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El domingo, 27 de octubre de 2024

 XXX DOMINGO “durante en año”

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)

Hay que amar el evangelio hoy.  Es lleno de la pasión y el significado típico del Evangelio según San Marcos.

Para entender bien lo que Marcos quiere decirnos aquí, tenemos que recordar el evangelio del domingo pasado.  Cuando los hermanos Zebedeo piden un favor de Jesús, el Señor les responde: “’¿Qué quieren que haga por ustedes?’”  Es la misma respuesta que da al ciego Bartimaeus en el evangelio hoy.  San Marcos está llamándonos a comparar las dos peticiones o, más bien, los habladores de las dos.

Santiago y Juan piden del Señor los puestos más altos en el Reino.  Desean el prestigio y el poder para su propio engrandecimiento.  En contraste, el ciego pide la vista paraque pueda apreciar de lleno la realidad que Dios ha creado.  Quiere trabajar, tener familia, tal vez ejercer alguna independencia, pero también desea ayudar a sus vecinos.

¿Cómo podemos decir que el ciego tiene todos estos objetivos nobles en mente?  Por lo que hace una vez que el Señor le cumple su deseo.  No recoge las limosnas que tenía para celebrar la vista nuevamente recibida.  Más bien deja todo para seguir a Jesús en el camino.  Para Bartimeo el dinero es poca cosa en comparación de la vista que empleará para llevar a cabo su discipulado.

Una vez más Marcos hace hincapié en Jesús como el mesías que viene para servir a los demás. No se enojó con los Zebedeo por su petición escandalosa.  Más bien, les muestra la paciencia y les confirma como discípulos cuando les invita a beber de su cáliz del sufrimiento y aguantar su bautismo de la sangre.  Su favor a Bartimeo es aún más generoso.  Le concede la vista para confirmar la fe del ciego en él como el “’hijo de David’”; eso es, el Mesías.  Es la verdadera fe cristiana que se da cuenta de que el Mesías no viene para someter a pueblos con su espada sino para perdonar a la gente con su muerte en la cruz.

De alguna manera tenemos que adoptar la fe de Bartimeo para nosotros mismos.  Aunque no seamos ciegos ni desempleados, a nosotros nos hace falta la salud espiritual.  Somos inclinados a pensar en nosotros como más dignos de los demás.  También somos dispuestos a esquivar nuestras responsabilidades cuando tengamos la oportunidad.  Muchos somos como la gente en la narrativa que intenta callar al ciego que grita.  Consideramos la fe como asunto privado que no admite muestras públicas.  Creemos que cada uno pueda vivir la fe según su propio juicio.  Es la ceguera espiritual que puede ser letal. Pertenecemos a una comunidad de fe con líderes designados para ser seguidos.  

En el evangelio Jesús no le hace caso a esta gente.  Más bien oye al que grita, “’¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’”  Es la fe de este pobre ciego que hemos de imitar. Como la historia de Bartimeo termina con él siguiendo a Jesús por el camino, nosotros debemos seguir al papa, el vicario de Cristo.

 

El domingo, 24 de octubre de 2021

 EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)

No hace mucho una canción con tema religioso ganó mucha atención.  “Todas las creaturas de Dios” cuenta del coro de animales alabando al Creador.  Dice: “Todas las creaturas tienen un puesto en el coro; algunos cantan bajo y algunos más alto”.  El coro significa la Iglesia de Dios que abarca hombres y mujeres de diferentes caminos de vida.  Por los últimos tres domingos hemos oído en el evangelio a Jesús llamando a diferentes tipos de personas a sí mismo.

Hace dos semanas Jesús recomendó al rico que dejara su dinero para los pobres y lo siguiera.  El domingo pasado Jesús permitió que los dos hermanos arrogantes, llamados al principio del evangelio, quedaran en su compañía a pesar de su petición escandalosa.  Hoy Jesús llama al atrevido mendigo ciego Bartimeo a su presencia.  Estos hombres representan la gama de personas que habitan el mundo.  Sea implícita o explícitamente, todo el mundo recibe el llamamiento de seguir al Señor.

Jesús siempre llama a la persona con el amor.  El evangelio explicita que Jesús miró al rico con amor cuando lo llamó.  A los hermanos Jesús mostró su amor por explicarles con calma los modos de su reino.  Ahora Jesús muestra la misericordia al mendigo cuando lo escucha gritando su nombre.  Nos tiene el amor para nosotros también.  Sabe de nuestros apuros y obligaciones.  Quiere ayudarnos superar estos retos.

Tan bueno como es Jesús, no podemos fallar enamorarnos con él.  Él se hace el objetivo de nuestra vida.  Esto es lo que pasa a Bartimeo.  Después de recibir la vista, no puede hacer nada sino seguir al Señor.  La historia nos recuerda de un cine acerca de los siete monjes que fueron martirizados en Argelia hace treinta años.  Un monje era médico que tuvo consultorio en el monasterio para la gente del pueblo.  Un día una muchacha musulmana le preguntó cómo es enamorarse.  El monje respondió: “Es una atracción, un deseo, un avivamiento de los espíritus, una intensificación de la vida misma".  Entonces le preguntó la muchacha si él jamás se había enamorado.  El monje respondió que sí, un número de veces.  Siguió ella preguntando: “¿Por qué nunca se casó?”  El hombre le explicó que encontró un amor más grande que le llevó al monasterio.  Por supuesto, este amor que encontró era Jesucristo.

Sin embargo, no es necesario que el amor para Jesús nos lleve a un monasterio.  Puede llevarnos a un matrimonio con Cristo al núcleo o a la vida soltera entregada al bien de los demás.  Nuestro amor para Cristo tiene formas diferentes, pero cada cual es caracterizado por el sacrificio y la obediencia a sus mandatos.

Enamorarse con Jesús cambia nuestra perspectiva.  Arreglamos de nuevo nuestros valores.  En lugar de tener la riqueza o la importancia como la meta de nuestra vida, damos la prioridad siempre a Jesús.  Actuamos como Bartimeo.  Al curarse de la ceguera, él no regresa a casa para compartir con la familia la maravilla lo que experimentó.  Mucho menos demora para recoger las monedas que le han dado.  No, él sigue a Jesús inmediatamente a Jerusalén.

¿Es posible que nosotros nos enamoremos con Jesús?  ¿No es que vivió hace dos mil años?  ¿Cómo podemos aun conocerlo hoy en día?  No, Jesús es vivo y habita entre nosotros.  Lo escuchamos al menos semanalmente por el evangelio que nos relata su amor.  Lo vemos en los pobres que viven con ambas la humildad y la integridad.  Sobre todo, lo encontramos en el Pan del Altar que nos fortalece para superar los retos de la vida.

Para la reflexión: ¿Cómo he sentido el amor de Jesús?  ¿Cambié mi vida como respuesta a este amor?


El domingo, 28 de octubre de 2018


EL TRIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)


Hay una historia anciana acerca de un genio y un pescador.  En la tierra de mitos los genios son espíritus inteligentes.  Pasó que el genio se atrapaba en una botella tirada en el mar.  El pescador encontró la botella, y la abrió.  Salió el genio muy agradecido a su libertador.  Le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?”  Ésta es la misma pregunta que Jesús dirige al ciego en el evangelio hoy.  También es la pregunta que le dirigió a Santiago y Juan en el evangelio hace ocho días.  Comparando las respuestas de los dos grupitos, podemos aprender algo valioso para la vida de hoy en día.

Dios Padre nos ha enviado a Su Hijo como señal de Su amor.  Por eso Jesús nos pregunta a nosotros tanto como a los hijos de Zebedeo y al ciego: “’¿Qué quieres que haga por ti?’”  No querremos desgastar la oportunidad pidiendo un favor frívolo: que sea un día bonito mañana por ejemplo.  Ni querremos pedir algo vano como que me toque la lotería.  Este es el tipo de deseo que expresan Santiago y Juan cuando respondieron a Jesús que se sentaran uno a su derecha y el otro a su izquierda en su Reino.

Sería mucho más provechoso si respondemos a la pregunta de Jesús como el ciego Bartimeo.  El dice: “’Maestro, que pueda ver’”.  No deberíamos pensar que ya tenemos la vista.  Sí a lo mejor podemos distinguir el color rojo del color azul y un círculo de un cuadrado.  Sin embargo, no las propiedades físicas de las cosas que no vemos claramente sino su verdadero valor.  La capacidad de determinar lo que es realmente beneficioso para nosotros y lo que nos hará daño es lo que significa: “’...que pueda ver’”.  Para probar que esto es lo que quiere Bartimeo sólo tenemos que mirar lo que hace cuando recupera la vista.  No invita a sus compañeros a celebrar su dicha.  Ni regresa a casa para enseñarse a su familia.  No, el evangelio lo pone de relieve: “…comenzó a seguirlo (eso es, a Jesús) por el camino”.  En otras palabras al recibir la vista de Jesús, Bartimeo se hace en discípulo del Señor.

Y ¿qué querríamos buscar con una verdadera vista?  Una cosa que querría buscar yo es lo bueno de otras gentes y no primeramente sus faltas.  Muchas veces juzgo mal por fijarme en lo negativo de personas y de grupos.  Si podría fijarme en sus buenas características, me haría menos cínico y más contento.  Otra cosa que querría buscar en este año de elecciones es los políticos con una preocupación por los vulnerables.  Tengo en cuenta aquí a los candidatos que defenderán a los no nacidos, a los pobres, y a los inmigrantes.  Finalmente, querría buscar más colaboración entre los laicos y los sacerdotes. Querría ver a los sacerdotes compartiendo tanto el ministerio como el conocimiento del Señor. 

Si yo fuera a buscar células sanas entre células cancerosas bajo un microscopio, no podría verlas.  Pero un biólogo competente no tendría ninguna dificultad hacerlo.  Pues, tiene la vista para distinguir los diferentes tipos de células.  Nosotros queremos una vista semejante.  No nos importe la capacidad de distinguir entre las células, pero sí queremos distinguir lo bueno de lo malo.  Lo podemos hacer por seguir a Jesús.  Como Bartimeo en este evangelio, queremos seguir a Jesús.  

El domingo, 25 de octubre de 2015



Trigésimo Domingo Ordinario

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)



En una película cinemática el comandante sabe que está llevando sus tropas en una misión dificilísima.  Tienen que atacar una fortaleza bien defendida por el enemigo. El líder marcha con la bandera en mano alentando a sus tropas al heroísmo.  Así podemos ver a Jesús subiendo a Jerusalén en el evangelio hoy.  Pero antes de que lleguen a la ciudad, encuentran a un hombre que muestra el significado del evangelio entero.

El hombre es ciego.  No puede ver, al menos exteriormente.  Sin embargo, tiene la vista interior.  Esta vista le capacita a reconocer a Jesús como el mesías.  Grita: “’Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’”.   Es lo que todos nosotros deberíamos estar pidiendo.  Pero desgraciadamente la mayoría de nosotros somos más como Santiago y Juan en el evangelio del domingo pasado.  Nos preocupamos por los puestos altos, no tanto en el cielo sino en la tierra.  Porque no nos damos cuenta de esta codicia, no reconocemos la necesidad para recorrer al mesías.  Simplemente dicha, la oración no nos importa tanto.  Para el ciego Bartimeo, el caso es lo contrario.  La petición a Jesús, el ungido de Dios, es su única esperanza.  Repite su petición con aún más fervor.

Por supuesto Jesús la oye.  Parándose le llama a Bartimeo a presentarse.  Él quiere que este hombre lo siga.  Va a demostrar su poder para que obtenga a otro discípulo.  En el proceso va a enseñarnos que también somos llamados al discipulado.

Jesús no tiene que tocar a Bartimeo ni bendecirlo para curarlo.  Como él mismo dice, su fe lo ha salvado.  Bartimeo ha demostrado la capacidad de ver interiormente con mucha claridad.  Esto es la esencia de la fe: el reconocimiento de Dios en el mundo donde las sensaciones físicas sobreabundan. Como prueba de esta vista interior, se le permite a ver exteriormente también. 

Sin embargo, la fe que salva va más allá que reconocer a Jesús como el mesías o aun como Dios.  Tenemos que aprender sus modos y ponerlos en práctica.  Una vez curado Bartimeo ve la necesidad de profundizar la fe con el discipulado.  En lugar de celebrar el recibimiento de la vista, él sigue a Jesús en el camino a Jerusalén.  Va a ver a Jesús entregarse totalmente por el mundo entero.  Junto con los otros discípulos Bartimeo aprenderá que la fe termina en el servicio por los demás.

No nos faltan oportunidades para practicar este tipo de servicio.  Cuando ayudamos a un pariente que ha perdido su memoria a Alzheimer, mostramos la fe que salva.  Cuando prestamos una mano en la lucha contra aborto, nos ponemos al lado de Jesús.  Cuando escribimos a un condenado en la prisión, es Jesús con quien comunicamos. 

En el hemisferio norteño los días se ponen fríos.  Se ven las hojas cayendo de los árboles.  Se amontonan en el suelo como muchas oportunidades perdidas.  Forman un recordatorio de las sensaciones físicas que la vida no dura para siempre.  Ya es tiempo para ver con la vista de la fe.  Ya es tiempo para hacernos discípulos de Jesús.  Ya es tiempo para servir como él a los demás.   

Homilía para el domingo, 25 de octubre de 2009

EL XXX DOMINGO ORDINARIO

(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)

Pregunta a cualquier judío si Jesús fue el Mesías. Te dirá que no. Si estuvieras a preguntarle por qué no cree en Jesús, a lo mejor te diría que cuando venga el Mesías, el mundo entero cambiará. ¿Ha cambiado el mundo con la venida de Jesús? Podemos decir sin dudas que el mundo de Bartimeo cambia cuando pasa Jesús por donde se sienta en el evangelio hoy.

Bartimeo, el ciego, no puede ver con sus ojos. Sin embargo, tiene otro tipo de vista. Cuando oye que Jesús está cerca, grita, “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. El reconoce a Jesús como el Mesías que regresaría la gloria de Israel. Nosotros somos lo opuesto de Bartimeo. Podemos ver con los ojos pero nos falta la vista profunda. Que apuntemos algunos ejemplos de nuestra ceguera.

Más que nunca las bodas se han hecho eventos de lujo. Se gastan decenas de miles de dólares en comidas, bebidas, flores, fotografías, vestidos etcétera. Los comprometidos ven el ambiente del matrimonio en esta luz. Tal vez quieran celebrar el matrimonio en una playa en Hawai o un jardín de flores. Los padres miran la situación diferentemente. Para ellos es importante casarse en un templo para cumplir las normas de la Iglesia y para invitar a todos sus amistades. Casi nadie ve la necesidad de acercarse a la parroquia para recibir una preparación para la vida casada. En el mundo actual con sinnúmeros tentaciones al individualismo, la pareja necesita comprender las dificultades del matrimonio y las maneras para superarlas. Podemos decir que una preparación adecuada es cada vez más necesaria para la eficacia del sacramento.

Un bioeticista observa que en las controversias sobre la investigación para nuevas curas médicas, poca gente aprecia todo lo que esté en juego. Por ejemplo, algunos defienden la venta de órganos de cuerpo como necesaria para socorrer al número creciente de personas que enfrenten la muerte por falta de un hígado o un riñón que funciona. Otros la lamentan como injusta a los pobres que estén explotados en las transacciones. Sin embargo, según el eticista muy pocos ven las implicaciones para la dignidad humana de considerar el cuerpo como propiedad vendible.

Recientemente una delegación del Vaticano ha visitado las congregaciones de religiosas en los Estados Unidos. Algunos ven el proceso como una intrusión injusta en la vida consagrada. Otros lo ven como una averiguación necesaria para corregir errores que han entrado sigilosamente en la vida religiosa. Muy pocos lo miran como un intento de parte del papa para ayudar a las congregaciones recuperar la vitalidad del Reino de Dios.

En el evangelio Bartimeo pide a Jesús la vista con toda confianza, y Jesús no demora en concedérsela. Así deberíamos desplegar nuestras necesidades ante al Señor. Seguramente son más que la sabiduría para ver profundamente. También necesitamos la capacidad de resistir la atracción de toda invención hecha para hacer nuestras vidas más cómodas pero en fin las complican. Además nos hace falta la liberación de las ideologías que corrompen nuestro juicio por llamar todas causas liberales validos y todas causas conservadores sofocantes o viceversa.

El pasaje hoy termina con las palabras significativas que Bartimeo sigue al Señor por el camino. Jesús ha emprendido el camino a Jerusalén donde enfrentará a aquellos que quieren ultimarlo. Sea conciente de esta precaria o no, a Bartimeo no le falta el deseo a acompañarlo. Nosotros deberíamos desearlo mismo. ¿Para qué sirva la sabiduría cristiana si no para morir y resucitarse con Jesús? Claro, el seguimiento no es cómodo y mucho menos placentero. Pero hay motivos para hacerlo. En primer lugar, la compañía de Jesús y sus amigos nos llena con propósito alto y felicidad verdadera. Y segundo, el camino nos conduce a la vida más allá de nuestras dificultades y dolores. Sí, nos conduce a la vida eterna.