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El domingo, 13 de agosto de 2023

DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

Muchas parroquias en las grandes ciudades de Europa y Norte América han experimentado cambios drásticos en los últimos sesenta años.  Sus templos majestuosos, que una vez cabían miles de personas cada domingo, ya quedan casi vacíos.  Tenían a varios curas, que pasaban muchas horas cada semana confesando y visitando a los enfermos.  Ahora el número de sacerdotes sirviendo una parroquia se ha reducido en muchos casos a solo uno.  Y a veces él pasa gran parte de su día cubriendo las misas en dos o tres lugares.  No es exageración decir que la iglesia contemporánea está en una situación precaria como la anticipada en el evangelio hoy.

Para apreciar lo que esta lectura enseña, tenemos que entenderlo como representante de la Iglesia en la segunda parte del primer siglo.  La barca de los discípulos sacudida por las olas simboliza la Iglesia amenazada por los varios retos de los tiempos apostólicos.  En Israel los cristianos experimentaron el rechazo creciente particularmente después de la destrucción del Templo en Jerusalén.  Fueron echados de las sinagogas donde habían rezado con los judíos que no creyeron en Cristo.  Es cierto que los apóstoles tenían éxito evangelizando a otros pueblos. Pero también es cierto que las antiguas comunidades cristianas enfrentaban desafíos nuevos.  Doctrinas falsas, la impaciencia con la demora del regreso de Jesús, y la persecución a veces severa pusieron en peligro el evangelio. 

La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su Iglesia apurada.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.  Vemos algo ligeramente semejante ocurriendo hoy en día en eventos como la Jornada Mundial de la Juventud.  En Lisboa el Espíritu de Jesús apoyó la fe de los millones ambos aquellos que participaron en los eventos y aquellos que los siguieron por los medios.  Particularmente la presencia del papa, el vicario de Cristo, levantó el ánimo de la gente.  Aunque ya es anciano, el papa Francisco tiene un corazón tan esperanzador como lo del joven de veinte años.

Debemos pensar en Pedro caminando sobre el agua como imagen de los altibajos de los fieles siguiendo a Jesús.  Le va bien a Pedro cuando mantiene sus ojos fijos en el Señor.  Pero tan pronto que le quite los ojos se encuentra hundiéndose en las aguas caudalosas.  Hoy día tenemos que mantener la esperanza en las promesas que nos hizo Jesús y la confianza en su apoyo.  Con él podemos transitar aún los problemas más grandes de la actualidad.  No vamos a perder el camino a pesar del acosamiento de los gobiernos, el desafecto de otros, aun las traiciones de parte de los clérigos.  Pero una vez que abandonemos a Jesús como nuestra meta y nuestro apoyo, ya estamos derrotados.  Para mantenernos sólidos en el camino debemos enseñar su doctrina, practicar su caridad, y rezar al Padre en su nombre.

Los cambios caracterizan la historia.  Ahora vivimos entre cambios tecnológicos que retan nuestras ánimas.  ¿Pueden la inseminación artificial cambiar nuestro entendimiento de la procreación como unión física entre un hombre y una mujer con la ayuda de Dios?  ¿Pueden la inteligencia artificial cambiar nuestra vista del ser humano como la imagen de Dios?  No son inevitables estos desarrollos siempre que mantengamos nuestros ojos fijos en Jesús.

PARA LA REFLEXIÓN: ¿Qué retos ves para la Iglesia en la actualidad?  ¿Exactamente cómo puede ella superarlos?

El domingo, 12 de agosto de 2017

EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

La arquidiócesis de Chicago era la más grande en los Estados Unidos.  Hace cincuenta años había iglesias en casi todos los barrios, y los fieles las llenaban en los domingos.  Es una historia diferente hoy día.  Muchas parroquias no tienen párroco propio, y bancas enteras quedan vacías durante la misa dominical.  La iglesia allá, como en muchas partes de Norteamérica y Europa, está en crisis.  Esta situación es anticipada en el evangelio hoy.

La barca de los discípulos sacudida por las olas representa la Iglesia después de la resurrección de Jesús.  Está sufriendo el rechazo y la persecución de parte de los judíos en Israel.  Sí, las misiones han encontrado éxito. Pero también han enfrentado la persecución y el martirio.  La lectura muestra a Jesús viniendo para rescatar su pueblo.  Misteriosamente llega para calmar los elementos contrarios y asegurar a sus seguidores de su acompañamiento.

No nos falta la compañía de Jesús ahora.  Jamás abandonará a sus fieles en su apuro.  Aunque las parroquias latinas no experimentan la caída de la asistencia en la misa, sí tienen sus propios retos.  Sus jóvenes no quieren asistir en la misa dominical.  Dicen que no creen, pero la verdad es que no quieren que nadie les obligue a hacer nada.   Jesús está allí con la pastoral juvenil que casi todas las parroquias tienen.  Les cuenta tanto a los adolescentes como a los jóvenes que sólo con él tendrán la verdadera libertad para ser todo lo que puedan.

Hay muchos adultos en nuestras parroquias atraídos a las iglesias cristianas por los predicadores con gran convicción si no mucha educación.  Algunos sienten acogidos en sus congregaciones porque no hay preceptos contra el divorcio y casamiento de nuevo. Sin embargo, Jesús queda en la Iglesia Católica instruyendo a los fieles que el matrimonio es una alianza con Dios para fortalecer el amor entre los novios.  Como el papa Francisco enseña es para toda la vida; y cuando emerjan problemas, la gente debería buscar la ayuda de los párrocos.

Deberíamos pensar en la estampa de Pedro caminando sobre el agua como una imagen de la iglesia siguiendo a Jesús por la fe.  Está bien en cuanto mantenga sus ilusiones en sus promesas y su confianza en su apoyo.  Puede transitar los problemas más grandes – el acosamiento por los gobiernos, el rechazo de los diferentes sectores de la sociedad, aun las traiciones de parte de sus propios ministros como los abusos sexuales reportados hace quince años.  Pero una vez que ella quite los ojos de Jesús como su ayuda y su meta, se encuentra hundiendo en el agua caudalosa.


Entonces ¿podemos nosotros individuos caminar sobre el agua?  La respuesta es sí, al menos figurativamente, si mantenemos nuestros ojos fijados en el Señor.  Está en medio de nosotros en diferentes modos – en los ministros de la Iglesia, en los pobres de espíritu, y particularmente aquí en la Eucaristía donde escuchamos su voz y consumimos su cuerpo y sangre.  Jesús está en medio de nosotros para guiar nuestros pasos sobre el agua.  

El domingo, 7 de agosto de 2011

XIX DOMINGO ORDINARIO

(I Reyes 19:9.11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

Hace siete años un crucero turístico estaba flotando en el medio del Mediterráneo. De repente una tormenta dejó el barco sin poder. Todos quedaban a la merced del mar que no conoce la misericordia. Los pasajeros literalmente rebotaron de pared a pared. Tenían el mismo horror de los discípulos en el evangelio de hoy.

La barca sin Jesús siendo sacudida por las olas es el modo evangélico de expresar la Iglesia en crisis. En el primer siglo la Iglesia primitiva sufrió la persecución religiosa. En el tiempo de Santo Domingo la herejía albigense amenazó al catolicismo en el sur de Francia. Los albigenses creían que hay dos dioses en guerra uno contra el otro -- el dios bueno que creó todas cosas espirituales y el dios malo que hizo el mundo material. Según sus líderes, los albigenses tenían que rechazar al dios de la creación material por abstenerse de todo lo que tiene que ver con la carne, incluyendo las relaciones matrimoniales. Por supuesto, era un reto grande de modo que sólo los llamados “perfectos” pudieran practicar toda la disciplina. Los demás esperaban hasta que estuvieran para morir antes de entrar a la orden de los perfectos.

Ahora la Iglesia sigue luchando. El papa Benedicto ha señalado el relativismo como la amenaza principal en el mundo actual. El relativismo reconoce que tú tienes verdades para ti como yo tengo verdades para mí. Pero rechaza que existan verdades universales para todos. El relativismo permitirá leyes hechas por la mayoría, pero niega que haya una ley universal que gobierna a todos. Según el relativismo, si la mayoría dice que dos hombres pueden casarse, está bien; no importa la estructura del matrimonio como una unión para la prolongación de la sociedad. El relativismo se cuela dentro de la Iglesia cuando los católicos piensan que sean libres para aceptar o rechazar la doctrina de la Iglesia como les dé la gana. Bajo la sombra del relativismo el católico dice que si yo no pienso que sea pecado faltar la misa dominical, está bien, o si una pareja quiere usar los anticonceptivos, es asunto de ellos y la Iglesia no debería condenarlo.

En el evangelio Jesús viene caminando sobre el mar para rescatar a sus discípulos. Nunca está lejos de la Iglesia que siempre va a ayudar. Similarmente Jesús fue la fuente de los esfuerzos de Santo Domingo a resolver el desafío albigense en el siglo trece. Domingo reconoció que no podían existir dioses separados del espíritu y de la materia si el Hijo de Dios llegó al mundo en la carne. No, Domingo dio cuenta de que todo es creado como bueno por un solo Dios aunque a veces los humanos corrompen el valor de los bienes creados.

Asimismo, Jesús salva la Iglesia contemporánea del relativismo. En primer lugar, él cumple la ley universal encontrada en la naturaleza y refinada en los Diez Mandamientos. Entonces él nos suple la gracia para llevar a cabo esa ley. Finalmente, Cristo ha designado a sus apóstoles y sus sucesores (los obispos) como sus vicarios cuyo papel es juzgar las novedades de cada época. Por la enseñanza firme de los obispos nosotros católicos sabemos que no hay “matrimonio gay”. Sin embargo, los mismos obispos aseveran que los homosexuales merecen el respeto de todos.

Como Jesús pide a Pedro que camine sobre el agua, quiere que todos nosotros salgamos de nuestras zonas de comodidad. “No teman”, nos dice a nosotros tanto como a sus discípulos. El papa Juan Pablo II siempre repetía estas palabras añadiendo que no estaremos desanimados cuando hacemos sacrificios por Cristo. En su tiempo Santo Domingo no instruyó a sus frailes que caminaran sobre el agua sino que anduvieran descalzados. Quería que mostraran a los albigenses que los humanos a veces sacrifiquen los bienes materiales no porque son malos sino para obtener un mayor bien. Por eso, un padre sacrificará el sueño para llevar a su hija al entrenamiento de natación a las cinco de la mañana. Asimismo, los miembros de la Sociedad de san Vicente de Paulo dejan su tiempo para servir a los pobres.

La próxima vez que tiene la oportunidad, vea una imagen de santo Domingo. A lo mejor notará una estrella sobre su cabeza. La estrella significa la luz de la verdad. Esta luz asegura a Domingo y a nosotros sacudidos por el relativismo que existen verdades universales. También la estrella representa a Cristo, la luz del mundo. Cristo mueve a Domingo y a nosotros a hacer sacrificios por el bien de Dios y el prójimo. Sí, Jesús nos mueve a sacrificarnos por Dios y por el prójimo.