Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 15:21-28. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 15:21-28. Mostrar todas las entradas

El domingo, 20 de agosto de 2023

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

El evangelio hoy parece particularmente apropiado para nuestro tiempo.  Indica el motivo de muchos que han abandonado la fe en Jesús.  La trama es breve pero fascinante.  Describe un encuentro entre una mujer cananea (no judía) y Jesús.  Parece que Jesús la insulta.  Pero una lectura cuidadosa revela cómo ella no toma su comentario como ofensivo.  Más bien se le acerca más a Jesús después de escucharlo.

El gran defensor de la fe C.S. Lewis escribió un ensayo llamativo titulado “Dios en el banquillo”.  Dice que en los tiempos antiguos los seres humanos siempre se reconocieron a sí mismos como culpables de pecado.  Por eso, tuvieron que pedir el perdón de Dios.  Sigue diciendo que en tiempos modernos la situación se ha invertido.  Los hombres y mujeres regularmente acusan a Dios por las tragedias y catástrofes naturales que sufre la gente.  Como resultado la Iglesia tiene que defender a Dios de sus acusadores.  La primera cosa que muchos ven en el evangelio hoy es Jesús echando un comentario racista.

Sin duda hay una nueva sensibilidad en el tiempo reciente.  Hoy en día los hombres y mujeres toman como ofensivos apodos que hace cien años fueron considerados como términos de cariño o respeto.  No se oye mucho el día hoy de las parejas llamando a uno al otro “gordo” y “gorda”.  En la liga mayor de beisbol el equipo de Cleveland dejó su apodo “indios” porque algunos indígenas determinaron que era ofensivo.  A muchos contemporáneos el uso por Jesús del término “perritos” en referencia a la situación de la hija de la cananea les parece como un ultraje.

Se le puede defender a Jesús fácilmente.  Nunca le llama a la niña un “perrito”.  Solo compara su situación con la persona que tiene comida para la familia, no para las mascotas.  Sin embargo, Jesús no requiere la defensa.  Como la mujer reconoce, Jesús es Hijo de Dios que no haría nada malo a nadie.  No es que sus hechos sean buenos porque Él los hace.  Más bien es que Jesús, que es Dios y el sumo bien, no puede hacer ningún mal. 

La cananea no hace denuncia contra Jesús.  Ni ve sus palabras como ofensivas.  Más bien, nos muestra la disposición apropiada hacia Dios. Se postra ante Jesús en adoración y lo reconoce como “Señor”.  Entonces le reitera la urgencia que él ayude a su hija.  Con estos actos enseña al mundo como reconocer a Jesús como Señor con ambos gesto y palabra. 

Hace una semana escuchamos a Jesús en el evangelio llamando a Pedro hombre de “poca fe”.  Ahora dice a la mujer que ella tiene “mucha fe”.   En este caso tenemos que imitar a la mujer y no a San Pedro. Como la mujer pide que Jesús eche los demonios que acosan a su hija, queremos pedirle que eche los demonios amenazando nuestro tiempo.  Eso es, queremos pedirle que quite no solo la incredulidad creciente sino también el egoísmo desenfrenado que permite a la persona hacer lo que dé la gana. 

Hay una novela famosa que comienza con las palabras: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”.  Se puede decir esto de cualquier tiempo y ciertamente de hoy en día.  Siempre hay una falta de fe en Jesús haciendo los tiempos malos.  Pero siempre Jesús se nos acerca convirtiendo los tiempos malos en tiempos buenos.

PARA LA REFLEXIÓN: Nombra los demonios que amenaza tu vida y tu comunidad.


El domingo, 20 de agosto de 2017

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Una mujer llega a la sala de urgencia con su hija de cinco meses.  Quiere ver a un médico porque la niña ha estado tosiendo por diez días.  Dice que a veces suena como está ahogándose con su mucosidad y a veces tose tanto que vomite.  La mujer tiene la fe que el doctor pueda aliviar la condición.  En el evangelio hoy vemos a una mujer viniendo a Jesús in una tal situación.

Curiosamente la mujer es cananea.  Eso es, una descendiente de la nación que dio culto a Baal, un dios pagano. Sin embargo, ella no muestra ninguna inclinación al dios de sus antepasados.  Más bien, pone la fe en el Dios de Israel.  Le solicita a Jesús, su ungido: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Quiere que Jesús alivie a su hija afligida por un demonio. 

Admiramos a la mujer por su fe.  La consideramos valiente por haber escogido al Dios de otro pueblo como el que tiene soberanía sobre todos los poderes del mundo.  Sí, es cierto que la mujer se muestra como perspicaz, pero la fe queda, en primer lugar, la acción de Dios, no del hombre.  Es Dios que está tirándole más cerca de él.  Porque Dios nos ama, nos tira también a cada uno a él para que compartamos la felicidad de la Beata Trinidad.

La mujer ya siente esta felicidad, al menos un poquito.  Cuando Jesús le trata de explicar cómo sería mejor que él siga con su propósito de dirigirse a los judíos, ocupa una frase brusca. Dice: “’No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos’”.  Pero la mujer tiene tanta confianza en Dios que responda al comentario como si fuera broma.  Dice a Jesús que aun los perros comen las migajas de la mesa de sus amos.

La fe nos agrada como los rayos del sol en la frescura de la mañana.  Nos asegura que Dios es soberano de todo, que nos ama, y que estas dos cosas son las únicas que importan en el largo plazo.  Por eso, ni nada ni nadie últimamente pueden hacernos daño.  Que no nos malentendamos. La fe no nos ciega.  Sabemos que vamos a sufrir.  Pero reconocemos que el sufrimiento, aguantado con la fe, resulta en la gloria.  Recuerdo a un teólogo comentando sobre la fe de los misioneros a Pakistán.  Se preguntó cómo pueden los misioneros dejar tantas comodidades en su país de origen para trabajar con los más pobres en una tierra con al menos algunos los desprecian.  Respondió sólo por la fe.  Los misioneros saben que la fe cristiana facilita la salvación de la gente pakistaní mientras responde a Dios por su bondad hacia ellos.

Por la fe creemos que Dios nos ha preparado un lugar en la vida eterna.  En este sentido la fe de la mujer parece limitada.  Pues le pide a Jesús sólo el alivio de su hija, no un lugar en el cielo.  Pero conocer a Jesús es experimentar la vida eterna.  Por desviándose para encontrar al Señor, la cananea realiza el objetivo de la fe.

Jesús no demora en reconocer la grandeza de la fe de la cananea.  Sabe que el amor de Dios se extiende a todos los pueblos aunque su misión al momento sea a Israel.  Realmente se les ofrece la fe a todos aun a las personas que no conocen a Cristo.  Pues la fe en su modo más genérico no es las creencias del Credo sino la convicción para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Dios habla este mensaje en la conciencia de cada ser humano. Nosotros cristianos somos afortunados porque tenemos la Escritura y los sacramentos para ayudarnos responder a su voz.


Se puede describir la fe en diferentes modos.  Es aceptación de las creencias del Credo.  Es también un don de Dios.  Además es la respuesta de actuar para hacer lo bueno y evitar lo malo.  Pero sobre todo la fe es el seguimiento del Señor Jesús.  Él nos lleva por las pruebas y las complacencias de esta vida a una existencia donde reina la felicidad.  Él nos lleva a la felicidad de la vida eterna. 

el domingo, 17 de agosto de 2014

VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)


Ha habido una crisis en la frontera entre Texas y México.  Miles de mujeres de Centroamérica junto con sus niños han estado entrando en los Estados Unidos.  Habían oído que serían dadas documentos con que pudieran estar en el país legalmente al menos por un tiempo. Parece riesgoso dejar su propia tierra para viajar mil millas a través de un territorio foráneo.  Pero ¿cuál madre no querría darles a sus hijos la oportunidad de escapar la miseria?  La madre que viene a Jesús en el evangelio hoy siente el mismo deseo.

Jesús parece agotado.  Ha estado enseñando, curando, y debatiendo con los fariseos.  Tal vez por eso decidió a retirarse de Israel un poco. Sin embargo, su fama le ha ido ante él.  Una mujer supuestamente pagana viene pidiéndole socorro para con su hija endemoniada.  Pero es la fe de la mujer que le llama atención a Jesús y no tanto su deseo por su hija.  La mujer le reconoce a él como “Señor” y “hijo de David” que equivalen a decir que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios.  Si somos salvados por la fe, esta mujer tiene que estar entre los elegidos.

En el principio Jesús aferra el propósito de enfocarse sólo en los hijos de Abrahán. Entonces la mujer muestra una segunda cualidad llamativa.  Cuando Jesús refiere a su hija como un perrito que quiere tomar el pan de la mesa de su amo, ella no se ofende.  Más bien, acepta el comentario con la humildad y se lo aprovecha para ganar el alivio deseado para su hija.  Le cuenta a Jesús que si está bien que Jesús le compara a su hija con un perrito con tal que le alivie de su tormento.   Pues – como dice la mujer – “También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

¿Cómo deberíamos nosotros entender esta historia?  En primer lugar, es importante que no nos escandalicemos por escuchar a Jesús hablar de una niña como un perrito.  Es sólo la moda con que los judíos solían hablar de los no judíos en el primer siglo.  Es como nosotros frecuentemente hablan de los indígenas de las Américas como “indios” aunque no tienen nada que ver con la India.  Segundo y más al caso, que como la mujer pongamos nuestra fe en Jesús.  Él puede salvarnos de nuestros demonios, sea la debilidad frente la pornografía, el alcohol, o el enojo en la carretera.  Que no nos falte a pedirle la templanza para superar estos vicios u otros aún más gravosos.

Una cosa más: para nosotros cristianos católicos la práctica de la fe es tan importante que su expresión. La humildad de la mujer muestra que sigue la doctrina de Jesús que dirá a sus discípulos: “…el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:12).  ¿Por qué nos gusta hablar de nosotros mismos pero tenemos poco interés en lo que pase a los demás?  No, como dice el profeta Isaías en la primera lectura, hemos de velar “por los derechos de los demás”. Quizás podamos cuidar a uno de los niños centroamericanos en la frontera por un tiempo.  Al menos podemos contribuir a la organización Caridades Católicas que les compra ropa y comida.  Ciertamente, no es mucha la fe sin la caridad.

El domingo, 14 de agosto de 2011

XX DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:13-15.29-32; Mateo 15:21-28)

Como todos, el papa Benedicto busca alivio durante el verano. Deja el calor de Roma para Castel Gandolfo, un refugio en los cerros. Allí se libera de la rutina vaticana. Sin duda reza y lee, pero no recibe a tantos visitantes oficiales. Pues es tiempo de descansar y refrescarse. En el evangelio hoy encontramos a Jesús haciendo algo semejante.

A lo mejor Jesús se retira a la comarca de Tiro y Sidón para un respiro. Ha estado proclamando el Reino del amor de Dios a los judíos en Galilea. Todo el tiempo afronta la amenaza de los fariseos que resienten su despreocupación para toda costumbre antigua. Ya quiere tomar un “sábado” extendido – unos días sin la exigencia para darse a los demás. No es una ilusión egoísta, sino el contrario. Va a respirar un poco para dedicarse con mayor eficaz a Dios y al prójimo.

De repente oye un sonido familiar. Una cananea le implora socorro. Aunque no es judía, se llena su apelación tanto con la fe como con el patetismo. “Señor, hijo de David,” grita la mujer reconociendo que Jesús es una persona con relaciones firmes con Dios, “Mi hija está terriblemente atormentada”. Es la angustia de un padre que vino a la misa diaria mientras su hijo moría de cáncer. Es la desesperación de cada uno de nosotros cuando necesitamos algo fuera nuestro alcance.

Esperamos que no nos cierre la puerta. Si el dirigido es un oficial del gobierno, queremos que nos conceda un minuto para explicar nuestro apuro. “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”, dice Jesús. Quiere conservar su energía para la gente a la cual su Padre Dios le ha enviado. Por la misma razón no es prudente dar plata a cualquier persona que se nos pide. Sin embargo, Jesús no dice, “No, vete de aquí” sino le permite a demostrar la profundidad de su fe.

La mujer responde tanto con humor como con humildad. “Es cierto”, dice, entonces agrega algo semejante, “no seamos los hijos elegidos del Padre sino Sus perritos que creó por amor”. Nos recordamos de los comerciales con animales en la televisión que llaman mucha atención.

Jesús recapacita su posición. Cambia su programa para aliviar la ansiedad de esta pobre con gran fe. Es como el caso del cura en Francia durante la primera guerra mundial. Una vez algunos soldados americanos llegaron a su casa para pedir permiso a enterrar a un compañero muerto en el cementerio parroquial. “Lo siento,” dijo el sacerdote con toda sinceridad, “este cementerio es sólo para los católicos”. Entonces excavaron una fosa para el fallecido fuera del muro de piedra que rodeaba el cementerio. El día siguiente regresaron a despedirse de su compañero por la última vez pero no podían colocar la fosa. Fueron a la casa cural un poco perturbados para preguntar qué pasó con la fosa que hicieron el día anterior. El sacerdote les confesó que no podían dormir en la noche por no permitir el entierro dentro del muro y reconstruyó el muro para incluir la fosa.

Nos ayudan mucho los programas prudentes. Deberíamos programar unas horas de ejercicio cada semana y un tiempo diario para rezar y leer. Pero también tenemos que ser flexibles con nuestros programas para acomodar el proyecto del Reino del amor. Faltar el ejercicio para acompañar a un compañero al hospital no daña el cuerpo tanto como beneficiar el alma. Es lo que el Señor Jesús hace por la mujer cananea en el evangelio hoy. Más notablemente aún, es lo que hizo por todos nosotros en la cruz.

Homilía para el Domingo, 17 de agosto de 2008

El XX Domingo Ordinario

(Mateo 15:21-28)

El papa San Gregorio Magno era moralista celebre. En un escrito San Gregorio hace hincapié en la humildad. La llama “madre y maestra de toda virtud.” Como madre, la humildad nos advierte del egoísmo, que estorba el crecimiento de la virtud como mala hierba la vid de sandía. Como maestra, la humildad no teme hacer errores que nos enseñan segura si difícilmente. En el evangelio hoy la humildad permite a una mujer conocer el poder salvador de Jesús.

La mujer cananea viene humildemente a Jesús. Aunque no es judía, lo saluda como el Mesías esperado. Grita: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi….” Que no faltemos a imitarla. Que no seamos ni tímidos ni orgullosos a pedir al Señor su apoyo cuando andamos apurados. Ninguna tarea es demasiado frívola y ninguna causa es demasiado desesperada para rezar, “Señor, ten compasión de mí.”

Cuando Jesús se entera de la hija endemoniada, él no responde. Queremos saber ¿qué lo cohíbe? Jesús mismo nos contesta que no ha sido enviado sino a los Israelitas. Hace sentido cuando nos damos cuenta que cada vez que Jesús realiza un acto de poder le causa dificultad. La gente viene en cantidades tan numerosas que no puede entrar los pueblos ni descansar en las afueras. Si comenzara a curar a los no judíos, le desviaría completamente de su misión prioritaria a los judíos.

Pero la mujer no se permite a ser vencida. Si la humildad es un aprecio verdadero de sí misma, ella humildemente se reconoce como persona dependiente de Dios. Le dice de pura necesidad, “Señor, ayúdame.” Tanto como ella, nosotros tenemos que estar humildes ante Dios. Humilde viene de la palabra latina humus que quiere decir tierra. Todos nosotros humanos quedamos dependientes de Dios el cual nos formó de la tierra y nos guarda en existencia.

La respuesta de Jesús a la mujer casi nos escandaliza. Dice, “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos.” En nuestro mundo orientado a ser políticamente correcto este comentario parece rudo. Sin embargo, los judíos a menudo referían a los no judíos como perros al tiempo de Jesús como algunos hoy en día llamamos a nuestros seres queridos por el sobrenombre “gordo” o “viejo.” De todos modos la mujer no oye las palabras como un insulto sino como prueba de fe. Una vez más responde humildemente, “…también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”

Entonces Jesús se revela no sólo compasivo sino también flexible en sus diseños. Él arriesga la posibilidad de hacerse inundado de peticiones por conceder lo que suplica la mujer. Nos sirve como un ejemplo cuando sentimos agotados o sobrecogidos. Casi siempre podemos acomodar a una persona de más, sea a la mesa si somos amos de casa o sea al confesionario si somos sacerdotes. Ciertamente, tenemos que poner límites pero muchas veces estos admiten excepciones.

El marinero con pelo bien esquilado sostuvo la puerta abierta para los extranjeros en el día de su graduación del entrenamiento básico. A lo mejor dos meses anteriormente les habría dado la espalda. Sin embargo, la humildad que viene con el buen corte de pelo le ha servido como gran maestra. Le ha sido la entrada a la disciplina y la cortesía tanto como nos permite a pedir al Señor por nuestras necesidades. Como una vid de sandía depende de agua, somos dependientes de Dios. Que no faltemos a pedirle ayuda.