Mostrando las entradas con la etiqueta Rocky. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Rocky. Mostrar todas las entradas

El domingo, , 20 de abril de 2014


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

(Hechos 10:34.37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9)


Recuerda Rocky.  Fue una película que estrenó hace treinta y pico años.  El protagonista era boxeador a quien le dieron la oportunidad a luchar para el campeonato.  Entonces comenzó a levantarse temprano para entrenarse.  La película le mostró corriendo en el mero centro de la ciudad sin tránsito ni ruido.  Pues, eran las cinco de la madrugada.  Asimismo el evangelio hoy comienza a una tal hora. 

El pasaje indica la hora de la salida de María Magdalena al sepulcro de Jesús por decir “estando todavía oscuro”.  Esta frase indica también la condición de la fe de María.  Como Nicodemo vino a Jesús con dudas cuando era noche, así la fe de María queda confusa.  Todavía no entiende lo que Jesús significaba cuando dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (11,25).  Pensando en su querido Señor como muerto, sólo quiere consolarse cerca de sus restos.  Nuestra fe a menudo experimenta la misma confusión después de un fuerte choque con la realidad.  Puede ser la muerte repentina de un pariente o la pérdida inesperada de nuestro empleo.   En lugar de recurrir a Dios para el apoyo, como María enfurruñamos en la desesperación.

En tal situación solemos a fijarnos en la negativa.  Hacemos acusaciones y echamos desprecios.  Decimos algo como: “¡Los ingratos! Me despidieron porque no reconocen mi cumplido aporte por diez años”.  Sentimos como un camarón siendo comido por un tiburón.  Así María Magdalena corre a los discípulos con una interpretación equivocada del sepulcro abierto.  Insinúa la intriga cuando dice: “’Se han llevado…al Señor’”.   En su manera de ver, los judíos, que siempre amenazaban a Jesús, ya le han hecho el último insulto por profanar sus restos. 

Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, corren al sepulcro.  Quieren verificar la historia de María, pero su prisa señala que están turbados.  A lo mejor piensan que si los judíos se han llevado el cuerpo de Jesús, entonces van a venir pronto buscando a ellos, sus discípulos.  Así nosotros nos hundimos más en la desesperanza.  Preguntas transcurren nuestras mentes como: “¿Ahora qué voy a hacer?” y “¿Cómo podré pagar la casa, el carro, y mi deuda escolar?”.

Sin embargo, dentro de poco comenzamos a ver posibilidades.  Puede ser el recuerdo de un amigo que nos ofreció empleo.  Pensamos que aun si ya no necesita ayuda, ella podría darnos otras pistas para encontrar trabajo.  Nos llenamos de esperanza de nuevo.  Es algo como lo que pasa al discípulo amado cuando se fija en los lienzos en el suelo y el sudario doblado.  De repente se da cuenta que Jesús dijo: “…yo doy mi vida para retomarla de nuevo” (10,17).  Ya sabe que es la verdad: ¡Jesús ha resucitado!

¿Por qué el discípulo que amaba el Señor cree cuando Pedro sigue en asombro?  Ciertamente Jesús ama a todos sus discípulos, pero este discípulo, innombrado en el evangelio, se aprovecha de su amor.  No se preocupa de cómo ganar la fama.  Más bien, se satisface con el hecho que Jesús le quiere.  Cree en el Señor como resucitado porque, sintiendo su amor, recuerda cómo dijo “no los dejaré huérfanos” (14,18).  Se dice que el amor es ciego, pero esto es el amor carnal.  El amor perfecto, el amor de Jesús, nos hace ver.  Es la dedicación de un maestro que no falla a sus alumnos sino que les hace tener la fe en sí mismos y en el valor del estudio.  Nosotros podemos aprovecharnos de este amor alumbrador de Jesús por dejar atrás el fingimiento de nuestra grandeza para hacer nuestra meta el cumplimiento de su voluntad.  No hay ninguna razón para angustiarnos; pues Jesús, que es más poderoso que nosotros, nos proveerá todo lo necesario.

Se reconoce la Pascua como la celebración de la vida con polluelos y conejos.  Pero estos animales no significan la vida regular con sus preguntas preocupantes como “¿Cómo voy a proveer lo necesario?”  No, los polluelos y los conejos representan la vida en abundancia, que es el amor de Dios conquistándonos la duda, la preocupación, y últimamente la muerte.  Hoy celebramos el amor conquistando la duda, la preocupación, y la muerte. 

El domingo, el 26 de febrero de 2012

EL DOMINGO DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

(Génesis 9:8-15; I Pedro 3:18-22; Marcos 1:12-15)

Tal vez todos hayamos oído la leyenda del arco iris. Dicen que en el final del arco iris existe una olla de oro. Los científicos tienen una explicación para el fenómeno. Según ellos la olla de oro refiere a los colores fuertes formados cuando las grandes gotas de lluvia son aplastadas por la resistencia del aire. De todos modos nosotros no buscamos una fortuna del arco iris. Su presencia en el cielo es en sí un premio. En la primera lectura aprendemos de qué consiste este obsequio. También es leyenda pero en este caso nos sirve como portador de una verdad profunda.

Noé ha estado en la arca por cuarenta días mientras las aguas crecían. La destrucción es completa. Ningún animal incluso a los humanos ha sobrevivido excepto aquellos a bordo de la arca. Por fin Dios ha hecho un alto a la muerte. Aun Él aparece sobrecogido por el daño que el diluvio ha causado. Promete que nunca jamás enviaría de nuevo aguas tan ruinosas. Como signo de este compromiso Dios pone el arco iris en el cielo. Le recordará Dios de su promesa, pero más importante el arco iris nos ayudará a nosotros recuperar la esperanza en tiempos apenados.

Todos hemos experimentado el lamento. Las lágrimas no son ajenas a nadie. Son particularmente tortuosas cuando nuestros pecados producen la tristeza. La muerte de un ser querido se hace más gravosa cuando no lo tratamos siempre con el amor debido. Por eso Pedro llora tanto después de negar a Jesús. Sin embargo, Dios no quiere que quedemos acongojados. Nos designa este tiempo de Cuaresma para reconocer nuestra culpa y volver al camino recto.

Se puede distinguir la Cuaresma por tres empeños. No son exactamente el ayuno, la caridad, y la oración sino algo semejante: la superación de la carne, la renovación del espíritu, y la misión apostólica. Los cuarenta días proveen un período bastante largo para establecer las modificaciones necesarias en nuestras vidas. Aunque a veces parece que todos los años enfrentemos la necesidad para los mismos cambios, poco a poco hacemos progreso. Este año los desafíos no son tan grandes como antes. Entretanto nos damos cuenta de otros cambios necesarios para llegar a nuestro destino que es Dios.

Oímos que deberíamos abstener de chocolate, cerveza y otras cosas agradables porque son de alguna manera malas. Pero este tipo de pensar es equivocado. La creación es buena aunque a veces la distorsionamos. No, chocolate y cerveza, pastel y Coca son buenos pero no son los mejores bienes. El mejor bien (la perla sin precio) siempre es Dios y para fijarnos en Él, nos privamos de los bienes menores por un rato. Una vez un padre de familia preguntó al cura si debería permitir a sus hijas ir a los bailes durante la cuaresma. El sacerdote respondió que sería severo prohibirles salir por tanto tiempo. ¿Es cierto? Se puede decir que sería desafortunado si nos quedamos en casa viendo la televisión y murmurando: “¿Cuántos días quedan de este tiempo horrible?” Sería mucho mejor si invitamos a nuestros vecinos para rezar el rosario y tomar café.

Se dice que el optimista lleva proyectos mientras el pesimista tiene excusas. Durante la cuaresma queremos hacernos grandes optimistas por la reflexión y el diálogo. Primero, que interroguémonos: ¿al fin de nuestras vidas cómo queremos ser recordados? ¿Que fuimos poderosos, ricos, o aun guapos? Apenas. No, como hijas e hijos de Dios nuestra meta es ser reconocidos como gente comprensiva, compasiva, y generosa como Dios. Para realizarlo todos los días tenemos que conversar con el Señor. Tal vez en el carro o aun en el baño podríamos decirle cómo lo amamos y cómo lo necesitamos para cumplir nuestros compromisos

Durante la Cuaresma ponemos de manifiesto la fe en Dios casi por casualidad. Eso es, no hacemos actos de fe y bondad para ser vistos sino para cumplir nuestros deberes. Al Miércoles de Ceniza anunciamos la fe con la cruz en nuestra frente. Señalamos nuestro compromiso a Dios cada viernes por pedir queso y no carne en la cafetería. Sin embargo, el testimonio más elocuente de la fe queda con los hechos como, por ejemplo, el hombre que llegaba al asilo con guitarra para darles serenata a los ancianos.

¿Recordamos a Rocky? Fue el protagonista de una serie de cines sobre el boxeo. En la primera película Rocky comienza su entrenamiento para el campeonato como una vaca tratando a volar. Apenas puede montar la gran escalera del museo en su ciudad. Pero después de unos meses levantándose a entrenar en la madrugada, él brinca a la cima de la escalera como un venado. Es así con nosotros durante la Cuaresma. En el principio nos parece puro lamento abstenerse de pastel o Coca. Pero en el final de los cuarenta días no nos cuesta brillar como un arco iris. Hemos llegado a nuestro destino: somos más comprensivos, compasivos, y generosos como Dios mismo. Hemos llegado a ser como Dios.