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El domingo, 19 de marzo de 2023

 CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(Samuel 16:1-6.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Si vas a Florencia, querrás ver la imagen de David por Miguel Ángelo.  Es, tal vez, la obra de arte más celebrada en esa ciudad de bella arte.  Al mirar su magnificencia, preguntas por qué los estudiantes de la Biblia, incluyendo a Miguel Ángel, han considerado a David tal grande figura.  ¿No cometió adulterio y arregló la muerte del esposo de su amante?  Sí, es cierto; David era gran pecador.  Pero también era guerrillero valiente que conquistó muchas tierras por Israel.  Esto no es la única ni la mayor razón para grabar en mármol su figura. David también era persona de gran fe.  Desde juventud el corazón de David perteneció a Dios.  Nunca dejó el culto a Dios para adorar a otros dioses.  Más bien en varias ocasiones demostró la profundidad de su fe.  El evangelio hoy traza la trayectoria de la fe de otro personaje bíblico, el hombre nacido ciego.

Primero, debemos preguntar: ¿qué es la fe?  ¿Es simplemente la creencia en la existencia de la vida espiritual más allá que ven nuestros ojos?  Esto no es suficiente porque la fe exige adhesión a uno de los varios espíritus en las Escrituras.  ¿Es la fe entonces el empeño de hacer todo lo que pueda por otras personas?  Esto suena más como el amor que brota de la fe verdadera.  La fe, al menos para nosotros cristianos, es confianza en Dios como creador y salvador.  Además, la fe ve a Jesucristo como “luz del mundo”; eso es, el medio a través de que se revela el amor de Dios. 

El hombre nacido ciego no nace con la fe; la adquiere gradualmente.  Su primer paso a la fe es reconocer a Jesús como su bienhechor.  Vivía en las tinieblas de la ceguera cuando Jesús le cubrió los ojos con lodo y lo mandó a la piscina para lavarse.  Ahora da testimonio a los fariseos que Jesús fue responsable para su vista.  Él es como otras personas que mueven hacia la creencia en Dios cuando encuentran a un santo o santa.

La fe del hombre hace un paso adelante cuando reconoce a Jesús como profeta.  Al reflexionar en su recibimiento de la vista, el hombre intuye que Jesús fue llamado por Dios. Muchos en el mundo hoy ven a Jesús como profeta.  Lo respetan como otro Lincoln, Gandhi o Martin Luther King.  Sin embargo, no sienten la necesidad de someterse a un profeta con mente y corazón como es necesario a Dios.  Por supuesto, a los fariseos Jesús no es un profeta; más bien es “un pecador”.  Por eso, echan fuera de la sinagoga al que ha venido a ver con más claridad que nunca.

Ahora el hombre nacido ciego alcanza la vista plena.  Cuando Jesús se identifica como el Hijo del hombre, eso es, él a quien Dios le ha dado dominio sobre el mundo, lo adora.  La fe reconoce en Jesús él que merece la confianza completa porque viene a salvar al mundo de pecado y muerte.  El evangelio hábilmente muestra esta venida a la fe por yuxtaponerla con la pérdida de fe de parte de los fariseos.  El hombre nacido en las tinieblas físicas ahora ve espiritualmente veinte-veinte porque ha puesto fe en Jesucristo.  Entretanto los fariseos, que tenían la vista física al nacimiento, ya andan por las tinieblas espirituales porque no creen en Jesús. 

Cuando hablamos de la fe en Jesús como luz del mundo, deberíamos tener en mente una lumbrera fuerte e intensa.  Como el láser, él nos cura de nuestros defectos morales.  Como un faro, él nos guía alrededor rocas y vórtices de la vida a la salvación.  Como el sol, él nos provee la vida; eso es, la vida eterna. 

 

PARA LA REFLEXIÓN: Describe tu viaje de fe.  ¿Cómo has llegado a la fe en Dios como salvador y en Jesús como el que reveló el amor de Dios Padre al mundo?

El domingo, 20 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Una mujer llega a la sala de urgencia con su hija de cinco meses.  Quiere ver a un médico porque la niña ha estado tosiendo por diez días.  Dice que a veces suena como está ahogándose con su mucosidad y a veces tose tanto que vomite.  La mujer tiene la fe que el doctor pueda aliviar la condición.  En el evangelio hoy vemos a una mujer viniendo a Jesús in una tal situación.

Curiosamente la mujer es cananea.  Eso es, una descendiente de la nación que dio culto a Baal, un dios pagano. Sin embargo, ella no muestra ninguna inclinación al dios de sus antepasados.  Más bien, pone la fe en el Dios de Israel.  Le solicita a Jesús, su ungido: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Quiere que Jesús alivie a su hija afligida por un demonio. 

Admiramos a la mujer por su fe.  La consideramos valiente por haber escogido al Dios de otro pueblo como el que tiene soberanía sobre todos los poderes del mundo.  Sí, es cierto que la mujer se muestra como perspicaz, pero la fe queda, en primer lugar, la acción de Dios, no del hombre.  Es Dios que está tirándole más cerca de él.  Porque Dios nos ama, nos tira también a cada uno a él para que compartamos la felicidad de la Beata Trinidad.

La mujer ya siente esta felicidad, al menos un poquito.  Cuando Jesús le trata de explicar cómo sería mejor que él siga con su propósito de dirigirse a los judíos, ocupa una frase brusca. Dice: “’No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos’”.  Pero la mujer tiene tanta confianza en Dios que responda al comentario como si fuera broma.  Dice a Jesús que aun los perros comen las migajas de la mesa de sus amos.

La fe nos agrada como los rayos del sol en la frescura de la mañana.  Nos asegura que Dios es soberano de todo, que nos ama, y que estas dos cosas son las únicas que importan en el largo plazo.  Por eso, ni nada ni nadie últimamente pueden hacernos daño.  Que no nos malentendamos. La fe no nos ciega.  Sabemos que vamos a sufrir.  Pero reconocemos que el sufrimiento, aguantado con la fe, resulta en la gloria.  Recuerdo a un teólogo comentando sobre la fe de los misioneros a Pakistán.  Se preguntó cómo pueden los misioneros dejar tantas comodidades en su país de origen para trabajar con los más pobres en una tierra con al menos algunos los desprecian.  Respondió sólo por la fe.  Los misioneros saben que la fe cristiana facilita la salvación de la gente pakistaní mientras responde a Dios por su bondad hacia ellos.

Por la fe creemos que Dios nos ha preparado un lugar en la vida eterna.  En este sentido la fe de la mujer parece limitada.  Pues le pide a Jesús sólo el alivio de su hija, no un lugar en el cielo.  Pero conocer a Jesús es experimentar la vida eterna.  Por desviándose para encontrar al Señor, la cananea realiza el objetivo de la fe.

Jesús no demora en reconocer la grandeza de la fe de la cananea.  Sabe que el amor de Dios se extiende a todos los pueblos aunque su misión al momento sea a Israel.  Realmente se les ofrece la fe a todos aun a las personas que no conocen a Cristo.  Pues la fe en su modo más genérico no es las creencias del Credo sino la convicción para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Dios habla este mensaje en la conciencia de cada ser humano. Nosotros cristianos somos afortunados porque tenemos la Escritura y los sacramentos para ayudarnos responder a su voz.


Se puede describir la fe en diferentes modos.  Es aceptación de las creencias del Credo.  Es también un don de Dios.  Además es la respuesta de actuar para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Pero sobre todo la fe es el seguimiento del Señor Jesús.  Él nos lleva por las pruebas y las complacencias de esta vida a una existencia donde reina la felicidad.  Él nos lleva a la felicidad de la vida eterna. 

El domingo, 27 de abril de 2014


EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 2:42-47; I Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31)


“Dios no es muerto” es el título de un nuevo cine.  Tiene que ver con la pregunta si Dios existe o no.  Aunque podemos demostrar la existencia de Dios, muchos no lo aceptan.  De todos modos no podemos probar que Dios se comprenda de tres personas cada quien completamente Dios y completamente distinta de la otra.  No, tenemos que aceptar la Santísima Trinidad por la fe.  También se necesita de la fe para aceptar la resurrección de Jesús de la muerte.  Ciertamente hay los testimonios de los apóstoles pero no se ha duplicado el evento en la historia.  La segunda lectura hoy de la primera Carta de Pedro nos indica que cosa inestimable es la fe.

La fe es tanto un don de Dios y la respuesta humana.  Como don la fe nos llena con la esperanza de la felicidad eterna.  Esta meta da forma a todos nuestros motivos.  Ya no existimos para acumular el oro o para maximizar el número de cruzadas.  No, vivimos para acompañar a Jesucristo hacia la justicia de su Reino.  Para que no tropecemos en el camino, Dios nos provee con la prudencia señalándonos la elección correcta en cada bifurcación en el camino.  Como respuesta humana, la fe nos coloca entre la comunidad de creyentes que nos enseñan con su ejemplo y nos apoyan con su fervor.

Sin embargo, muchos de nosotros, como Tomás en el evangelio, experimentamos dudas cohibiendo la fe.  Creemos en Dios pero comenzamos a preguntarnos cuando, por ejemplo, parece que Dios no contesta nuestros rezos por un amigo sufriendo con cáncer.  Creemos en la resurrección de la muerte, pero nos preguntamos por qué no podemos  comunicarnos con los muertos.  ¿Qué podemos hacer?  En primer lugar tenemos que recordar que el pleno cumplimiento de la promesa de Cristo – la resurrección de la muerte – tendrá lugar sólo al final de los tiempos.  Entonces el alma reunirá con los restos – sean los propios huesos o la tierra en que desintegraron – para formar un cuerpo renovado para la eternidad.  Sí, creemos en la existencia del alma separada del cuerpo después de la muerte pero es como nosotros al levantarse en la mañana estamos apenas listos para salir afuera.

Más al caso, la vida de la comunidad representada por los santos nos suple la razón para seguir creyendo.  Cada año en el segundo domingo de la Pascua leemos de la parte de los Hechos de los Apóstoles donde se describe la vida de la antigua comunidad de Jerusalén.  Muestra cómo la gente expresa su fe con profundos hechos de auto-entrega.  Desde entonces la Iglesia siempre se ha distinguido por los santos.  Hoy mismo se declaran santos dos hombres que hemos conocido nosotros como extraordinarios en sus pensamientos y actos.  El papa Juan XXIII se dio cuenta que la Iglesia estaba estancada frente a los grandes interrogantes de la sociedad moderna: ¿Dónde está Dios mientras millones mueren en guerras?  ¿Qué tiene que ver la fe con la ciencia?  Aunque estaba en su vejez, tenía el valor de llamar el Segundo Concilio Vaticano para dar respuestas a estos interrogantes.  Los resultados han situado la Iglesia a trabajar por un mundo mejor con toda gente de buena voluntad.

Conocemos aún mejor los logros del papa Juan Pablo II: su devoción, su energía, su creatividad.  Como papa joven viajaba incansablemente demostrando al mundo entero el amor de Dios y la preocupación de la Iglesia.  Como viejo no se retiró de la escena sino se ofreció su propio rostro como signo de la dignidad de la persona desde la concepción hasta la muerte natural.  Como se dice de los milagros de Cristo al final del pasaje evangélico hoy, los hechos admirables del papa (ahora santo) Juan Pablo son muy numerosos para un libro.

Se dice que la fe es una carretera.  La viajamos siguiendo a Cristo, nuestro salvador.  Por ella pasamos la vida con sus muchas bifurcaciones del camino: nuestras preocupaciones y preguntas.  Pero no nos extraviamos porque estamos acompañados por los santos.  Ellos nos aseguran la llegada a nuestro destino, la felicidad eterna.  La fe nos lleva a la felicidad eterna.

El domingo, 30 de marzo de 2014


IV DOMINGO DE CUARESMA 

(I Samuel 16,1.6-7.10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

Es curiosa la novela, El principito.  Fue escrito para niños.  Pero la mayoría de la gente no la conoce hasta que lleguen a la universidad.  Una frase de la obra  particularmente ha llamado mucha atención a través de los años.  Dice el zorro al principito: "…sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos."  Parece que el hombre nacido ciego aprende esta lección en el evangelio hoy.

Se ha visto este pasaje como un estudio en la realización de la fe.  Como el hombre sólo reconoce quien es Jesús gradualmente, así nosotros llegamos a la fe madura sólo con años de practicarla.  Después de su curación, el hombre identifica a Jesús como el que le hizo bien.  Entonces, lo reconoce como un profeta con palabras poderosas.  Finalmente, al dialogar con Jesús, él consienta en que Jesús es el Hijo del hombre: eso es, el enviado por Dios para salvar el mundo. Así creemos en etapas.

Cuando somos niños, creemos en Dios como un Santa Claus que va a cumplir todos nuestros deseos.  Esta fe es ingenua porque todavía no ha experimentado el reto de dolor.  En la juventud la fe se hace más como una decisión que una verdadera convicción.  Por los primeros roces con la maldad – la muerte de un ser querido o, posiblemente, una vislumbre de la pobreza extrema que acosa la quinta parte de la población mundial -- experimentamos dudas en nuestra creencia.  Entonces tenemos que decidir: Dios es o la verdad o un mito. Si decidimos que es verdad, entonces nos queda otra decisión: si o no seguiremos las tradiciones y los preceptos de la Iglesia, el guardián de la fe.  Si es mito, podemos rechazar la religión completamente o, tal vez, darle un poco de atención para mantener la paz en la casa.  Esperamos que en la vejez hagamos un acto pleno de la fe.  Por este tiempo hemos visto cómo los humanos mismos causan su propio daño.  Más al caso, nos hemos dado cuenta que Dios ha sido fiel proveyéndonos oportunidades del crecimiento a cada vuelta.  Finalmente entendemos que nuestra felicidad no queda en cruzadas en los siete mares, mucho menos en placeres eróticos sino en cumplir la voluntad de Dios.

Estamos hablando como si la fe en primer lugar fuera la aceptación de creencias.  Ciertamente la profesión de creencias nos apuntan a la fe, pero principalmente la fe es la confianza en otra persona, para nosotros en Jesús.  Al comienzo del evangelio hoy el hombre nacido ciego conoce a Jesús superficialmente.  Él puede decir sólo que Jesús es el hombre que “hizo lodo, me puso en los ojos y me dijo” ‘Ve a Siloé e lávate’”.  Pero Jesús lo busca para fortalecer su relación con él.  Cuando los fariseos lo echan fuera de su lugar, Jesús lo consuela.  Así nos busca a todos nosotros en las diferentes etapas de la vida para consolidar nuestra confianza.  En la niñez vemos a Jesús como el collage de las imágenes de él visto en los evangelios.  Es al mismo tiempo el Hijo de Dios, el Santo de Israel, el gran Maestro, el Profeta, el Buen Pastor, etcétera.  En la juventud Jesús nos permite imaginarlo como queramos: un filósofo, un guerrillero, o aun un rock star.  Después de una vida de discernimiento lo vemos como es: nuestro mejor amigo llevándonos a su Padre Dios en todos los tiempos de la vida: en nuestra alegría para felicitarnos, en nuestra desilusión para consolarnos, en nuestra traición para perdonarnos, y en nuestra debilidad para apoyarnos.  Por su constancia sabemos que podemos contar con él cuando todas las otras fuerzas nos abandonan en la muerte.  Entonces él nos levantará del polvo para presentarnos al Padre.

Había un ciego nombrado Manuel a quien le gusta decir; “Veo”.  Sabía bien cómo la frase pareció curioso por un hombre tal como era, pero le fascinaba tanto la idea de la vista.  A lo mejor Manuel vio más que muchos de la población mundial.  Pues, tuvo la fe.  Supo que Jesús lo acompañaba, sea en la iglesia o sea en una cruzada.  Con la fe vio a la persona que es el más importante a ver.

El domingo, 7 de abril de 2013


EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 5:12-16; Apocalipsis 1:9-11.12-13.17-17; Juan 20:19-31)

Los “milagros” ocurren todo el tiempo.  Los vemos particularmente en la medicina moderna.  Las víctimas de accidentes severos, una vez consideradas como desahuciadas, ya regresan al trabajo.  Hace cincuenta años las cataratas necesitaban cirugía que internó al paciente  por días, pero ya están tratadas en minutos.  Escuchamos de maravillas semejantes en la primera lectura describiendo la vida de la primera comunidad cristiana.

Dice el pasaje: “Los apóstoles realizaban muchas señales milagrosas”.  Las palabras nos causan la inquietud.  Nos preguntamos si realmente había grandes números de curaciones físicas.  O posiblemente fueran sanaciones espirituales como, por ejemplo, pasan con los adictos cuando reciben un nuevo motivo de vivir.  Otra posibilidad es que fueran invenciones del escritor exhortando la fe en Jesús.

La historia no sólo cuenta de la multiplicación de curaciones sino también la de los creyentes.  De hecho, relaciona las curaciones con la crecida de la fe, pero no cómo esperamos.  No dice que más gente creía porque veían muchos milagros sino el contrario.  Reporta que los hombres y mujeres creen, y entonces sacan a los enfermos en camillas para curarse.  ¿Qué pasa?

Tenemos que recordar que estamos leyendo de los Hechos de los Apóstoles, el libro bíblico que destaca al Espíritu Santo.  Al principio del libro el Espíritu inunda a los apóstoles con la fuerza a predicar el señorío de Jesús.  Ya no tienen ni la vergüenza de hablar de una persona ejecutada como criminal ni el miedo de contar de la resurrección de la muerte.  Pero la obra del Espíritu no termina por poner en acción a los apóstoles sino sigue a guiarla al término.  Funciona como la cocinera orquestando  un banquete a escondidas en la cocina.  Así el mismo Espíritu nos posibilita a nosotros creer en Dios a pesar de la tendencia moderna de rechazar todo lo espiritual como superstición.

Por eso, no tenemos que poner nuestros dedos en las llagas de Jesús para decir que ha resucitado de la muerte.  Ni tenemos que dudar la presencia de Dios en todos instantes de la vida.  Recientemente un cristiano se lastimó su mano cayendo de bicicleta.  No consideró el percance como evidencia de la no existencia de Dios.  Todo el contrario, le dio gracias a Dios porque no se le quebró  la mano.  Nosotros vemos el dedo de Dios siempre metido en nuestras vidas.  Sí, nos pasan contrariedades pero por sus sucesos estamos invitados a una relación más íntima con el mismo Dios.  Aun podemos definir la fe como una nueva manera de ver.  Eso es, nosotros cristianos vemos la realidad penetrada con la gracia de Dios.  Aunque nunca podemos comprobar o negar Su existencia por lo que nos pase, parece que sí cosas buenas nos pasan con gran frecuencia.  Por eso, no nos sorprenden los estudios indicando que los pacientes que recen recuperan de sus enfermedades con mayor frecuencia que los demás. 

Y ¿cómo vamos a entender las curaciones de los enfermos en la lectura cuando les pasa sobre ellos la sombra de Pedro?  No hay magia en su sombra sino están curados por su nueva fe en Jesús.  Esta fe les permite ver el amor de Dios en todo lo que les suceda.  Sí, hay curaciones que se pueden probar.  También hay espíritus levantados de modo que no más sientan el dolor.  Hay además el apoyo de compañeros que hace el dolor aguantable.  La sombra representa el alcance de este amor como lo de un gran árbol donde se puede descansar durante el verano.

Parece que todo el mundo ya tiene televisor de panel plano.  Una vez que se vea este fenómeno, no se pregunta ¿por qué?  Las pantallas de panel plano son más grandes y sus imágenes más claras que jamás se han visto.  Es una nueva manera de ver la televisión.  Así llamamos la fe una nueva manera de ver la realidad.  Con la fe percibimos el alcance de Dios más grande en nuestras vidas.  Con la fe parece más claro Su amor. 

Homilía para el domingo, 7 de octubre de 2007

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

(Lucas 17:1-5)

“¿Qué tiene el evangelio para mí?” querríamos preguntar. Si tú eres padre de familia, jefe de trabajo, maestra de escuela, oficial del gobierno, o ministro de la Iglesia, escucha bien. El evangelio de este domingo tiene que ver con el desempeño de tus cargos. Jesús acaba de decir que los responsables por otras personas tienen que cuidar que no les den escándalo. Si lo dan, van a terminar peor que aquellos tirados en el mar llevando una piedra de molino como collar.

Porque tienen tanta responsabilidad los discípulos vienen a Jesús pidiendo más fe. Es como los maestros exigiendo sueldos más grandes por todos sus cargos que llevan. Aunque los educadores merezcan un aumento, Jesús asegura a sus seguidores que no les falta la fe. Simplemente tienen que vivirla para ver resultados tan espléndidos como palmeras plantándose alrededor de sus casas.

Sin embargo, dudamos cuando enfrentamos dificultades. Levantamos nuestra voz a Dios pidiendo socorro y si no lo recibimos pronto, sentimos que Él no nos escucha. Aún comenzamos a interrogar si Dios existe. Una mujer, madre de familia y por toda su vida católica practicante, dice que ya no está segura que tenga la fe. Recientemente su confianza en Dios ha sido sacudida. Desde su hijo perdió su empleo el año pasado, ella ha rezado que encuentre otro. Pero el joven no sólo no ha hallado trabajo sino no ha mostrado muchas ganas en la búsqueda.

Jesús cuenta la parábola para calmar nuestros temores. Como un siervo no espera que su amo le atienda cuando regresa del campo, tampoco debemos esperar que el Señor responda rápidamente a todos nuestros deseos. No somos cristianos para que sintamos cómodos en este mundo. Más bien, creemos para que tengamos la felicidad de la vida eterna. Recientemente se ha revelado que la Madre Teresa por largos años no sentía la cercanía de Dios. Ella escribió que experimentaba las tinieblas, la soledad, y la sequedad de la duda. No obstante todas las mañanas a las cuatro y media ella se presentaba ante Dios en la capilla. Además, todos los días recogía a los más apestosos de las calles. Afortunadamente, la mayoría de nosotros no tenemos el sentido de ser completamente abandonados como la Madre Teresa. Sin embargo, como ella queremos seguir adelante en la oración y en las obras de caridad. Que sigamos adelante en la oración y en la caridad.