El domingo, 6 de septiembre de 2020


EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

En el Sermón del Monte Jesús describe a sus discípulos con varios nombres.  Entre otros, los llaman “una ciudad edificada sobre un cierro”.  En otras palabras, son alumbramiento para ser visto por el mundo para que la gloria se dé a Dios.  En el evangelio hoy Jesús les enseña cómo hacerse un pueblo tan fulgurante.

Se conoce este discurso de Jesús como “el discurso sobre la iglesia”.  Jesús está instruyendo a sus discípulos cómo establecer la comunidad de fe.  No habla nada acerca de obispos y presbíteros, ni acerca de templos y conventos.  Su preocupación es el comportamiento: ¿cómo vive el cristiano?  Comenzó el discurso con una instrucción que sus discípulos sean humildes como un niño entre mayores.  Sigue con el pasaje que hemos escuchado hoy acerca de la corrección fraternal. Concluye el discurso con una exhortación que perdonen a uno a otro.  Desgraciadamente hoy en día no ponemos mucho énfasis en estos temas.

 No hacemos hincapié en estas instrucciones porque nos costaría mucho.  ¿Quién quiere ser humilde cuando los vecinos se jactan siempre de sus logros o sus adquisiciones?  Es más difícil aún decirle a otra persona que él o ella ha cometido pecado.  A lo mejor en lugar de convencer al otro de la necesidad de arrepentirse, la persona nos rechazará rotundamente.  Sin embargo, cuando lo hacemos con el amor, no hay necesidad de preocuparnos.  Hay un dicho: “Amigos no dejan a sus amigos conduzcan borrachos”.   No, aunque nos golpean cuando les tomemos las llaves del coche, no deberíamos dejarlos arriesgarse sus propias vidas y las vidas de otras personas.  Si no queríamos que se arriesguen sus vidas, ni deberíamos querer que se arriesguen sus almas.

 Jesús comienza su instrucción con las palabras “’Si tu hermano …” Tenemos que acercarse al pecador con el amor que tenemos para un hermano de familia.  No deberíamos actuar de rencor o de desprecio sino siempre con la caridad.  Jesús recomienda que le vamos solos la primera vez.  No quiere que humillemos al pecador.  Más bien quiere que le ayudemos reconocer su error y renunciarlo. Sólo si él rechaza a todos – a nosotros solos, a unas personas justas, y la comunidad entera – deberíamos quebrar relaciones cercanas.  No querríamos asociarnos con el pecador porque tenemos la misión de reflejar la rectitud como "una ciudad edificada sobre un cierro”.

 ¿Con qué tipo de pecado podríamos confrontar a una persona?  Hay una historia de una muchacha que jugaba tenis. Tenía bastante talento, pero le gustaba engañar cuando jugaba.  Si la pelota pegó la raya, lo llamó “afuera” cuando se debería haber jugado.  Alguien tenía que confrontar a esta muchacha con su pecado.  Ciertamente cuando percatemos a un hermano mintiendo o robando, deberíamos contarlo de su falta.

 En la segunda lectura San Pablo nos recuerda de la importancia del amor.  Todos sabemos esto, pero a veces olvidamos que el amor no siempre consiste en dar al otro cumplidos y consuelos.  A veces el amor nos impulsa decirle sus faltas y errores.  Como un médico cuyo paciente tiene cáncer tiene que contarle que su condición es seria, nosotros tenemos que advertir al pecador de la necesidad de arrepentirse.  Pero actuamos siempre con la sensibilidad. 

Un profesor de un colegio jesuita una vez escribió de un estudiante que le dijo que lo había odiado.  Dijo el muchacho que iba a cometer un pecado de lujuria con su novia cuando recordó las instrucciones del profesor.  Dijo a su clase que no se involucraran en ese pecado.  Por supuesto, el muchacho no odió al profesor sino lo estimaba.  Es así cuando hacemos correcciones fraternales con el amor en nuestro corazón.  Al final no estamos odiados sino estimados.

El domingo, 30 de agosto de 2020


EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)


El padre Santiago Martín es periodista español. Toda semana hace un video comentando sobre sucesos en la Iglesia católica.  Siempre muestra gran afecto para la comunidad de fe y perspicacia profunda en el mundo hoy.

Recientemente el padre Martín comentó sobre el reporte que la mayoría de los jóvenes se sienten desequilibrados en este tiempo de pandemia.  Es tan fuerte este sentido que una cuarta parte de los jóvenes de dieciocho a veinte y cuatro años en los Estados Unidos han pensado seriamente en el suicidio.  Según el padre la desesperanza que tienen los jóvenes es causada, al menos en parte, por los mayores de hoy.  Los adultos glorifican la juventud tanto que los jóvenes no quieran hacerse mayores.  Los adultos no sólo se visten como los jóvenes llevando pantalones de vaquero y camisetas en público sino también imitan sus valores.  No es raro escuchar de una persona mayor cohabitando con su novia o novio.  Ni es inaudito que adultos echen sus responsabilidades de la familia para vivir como jóvenes no casados.  El padre Martín cree que los jóvenes no quieren ser adultos porque los adultos sólo quieren volverse a jóvenes.  Entonces, la única cosa que ven en el futuro es la frustración que resulta por hacerse mayores.  No hay que decir que padre Martín se acuerde con la segunda lectura.

En ella San Pablo exhorta a la comunidad cristiana en Roma: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo”.  Tiene en mente especialmente el sexo promiscuo que ha sido un tropiezo para los hombres en todas épocas. En el principio de la carta Pablo enumera los pecados del mundo.  Además del sexo libertino hay “injusticia, perversidad, codicia, maldad”. Se puede ver las mismas tendencias descarriadas en nuestra sociedad.  Según los criterios de nuestro mundo, el sexo es lo que le hace la persona feliz.  Para tener éxito en la vida, hay que acumular una fortuna y gastarla como le dé la gana.  Del mundo de los deportes viene el criterio de ganar como la cosa más importante en la vida.

Pero no es que todos acepten estos criterios.  En el periódico hace poco apareció la historia de un anciano de noventa y tres años.  Este hombre se mudó en un asilo de ancianos, aunque tiene buena salud.  Quería ayudar a su esposa de setenta años internada en el asilo porque tiene Alzheimer.  Con la pandemia él no había podido visitarla.  Entonces ella dejó de comer que impulsó la decisión de él que, en lugar de dejarla morir, él residiría en el asilo.  Ahora tres veces por día el hombre le da de comer a su esposa.  Ella le ha respondido, no con palabras sino con la voluntad de seguir viviendo.  

San Pablo continua su exhortación a los romanos por decirles: “… dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente”. Esto es lo que hizo el anciano y es lo que tenemos que hacer nosotros.  Cuando Jesús nos dice en el evangelio hoy que renunciemos a nosotros mismos, que tomemos nuestra cruz y que lo sigamos, no está pidiendo que vayamos a la África como misioneros. No, parecidos al anciano cumpliendo su voto matrimonial por cuidar a su esposa, Jesús quiere que seamos fieles a nuestros compromisos cristianos.  Quiere que seamos justos en nuestros asuntos con los demás y particularmente cuidadosos de nuestras familias. 

El evangelio termina con Jesús haciendo un compromiso.  Dice que al final del mundo vendrá para recompensar a sus discípulos según sus méritos.  Esto es el mensaje que queremos a pasar a los jóvenes de hoy en día.  Lo mejor no es lo que estén viviendo ahora sino la gloria que Jesús nos promete. Es cierto que tomando nuestra cruz como Jesús parece duro.  Pero en realidad no es desagradable porque tenemos a Jesús como compañero.  Además, tenemos un futuro aún más gozoso. Vamos a habitar con él en la gloria.

El domingo, 23 de agosto de 2020

EL VIGÉSIMO UNO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

La pandemia es cosa única porque el mundo entero lo experimentan.  En veinte años la gente preguntará a todos ya vivos: “¿Cómo pasaste la pandemia de 2020?”  En el evangelio hoy Jesús hace una pregunta que también vale para el mundo entero.  Es preciso que todos sepan exactamente quién es él.

Al principio los discípulos responden que la gente piensa en Jesús como figura profética.  Evidentemente algunos lo veían como Juan Bautista reencarnado o Elías regresado de los cielos.  Mucha gente hoy en día tiene una idea semejante de Jesús.  No dicen que es una persona regresada del cielo, pero lo consideran como profeta que ha defendido los derechos de los pobres.  Lo ven como el doctor Martin Luther King, Jr., o el monseñor Óscar Romero. 

Esperadamente nosotros podemos aceptar a Jesús como alguien con más preeminencia que un profeta.  En el evangelio Simón, hijo de Juan, puede distinguir a Jesús de aún los profetas más significativos.  Él contesta al interrogante de Jesús que él es “’el Mesías, el Hijo de Dios vivo’”.  Por decir “’Mesías’”, tiene en cuenta que Jesús es hijo de David, el rey insigne de Israel.  Y por añadir, “’el Hijo de Dios vivo’” Simón reconoce a Jesús como representante de Dios con poder divino.  En otras palabras, Pedro ve a Jesús como un príncipe administrando una tierra de parte del rey, su padre.

Jesús afirma esta respuesta.  Dice que no es simplemente intuyo brillante o conclusión de investigación.  Más bien, la llama “una revelación” de Dios Padre.  Es decir, que es imposible saber los orígenes de Jesús sin una conexión directa con Dios.   Por esta razón Jesús le proporciona a Simón un título nuevo junto con un nombre nuevo.  De ahora en adelante Simón será el cimiento de la Iglesia.  Se llamará, “Pedro” o piedra, sólida tanto en la autoridad como en nombre.  Ahora vemos a Simón como el primer “papa”; eso es, la cabeza de la comunidad de fe.

En la lectura Jesús dice que se le presentará a Simón Pedro “las llaves del reino”.  Con estas llaves Pedro y sus sucesores pueden pronunciar doctrinas o prácticas como obligando a todos cristianos.  Hace dos años, el papa Francisco declaró doctrina de la Iglesia obligando a todos católicos aceptar la no aceptabilidad de la pena de muerte.  Asimismo, el papa puede prohibir doctrinas y prácticas.  En 1968 el papa San Pablo VI creó gran controversia cuando prohibió el uso de anticonceptivos artificiales. Las palabras dan eco a la primera lectura.  En ella el buen varón Eleacín, mayordomo del palacio del rey de Judea, recibe la llave para abrir y cerrar todas las puertas del palacio.  Con ésta Eleacín tiene la autoridad sobre quien pueda ver al rey para recibir su favor. 


La autoridad del papa ha sido un tropiezo para varios cristianos a través de los siglos.  En el siglo quince los ortodoxos dejaron la Iglesia Católica por esta razón entre otras.  En el siglo dieciséis Martín Lutero se hizo el primero de muchos europeos para renunciar el sometimiento al papa.  Nosotros católicos tenemos que reconocer cómo algunos papas escandalizaron a la gente resultando en las huidas.  En cambio, los ortodoxos y los protestantes tienen que reconocer que la autoridad del papa viene de Jesús mismo.  También, se debe admitir que los papas recientes – Juan Pablo II, Benedicto XVI, y Francisco -- han sido varones justos y santos. ¿Qué más podemos añadir?  Sólo lo que dice San Pablo en la segunda lectura: “¡ … qué impenetrables son (los) designios de Dios e incomprensibles sus caminos!”

El domingo, 16 de agosto de 2020


EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO 

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)


Una mujer cuenta de su experiencia criando a su hija.  La niña nació con el síndrome Wolf-Hirschhorn.  Niños con esta enfermedad tienen cabezas pequeñas y ojos protuberantes.  También experimentan retrasos de desarrollo.  Cuando los médicos le dijeron a la mujer que su bebé era anormal, ella sólo quería que de algún modo se pusiera normal.  En tiempo aprendió rechazar este blanco falso.  Se determinó que haría todo posible para que su hija desarrollara lo mejor que pudiera.  En el evangelio hoy encontramos a una mujer con disposición semejante.  La cananea es determinada a hacer todo posible para ayudar a su niña.

A Jesús la mujer viene gritando: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Aunque no es judía, ella reconoce a Jesús como el Mesías de Israel con poderes divinos.  El amor para su hija le mueve a postrarse ante él.  Entonces le pide a Jesús que le expulse el demonio atormentando a su hija.  Nosotros hoy día pedimos a Cristo algo semejante.  Queremos que Cristo nos acompañe durante la prueba de Covid.  Particularmente, queremos que él proteja a nuestros niños mientras regresan a sus estudios.

Nadie duda que la mayoría de los niños aprenden mejor en la escuela con sus maestras que en la casa con el Internet.  Pero hay diferentes opiniones sobre el riesgo de asistir en clases en persona.  ¿Contraerán los niños y las maestras el virus?  Si lo contraen ¿morirán de ello?  No se sabe con certeza.  Jesús muestra la misma incertidumbre cuando responde a la mujer.  Sabe que su misión es reconstituir las tribus de Israel con personas responsivas al amor de Dios.  En lugar de despedir a la mujer como sugieren sus discípulos, le explica su dilema con una parábola. Le dice que sanando a su hija sería como echando a los perros el pan de los niños. 

La mujer no se da por vencida.  Su fe en Jesús es sobrepasada sólo por su amor para su hija.  Ella responde aprovechándose del dicho de Jesús.  Dice que los perros valen las migajas de sus amos.  En otras palabras, Dios ama a los no judíos junto con los judíos.  La mujer está dando eco al profeta en la primera lectura. Los justos, sean judíos o no judíos, merecen puestos en la casa del Señor.  Como la cananea, nosotros no deberíamos dejar pidiendo al Señor el apoyo en la cuestión de la escuela.  Es preciso que los niños aprendan este año después de haber perdido tres meses en las aulas el año pasado. 

El Señor no va a abandonarnos.  Podemos contar con Él.  Vamos a ver a los niños saliendo de esta crisis bien.  Dios tiene más modos de ayudarlos que se puede imaginar. Nuestro papel es rezar con la insistencia y actuar con la sabiduría. Ciertamente la cananea experimenta la bondad de Jesús.  Escucha a Jesús pronunciar las palabras que ella anhelaba oír: “’Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas’”.

La fe de la mujer se ha probado grande.  Por razón de esta fe, su amor expandirá también.  Acudiendo a Jesús, ella tendrá que aceptar lo que él enseña sobre el amor por los demás.  Su amor para su niña crecerá en preocupación por todos los niños del mundo.  Es donde nos encontramos hoy.  En lugar de pensar sólo en lo que sea lo mejor para mi familia, nos falta considerar el bien común.  En algunos sectores puede ser que lo mejor es conducir las clases virtuales.  En otros puede ser clases en persona o una combinación de los dos medios.  De todos modos, nuestro amor estará transcendiendo el círculo cerrado del yo cuando aceptemos lo que los sabios deciden como lo mejor para todos.

¿Qué es la fe en Jesucristo?  ¿Es la convicción sobre lo que él enseña en los evangelios?  ¿Es la confianza en su poder para salvar?  A lo mejor es estas dos cualidades combinadas.  Sin embargo, podemos describir la fe tanto más eficaz como más sencillamente.  Es la cananea gritando a Jesús: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.

El domingo, 9 de agosto de 2020


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)


Se esperaba que los fieles regresaran a la misa después del confinamiento.  Por supuesto, algunos lo han hecho.  Pero no tantos somo los obispos imaginaban.  La gente no llena ni una cuarta parte de los templos in muchos casos.  Mucho menos crean la necesidad de añadir misas como una vez se esperaba.  Puede ser que la gente se sienta muy temerosa con el virus.  Pero también es posible que a muchos les falte una fe viva en la Eucaristía.  Ahora que no es obligatorio asistir en la misa, no vienen.  De todos modos, en el evangelio hoy Jesús similarmente ve en Pedro una falta de fe.

Con este relato el evangelista Mateo no solo recuerda de un acontecimiento en la vida de Jesús.  También está contando la experiencia de la Iglesia después su muerte.  Que miremos las palabras que usa Mateo para contar su historia.  "La barca" siempre ha sido símbolo de la Iglesia mientras "la noche" es signo primordial del mal.  "Las olas" sacudiendo la barca es una manera de describir la muerte amenazando las vidas cristianas. Sabemos que los cristianos en los primeros tres siglos después de Cristo eran constantemente perseguidos.  Mateo nos retrata su situación con este pasaje.

Jesús viene a socorrer a sus discípulos.  Es instructivo cómo él se identifica a sí mismo.  Dice: “Soy yo” como Dios se identifica a sí cuando va a rescatar al pueblo Israel oprimido en Egipto.  El Evangelio de San Mateo está brindando la fe en Jesús como Dios.

Pedro lo reconoce así.  “'Señor'” – dice – “'mándame ir a ti caminando sobre el agua'”.  Cuando lo llama, Pedro se emprende a caminar sobre las olas.  Entonces se hace temeroso y comienza a hundir.  Tiene la fe, pero no es perfecta.  Jesús lo llama, “’Hombre de poca fe’”.  Es una fe que falta la valentía, que no quiere sufrir, que cree solo cuando no le llama a arriesgarse.

En nuestro tiempo la “poca fe” es distinta.  Muchas personas a pesar de que son bautizados tienen poca creencia en la Eucaristía y otros principios de la fe.  Están distraídos por los bienes que nos rodean.  Tienen la ciencia para extender sus vidas hasta noventa aun cien años.  Tienen casas y carros, pasatiempos y celulares.  Distraídos por todos estos bienes, no piensan mucho en Dios, el Creador, ni en Jesucristo, que nos revela Su voluntad.

Tenemos que preguntar: “¿Quién dio origen a todos los bienes de que nos aprovechamos?”  Otra pregunta indicada es: “¿Qué es la voz muy dentro de nosotros que nos recuerda de otras personas en nuestras comunidades y aún en nuestras familias que no tienen estos bienes?  En la primera lectura Elías encuentra a Dios en “el murmullo de una brisa”.  Nosotros lo encontramos en el murmullo de nuestra conciencia.

Como siempre, Dios nos salva de la precariedad.  Parece que la vida sin Dios lleva al deshacer.  Muchos matrimonios basados en la comodidad no pueden aguantar el estrés de los altibajos de la vida.  Como sociedad, la Unión Soviético se cayó encima mientras soltaba su lema que Dios no existe.  En la segunda lectura San Pablo lamenta el rehúso del pueblo judío a aceptar a Jesús como Señor.  Muchos padres hoy en día se sienten igual para ver a sus hijos alejarse de Dios.

Demasiadas veces vemos la fe como un peso que nos dicen que tenemos que llevar.  Nos hace tan resentidos que queramos echar el peso en la noche.  Pero la verdad es el contrario.  La fe es un don de Dios para hacer la vida más tolerable.  Nos ayuda ver la verdad que no hemos recibido lo que tenemos solo por nuestros esfuerzos.  Nos da razón para compartir con los demás nuestros bienes para que el mundo tenga más justicia.  Nos provee la esperanza de algo más que los bienes pasajeros de esta vida.  En el evangelio la fe capacita a Pedro caminar sobre el agua.  En nuestro mundo la fe nos ayuda navegar las olas y las tormentas de la vida hasta que lleguemos a nuestra casa eterna.

El domingo, 2 de agosto de 2020


DÉCIMO OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 55:1-3; Romanos 8:35.37-39; Mateo 14:13-21)


El presbítero Domingo de Guzmán era joven compañero de Diego, el obispo de Osma en España.  Los dos pasaron muchos años viajando juntos, particularmente en el sur de Francia.  Allá el catarismo, una secta que creía que el diablo creó el orden material, tenía gran seguimiento.  Los dos clérigos esperaban convencer a los cátaros de la bondad de la creación por una predicación alumbrada.  De repente el obispo Diego murió.  Domingo estaba intensamente turbado.  Sentía que tuvo que renovar solo la predicación para salvar a los cátaros de modos de pensar inhumanos.  Domingo recuperó sus fuerzas para lanzar a la Orden de los Predicadores.  El evangelio hoy recuerda una historia semejante.

San Lucas describe a Juan Bautista como pariente de Jesús.  A lo mejor su relación era más significante que esto.  Juan bautizó a Jesús.  Es muy posible que Jesús hubiera seguido a Juan como su discípulo por un rato.  De todos modos, evidentemente Jesús se pone muy triste con las noticias del asesinato de Juan.  Dice el evangelio hoy que cuando se entera del acontecimiento, Jesús se dirige a un lugar “apartado y solitario”.  Tal vez pensaba sobre su vida y la posibilidad de su muerte prematura como la de Juan.  Se ha dicho que tenemos que aceptar nuestra muerte antes de que podamos ser libres de vivir.  Es decir, con el reconocimiento de nuestra muerte, no desgastaremos tiempo en cosas frívolas, sino nos dedicaremos a las cosas que nos importan lo más.  Lo que le importa a Jesús lo más es el reino de Dios, su Padre.

La experiencia de la pandemia debería habernos llevado a la misma percepción.  Incluso si no hemos conocido a nadie que haya muerto a causa del virus, las referencias continuas a la muerte nos han estremecido.  “¿Qué pasaría si fuera a morir yo?” nos preguntamos.  Seguimos con otros interrogantes: “¿He realizado algo que vale?” y “¿Qué querría hacer?”

Ciertamente no queremos pensar en nosotros como haber vivido solamente para nosotros mismos. Nuestros padres y catequistas nos han enseñado a preocuparnos de los demás.  ¿Somos hermanos, amigos, prójimos dignos del nombre cristiano?  Jesús nos muestra cómo ser un cristiano en la lectura hoy.  Cuando la gente le enfrenta con sus necesidades, no demora para compadecerse de ella.  En primer lugar, Jesús cumple con su necesidad más evidente.  Cura a los enfermos.

Entonces Jesús se percata de una necesidad más profunda.  Se parece como el hambre para pan, pero es una necesidad espiritual, no material.  Jesús sabe que les falta el sustento espiritual para llegar al reino de Dios.  Es el conocimiento que Dios los ama como sus hijos e hijas.  En la primera lectura el profeta ofrece este conocimiento a los refugiados judíos en Babilonia.  Dice que Dios está proporcionándoles no solo el pan sino también la libertad para volver a Judea.  Este conocimiento se pone aún más concreto en la segunda lectura.  San Pablo nos asegura que nada – ni siquiera la muerte – vence el amor de Cristo para nosotros.

Recibimos este amor particularmente por medio de la Eucaristía.  Es pan básico (solo harina y agua) transformado en el cuerpo verdadero del Señor.  Tomándolo, nosotros no lo asimilamos en nosotros como hacemos con comida ordinaria.  Al contrario, nos asimila en ello para que vivamos más libres, felices, y preocupados por los demás.  En el evangelio Jesús anticipa la última cena donde nos proporciona la Eucaristía definitivamente.  Él toma el pan, mira al cielo bendiciendo a Dios el Creador, y lo reparte a sus discípulos.  Ellos siguen distribuyéndolo a todo el mundo.

Muchos están temerosos de la muerte causado por el virus Corona-19.   Se preocupan de contraerlo en el trabajo y de sus hijos contrayéndolo en la escuela.  Ciertamente la vigilancia sigue necesaria.  Es solo prudente que mantengamos la distancia indicada de uno a otro y llevemos máscaras como recomiendan nuestros funcionarios de salud.  Pero es aún más indicada la confianza en el amor de Dios para cada uno de nosotros.  Este amor nos permite a libres, felices, y preocupados por los demás. Incluso si morimos este amor no disminuye.  Más bien, se transforma en una acogida entre los santos.   

El domingo, 26 de julio de 2020


EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46)


Hagia Sophia es nombre de una estructura religiosa magnífica en Estambul, Turquía.  Fue construida como una iglesia dedicada a Cristo en el sexto siglo.  Pero cuando los musulmanes tomaron la ciudad en el siglo quince la convirtieron en una mezquita.  Entonces en el siglo veinte el presidente secularista del país lo hizo un museo.  Probablemente quería pacificar los reclamos para el edificio de las diferentes religiones.  Se ha aparecido en las noticias de nuevo porque el presidente actual acaba de reconvertirla en una mezquita. 

Hagia Sophia significa la “santa sabiduría” en griego.  Entonces, ¿cómo puede ser que una iglesia dedicada a Cristo tiene el nombre “santa sabiduría”?  La respuesta no es complicada. Para los ortodoxos este nombre siempre refiere a Jesucristo.  Los orientales piensan de Jesús como la Santa Sabiduría como nosotros en el Occidente pensamos de él como el Verbo Encarnado. 

En la Primera Carta a los Corintios San Pablo llama a Jesucristo “la sabiduría de Dios” (1,24). Quiere enfatizar que, siguiendo a él, los cristianos pueden llegar a la salvación.  Por eso, la sabiduría de Dios vale más que la filosofía de Platón y Aristóteles, más aún que la Ley de los judíos.  Pero Jesús no habla de la sabiduría en el evangelio sino del Reino de Dios.  Para Jesús el Reino vale más que cualquiera otra cosa.

Jesús dice que encontrar el Reino es como un campesino descubriendo un tesoro en el campo o un comerciante hallando una perla fina.  Es decir, encontrando el Reino cumple los deseos más profundos de ambos los pobres y los ricos.  En el tiempo de Jesús los ricos solían enterrar sus riquezas en el campo para esconderlos de los ladrones.  A veces murieron sin clamando sus tesoros.  Si un campesino labrando el campo encontró el tesoro escondido por casualidad, haría todo posible obtener el campo.  Fue igual con el comerciante que encontró una perla fina en la pesca.  La perla entonces era más valiosa, según algunos, que el oro.  El comerciante haría todo posible para comprar la perla de los pescadores.  Jesús nos dice que como el campesino valora el tesoro escondido y el comerciante valora la perla fina, deberíamos valorar nosotros el reino de Dios.

Como San Pablo nosotros encontramos el reino de Dios precisamente en Jesucristo.  Él es nuestro hermano que hace la vida rica.  Nos enseña como vivir con la nobleza aunque no tenemos más que la comida para el día hoy.  Nos reta cuando pensamos en nosotros como mejores que otras personas porque somos americanos, educados u por otra superficialidad.  Y Jesús nos consuela en los tiempos difíciles con la promesa de la vida eterna a sus fieles.  En la primera lectura Salomón pide la sabiduría para gobernar su reino vasto.  Su oración se asemeja a nuestra para conocer a Jesús mejor.  Con Jesús podemos gobernar a nosotros mismos y a nuestras familias para que nos paremos íntegros en un mundo bien decaído.

¿Qué nos aconsejaría a hacer la Santa Sabiduría en el caso de la Hagia Sophia de Estambul?  Siendo Cristo no nos dirigiría a hacer guerra para clamarla. Más bien, nos recomendaría que expresemos nuestra desilusión con el cambio.  Entonces, nos diría a dialogar con los turcos para que un día se restaure a un lugar para todas las religiones.  No es un tesoro para ser escondido de otras religiones.  Más bien, es como una perla fina para ser apreciada por el mundo entero.