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El domingo, 29 de agosto de 2021

 Vigésimo segundo domingo ordinario

(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21b-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)

De vez en cuando hay alboroto sobre los Diez Mandamientos.  Si una entidad colocara una representación de los Mandamientos en lugar público, es seguro que los ateos o los secularistas protestarían.  Hace veinte años un juez tuvo fabricado un monumento de granito con los Diez Mandamientos inscritos en ello para su corte.  Después la protesta, una corte superior mandó que quitara el monumento.  Dijo que era una violación de la separación entre la Iglesia y el estado.  Entonces el juez hizo una campaña para buscar apoyo.  Cargó el monumento de casi 2400 kilos a diferentes partes del país clamando la injusticia de la prohibición.

En un sentido el juez tenía la razón. Sí, los Diez Mandamientos ocupan un espacio céntrico en nuestra religión, pero su significado no es primeramente religioso.  Más bien los Mandamientos forman los principios de la ley natural.  Eso es, transmiten el núcleo de lo que es conducta recta como determinada por la razón humana.  Prescriben las obligaciones y las prohibiciones para hacer posible la vida social.  Por esta razón la primera lectura insiste que el pueblo Israel tiene que ponerlos en práctica.

En el evangelio los fariseos critican a los discípulos de Jesús por acciones que tienen poco que ver con los Diez Mandamientos.  Dicen que es terrible que los discípulos no lavan sus manos antes de comer.  Pero ni los Diez Mandamientos ni los otros preceptos de la ley judía requieren tal lavado.  Es tradición de sus mayores impuesta por los superiores religiosos para evitar que partículas impuras toquen los labios del judío.  Es verdad; no es muy difícil cumplir esta regla.  Sin embargo, multiplicadas centenares de veces en diferentes áreas de la vida, tales tradiciones pueden hacerse insoportables.

Jesús siempre ha llevado a cabo los Diez Mandamientos y todas las reglas de la Ley.  No obstante, insiste que las tradiciones de los mayores no atañan a esta categoría de deberes.  Según Jesús agradar a Dios consiste ambos en amar a Dios y al prójimo y en evitar la maldad.  La segunda lectura de la Carta de Santiago resume su modo de pensar.  Dice que la religión consiste en ayudar a los desafortunados y distanciarse de las influencias que corrompen el alma. 

Hoy en día las tradiciones de los mayores ocupan la mente de varios católicos.  Algunos insisten que se arrodillen cuando reciben la hostia y la tomen en la lengua.  Además, quieren que el sacerdote ofrezca la misa con su espalda al pueblo y que use el latín.  Estas cosas no son malas, y probablemente ayudan a algunos rezar con más fervor.  Sin embargo, no tienen el mismo valor de actos de compasión.  Llevar comida a los desamparados después de la misa vale mucho más que la mujer cubra su cabello en el templo o que cualquiera persona ayune tres horas antes de la misa. 

En un libro de oraciones un teólogo reflexiona sobre “el Dios de la ley”.  Dice que es cierto que Dios está presente en los Diez Mandamientos de modo que cuando los cumplamos, encontramos a Él.  Pero, pregunta el teólogo, ¿está Dios presente en las directrices de los superiores?  Responde a su propio interrogante con “sí” cuando obedecemos las directrices por amor de Él.  Si seguimos la directriz del obispo a recibir la hostia en la mano o la directriz del párroco a no estacionar el coche en alguna zona por amor de Dios, encontraremos a Dios.  Es así cuando cumplimos las tradiciones de los mayores.  Cuando los cumplimos por amor, encontramos a Dios.

El domingo, 4 de marzo de 2018


EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-I7; Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25)


Si estuviéramos a preguntar a un judío, “¿cuál es el mejor don que Dios nos ha dado?”  ¿cómo respondería?  Habría poca duda que diría, “la Ley”.  Pues para los judíos la Ley -- los primeros cinco libros de la Biblia -- es el fundamento para vivir como hombres libres.  Dice el salmo responsorial hoy, “La ley del Señor es perfecta y descanso del alma…” Es como la brisa a un marinero que le lleva a dónde quiere ir.

En la primera lectura escuchamos de los Diez Mandamientos.  Ellos resumen todos los otros seis ciento y pico preceptos escritos en la Ley.  A la misma vez manifiestan la voluntad de Dios recordada en la historia de los patriarcas y de Moisés. Si la Ley es perfecta, los Dios Mandamientos son lo más perfecto del perfecto.  Como dice otro salmo, “como plata pura siete veces refinada en el crisol”. 

Sin embargo, Jesús mejora los Mandamientos.  Los hace aún más perfectos por darles un matiz positivo cuando dice: “ama a Dios sobre todo y ama a tu prójimo”.  Más que esto, Jesús nos exige ir más allá de lo mínimo para rendirle la justicia indicado por los mandamientos “no le robes”, “no le codicies”, etcétera).  Nos exhorta que le hagamos un beneficio cuando dice: “ama…”.

El evangelio hoy trata del otro gran símbolo del judaísmo.  Si la Ley enseñó cómo no pecar, el Templo facilitó la reparación de los pecados.  Como en el caso de la Ley, Jesús mejora la situación por crear un Templo mejor. Cuando expulsa a los vendedores y cambistas del templo, Jesús indica la aniquilación del Templo, por lo menos según el evangelista Juan.  No más se podría ofrecer sacrificios válidos entre sus muros.  Recordémonos que en los evangelios según San Mateo y San Marcos cuando muere Jesús en la cruz, se rasga la cortina del Templo.  Esto es su modo preferido para indicar lo que significa la expulsión del Templo en San Juan.  Jesús reemplaza el Templo con su propio cuerpo como el lugar de ofrecer el sacrificio que vale para el perdón de pecados.  Este es el sacrificio que ofrecemos cada vez que celebremos la misa.

“Los judíos exigen señales”, dice San Pablo a los corintios en la segunda lectura.  Muchos desean signos hoy en día también.  Antes de poner su fe en Cristo quieren ver grandes cosas como la cura de todos los enfermos de cáncer.  Aunque hay curas, Pablo ofrece otra cosa para suscitar la creencia.  Dice: “Predicamos a Cristo crucificado”. Vemos la constatación de la fe en Cristo por los millones de cristianos sacrificándose por los demás.  Viven en todas partes, incluyendo nuestro barrio.  Entre ellos es Enrique Figaredo-Alvargonzález, un obispo misionero, en Camboya.  Al ver a muchos jóvenes sufriendo de la pérdida de piernas y de pies por las minas plantadas durante las guerras allá, el Monseñor Figaredo decidió a aliviar su peso.  Creó una fábrica que producen sillas de ruedas con toque deportivo para que los jóvenes victimados sientan activos.  Por su compromiso a los pobres en el nombre de Jesús el Monseñor Figaredo da testimonio al valor de su sacrificio para perdonar pecados y aumentar el amor.

Ahora el tiempo Cuaresmal entra una fase nueva.  No más es nuestra tarea principal hacer penitencia por nuestros pecados.  Ya tenemos que preocuparnos con la pregunta: ¿estoy dando testimonio al Señor Jesucristo que siempre se sacrificó por los demás?  En otras palabras ¿actúo como un cristiano verdadero?  Tal vez no.  Entonces nos quedan cuatro semanas para hacer algo que nos constará como discípulos suyos.  Nos quedan cuatro semanas para constarnos como discípulos verdaderos de Jesús.

El domingo, 11 de marzo de 2012

DOMINGO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

(Éxodo 20:1-17; I Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25)

El drama apareció en televisión hace cincuenta años. Era obra de ficción pero enseñó la verdad. Mostró a un hombre volviendo a su pueblo después de haber leído todos los libros en la biblioteca del Congreso. Para comprobar que ha cumplido tal tarea enorme, se convocó una asamblea del pueblo. A la hora indicada el hombre llegó para su discurso. Dijo que se podía resumir la sabiduría de las edades en diez puntos. “El primero – empezó – es ‘yo soy el Señor, tu Dios,…no te fabricarás ídolos ni imagen alguna…Segundo, ‘No harás mal uso del nombre del Señor, tu Dios….’” Entonces la gente presente cumplió los demás mandamientos del Decálogo que la primera lectura de hoy nos relata.

Algunos despiden los Diez Mandamientos como si fueran para niños. Es cierto que los Diez Mandamientos forman sólo la base de la moralidad, pero no son nada despreciable. Una cosa es que los Diez Mandamientos tienen un lugar privilegiado en la Biblia. Se encuentran varias veces, pero por la primera vez en Éxodo, el libro más apreciado por los judíos. Constituyen el núcleo no sólo del libro sino también de la Alianza entre Dios y Su pueblo. En una manera son el regalo más precioso del Señor a Su pueblo. Señala Éxodo que el Decálogo fue escrito con Su propio dedo indicando su trascendencia. En otra manera los Diez Mandamientos comprenden el compromiso del pueblo que vayan a cumplir Su voluntad.

A la primera vislumbre parece que el Decálogo es propiedad de los judíos como las leyes de la Iglesia son particulares a la fe católica. Sin embargo, cuando están analizados, se descubre que los Diez Mandamientos aplican a todos pueblos, en todos tiempos. Los hombres del África tanto como de Australia tienen que honrar a sus padres y madres. Los trabajadores de Japón tanto como de Chile merecen un día de descanso cada semana. “Si es así, ¿cómo ha de tratar el primer mandamiento que exige el dar culto a un solo Dios?” algunos preguntarán. Sin embargo, ¿no es el fenómeno de Dios universal? ¿No es que toda sociedad tenga un ser más alto que todos los demás, sea el Buda en Tíbet y posiblemente la ciencia en varias culturas posmodernas? Por razón que se aplica en todas partes, dice el Catecismo que el Decálogo contiene “una expresión privilegiada de la ley natural”.

Posiblemente pensemos que Jesús ha anulado los Diez Mandamientos con sus dos leyes de amor: amarás a Dios sobre todo y amarás al prójimo como tí mismo. Sin embargo, se ha notado como los primeros tres mandamientos tienen que ver con el amor para Dios y los últimos siete con el amor para el prójimo. Podemos decir que se entienden los Diez Mandamientos correctamente cuando los ponemos como el mínimo de nuestro amor. En realidad, lo que Jesús ha añadido al Decálogo son dos cosas. En primer lugar se da a sí mismo como el mejor modelo del cumplimiento de los mandamientos. (Su amor para Dios Padre es sentido en su oración ferverosa. Su amor hacia nosotros es aún más palpable en la vista de él colgando en la cruz.) Sin embargo, el ejemplo de Jesús, tan inspirador que sea, no va a superar el orgullo y la pereza. Por eso, su segunda añadidura es imprescindible. Jesús nos imparte al Espíritu Santo para que nunca violemos ninguno de los diez.

Ahora, no menos que en los tiempos bíblicos, necesitamos una comprensión de los Diez Mandamientos para afrontar los grandes retos sociales. El quinto mandamiento, “No matarás”, va en contra a las fuerzas promoviendo el aborto y la eutanasia. No hay prohibición del matrimonio gay en el Decálogo porque este tipo de unión no era pensable en tiempos antiguos. Sin embargo, vemos en el noveno mandamiento la presuposición que el matrimonio es entre un hombre y una mujer y en el cuarto mandamiento al menos la esperanza que produce la prole. De manera semejante, por el primer mandamiento, que exige la obediencia a Dios ante el presidente, se les prohíbe a los obispos y párrocos pagar los seguros que provean anticonceptivos.

“¿Qué significa uno? Uno, yo lo sé. Uno es único Dios”. Así va un juego que los judíos ocupan en la Cena Pascual para enseñar a los niños las verdades de la fe. Sigue el juego: “¿Qué significa dos? Dos, yo lo sé. Dos son las tablas de la Ley”. De manera semejante Dios resume la Ley en Diez Mandamientos para enseñarnos Su voluntad. No comprenden todos los preceptos pero les da la base para que, como Jesús, cumplamos Su voluntad. Sí, es cierto. Siguiendo los Mandamientos, cumpliremos Su voluntad.