.  No es solamente que Jesús conozca al diablo como príncipe del engaño sino que sabe que no deberíamos hacer nada malo para lograr un bien, aun por la ganancia del mundo.

Si Las Vegas es una ciudad famosa por el vicio, Río de Janeiro es otra.  Pero en el caso de Río la gente tiene una ayuda visible para vencer el pecado.  En la montaña vigilando la ciudad queda una gigante imagen de Cristo.  Cuando la ven, los ciudadanos deben pensar en Jesús pidiéndoles que lo sigan.  Eso es, que no se lleven al desorden por los apetitos, que no se engañen por una tergiversación de la Biblia, y que nunca pequen aun para un resultado buenísimo.  Esto es lo que Jesús nos enseña: cómo evitar el pecado en todo caso.

El domingo, 2 de marzo de 2014

EL OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34)


Una vez un muchacho contó a su novia que haría cualquier cosa por ella.  Dijo que treparía una montaña o nadaría por el océano para demostrar su amor.  La novia respondió que tales hechos no eran necesarios.  Sólo quería que le acompañara a la biblioteca el viernes en la noche.  El muchacho le contestó que lo haría pero que él ya había hecho planes para ese tiempo.
Ciertamente hay mucho del amor que el muchacho todavía tiene que aprender.  El amor exige que se sacrifique la satisfacción de deseos por el bien del otro.  Por eso, nos impresionan las madres que abandonan el sueño para vigilar a sus hijos internados toda la noche.  Particularmente durante la Cuaresma estamos llamados a mostrar nuestro amor a Dios  por sacrificar el cumplimiento de nuestros antojos con el ayuno.  Oficialmente la Iglesia obliga dos formas de ayuno: primero, la abstinencia de la carne roja y de ave el Miércoles de Ceniza y todos los siete viernes cuaresmales; y segundo, el ayuno propio de no comer fuera de las tres comidas principales el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.  Sin embargo, ha sido la práctica de los santos a través de los siglos privarse de comidas y recreos más intensamente en este tiempo sagrado.
Se puede hacer sacrificio en diez mil maneras.  Durante la Edad Media los cristianos regularmente dejaron de comer carne por los cuarenta días enteros.  Hace cincuenta años todos los adultos estuvieron obligados a ayunar entre las comidas todos los días de la Cuaresma excepto, por supuesto, los domingos.  Un sacrificio que vale el nombre es dejar de comer postres o tomar café.  Otro particularmente apto en nuestro tiempo es apagar el televisor por el período.
Como Jesús indica en el evangelio, algunos se preocupan de su propio bien cuando contemplan el sacrificio por el amor.  En el caso del ayuno, tememos lo que otros piensen de nosotros.  Si dejamos de tomar postres, ¿pensarán que no queremos al cumpleañero cuando no comemos el pastel?  O si estamos con amigos en un McDonald’s al viernes con todos ordenando hamburgueses y nosotros pidiendo un sándwich de pescado, ¿nos pensarán extraños?  Sin embargo, dentro del corazón la gente admira a la persona que vive según principios rectos.  También hacer sacrificios con una sonrisa es una manera particularmente efectiva para realizar la Nueva Evangelización.
Existen críticos del ayuno.  Algunos apuntan el versículo del profeta Isaías donde el Señor mismo dice que el ayuno que quiere es hacer justicia por los pobres.  Otros preguntan cínicamente: ¿No es el ayuno supuestamente por amor a Dios sólo un pretexto para bajar peso vanamente?  Estos reparos valen alguna consideración.
En primer lugar, hacemos sacrificios para ponernos en solidaridad con el Jesús doliente.  Él no sólo pasó cuarenta días sin comer en la lucha contra el diablo sino se entregó a la ordalía de la crucifixión para liberarnos del pecado.  Hay un hombre que afeitó su cabeza cuando su esposa, enferma con cáncer, recibía la quimioterapia.  Su motivo fue pasar con ella al menos una pequeña parte del sufrimiento que ella soportaba.  Así nosotros sufrimos un poco del hambre que Jesús aguantó por nuestra salvación.
En segundo lugar, debemos reconocer el vínculo entre el ayuno y los otros tipos de piedad humana que complacen a Dios.  Nuestro ayuno se haría una afrenta a Dios si no está acompañado por buenos hechos y la oración.  Sería decir a nuestro Creador y Sustentador que seamos sólo un poco agradecidos
Finalmente, siempre tenemos que purificar nuestros motivos.  En el Sermón en el Monte Jesús advierte a sus discípulos que sus acciones piadosas no deben culminar en elogios de la gente.  Por eso, no queremos llamar atención a nuestros sacrificios.  Pero ¿es pecaminoso desear bajar el peso por el ayuno cuaresmal?  Si es para vivir de forma más sana, no puede ser malo.  La oración para la sabiduría en todos nuestros actos nos ayudará a superar la vanidad.
En el primer prefacio cuaresmal (el himno de alabanza a Dios que comienza la oración eucarística) el sacerdote curiosamente dice: “Por (Jesús) concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua”.  Nuestros sacrificios cuaresmales entonces no deben ser causas de la tristeza sino de la alegría.  Pues, estaremos superando, poco a poco, los impedimentos que nos separan de Dios: el apego de cosas materiales, el distanciamiento de los pobres, y la falta de la comunicación con Dios.  Durante la Cuaresma superaremos nuestra separación de Dios.

El domingo, 23 de febrero de 2014


EL SÉMPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 49:14-15; I Corintios 4:1-5; Mateo 6:24-34)


La mujer esperaba la visita de su hijo y su familia.  Rezó que no terminara en discusiones.  Pues su nuera siempre le había mostraba tanta amargura que ella le considerara como una “enemiga”.  Por la oración quería cumplir la prescripción de Jesús para tratar a tales personas en el evangelio hoy.

No hay ninguna frase en el evangelio más distintiva de Jesús que la exigencia a amar a los enemigos.  Evidentemente él es la primera persona anotada en la historia para ocupar la frase.  Es cierto que el Antiguo Testamento menciona la necesidad de cooperar con los enemigos.  Platón insiste que se debe al enemigo la justicia.  Y Seneca, un sabio romano, recomienda que se les haga beneficios aun a los ingratos.  Pero Jesús dice sin demora ni reserva que tenemos que amar a nuestros enemigos.


Por decir esto, no es necesario que sintamos cariño para los que nos harían mal.  Pues, el amor en la Biblia tiene que ver más con actos por el bien del otro que afecto por él o ella.  Por eso, Jesús provee ejemplos de buenas obras en su explicación sobre cómo responder a los malvados. Dice que si alguien te golpea en la mejilla derecha, que le ofrezcas la izquierda; si te obliga que camines mil pasos que camines dos mil.  Ciertamente nos está exigiendo un curso tan duro como las cien millas que corren los súper-maratonistas.  Por eso, vale la pena preguntar: ¿cómo deberíamos aplicar estos ejemplos en nuestras vidas?

Dicen algunos comentaristas bíblicos que en el Sermón en el Monte Jesús está hablando del final de los tiempos.  Entonces el mundo conocerá el Reino de Dios en plenitud donde todo hecho malo será castigado y todo hecho bueno será premiado.  Ahora, por la gracia los discípulos de Jesús, que incluyen a nosotros, experimentan ese tiempo bendito.  Por eso deberíamos cumplir todo lo que les pidan otras personas con añadidura.  La dificultad con este planteamiento es que si lo seguimos al pie de la letra vamos a terminar completamente dispersos.  De veras, nuestras vidas estarán consumidas haciendo las diferentes tareas tanto de los amigos como de los enemigos. 

Otros comentan que el motivo de Jesús con estos ejemplos es mostrar como su mandamiento del amor sirve como una estrategia efectiva para vencer al enemigo.  En este parecer por ofrecer la mejilla izquierda después de tomar un golpe en la derecha vamos a avergonzar al enemigo de modo que todos reconozcan nuestro valor superior.  Pero Jesús siempre dice en este Sermón que nuestro propósito debe ser complacer a Dios no impresionar a otros hombres.

No parece atinada ninguna de estas alternativas.  De alguna manera tenemos que aceptar la validez del mandamiento del amor al enemigo  sin gastarnos haciendo cosas que pueden ser destructivas.  Podemos ver una resolución en el pasaje evangélico del domingo pasado.  Allí Jesús exige que cortemos la mano si nos causa a pecar.  Seguramente esto es una exageración deliberada de parte de Jesús para advertirnos que no pequemos.  De igual manera Jesús extiende los ejemplos de cumplir todo lo que nos pidan los malvados para despertarnos al hecho que debemos siempre hacerles el bien, nunca el mal.  En el caso de una persona golpeándonos, no deberíamos buscar la venganza sino la reconciliación.  Similarmente en el caso de la persona que nos exige la túnica: que no le demos la espalda sino que le escuchemos con intención a ayudarle.

Hay una famosa leyenda de San Francisco de Asís domando un lobo que comía a los ciudadanos de un pueblo.  Según la historia San Francisco racionalizó con el lobo: si él dejaría de atacar a la gente, ellos le daría de comer todos los días.  El lobo le dio a San Francisco la pezuña y no hubo más reportes del lobo amenazando a la gente.  ¿Es verdad la leyenda?  No en el sentido histórico.  Pero como en el caso de Jesús en el Sermón en el Monte la historia ocupa la exageración para darnos una lección fundamental en el seguimiento de Jesucristo: tenemos que amar a todos, incluyendo a los malvados, rezando por ellos y haciéndoles el bien.  Para seguir a Jesús tenemos que amar a todos.