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El domingo, 18 de mayo de 2014


EL QUINTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)


Hace poco una fundación sociológica publicó un reporte sobre los latinos en los Estados Unidos.  Dijo que los latinos están saliendo de la Iglesia católica con más frecuencia que antes. Ya sólo cincuenta y cinco por ciento de los latinos son católicos.  Muchos de los ex católicos ya acuden a iglesias protestantes, pero un número creciente, particularmente entre los jóvenes, no van a ninguna iglesia.  Como otros americanos, están contentos a visitar el parque en la mañana de domingo.  Nos dan a nosotros la inquietud que seamos caducados por aferrar a nuestra religión.  Podemos encontrar en la segunda lectura hoy de la Primera Carta de Pedro algunas razones para mantener la fe.

No sabemos exactamente ni cuándo ni por qué se escribió la carta.  Desde que habla de los presbíteros, parece que fue escrita en los finales del primer siglo cuando el presbiterio estaba consolidándose.  Los contenidos además indican que los destinarios – los cristianos no judíos en lo que reconocemos ahora como Turquía -- sentían amenazados.  A lo mejor el problema era uno del rechazo de parte de los vecinos paganos y no de la persecución del estado.  Pues, en ese tiempo no hay récord de persecuciones extendidas contra los cristianos.  Sin embargo, los cristianos recientemente convertidos del paganismo sentirían alienados del pueblo pagano porque no más participarían en sus libertinajes.  Además, es probable que los paganos tuvieran sospechas acerca de los seguidores de Cristo cuyo cuerpo y sangre, se decía, que consumían.  Viviendo con esta angustia los cristianos del primer siglo estaban en apuro de una manera semejante de nuestro hoy. 

Primero, la carta de Pedro asegura a los cristianos que Jesús conoce su inquietud.  De hecho, experimentó el rechazo completo de parte de su propio pueblo.  Citando un salmo, la carta explica que Jesús fue “la piedra que rechazaron los constructores” cuando lo crucificaron en Calvario.  Pero su muerte en la cruz no constituyó su fin.  Más bien, resucitó de la muerte para formar “la piedra angular” sobre la cual sus seguidores se forman en la Iglesia como “piedras vivas”.  Como un gran templo extendiéndose al cielo, entonces, deberíamos seguir en la Iglesia para dar la gloria apropiada a Dios.

Además, nuestra asociación con Jesucristo encontrado en la Iglesia purifica nuestras acciones de modo que se hagan ofrecimientos dignos de Dios.  Dice la lectura que los cristianos se han hecho “un sacerdocio santo” dando “sacrificios espirituales”.  Esto significa que una vez bautizados en Cristo, compartimos en su sacerdocio con el resultado que nuestras oraciones y obras de caridad complazcan a Dios.  Es la gracia de Cristo, mantenida por la participación en la Eucaristía, que libra nuestras acciones del egoísmo y las llena con el amor.  Se ve esta purificación de motivos en el trabajo de algunas compañeras limpiando casas.  Unidas con Cristo, nunca tomará ni un cuarto del local y siempre dejan todo en orden, aun los rincones más difíciles a alcanzar.

Como una tercera razón para seguir adelante la lectura nos asegura que como cristianos no vamos a tropezar, al menos definitivamente. Mientras los demás andan por las tinieblas, los cristianos tienen la luz de Cristo.  Ella nos dirige más allá de las tentaciones a ver la pornografía en el Internet.  Nos permite reconocer la maldad en buscando las faltas de los demás.  Y si caemos en el camino, el mismo Jesús nos pone en pie con el sacramento de la Reconciliación.

La mujer es orgullosa de su anillo con dos diamantes chiquillos.  Dice que tenía una sola piedra que se le perdió.  Entonces su marido le compró otro diamante para reemplazar lo perdido.  Después de un tiempo ella encontró lo primero y lo tuvo colocado en la argolla.  Ya la mujer brilla con gratitud.  Añade que prefiere el diamante pequeño porque le parece humilde como ella misma.  De una manera es como todos nosotros en la Iglesia católica.  Pues, somos sólo piedras vivas dando la gloria a Dios por nuestras obras de caridad.  Somos como piedras dando la gloria a Dios.

Homilía para el Domingo, 20 de abril de 2008

El Quinto Domingo de Pascua

(I Pedro 2:4-9)

Cada cuando encontramos una campaña para un nuevo templo destacando la compra de ladrillos. La idea es que el aporte de una cantidad fija por cada parroquiano represente su participación en la construcción. Entonces, se puede llamar al parroquiano una piedra de la iglesia. Aunque sea significativo para recaudar fondos, la compra de ladrillos no es la única manera en que la gente se considere piedras de la iglesia. La lectura de la Primera Carta de Pedro hoy dice que la comunidad forma “piedras vivas” por llevar vidas santas.

Cristo, por supuesto, es la piedra principal de la estructura. Su vida, dedicada a un diálogo continuo con Dios Padre, provee la alabanza perfecta. Nosotros aprendemos de él las palabras de la oración y, más importante aún, cómo inclinar nuestros corazones a Dios en todas actividades. Así, nos hacemos, como fuera, en piedras configuradas a él y recostadas sobre él. En prefecta sintonía con Cristo nosotros, piedras vivas, cantamos la gloria de Dios Padre.

Tal vez la Carta de Pedro nos haya despertado por nombrar a los fieles “sacerdocio.” Dice, “Ustedes…son estirpe elegida, sacerdocio real….” Pensamos en los curas llevando vestiduras largas como sacerdotes. Entonces, ¿en qué sentido son los laicos también sacerdotes? Bueno, todos los fieles somos sacerdotes desde que nuestros sacrificios se han hecho agradables a Dios. Eso es, todas nuestras obras hechas en el amor y todas nuestras pruebas sufridas en la fe lo complacen. Porque participamos en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, el sacrificio de nuestras vidas ya tiene el altísimo valor, seamos empresarios o seamos basureros.

Una vez un predicador exhortó a la gente, “…haz de tu corazón un altar….” Quiso decir que deberíamos ofrecer nuestras vidas a Dios por una buena disposición interna. Afortunadamente tenemos modelos que nos enseñan cómo lograrla. Hace poquito murió una mujer que tenía un corazón tan inclinado a Dios como el altar de San Pedro en Roma. Margarita perdió sus piernas a la diabetes. Pero no la detuvo de llevar una sonrisa radiante. Ni la impidió a llegar a la misa dominical. Si nadie la trajo, se llevó a sí misma en su silla de ruedas motorizada. Limpiaba su propia casa, y rezaba diariamente por sus hijos. ¿Cómo no pudo Dios ponerse, en su propia manera, una sonrisa cuando veía a Margarita?

Si todos cristianos se forman al “sacerdocio real,” ¿por qué llamamos a los curas “sacerdotes”? Es una gran pregunta. Además del sacerdocio común de los fieles, la Iglesia tiene el sacerdocio ministerial para re-presentar el sacrificio de la cruz en la misa. Estos hombres están completamente al servicio de los laicos. Por la predicación de la palabra de Dios, que alcanza su cumbre en la Eucaristía, ellos animan y fortifican a los fieles. Es como el guante y la mano. El guante – eso es, el sacerdocio ministerial – preserva la mano – el sacerdocio común -- para que el segundo pueda dedicarse corazón y alma a Dios. En estas maneras todos damos a Dios la alabanza que merece. En estas maneras Le damos la alabanza.