Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
El domingo, 5 de julio de 2020
El domingo, 2 de septiembre de 2012
El domingo, 22 de agosto de 2010
XXI DOMINGO ORDINARIO – C10 – 22 de agosto de 2010
(Isaías 66:18-21; Hebreos 12:5-7.11-13; Lucas 13:22-30)
Los motivos para las preguntas no eran puros. Pues los muchachos querían gastar el tiempo de clase. Pero también estaban curiosos. Como alumnos en escuela católica, preguntaban a las religiosas de casos extraños como, por ejemplo, “¿qué pasaría si un hombre muere caminando a la confesión? ¿Iría al cielo o al infierno?” Las religiosas sabían el juego y respondían con su propia pregunta, “¿Qué piensas tú?” En el evangelio hoy encontramos a Jesús respondiendo con tanta astucia a una tal pregunta.
“‘Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?’” alguien pregunta a Jesús. Posiblemente los fariseos le hayan enseñado que la mayoría de personas son perezosas, malas, y destinadas al infierno. En la actualidad, la gente más probablemente preguntaría, “¿No es que Dios salve a todos?’” Criados en la edad de la graduación automática para todos que asistan a clases, muchos no ven la necesidad de arrepentirse del pecado para entrar en la gloria.
Jesús evita la cuestión. A quien el Padre salvará y a quien condenará es de Él para decidir. En lugar de tratar de satisfacer la curiosidad del hombre, Jesús se aprovecha de la oportunidad para advertir contra la necedad de presumir la salvación. “‘Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta,’” aconseja. Quiere decir que tenemos que disciplinarnos para que siempre sigamos el camino recto. No hay campo entre sus discípulos para aquellos incorregibles que digan “una vislumbre a la porno no me hará daño”.
Tal vez algunos todavía piensan que asistir en la misa dominical es suficiente para ganar la salvación. Pero no es así como Jesús hace claro cuando dice que no se reconocerán simplemente por haber comido y bebido con él ni por haberlo escuchado enseñando en sus plazas. Más bien, Jesús espera que la misa sea como una plataforma de lanzamiento donde recibimos el combustible y las direcciones para servir a los demás.
“¿Es necesario ser católico para salvarse?” Esto era otra pregunta que solían preguntar a las hermanas en escuelas católicas. Si respondían, “Sí”, los muchachos se oponían, “¿Qué sucederán a los musulmanes, judíos, y hindú buenos?” Si responderían “no”, entonces los muchachos tendrían un pretexto para abandonar la fe. ¿Cómo respondería Jesús? Dice en este mismo evangelio, “’Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios.” A lo mejor está refiriéndose a los hombres y las mujeres de tierras lejanas que los misioneros han evangelizado. Pero aun si tiene en cuenta a aquellos que sin oír del amor de Dios han respondido a la gracia del Espíritu Santo, todavía habrá la necesidad de la evangelización. La gente necesita oír de la seguridad que la fe en Dios trasmite para contrarrestar la vanidad maquinada en todos rincones.
Al lado de la carretera en una ciudad hay una cartelera puesta por un centro médico mostrando una pareja acercando la media edad. En letras negrillas aparece la palabra “esperanza” con la explicación, en letras más sencillas, que las parejas sin hijos pueden recibir ayuda en el centro para embarazarse. Lo que no menciona es el costo tremendo de los tratamientos, la mayor posibilidad de fracaso y de defectos congénitos, y el desgaste de embriones vivos en el proceso. El mundo ofrece como “esperanza” ahora la posibilidad de tener todas las cosas que la persona quiera pero oculta el daño. En contraste, el evangelio – lo que la evangelización presenta – constituye una esperanza más profunda y no dañina a nadie. Jesús nos salva de nuestra codicia, tontería, y flojera por perdonarnos las ofensas, enseñarnos la virtud, y acompañarnos en su comunidad, la Iglesia. Ciertamente es una bendición tener a hijos, pero nuestra esperanza siempre es en Dios que nos los regala, no en las maquinaciones que destruyen la vida humana en el intento de proveerla.
A veces los adultos, no muchachos, dicen que cuando mueran quieren preguntar a Dios sobre la presencia de mal en el mundo como por ejemplo los defectos congénitos. Pero antes de que tengamos la oportunidad a preguntarle a Él, a lo mejor tendríamos que responder a Sus preguntas. ¿Nos hemos arrepentido de la codicia, tontería y flojera? ¿Nos hemos aprovechado de la misa dominical para servir a los demás? ¿Hemos evangelizado a los muchos del oriente y del sur por enseñarles el camino recto? Que nuestras respuestas a estas preguntas sean siempre “sí”. Que sean “sí”.
Homilía para el domingo, 22 de julio de 2007
(Génesis 18)
El patriarca Abraham ha gozado de una nueva onda de interés en los años recientes. Con la urgencia de mejorar las relaciones entre religiones, el mundo acredita a Abraham como padre de tres de las más grandes. Los judíos, los cristianos y los musulmanes lo consideran el primero para creer en el único Dios. Sin embargo, no debemos pensar que su fe era perfecta. Al menos una vez le faltó la confianza en el Señor.
Recordamos la historia de Agar e Ismael. Cuando Abraham y su esposa Sara eran viejos sin hijos, urdieron la trama de tener a un hijo por Agar, la criada de Sara. Fue un gran pecado y resultó en mutuos rechazos entre las dos mujeres. Eventualmente, Agar tuvo que irse de la casa de Abraham. En tiempo Dios les concede a Abraham y Sara a un hijo como nos dice la primera lectura de la misa hoy. No obstante, hasta el día actual ha habido la enemistad entre los descendientes de Abraham por Agar (los musulmanes) y sus descendientes por Sara (los judíos).
Hoy día los humanos manifiestan la misma falta de confianza en Dios cuando buscan métodos no naturales para procrear o para no procrear a hijos. Las parejas con problemas de concebir a veces acuden a los médicos para conseguir la fertilización in vitro. Eso es, dejan a los médicos tomar la esperma del hombre y el huevo de la mujer para ser unidas en una probeta y el embrión resultante depositado en el vientre de la mujer. Muchas veces este método falla. Otras veces, produce varios embriones de modo que en el fin se destruya la vida humana. De todos modos lo malo es tratar de concebir a un bebé de manera no natural. De igual maldad es tratar de evitar el embarazo por modos no naturales.
En la lectura percibimos una alternativa para las parejas que no tienen a hijos. Vemos a Abraham y Sara acogiéndose a los visitantes con benigna hospitalidad. Les traen agua para refrescar los pies y les preparan una barbacoa para llenar sus barrigas. Asimismo, los matrimonios que no tienen a hijos, pueden dedicarse a otras personas. Conozco a un matrimonio sin sus propios hijos involucrado en varios proyectos sociales – él es líder de un grupo de oración de hombres de negocio y ella, una nutricionista, dona su tiempo a un banco de alimentos. Por supuesto, matrimonios sin hijos pueden también adoptar a un niño. Sí, existe en el interior de cada persona humana el deseo de dar luz a sus propios hijos, para cuidarlos, y para ver a ellos crecer en hombres y mujeres valientes. Sin embargo, este propósito puede ser cumplido espiritualmente con la atención para los otros.
En el fin de la lectura se predice que dentro de un año Sara y Abraham tendrán a un hijo. De este linaje brotará el redentor de la raza humana -- Jesucristo. Él no sólo nos ganará el perdón por nuestros pecados sino también nos soltará al Espíritu Santo para que nos dediquemos al bien de los otros. Él no tendrá a ningún hijo físicamente pero nosotros lo vemos como un hermano que nos ha hecho espiritualmente hijos de Dios.