El domingo, 24 de marzo de 2019


TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 3:1-8.13-15; I Corintios 10:1-6.10-12; Lucas 13:1-9)


El cardenal José Bernardin fue conocido por su defensa de la vida humana.  Habló a menudo de la “ética consecuente de la vida”.  Por esta frase quería decir que las cuestiones como el aborto, la guerra nuclear, y la pena de muerte tienen mucho en común.  Según el cardenal, no se puede fielmente estar en contra de una de estas cuestiones sin estar en contra de los demás.  En los días después de la muerte del cardenal Bernardin, un abortista cerca Chicago donde el cardenal vivía dejó su consulta.  Fue un arrepentimiento completo como el evangelio de hoy llama a todos.

Jesús no expone el horror con las noticias de la matanza que hizo Pilato.  Seguramente fue un acto tan bárbaro que la masacre de los musulmanes en Nueva Zelanda hace poco.  Pero para Jesús la maldad sobre todo indica la necesidad de arrepentirse de modos pecaminosos.  No se dirige sólo a los ladrones y prostitutas sino a todos.  Quiere que todo el mundo deje de hacer actos viciosos y de llevar actitudes cínicas.  Pues estos comportamientos hacen la vida amarga.

En la segunda lectura san Pablo provee ejemplos de lo que Jesús tiene en cuenta.  Exhorta a los corintios que no codicien “cosas malas”.  Estas son el sexo ilícito, el alcohol en exceso, y la gula.  También les advierte de murmurar sobre las condiciones de sus vidas.  Hoy en día vemos estos vicios en el uso del Internet.  Muchos miran la pornografía todos los días.  Otros participan regularmente en los chismes del Facebook y Twitter.  Pero no es sólo por el Internet que fallemos vivir justamente.  Perdimos la paciencia en nuestros hogares cuando no nos vaya como querríamos.  Mentimos no sólo para evitar problemas sino también por despecho de los demás.

De algún modo tenemos que cambiar.  “Pero ¿cómo?” nos preguntamos.  Sí es difícil.  En primer lugar tenemos que decidir si realmente queremos cambiar.  Sería más cómodo seguir como la mayoría de la gente haciendo tan poco que pueden mientras quejándose de todo.  Una vez que decidamos en favor de los cambios, tenemos que hacer el esfuerzo necesario para lograrlos.  Tendremos que dejar las cosas, la compañía, los pensamientos que nos conducen a pecar.  En lugar de acomodar estas tentaciones tendremos que buscar la ayuda para superarlas. Necesitaremos a personas buenas con quien conversar, pasatiempos constructivos, y servicios que ayuden a los necesitados.

Una cosa más es indispensable.  Tendremos que recordar que no estamos solos en la lucha.  Dios está con nosotros.  En la primera lectura Dios revela a Moisés su nombre.  Es como su número celular para llamarlo cuando se encuentre en apuro.  Dice que su nombre es “Yo soy”.  A lo mejor este nombre significa más a los filósofos que a nosotros.  De todos modos Jesús nos ha revelado un nombre más confiable por Dios.  Nos ha exhortado que llamáramos a Dios “Padre”.  Quiere también que nos seamos renuentes de pedirle lo necesario.

Los cambios de un arrepentimiento verdadero no se hacen usualmente de día al otro.  Tardan a veces años para realizarse.  Sin embargo, tan seguro como el frío cede al calor durante la primavera, los cambios aparecen con el esfuerzo y la oración.  Nos conformaremos con nuestro Señor Jesús con el esfuerzo y la oración.

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