Mostrando las entradas con la etiqueta Juan 14:15-21. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Juan 14:15-21. Mostrar todas las entradas

El domingo, 17 de mayo de 2020


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)


En los últimos dos meses el mundo entero se ha conocido con Zoom.  Este programa de computadora facilita encuentros con personas que no están presentes.  Ha sido particularmente útil durante el confinamiento.  Los negocios, las escuelas, aun los amigos queriendo festejar se lo han aprovechado de ello.  Zoom representa sólo el modo más corriente para experimentar la presencia en ausencia.

La gente desde siempre ha tenido modos para traer a mente la presencia de personas ausentes.  Las cartas todavía transmiten los pensamientos de amigos separados.  Los soldados han llevado recuerdos de sus familias a las frentes de batalla con fotos. Llamadas telefónicas han cerrado las distancias entre conocidos por casi un siglo.  En el evangelio hoy Jesús promete estar presente a sus discípulos una vez que los deje.  Indica  dos formas particulares que empleará para consolarlos cuando se vaya.

Jesús ha congregado a sus discípulos para cenar.  Él sabe que la hora ha llegado para sacrificarse por toda humanidad.  Quiere despedirse de aquellos que lo han acompañado por mucho tiempo.  Cuando comparte que tiene que dejarlos, sus discípulos se hacen turbados.  Tienen preguntas: “’¿Cómo sabemos el camino?’” y demandas: “’’Enséñanos al Padre’”.  Realmente no entienden lo que está pasando.  Sólo se sienten ansiosos con la partida  inminente de su líder.  Es semejante a la ansiedad que muchos se sienten ahora.

La persistencia de nuevos casos de Covid-19 ha hecho a nosotros ansiosos.  No sabemos si sería mejor seguir quedándonos en casa o reanudar las actividades normales.  Nos preguntamos si es prudente permitir que se abran los restaurantes y si es el tiempo indicado para celebrar las misas públicas.  No queremos poner en peligro ni a nosotros mismos ni a otras personas.  Pero tampoco queremos perder nuestros empleos o el ingreso para pagar las cuentas amontonando.

La ansiedad es nada nueva.  Los psicólogos dicen que en los últimos años los jóvenes se han angustiado sobre sus preocupaciones.  Demasiado atentos a los medios sociales los jóvenes se comparan a sí mismos siempre con los demás.  Se preguntan si son tan guapos, inteligentes, y capaces de ganar la plata como otras personas.  De verdad, miembros de todos grupos sociales tienen sus inseguridades.  Los mayores se preguntan si van a tener la salud ambas física y mental en la vejez.  Los ancianos a menudo no sienten seguros si existe la vida después de la muerte.  Aun los niños están más ansiosos que nunca.  Con tanta publicidad que ha recibido el calentamiento global, se preguntan si el mundo será habitable en cincuenta años.

En medio de estas preocupaciones escuchamos las palabras consoladoras de Jesús.  Nos aseguran que no vamos a ser dejados desamparados.  En primer lugar él va a enviar el Espíritu Santo para ayudarnos.  El Espíritu habita en nosotros como un GPS en un coche siempre manteniéndonos en el rumbo de nuestro destino.  También Jesús promete que él mismo volverá para acompañarnos en las pruebas.  Se cumple esta promesa con los sacramentos.  Cuando somos bautizados, es Jesús que nos recibe en la iglesia, su cuerpo.  Él nos ampara de las seducciones – drogas, sexo ilícito, ideas pretenciosas de nuestra propia grandeza -- que a menudo hacen tropezar a la gente.  Cuando el sacerdote nos unge con el olio de los enfermos, es Jesús que nos fortalece.  Él hace posible que enfrentemos aun la muerte con la paz. 

Una vez un niño tenía dificultad de dormir.  Estaba aterrorizado de la muerte porque la hermana de un amigo acabó de morir de leucemia.  Fue a la recamara de su madre y le contó de su miedo.  La madre lo invitó a pasar la noche en su cama.  Ella le dijo que todo será bien porque Dios nos ama.  Esto es el mensaje del evangelio hoy.  No tenemos que quedarnos ansiosos.  Dios nos ama.  Él manda a Jesús para acompañarnos.  Todo será bien.

El domingo, 21 de mayo de 2017

EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

Me impresiona cómo la gente a menudo ofrece este elogio a sus mamás.  Dicen de parte de toda la familia: “Siempre estabas allí por nosotros”.  No cuentan que hicieron las madres más que haber estado presentes en sus actividades.  Es igual con los otros seres queridos. Una vez una mujer escribió un testimonio a su padre, un médico.  Dijo que cuando era muchacha, él siempre halló el tiempo para asistir en sus competiciones de atletismo.  ¿Quién puede dudar que la presencia de aquellos que nos importa más signifique mucho a nosotros?

Por esta razón no debe sorprendernos escuchar a Jesús prometiendo su presencia a nosotros en el evangelio hoy.  Dice que no va a abandonar a sus discípulos, que no nos dejará “desamparados”.  Tenemos que preguntarnos cómo puede cumplir esta promesa hoy en día.  Si ha regresado a su Padre en el cielo, ¿cómo puede estar presente a nosotros?

Sí es cierto que ha dejado su legado con nosotros de modo que no nos dejara completamente.  Sus palabras siguen impactando aun a los no cristianos con su sabiduría. De una manera los dichos como “Ama a uno y otro cómo les he amado yo” hacen a Jesús presente hoy en día.  Por eso se ha dicho que la persona vive hasta que se olviden todas sus palabras y se ignoren todas las causas que abarcó. 

Pero ¿es sólo esto lo que Jesús significa cuando dice que va a enviar el Consolador a sus discípulos?  ¿Está hablando sólo del espíritu de sus propias palabras para animar nuestro ser?  No parece suficiente.  Parece como un cinco cuando necesitamos cien dólares para pagar la cuenta.  Existimos en un mundo penetrado por el mal.  Con la ayuda de no más que palabras vamos a caer en los vicios como los pícaros de la calle.  La presencia de Jesús tiene que ser más radical que la memoria de sus palabras si va a salvarnos. 

No deberíamos sentir desesperados.  La presencia que Jesús nos ofrece hoy es su existencia junto con el Padre y el Espíritu Santo en nosotros.  Habita en nuestros interiores para movernos a vivir rectamente.  Es como una misión médica se presenta en un pueblo.  Pronto todos los habitantes cooperan para que todos los enfermos reciban la atención para curarse.  En nuestro ser la existencia de Dios pone en orden nuestros juicios, palabras y acciones de modo que amemos como Jesús. 

Frecuentemente son los laicos que manifiestan la existencia de Dios en la persona.  Recuerdo a Teresa, una mujer que después de criar su familia y enterrar a su marido, se dedicó a su parroquia.  Trabajando en la oficina de la iglesia, era como la hermana mayor a toda la comunidad.  Les dio a los tristes el consuelo y a los perturbados la sabiduría.  Cuando se cambió el vecindario de raza, Teresa se quedó por años.  Conoció a sus vecinos nuevos y luchó con ellos por el bien de todos.  La gente perceptiva podría notar la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo en ella.


No se dice mucho hoy en día la despedida: “Vaya con Dios”.  Quiere decir que tenemos el amor del Padre hacia los demás, la paz de Cristo en nuestro corazón, y la sabiduría del Espíritu Santo guiando nuestros pasos.  “Vaya con Dios” es mantener la existencia de Dios en la persona.  Es lo que queremos por nosotros y por nuestros seres queridos.  Que vayamos con Dios.

El domingo, 25 de mayo de 2014


EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)


En una novela una joven anda con un grupo a un mirador.   La hora es temprana; pues, quieren ver la salida del sol.  La joven siente un poco molesta por falta del sueño.  Cuando espía una flor en el suelo, se para para examinarla.  Los otros le exigen que se apure.  Dicen que va a perder ver el espectáculo del sol.  Desgraciadamente algo semejante pasa con algunos de nosotros.  Como la joven puede perder ver la maravilla del sol levantándose sobre el horizonte por mirar una flor del campo, varios católicos pierden  conocer al Espíritu Santo por cosas cotidianas.  Las lecturas de la misa hoy nos indican cómo el Espíritu Santo puede enriquecer nuestras vidas.

En el principio del Evangelio según San Lucas, Juan Bautista dice que viene uno que va a bautizar con el Espíritu y el fuego.  Está anticipando la transformación de vidas con el bautismo en el Espíritu Santo: vidas cambiadas del azul al rojo, de la indiferencia a la pasión.  En la primera lectura los Hechos de los Apóstoles describe a unos samaritanos bautizados sin recibiendo al Espíritu.  Se puede decir que son purificados del pecado pero les falta el fuego de la gracia.  Son como muchos que acuden la misa dominical pero muestran poco ánimo para el discipulado de Jesús.  A estos también les falta la fuerza plena del Espíritu.

El evangelio hoy nos indica el primero de dos efectos del Espíritu Santo.  Imparte a los discípulos el amor para que apoyen a uno y otro en el camino largo a la salvación.  Pasando por los desvíos en la vida – el placer de las drogas, la intriga de la intimidad con otra mujer u otro hombre, la excitación de los juegos – la atención de la comunidad cristiana nos mantiene en el rumbo más o menos derecho.  Sin la parroquia o nuestra comunidad pequeña somos como una nave sin timón siendo soplados por los vientos de la moda.

El Espíritu Santo también nos impulsa fuera de nuestra comodidad para compartir el conocimiento del Señor.  Un ministro laical describe su experiencia de invitar a sus amigos a acompañarle a la misa.  Habla de un compañero llamado Juan que encontró en un bar de deportes.  Una tarde de sábado lo acompañó a la iglesia.  Después de oír al ministro-amigo proclamar la palabra de Dios, Juan le dio un cumplido.  Dijo algo como: “si te vistiera en un alba, habría pensado que eres sacerdote”.  Ahora aunque sea la persona más mal vestida en la misa, Juan sigue asistiendo semana tras semana.  El ministro siente seguro que era el Espíritu Santo que le llamó para tomar tan buena pesca.

Una vez había varios reportes de plumas del Espíritu Santo.  Por supuesto, tales reliquias nunca han existido.  El Espíritu Santo no es palomo ni otro tipo de materia física, viva o muerta.  Pero sí, hay evidencia del Espíritu Santo en las comunidades de fe invitando a otras gentes a un paso derecho en el rumbo al Señor.  Tienen catecumenados con veintenas de personas.  Tienen decenas de vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa.  Tienen membresías llenas de preocupación por uno y otro y por el mundo entero.  Tales comunidades muestran el fuego del Espíritu Santo.  Tales comunidades constituyen huellas del Espíritu.

Homilía para el domingo, 27 de abril de 2008

VI Domingo de Pascua

(Juan 14:15-21)

De vez en cuando oímos de una persona que quiere defenderse a sí mismo en la corte. No cree que necesite a un abogado para ayudarlo. Piensa que su causa es tan patente como aquella de los niños hambrientos en el África pidiendo pan. Sin embargo, los expertos dirían que tal persona es imprudente si no tonto. Porque el mundo de los tribunales de justicia es muy complicado, el abogado es tan indispensable como un guía en un safari. En el evangelio hoy Jesús promete a sus discípulos a un abogado para su defensa.

Dice el Señor que su Padre va a mandar “otro Paráclito” para sus discípulos. Él mismo ha sido su primer defensor. Los ha preservado de las dudas de no creyentes cuando los enseñaba de la Eucaristía y cuando los contaba de su relación intimísima con Dios. Ya Jesús va al Padre, y las negaciones de su doctrina sólo crecerán. En nuestro tiempo, por ejemplo, muchos dudan que nosotros humanos tengamos un destino eterno, que el sexo sea reservado para el matrimonio, y que una conciencia limpia sea más preciosa que una mano llena de dinero. Para no caer en tales errores nos hace falta la ayuda del Paráclito.

¿De qué? muchos de nosotros preguntamos. “Paráclito” es la palabra insólita que el evangelista Juan utiliza para designar el Espíritu Santo. Significa a un acompañante que aconseja o defiende. Usualmente cuando menciona el Paráclito, Juan añade “el Espíritu de la verdad” porque el Paráclito revela la verdad de Jesús. Muy seguido el mundo quiere marginar a Jesús por recordarlo como un santo del pasado poco relevante hoy. No, diría el Paráclito, Jesús es tan necesario a dirigirnos en el mundo actual como una mamá para alimentar a su recién nacido.

Los medios de comunicación masivos desafían la verdad de Jesús en modo preocupante. Por las imágenes de hombres como “007” o mujeres como “amas de casa desesperadas” la televisión y el cine tienden a formar al público con valores hedonistas y relativistas. Dicen que la persona puede ser honorable a pesar de que abusa el sexo y puede ser respetada aunque engaña. El Paráclito, el Espíritu de verdad, juzgará estas imágenes como son: fantasías burgueses que deluden al pueblo y disminuyen su dignidad. No sólo esto, sino también el Paráclito nos indica las imágenes que valen como Maravillosa gracia, la película contando de la lucha contra el comercio de esclavos. Es cierto. Nos hace falta el Paráclito mucho, particularmente en el encuentro con los medios de comunicación.