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El domingo, 30 de agosto de 2018


EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21b-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)


Una vez un trabajador vino al organizador de la unión.  Le dijo que debería ir pronto al salón donde se reunían los miembros de la unión. “¿Por qué?” preguntó el organizador con atención. “Porque – respondió el trabajador -- les habla un predicador.”  El organizador relajó.  Dijo que los hombres necesitaban un sermón sobre lo justo y lo injusto.  “No entiendes – le replicó el trabajador – no está hablando de los vicios suyos sino los vicios tuyos”. El predicador hablando sobre el mal de las uniones es ejemplo de la crítica injusta que vemos en el evangelio.

A lo mejor los fariseos y escribas vienen de Jerusalén para averiguar quién es Jesús.  Sin duda la noticia de cómo ha dado de comer a miles ha traspasado a lugares ambos lejanos y cercanos.  Los averiguadores querrían saber si Jesús realmente es un profeta.  Lo que ven les inclina a pensar lo opuesto.  Critican a los discípulos de Jesús por no lavar sus manos antes de comer como la costumbre de los ancianos.  En su modo de ver el hecho que Jesús lo permite le descalifica de ser considerado como mensajero de Dios. Vemos una actitud semejante hoy en día cuando la gente piense mal de los pobres por no seguir las modales de los ricos.  Puede ser su preferencia por los cantos carismáticos o su modo de llegar a la misa unos minutos tardes. 

Sí deberíamos llegar a la misa temprano para prepararnos a encontrar al Señor.  Sin embargo, es más importante que lleguemos con el corazón abierto al encontrar al Señor en las lecturas, la Santa Comunión, y la gente congregada.  Si consideramos la palabra de Dios como “la misma cosa vieja”, la Santa Comunión como rito no más significativo que rezar con manos unidas, y la gente presente como menos valiosa que nosotros mismos, estamos perdiendo mucha de la eficacia de la misa. 

En el evangelio Jesús critica por nombre los pecados banales: “las intenciones males, las fornicaciones, los robos”.  Se consideran estos comúnmente como vicios de los pobres, pero de ninguna manera son limitados a ellos.  También Jesús condena “las codicias, las injusticias, y los fraudes”: pecados que pueden ser atribuidos a los pudientes, pero se encuentran en varias clases de gentes.  Desde que este lunes es el Día del Trabajo (en los Estados Unidos), nos oportuna reflexionar un poco más en estos pecados.

Se ha caracterizado nuestra época como la edad del individualismo.  Muchos hoy en día piensan en su propio bien de modo que casi excluyan los intereses de los demás.  Trabajadores sienten poca renuencia para avanzar de empleo a empleo con el solo criterio de recibir más pago.  Más lamentable es el modo que los dueños despachan a los trabajadores por motivos ligeros.  No les importa que los trabajadores necesiten sus empleos para cumplir sus responsabilidades.  A menudo la Iglesia es un empleador tan imperioso.  Un obispo nuevo o un párroco nuevo liberan a sus trabajadores sin una evaluación honesta de sus aportes. Sí a veces será necesario despedir a un empleado por razón de seguir en operación.  Sin embargo, hay que considerar sus necesidades tanto como su aporte al bien de la compañía.

En la primera lectura Moisés exhorta al pueblo que sean unidos en la práctica de la Ley.  Dice que si observan la Ley serán una nación grande.  Como Jesús hace claro, la observancia consiste en convertir el corazón y no en practicar buenos modales.  Hoy en día esta conversión significa que los dueños y los trabajadores vean a uno y otro como hijos e hijas del mismo Dios.  Los trabajadores tienen que aplicarse por el bien de la compañía.  Entretanto los dueños deben proveer la seguridad de empleo para que los trabajadores puedan apoyar a sus familias.   De esta manera los dos sectores se considerarán, como dice la lectura, “sabio(s) y prudente(s)”.      

El domingo, 1 de septiembre de 2013


VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Eclesiástico 3:19-21.30-31; Hebreos 12:18-19.22-24; Lucas 14:1.7-14)

Están allí día y noche.  Al lado mexicano del puente separando El Paso y Ciudad Juárez siempre se ven varios mendigos.  Algunos son indígenas trayendo a sus bebitos en sus brazos.  Otros son cojos con sus piernas torcidas si tienen piernas.  Y otros los ex adictos en ropas limpias pidiendo limosnas por sus programas de rehabilitación.  Son personas así que Jesús tiene en cuenta cuando enseña a la gente en el evangelio hoy.

Jesús manda al jefe de los fariseos que invite a los destituidos a su mesa cuando dé un banquete.  Se preocupa en primer lugar por aquellos sin comida y casas.  Quiere que tengan pan para sostenerse y asiento para aliviarse del calor del día.  También piensa por el rico mismo que no pierda la oportunidad para ser juzgado como justo en el día del juicio.  Hoy día, sabiendo algo más de la sociología, se quiere extender el mandato de Jesús para considerar otros aspectos de las relaciones entre los ricos y los pobres.

Cuando hablamos de darle al pobre un puesto a la mesa, tenemos más en cuenta que reciba tortillas.  Un puesto a la mesa significa una voz en la gestión de la familia, una participación en la sociedad.  Por una gran parte esta voz proviene de contribuir al mejoramiento de la sociedad por hacer algo constructivo, algo de servicio.  En breve, proviene de hacer trabajo.  En algunos casos, como la muchacha severamente débil mental que viene a la oficina por algunas horas para triturar papeles, el trabajo es marginal.  Sin embargo, sea diseñando rascacielos o sea barriendo sus pisos, el trabajo le da al hombre o la mujer un papel en el diálogo sobre el bien común.  Por eso, se ha llamado el trabajo “el gran ecualizador”.

Pero el trabajo es más que eso.  Por supuesto, posibilita los recursos que dan sazón a la vida.   Sin el trabajo todos nosotros estuviéramos buscando nueces y moras en el bosque.  Con el trabajo podemos comer perritos calientes en la partida de fútbol si queremos o tal vez conducir al campo para una merienda.  Por el trabajo podemos pagar al médico para el tratamiento, al almacenador para la ropa, y al librero para sus mercancías.  Podemos decir sin reserva que el trabajo hace posible la vida que vale.

Queda aquí al menos un otro atributo del trabajo que nos falta mencionar.  Por una gran parte con el trabajo desarrollamos nuestros talentos como personas humanas.  Aprendemos por el trabajo, si no teóricamente al menos prácticamente.  ¿Quién dudaría que el sastre conozca mejor cómo cortar pantalones que un académico?  Este conocimiento resulta de años de aprendizaje con las tijeras y los patrones.  También es en el taller que la mayoría aprende cómo llevarse con otros tipos de personas.  Al trabajo nos damos cuenta de que tenemos que consolar a los tristes, saludar a los no conocidos, y cuidarnos de los brutos. El trabajo nos hace quienes somos, mejores que éramos.  Por eso, deberíamos nombrar una característica más del trabajo: nos damos aún más razón de alabar a Dios.  Él es la fuente de todas las cosas y a quien buscamos en todas las empresas.  Dijo un santo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”.  Por eso, en cuanto el trabajo nos haga posible el perfeccionamiento de nuestro ser, es Dios que forma el objeto último de toda nuestra labor.

Se celebra el Día del Trabajo en varios países con desfiles y discursos.  En los Estados Unidos es más probable que se ven familias saliendo en meriendas y a las partidas de fútbol.  Sí, importa esta falta de conciencia porque es por el trabajo que nos conocemos a nosotros mejor y que tenemos una vislumbre de Dios.  Por el trabajo podemos tener una vislumbre de Dios.