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El domingo, 11 de octubre de 2026

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

Vemos una otra parábola en el evangelio de hoy. Quizás sea mejor que digamos que hay dos parábolas.  La primera es la historia del banquete hecho por un rey para las bodas de su hijo.  La segunda tiene lugar durante el banquete cuando un hombre llega sin traje de fiesta.  Parece separada de la historia principal porque tiene un propósito diferente.  Antes de que miremos de cerca estas historias, que revisemos nuestro conocimiento de parábolas.

La palabra parábola significa comparación. Para entender una cosa no conocida, el contador de parábolas la compara con una cosa bien conocida.  Por ejemplo, para descubrir la grandeza del Reino de Dios, Jesús dice que es como una perla de gran precio.  Las parábolas pueden ser tan cortes como una frase o tan largas como la historia del hijo pródigo. 

Jesús era un genio en contar parábolas, sean cortes o largas.  Sus parábolas llamaron la atención.  Pero más importante, a menudo le conmovieron a la gente a reconsiderar sus planteamientos en la vida.  Se puede tomar la parábola del Buen Samaritano como ejemplo.  Un maestro de la Ley pregunta a Jesús, “’¿Quién es mi prójimo?’”  Entonces Jesús relata la parábola del samaritano que salvó la vida del hombre asaltado por ladrones.  Jesús le pregunta al maestro quién era el prójimo al asaltado.  El maestro, que sin duda odiaba a los samaritanos, tuvo que admitir que el prójimo era miembre del pueblo odiado.  Al escuchar esta parábola, nosotros tenemos que recapacitar nuestro planteamiento acerca de los pueblos que resentimos.

En el evangelio de hoy la parábola del banquete del rey es una alegoría muy semejante a la parábola del domingo pasado.  El rey es Dios. El banquete de bodas es la fiesta en el Reino al cielo donde Jesús acepta a la Iglesia como su novia.  Los primeros criados son los profetas, y los segundos son los apóstoles.  Los invitados son los judíos que rechazan a Jesús como el mesías de Dios.  Finalmente, la gente de los caminos son los no judíos, los gentiles, que aceptan a Jesús y son bautizados.  El propósito de la parábola es decir que por la mayor parte serán solo los gentiles bautizados, y no los judíos, que desfrutarán del banquete del Reino.

La segunda parábola cuenta de lo que pasa durante el banquete.  Se le echa afuera el hombre que entra el banquete sin traje de fiesta.  “No es justo” pensemos. “Probablemente era tan pobre que no tenía un traje de boda”.  Sin embargo, la excusa no vale porque los trajes fueron fácilmente alcanzables. El traje de fiesta representa las buenas obras que son requisitas para mantener un lugar en el banquete del cielo. Aunque la persona es bautizada, no es garantizada un lugar en el banquete celestial. Tiene que alimentar a los hambrientos y visitar a los enfermos etcétera para desfrutar la vida eterna.

Aquellos que quieren mirar el fútbol o las telenovelas siete noches de la semana, deben poner atención a esta parábola.  Sí es necesario descansar y recrear para nuestra vida natural.  Sin embargo, también es necesario ayudar a los necesitados para tener la vida eterna.  Sí el matrimonio es necesario para satisfacer nuestros deseos de la carne.  Sin embargo, también es necesario que los matrimonios apoyen a uno al otro emocional y espiritualmente.  Asimismo, los dos tienen que cooperar en la crianza de sus hijos.

La vida es compleja.  A menudo queremos navegarla haciendo lo que hace la mayoría de gente.  Por lástima la mayoría de gente busca lo que es cómodo y conveniente, no lo que tiene valor eterno.  Jesús dijo parábolas para sacudirnos de esta complacencia.  Nos indican los modos de Dios que nos llevan al banquete celestial.  No son tan difíciles para vivir como pensamos.  Pues tenemos a Jesús como nuestro compañero.

El domingo, 15 de octubre de 2017

EL VIGÉSIMA OCTAVO DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

¿A dónde va el tiempo?  Acabamos de tener un cambio de estaciones.  ¿A dónde fue el verano?  Anticipamos un nuevo ciclo de fiestas: el Día de los Muertos, el Día de Acción de Gracias, el Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo, el Miércoles de Ceniza y la Pascua.  ¿A dónde han ido estas fiestas del pasado?  Las lecturas de la misa hoy nos provee una respuesta a nuestros interrogantes.

El gran pensador san Agustín escribió: “Si no me preguntan, sé lo que es el tiempo.  Pero si me preguntan, no lo sé.”  Como la realidad, el concepto del tiempo es ilusivo.  Parece como una dimensión de la existencia material como lo largo, lo ancho, y lo alto.  Sin embargo, distinto de las extensiones del espacio parece que el tiempo no permite que se retroceda.  No obstante, en algunos sentidos el tiempo deja sus huellas.  Los geólogos ven lo que ha pasado por las etapas de materias en las formaciones de roca.  Asimismo, un abogado asegura que las experiencias del pasado marcan la cara de modo que se pueda conocer la persona por estudiar su faz.  Según él, rayas en la mandíbula significan que la persona ha sufrido y una frente alta indica la inteligencia. 

Por supuesto cada humano tiene la memoria para recuperar el pasado.  Aunque no permite que cambiemos los sucesos, al menos nos facilita un mejor entendimiento de lo que ha tenido lugar.  Más al caso, el alma nos lleva tanto al pasado como al futuro.  Pues, es el alma que escoge hacer lo bueno o lo malo.  Por eso, algunos parecen acongojados porque soportan el peso de pecados pasados.  Entretanto otros esperan el futuro con calma porque siempre han tratado de complacer al Señor. 

La primera lectura y también el evangelio manifiestan los resultados de la elección del alma.  Describen el banquete de Dios al final de los tiempos.  En la mesa se sientan todos los que han optado por Dios.   Se ve la confluencia de los tiempos por los antiguos presentes dialogando con los modernos.  Podemos imaginar conversaciones entre tales personajes como Alberto Einstein y Tomás de Aquino.  No son espíritus porque la resurrección de los muertos habrá tenido lugar.  Además, necesitarán sus cuerpos para disfrutarse de los “vinos exquisitos y manjares sustanciosos” de que escribe Isaías.   

El banquete no es exactamente un premio de ser bueno; más bien refleja la bondad de Dios hacia Su familia.  Por esta razón, nos sorprendemos cuando se echa afuera un convidado por no llevar traje de fiesta.  Pero el vestido no es de lujo de modo que los pobres no puedan comprarlo.  Realmente es algo que se pueda proveer en la puerta como en las iglesias de Roma se dan a las turistas rebozos para cubrir sus hombros.  El traje de fiesta representa una vida de obras buenas que se esperan de los hijos de Dios.  No llevarlo es como haber desgastado la vida.  Es decir – como Jesús advierte que no se haga – “Señor, Señor” sin poner en práctica sus palabras. 


Al final de una película  todos los personajes se encuentran en iglesia recibiendo la Santa Comunión.  Están allí tanto los que murieron en el drama como los vivos, tanto los que estaban en la pantalla sólo un minuto como los principales. “¿A dónde va el tiempo?”  Según esta película se va llevando a todos a alabar al Señor.  El tiempo lleva a todos a la alabanza al Señor. 

El domingo, 9 de octubre de 2011

EL XXVIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

¿A dónde va el tiempo? Acabamos de tener un cambio de estaciones. ¿A dónde fue el verano? Anticipamos un nuevo ciclo de fiestas: el Día de los Muertos, el Día de Acción de Gracias, el Día de la Virgen, la Navidad y el Año Nuevo, el Miércoles de Ceniza y la Pascua. ¿A dónde han ido estas fiestas del pasado? Las lecturas de la misa hoy nos provee una respuesta a nuestros interrogantes.

El gran pensador san Agustín escribió: “Si no me preguntan, sé lo que es el tiempo. Pero si me preguntan, no lo sé.” Como la realidad, el concepto del tiempo es ilusivo. Parece como una dimensión de la existencia material como lo largo, lo ancho, y lo alto. Sin embargo, distinto de las extensiones del espacio parece que el tiempo no permite que se adelante y se retroceda. No obstante, en algunos sentidos el tiempo deja sus huellas. Los geólogos ven lo que ha pasado por las etapas de materias en las formaciones de roca. Asimismo, un abogado asegura que las experiencias del pasado marcan la cara de modo que se pueda conocer la persona por estudiar su faz. Según él, rayas en la mandíbula significan que la persona ha sufrido y una frente alta indica la inteligencia.

Por supuesto cada humano tiene la memoria para recuperar el pasado. Aunque no permite que cambiemos los sucesos, al menos nos facilita un mejor entendimiento de lo que ha tenido lugar. Más al caso, el alma nos lleva tanto al pasado como el futuro. Pues, es el alma que escoge hacer lo bueno o lo malo. Por eso, algunos parecen acongojados porque soportan el peso de pecados pasados. Entretanto otros esperan el futuro con calma porque siempre han tratado de complacer al Señor.

La primera lectura y también el evangelio manifiestan los resultados de la elección del alma. Describen el banquete de Dios al final de los tiempos. En la mesa se sientan todos los que han optado por Dios. Se ve la confluencia de los tiempos con los antiguos conversando con los modernos. Podemos imaginar conversaciones entre tales personajes como Einstein y Aristóteles o Mahatma Gandhi y San Pablo. No son espíritus porque la resurrección de los muertos habrá tenido lugar. Además, necesitarán sus cuerpos para disfrutarse de los “vinos exquisitos y manjares sustanciosos” de que escribe Isaías.

El banquete no es exactamente un premio de ser bueno; más bien refleja la bondad de Dios hacia Su familia. Por esta razón, nos sorprendemos cuando se echa afuera un convidado por no llevar traje de fiesta. Pero el vestido no es de lujo de modo que los pobres no puedan comprarlo. Realmente es algo que se pueda proveer en la puerta como en las iglesias de Roma se da a las turistas un rebozo para cubrir sus brazos. El traje de fiesta representa una vida de obras buenas que se esperan de los hijos de Dios. No llevarlo es como haber desgastado la vida. Es decir – como Jesús advierte que no se haga – “Señor, Señor” sin poner en práctica sus palabras.

Al final de un cine todos los personajes se encuentran en iglesia recibiendo la Santa Comunión. Están allí tanto los que murieron en el drama como los vivos, tanto los que estaban en la pantalla sólo dos minutos como los principales, tanto los que tienen frentes altas como Einstein como los que lleva la calma. “¿A dónde va el tiempo?” Según este cine se va llevando a todos para dar culto al Señor. El tiempo lleva a todos al culto al Señor.

Homilía para el Domingo, 12 de octubre de 2008

El XXVIII Domingo Ordinario

(Mateo 22:1-14)

Al medio del mercado en Nairobi, Kenia, se vende ropa. Aunque los vestidos, camisas, y pantalones son de calidad, se dan por precios rebajados. De hecho, los precios son tan baratos que están llevando a la bancarrota la industria de prendas de vestir en el país. La ropa que se vende en el mercado es usada, eso es, de segunda mano, pero lleva marcas como Nike y Levis. Este fenómeno de vender ropa usada por precios cómodos se duplica en todas partes.

Cuando escuchamos la historia del convidado sin traje de fiesta, no debemos preocuparnos que él no tiene nada buena de ponerse. Tanto como hay buena ropa disponible a todos en el mundo actual, también el convidado de la parábola puede conseguirla. Pero no quiere hacerlo. Prefiere entrar la fiesta como le dé la gana aunque le muestra la falta de respeto al anfitrión. Jesús condena esta actitud desafiante.

Sin embargo, el propósito de Jesús no es criticar la mala etiqueta de algunos tunantes. No, hay una cuestión más al fondo aquí. Por hablar del traje de fiesta en el banquete de boda Jesús significa que los convidados al banquete celestial tienen que llevar consigo obras buenas. Como en el mundo a menudo se reconoce la persona por la ropa que lleva, en el cielo se reconocerá por sus obras buenas. La mujer que lleva comida a la viuda discapacitada estará tan admirada en el cielo como está ella que lleva vestidos de Calvin Klein en el mundo. El hombre que visita a los prisioneros estará tan respetado en el cielo como está él que lleva zapatos de Gucci en el mundo.

Una obra buena disponible para todos los ciudadanos de los Estados Unidos ahora es votar con la conciencia. Tenemos que elegir a gobernadores y legisladores con el bien común en cuenta, no nuestro propio bien. Queremos líderes con carácter sólido, con la capacidad de efectuar la justicia, y con posturas morales en las cuestiones políticas. Jamás deberíamos seleccionar a candidatos por sólo una cuestión, sea algo tan importante como el cuidado médico o algo tan superficial como un nuevo estadio de fútbol. Sin embargo, tenemos que hacer prioridades entre las cuestiones dando más atención a aquellas que lleva mayor peso.

No existe cuestión política más significativa en nuestro tiempo que el aborto. La política permitiendo el aborto ha causado decenios de millones de muertes en este país. Los victimas son seres humanos completamente inocentes. También, porque se usa el aborto como un tipo de control de natalidad, en muchos casos la tolerancia del aborto fomenta la promiscuidad. Si votamos en las elecciones ahora próximas, tenemos que sopesar mucho la postura de los candidatos en el aborto. Sí, es una consideración aleccionadora. Pero es cierto. Tenemos que sopesar mucho la postura de los candidatos en el aborto.