Mostrando las entradas con la etiqueta Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23. Mostrar todas las entradas

El domingo, 24 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En este día celebramos la venida del Espíritu sobre los discípulos de Jesús para que lo proclamen como el Señor. Esta fiesta nunca ha recibido mucha atención en Estados Unidos. Para la mayoría de la gente, el Día de la Madre y el Día del Padre eclipsan su importancia. En otros países, sin embargo, Pentecostés atrae la atención tanto de católicos como de no católicos. Estas naciones han conservado la costumbre de observar el día siguiente como día festivo.

Quizás la dificultad para celebrar Pentecostés radica en la misteriosa figura del Espíritu Santo. En la Biblia, Dios Padre y Dios Hijo se presentan como figuras humanas, pero el Espíritu se representa mediante imágenes inusuales. Aparece como una paloma que desciende sobre Jesús en su Bautismo. Es el viento que se cierne sobre las aguas en la historia de la creación del Génesis y que refrena las olas en el relato de la salvación del Éxodo. En el pasaje del Evangelio de hoy, el Espíritu se describe como el aliento que Jesús sopla sobre sus discípulos.

Otra dificultad que se presenta al considerar al Espíritu Santo como Dios es definir su papel en la creación. Si el Padre es el Creador y el Hijo el Redentor, ¿qué hace el Espíritu Santo? Para responder adecuadamente, debemos aclarar que el Hijo y el Espíritu también participan en la creación. Además, el Padre y el Espíritu Santo llevan a cabo la redención junto con el Hijo. Dado que Dios es uno, las funciones de las tres Personas son inseparables. Generalmente, el Espíritu Santo se asocia con la santificación de la humanidad, aunque el Padre y el Hijo también participan en esta obra. Llamamos al Espíritu Santo “el Santificador”, aquel que llena el alma con la gracia.

Podemos examinar las lecturas bíblicas de hoy para comprender mejor al Espíritu Santo. Además de impulsar a los discípulos de Jesús a predicarlo a las naciones, la lectura de los Hechos de los Apóstoles presenta al Espíritu Santo como la Nueva Ley.  Para entender cómo debemos entender el contexto. La fiesta de Pentecostés es de origen judío, no cristiano. Los judíos celebraron que Dios les entregó la Ley a sus antepasados ​​al quincuagésimo día de su éxodo de Egipto. Aquí, Dios cumple su promesa al profeta Jeremías de escribir una nueva ley en los corazones humanos. Esta ley obra en nosotros de tal manera que el amor que manda se convierte en nuestra forma de vida. (Sí, a veces parece difícil vivirla, pero tenemos el testimonio de los santos de que es posible).

San Pablo escribe sobre los dones del Espíritu Santo en la Primera Carta a los Corintios. Son más numerosos que los siete mencionados por el profeta Isaías. Pero todos son necesarios porque el propósito del Espíritu es edificar la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, en todo el mundo. Además, el Espíritu nos forma en ese Cuerpo que Él mismo anima. En otras palabras, el Espíritu, que es amor, actúa a través de nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo. La importancia de esta verdad se puede apreciar en el último pasaje bíblico de hoy.

El Evangelio muestra cómo el Espíritu Santo renueva la faz de la tierra. Al capacitar a los apóstoles para perdonar los pecados, el Espíritu salva a las personas de la culpa. El perdón nos brinda una nueva oportunidad de agradar a Dios mediante nuestro servicio. Además, el Espíritu de perdón se concede a todos los discípulos de Jesús, sean ordenados o no. El Espíritu nos capacita para perdonar las ofensas cometidas contra nosotros. Sin esta ayuda para el perdón, el mundo no tendría futuro. Sería destruido por la venganza, volviéndose cada vez más violento a lo largo de los siglos con el avance de la tecnología.

En resumen, el Espíritu Santo es un don de Dios para nosotros. Él nos edifica al integrarnos al Cuerpo de Cristo. Por eso, nos hace partícipes de su naturaleza divina y herederos de su felicidad eterna.

El domingo, 28 de mayo de 2023

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

Hoy, el domingo de Pentecostés, celebramos al Espíritu Santo, es cierto.  Pero también celebramos la Iglesia.  En algunas parroquias hace cuarenta o cincuenta años traían un gran pastel en la misa.  Los niños cantaron “Feliz cumpleaños” porque hoy es el día en que la Iglesia nació.  Aunque tal práctica pueda resaltar la conexión entre Pentecostés y la Iglesia, también trivializa ambos. De alguna manera tenemos que relacionar Pentecostés a la Iglesia tomando en serio las dos cosas.

Nos ayuda entender que Pentecostés no es solo una fiesta cristiana.  Más bien, tiene sus orígenes en las fundaciones del judaísmo.  Al quincuagésimo día después de la Pascua y éxodo del Egipto, los israelitas recibieron la Ley de Dios.  Junto con la Alianza, la Ley significó que eran el “Pueblo de Dios”.  Con la entrega del Espíritu Santo, nosotros cristianos nos hemos identificado también como el “Pueblo de Dios” o, a veces, el “Nuevo Pueblo de Dios”.

Somos el “Nuevo Pueblo” no solo porque somos el más reciente.  Más bien somos hombres y mujeres recreados por el Bautismo.  Recordamos lo que Jesús dice a Nicodemo en el Evangelio de Juan: “’El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios’”.  Entonces Jesús sigue explicar cómo “nacer de nuevo” es nacer “de agua y de Espíritu”.  Por supuesto, está refiriéndose al Bautismo.

El evangelio hoy muestra a Jesús soplando sobre los apóstoles mientras dice: “…A los que perdonen los pecados, les quedarán perdonados”.  Nosotros cristianos somos renovados también porque no estamos atados por nuestros pecados.  Somos como el criminal cuya sentencia es perdonado.  Puede comenzar la vida de nuevo sin pagar las deudas merecidas por su crimen anterior.

Jesús dejó al Nuevo Pueblo de Dios con una misión.  Sus miembros, comenzando con los apóstoles, tienen que ir a todas partes encendiendo al mundo con el amor.  Las llamas que pasan de uno a otro en la primera lectura hoy representan los corazones ardiendo.  No se detienen con el grupo en el salón sino sigue diseminándose a través de Jerusalén y de allí a través del mundo hasta el día hoy.  Los discípulos de Jesús ambos en Jerusalén y nosotros hoy en día cumplimos esta tarea por anunciar la buena nueva del amor de Dios.  Por supuesto, este anuncio no se hace solo con palabras sino también con obras. 

Desde el tiempo de San Pablo la Iglesia se ha identificado a sí misma también como “Cuerpo de Cristo”.  Este es un título extraño. ¿En qué sentido es la iglesia como un cuerpo?  La Iglesia queda en la tierra como la presencia física y orgánica de Cristo.  El Espíritu de Cristo, eso es, el Espíritu Santo, anima este cuerpo para cumplir su misión de anunciar el amor de Dios.  Los creyentes en Cristo son los miembros de este cuerpo, cada uno según su propia capacidad.  Todos tienen su papel necesario como en el caso de un cuerpo humano para que la Iglesia siga irradiando el amor.  Seamos arzobispos cardenales o seamos los que fritan el pescado para las cenas los viernes de cuaresma, apoyamos a la Iglesia proclamar el Reino.

El Espíritu harmoniza todos los esfuerzos de los miembros.  Por eso parece que la propuesta del papa Francisco para institucionalizar la sinodalidad con el laicado viene del Espíritu.  Siempre los obispos han escuchado las opiniones de los laicos.  Tienen hermanas, primos, y cocineras en sus casas.  Pero la escucha de modo casual no es ni clara ni apremiante.  El Espíritu funciona por las estructuras que se construyen para ser veraces y efectivas. 

Se ha dicho que a veces hay que admitir cambios para que las cosas queden como siempre.  Parece así con la Iglesia ahora.  La sinodalidad puede ser necesaria para que la Iglesia siga diseminando el amor abnegado de Dios. 

El domingo, 31 de mayo de 2020


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)


Supongo que es igual en la mayoría de los idiomas.  Cuando se habla de babel, la gente piensa en la confusión, aun la tontería.  El Génesis describe el origen de la palabra.  Una vez el mundo entero hablaba el mismo lenguaje.  Entonces los hombres de la ciudad llamada Babel conspiraron a construir una torre para que lleguen al cielo.  Pensaban que el logro los hiciera famosos.  Dios bajó del cielo para ver lo que estaban haciendo.  Cuando observó la torre, confundió el lenguaje de los hombres de modo que tuvieran que dejar el proyecto.  No se dice específicamente, pero se puede pensar que Dios sembró la confusión en los hombres por el amor.  Supo que iban a lastimarse si habrían continuado.  De todos modos en la historia de Pentecostés vemos el proceso en revés.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles cuenta de la venida del Espíritu Santo a los discípulos. Desciende con el ruido de miles de aves aleteando sobre un espacio.  Entonces aparece sobre los discípulos en forma de lenguas de fuego.  El Espíritu está capacitando a los discípulos a proclamar al mundo el amor de Dios en Jesucristo.  La maravilla es que todos los extranjeros presentes entienden a los proclamadores en sus propios idiomas.  Es como si el hombre ha aprovechado el poder del fuego por la segunda vez.

En la segunda lectura San Pablo cuenta del resultado de la venida del Espíritu.  La gente forma la Iglesia, que él llama “el Cuerpo de Cristo” en el mundo presente.  Los hombres y mujeres vienen de diferentes naciones, razas, y clases sociales.  No importan sus orígenes sino su bautismo.  Todos han sido inundados con el mismo Espíritu del amor.  Ya ellos también pueden salir al mundo para anunciar el amor de Dios.  Sin embargo, no será misión individual sino comunal.  Algunos salen en el camino.  Otros rezan por su éxito.  Todavía otros trabajan para apoyar el proyecto.

El evangelio subraya un tema céntrico de la misión. Con el don del Espíritu Jesús otorga a sus discípulos la autoridad para perdonar pecados.  Sin el perdón el amor sería como algodón de azúcar; eso es, toda dulzura y poca substancia.  Porque el perdón nos exige a dejar atrás el odio y el rencor, nos cuesta mucho.  El Señor está diciendo que cuando perdonamos, Dios nos apoya.  Ciertamente el entendimiento tradicional que la Iglesia ha dado este pasaje tiene valor.  Los obispos y sacerdotes reciben el poder de liberar a los pecadores de sus deudas.  Pero vale aceptar la frase también como la voluntad de Dios que perdonemos al uno y otro.

Vemos la necesidad de perdonar en los sucesos recientes.  La pandemia ha mostrado la fragilidad del mundo.  Aun las naciones más avanzadas no podían proteger a sus poblaciones del virus.  Miramos como un portaaviones estadounidense estuvo casi discapacitado por el virus entre su tripulación.  Deberíamos entender el virus como una advertencia de Dios al mundo.  Quiere que detengamos la búsqueda insistente para elevar el yo con más poder, plata, y placer.  En lugar de edificar el yo, Dios quiere que todos los pueblos se hagan más como una gran comunidad.  Eso es, que veamos a uno y otro más como compañeros que amenazas.  Con todas las enemistades que existen, para cumplir esta tarea tenemos que ser dispuesto a perdonar.

La pandemia nos ha enseñado mucho.  Los científicos saben más del originen y la contención de los virus.  Los gobiernos han aprendido cómo controlar una crisis.  La gente está más consciente del saneamiento.  Todo este conocimiento ha tenido un costo muy alto.  Pero valdría la pena si se añade una enseñanza más.  Valdría si al final el mundo se hace dispuesto a perdonar los pecados del uno y otro.

El domingo, 8 de junio de 2014

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

“Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso….Creo en un solo Señor, Jesucristo….Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida….Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica, y apostólica”.  Todos nosotros reconocemos estas palabras del Credo.  El orden dado no es por nada.  Se pone la creencia en la Iglesia inmediatamente después del Espíritu Santo porque se considera la Iglesia como la obra particularmente del Espíritu Santo.  De hecho, algunos hablan de la Pentecostés, cuando celebramos la venida del Espíritu Santo, como “el cumpleaños” de la Iglesia.  Ahora que examinemos los cuatro atributos de la Iglesia nombrados aquí como signos del Espíritu Santo y auxilios en nuestros caminos de fe.

La segunda lectura del capítulo doce de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios cuenta de los dones del Espíritu Santo.  Anticipa la descripción del don más grande que todos: el amor.  El amor hace la Iglesia una con “el mismo sentir y el mismo pensar”.  Por el amor la comunidad sirve como un recinto de salud durante las tormentas de la vida.  A veces los muchachos sienten rechazados por sus pares de modo que quieran hacer daño a sus propios cuerpos.  Ya no es insólito que intentan a tomar sus propias vidas.  ¿Por qué? Porque ninguno les dice que son “cool”.  Esta palabra inglés quiere decir que “yo importo a todos pero nada me importa a mí mucho”. Pero en la comunidad de la fe aprenderán que tienen una dignidad transcendente.  No es necesario que sean delgados, guapos, deportivos, o “cool”.  En la Iglesia simplemente porque somos, somos apreciados.

Pero queremos hacer algo valioso de nuestras vidas.  Se nos han regalado a nosotros mentes y manos para formarnos en testimonios de la bondad de nuestras familias y de Dios. El Espíritu Santo nos santifica para llevar a cabo la tarea.  Él nos aparta de las trampas del mundo: el placer, el prestigio, y la plata.  Nos advierte cuando hemos llegado a nuestro límite de alcohol y cuando estamos siendo seducidos a ver la pornografía en el Internet.  Y si caemos, el Espíritu Santo a través de los sucesores de los apóstoles nos perdona como el evangelio hoy nos cuenta.  Sí, a veces no queremos considerarnos como santos.  Pues, también nosotros estamos influenciados por el deseo de ser conocidos como “cool”.  Pero el Espíritu nos abre la vista a nuestro destino en el Reino de Dios y la necesidad de seguirlo con todo corazón.

Por hablar de la catolicidad de la Iglesia no tenemos en cuenta, en primer lugar, que no es protestante u ortodoxa.  La Iglesia es católica porque es arraigada en todas partes.  Ser católica significa ser universal.  En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles el Espíritu capacita a los discípulos a hablar en diferentes lenguas para que se conozca el nombre de Jesús a través del globo.  La lectura indica que cualquiera cultura en el mundo es amena a recibir el evangelio.  Es cierto que todas culturas, porque son formadas por los hombres con sus tendencias a pecar, necesitan la purificación.  Sin embargo, todas culturas por el Espíritu precediendo el evangelio tienen aspectos facilitando su mensaje. 

Finalmente, el Espíritu Santo mantiene la Iglesia como apostólica en dos sentidos.  En primer lugar, por obra del Espíritu las creencias de la Iglesia actual no difieren de aquellas de la Iglesia antigua.  Tenemos el mismo concepto de Cristo y su herencia para nosotros como los doce proclamando el nombre de Jesús al día de la primera Pentecostés cristiana.  En segundo lugar, el mismo Espíritu nos impulsa a todos nosotros al apostolado.  Somos para dar testimonio de las gracias que hemos recibido por conocer a Jesús.  Esto es el propósito de la Nueva Evangelización.

¿Cómo sería la Iglesia sin el Espíritu Santo?  Sería dura como una corporación con agentes que vienen y van sin formando relaciones que importen.  Sería mundana como la conversación de jóvenes a los cuales nada es sacra; todo es del placer y de la plata.  Sería estrecha como el sistema legal: amena a los ricos y desafiante a los pobres.  Y sería desarraigada como los vientos que cambian la dirección de un día al otro.  Pero ya estamos agradecidos que tenemos el Espíritu Santo.  Nos forma en la Iglesia que trabaja por el Reino a través del mundo.  Y nos asegura de un destino eterno.

El domingo, 12 de junio de 2011

Domingo de Pentecostés

(Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7.12-13; Juan 20:19-23)

La mujer está encantada con su nueva oficina. Por años tenía su escritorio en un apartado cerrado. Había sólo cuatro paredes y la puerta. Ahora tiene ventana. No le importa que sólo tenga setenta centímetros de anchura; al menos le da a ver afuera. No le molesta que afronta el basurero; pues deja entrar la luz. La ventana contribuye a la mujer como el Espíritu Santo a la comunión de los cristianos. Le provee una nueva perspectiva a la vida.

Sin embargo, no estamos acostumbrados a hacer mucho caso al Espíritu Santo. Tal vez la razón es que lo llamamos la tercera persona de la Trinidad. ¿Quién querría viajar tercera clase? Si el vestido es de tercera, ¿quién querría llevarla? Pero con Dios el orden de las tres personas no cuenta por nada. Cada uno ha existido desde siempre. Cada cual tiene la misma dignidad. Una teóloga comenta que al decir que el Espíritu Santo es la tercera persona no se entiende que Él sea subordinado al Padre y al Hijo a menos que se entiende también que el Padre y el Hijo sean subordinados al Espíritu.

En un sentido nos importa más el Espíritu Santo que Dios Padre y Dios Hijo. Pues por Su obra somos cambiados en nuevos hombres y mujeres. Como fuego quema las inmundicias del hierro para forjar el acero con otros metales, así el Espíritu Santo nos transforma a nosotros. Nos hace honestos en una atmósfera contaminada con mentiras, agradecidos en un mundo dominado por las codicias, y humildes en un ambiente saturado de arrogancias. Un antiguo alcohólico después de una experiencia del Espíritu Santo dice que ya no quiere tomar. Bebe la Sangre de Cristo en la misa sin anhelar el vino. En la lectura de los Hechos vemos al Espíritu cambiando las vidas de los discípulos de Jesús. Les llega como lenguas de fuego forjando el cimiento de una nueva humanidad.

El Espíritu Santo no para después de forjar al cristiano en un nuevo ser. Él sigue a unirlo con otros en comunidad. La gente llega de diferentes ambientes. Según san Pablo en la segunda lectura hay judíos y no judíos, esclavos y libres. Se puede añadir varios otros juegos de características. Hay ricos y pobres, mujeres y hombres, negros y blancos, cultos y no educados. Se esperan rivalidades si no pleitos entre tales opuestos. Sin embargo Pablo exhorta a los cristianos que no caigan en estas trampas. Más bien han de superar las discordias con la gracia del Espíritu Santo. Además con el Espíritu Santo podemos aprovecharnos de las diferencias para crear nuevas oportunidades. Nos hacen falta educadores, ecónomos, médicos, y muchos otros para crecer en personas de virtud. Más al fondo unidos en una comunión fraterna, reflejamos a Dios que conocemos como Santísima Trinidad.

Sí, es cierto que el Espíritu Santo nos viene para incorporarnos en la familia de Dios. Como tal, empero, el Espíritu tiene un propósito para nosotros. Nos envía al mundo para llevar el perdón de Dios a la gente. Cumplió la misión en manera espectacular el hombre cuya hija murió en el bombardeo del edificio federal en Oklahoma en 1994 cuando abrazó al padre del culpable. También la logró la mujer tutsi de Ruanda cuyos padres fueron masacrados en el genocidio del mismo año cuando anda proclamando la paz entre su tribu y la de los Hutus. La hacemos nosotros cuando rezamos por aquellos que nos ofenden y cuando pedimos perdón de la gente que ofendemos. Ciertamente el evangelio se refiere al sacramento de la Penitencia cuando el Señor dice a sus apóstoles: “’Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados…’” Sin embargo, tiene que ver también con nuestros propios esfuerzos para consolidar la paz.

Estamos acostumbrados a pensar en el Espíritu Santo como el misterio de la fe cristiana. Es verdad que el Espíritu es la persona de la Santísima Trinidad menos hablada y más malentendida. Pero estos no comprenden escusas para ignorarse de Él sino de echar más esfuerzos para conocerlo. Después de todo el Espíritu Santo es el Dios-con-nosotros forjándonos en Sus hijos. El Espíritu Santo es Dios-con-nosotros.