El domingo, 22 de septiembre de 2024

El vigésimo quinto “durante el año”, 22 de septiembre de 2024

(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)

Estamos acostumbrados a pensar en los discípulos de Jesús como héroes.  Es verdad que la historia enseña cómo se probaron como valerosos en sus trayectorias misioneras después de la resurrección.  Pero en los cuatro evangelios se aparecen a menudo más como los tres chiflados que los tres magos.  En ninguno de los evangelios actúan con tanta ineptitud como en lo de Marcos. 

Particularmente en Marcos los discípulos continuamente fallan a entender a Jesús cuando enseña en público.  Jesús, el gran maestro, tiene que explicar sus enseñanzas a ellos después en privado.  Mucho peor, los discípulos muestran la cobardía durante la Pasión de Jesús.  Uno traiciona a Jesús; otro lo niega; y todos huyen de él cuando lo arrestan como adolescentes jugando beisbol cuando uno pega la peloto a través de la ventana de un vecino. El evangelio hoy es no excepción a este perfil de los discípulos.

Por la segunda vez Jesús les ha contado cómo va a ser entregado, ejecutado, y resucitado de la muerte.  Excepto la última parte, será una experiencia horrífica.  No obstante, parecen los discípulos poco interesados mientras andan discutiendo quién entre ellos sea el más importante.  Se puede imaginar que sean jóvenes mal criados actuando con la insensibilidad típica.

Pero de toda probabilidad no son peores que la mayoría de nosotros que se olvidan de su compromiso bautismal cuando no les conviene.  Muchos se mienten para evitar una situación embarazosa.  Muchos también preferían quedarse mirando una película que se prueba media pornográfica que salir del cine.  Gracias a Dios, Jesús siempre nos muestra la paciencia en el Sacramento de Penitencia.

No les falta a los discípulos la misma paciencia en el evangelio.  Jesús no los regaña por el deseo de ser importantes.  Más bien, les enseña cómo ser importantes ante Dios.  Cuando toma al niño en sus brazos, tiene bajo su control el ejemplo de los que cuentan lo menos en la sociedad.  Dice que para ser importante hay que servir a un tal persona.  En otras palabras, para ganar la aprobación de Dios, el supremo juez, tenemos que servir a todos, particularmente los más débiles entre nosotros.

Apareció en el periódico el otra día la historia de una persona que ha estado sirviendo a todos por mucho tiempo.  El escritor estaba aborde un enlace yendo del lote de alquilar carros al término del aeropuerto.  Notó una bandera en el enlace felicitando al chofer por cuarenta y cinco años del buen servicio.  Cuando el chofer, nombrado David, anunció que ha sido haciendo el trabajo por todo este tiempo, los pasajeros mostraron su aprecio.  El escritor vio el cuidado con que David movió el equipaje de los pasajeros y el gozo con que comentaba sobre sus experiencias.  Concluyó que cualquiera sea la vocación de una persona, lo que hace apenas es más importante que cómo lo hace.  Como la Madre Teresa solía decir: “Puede ser que no podamos hacer grandes cosas, pero sí siempre podemos hacer cosas pequeñas con gran amor”.

Jesús quiere enseñar a sus discípulos que no importa tanto lo que los otros piensan de nosotros.  Lo que siempre importa es cómo Dios ve nuestras acciones.  Si Dios ve a nosotros tratando aun lo más insignificante de personas con respeto y amor, eso le agrada.  Entonces nos hemos hecho realmente importantes. 

el domingo, 15 de septiembre de 2024

 VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ”DURANTE EL AÑO”

(Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)

Se encuentra la negación de Simón Pedro en cado una de las cuatro narrativas de la Pasión de Cristo.  Casi todos cristianos saben cómo Pedro negó a conocer a Jesús tres veces.  Pero si contamos la negación en el evangelio hoy, hubo al menos cuatro negaciones.  No obstante, a pesar de tener una historia tan manchada, Jesús escogió a Pedro como el director de su Iglesia.

Una razón para el escogimiento de Pedro es su intuyo.  Pedro reconoce a Jesús como el Cristo o Mesías, el Ungido de Dios para traer al mundo la justicia.  Sin embargo, su concepto del Mesías es equivocado.  Cree que Jesús sea guerrero como el rey David, también ungido de Dios.  En su manera de ver Jesús levantará un ejército para echar a los romanos de Israel.  No puede imaginar que el propósito de Jesús fuera más universal y profundo que un logro militar.

Jesús va a redimir al mundo de pecado por su entrega completa a la voluntad del Padre.  Obedecerá a Dios hasta la muerte en la cruz.  Como Dios-hombre este sacrificio vale para liberar a todos seres humanos de las garras del diablo.  Desgraciadamente Simón Pedro ve la crucifixión, al menos en este momento, como una vergüenza, no un triunfo.  Como si supiera mejor, trata de corregir el pensar de Jesús.   

Jesús rechaza la idea errónea de Pedro fuertemente.  Lo llama “Satanás“ porque ha tentado a Jesús como el diablo después de su bautismo.  Entonces explica que no solo él tiene que sufrir sino también sufrirán aquellos que lo sigan.  Todos sus discípulos deben renunciar a sí mismo, cargar su cruz, y seguir a Jesús en el camino del amor abnegado.

Al principio de este evangelio Jesús pregunta: ¨¿Quién … soy yo?” tal vez queríamos responder: “Él que nos salva por creer en él”.  Aunque nuestra respuesta no sería incorrecta como la de Pedro, puede desviarnos de nuestra meta.  Como enfatiza Santiago en la segunda lectura: la fe sin obras “está completamente muerta”.  Si no ayudamos a los demás regularmente, no vale nuestra presencia en la misa.  Tenemos que prestar la mano al necesitado.  Si por razones de edad o de incapacidad no podemos ayudar al otro físicamente, que apaguemos el televisor y dejemos el teléfono para rezar el rosario por él o ella.

No faltan necesidades con que podemos asistir.  Alumnos de escuela necesitan a ayos.  Los internados necesitan a ministros de la Santa Comunión.  Los ancianos necesitan a visitantes. Un maestro jubilado responde a la llamada del Programa de Asistencia Nutricional (PAN o, como se conoce en el inglés “Meals on Wheels”) por donar un par de horas semanalmente para entregar el almuerzo a los mayores.  Una mujer mayor dona parte de su tiempo ayudando a los visitantes en un hospital llegar a sus queridos enfermos.

Cuando identificamos quién es Jesús, identificamos quien somos nosotros también.  Jesús es el Dios-hombre.  Como Dios nos ha salvado de nuestros pecados por su muerte.  Como hombre, ayudó a un sinnúmero de enfermos y perturbados.  Siendo sus discípulos, compartimos su divinidad.  Por eso, nuestros sacrificios y oraciones contribuyen a la salvación del mundo.  Es una verdad difícil de entender pero testificada por San Pablo en la Carta a los Colosenses.  La segunda identidad es más comprensible. Como discípulos de Jesús, debemos andar como él siempre haciendo lo bueno.

El domingo, 8 de septiembre de 2024

Vigésimo tercer domingo “durante el año”

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

Un conocimiento de la geografía de Israel nos ayudará capturar el significado del evangelio hoy. Dice la lectura que Jesús encuentra al sordo y tartamudo en la región de Decápolis.  Es lugar de la cultura griego-romana.  Por eso, se puede decir que el hombre es pagano.  Así, no puede dar gracias y alabanzas a Dios.

Sin embargo, las acciones de Jesús lo libran de las trabas.  Por meter sus dedos en los oídos del hombre, Jesús los abre de modo que escuche la palabra de Dios.  Por tocar su lengua con saliva Jesús se la endereza de modo que añada su testimonio acerca de Jesús.  Las dos acciones sirven como signo del bautismo que nos hace seguidores de Jesús listos para proclamarlo como el bien esperado mesías. De hecho, hasta el día hoy se incluyen el toque de los oído y la boca en el rito del bautismo.

Nosotros bautizados hemos de hablar de Jesús en un mundo que quiere abolir su nombre.  El modo de que los franceses se burlaron de Jesús en las Olimpiadas indicó este desarrollo desafortunado.  Aunque existen muchos musulmanes justos, en los países con una mayoría de musulmanes casi siempre se trata de forzar la conversión de cristianos o mantenerlos sujetos a ellos.  También se puede ver la despreocupación para el cristianismo en los gobiernos autoritarios como aquellos de China y Rusia que quieren controlar la Iglesia. 

Sin embargo, hay mujeres y hombres que defienden nuestra fe.  El año pasado una mujer que era musulmana en la infancia y atea en la juventud se convirtió al cristianismo.  Ahora ella proclama el cristianismo como el mejor modo de hacer frente a las fuerzas que buscan estrangular el cristianismo y dominar la persona humana.  Bien inteligente y articulada, la Señora Ayaan Hirsi Ali ve en Jesús y la Iglesia los modos con la mayor posibilidad de contener las amenazas no solo al cristianismo sino también a la libertad humana. 

La Señora Hirsi Ali nació en Somalia.  Su familia era musulmana, pero no practicaba esa fe.  En 2002 Hirsi Ali condenó los ataques contra las Torres Gemelas del año anterior y criticó el Islam por la doctrina de yihad contra los “infieles”.  Entonces abrazó el ateísmo por su modo de levantar la razón sobre la locura humana sin tener ilusiones de la vida después de la muerte.  Le pareció el ateísmo más realístico y beneficioso para el mundo que las alternativas.  Pero en tiempo se recapacitar su planteamiento.  Vio que el racionalismo tiene faltas.  Se dio cuenta de que el cristianismo ha vencido amenazas tan grandes como las fuerzas prepotentes que quieren dominar el mundo hoy: el autoritarismo y expansionismo de Rusia y China, el fanatismo de Islam, y la ideología de la cultura “woke”.  Concluyó que solo la tradición judío-cristiana tiene la capacidad de defender el bien común ahora.

Tal vez estamos pensando: ¿Qué tiene que ver la lucha contra las fuerzas dominadoras con nosotros?  Creo mucho.  Menos que escuchamos la palabra de Dios y hablar de ella con nuestros niños y nietos, sobrinos y amistades, ellos se caerán como víctimas de las fuerzas malas.  Para defenderse, queremos que ellos conozcan a Jesús que nos dio el patrono para una sociedad justa y fuerte.  Aún más necesario, nos envió el Espíritu Santo para reconocer el mal y luchar contra ello.

No queremos ser alarmistas.  Al contrario, que calma y deliberadamente expliquemos a cualquiera que oiga que Jesús es el salvador como indica la primera lectura.  Él ha venido como justiciero a los fieles.

El domingo, 1 de septiembre de 2024

Vigésimo segundo domingo ordinario

(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21b-22.27; Marcos 7:1-8.14-15)

Hoy regresamos al Evangelio según San Marcos después de reflexionar por cinco semanas sobre el Discurso del Pan de la Vida en el Evangelio de San Juan.  Todavía el tema es comer, pero en este pasaje tratamos cómo comemos más que qué comemos.  Por decir “cómo” queremos decir que Jesús va a relatar algunos principios de la moral cristiana.

Tenemos que tomar al pecho que la moral cristiana no es simplemente una lista de obligaciones y prohibiciones.  Más bien es el seguimiento a Jesús en la vida diaria hacia la vida eterna.  Jesús va a mostrarnos cómo cumplir la voluntad de Dios para que Él se nos acoja en su Reino.  Como dice el libro de Deuteronomio en la primera lectura: "Ahora, Israel, escucha los mandatos y preceptos que te enseño, para que los pongas en práctica y puedas así vivir y entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de tus padres, te va a dar…”

En el evangelio Jesús hace hincapié en algunos escollas que pueden tropezarnos en el camino.  Particularmente insiste que se evite la hipocresía.  Critica a los fariseos que pretenden ser santos por seguir varios ritos de purificación que no son prescritos en la Ley.  Entretanto acusan a sus discípulos por no cumplirlos, aunque no es necesario.  Vemos este tipo de la hipocresía cuando algunos vienen para las cenizas al principio de la Cuaresma, pero rehúsa reformar sus vidas. 

Más de la hipocresía tenemos que evitar varios otros tipos de maldades que se llaman “intrínsecamente malas”.  Eso es, no pueden ser justificadas por ninguna razón o en ninguna situación.  La lista es más extensa que Jesús presenta en el evangelio hoy, pero sus ejemplos sirven como una muestra adecuada: “las fornicaciones, los robos, los homicidios…” etcétera.

Si es necesario que evitemos hacer lo malo, es aún más importante que imitemos a Jesús por hacer lo bueno.  La segunda lectura de la Carta de Santiago nos indica el tipo de actividad que Jesús desea cuando dice: “La religión pura e intachable … consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones”.  Consideren esta historia verdadera, aunque parece cómica.  Una vez un obispo sacó a un sacerdote de su parroquia para trabajar junto con él en el obispado.  Cuando el sacerdote contaba las noticias a su madre, se sorprendió porque su mujer pareció preocupada.  El sacerdote le preguntó: “¿Mami, no vas a felicitarme?”  Respondió la madre: “No. ¿Cómo vas a llegar al cielo si no visitas a los enfermos y enterrar a los muertos?”  Todos nosotros debemos preguntar a nosotros mismo algo semejante.  “¿Cómo vamos a agradar al Señor si no ayudamos a los desafortunados y necesitados?”

La vida moral no es fácil, pero es satisfaciente.  Nos permite evitar las vergüenzas y culpas que acarrean los vicios.  Nos libera del egoísmo que parece agradable al principio, pero últimamente llega al aislamiento y la miseria.  Sobre todo, por la vida moral conocemos a Jesucristo, nuestra mayor esperanza y nuestra alegría eterna.

El domingo, 25 de agosto de 2024

VIGÉSIMA PRIMERO DOMINGO ORDINARIO

(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6:55.60-69)

Las olimpiadas dejaron a nosotros miradores con bocas abiertas en asombro.  ¿Cómo puede Simon Byles saltar tan alto?  ¿Cómo pueden los chinos levantar pesas tan enormes?  ¿Cómo puede Noé Lyles correr tan rápidamente?  Todos los atletas mostraron el triunfo del cuerpo sobre la letargia y la mediocridad.

Sin embargo, el cuerpo no puede lograr lo que es el más deseable al fin de cuentas.  Pues sobre todo cuando todo está dicho y hecho, no queremos una medalla o la fama internacional.  No, nosotros seres humanos querremos la felicidad para siempre.  Es algo espiritual que no conoce un fin.  Como Jesús dice en el evangelio hoy: “El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha”.  De algún modo tenemos que conseguir el Espíritu Santo si vamos a realizar la felicidad para siempre. 

Por todo el “Discurso del Pan de la Vida” hemos escuchado lo que tenemos que hacer para obtener la vida eterna.  Desde que Jesús, el verdadero Pan del cielo, conoce al Padre y revela su voluntad, tenemos que creer en él and poner en práctica lo que instruye.  ¿Parece imposible?  Pues, sí es si fuéramos dejados con solo nuestros recursos naturales.  Sin embargo, porque no podemos lograrla solo con el esfuerzo humano, Jesús nos ha dejado su Cuerpo y Sangre.  La Eucaristía nos fortalece para el camino hacia la vida eterna tan cierto como bistec and leche nutrieron los cuerpos de los atletas para los juegos olímpicos. 

Jesús quiere de nosotros una respuesta definitiva a su oferta de la vida eterna.  Como hace Josué en la primera lectura, nada de medias.  Desgraciadamente muchos hoy día quieren acompañar a Jesús hasta que el camino se pone áspero.  Entonces como los discípulos murmurando en el evangelio, le dan sus espaldas.  Son como los niños que rechazan la monedita de diez centavos para coger el centavo de cobre más grande.

Aceptar a Jesús significa seguir sus enseñanzas como las tiene en las lecturas de la Carta a los Efesios los últimos domingos.  Su mandamiento en la lectura hoy es particularmente relevante.  Los esposos tienen que amar a uno a otro con todo el corazón siempre pensando en el bien del otro.  No se puede negar que la carta enseña que el marido haga la última decisión.  Pero esto no quiere decir que el marido siempre tenga razón y nunca deba someterse a la voluntad de la mujer.  No, por mucho.  Los dos, como dice la lectura, son “una sola cosa”.  Siempre el hombre tiene que tomar a pecho lo que dice la mujer.  A veces, simplemente por la variedad, el hombre se someterá al juicio de su esposa.

La cuestión importa mucho en este tiempo que levanta al bien del individuo sobre lo de la familia.  Por ejemplo, en algunos lugares la escuela puede dispensar anticonceptivos sin el permiso de los padres.  Ahora en algunos lugares se puede los llamados “puberty blockers” (hormones que reprimen el desarrollo del sexo natural) sin comunicarse con los padres. La gran mayoría de los padres quieren hacer lo mejor para sus hijos.  Un sabio una vez dijo que la mejor cosa que los padres pueden hacer por sus hijos es amar a uno a otro.  Si queremos niños para sanos y saludables, los padres tienen que amar con aún más entrega a una a otro.

¿Nos cuesta?  Por supuesto, pero la fuerza para hacerlo (vale la pena decirlo de nuevo) viene de Jesús en la Eucaristía.  Es su propio Cuerpo y Sangre que nos lleva más allá de los desafíos del mundo a la vida eterna.

El domingo, 18 de Agosto de 2024

VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58)

Por los últimos cuatro domingo hemos estado atravesando el capítulo seis del Evangelio según San Juan. Esta sección del evangelio nos proporciona el significado de la Eucaristía, “la fuente y cumbre de la vida cristiana”. Los primeros tres domingo destacaron a Jesús como el Pan de la Vida. Como dijo, él es el pan que bajó del cielo para que aquellos que crean en él tengan la vida eterna. Hoy la lectura evangélica enfoque en cómo Jesús transmite su vida en la Eucaristía.

Dice Jesús: “…el pan que yo les doy es mi carne, para que el mundo tenga vida”. Si fuéramos muy atentos, nos habríamos dado cuenta de que esta frase parece las palabras de Jesús en la Última Cena según San Lucas: “Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes…” Vimos antes cómo el Evangelio de Juan usa “carne” en lugar de “cuerpo” para evitar la ambigüedad. Jesús realmente nos ofrece a sí mismo en la Eucaristía para ser consumido.

Hace falta apuntar cómo la vida de Jesús está transmitida al consumidor cada vez que come su Cuerpo y bebe su Sangre. A los nutricionistas les gusta decir que somos lo que comemos. Hasta un punto tienen razón. Si comemos frutas y verduras, nos haremos más sanos. Pero no nos convertimos en lechuga y tomates. Sin embargo, por tomar la Eucaristía, sí nos convertimos cada vez más en su imagen.

Parece importante recordar lo que Jesús dijo a la samaritana en su diálogo al pozo de agua. Dijo que el agua que le diera brotará para vida eterna. Eso es, el agua del bautismo nos da la apertura de la vida para siempre. Sin embargo, esta vida rápidamente sería aplastada si no fuera fortalecida con el Cuerpo de Cristo. Como el comején pudre la madera, el pecado deteriora el alma rindiéndola incapacitada para algo bueno. Necesita el Cuerpo y Sangre de Cristo para resistir su efecto destructivo.

Durante la Última Cena en Juan Jesús usa un metáfora que ayudará a sus discípulos entender la necesidad de la Eucaristía. Dice que él es la vid y ellos son los sarmientos. Si los sarmientos no permanecen en él no pueden dar fruto. De veras, si no quedan conectados con él, se secan y mueren, buenos para nada excepto leña para el fuego. Podemos añadir que mantenemos en Cristo por comer el pan que es su carne.

La Última Cena en el Evangelio de Juan no menciona a Jesús bendiciendo el pan con las palabras: “Esto es mi Cuerpo”. En lugar de repetir esas palabras que escuchamos hoy en capítulo seis, Jesús muestra el propósito de la Eucaristía cuando lava los pies de sus discípulos. La Eucaristía no solo nos fortalece para resistir el pecado, sino aún más nos mueve para hacer obras de amor. Las dos acciones son sintonizadas. Si no amamos a los demás al menos por desear su bien, vamos a despreciarlos de una manera u otra. En la carretera si no mostramos la paciencia con un chofer lento, probablemente lo maldeciremos. ¿No es que vimos algo semejante en la inauguración de las Olimpiadas? Haber perdido su amor para Jesús, los directores del programa trataron de burlarse de él.

Ahora tenemos mejor idea de lo que es la vida eterna. Es amar como Jesús amó. Iniciamos este amor aquí ahora por el servicio que rendimos a los demás. No es siempre fácil ni agradable amar como amó Jesús, pero sí vale el esfuerzo porque nos hemos juntado con Jesús.  Este género de amor no termina con la muerte. Será la palanca que nos levantará de entre los muertos. Entonces tendremos la plenitud del amor sin dolores y lágrimas en la presencia física del Señor.

El domingo, 11 de agosto de 2024

Queridos hermanas y hermanos, hoy seguimos leyendo el “Discurso de la Vida Eterna” del Evangelio según San Juan.  El domingo pasado oímos que la gente resistía creer en Jesús.  Ahora leemos que murmuran contra Jesús.  Se han ido de una incredulidad a un rechazo.  Por esta razón el evangelista los describe no como “la gente” o “la muchedumbre” sino como los “judíos”.  Los judíos echarán a los cristianos de sus sinagogas cincuenta años en el futuro cuando escribía el evangelista.

Desde el principio de la lectura los judíos muestran un entendimiento equivocado de Jesús.  En el evangelio hoy dicen que conocen su familia.  Eso es, conocen a María, José, y los otros parientes de Jesús que viven en Nazaret.  Esta aclamación también es equivocada.  En los cuatro evangelios no es la familia de sangre que cuenta con Jesús sino su familia espiritual.  Sus discípulos que creen en él constituyen su familia verdadera.

Pero cuesta mantener la fe en Jesús.  En la lectura ahora la gente tiene que superar sus dudas sobre su familia y su declaración que ha bajado del cielo.  Hoy en día muchos no creen en Jesús porque sus enseñanzas morales les parecen extremas.  Dicen: ¨¿Cómo puede atreverse a decir que el sexo fuera del matrimonio siempre es malo?” o “¿Cómo él puede esperar que perdonemos a aquel que nos insultó en público?” Otros no creen en Jesús por las aclamaciones que la Iglesia acerca de él: que resucitó de entre los muertos y que es el Señor Dios.

Para nutrir la fe de los creyentes Jesús les da comida espiritual.  La vez final en que compartiré comida con sus discípulos, Jesús partiendo el pan, se lo dará a comer diciendo: “Esto es mi cuerpo”.  Es pan divino que les hace a sus discípulos hombres y mujeres divinos como Jesús.  Ya pueden confiar en sus palabras a pesar de lo que digan los no creyentes.  Ya pueden explicar cómo su resurrección es evento transhistórico que no va a ser replicado hasta el fin del tiempo.  Entonces los cuerpos de todos los creyentes pasarán de la muerte a la vida eterna. 

Por supuesto los no creyentes van a poner peros a la aseveración de que el pan del altar es el Cuerpo de Cristo.  Desgraciadamente aún muchos católicos piensan que solo es símbolo que nos recuerda de Jesús.  Sin embargo, Jesús en este Evangelio según San Juan hace hincapié que él realmente es presente en la Eucaristía: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.  No dice que da su “cuerpo” sino es su “carne”.  Como un león devora la carne de su predo, los cristianos devoran la carne de Jesús.  Esta comida nos da la fuerza para avanzar en el largo camino a la vida eterna.  Por esta razón, tenemos la historia de Elías como la primera lectura hoy. Cómo Elías tiene fuerza para completar el camino largo después de tomar el pan cocido y el jarro de agua, nosotros podemos superar el pecado por tomar el cuerpo y sangre de Cristo.

Dos pensamientos más.  Primero, aunque los “judíos” aparecen como enemigos de Jesús en el evangelio de Juan, varios en la realidad se hicieron los primeros cristianos.  De ninguna manera deben considerarse como enemigos a los cristianos hoy en día. Segundo y más importante, no es nuestra fe que hace el pan y el vino el Cuerpo y Sangre de Cristo.  Más bien, nuestra fe permite que el cuerpo y sangre de Jesús sean eficaces para darnos la vida eterna.  Creyendo en él y nutridos por su cuerpo y sangre, podemos cumplir sus enseñanzas y participar en su vida.